Cuentos tradicionales

lapiz El lápiz azul te llevará a los ejercicios

ALÍ BABÁ Y LOS CUARENTA LADRONES

Anónimo

Había una vez un señor que se llamaba Alí Babá y que tenía un hermano que se llamaba Kassim. Alí Babá era honesto, trabajador, bueno, leñador y pobre. Kassim era deshonesto, haragán, malo, usurero y rico. Alí Babá tenía una esposa, una hermosa criada que se llamaba Luz de la Noche, varios hijos fuertes y tres mulas. Kassim tenía una esposa y muy mala memoria, pues nunca se acordaba de visitar a sus parientes, ni siquiera para preguntarles si se encontraban bien o si necesitaban algo. En realidad no los visitaba para que no le salieran pidiendo algo.

Un día en que Alí Babá estaba en el bosque cortando leña oyó un ruido que se acercaba y que se parecía al ruido que hacen cuarenta caballos cuando galopan. Se asustó, pero como era curioso trepó a un árbol.

Espiando, vio que eran, efectivamente, cuarenta caballos. Sobre cada caballo venía un ladrón, y cada ladrón tenía una bolsa llena de monedas de oro, vasos de oro, collares de oro y más de mil rubíes, zafiros, ágatas y perlas. Delante de todos iba el jefe de los ladrones.

Los ladrones pasaron debajo de Alí Babá y sofrenaron frente a una gran roca que tenía, más o menos, como una cuadra de alto y que era completamente lisa. Entonces el jefe de los ladrones gritó a la roca: "¡Sésamo: ábrete!". Se oyó un trueno y la roca, como si fuera un sésamo, se abrió por el medio mientras Alí Babá casi se cae del árbol por la emoción. Los ladrones entraron por la abertura de la roca con caballos y todo, y una vez que estuvieron dentro el jefe gritó: "¡Sésamo: ciérrate!". Y la roca se cerró.

"Es indudable -pensó Alí Babá sin bajar del árbol- que esa roca completamente lisa es mágica y que las palabras pronunciadas por el jefe de los ladrones tienen el poder de abrirla. Pero más indudable todavía es que dentro de esa extraña roca tienen esos ladrones su escondite secreto donde guardan todo lo que roban." Y en seguida se oyó otra vez un gran trueno y la roca se abrió. Los ladrones salieron y el jefe gritó: "¡Sésamo: ciérrate!". La roca se cerró y los ladrones se alejaron a todo galope, seguramente para ir a robar en algún lado. Cuando se pedieron de vista, Alí Babá bajó del árbol.

"Yo también entraré en esa roca -pensó-. El asunto será ver si otra persona, pronunciando las palabras mágicas, puede abrirla." Entonces, con todas las fuerzas que tenía, gritó: "¡Sésamo: ábrete!". Y la roca se abrió.

Después de tardar lo que se tarda en parpadear, se lanzó por la puerta mágica y entró. Y una vez dentro se encontró con el tesoro más grande del mundo. "¡Sésamo: ciérrate!", dijo después. La roca se cerró con Alí Babá dentro y él, con toda tranquilidad, se ocupó de meter en una bolsa una buena cantidad de monedas de oro y rubíes. No demasiado: lo suficiente como para asegurarse la comida de un año y tres meses. Después dijo: "¡Sésamo: ábrete!". La roca se abrió y Alí Babá salió con la bolsa al hombro. Dijo: "¡Sésamo: ciérrate!" y la roca se cerró y él volvió a su casa, cantando de alegría. Pero cuando su esposa lo vio entrar con la bolsa se puso a llorar.

-¿A quién le robaste eso? -gimió la mujer.

Y siguió llorando. Pero cuando Alí Babá le contó la verdadera historia, la mujer se puso a bailar con él.

-Nadie debe enterarse que tenemos este tesoro -dijo Alí Babá-, porque si alguien se entera querrá saber de dónde lo sacamos, y si le decimos de dónde lo sacamos querrá ir también él a esa roca mágica, y si va puede ser que los ladrones lo descubran, y si lo descubren terminarán por descubrirnos a nosotros. Y si nos descubren a nosotros nos cortarán la cabeza. Enterremos todo esto.

-Antes contemos cuántas monedas y piedras preciosas hay -dijo la mujer de Alí Babá.

-¿Y terminar dentro de diez años? ¡Nunca! -le contestó Alí Babá.

-Entonces pesaré todo esto. Así sabré, al menos aproximadamente, cuánto tenemos y cuánto podremos gastar -dijo la mujer.

Y agregó:

-Pediré prestada una balanza.

Desgraciadamente, la mujer de Alí Babá tuvo la mala idea de ir a la casa de Kassim y pedir prestada la balanza. Kassim no estaba en ese momento, pero sí su esposa.

-¿Y para qué quieres la balanza? -le preguntó la mujer de Kassim a la mujer de Alí Babá.

-Para pesar unos granos -contestó la mujer de Alí Babá.

"¡Qué raro! -pensó la mujer de Kassim-. Éstos no tienen ni para caerse muertos y ahora quieren una balanza para pesar granos. Eso sólo lo hacen los dueños de los grandes graneros o los ricos comerciantes que venden granos."

-¿Y qué clase de granos vas a pesar? - le preguntó la mujer de Kassim después de pensar lo que pensó.

-Pues granos... -le contestó la mujer de Alí Babá.

-Voy a prestarte la balanza -le dijo la mujer de Kassim.

Pero antes de prestársela, y con todo disimulo, la mujer de Kassim untó con grasa la base de la balanza.

"Algunos granos se pegarán en la grasa, y así descubriré qué estuvieron pesando realmente", pensó la mujer de Kassim.

Alí Babá y su mujer pesaron todas las monedas y las piedras preciosas. Después devolvieron la balanza. Pero un rubí había quedado pegado a la grasa.

-De manera que éstos son los granos que estuvieron pesando -masculló la mujer de Kassim-. Se lo mostraré a mi marido.

Y cuando Kassim vio el rubí, casi se muere del disgusto.

Y él, que nunca se acordaba de visitar a Alí Babá, fue corriendo a buscarlo. Sin saludar a nadie, entró en la casa de su hermano en el mismo momento en que estaban por enterrar el tesoro.

-¡Sinvergüenzas! -gritó-. Ustedes siempre fueron unos pobres gatos. Díganme de dónde sacaron ese maravilloso tesoro si no quieren que los denuncie a la policía.

Y se puso a patalear de rabia. Alí Babá, resignado, comprendió que lo mejor sería contarle la verdad.

-Mañana mismo iré hasta esa roca y me traeré todo a mi casa -dijo Kassim cuando terminaron de explicarle.

A la mañana siguiente, Kassim estaba frente a la roca dispuesto a pronunciar las palabras mágicas.

Había llevado 12 mulas y 24 bolsas; tanto era lo que pensaba sacar.

-¿Qué era lo que tenía que decir? -se preguntó Kassim-. Ah, sí, ahora recuerdo... Y muy emocionado exclamó: "¡Sésamo: ábrete!".

La roca se abrió y Kassim entró. Después dijo "Sésamo: ciérrate", y la roca se cerró con él dentro.

Una hora estuvo Kassim parado frente a las montañas de moneda de oro y de piedras preciosas.

"Aunque tenga que venir todos los días -pensó-, no dejaré la más mínima cosa de valor que haya aquí. Me lo voy a llevar todo a mi casa." Y se puso a morder las monedas para ver si eran falsas. Después empezó a elegir entre las piedras preciosas. "Aunque me las llevaré todas, es mejor que empiece por las más grandes, no vaya a ser que por h o por b mañana no pueda venir y me quede sin las mejores." La elección le llevó unas cinco horas. Pero en ningún momento se sintió cansado. "Es el trabajo más hermoso que hice en mi vida. Gracias al tonto de mi hermano, me he convertido en el hombre más rico del mundo." Y cuando cargó las 24 bolsas se dispuso a partir.

-¿Qué era lo que tenía que decir? -se preguntó-. Ah, sí, ahora recuerdo... Y muy emocionado dijo: "Alpiste: ábrete".

Pero la roca ni se movió.

-¡Alpiste: ábrete! -repitió Kassim.

Pero la roca no obedeció.

-Por Dios -dijo Kassim-, olvidé el nombre de la semilla. ¿Por qué no lo habré anotado en un papelito?

Y, desesperado, empezó a pronunciar el nombre de todas las semillas que recordaba: "Cebada: ábrete"; "Maíz: ábrete"; "Garbanzo: ábrete".

Al final, totalmente asustado, ya no sabía qué decir: "Zanahoria: ábrete"; "Coliflor: ábrete"; "Calabaza: ábrete".

Hasta que la roca se abrió. Pero no por Kassim sino por los cuarenta ladrones que regresaban. Y cuando vieron a Kassim, le cortaron la cabeza.

-¿Cómo habrá entrado aquí? -preguntó uno de los ladrones.

-Ya lo averiguaremos -dijo el jefe-. Ahora salgamos a robar otra vez.

Y se fueron a robar, después de dejar bien cerrada la roca.

Pero Alí Babá estaba preocupado porque Kassim no regresaba. Entonces fue a buscarlo a la roca.

Dijo "Sésamo: ábrete", y cuando entró vio a Kassim muerto. Llorando, se lo llevó a su casa para darle sepultura. Pero había un problema: ¿qué diría a los vecinos? Si contaba que Kassim había sido muerto por los ladrones se descubriría el secreto, y eso, ya lo sabemos, no convenía.

-Digamos que murió de muerte natural -dijo Luz de la Noche.

-¿Cómo vamos a decir eso? Nadie se muere sin cabeza -dijo Alí Babá.

-Yo lo resolveré -dijo Luz de la Noche, y fue a buscar a un zapatero.

Camina que camina, llegó a la casa del zapatero.

-Zapatero -le dijo-, voy a vendarte los ojos y te llevaré a mi casa.

Eso nunca -le contestó el zapatero-. Si voy, iré con los ojos bien libres.

No -repuso Luz de la Noche. Y le dio una moneda de oro.

-¿Y para qué quieres vendarme los ojos? -preguntó el zapatero.

-Para que no veas adónde te llevo y no puedas decir a nadie dónde queda mi casa -dijo Luz de la Noche, y le dio otra moneda de oro.

-¿Y qué tengo que hacer en tu casa? -preguntó el zapatero.

-Coser a un muerto -le explicó Luz de la Noche.

-Ah, no -dijo el zapatero-, eso sí que no -y tendió la mano para que Luz de la Noche le diera otra moneda.

-Está bien -dijo el zapatero después de recibir la moneda-, vamos a tu casa.

Y fueron. El zapatero cosió la cabeza del muerto, uniéndola. Y todo lo hizo con los ojos vendados. Finalmente volvió a su casa acompañado por Luz de la Noche y allí se quitó la venda.

-No cuentes a nadie lo que hiciste -le advirtió Luz de la Noche.

Y se fue contenta, porque con su plan ya estaba todo resuelto. De manera que cuando los vecinos fueron informados que Kassim había muerto, nadie sospechó nada.

Y eso fue lo que pasó con Kassim, el malo, el haragán, el de mala memoria. Pero resulta que los ladrones volvieron a la roca y vieron que Kassim no estaba. Ninguno de los ladrones era muy inteligente que digamos, pero el jefe dijo:

-Si el muerto no está, quiere decir que alguien se lo llevó.

-Y si alguien se lo llevó, quiere decir que alguien salió de aquí llevándoselo -dijo otro ladrón.

-Pero si alguien salió de aquí llevándoselo, quiere decir que primero entró alguien que después se lo llevó -dijo el jefe de los ladrones.

-¿Pero cómo va a entrar alguien si para entrar tiene que pronunciar las palabras mágicas secretas, que por ser secretas nadie conoce? -dijo otro ladrón.

Después de cavilar hasta el anochecer, el jefe dijo:

-Quiere decir que si alguien salió llevándose a ese muerto, quiere decir que antes de salir entró, porque nadie puede salir de ningún lado si antes no entra. Quiere decir que el que entró pronunció las palabras secretas.

-¿Y eso qué quiere decir? -preguntaron los otros 39 ladrones.

-¡Quiere decir que alguien descubrió el secreto! -contestó el jefe.

-¿Y eso qué quiere decir? -preguntaron los 39.

-¡Que hay que cortarle la cabeza!

-¡Muy bien! ¡Cortémosela ahora mismo!

Y ya salían a cortarle la cabeza cuando el jefe dijo:

-Primero tenemos que saber quién es el que descubrió nuestro secreto. Uno de ustedes debe ir al pueblo y averiguarlo.

-Yo iré -dijo el ladrón número 39. (El número 40 era el jefe).

Cuando el ladrón número 39 llegó al pueblo, pasó frente al taller de un zapatero y entró. Dio la casualidad de que era el zapatero que ya sabemos.

-Zapatero -dijo el ladrón número 39-, estoy buscando a un muerto que se murió hace poco. ¿No lo viste?

-¿Uno sin cabeza? -preguntó el zapatero.

-El mismo -dijo el ladrón número 39.

-No, no lo vi -dijo el zapatero.

-De mí no se ríe ningún zapatero -dijo el ladrón-. Bien sabes de quién hablo.

-Sí que sé, pero juro que no lo vi.

Y el zapatero le contó todo.

-Qué lástima -se lamentó el 39-, yo quería recompensarte con esta linda bolsita. Y le mostró una bolsita llena de moneditas de oro.

-Un momento -dijo el zapatero-, yo no vi nada, pero debes saber que los ciegos tienen muy desarrollados sus otros sentidos. Cuando me vendaron los ojos, súbitamente se me desarrolló el sentido del olfato. Creo que por el olor podría reconocer la casa a la que me llevaron.

Y agregó:

-Véndame los ojos y sígueme. Me guiaré por mi nariz.

Así se hizo. Con su nariz al frente fue el zapatero oliendo todo. Detrás de él iba el ladrón número 39. Hasta que se pararon frente a una casa.

-Es ésta -dijo el zapatero-. La reconozco por el olor de la leña que sale de ella.

-Muy bien -respondió el ladrón número 39-. Haré una marca en la puerta para que pueda guiar a mis compañeros hasta aquí y cumplir nuestra venganza amparados por la oscuridad de la noche.

Y el ladrón hizo una cruz en la puerta. Después ladrón y zapatero se fueron, cada cual por su camino. Pero Luz de la Noche había visto todo. Entonces salió a la calle y marcó la puerta de todas las casas con una cruz igual a la que había hecho el ladrón. Después se fue a dormir muy tranquila.

-Jefe -dijo el ladrón número 39 cuando volvió a la guarida secreta-, con ayuda de un zapatero descubrí la casa del que sabe nuestro secreto y ahora puedo conducirlos hasta ese lugar.

-¿Aun en la oscuridad de la noche? ¿No te equivocarás de casa? -preguntó el jefe.

-No. Porque marqué la puerta con una cruz.

-Vamos -dijeron todos.

Y blandiendo sus alfanjes se lanzaron a todo galope.

-Ésta es la casa -dijo el ladrón número 39 cuando llegaron a la primera puerta del pueblo.

-¿Cuál? -preguntó el jefe.

-La que tiene la cruz en la puerta.

-¡Todas tienen una cruz! ¿Cuántas puertas marcaste?

El ladrón número 39 casi se desmaya. Pero no tuvo tiempo porque el jefe, enfurecido, le cortó la cabeza. Y, sin pérdida de tiempo, ordenó el regreso. No querían levantar sospechas.

-Alguien tiene que volver al pueblo, hablar con ese zapatero y tratar de dar con la casa.

-Iré yo -dijo el ladrón número 38.

Y fue.

Y encontró la casa del zapatero. Y el zapatero se hizo vendar los ojos. Y le señaló la casa. Y el ladrón número 38 hizo una cruz en la puerta. Pero de color rojo y tan chiquita que apenas se veía. Después zapatero y ladrón se fueron, cada cual por su camino.

Pero Luz de la Noche vio todo y repitió la estratagema anterior: en todas las puertas de la vecindad marcó una cruz roja, igual a la que había hecho el bandido.

-Jefe, ya encontré la casa y puedo guiarlos ahora mismo -dijo el ladrón número 38 cuando volvió a la roca mágica.

-¿No te confundirás? -dijo el jefe.

-No, porque hice una cruz muy pequeña, que solo yo sé cuál es.

Y los treinta y nueve ladrones salieron a todo galope.

-Esta es la casa -dijo el ladrón número 38 cuando llegaron a la primera puerta del pueblo.

-¿Cuál? -preguntó el jefe.

-La que tiene esa pequeña cruz colorada en la puerta.

-Todas tienen una pequeña cruz colorada en la puerta -dijo el jefe de los bandidos. Y le cortó la cabeza.

Después el jefe dijo:

-Mañana hablaré yo con ese zapatero.

Y ordenó el regreso. Al día siguiente el jefe de los ladrones buscó al zapatero. Y lo encontró. Y el zapatero se hizo vendar los ojos. Y lo guió. Y le mostró la casa. Pero el jefe no hizo ninguna cruz en la puerta ni otra señal. Lo que hizo fue quedarse durante diez minutos mirando bien la casa.

-Ahora soy capaz de reconocerla entre diez mil casas parecidas.

Y fue en busca de sus muchachos.

-Ladrones -les dijo-, para entrar en la casa del que descubrió nuestro secreto y cortarle la cabeza sin ningún problema, me disfrazaré de vendedor de aceite. En cada caballo cargaré dos tinas de aceite sin aceite. Cada uno de ustedes se esconderá en una tina y cuando yo dé la orden ustedes saldrán de la tina y mataremos al que descubrió nuestro secreto y a todos los que salgan a defenderlo.

-Muy bien -dijeron los ladrones.

Los caballos fueron cargados con las tinas y cada ladrón se metió en una de ellas. El jefe se disfrazó de vendedor de aceite y después tapó las tinas.

Esa tarde los 38 ladrones entraron en el pueblo. Todos los que los vieron entrar pensaban que se trataba de un vendedor que traía 37 tinas de aceite.

Llegaron a la casa de Alí Babá y el jefe de los ladrones pidió permiso para pasar.

-¿Quién eres? -preguntó Alí Babá.

-Un pacífico vendedor de aceite -dijo el jefe de los bandidos-. Lo único que te pido es albergue, para mí y para mis caballos.

-Adelante, pacífico vendedor -dijo Alí Babá.

Y les dio albergue. Y también comida, y dulces y licores. Pero el jefe de los ladrones lo único que quería era que llegara la noche para matar a Alí Babá y a toda su familia.

Y la noche llegó.

Pero resulta que hubo que encender las lámparas.

-Nos hemos quedado sin una gota de aceite -dijo Luz de la Noche-, y no puedo encender las lámparas. Por suerte hay en casa un vendedor de aceites; sacaré un poco de esas grandes tinas que él tiene.

Luz de la Noche tomó un pesado cucharón de cobre y fue hasta la primera tina y levantó la tapa. El ladrón que estaba adentro creyó que era su jefe que venía a buscarlo para lanzarse al ataque, y asomó la cabeza.

-¡Qué aceite más raro! -exclamó Luz de la Noche, y le dio con el cucharón en la cabeza.

El ladrón no se levantó más.

Luz de la Noche fue hasta la segunda tina y levantó la tapa, y otro ladrón asomó la cabeza, creyendo que era su jefe.

-Un aceite con turbantes -dijo Luz de la Noche.

Y le dio con el cucharón. El ladrón no se levantó más. Tina por tina recorrió Luz de la Noche, y en todas le pasó lo mismo. A ella y al que estaba adentro. Enojadísima, fue a buscar al vendedor de aceite, y blandiendo el cucharón le dijo:

-Es una vergüenza. No encontré ni una miserable gota de aceite en ninguna de sus tinas. ¿Con qué enciendo ahora mis lámparas?

Y le dio con el cucharón en la cabeza.

El jefe de los ladrones cayó redondo.

-¿Por qué tratas así a mis huéspedes? -preguntó Ali Babá.

Entonces Luz de la Noche quitó el disfraz al jefe de la banda y todo quedó aclarado. Como es de imaginar, los ladrones recibieron su merecido.

Y eso fue lo que pasó con ellos.

En cuanto a Alí Babá, dicen que al día siguiente fue a buscar algunas monedas de oro a la roca, y que cuando llegó no encontró nada: la roca había desaparecido, con tesoro y todo.

Pero ésta es una versión que ha comenzado a circular en estos días, y no se ha podido demostrar.

CONNLA Y EL HADA


Anónimo celta

Connla, el de la Cabellera Roja, era hijo de Conn, el de las Cien Batallas. Un día, mientras se hallaba junto a su padre en lo alto del cerro de Usna, vio venir hacia él una doncella vestida con extrañas ropas.

-¿De dónde vienes, doncella? -dijo Connla.

-Vengo de las Llanuras de los inmortales -dijo- donde no hay muerte ni pecado. Allí siempre es fiesta y en nuestro gozo no necesitamos la ayuda de nadie. En nuestro placer no hay ningún conflicto. Y como tenemos nuestras casas en las redondas colinas verdes, los hombres nos llaman el Pueblo de la Colina.

El rey y todos los que estaban con él se maravillaron de oír una voz donde no veían a nadie. Pues, salvo Connla, ninguno de ellos vio al Hada.

-¿Con quién estás hablando, hijo mío? -dijo el rey Conn.

Entonces la doncella respondió:

-Connla habla con una joven y hermosa doncella, a quien no le espera la muerte ni la vejez. Amo a Connla y ahora quiero llevármelo conmigo a la Llanura del Placer, Moy Mell, donde Boadag reina para siempre jamás y donde no ha habido queja ni pena desde que él ocupa el trono. ¡Oh, ven conmigo, Connla, el de la Cabellera Roja, rosado como la aurora y de piel leonada! Una corona de hada te aguarda para adornar tu hermoso rostro y tu regia figura. Ven, y ni tu hermosura ni tu juventud se marchitarán hasta el pavoroso día del juicio.

El rey, atemorizado por las palabras de la doncella, a la que oyó aunque no pudo verla, llamó con voz fuerte a su druida, de nombre Coran.

-¡Oh Coran, el de los muchos hechizos y la magia astuta! -dijo- necesito tu ayuda. Sobre mí ha recaído una tarea demasiado grande para mí habilidad y mi ingenio, mayor que todas las que me han sido impuestas desde que me apoderé del trono. Ha venido a nosotros una doncella invisible y con su poder quiere arrebatarme a mi querido y hermoso hijo. Si no me ayudas, será arrebatado a tu rey con estratagemas y brujerías de mujer.

Entonces Coran, el druida, se adelantó y recitó sus conjuros hacia el lugar donde se oyó la voz de la doncella. Y nadie volvió a oír su voz, ni Connla pudo verla ya más. Pero, mientras desaparecía ante el poderoso conjuro del druida, lanzó una manzana a Connla.

Durante todo un mes, a partir de aquel día, Connla no comió ni bebió nada, salvo de aquella manzana. Pero la parte que comía de ella volvía a crecer, y la manzana siempre estaba entera. Y durante todo ese tiempo creció dentro de él un intenso anhelo y una fuerte añoranza por la doncella que había visto.

Pero cuando llegó el último día del mes de espera, Connla se hallaba al lado de su padre, el rey, en la Llanura de Arcomin, y de nuevo vio a La doncella venir hacia él, y otra vez ésta le habló.

-Un lugar glorioso, en verdad, ocupa Connla entre los mortales efímeros que esperan el día de la muerte. Pero ahora el pueblo de la vida, aquéllos que viven para siempre, te ruegan y te invitan a que vengas a Moy Mell, la Llanura del Placer, pues han aprendido a conocerte viéndote en tu casa entre tus seres queridos.

Cuando Conn, el rey, oyó la voz de la doncella, llamó a voces a sus hombres y dijo:

-Hagan que venga a toda prisa mi druida Coran, pues veo que hoy ella tiene de nuevo el poder de hablar.

Entonces la doncella dijo:

-Oh, poderoso Conn, luchador de cien batallas, el poder del druida es poco apreciado; se lo tiene en poca honra en la tierra poderosa poblada por tantos de los justos. Cuando llegue la Ley, abolirá los conjuros mágicos del druida que vienen de los labios del falso demonio negro.

El rey Conn observó que, desde la llegada de la doncella, su hijo Connla no contestaba a nadie que le dirigiera la palabra. Por eso Conn, el de las cien batallas, le dijo:

 

-¿Qué piensas de lo que dice esta mujer, hijo mío?

-Es muy duro para mí -respondió Connla-. Amo a mi pueblo por encima de todo; y, sin embargo, se apodera de mí un gran anhelo por la doncella.

Cuando la doncella oyó estas palabras, respondió y dijo:

-El océano no es tan fuerte como las olas de tu anhelo. Ven conmigo en mi curragh, mi resplandeciente canoa de cristal que se desliza en línea recta. Podemos llegar pronto al reino de Boadag. Ya veo hundirse al sol radiante, pero aunque esté tan lejos, podemos llegar allí antes de que oscurezca. Hay allí, también, otro país digno de tu viaje, una tierra alegre para todos los que la buscan. Sólo esposas y doncellas viven en ella. Si tú quieres, podemos buscarla y vivir allí juntos los dos solos alegremente.

Cuando la doncella cesó de hablar, Connla, el de la Cabellera Roja, se alejó corriendo de ellos y saltó al curragh, la resplandeciente canoa de cristal que se desliza en línea recta. Y entonces todos ellos, el rey y la corte, la vieron deslizarse lejos por encima del mar brillante en dirección al sol poniente. Lejos y más lejos, hasta que el ojo no pudo verlos más, y Connla y el Hada siguieron su camino por el mar, y nunca mas fueron vistos ni nadie supo nunca dónde fueron.

Ejercicios    

 

CULEBRA SERÁ

Anónimo francés

Cuando san Menulphe o Menoux regresaba de Roma a pie hacia Quimper-Corentin-en-Bretagne, se hallaba muy fatigado al llegar al pueblo de Mailly-les-Roses, a orillas del Ours. Se detuvo para descansar, luego se estableció allí definitivamente, y llevó en soledad una vida de oración y meditación. Toda la región supo enseguida que el santo anacoreta era un enviado de Dios, que realizaba numerosos milagros, aliviaba a los desgraciados con su infatigable caridad, curaba los males de los inválidos y de los enfermos. Se le respetó y se depositó en él la máxima confianza.

En el pueblo de Mailly-les-Roses, antes de que cambiara ese bonito nombre florido por el de Saint-Menoux, convertido en su patrón, había una fuente de la que todas las gentes del lugar iban a sacar agua. Unas mujeres, al llegar un día a la fuente, vieron una gruesa serpiente que allí se bañaba. Su cabeza salía del agua, su boca dejaba ver un dardo amenazador y sus ojos lanzaban llamaradas de fuego. Las mujeres huyeron despavoridas, fueron a buscar a san Menoux y le suplicaron que los librara de aquel monstruo salido, sin duda, de los infiernos. El santo ermitaño se dirigió a la fuente, introdujo en ella su cayado, alrededor del cual se enrolló la serpiente. Cuando la hubo sacado del agua, la lanzó al aire diciendo: «Donde caiga, culebra será».

La bestia inmunda fue a caer a más de diez leguas de allí, entre Cérilly y Lurcy-le-Sauvage, en un territorio de aspecto desolado donde, después, se construyó una iglesia alrededor de la cual se fue edificando la aldea de Couleuvre (culebra).

La serpiente proliferó y atrajo a otros animales venenosos: víboras, sapos, escorpiones. Había tal cantidad que nadie se atrevía a acercarse a aquel lugar por miedo a recibir una picadura mortal. San Julián -la tradición no aclara si se trataba de Julián el Apóstata que venció el Galileo o de Julián el Hospitalario, pero asegura que había matado a su padre y a su madre sin saberlo-, al tener conocimiento de la gran desolación del lugar en el que había caído la serpiente de Menulphe, decidió vivir allí en un montaraz ascetismo, para espiar el doble parricidio que había cometido involuntariamente. Tan pronto como él llegó, todos los animales venenosos desaparecieron. Y no regresaron jamás. Julián construyó en primer lugar un oratorio, cerca del cual hizo brotar una fuente. Luego decidió construir una iglesia. Pidió a las gentes del lugar que le ayudaran, acarrearan las piedras e hicieran los muros. Todo el mundo se puso manos a la obra y, pronto, la iglesia salió de sus cimientos, se levantó con un frontispicio perforado por una puerta románica, una puerta lateral adornada con tímpanos esculpidos, una torre redonda con vanos de medio punto, sostenida por pilares y rematada por una alta fecha. Como todo el mundo colaboró, el trabajo avanzó rápidamente. Se cuenta, no obstante, que hubo tres jóvenes que decidieron no prestar su colaboración a la edificación común. Tramaron una farsa macabra para no trabajar, convencieron a uno de ellos de que se hiciera el muerto y lo colocaron, cubierto con una sábana blanca, sobre una carreta tirada por dos bueyes. Cuando llegaron al tajo, san Julián les dijo:

-Deteneos un instante y llevad vuestra piedra a la iglesia que levantamos a la gloria de Dios.

-No podemos -contestaron los jóvenes- porque llevamos un muerto.

-Entonces proseguid vuestro camino -dijo san Julián-, y que todo sea como decís.

Preguntándose qué significaban aquellas palabras, los jóvenes aguijonearon a los bueyes y se pusieron de nuevo en marcha. Tan pronto como pensaron que el santo no podía verlos, levantaron la sábana e invitaron a su compañero a levantarse. Éste permaneció sin moverse. Los otros lo sacudieron. No se movió. Entonces comprendieron el sentido de las palabras de san Julián, al constatar con terror que su amigo no daba ya señales de vida.

Pero Julián era incapaz de sentir rencor. Estimó que la lección que le había dado a los jóvenes era suficiente. Además la prometida del muerto fue llorando en su busca, para suplicarle que le devolviera la vida. Julián se puso a orar y le dijo a la joven:

-Beba agua de la fuente que Dios ha hecho brotar, y regrese a su casa, pidiendo al Cielo que perdone la mentira de su novio.

Cuando llegó cerca de su casa, vio al joven que se dirigía hacia ella sonriendo. Este hecho milagroso produjo una gran conmoción en toda la región. Dio testimonio de las virtudes y del poder de san Julián. Todos quisieron ponerse bajo su protección. Las casas se fueron edificando en torno a la iglesia y es así como nació la aldea de Couleuvre.

Después de haber expiado su doble asesinato por la penitencia, Julián falleció a una edad muy avanzada. Fue enterrado en la iglesia que él había construido y el pueblo tomó la costumbre de acudir en peregrinación a su tumba, el día de su fiesta. Acudían desde lugares lejanos. Se formaba una procesión, con el clero a la cabeza, y llegaban a la fuente al fondo del barranco. Los enfermos bebían su agua fresca y se sentían instantáneamente aliviados. Las chicas jóvenes y las mujeres también bebían, las primeras para encontrar marido en aquel año y las otras para conocer las alegrías de la maternidad.

D

DOON

Lai medieval. Anónimo

Numerosos son los que conocen este lai. No existe buen arpista que no sepa interpretar su melodía. Por lo que a mí respecta, quiero contarles la aventura que condujo a los bretones a titular este lai como Doon.

Creo, si no tengo mala memoria, que antaño vivía cerca de Edimburgo, en el norte, una joven sorprendentemente cortés y bella. Estaba al frente del país de sus antepasados. No había otro señor, y residía en Edimburgo porque era un lugar que ella apreciaba mucho. Por ella y por sus damas de honor, lo denominaban el «Castillo de las Doncellas».

Aquella de la que hablo se llenó de orgullo a causa de su riqueza y desdeñaba a todos los hombres del país. No existía ni uno, aunque fuera de gran mérito, al que quisiera aceptar y amar, o incluso tolerar sus homenajes. No quería convertirse en sierva de nadie a causa del matrimonio. Los que en su país pasaban por ser muy prudentes iban con frecuencia a solicitarla deseando que eligiera esposo, pero ella les oponía un rechazo absoluto. Nunca aceptaría como marido -decía- a alguien que, por amor a ella, no consiguiera realizar en una sola jornada la distancia entre Southampton-sur-mer y el lugar donde ella residía. Al hombre que lo lograra -afirmaba- lo aceptaría. Así pensaba deshacerse de los aspirantes y que la dejaran en paz, pero la situación no podía prolongarse mucho.

Cuando los del país conocieron estas condiciones -es la pura verdad lo que voy a contarles- fueron muchos los que intentaron la prueba, por los caminos que debían seguir. Montaban rápidamente en sus grandes caballos, fuertes y diestros para un trayecto rápido, pues no querían retrasarse. Pero fueron numerosos los que no pudieron seguir ni hacer el trayecto en una sola jornada. Algunos lo conseguían, aunque llegaban cansados y agotados; cuando llegaban al castillo y echaban pie a tierra, la joven los recibía, los colmaba de muestras de cortesía, luego hacía que los condujeran por separado a sus apartamentos para hacerles reposar. Ordenaba que les prepararan una buena cama que, por sus cálidas mantas y sus buenas sábanas, era para ellos una trampa mortal. Y ellos, cansados y agotados, se echaban a dormir; pero durante el sueño y en aquel confortable lecho, fallecían. Los chambelanes los encontraban muertos y daban cuenta de lo ocurrido a su señora, quien, tras haberse vengado así de sus pretendientes, se sentía muy feliz.

El rumor respecto a esta orgullosa doncella llegó hasta muy lejos. Un caballero oyó hablar de ella al otro lado del mar, en Bretaña. Aquel caballero se llamaba Doon. Poseía un hermoso caballo, llamado Baiart, que era muy veloz. No lo habría cambiado ni por dos castillos. Impulsado por la confianza que tenía en su corcel, el caballero quiso intentar la prueba para saber si podría conquistar a la joven y su territorio. Tan pronto como pudo, cruzó el mar y llegó a Southampton. Le envió a la doncella un mensajero para comunicarle que había llegado al país y para pedirle que le enviase hombres de confianza que pudieran atestiguar que él había comenzado el trayecto un día concreto. Cuando vio al mensajero, ella le envió gustosa a sus hombres, y fijó e indicó el día en que debía llegar a su país.

Un sábado por la mañana, Doon se puso en camino; tuvo tan buena ruta que por la noche había realizado el trayecto en una sola jornada. Ahí lo tienen recién llegado a Edimburgo, donde fue recibido con grandes manifestaciones de júbilo. Entre los caballeros y los sirvientes no había ni uno solo, pequeño o grande, que no lo sirviera, no le mostrara respeto y no le hiciera buena acogida. Una vez que habló con la joven, lo condujeron a una habitación para ofrecerle descanso, si lo deseaba. El caballero mandó buscar leños secos, los hizo llevar a la habitación, y luego ordenó que lo dejaran descansar, pues se sentía agotado por el trayecto. Hicieron su voluntad. Cerró la puerta y echó el cerrojo, pues no quería que nadie lo observara. Hizo fuego con un pedernal, se instaló cerca del fuego y se calentó; no se acostó en toda la noche en el lecho que había sido preparado para él. Si se le hubiera ocurrido la idea de acostarse en aquel buen lecho, cansado y fatigado como estaba, muy pronto le habría ocurrido algo malo. El que se acuesta sobre un lecho duro sufre menos y recupera antes sus fuerzas. Por la mañana, al amanecer, se dirigió hacia la puerta, descorrió el cerrojo, se acostó en la cama, se cubrió; estaba a gusto y se durmió. Los encargados de vigilar la habitación creían que lo encontrarían muerto, pero lo vieron sano y salvo. Todos se sintieron por ello alegres y contentos. A primera hora del día, se levantó, se preparó y se vistió: quería hablar con la joven y pedirle que cumpliera sus promesas.

La joven le contestó:

-Amigo, no todavía. Aún tendréis que sufrir algo más vos y vuestro caballo. Tendréis que ir, en una sola jornada, tan lejos como un cisne pueda volar. Sólo después de esto os aceptaré sin reservas.

Pidió una tregua con el fin de permitir que Baiart descansara y para retomar fuerzas él también. Tres días después, se fijó la fecha. Doon se puso en camino. Baiart corría, el cisne volaba. Fue un milagro que no sufrieran ningún daño pues el cisne, volando, no podía seguir el ritmo de Baiart. Por la noche, llegaron a un castillo que era magnífico. Doon permaneció en él tanto como quiso y cuando lo deseó, se marchó y regresó a Edimburgo para solicitar el cumplimiento de lo que se le había prometido. A partir de entonces, la doncella ya no podía seguir burlándose de él, por lo que convocó a todos sus vasallos. Por consejo de éstos, aceptó a Doon y lo hizo señor de su país.

Cuando se desposó con la joven, organizó una fiesta suntuosa que duró tres días. Al cuarto día, se levantó al amanecer, le trajeron su caballo, encomendó a Dios a su mujer, pues deseaba regresar a su país. La dama lloraba y mostraba gran pesar por la marcha de su amigo. Le imploraba piedad, hablándole con mucha ternura, pero sus palabras no tuvieron efecto. Ella le suplicó que se quedara y le aseguró que la traicionaba, pero él no quiso oír hablar de nada, pues estaba impaciente por marcharse.

-Señora -dijo él- voy a marcharme y no sé si regresaré. Estáis embarazada de mí, tendréis un hijo, estoy seguro. Conservad para él mi anillo de oro. Cuando sea grande, se lo daréis y le recomendaréis que lo cuide, pues es gracias al anillo como podrá encontrarme. Enviadlo al rey de Francia para que sea criado y educado en su corte.

Le dio el anillo y ella lo cogió. No se entretuvo más y partió de inmediato. Ella estaba muy afligida y se lamentaba mucho. Era verdad que estaba embarazada.

Cuando su hijo vino al mundo, todos los suyos experimentaron gran gozo. La dama veló por él, lo rodeó de cariño hasta que el niño pudo cabalgar, ir al bosque y cazar aves acuáticas. Le entregó el anillo de su padre, recomendándole que lo cuidara. Equiparon al joven y se lo enviaron al rey de Francia. Llevó consigo mucho oro y plata, y supo gastarlos con gran magnanimidad. En la corte lo querían mucho porque distribuía generosamente sus bienes. Poseía todas las cualidades. Permaneció en Francia tanto tiempo que el rey lo armó caballero, y en busca de fama se alejó para asistir a torneos en los alrededores y a lo lejos. Los caballeros lo amaban mucho. Su prestigio era sorprendente: no había en el país hombre más valiente que él. Estaba siempre rodeado de gran compañía de caballeros. El joven fue a participar en torneos en el Mont-Saint-Michel, en Bretaña, pues quería conocer a los bretones. Nadie participaba en tantas justas ni ganaba tanto botín, sólo con la fuerza de su brazo.

Su padre estaba en el otro bando y estaba impaciente por medirse con el joven. Con la lanza en ristre, se puso en la fila: admiraba el valor del joven. Se lanzaron a toda velocidad y se dieron grandes golpes. El hijo derribó al padre. Si hubiera sabido que era su padre, se habría sentido muy abrumado, pero él no sabía quién era su adversario, y Doon tampoco lo conocía. Lo hirió gravemente en un brazo. Al concluir el torneo, Doon le mandó a decir al joven que fuera a hablar en él; éste acudió con toda la velocidad que le permitía su caballo. Doon le preguntó:

-¿Quién eres, mi noble amigo, tú que me has hecho caer de mi caballo?

El joven contestó:

-Señor, no sé cómo ha podido ocurrir. Los que estaban presentes deben saberlo.

Al oír esas palabras, Doon lo interpeló de nuevo:

-¡Muéstrame tus manos, rápido!

El joven, que había recibido una buena educación, se quitó ágilmente sus guantes. Le tendió y mostró las dos manos. Cuando vio las manos del joven, Doon reconoció en su dedo el anillo que él le había entregado a su esposa. Su corazón se llenó de gozo y alegría. Gracias al anillo que había visto, había reconocido a su hijo, había reconocido que era su hijo y que él lo había engendrado. En presencia de todos, tomó la palabra y dijo:

-Joven, en el transcurso de nuestro enfrentamiento de hoy me he percatado de que eras de mi linaje. Hay en ti una gran valentía. Nunca un golpe propinado por un caballero había podido derribarme de mi caballo, y nunca nadie podrá derribarme y darme un golpe tan rudo. Ven a abrazarme: ¡yo soy tu padre! Tu madre era una mujer llena de orgullo. Para poder solicitar su mano, tuve que padecer una dura prueba. Después de haberme desposado con ella, me marché, y nunca he querido volver a verla. Le confié ese anillo de oro, aconsejándole que te lo entregara cuando te enviara a Francia.

-Señor, -contestó el joven- es verdad.

Se abrazaron, se besaron y manifestaron una gran alegría. Fueron a alojarse a la misma casa y luego se marcharon a Inglaterra. El hijo le devolvió el padre a la madre que lo amaba mucho y deseaba ardientemente su retorno. Ella lo acogió como a su esposo, y su vida se vio colmada de honores.

Para rememorar la historia de Doon, la de su buen caballo, la de su hijo que él amaba mucho, y de las cabalgadas de una jornada que realizó por amor a la dama, los bretones compusieron las melodías del lai titulado Doon.

Ejercicios    

EL AGUINALDO

Anónimo español

Eran unos niños muy muy pobres que en la víspera del Día de Reyes iban caminando por un monte y, como era invierno, en seguida se hizo de noche, pero los pobrecitos seguían andando. Entonces se encontraron con una señora que les dijo:

-¿Adónde vais tan de noche, que está helando? ¿No os dais cuenta de que os vais a morir de frío?

Y los niños le contestaron:

-Vamos a esperar a los Reyes, a ver si nos dan aguinaldo.

Y la señora del bosque, que era muy hermosa, les dijo:

-Y ¿qué necesidad teníais de alejaros tanto de vuestra casa? Para esperar a los Reyes sólo habéis de poner vuestros zapatitos en el balcón y después acostaros tranquilamente en vuestras camitas.

A lo que los niños contestaron:

-Es que nosotros no tenemos zapatos, y en nuestra casa no hay balcón, y no tenemos camita sino un montón de paja... Además, el año pasado pusimos nuestras alpargatas en la ventana, pero se ve que los Reyes no las vieron porque no nos dejaron nada.

Así que la señora del bosque se sentó en un tronco que había en el suelo y miró a los pequeños, que la contemplaban ateridos sin saber qué hacer; y ella les preguntó que si querían llevar una carta a un palacio y los niños le dijeron que sí que se la llevarían; entonces ella buscó en una bolsa que llevaba colgada de la cintura y sacó un gran sobre sellado que contenía la carta.

-Pues ésta es la carta -dijo, y se la dio.

Luego les explicó cómo tenían que hacer para encontrar el palacio y que el camino era peligroso porque tendrían que pasar ríos que estaban encantados y atravesar bosques que estaban llenos de fieras.

-Los ríos los pasaréis poniéndoos de pie en la carta y la misma carta os llevará a la otra orilla; y para atravesar los bosques, tomad todos estos pedazos de carne que os doy y, cuando os encontréis con alguna fiera, echadle un pedazo, que os dejará pasar. Y en la puerta del palacio encontraréis una culebra, pero no tengáis miedo: echadle este panecillo que os doy y no os hará nada.

Y los pobrecitos cogieron la carta, la carne y el pan y se despidieron de la señora del bosque.

Conque siguieron su camino y, al poco rato, llegaron a un río de leche, después a un río de miel, después a un río de vino, después a un río de aceite y después a un río de vinagre. Todos los ríos eran muy anchos y ellos eran tan pequeños que les dio miedo no poder cruzarlos, pero hicieron como ella les dijo: echaron la carta al río, se subieron encima de ella y la carta les condujo siempre a la otra orilla.

Cuando terminaron de cruzar los ríos empezaron a encontrar bosques y bosques, a cual más frondoso y oscuro, donde les salían fieras que parecía que los iban a devorar. Unas veces eran lobos, otras tigres, otras leones, todos prestos a devorarlos, pero en cuanto les echaban uno de los pedazos de carne que la señora del bosque les había dado, las fieras los cogían con sus bocas y desaparecían en lo hondo del bosque, dejándolos continuar su camino.

Hasta que por fin, cuando ya había caído la noche, vieron a lo lejos el palacio y corrieron hacia él. Pero delante del palacio había una enorme culebra negra que, apenas los vio, se levantó sobre su cola amenazando con comérselos vivos con su inmensa boca; pero los niños le echaron el panecillo y la culebra no les hizo nada y los dejó pasar. Entraron los niños en el palacio y en seguida salió a recibirlos un criado negro, vestido de colorado y de verde, con muchos cascabeles que sonaban al andar; entonces los niños le entregaron la carta y el criado negro, al verla, empezó a dar saltos de alegría y fue a llevársela en una bandeja de plata a su señor.

El señor era un príncipe que estaba encantado en aquel palacio y en cuanto cogió la carta se desencantó; así es que ordenó a su criado que le trajera inmediatamente a los niños y les dijo:

-Yo soy un príncipe que estaba encantado y vuestra carta me ha librado del encantamiento, así que venid conmigo.

Y los llevó a una gran sala donde había quesos de todas clases, y requesón, y jamón en dulce, y miles de golosinas más, para que comieran todo lo que quisieran. Después los llevó a otra sala y en ésta había huevo hilado, yemas de coco, peladillas, pasteles de muchas clases y miles de confituras más, para que comieran lo que quisieran. Y después los llevó a otra sala donde había caballos de cartón, escopetas, sables, aros, muñecas, tambores y miles de juguetes más, para que cogieran los que quisieran. Y después de todo eso, y de besarlos y abrazarlos, les dijo:

-¿Veis este palacio y estos jardines y estos coches con sus caballos? Pues todo es para vosotros porque éste es vuestro aguinaldo de Reyes. Y ahora vamos en uno de estos coches a buscar a vuestros padres para que se vengan a vivir con nosotros.

Los criados engancharon un lujoso coche y se fue el príncipe con los niños a buscar a sus padres. Y ya todo el camino era una carretera muy ancha y muy bien cuidada y los ríos y los bosques y las fieras habían desaparecido. Y luego volvieron todos muy contentos al palacio y vivieron muy felices.

EL AGUJERO EN LA MANGA

Anónimo suizo

El muchacho de quien hemos de contar ahora tenía un gran agujero en la manga. Esto le daba tanta vergüenza, que en la escuela no le era posible prestar en absoluto atención a las explicaciones del maestro.

Su madre no podía remendárselo; trabajaba en casa de gente extraña.

En su apuro se dirigió el chiquillo a las muchachas y les dijo:

-¿Quién quiere zurcirme mi juboncillo?

Pero las muchachas, ocupadas en jugar al escondite, no tenían tiempo para ello.

Entonces se dirigió el muchacho a las mujeres y les dijo:

-¿Quién quiere zurcirme mi juboncillo?

Pero las mujeres tenían que lavar los platos, y así le contestaron.

-¡Vuelve mañana!

Pero el muchacho no se atrevió a ir de nuevo a la escuela con el agujero en la manga. Se ocultó detrás de la escuela, y se encaminó presuroso al bosque. Miró hacia el tierno follaje de primavera y preguntó al cielo azul:

-¿Quién me zurcirá mi juboncillo?

Entonces, ante sus narices, descendió una araña a lo largo de un hilo. El muchacho recordó, al verla, una cancioncilla que le habían enseñado en la escuela:

¡Oh araña de larga patita!

Es tu hilo como seda finita.

Ligero, añadió a la canción:

Zúrceme tú, araña, por favor

el agujero de mi jubón,

para que yo, ¡ay, pobre de mí!

pueda a la escuela hoy asistir.

La araña se deslizó por su hilo hasta el chiquillo y contempló con atención el gran agujero de la manga. Ágilmente corrió de un lado a otro y anudó, de arriba abajo, firmemente, los hilos. Luego corrió en círculo alrededor del agujero, cien veces quizás, y no cesó de enlazar hilo con hilo, hasta que todo el agujero quedó oculto por ellos, magníficamente entrelazados.

-¿Cuánto tiempo durará el zurcido? preguntó el chiquillo.

La araña no pudo darle ninguna respuesta; pero el cuclillo pasó volando sobre la cabeza del muchacho y cantó repetidamente:

-¡Cu-cú! ¡cu-cú! ¡cu-cú!

-¿Tres años? -exclamó gozoso el chiquillo-. ¡Qué alegre estoy!

Se encaminó presuroso a la escuela y llegó a tiempo para la lección.

¡Qué maravillosamente podía ahora atender! Ni una sola palabra del maestro se dejaba perder el chiquillo; pues, no teniendo ya ningún agujero en la manga, tampoco tenía ya por qué avergonzarse.

 

   

EL ALFILETERO DE LA ANJANA

Anónimo español

En Cantabria hay unas brujas llamadas anjanas, que poseen grandes poderes y que premian a los buenos y castigan a los malos. Y también hay una especie de brujos que sólo piensan en hacer daño a la gente y se llaman ojáncanos, porque tienen un solo ojo en medio de la frente. Los ojáncanos viven en cuevas y son enemigos de siempre de las anjanas.

Un día, una anjana perdió un alfiletero que tenía cuatro alfileres con un brillante cada uno y tres agujas de plata con el ojo de oro.

Una pobre que andaba pidiendo limosna de pueblo en pueblo lo encontró, pero la alegría le duró poco porque en seguida pensó que, si intentaba venderlo, todos pensarían que lo había robado. Así que, no sabiendo qué hacer con él, resolvió guardarlo.

Esta pobre vivía con un hijo que la ayudaba a buscarse el sustento, pero un día su hijo fue al monte y no volvió, porque lo había cogido un ojáncano.

Desconsolada al ver que pasaban los días y que su hijo no volvía, la pobre siguió pidiendo limosna y guardaba el alfiletero en el bolsillo. Pero no sabía que al hijo le había cogido el ojáncano y lo creyó perdido y muerto y lo lloró amargamente, pues era su único hijo.

Un día que andaba pidiendo, pasó ante una vieja que cosía. Justo al pasar la pobre, a la vieja se le rompió la aguja y le dijo a la pobre:

-¿No tendrá usted una aguja por casualidad?

La pobre lo pensó durante unos momentos y al fin le contestó:

-Sí que tengo, que acabo de encontrar un alfiletero que tiene tres, así que tome usted una -y se la dio a la vieja.

Siguió la pobre su camino y pasó delante de una muchacha muy guapa que estaba cosiendo y le sucedió lo mismo y le dio la segunda aguja del alfiletero.

Y más tarde pasó junto a una niña que estaba cosiendo y ocurrió lo mismo y la pobre le dio la tercera aguja.

Entonces ya sólo le quedaban los alfileres del alfiletero, pero sucedió que un poco más adelante se encontró con una mujer joven que se había clavado una espina en el pie y la mujer le preguntó si no tendría un alfiler para ayudarla a sacarse la espina y, claro, la pobre le dio uno de sus alfileres. Y todavía volvió a encontrarse con otra muchacha que lloraba con desconsuelo porque se le había roto la falda de su vestido, con lo que la pobre empleó sus tres últimos alfileres en recomponer la falda y con esto se quedó con el alfiletero vacío.

Al final, su camino la llevó al río, pero no tenía puente por donde atravesarlo, de manera que empezó a caminar por la orilla con la esperanza de encontrar un vado, cuando en éstas oyó al alfiletero que le decía:

-Apriétame a la orilla del río.

La pobre hizo lo que el alfiletero le decía y de repente apareció un sólido madero cruzando el río de lado a lado y la pobre pasó sobre él y alcanzó la otra orilla. Entonces el alfiletero le dijo:

-Cada vez que desees algo o necesites ayuda, apriétame.

La pobre siguió su camino, pero tuvo la mala suerte de no encontrar casa alguna donde poder llamar y empezó a sentir hambre. Entonces se acordó del alfiletero y se dijo: «¿Y si el alfiletero me diese algo de comer?».

Apretó el alfiletero y en sus manos apareció un pan recién horneado, por lo que, muy contenta, se lo comió mientras proseguía su camino. Luego, al poco tiempo, alcanzó a ver una casa a la que se dirigió sin demora para pedir limosna, pero en la casa sólo había una mujer que estaba llorando la pérdida de su hija porque se la había arrebatado un ojáncano.

Compadecida, la pobre le dijo que ella misma iría al bosque a ver si podía encontrar a su hija.

En seguida se acordó del alfiletero y, no sabiendo por dónde empezar a buscar, lo apretó fuertemente y apareció una corza con un lucero en la frente. La corza echó a andar y la pobre se fue tras ella hasta que el animal se detuvo ante una gran piedra y allí se quedó esperando.

Desconcertada, la pobre volvió a apretar el alfiletero y apareció un martillo. Cogió el martillo y golpeó la piedra con todas sus fuerzas y ésta se rompió en pedazos y apareció la cueva del ojáncano. Entonces se adentró en ella acompañada de la corza y, aunque la cueva estaba en la más completa oscuridad, el lucero en la frente de la corza les iluminaba el camino.

Y recorrieron la cueva por todos sus rincones hasta que en uno de ellos la pobre vio a un muchacho dormido y reconoció que era su hijo, al que el ojáncano había robado hacía tiempo, y le despertó y se abrazaron con inmensa alegría los dos y, en seguida, se apresuraron a salir de la cueva con la ayuda de la corza.

Volvieron a la casa de la mujer que lloraba la pérdida de su hija, pero entonces la pobre vio que ya no lloraba y reconoció por su porte que era una anjana.

Y la anjana le dijo:

-Ésta es tu casa desde ahora. No dejes volver más al bosque a tu hijo sin cuidado. Y ahora aprieta por última vez el alfiletero.

La pobre lo apretó y aparecieron cincuenta ovejas, cincuenta cabras y seis vacas. Y así que terminaron de contarlas vieron que la corza, la anjana y el alfiletero habían desaparecido.

 

EL ANILLITO DEL ELFO

Anónimo suizo

Tirado sobre la polvorienta carretera, yacía un ramo de dorados "dientes de león". Mucha gente pasaba por su lado sin fijarse en él. Algunos hasta le daban con el pie. Pero cuando Marlenchen lo vio dejó el pesado cesto en el suelo y levantó el ramo. Se dirigió con él al arroyuelo e hizo beber a los tallos.

Mientras mantenía el ramo así en el agua, y los rayos del sol jugueteaban en torno a la niña y las flores, surgió de dentro de una de las abatidas cabecitas de las flores un pequeño elfo, tan pequeño como un dedo, el cual, con una suave vocecita, dijo:

-¡Gracias, Marlenchen!

Se arregló la dorada corona sobre su cabecita, y apareció entonces a su alrededor un claro resplandor, como de una velita de Navidad. Este resplandor lo convirtió el elfo en un anillo para el dedo, fino como un cabello.

-¡Póntelo en el dedo anular de la mano izquierda! -dijo a la niña-. Cuando tú lo mires, relucirán tus ojos, y la persona a quien tú mires se sentirá alegre, y el que esté enojado recobrará su buen humor.

Cuando hubo acabado de hablar, el pequeño elfo desapareció, y Marlenchen no separó, durante el camino de regreso a su casa, sus miradas del anillo. No sentía ya el pesado cesto; ¡todo era tan ligero!...

Pero, cuando llegó delante del portal de la casa, oyó reprender en su interior a la madre, y pelearse entre sí a las hermanas. Eran siete y daban mucho que hacer. Entonces miró Marlenchen de nuevo su anillito y entró decidida en la habitación.

A su entrada, todos levantaron la mirada. ¡Cómo resplandecía Marlenchen! De golpe se acabaron las riñas y las discusiones. La madre se dirigió gozosa al trabajo, y todo le salía fácil de la mano, y los pequeños jugaban con Marlenchen, y todos se querían entre sí.

Cuando se hizo de noche, regresó a casa el padre, cansado y abatido del pesado trabajo y del largo camino. Marlenchen salió a su encuentro. Al ver a la niña rió el padre; él mismo no sabía por qué, pero sentía su corazón repleto de alegría hasta lo infinito.

Nadie vio el anillo en el dedo de Marlenchen. Era invisible para los demás. Pero Marlenchen sí lo veía, y lo conservó en su dedo durante toda su vida. Cuando se despertaba por la mañana, a él dirigía su primera mirada, y a su vista lucía el sol en sus ojos. Este sol calentaba todo lo que estaba cerca de la niña. Si había alguien enfermo en la casa, o triste simplemente, o enfadado, mandaban a buscar entonces a Marlenchen, y todo se ponía nuevamente bien. La gente llamaba a Marlenchen "la niña del Sol". Ellos mismos no sabían por qué, pero no podían encontrarle otro nombre mejor.

   

 

EL AVE DEL PARAÍSO

Anónimo francés

Al padre Anselme, un anciano monje del convento de Chaumont, le gustaba mucho pasearse por el bosque cercano, llamado Bosque de los Padres. A la sombra de los grandes árboles centenarios meditaba, recordaba, rezaba. Caminar a pie le era también beneficioso para la salud. Un día, como de costumbre, salió del convento después de haber intercambiado algunas frases con el hermano Jérôme, el portero. Hacía buen tiempo y el padre Anselme se perdió entre el boscaje, tranquilo y feliz. De repente, oyó el canto de un pájaro, un canto tan melodioso que se detuvo, sorprendido. Levantó la vista y vio un pájaro de resplandeciente plumaje, y de una forma particular, desconocida. El ave continuó con sus ligeros trinos, y el padre los sintió penetrar en su corazón y llenarlo de dulzura y de ternura nuevas para él. «¡Qué bello es!». Pensaba simultáneamente del canto y del ave. Súbitamente, el pájaro agitó las alas y echó a volar. El padre Anselme no pudo impedirse seguirlo, intentando no perderlo de vista. El ave voleteaba de rama en rama sin dejar de cantar. Con los ojos levantados, como fascinado, el monje seguía tras él. Muchas veces tendió las manos, tan cerca de él se hallaba el ave. Pero en el último instante, el ave escapaba y se iba más lejos... El encantamiento se prolongó. Finalmente, no obstante, el padre Anselme hizo un esfuerzo para recuperar el dominio de sí mismo: «Ya es suficiente -se dijo- debo regresar, si no mis hermanos se inquietarán, pues hace más de dos horas que estoy andando». Con pesar, abandonó el ave, y tomó el camino de regreso al convento, impregnado aún de su maravilloso encuentro. Pronto divisó el priorato; cuando llegó a la puerta, tiró de la cuerda de la campana. La campana sonó, la puerta se abrió y apareció la silueta de un monje desconocido

-¡Vaya! -dijo el padre Anselme sorprendido- ¿el hermano Jérôme no está?

-No conozco al hermano Jérôme -respondió el nuevo portero.

El padre siguió mirándolo cada vez más sorprendido por su aspecto.

-¿Por qué lleva usted ese hábito? -preguntó-. No es el de nuestra orden.

-Sí -contestó el otro-. Mi hábito es el que llevan los monjes mínimos.

-¡Eh!, ¡eh!... Espere un momento: nosotros somos benedictinos, de la orden de san Benito de Cluny, y no monjes mínimos...

-¡Qué ocurrencia! -El portero sacudió la cabeza, tan sorprendido como su interlocutor.

-Pero estoy en el convento de Chaumont ¿no? -dijo el padre Anselme.

-Sí.

El monje se frotó los ojos, sintiendo su espíritu enajenado por algo incomprensible.

-Llame al prior, se lo ruego. Jean de Chalençon me explicará este misterio del nuevo portero y del nuevo hábito.

-Aquí no hay ningún prior que se llame Jean de Chalençon...

-¡Cómo! -gritó el padre-. ¡Vaya a ver, pues su celda está cerca de la mía! ¡Estoy seguro!

-Lo siento.

El diálogo de sordos se prolongó. El portero creía que tenía que vérselas con un loco, y el padre Anselme estaba a punto de convertirse en uno de verdad... Ambos subían el tono de sus palabras; su ruido atrajo a otro monje que preguntó:

-¿Qué está ocurriendo? Soy el padre superior del convento...

-Pero... pero... -tartamudeó el padre Anselme- ¿y entonces que ha sido de Jean de Chalençon?

Contó su historia de nuevo, insistió, no comprendía nada; hace un rato, después del almuerzo, él, el padre Anselme, había salido a pasearse por el bosque, y ahora regresaba tranquilamente como siempre. ¿Qué sucedía en el convento? ¿por qué esos desconocidos? ¿por qué aquellos misterios? Frente a él, el superior lo escuchaba sin comprender. Al mismo tiempo, reflexionaba: el nombre de Jean de Chalençon le recordaba algo, sí...

-Padre -dijo suavemente-, tiene usted razón, yo he oído hablar de Jean de Chalençon; era efectivamente el superior de este convento... Sólo que murió hace por lo menos doscientos años.

 

-Doscientos años... -murmuró el padre Anselme sofocado. Se dejó caer sobre un banco, sin decir nada más, con los ojos desorbitados.

-Espere -prosiguió el prior-. Tengo que verificar todo esto. No se nueva de aquí. Ya regreso.

Se marchó corriendo hacia la biblioteca del priorato. Allí, revisó gruesos registros empolvados y terminó por encontrar lo que buscaba. Era lo que él pensaba: el padre superior Jean de Chalençon había muerto dos siglos antes... Y, de repente, el monje se sobresaltó: unas líneas por debajo de aquel anuncio de fallecimiento, la crónica del convento narraba la desaparición de un tal padre Anselme, que había salido un día a dar un paseo por el bosque, y no había regresado jamás. El libro cayó de las manos del prior. Completamente azorado, se dirigió hacia la entrada del convento. Demasiado tarde, ¡sólo encontró allí al portero!

-¿Dónde ... dónde está el padre Anselme? -preguntó. El otro se encogió de hombros.

-Se ha marchado.

Por orden del prior, todos los monjes del convento se lanzaron a buscar al fugitivo. No hubo forma de dar con él. Algunos monjes contaron, como anécdota, que en el bosque, a lo lejos, habían oído el canto de un ave, mucho más bello, en su opinión, que los que se oían de costumbre.

   
 

EL BOSQUE DE LOS CUENTOS

Anónimo suizo

Érase una vez una pequeña chiquilla que importunaba a toda la gente para que le contaran un cuento. Importunaba a su madre, a su abuela, a su tía. Quienquiera que encontrara en su camino, tenía que contarle un cuento. Pero no todos se sentían dispuestos a ello. Todos se deshacían del pequeño espíritu importunador.

Entonces se encaminó la niña tristemente hacia el bosque. Por fortuna, se extendía éste muy cerca, junto a la casa.

En el bosque se encontró con el cuclillo, que estaba sentado sobre una rama y gritaba:

-¡Cu-cú! ¡cu-cú!

-¿Por qué cantas siempre la misma canción? -dijo la muchacha-. ¡Explícame más bien un cuento!

Entonces le contó el cuclillo la historia de cómo pone el huevo. El cuco lo lleva en el pico por el aire y lo coloca en un nido extraño. De este huevo sale luego un pequeño pájaro, que crece y crece, y se hace por último mayor que los pajaritos que le alimentan. Pronto se hace el nido demasiado pequeño para el cuclillo. Entonces arroja éste fuera del nido a todos los pequeños pajaritos, crecidos con él en el mismo nido. Pero el buen espíritu del bosque, que lo había visto todo, dijo: "Como castigo, no habrás de vivir tú nunca en un nido propio. Tus huevos habrás de llevarlos siempre en el pico por el aire, y tus hijos deberán clamar durante todo su vida por su madre perdida: ¡Cu-cú! ¡cu-cú!"

El pájaro chilló.

-¿Es esto un cuento o una historia verdadera? -preguntó la niña.

-¡Cu-cú! ¡Cu-cú! -se oyó a lo lejos.

Entonces no supo la niña qué pensar, y penetró más profundamente en el bosque.

Así caminando, llegó hasta los sombríos abetos. Bajo sus pies crujía una alfombra de millones de pardas agujas. En lo alto rumoreaba el viento, entre las verdes copas de los altivos abetos gigantes. Pero junto a ellos se alzaban tres pequeños abetos en la oscuridad, los cuales no tenían una sola ramita verde.

-¿Por qué llevan un vestido tan pardo de luto? ¡Oh, explíquenme la historia de ustedes! -rogó la pequeña.

Entonces tomó la palabra el mayor de los tres jóvenes abetos y dijo:

-Nosotros somos los más jóvenes abetos de este bosque, y queríamos levantarnos juntos los tres hacia el sol; pues habíamos oído decir que era hermoso y bueno, y que era un rey. Así, pues, nos pusimos nuestros vestidos de fiesta y extendimos los brazos; pero nuestros hermanos mayores nos cerraron el camino.

"-¡A nosotros nos pertenece el Sol! -dijeron ellos-. Nosotros somos más grandes y hermosos que ustedes. Deberían avergonzarse. ¡Ocúltense!

"Orgullosos, se elevaron ellos cada vez más altos, más altos, hasta que llegaron al Sol. Entonces celebraron una fiesta e invitaron a todos los pájaros cantores del bosque.

"-¡Hágannos también un poco de sitio! -rogábamos nosotros cada día.

"No pretendíamos más que ver solamente el manto del rey Sol; pero nuestros hermanos mayores extendían rumoreando sus vestidos y nos ocultaban, para que el Sol no pudiera encontrarnos. Entonces dejamos caer nosotros el vestido verde de fiesta y nos vestimos de pardo luto. Este luto lo conservaremos nosotros hasta nuestra muerte, que bien pronto habrá de venir."

Entonces preguntó la niña:

-¿Es esto un cuento o una historia verdadera?

Los tres pequeños abetos guardaron silencio, pero dejaron caer sus agujas, y con esto pareció como si lloraran.

La pequeña muchacha fue a buscar una azada y arrancó con ella, uno después de otro, a los pequeños abetos y los plantó de nuevo en el borde del bosque. Buscó luego agua del manantial y les dio de beber. El Sol se asustó cuando vio a las tres criaturas del bosque con su vestidito de luto. Las acarició con sus rayos y las consoló:

-Pronto tendrán mejor aspecto. Mis rayos tejerán para ustedes el más hermoso vestido de fiesta, y yo estaré al lado de ustedes desde la mañana hasta el anochecer.

Siguió entonces la pequeña muchacha su camino. El sendero del bosque corría recto, y no parecía tener fin.

De repente, sintió la niña un escalofrío en las espaldas; en medio del camino yacía una pequeña ardilla que agonizaba a causa de una herida en el cuello.

-¿Por qué has muerto tú? -preguntó la niña-. Te hubiera rogado tan a gusto que me contaras un cuento...

Entonces empezó a hablar la roja sangre.

-Allí arriba, entre el verde reino de las hojas, hay una casita redonda. En ella vive una madre con sus cinco hijos. "No salgan hasta que esté yo de nuevo en casa", dijo la madre cuando salió en busca de alimento para sus pequeños. Cuatro de ellos supieron obedecer. El quinto, sin embargo, miraba continuamente por la puerta redonda. Cien mil hojas lo saludaban y le susurraban: "¡Sal! Te contaremos un cuento". Entonces salió afuera la pequeña ardilla. Escuchó y escuchó, tan pronto en éste como en aquel árbol, y finalmente quiso marcharse al bosque vecino. Pero en medio del camino fue víctima del pérfido ladrón. "¡Madre!", gritó todavía; pero la madre estaba muy lejos y no podía oírla. Entonces cerró la pequeña ardilla los ojos.

-¿Es esto un cuento o una verdadera historia? -preguntó la niña.

La sangre calló, y la muchacha contempló tristemente al pequeño animalito muerto.

-¡Madre! -gritó de repente la niña, y rompió a llorar.

Luego dio media vuelta y volvió sobre sus pasos. Corrió hasta perder el aliento, hasta que se encontró de nuevo en casa, abrazada a su madre.

A la mañana siguiente salió, sin embargo, de nuevo al bosque y así cada día; pues allí le explicaban cuentos todas las cosas. ¿O eran tal vez historias verdaderas? La pequeña muchacha no lo sabía, pero las escuchaba a gusto por su vida.

Ejercicios

   

EL CIERVO, LA TORTUGA Y EL PÁJARO       

 

                    Muchas veces uno solo no puede hacerlo todo y necesita la ayuda de sus amigos. Descubre cómo el ciervo, la tortuga y el pájaro se ayudan los unos a los otros para salvarse de un cazador.

Había una vez tres amigos: un ciervo, una tortuga y un pájaro.

Un día, mientras caminaba por el bosque, el ciervo quedó enredado en una red que había colocado un cazador. El ciervo intentó deshacerse de la red, pero al ver que él solo no podía, pidió ayuda a su amiga la tortuga. Ésta se dirigió donde estaba el ciervo atrapado, y empezó a roer las cuerdas una a una para liberarlo.

La tortuga, concentrada en roer las cuerdas, no se dio cuenta de que estaba amaneciendo, pero el cazador, que ya se había despertado, salió de su casa con el arco preparado para ir a recoger a su presa. El pájaro, que lo había visto todo, se puso a revolotear por encima de la cabeza del cazador para distraerle, y así darle tiempo a la tortuga para liberar totalmente al ciervo.

Cuando el cazador llegó al sitio donde había colocado la red y vio que estaba rota y vacía, se enfadó tanto que se dispuso a dispararle una flecha al pájaro. Pero en ese momento, la tortuga le mordió un dedo del pie y el pájaro pudo escapar. Entonces, el cazador cogió a la tortuga, la metió en su bolsa y se fue.

A mitad de camino, al cazador le entró hambre y se sentó bajo un árbol a comer. Aprovechando que estaba distraído, el ciervo se acercó por detrás sin hacer ruido y, muy despacio, levantó la bolsa donde estaba la tortuga con sus cuernos y huyó lejos del cazador, donde el pájaro ya los estaba esperando. En cuanto llegaron, el pájaro se lanzó encima de la bolsa y empezó a picotearla hasta que consiguió liberar a la tortuga.

Y así fue como, ayudándose unos a otros, consiguieron salvarse los tres amigos.

EL CONEJO EN LA LUNA

 

               ¿Te has fijado alguna vez que cuando la luna está llena hay una forma de color azul plateado en su superficie? Si la miras atentamente, verás que tiene unas largas orejas y el cuerpo de un conejo. Pero, ¿cómo es posible que un conejo haya llegado a la luna?

Hace mucho tiempo en un país llamado India, había un precioso bosque. El más bonito que nunca había existido. Había árboles de todos los tamaños y formas, cargados de frutas. Las flores eran de todos los colores que se puedan imaginar y desprendían dulces olores. Los animales vivían felizmente en aquel bosque desde hacia miles de años.

Entre todos los animales, cuatro se hicieron muy amigos: el mono, la nutria, el elefantito y el conejo. Todos ellos querían mucho al conejo, que era, además, el animal más querido por todos los animales del bosque. Y os preguntaréis porque le querían tanto. Porque era un ser muy especial: sabio, generoso, valiente y sincero. Pero lo más importante de todo es que tenía un corazón de oro.

A los animales del bosque les gustaba escuchar las historias que explicaba el conejo. Se sentaban a su alrededor y se quedaban boquiabiertos escuchando cómo el conejo les contaba cosas acerca del poder de las plantas y las flores para curar y del poder del amor para transformar. También les hablaba de las lejanas estrellas, de los planetas y de la energía y la magia. Todos los animales acudían a escucharlo, incluso los más fieros como el tigre y el cocodrilo.

La amabilidad del conejo brillaba desde su interior como la luz de la luna. Todos los que se acercaban a él se sentían inspirados. Así, sus tres amigos, el mono, la nutria y el elefantito empezaron a cambiar sus defectos.

El mono, a quién siempre le había gustado hacer bromas y molestar a todos, se volvió más considerado y ayudaba a todos los animales. La nutria, que siempre había sido muy tragona y egoísta con la comida, ya que se guardaba todo el pescado para ella, empezó a repartirlo y a ayudar a los demás. El elefante, que siempre había sido muy reservado y nunca decía a los otros animales donde estaban los manantiales, empezó a compartir lo que sabía y a ayudar a los demás. Y el conejo se volvió todavía más amable y el brillo de esa bondad y amabilidad de su corazón fue incluso más intenso que antes.

Y un día el conejo tuvo una idea y llamó a sus cuatro amigos:

- Como nosotros tenemos mucha comida y agua, y mucho amor y amistad, podríamos ofrecer nuestros alimentos y nuestros sentimientos al resto del mundo, a los pobres y a los niños hambrientos.

Y mientras el conejo bondadoso decía esto, pasó por allí el espíritu celestial y escuchó lo que estaba diciendo. Se quedó tan sorprendido de la bondad del conejo, que decidió seguir muy atento a todo lo que ocurriera a partir de aquel momento.

El conejo continuó:

- Mirad la luna, amigos. Esta noche está resplandeciente y con su luz transforma la oscuridad en brillo. Nosotros podríamos hacer lo mismo con nuestro amor. Podríamos transformar la tristeza y los problemas en alegría.

Y acordaron llevar la felicidad a todos los que entraran al día siguiente en el bosque.

Aquella noche, los cuatro animales planearon lo que cada uno iba a hacer para mejorar el mundo. La nutria prometió ir a pescar y regalar todos los peces. El mono prometió regalar todos los mangos que encontrara. El elefante prometió encontrar un nuevo manantial y regalar toda el agua que pudiera coger.

Todos durmieron felices esa noche. Todos menos el conejo, que aún no había encontrado nada que pudiera ofrecer. Su único alimento era la hierba, que no gustaba a casi nada. No tenía nada que ofrecer. Pensó y pensó, mirando la luna llena y cuando ya estaba a punto de dormirse sin haber encontrado nada, tuvo una idea. Recordó que a los humanos les gustaba comer conejo. Entonces prometió que se regalaría a sí mismo. Y se durmió tranquilo y feliz.

El ser celestial, que había estado escuchando todo oyó la promesa del conejo. Era increíble que un simple conejo fuera tan bueno y desinteresado. Entonces decidió ponerlo a prueba. Quería comprobar si el conejo había hecho en serio esa promesa.

Al día siguiente, el ser celestial bajó a la tierra disfrazado de mendigo y llamó a los animales del bosque:

- Ayudadme por favor, me he perdido y tengo hambre y sed

Todos los animales acudieron corriendo hacia el mendigo

- Nosotros te ayudaremos – le dijeron. Te daremos comida y agua y te ayudaremos a encontrar el camino de vuelta a casa.

El mono saltó a un árbol y bajó con unos cuantos mangos y se los ofreció al mendigo. La nutria se metió en el río, pescó varios peces y también se los ofreció al mendigo. El elefante corrió hacia un manantial que había descubierto, sorbió con su trompa toda el agua que pedo y se la ofreció al mendigo. Entonces el conejo se acercó y dijo muy seguro:

- Haz un fuego y yo saltaré dentro de él para que puedas comer mi carne

El gran espíritu estaba sorprendido de la valentía del pequeño conejo. Chasqueó los dedos y dijo algo e inmediatamente surgió un fuego. Entonces, el conejo, sin pensárselo dos veces, saltó sobre el fuego, pero no se quemó, porque en aquel momento el ser celestial lo cogió en la palma de su mano. Entonces le dijo:

- Tu amor y tu valentía superan todo lo que he visto en esta tierra. Todo el mundo debería conocer tu acto desinteresado. Te voy a colocar en la luna para que todos cuando te vean, te recuerden y aprendan de ti. Aparecerás en cada luna llena y tu amor brillará en la luz de la luna.

Y con estas palabras, elevó al conejo hacia el cielo y lo colocó en la luna. Todavía hoy se puede ver su silueta en las noches de luna llena. Así que, la próxima vez que haya luna llena, salid a mirar el cielo y veréis un conejo en la luna y recordad que, igual que le ocurrió al conejo, si regaláis algo precioso podéis recibir a cambio algo muy especial.

EL DIABLO Y EL ASNO

Anónimo francés

Había una vez, en la región de Thiers, un viejo párroco de fe tan sincera que toda su parroquia del valle del Durolle se había transformado. Desde que él ejercía su ministerio, nadie cometía allí el más mínimo delito, robo o crimen de ningún tipo. Las mujeres, que habían renunciado a sus chismorreos, dedicaban sus escasos ratos libres a hacer encaje y pasamanería de tal calidad que venían a buscarlos desde Saint-Étienne. Los hombres, muchos de los cuales eran cuchilleros, se mostraban sobrios, absteniéndose incluso de blasfemar o de pelearse, y en la feria de ganado, donde siempre había existido algo de taimería, se habían hecho tan honestos que confesaban espontáneamente los defectos de los animales alineados para la venta. No es allí donde podría haberse construido, como en la ciudad vecina, para servir de ejemplo a los que pasaban, una casa de los siete pecados capitales. La influencia tan piadosa del párroco tenía al diablo loco de rabia, hasta el punto de que no dejaba de merodear por la región buscando en vano un alma a la que poder arrastrar fuera del buen camino. No era cuestión, desde luego, de acercarse al párroco que le obligaba a huir haciendo la señal de la Cruz. A la desesperada, se volvió hacia el asno del sacerdote. Mezcló ramas de espino con su ración de avena, se transformó en abejorro para volar constantemente ante su vista, le hostigó como un tábano, le hizo tropezar y se dedicó de todas las maneras posibles a volverlo loco. Pero el asno era tan dulce y paciente como su amo. Soportaba todos aquellos ataques sin dar coces ni quejarse jamás. La Nochebuena, la costumbre recomendaba que se le diera doble ración de alimento a los animales en memoria de la ayuda que prestaron en el portal de Belén. Viendo el día concluir, el asno esperaba pues su ración de avena con algo de gula, cuando, de improviso, vio llegar al sochantre de la parroquia, que le dijo:

-Mi buen asno, me gustaría que me hicieras un gran favor. Las ovejas van a empezar a parir esta noche y debo quedarme con ellas. ¿Aceptarías sustituirme en la misa de medianoche?

El asno había oído decir con frecuencia que, durante la Nochebuena, los animales reciben la facultad de hablar como los humanos. ¿Por qué no iba a aceptar, después de todo? Inclinó la cabeza como prueba de aceptación y entonces el sochantre le explicó:

-Bastará con que digas Amén de vez en cuando. Haz una prueba. -Y el asno rebuznó.

-Muy bien, -aprobó el sochantre-. Cantas más alto que yo. Todo el mundo te oirá bien y nuestro párroco se sentirá orgulloso de ti.

El sochantre desapareció como había venido sin que al asno, henchido de importancia ante la idea de representar aquel gran papel, se le ocurriera sorprenderse por nada. Sin embargo, habría debido sospechar que el que se transforma en mosca punzante o en murciélago, puede asimismo adoptar la forma de un viejo sochantre. Pero estaba ya ocupado en acicalarse. Se revolcó por el suelo para quitarse el polvo del lomo, se dio aquí y allá varios lengüetazos para que su pelaje brillara, golpeó sus cascos contra el muro para desprender la tierra, y los alisó pasándoselos por los corvejones.

Al oír el primer toque para la misa, se puso en camino, levantando mucho las patas como un caballo en un picadero que hace el paso español. Cuando llegó por fin a la iglesia, todo el pueblo se le había adelantado, los hombres se encontraban a la derecha, las mujeres a la izquierda, y el párroco estaba esperando ante el altar. Temiendo llegar con retraso para el primer canto, el asno se lanzó al galope por el pasillo central, frenó con las cuatro patas y se puso a rebuznar a pleno pulmón. Asustadas, las mujeres se pusieron a gritar y los hombres se lanzaron a cogerlo para llevárselo al exterior. El asno, que quería dar explicaciones, se negó a moverse, pero logró rebuznar más fuerte y con ello aumentó la confusión. Le dieron una tunda de garrotazos para hacerle callar. Él respondió coceando y, dándose la vuelta, huyó.

Los mozos del pueblo soltaron los perros y lo persiguieron tan bien que tuvo que irse al galope hacia el bosque de Moûtier. Fue tropezando de árbol en árbol y terminó por caer de rodillas, jadeante. En un claro del bosque que había delante de él, se esparció de repente una luz roja. Un olor a azufre impregnó el aire. El asno se sintió observado. Levantó la cabeza, vio al falso sochantre y supo que era el diablo el que allí lo esperaba. Totalmente confundido, comprendió que había caído de cabeza en una trampa, y había cometido un pecado de vanidad. Y ahora el diablo lo tenía a su merced... «Has querido jugar a ser sochantre -se dijo- y mira lo que te ha sucedido. Ahora juega a ser asno. Es tu última oportunidad para escapar de aquí». Y resopló, pareció incapaz de levantarse, tropezó y se dejó caer de nuevo pesadamente. El diablo soltó una burlona carcajada.

 

-¿Quién sois? -preguntó el asno-. Os suplico que tengáis piedad de un pobre ciego. He debido saltarme los ojos al pasar por entre los espinos, y me faltan las fuerzas. Indicadme el camino hacia mi cuadra, por favor. Quiero exhalar mi último suspiro en casa de mi amo.

-Si te guío -preguntó el demonio- ¿qué me darás por molestarme?

-Antes que nada, me gustaría saber quién sois.

-Es muy sencillo, soy el diablo.

-Señor diablo, si así lo deseáis podréis recibir mi alma, puesto que es eso lo que se acostumbra a intercambiar con vos.

-Un alma de asno no es gran cosa, -dijo el otro-. ¡Pero, en fin! Voy a subirme a tu grupa y te indicaré el camino a seguir.

-¡Oh! Estoy cubierto de moratones y demasiado débil para llevaros, como veis. Id por delante. Yo me orientaré sujetando la punta de vuestro rabo.

Sin ver en la propuesta malicia alguna, el diablo echó a andar seguido por el asno. «Voy a llevarlo al río -se decía- y al querer seguir mis pasos, se ahogará.»

-No vaya demasiado rápido, -protestaba el asno, detrás de él-. No puedo más...

Llegaron por fin a la orilla del río. El diablo pensaba dar un salto hasta la otra orilla, porque en diciembre el río está muy frío.

-Agárrate bien -dijo-, y camina. Sólo tiene que dar unos cuantos pasos más.

El asno, que veía perfectamente y había comprendido cuáles eran las intenciones del demonio, le mordió el rabo con todos sus dientes y se apoyó en una roca cercana en el momento en el que el diablo saltaba. El rabo se arrancó, quedando entre los dientes del asno, y el diablo perdió el equilibrio y cayó a la corriente helada. Se le oyó gritar de dolor desde la iglesia del pueblo.

El asno regresó al trote en el momento en el que la misa estaba terminándose. Depositó el rabo del demonio ante el buen párroco, que no tardó en comprender que su querido asno había sido víctima del Maligno, pero que había sabido tomarse la revancha. Le perdonó que hubiera interrumpido a misa y le concedió doble ración de avena, regada con vino caliente, en honor de aquella dulce noche de Navidad.

   

EL GRAN ESPANTO

Anónimo suizo

Con frecuencia me viene a la memoria el recuerdo de la pequeña chiquilla y del pequeño ratoncito, y pienso entonces en el gran espanto que sufrieron los dos.

La pequeña chiquilla estaba en su cama y proyectaba siluetas con las manitas en la pared, pues la Luna iluminaba como una lámpara. Reinaba un profundo silencio en la habitación y las personas mayores de la casa creían todas que la pequeña chiquilla dormía hacia ya rato. Y, en verdad, no hubieran sabido tampoco que estaba todavía despierta, a no ser por un pequeño ratoncito que, al hacer su paseo nocturno, dio con la naricilla en una migaja de chocolate.

-¡Cui-cui! -gritó el pequeño ratoncillo, gozoso.

Entonces escuchó atentamente la pequeña chiquilla.

-¡Cui-cui! -gritó de nuevo el pequeño ratoncillo, con lo cual quería decir: "¿Hay todavía más chocolate ahí?"

Buscó y rebuscó, y caminó con sus cortos pasitos de aquí para allí. De repente se encontró en la gran claridad de la luna, justamente delante de la cama de la pequeña chiquilla.

-¡Ay, ay! -gritó ella con gran espanto, y saltó por el otro lado fuera de la cama.

El pequeño ratoncillo, sin embargo, al oír tales gritos, trepó, lleno de espanto, por la sábana y se ocultó en el lecho. Entonces gritó de nuevo la pequeña chiquilla con más fuerza que antes. El ratoncillo saltó en amplio círculo al suelo y pasó junto a los desnudos pies de la chiquilla. Entonces resonó tal grito de espanto en la habitación, que al pobre ratoncillo se le detuvo casi el corazón. Buscó desesperado la puertecita de su morada en la pared, mientras la pequeña chiquilla saltaba otra vez a la cama, se tapaba la cabeza con la manta y encogía los pies hasta tocarse la barbilla con las rodillas.

Finalmente, cuando estuvo el pequeño ratoncillo en su casita, sollozó "¡Cui-cui!", y se desplomó tembloroso.

-¡Pobre hijo mío! -dijo la mamá ratón-. ¿Qué es lo que te ha asustado así?

-Un gigante con una voz espantosa.

"Esto puede curarlo enseguida un pedacito de sebo" pensó la mamá ratón. Fue, pues, a buscar lo que tenía, y lo puso ante la naricilla de su querido hijito. "¡Sí, sí, esto servirá!" Y, en efecto, mientras el ratoncillo roía el sebo, disminuyó su temblor.

Allí enfrente, al lado de la pequeña chiquilla, se hallaba también la madre junto a la cama. Al oír los gritos, lo echó todo a un lado y corrió en su ayuda.

-¿Qué es lo que te ha asustado, que tiemblas y lloras de esta manera?

-¡Un gran animal que se me quería comer!

-¡Pobre hija mía! ¿Será eso verdad? -dijo la madre.

Pero sabía muy bien lo que podía consolar a su hijita. Sacó un pedacito de chocolate del plateado papel y cesaron de fluir al punto las lágrimas. De modo que, mientras lamía la golosina, dejó también de temblar la pequeña chiquilla.

Pronto se quedó dormida la pequeña chiquilla en su camita, y el pequeño ratoncillo se quedó dormido también en su casita. Y con ello quedaba olvidado el grande y terrible espanto con que se habían asustado uno de otro.

ejercicios

   

EL NIÑO PERDIDO

Anónimo bohemio

Hubo hace muchísimos años un gran señor que poseía incalculables riquezas, pero no era feliz por carecer de heredero a quien legárselas a su fallecimiento.

Así llegó a la madurez, sintiéndose cada día más viejo y en este estado de ánimo acudía semanalmente a misa, acompañado de su esposa, para pedir a Dios que le concediera un hijo.

En esta triste situación permanecieron muchos años. Finalmente les nació un robusto niño, pero la noche anterior tuvo el padre un sueño extraño.

Le pareció ver a un anciano que le predijo el nacimiento de un varón, anunciándole que debía procurar que no tocara el suelo con los pies antes de cumplir los doce años, si no quería que le sucedieran irreparables desgracias.

Innumerables nodrizas a quienes se le confió el cuidado del tierno infante recibieron oportunas instrucciones para que no le permitieran tocar el suelo hasta llegar a la edad fijada.

Ya habían transcurrido once años y once meses desde el día de su nacimiento; se aproximaba la fecha en que el maleficio fatal dejaría de existir.

Los padres, contentos, se proponían dar una fiesta para conmemorar el fausto suceso.

De repente, una mañana antes del cumpleaños, hubo un temblor de tierra; la nodriza, que tenía en sus brazos al niño, lo dejó caer asustada.

Cuando quiso recogerlo no lo encontró. Había desaparecido como si se lo hubiese tragado la tierra.

Atraídos por sus gritos y lamentaciones, acudieron los demás criados del castillo y poco después se presentó también el señor.

Muy alarmado al observar la inquietud de los domésticos, preguntó dónde estaba su hijo, y la nodriza, temblando como las hojas del álamo y con los ojos arrasados en lágrimas, le refirió lo sucedido.

Fácil es imaginarse la angustia del padre al ver desvanecerse en un instante sus más caras esperanzas. Inmediatamente despachó varios criados en todas direcciones, encargándoles que no volvieran sin su desaparecido hijo. Rogó, suplicó, vertió el oro a manos llenas y prometió crecidas recompensas.

Pero todo fue inútil. La tierna criatura no pudo ser hallada. Había desaparecido, tal vez para siempre.

Pasó el tiempo. Un día el afligido padre se enteró de que en una de las más amplias salas del castillo se percibía al llegar la medianoche un rumor de pasos y el sonido inconfundible de quejas amargas exhaladas por una garganta humana.

Deseoso de averiguar la causa de aquella anomalía, con la intuición de que aquel descubrimiento podía llevarle tal vez al conocimiento de lo que tan ardientemente deseaba, hizo pregonar en todas las aldeas de sus dominios que entregaría trescientas coronas de oro a quien se atreviera a pasar una noche en el interior de la estancia de referencia.

No faltaron personas que se prestaron a hacer la prueba, pero ninguna llegó al fin. Cuando, a la medianoche, empezaban a percibirse los gemidos, todos salían disparados, prefiriendo conservar la vida pobres a arriesgarla por trescientas coronas.

De ese modo el noble castellano permanecía todavía en la duda de que el autor de aquellos gemidos fuese su hijo o alguna ánima en pena.

Sucedió, empero, que en las inmediaciones del castillo habitaba una pobre viuda, molinera de profesión y madre de tres hijas de notable hermosura.

Cuando a la humilde cabaña llegó la noticia de que el señor del castillo ofrecía trescientas monedas de oro a quien osara dormir una noche en la cámara donde se percibían los extraños ruidos, la hija mayor dijo a su madre:

-Creo, madre mía, que no tenemos nada que perder. Esas trescientas coronas aliviarían bastante nuestra miseria. ¿Por qué no me permites que pruebe?

La pobre madre vaciló, pero ante la insistencia de la hija y, sobre todo, atemorizada por los días de hambre que se le avecinaban, consintió al fin.

Al día siguiente, la mayor de las hijas de la molinera se encaminó resueltamente al castillo.

-Vengo a dormir esta noche en la cámara de los duendes -dijo al criado que salió a abrirle la puerta.

El mismo señor salió entonces a recibirla y le preguntó:

-¿No te dará miedo, muchacha?

-¡Bah! Más miedo me da el hambre. Lo único que leruego es que me proporcione provisiones suficientes para hacerme una buena cena, pues tengo un apetito de avestruz.

El castellano ordenó que se le facilitara todo cuanto pidiera y la muchacha no se quedó corta, pues con los víveres que exigió se habrían podido confeccionar más de doce platos distintos.

Tan pronto como los tuvo en su poder, la garrida moza se encerró en la habitación, encendió una bueno hoguera, puso en ella agua a calentar y luego puso la mesa y se preparó la cama.

Lentamente fueron pasando las primeras horas de la velada. Finalmente dieron las doce, y, apenas hubo el reloj desgranado la última campanada de la medianoche, cuando la molinera percibió los pasos de alguien que se aproximaba.

Llena de temor, levantó la cabeza y se encontró con un adolescente que la miraba con fijeza y que le preguntó:

-¿Para quién es esa cena!

Ella repuso secamente:

-Para mí sola.

Se nubló de tristeza el pálido semblante del desconocido. Dirigió una nueva mirada pesarosa a la muchacha y, tras algunos instantes de mutismo, tornó a preguntar:

-¿Para quién has servido la mesa?

-Para mí sola -contestó ella con la misma acritud que antes.

La frente del mancebo sé arrugó. Sus hermosos ojos azules se humedecieron. Con voz trémula, dijo interrogativamente:

-¿Para quién has mullido esa cama?

A lo que ella respondió con la misma indiferencia egoísta:

-Para mí sola.

El desconocido se echó a llorar como una Magdalena, se retorció desesperadamente las manos y desapareció.

A la siguiente mañana, la mayor de las hijas de la molinera relató al noble castellano todo cuanto había sucedido durante la noche, sin hacer referencia a la penosa impresión que la sequedad de sus respuestas había producido al fantasma.

El desdichado padre pagó religiosamente las trescientas coronas y se regocijó en medio de su pesar por haber logrado descorrer un tanto el velo del impenetrable misterio.

Se presentó aquel atardecer la segunda de las hijas de la molinera que había recibido instrucciones de su hermana sobre lo ocurrido y conocía las preguntas que el aparecido había de hacerle.

El señor del castillo la acogió con grandes muestras de alegría y ordenó a sus criados que le facilitasen todo cuanto apeteciera. Inmediatamente se trasladó ella a la sala, encendió una buena fogata, puso a hervir sus pucheros, cubrió la mesa con albo mantel y, mientras se hacía la cena, mulló cuidadosamente el colchón de la cama.

Al dar la medianoche notó los pasos del desconocido, que se aproximó a ella sin que la hija de la molinera experimentara el menor temor, y le preguntó:

-¿Para quién has hecho esa cena?

-Para mí sola -respondió ella con la misma sequedad que su hermana.

Con profunda tristeza retratada en su hermoso semblante continuó preguntando el doncel:

-¿Para quién has servido era mesa?

-Para mí sola -contestó la muchacha sin volver la cabeza.

El mancebo lanzó un suspiro melancólico.

-¿Para quién has mullido esa cama?

-Para mí sola.

Se retorció desesperado las manos el desconocido y desapareció.

Cuando la segunda de las hijas de la molinera refirió al noble castellano cuanto había visto y oído, éste le entregó las trescientas coronas estipuladas y quedó ensimismado en profundos reflexiones.

Pero aquella misma tarde se presentó en el castillo la tercera y más joven de las hijas de la molinera, que se ofreció a pasar la noche en la cámara de los misterios, después de haber obtenido la aprobación de su madre, no sin gran trabajo, pues aquélla amaba a su hija menor mucho más que a sus hermanas.

El señor del castillo la recibió con tanta deferencia como a las mayores y dispuso que se le diese lo suficiente para dar de comer a seis personas, eligiendo él mismo los manjares, y entregándole un servicio completo de platos y cubiertos para dos personas.

La muchacha penetró en la estancia, encendió el fuego y puso las vituallas a calentar, haciendo entretanto la cama.

Mientras terminaba de hacerse la cena, la muchacha puso sobre la mesa un rico mantel, y encima de éste los platos, los cubiertos y las servilletas, así como los vasos.

Lenta, muy lentamente, sonaron las doce campanadas de la medianoche. Inmediatamente se percibió un ruido extraño, rumores de pasos, suspiros entrecortados, quejas, llantos...

Asustada, la molinerita miró en torno suyo, pero no vio a nadie. Ya iba a lanzar un grito de espanto, por miedo a lo sobrenatural, cuando distinguió de repente a un pálido mancebo que la miraba con tristes ojos.

Ella le sonrió entonces y lo invitó a sentarse con un gesto, pero él, antes de aceptar, le preguntó:

-¿Para quién es esa cena que preparas?

-Para nosotros dos -respondió la muchacha sin vacilar-.

-¿Para quién has puesto esa mesa?

-Para nosotros dos. ¿No ves acaso los dos cubiertos?

El mancebo, con los ojos brillantes de alegría continuó preguntando:

-¿Para quién es esa cama?

-Para ti solo. Yo dormiré en una silla.

Trémulo de júbilo, el joven se arrodilló a los pies de la molinerita y cubrió de besos sus manos.

-¡Gracias, muchas gracias! - exclamó.

Luego se levantó y añadió:

-Pero antes de cenar tengo que transmitir mi reconocimiento a mis bienhechores.

Un soplo de aire fresco inundó de repente la habitación. En el centro de ésta se había abierto una trampilla por la cual se apresuró a descender el desconocido, pero la joven molinera, que se sentía invadida por la curiosidad, se agarró al extremo de su capa y bajó detrás de él.

Llegaron al fondo y allí se desplegó ante los ojos de la muchacha un mundo extraño.

Corría a su diestra un río de oro líquido, mientras que a su siniestra se alzaban colinas del mismo resplandeciente metal. Frente a ella se extendía una pradera vastísima, esmaltada con césped de un verdor deslumbrante y flores policromas.

A medida que avanzaba el desconocido, lo seguía la joven a muy poca distancia, procurando que él no la descubriese.

Ella lo vio saludar a las flores del prado con tanta deferencia y cariño como si fuesen antiguas conocidas, besando a algunas, acariciando a otras, despidiéndose de ellas con frases amorosas y lisonjeras.

Finalmente penetraron en una selva cuyos árboles eran de oro macizo. Multitud de pájaros de todas clases y colores empezaron a lanzar armoniosos trinos cuando distinguieron al pálido mancebo, revoloteando alrededor de él y posándose familiarmente en su cabeza y hombros, mientras él acariciaba a las lindas avecinas.

La molinerita quebró una de las ramas de un árbol y se la guardó en el pecho para tener un recuerdo de aquel reino de maravilla.

Pasaron de la selva de oro a otra cuyos árboles eran todos de plata. Infinidad de animales de todas especies saludaron con grandes muestras de alegría la llegada del mancebo, acercándose a recibir sus caricias.

Él les dirigió la palabra a cada uno de ellos, pasándoles las manos por sus lustrosos lomos, mientras que la molinera, aprovechando el ruido que formaban con sus voces, quebró una de las argentadas ramas y se la guardó junto con la otra.

-Así me creerán mis hermanas cuando les cuente todas las preciosidades que he visto esta noche -se dijo.

Cuando el doncel se hubo despedido de todos sus amigos, volvió sobre sus pasos por el mismo sendero que tomara a la ida.

La doncella regresó detrás de él, sin que el muchacho se diese cuenta de su presencia.

Cuando el joven se volvió hacia la chimenea, la doncella estaba sentada ya a la mesa y le hacía señas de que se acercara.

-Ya me he despedido de todos mis amigos -dijo él con voz alegre-. Ahora vamos a cenar.

Cuando hubieron aplacado su apetito, propuso el muchacho:

-¿No crees que es hora de descansar?

Ella sonrió y repuso:

-Descansa tú. Yo me acomodaré en una silla junto a la chimenea y dormitaré un poco. Ya no tardará mucho en amanecer.

-Nada de eso -contestó él, alegremente-. Seré yo quien se coloque junto al fuego. Tú dormirás en la cama. Si te hice la pregunta fue para probar tus sentimientos.

La molinerita se dejó caer, vestida, en el blando lecho, mientras que el desconocido, tomando una silla, se sentó junto a la chimenea, lanzando de vez en cuando miradas amorosas a la muchacha, que no tardó en dormirse apaciblemente.

Ya había avanzado mucho la mañana y el noble castellano no podía contener su impaciencia, pues la hija de la molinera no se había presentado todavía a cobrar su pago.

Inquieto, se dirigió a la sala y abrió la puerta.

Dos exclamaciones de alegría sonaron al unísono.

-¡Hijo mío!

-¡Padre!

Emocionados, se abrazaron llorando.

La molinera se despertó, se levantó apresuradamente y las dos ramas que cortara durante su visita al país maravilloso cayeron al suelo con metálico ruido.

El joven se volvió hacia ella, y, al ver las dos ramas, le dijo asombrado:

-¿Me seguiste hasta allá, pícara?

Ruborizada, ella no respondió.

-Pues bien -añadió él- esas dos ramas se convertirán en dos palacios, uno de los cuales habitaremos nosotros cuando nos casemos y en el otro vivirá tu familia.

Y así sucedió.

Los dos jóvenes contrajeron matrimonio dos días después, siendo invitados a la boda todos los habitantes del lugar, que todavía recuerdan alborozados el pantagruélico banquete que se sirvió.

Yo, como era pequeñito, me quedé aquella noche solo en la cama, por lo que pasé un miedo terrible.

 EL HOMBRE DEL SACO

Anónimo español

Había un matrimonio que tenía tres hijas y como las tres eran buenas y trabajadoras les regalaron un anillo de oro a cada una para que lo lucieran como una prenda. Y un buen día, las tres hermanas se reunieron con sus amigas y, pensando qué hacer, se dijeron unas a otras:

-Pues hoy vamos a ir a la fuente.

Que era una fuente que quedaba a las afueras del pueblo. Entonces la más pequeña de las hermanas, que era cojita, le preguntó a su madre si podía ir a la fuente con las demás; y le dijo la madre:

-No, hija mía, no vaya a ser que venga el hombre del saco y, como eres cojita, te alcance y te agarre.

Pero la niña insistió tanto que al fin su madre le dijo:

-Bueno, pues anda, vete con ellas.

Y allá se fueron todas. La cojita llevó además un cesto de ropa para lavar y al ponerse a lavar se quitó el anillo y lo dejó en una piedra. En esto, que estaban alegremente jugando en torno a la fuente cuando, de pronto, vieron venir al hombre del saco y se dijeron unas a otras:

-Corramos, por Dios, que ahí viene el hombre del saco para llevarnos a todas -y salieron corriendo a todo correr.

La cojita también corría con ellas, pero como era cojita se fue retrasando; y todavía corría para alcanzarlas cuando se acordó de que había dejado su anillo en la fuente. Entonces miró para atrás y, como no veía al hombre del saco, volvió a recuperar su anillo; buscó la piedra, pero el anillo ya no estaba en ella y empezó a mirar por aquí y por allá para ver si había caído en alguna parte.

Entonces apareció junto a la fuente un viejo que no había visto nunca antes y le dijo la cojita:

-¿Ha visto usted por aquí un anillo de oro?

Y el viejo le contestó:

-Sí, que en el fondo de este costal está y ahí lo has de encontrar.

Conque la cojita se metió en el costal a buscarlo sin sospechar nada y el viejo, que era el hombre del saco, en cuanto ella se metió dentro cerró el costal, se lo echó a las espaldas con la niña guardada y se marchó camino adelante, pero en vez de ir hacia el pueblo de la niña, tomó otro camino y se marchó a un pueblo distinto. E iba el viejo de lugar en lugar buscándose la vida, así que por el camino le dijo a la niña:

-Cuando yo te diga: "Canta, saco, o te doy un sopapo", tienes que cantar dentro del saco.

Y ella contestó que bueno, que lo haría así. Y fueron de pueblo en pueblo y allí donde iban el viejo reunía a los vecinos y decía:

-Canta, saco, o te doy un sopapo.

Y la niña cantaba desde el saco:

Por un anillo de oro

que en la fuente me dejé

estoy metida en el saco

y en el saco moriré.

Y el saco que cantaba era la admiración de la gente y le echaban monedas o le daban comida. En esto que el viejo llegó con su carga a una casa donde era conocida la niña y él no lo sabía; y, como de costumbre, posó el saco en el suelo delante de la concurrencia y dijo:

-Canta, saco, o te doy un sopapo.

Y la niña cantó:

Por un anillo de oro

que en la fuente me dejé

estoy metida en el saco

y en el saco moriré.

Así que oyeron en la casa la voz de la niña, corrieron a llamar a sus hermanas y éstas vinieron y conocieron la voz y entonces le dijeron al viejo que ellas le daban posada aquella noche en la casa de sus padres; y el viejo, pensando en cenar de balde y dormir en cama, se fue con ellas.

Conque llegó el viejo a la casa y le pusieron la cena, pero no había vino en la casa y le dijeron al viejo:

-Ahí al lado hay una taberna donde venden buen vino; si usted nos hace el favor, vaya a comprar el vino con este dinero que le damos mientras terminamos de preparar la cena. Y el viejo, que vio las monedas, se apresuró a ir por el vino pensando en la buena limosna que recibiría.

Cuando el viejo se fue, los padres sacaron a la niña del saco, que les contó todo lo que le había sucedido, y luego la guardaron en la habitación de las hermanas para que el viejo no la viera. Y, después, cogieron un perro y un gato y los metieron en el saco en lugar de la niña.

Al poco rato volvió el viejo, que comió y bebió y después se acostó. Al día siguiente el viejo se levantó, tomó su limosna y salió camino de otro pueblo. Cuando llegó al otro pueblo, reunió a la gente y anunció como de costumbre que llevaba consigo un saco que cantaba y, lo mismo que otras voces, se formó un corro de gente y recogió unas monedas, y luego dijo:

-Canta, saco, o te doy un sopapo.

Mas hete aquí que el saco no cantaba y el viejo insistió:

-Canta, saco, o te doy un sopapo.

Y el saco seguía sin cantar y ya la gente empezaba a reírse de él y también a amenazarle. Por tercera vez insistió el viejo, que ya estaba más que escamado y pensando hacer un buen escarmiento con la cojita si ésta no abría la boca:

-¡Canta, saco, o te doy un sopapo!

Y el saco no cantó.

Así que el viejo, furioso, la emprendió a golpes y patadas con el saco para que cantase, pero sucedió que, al sentir los golpes, el gato y el perro se enfurecieron, maullando y ladrando, y el viejo abrió el saco para ver qué era lo que pasaba y entonces el perro y el gato saltaron fuera del saco. Y el perro le dio un mordisco en las narices que se las arrancó y el gato le llenó la cara de arañazos y la gente del pueblo, pensando que se había querido burlar de ellos, le midieron las costillas con palos y varas y salió tan magullado que todavía hoy loandan curando.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

EL HOMBRE-LOBO

Anónimo francés

-No vayas, -dijo la mujer del galochero.

-Es necesario, -le contestó Michel, su marido-. La Catou no se encuentra bien. Creo incluso que ha perdido la cabeza.

Se envolvió en su capa, comprobó que llevaba el cuchillo en el bolsillo, y luego abrió la puerta. Fuera, la oscuridad cubría la campiña con un manto negro; no se veían bien ni el seto, ni los árboles; todo eran masas confusas.

-No te inquietes.

Michel tomó el camino y se marchó hacia Condat en busca de un médico para su vecina enferma. Al comienzo no se preocupó demasiado. Pero cuando llegó al bosque empezó a notar que un cierto malestar se adueñaba de él... Efectivamente, el bosque de Font-Sainte tenía fama de ser el reino de Ropotou, el diablo, que vivía allí en compañía de diablesas, brujas, fantasmas, hombres-lobo y otros secuaces del infierno. Corrían muchas leyendas al respecto. Se decía, por ejemplo, que todos los primeros viernes del mes, en el bosque tenía lugar un mercado de almas. Había que acudir con una gallina negra, y el diablo aparecía disfrazado de gentilhombre.

-¿Cuánto pide por su gallina? -preguntaba.

Discutían, regateaban y al final terminaban por ponerse de acuerdo. Al día siguiente, había que volver al bosque donde esperaba una carroza para conducirles al castillo diabólico para firmar el pacto oficial... Según los rumores, aquellos pactos podían contener cláusulas bastante particulares... El galochero seguía caminando mientras recordaba todas estas cosas. Al llegar a la encrucijada de Cuatro Caminos un hombre-lobo se le apareció a la luz de la luna, negro, deforme, horroroso, con sus ojos brillantes y sus largos dientes puntiagudos. Michel se detuvo al instante. Se oyó una voz cavernosa que dijo:

-Quiero tu alma para mi señor...

-Ni hablar -contestó el galochero.

-¡Ten cuidado!

La mano del galochero se crispó agarrando su cuchillo. Sabía que los hombres-lobo son insensibles a las balas de un arma de fuego, lo mismo que a los mordiscos de los perros pero, en cambio, si la hoja de un arma blanca lograba perforar su piel se convertían de inmediato en un hombre o en una mujer. El hombre-lobo rugió salvajemente y saltó hacia él con intención de agarrarlo por el cuello. Pero Michel fue más rápido: su brazo se estiró y su cuchillo alcanzó a la bestia. El rugido terminó en lamento. El hombre-lobo cayó en tierra adoptando inmediatamente forma humana. Con gran sorpresa, el galochero reconoció a un vecino, al señor Garaud, el molinero, tendido en el suelo, quejándose y con un hombro ensangrentado...

-¡Buena la has hecho! -gimió el molinero-. Ahora me encuentro en un gran apuro.

El galochero se encogió de hombros. El otro contó su historia: nueve años atrás, como su negocio iba mal, había hecho un pacto con Ropotou. A cambio de una buena suma de dinero, él se había comprometido a encontrar almas para el diablo. El asunto marchaba bien y no le faltaban ocasiones:

-Ayer, por ejemplo, logré convencer a la Catou...

-¡Ah, pues! Por eso está la pobrecilla completamente trastornada.

-Se acostumbrará; no te inquietes por ella... Como te iba diciendo, Michel, sólo me quedaba un año para acabar de cumplir mi contrato pero tú lo has estropeado todo y mañana me veré obligado a entregar a mi propia hija al diablo para compensar mi fracaso de esta noche; así está escrito, yo lo firmé...

-¿Toinette?

-Sí; sin embargo, se la había prometido a José, el herrero, que es un buen chico.

-Espera, espera, molinero: vamos a tratar de arreglar este desaguisado.

-No será fácil.

El galochero ayudó al señor Garaud a levantarse, lo sujetó y tomaron juntos el camino hacia el pueblo, sin ocuparse ya del médico para la Catou, que Michel esperaba poder curar por otros medios.

Al día siguiente hubo una gran reunión en la iglesia entre el párroco, su sacristán, José el herrero y, por supuesto, Michel y el molinero. Se adoptaron todas las disposiciones y se pronunciaron todas las oraciones por adelantado. Cuando se hizo de noche, el molinero salió con dirección al bosque, pálido, inquieto, con un farol en la mano, seguido de su hija Toinette. Detrás de ellos iban todos los demás, es decir, el galochero, el herrero y el sacristán; los tres se iban escondiendo detrás de matorrales y de árboles... Así llegó el grupo a Cuatro Caminos. El señor Garaud levantó su farol y Ropotou se le apareció plantado sobre sus pies hendidos en mitad de la encrucijada, vestido con sus ropas de gentilhombre, y con una mueca sardónica en los labios.

-¡Eh, eh! -dijo el diablo-. Está bien, me traes a tu hija para reparar tu torpeza, como estaba acordado. No pierdo en el cambio. Ven, Toinette.

El diablo se adelantó con el brazo tendido, dispuesto a agarrar a la joven y atraerla hacia un precipicio profundo, cerca de allí. Pero en aquel instante, Michel y el herrero, un hombretón musculoso y ancho de espaldas, saltaron sobre el demonio, le echaron al cuello una soga muy resistente mientras que el sacristán empezaba a rociarlo con agua bendita, de la que había traído gran cantidad. Ropotou gritó, se retorció, e intentó en vano deshacerse de su corbata de cáñamo. Los compadres no le apretaban sino con más fuerza, tanta que, al poco rato Ropotou enmudeció, con la lengua colgándole hasta el vientre.

-Demonio -gritó el galochero- tienes que anular el pacto que tienes con Garaud.

-Nun... nunca... jamás. Lo... escrito... escrito está.

-Tira fuerte, herrero.

Éste obedeció y el diablo lanzó un largo gemido, semejante a un ronquido.

-Entonces, ¿anulas, sí o no?

-A... anulo.

Ropotou no podía hacer nada más; el párroco había preparado un documento como es debido, que el molinero sacó del bolsillo. En virtud de sus cláusulas, no sólo el molinero quedaba exento de todas sus obligaciones respecto al demonio sino que, además, éste último le devolvía el alma a todas las infortunadas víctimas del hombre-lobo Garaud, incluida la de la Catou, por supuesto. El diablo firmó y los otros aflojaron la soga. Como el sacristán seguía rociándolo con agua bendita, el demonio huyó ebrio de ira. Poco después, en el pueblo de Laquérie, se celebró la boda de Toinette y José, con numerosas salvas disparadas al aire cuando los novios salieron de la iglesia; todos bailaron alegremente la bourrée, la danza típica de la región, al son de las gaitas y de las cabrettes.

   

EL LOBO QUE CREE QUE LA LUNA ES QUESO

Anónimo español

Andaba el lobo muy hambriento y ya no sabía qué hacer para coger algún animal para comérselo. Y por ahí se encuentra con la zorra y le dice:

-Oiga usted, señora zorra, que me la voy a comer.

Y la zorra le dijo:

-Pero mire usted que estoy muy flaca. No soy más que huesos y pellejos.

-No, que usted estaba muy gordita el pasado año.

-El año pasado sí que estaba gordita, pero ahora tengo que darles de mamar a mis cuatro zorritos y apenas hallo bastante para crear leche para ellos.

-¡Que no me importa! -dijo el lobo.

Iba a darle la primera mordida, cuando la zorra le dijo:

-Deténgase usted, por Dios, señor lobo. Mire que yo sé dónde vive un señor que tiene un pozo lleno de quesos.

Y se fueron la zorra y el lobo a buscar los quesos. Y llegaron a una casa y pasaron unas tapias y llegaron ante el pozo, y la Luna se reflejaba en el agua y parecía un queso. Y se asomó la zorra y volvió y le dijo al lobo:

-¡Ay, amigo lobo, que el queso es grandón! Mire, asómese usted.

Y se asomó el lobo y vio la Luna y creyó que era un queso grandón. Pero el lobo sospechoso le dijo a la zorra:

-Pues bueno, amiga zorra, entre usted por el queso.

Y la zorra se metió en uno de los cubos y entró por el queso. Y desde abajo le gritaba al lobo:

-¡Ay, amigo lobo! ¡Que grandón está el queso! ¡No puedo con él! Venga usted a ayudarme a subirlo.

-Pero no puedo yo entrar -decía el lobo-. ¿Cómo voy yo a entrar? Súbalo usted sola.

-Y la zorra le dijo:

-Pero no sea usted torpe. Métase en el otro cubo y verá como así entra fácilmente.

Y se metió la zorra entonces en el cubo en que había bajado. Y el lobo se metió en el otro cubo y, como pesaba más, se deslizó para abajo y la zorra subió para arriba. Y ahí se quedó el lobo buscando el queso, y la zorra se fue muy contenta a ver a sus zorritos.

EL PATÍN DE RUEDAS

Anónimo suizo

Si se te ha metido algo en la cabeza, puedes empezar a sacártelo -le dijo una pobre viuda a su hijita.

En efecto, a la niña se le había antojado tener patines, y era imposible apartarla de esta idea.

-Zapatos nuevos necesitarías tú -le dijo la madre-, y yo también. ¡Fíjate!

Su madre levantó el pie izquierdo. El aire entraba por donde hubiera debido estar la suela.

-Pues yo quiero tener patines y los tendré -se obstinó la chiquilla-. ¡Los tendré, los tendré y los tendré!

¡Oh!, ¡la muchacha hubiera seguido aún diciendo una y otra vez: "¡Los tendré, los tendré!", pero la madre puso fin a la discusión con un bofetón y añadió:

-Pero yo no los tengo.

Y, diciendo esto, cogió la canasta de lavar y se dirigió a casa de una de sus clientes. La muchacha la siguió con la mirada. Contempló los agujeros de sus zapatos, completamente rotos, y murmuró: "Mi madre tiene razón. Pero yo he de tener unos patines, de lo contrario, no estaré tranquila".

Inmediatamente empezó a barrer, ligera, la habitación. La escoba se deslizaba por todos los rincones, y el polvo se arremolinaba hacia fuera, por la puerta. La muchacha sabía hacer las cosas bien. Presta como un relámpago, lo iba limpiando y arreglando todo. Y, mientras trabajaba, iba cantando: "¡Rueda, rueda, rueda!", y sus pensamientos vagaban de nuevo con los patines.

De pronto, tropezó la escoba con un cuerpo duro, que sonó alegremente y se movió rodando. La muchacha se inclinó ligera y levantó un patín del suelo.

No se asombró mucho por ello. Preguntó solamente al pequeño patín:

-¿Dónde está tu compañero?

-Estoy solo. Me he escapado. Me he disgustado con mi compañero y nunca más regresaré a su lado.

-¿Por qué pelearon?

-Porque no quiso reconocer que yo soy más listo que él.

-Quiero creerlo, patincito; ¡pero primero demuéstrame tu listeza!

-¡Sube, y sabrás quién soy yo! Yo no necesito al otro. Yo puedo correr solo. Di ¡hopp!, y echaré a correr, sin que me des impulso, y no me pararé hasta que tú digas ¡alto!

-¡Maravilloso! -exclamó la muchacha. Lanzó la escoba a un lado, puso el pie derecho sobre el patín y se sujetó presurosa las correas.

-¡Hopp! -gritó alegremente.

Entonces echó a rodar el zapato, de forma que la falda y el delantal revoloteaban al aire. El pie izquierdo oscilaba en el aire, y toda la gente se apartaba a un lado, para no verse atropellada. La chiquilla no podía oír ni ver nada. Las casas y los árboles pasaban volando por su lado. Un río, un lago, un valle, unas montañas..., todo venía y volvía al alejarse. Y el viento silbaba en sus oídos. El corazón de la muchacha gritaba de júbilo. Pero, finalmente, tuvo ya bastante de correr, y, además, sentía hambre.

-¡Párate! -gritó; pero el patín seguía rodando-. ¡Detente! -gritó la chiquilla, en vano-. ¿Quieres detenerte, estúpido patín? -increpó furiosa.

Pero el patín seguía tranquilamente adelante, pues la muchacha había olvidado la palabra que le había señalado el patín para parar. No tenía más remedio que seguir corriendo, corriendo, sin cesar, sin poderse ya detener.

-¡Ya te enseñaré yo quién manda aquí! -gritó la muchacha, indignada, y trató de agarrarse al cercado de un jardín, para detenerse. Pero no se hizo más que un rasguño en los dedos, al cogerse a una estaca, que quedó arrancada.

Entonces intentó agarrarse a un arbolillo; pero quedó arrancado de cuajo, con las raíces flotando como hierba. Y mientras el arbolillo yacía en el suelo, la muchacha seguía corriendo. Ahora se decidió a suplicar.

-¡Querido patín! ¡Déjame descansar! Ya tengo bastante por hoy.

Pero el patín parecía no oír nada. Entonces comenzó a llorar a lágrima viva, y así entró en la gran ciudad.

En todas las ventanas ondeaban banderas. A ambos lados de la calle había mucha gente, que esperaba al rey. En aquel momento se acercó una carroza dorada, tirada por seis caballos blancos. El rey, sin embargo, era un hombre desgraciado que tenía los pies inválidos. Saludaba amablemente a todos lados, y podía comprender que su pueblo le amaba.

Cuando la muchacha se acercó gritando de manera salvaje, levantó el rey tranquilo la mano y dijo:

-¡Alto!

En el mismo instante se detuvo el patín, y la muchacha respiró profundamente.

-¡Gracias, señor rey! -gritó muy emocionada, y se inclinó ante la dorada carroza.

-¿De dónde vienes tú, muchacha desconocida? -preguntó el rey.

-He viajado sobre este patín a través de todo el país. Y hubiera tenido que correr tal vez por toda la eternidad, si usted, bondadoso señor rey, no hubiera pronunciado la palabra oportuna para detener al patín.

-¿Qué palabra? -preguntó el rey, asombrado.

-¡Alto! -dijo la muchacha.

Entonces sonrió el rey.

-¡Sube, niña desconocida, con tu extraordinario patín! En mi palacio me lo explicarás todo.

Una vez hubo escuchado el rey la extraordinaria historia del patín, dijo a la niña:

-Ahora tienes que comer hasta hartarte. Luego podrás regresar de nuevo con el patín a tu casa.

-No -replicó la muchacha con gran terror-. Aun cuando hubiera de caminar siete semanas, iré a pie. De patines no quiero saber nada más en toda mi vida.

-Entonces te cambio el extraordinario patín por un par de buenos zapatos.

-¡De todo corazón, señor rey! -exclamó la muchacha alegremente. Pero de repente vaciló: -Si me lo permitiera, desearía suplicar al señor rey que ese par de zapatos fueran para mi madre. Yo puedo ir muy bien descalza.

El rey hizo una señal a un criado. Éste trajo después de la comida un magnífico cofre en el que había zapatos de mujer y de niña, de piel fuerte y fina, e incluso había también zapatillas. Después que la muchacha lo hubo admirado y agradecido bastante, llevó el criado el cofre a una carroza. En ella fue conducida la muchacha a su casa.

La felicidad que experimentó la madre al tener de nuevo a su lado a su querida hija no se puede describir.

Pero también el rey era feliz. Cuando se hubo colocado el patín maravilloso, pudo correr con sus pies inválidos por sí solo, sin ayuda de criados. No tenía más que decir ¡hopp!, y emprendía veloz carrera. No tenía más que decir ¡Alto!, y se detenía obediente el patín.

Cuando alguien no era fiel en el país, se presentaba de repente el rey allí, y el infiel tenía que avergonzarse. Pero, los que le servían con fidelidad podían alegrarse. El rey veía su fidelidad y procuraba en todo caso recompensarlos.

Pronto reinó tal orden en el país, que todo el mundo habló de ello.

Entonces se olvidó el rey de sus pies inválidos y se sintió el hombre más feliz de toda la redondez de la tierra. ¡Gracias sean dadas al patín de ruedas!

ejercicios

   

EL PILAR QUE LLORA

Anónimo francés

En el período de terror que constituyen los años 1635-1636, durante el cual llegaron hordas de bárbaros procedentes de países nórdicos, Saint Nicolas du Port conoció su hora de desastres. Efectivamente, este período corresponde a la guerra de los Treinta Años, azote para la región lorenesa, por parte de bandas de suecos, húngaros, alemanes y croatas que lo pillaban, incendiaban y saqueaban todo a su paso.

La mañana el 5 de noviembre de 1635, los habitantes de Saint Nicolas de Port no tuvieron tiempo de ocultarse en el bosque cuando una numerosa banda de suecos se dirigía hacia el pueblo. Aterrorizados, los habitantes pensaron en refugiarse en la iglesia donde, en su opinión, se encontrarían más seguros. A lo largo de una semana, los asaltantes se movieron a sus anchas por el pueblo, quemando, saqueando, entregándose a numerosas comilonas y borracheras. Los infortunados aldeanos ansiaban desesperadamente el final de su calvario, la marcha de aquellas hordas inmundas. Muy pronto, no quedó sino ruinas y cenizas en el pueblo. Sólo la iglesia permanecía en pie en medio de un paisaje apocalíptico. Los aldeanos verían por fin a la soldadesca bárbara desaparecer. Pero, desgraciadamente, los criminales suecos prendieron fuego al tejado de la iglesia. Fuego que, según dicen, podía verse desde Nancy. Luego forzaron la puerta del templo y degollaron y reventaron a la desdichada población refugiada en aquel lugar.

 

En el altar de santa Bárbara, el benedictino Dom Moye acababa de celebrar misa. Cuando se percató de la situación, corrió a refugiarse detrás del ancho pilar de la Torre de San Pedro. De inmediato, un sueco alto lo vio y corrió hacia él con intención de matarlo. En ese instante, el pilar se abrió y volvió a cerrarse con el monje dentro. Estupefacto, el soldado golpeó insistentemente el pilar, intentando destruirlo. Pero no lo logró.

En la actualidad, el pilar de la iglesia de Saint Nicolas du Port sigue conteniendo al desgraciado monje. Cuando se acerca el oído a la piedra, se escucha el lamento que el pilar parecer exhalar. Y cuando graves amenazas pesan sobre Lorena, el pilar rezuma abundantemente: dicen entonces que llora. Poco antes de las guerras de 1870 y 1914, pudieron verse grandes gotas deslizarse a lo largo de la piedra...

   

EL PRÍNCIPE TOMÁS

Anónimo español

Pues había un rey que tenía un hijo con catorce años recién cumplidos y ambos tenían la costumbre de ir cada tarde hasta los jardines de un palacio que se encontraba en estado de abandono. En esos jardines había una hermosa fuente donde ambos solían sentarse un buen rato antes de emprender el camino de vuelta. La gente del lugar decía que el palacio estaba habitado por tres brujas que eran hermanas y que se llamaban Blanca, Rosa y Celeste, pero ellos nunca las vieron en todas las veces que fueron por allí.

Una tarde el rey cogió de la fuente una rosa bellísima, cuyos pétalos parecían de terciopelo, y se la llevó a la reina.

A la reina le gustó tanto el regalo que decidió guardar la rosa en una cajita de madera que dejó en la habitación que antecedía a la alcoba de los reyes.

A medianoche, cuando los reyes dormían, despertaron al oír una voz que decía:

-¡Ábreme, rey!

El rey se incorporó sorprendido en el lecho y le preguntó a la reina, que dormía a su lado:

-¿Has dicho algo?

-Yo, no -contestó la reina.

-Pues me pareció que me llamabas -dijo el rey, y volvió a dormirse. Al poco rato el rey escuchó otra vez:

-¡Ábreme, rey!

Conque se levantó y luego de dar vueltas por la alcoba se fue a la habitación delantera y abrió la caja de madera donde estaba la rosa, pues de allí era de donde salían las voces.

Al abrir la caja, la rosa, que era la misma bruja Rosa del palacio abandonado, empezó a crecer hasta transformarse en una princesa y le dijo al rey que tenía que casarse con ella y matar a la reina.

-Eso no lo puedo hacer -dijo el rey.

-Pues lo harás -dijo la bruja- o morirás dentro de una hora.

 

El rey no quería matar a la reina por nada del mundo, así que la cogió en brazos y la escondió en un sótano remoto del palacio. La reina, que se vio encerrada allí, empezó a rezar a san José pensando que el rey se había vuelto loco y, entretanto, el rey regresó a su alcoba.

A la mañana siguiente de este suceso, el príncipe Tomás se levantó y entró, como tenía por costumbre, en la alcoba de sus padres para darles los buenos días, pero en cuanto vio a la mujer que dormía junto a su padre, dijo:

-¡Ésta no es mi madre!

Y la mujer se enderezó en el lecho y le gritó:

-¡Calla o morirás!

Luego la bruja se levantó y anunció a todos los criados del palacio que ella era la reina Rosa y que mandaría matar a todo aquel que no la obedeciera.

Tomás se escapó por el palacio, apesadumbrado y sin saber qué hacer, y cuando caminaba por los sótanos escuchó unos lamentos que le parecieron de su madre. Entonces buscó sirviéndose del oído y, al rato, dio con el sótano remoto donde su madre estaba encerrada; Tomás vio que no podía abrirle la puerta pero prometió que le llevaría comida y ella le prometió que le encomendaría en sus oraciones a san José, del que era devota.

Entretanto, todo el mundo en el palacio vivía atemorizado por la reina Rosa.

Un día, la bruja empezó a pensar que tenía que deshacerse del príncipe Tomás y le mandó llamar.

-¡Tomás! -le dijo-. Ve a traerme agua de la fuente de los jardines del palacio abandonado.

El príncipe Tomás no tuvo más remedio que obedecer y, cogiendo un jarro, se puso en camino a la fuente. Y en el camino le salió al paso un anciano que dijo:

-Tomás, sé lo que te han mandado hacer y escúchame bien: coge el agua de la fuente sin detenerte ni apearte del caballo y no vuelvas la vista atrás cuando oigas que te llaman.

Llegó Tomás a la fuente, llenó el jarro sin bajar del caballo y, como le había dicho el viejo, oyó dos voces de mujer que le llamaban, pero no les hizo caso y, sin detener su caballo, volvió grupas y regresó a palacio.

 La reina Rosa se extrañó mucho de verle aparecer, pero inmediatamente le envió de nuevo a la fuente para que le trajera tres limones de los que crecían junto a ella. Y Tomás emprendió de nuevo el camino y de nuevo le volvió a salir al paso el anciano, que le dijo esta vez:

-Coge los tres limones sin detener el caballo ni hacer caso de las voces que te llamen.

Así lo hizo y volvió a palacio con los tres limones.

Y la reina, al verle, se puso furiosa y le dijo:

-¡Qué son estos limones que me traes, si te dije que trajeras naranjas! ¡Vuelve ahora mismo a la fuente y no vengas sin ellas!

Otra vez volvió a suceder como en las dos ocasiones anteriores y el anciano le dijo que cogiera las naranjas a la carrera. Conque volvió con las naranjas y la reina, desesperada con él, le echó del palacio.

Tomás bajó entonces al sótano remoto a despedirse de su madre, dejó encargo a una criada fiel de que le llevara regularmente agua y comida y se marchó a recorrer el mundo.

Echó a andar camino adelante y, cuando llevaba un buen tiempo andando, le salió al paso el anciano de las otras veces y le dijo que atendiera a sus consejos porque se disponía a ayudarle. Como primera medida, el anciano le convirtió en un ángel y después le dijo:

-Ahora vamos a ir al palacio abandonado de las brujas; allí encontraremos a dos mujeres que me dirán que te deje con ellas para enseñarte el palacio; son Blanca y Celeste, las dos hermanas de la reina Rosa. Tú me dirás: «¡Papá, déjame!», y yo te dejaré con ellas; te enseñarán todo el palacio menos una habitación; tú porfía para que te la dejen ver y, una vez dentro, actúa como te parezca mejor.

Llegaron al palacio y sucedió como le había dicho el anciano. Le enseñaron todo excepto una habitación.

Tomás insistió en que le gustaría verla y ellas le dijeron que dentro no había nada de interés y que además era muy tarde y tenían que ocuparse de un joven llamado Tomás que habría de venir y al que debían colgar de un árbol. Pero insistió tanto y con tantos argumentos el muchacho convertido en ángel, que al fin le franquearon la entrada y vio que la habitación estaba toda ella cubierta de paños negros; en el centro se encontraba una mesa sobre la que lucían tres grandes velas encendidas, y eso era todo lo que había. El príncipe Tomás preguntó a las dos mujeres qué hacían allí aquellas velas y le dijo Celeste:

-Esta vela es la de mi vida, y la siguiente es la de la vida de mi hermana Blanca y la última, la de la vida de mi hermana Rosa, que ahora es reina. Cuando se apaguen estas velas se apagarán nuestras vidas.

Entonces Tomás apagó de un soplo las dos primeras velas y allí murieron Blanca y Celeste. Cogió luego la tercera vela y salió del palacio, donde le esperaba el anciano, que le dijo:

 

-Has hecho lo que yo esperaba que hicieras. Ahora vámonos al palacio de tu padre. Has de saber que yo soy san José, a quien reza tu madre y a cuyas súplicas he acudido para ayudarte.

Volvieron, pues, al palacio y el príncipe Tomás pidió que llamaran a su padre. Cuando le vio, dijo:

-Padre, ¿qué vida prefiere usted, la de mi madre o la de la reina Rosa?

El rey contestó:

-Yo quiero la de tu madre.

-Pues déle usted un soplo a esta vela -dijo Tomás mostrándole la tercera vela.

El rey se acercó presuroso a la vela y sopló fuertemente y la reina Rosa murió inmediatamente sin exhalar un quejido.

Después, el rey y Tomás bajaron al sótano remoto donde el rey la había escondido, para liberar a la reina, pues ya podía salir a la luz, y los tres se abrazaron y todo el reino se alegró de la muerte de las tres brujas, muy especialmente de la de la reina Rosa, que era la que más daño les había hecho de las tres. Luego buscaron por todo el palacio al anciano para darle las gracias, pero san José había desaparecido sin que nadie pudiera dar cuenta de él.

EL PUENTE DE LA DISCORDIA

Anónimo francés

Mejor es prevenir cuanto antes: esta historia no le agradará a todos. Es comprensible y verán por qué: En el pueblo de Ardes-sur-Couze, en el Puy-de-Dôme, decidieron un día construir un puente sobre un río para ir sin esfuerzo a una venerable iglesia. El puente fue construido en piedra, de un solo arco y tan estrecho y arqueado que, al entrar en él por un extremo, no podía verse se alguien caminaba en sentido contrario. Así fue que, desde el primer día, dos gruesas cabras se encontraron frente a frente. Ninguna de las dos quería ceder el paso, por lo que llegaron a pelearse por pasar y a caer finalmente las dos en el agua. Al día siguiente, le llegó el turno a dos burras. El mismo rechazo a ceder el paso, la misma disputa y la misma caída en el río. En esas condiciones, decidieron prohibir el paso por el puente a los animales. Pero al tercer día, dos campesinas de los alrededores llegaron a encontrarse cara a cara. No lo hicieron mejor que las cabras o las burras y su querella terminó en el Couze... Por lo que inventaron un dicho: «Una cabra, una burra y una mujer, tal para cual». ¡Ya les decía yo que habría alguien que se enojaría al leer esta historia!

 EL SEÑOR DE MORTAIN

Anónimo francés

Si se concede crédito a los cronistas, la historia tuvo lugar hacia mediados del siglo XII cerca de Mortain, cuyo poderoso torreón dominaba entonces la pequeña ciudad con su sombría silueta. Guillaume de Mortain, cuarto de aquel título, fiel servidor del duque de Normandía (Enrique II Plantagenet, rey de Inglaterra), fue el infortunado protagonista.

Guillaume no tenía buena reputación. Brutal, codicioso, hedonista, no ponía freno a sus ambiciones y apetencias, y más de un arrendatario, más de un habitante de la pequeña ciudad padecía las exacciones de su elevado, poderoso y temible señor. Gracias a Dios, el servicio al duque de Normandía lo mantenía con frecuencia alejado del castillo. Había por aquel entonces una guerra entre Francia e Inglaterra, y durante la guerra las buenas gentes vivían en paz. Desgraciadamente, las campañas no solían durar más de cuarenta días y cuando Guillaume regresaba, las preocupaciones y las vejaciones de todo tipo volvían a llover sobre los habitantes de Mortain.

Hacia el año 1160, de regreso de una expedición guerrera, Guillaume IV se mostró de humor gallardo. Viudo desde hacía un año y sin descendientes, después de haber llorado a la difunta un tiempo razonable, estaba decidido a casarse de nuevo y a ser posible con alguien muy joven.

Con su cabello canoso, su barba enmarañada, su piel dura como la de un jabalí y sus cincuenta años, a los ojos de las bellas jovencitas no encarnaba en absoluto la imagen del doncel con quien se sueña en el salón de las damas mientras se escucha a los troveros cantar los amores de Tristán e Iseo. Algunas de éstas, no obstante, con tal de llegar a ser castellana y reinar sobre la comarca, habrían cerrado con gusto los ojos para no ver los defectos del señor de Mortain.

La desgracia quiso que Guillaume, que era muy exigente, no se dejara seducir por ninguna de éstas. Finalmente, después de haber buscado mucho y haber recorrido veinte leguas a la redonda, terminó por poner sus ojos en la joven más encantadora de la región. Rubia, con grandes ojos azules, claros y luminosos, y dos trenzas que le caían sobre los hombros como dos haces de trigo maduro, Iolande de Bellême sólo era la heredera de una modesta casa, pero su belleza había enamorado a más de un doncel y, aunque sólo tenía dieciséis años, había sido solicitada en matrimonio por un joven caballero de los alrededores, más rico sin duda en valor y dulzura que en escudos, pero ¡qué importa la riqueza cuando se tiene veinte años! El joven iba a ser armado caballero en la próxima fiesta de San Juan y las dos familias veían con buenos y satisfechos ojos la unión proyectada.

Desgraciadamente, Guillaume de Mortain pasó por allí y toda aquella encantadora felicidad se vio comprometida.

-Tu hija me gusta -declaró sin ambages el terrible personaje al padre de Iolande-. Sí, me gusta mucho. Y me casaré con ella en la iglesia de Mortain antes de que finalice el verano.

-Pero, señor, ella ya está comprometida con Raoul de Beaumont...

-¿Osarás preferir a ese coquebin, que ni siquiera es digno aún de ceñir la espada, antes que al poderoso descendiente de uno de los más nobles linajes de Normandía?

-No, señor, por supuesto. Pero mi hija prefiere...

-¿Tu hija? ¿Y desde cuándo un padre de familia consulta a sus hijas para casarlas? ¡Qué bromista excusa! Vamos, acabemos con las bromas. Ya he reído suficiente y tengo prisa. Mañana, una litera vendrá a buscar a tu hija. Es inútil que prepares para ella cofres y equipaje, pues yo le ofreceré el más maravilloso ajuar que una jovencita pueda soñar. Y no resistirá mucho ante los trajes de brocado y las alhajas que le destino.

El padre de Iolande no se atrevió a decir que no. Un vasallo del señor de Mortain no se habría atrevido jamás a oponerse a su señor. Sólo Iolande permaneció con la frente alta y el alma fuerte. Y dijo a Raoul, desesperado, que había ido a pasar una última velada en su compañía:

-¡Jamás! ¡No entregaré jamás mi cuerpo y mi alma a Guillaume! Os lo prometo, Raoul, ante la Virgen María a quien estoy consagrada desde mi infancia.

A la mañana siguiente no tuvo más remedio, no obstante, que emprender el camino que conducía al castillo de Mortain. Arisca, Iolande no contestó ni palabra a las demostraciones de amor que Guillaume le hizo cuando llegó a su suntuosa residencia. Todas sus atenciones tropezaron con el desprecio más glacial. Cuando comprendió que sus cortesías eran rechazadas, el castellano cambió de actitud.

-¡Muy bien! -gritó-. Puesto que así son las cosas, voy a encerraros en vuestra habitación hasta que adoptéis una actitud más dócil.

Iolande fue encerrada pues, sin ver a más personas que a una anciana doncella que se ocupaba de ella y le servía la comida. Cada tarde Guillaume iba a cortejarla. La entrevista se desarrollaba siguiendo siempre el mismo ritual: el señor de Mortain empezaba por mostrarse tan amable como le era posible y pronunciaba galantes palabras; luego, irritado por el mutismo y la frialdad de aquélla a la que él se obstinaba en denominar su prometida, pronto se ponía a lanzar gritos de cólera, amenazaba con gestos a la joven y la escena concluía habitualmente con alguna rotura de vajilla o de adornos.

Así transcurrieron dos meses y hasta Guillaume se maravillaba de la fuerza de carácter de una persona tan joven. Por lo que cada vez estaba más decidido a convertirla en su esposa. Aquel normando tenía la obstinación de un bretón. Una tarde entró en la habitación de Iolande y le habló en estos términos:

-Bella joven, he tenido mucha paciencia, pero ha llegado el momento de poner en práctica mis proyectos. El verano avanza y dentro de unas semanas, es probable que el rey, mi señor, me convoque a unirme a sus huestes. Deseo, pues, concluir nuestro asunto antes de marcharme. Dentro de cinco días exactamente, Guilbert, nuestro capellán, nos unirá en matrimonio.

Iolande, completamente pálida, se irguió.

-¡Basta de lamentaciones! -rugió Guillaume- ¡Habrase visto semejante obstinada! Os encuentro muy desprovista de color, Iolande. Es cierto que la palidez incrementa aún más vuestra delicadeza, pero no quiero que caigáis enferma en vísperas de nuestra boda. Es, sin duda, esta prolongada reclusión la que os ha debilitado. A partir de mañana, podréis, pues, pasearos libremente por el castillo, del corral al huerto. Además, ¿no es bueno que vayáis conociendo vuestras nuevas posesiones?

Y como Iolande no podía reprimir un estremecimiento de alegría:

-¡Oh!, no os alegréis tan rápido -añadió Guillaume riendo sarcásticamente-, los muros son muy altos. No podéis esperar ninguna ayuda del exterior. Vamos, resignaos. Sois mi prisionera de por vida, mi bella prisionera...

Y al concluir estas palabras se marchó.

Durante los días siguientes, Iolande decidió recorrer el castillo del que sólo había conocido hasta entonces una habitación de la torre principal. Atravesó varios patios en los que los soldados de Guillaume practicaban el manejo de la pica y de la ballesta, de cara a la próxima campaña. Llegó al huerto donde todas las manzanas de Normandía parecían haberse dado cita. Saboreó algunas con deleite.

Para demostrarle que no temía que huyera, Guillaume no hacía que la acompañara nadie, Iolande podía correr libremente y desde luego no se abstuvo de hacerlo después de tan prolongado cautiverio. Lamentablemente, pronto veía levantarse ante ella las altas torres del castillo que seguía siendo para ella la más amarga de las prisiones.

Los días siguientes, no obstante, se alejó un poco más. Había observado que había un bosquecillo en el ángulo de una muralla con algunos hermosos árboles que se erguían en medio de un revoltijo de matorrales y de vegetación que dejaban crecer en desorden.

-Debe ser agradable sentarse a la sombra de aquellos árboles -había pensado Iolande.

Cuando se dirigía corriendo, ávida de frescor, a tenderse bajo un gran roble, la tierra se hundió bajo sus pies y se precipitó en un agujero cuya entrada se encontraba disimulada por hojas secas y ramas.

Al incorporarse dolorida, cuál no sería su sorpresa al descubrir que aquel agujero ocultaba un subterráneo. Sin dudar un instante, empezó a descender. Tras unos pasos en pendiente empinada, el terreno se transformaba en escalera cuyos abruptos peldaños se hundían cada vez más abajo.

La joven cautiva del señor de Mortain era una de esas almas valientes a las que ningún peligro podía hacer retroceder. Además, consideraba que todo era preferible antes que la deshonra que la esperaba. Prosiguió su camino. El descenso, antes rápido, se hizo menos empinado. Finalmente un pasadizo se abrió ante ella. Se introdujo en el mismo.

Iolande caminó bastante rato en medio de la oscuridad, guiada por su confianza en la Virgen María a quien había sido consagrada. Notó bajo sus pies que la pendiente remontaba, y que poco después había escaleras de nuevo. Un débil resplandor penetraba a través de un orificio: había llegado al final de su calvario.

La salida del subterráneo estaba cerrada por una compuerta de madera como las que se colocan sobre los pozos que afloran en el suelo. Iolande golpeó la compuerta con el puño, llamó, gritó; sus llamadas pronto fueron escuchadas. Se encontró, totalmente deslumbrada, en medio de un claustro en el monasterio de la Grâce-Dieu, a una legua de Mortain. La madre priora, que había sido avisada de inmediato, se presentó. Había oído hablar de las desgracias que se habían abatido sobre Iolande, y se alegraba de verla libre.

-Siempre habíamos pensado -le dijo- que ese orificio era el de un pozo desecado. Nadie se había introducido jamás en él. Es la Santísima Virgen María quien os ha conducido hasta nosotras.

-Y la Santa Virgen me guardará, madre. Os suplico que me aceptéis entre vuestras novicias.

La buena superiora aceptó sin problemas: Iolande estaba a salvo.

Cuando Guillaume de Mortain, algo inquieto por no ver regresar a su prisionera, decidió ir en su búsqueda, era demasiado tarde. Se puso a correr como un loco por el parque y el huerto del castillo. Sus pasos lo llevaron hacia el agujero que Iolande había descubierto. Se arrojó en él con violencia, rodó pesadamente por los escalones y desde entonces nadie ha vuelto a verlo más.

Por lo que respecta al prometido de Iolande, se marchó a Tierra Santa donde murió combatiendo a los infieles.

EL SOL, LA LUNA Y EL VIENTO PARTICIPAN EN UN BANQUETE

Cuento popular indio

        

               ¿Quieres saber porqué el Sol es tan abrasador en la India y el Viento tan cálido? ¿O cómo es que los rayos de la Luna son fríos? Esta leyenda india, donde los tres asisten a un banquete, nos lo explica.

El Sol, la Luna y el Viento, que eran hermanos, fueron invitados por sus tíos, el señor Trueno y la señora Relámpago, a un delicioso banquete. Los tres fueron muy contentos, pero su madre, una Estrella del firmamento, tuvo que quedarse sola en casa.

Cuando llegaron al hogar de sus tíos, los tres se quedaron maravillados con los exquisitos manjares que allí había preparados. Las mesas estaban llenas de deliciosa comida, así que no tardaron en sentarse y disfrutar de la fiesta. Comían ahora un poco de aquí y luego un poco de allí y cada plato era mejor que el anterior.

Pero mientras que el Viento y el Sol solo pensaron en comer todas las exquisiteces que les servían, sin acordarse ni un poco de su madre, la dulce Luna no la olvidó. Así que cada vez que les servían un nuevo y exquisito plato, la Luna escondía un poco debajo de sus largas y preciosas uñas para que su madre también pudiese participar más tarde en el banquete.

Cuando volvieron a casa, su madre, la Estrella, les preguntó:

- ¿Cómo ha ido el banquete? ¿Os lo habéis pasado bien? ¿Qué me habéis traído?

El Sol, que era el mayor, contestó primero:

- No te he traído nada. Al fin y al cabo he ido a la fiesta a divertirme, no a traerte comida.

A su madre no le gustó nada esa respuesta, pero esperó a que su segundo hijo, el Viento, también hablara:

- Yo tampoco te he traído nada. Con lo que me gusta comer dulces, ¿como esperas que me sobren para traerte?

La Estrella estaba cada vez más enfadada. Pero entonces la tierna Luna habló, alegrando el corazón de su madre:

- ¡Madre no te preocupes! ¡Mira lo que te he traído!-. La Luna cogió un plato y empezó agitar las manos. Entonces, los manjares más apetitosos aparecieron delante de todos.

La Estrella estaba contenta por lo que su hija menor había hecho, pero seguía enfadada con sus dos hijos mayores, así que decidió castigarles. Primero se dirigió al Sol:

- Hijo, como solo has pensado en divertirte y gozar de la buena comida, sin acordarte para nada de tu madre, que ha tenido que permanecer sola en casa, te castigaré con una maldición: de ahora en adelante todos tus rayos serán ardientes y abrasadores y quemaran todo lo que toquen. La gente te odiará y cubrirá sus cabezas cuando aparezcas en el cielo-. Como consecuencia de esta maldición el Sol es insoportablemente ardiente en la India.

Pero la Estrella todavía no había acabado y se dirigió a su segundo hijo, el Viento:

- Tú también te has olvidado de mí mientras te divertías. Por eso escucha lo que te va a pasar a partir de ahora: soplarás cuando el tiempo sea cálido y seco y todo lo que respira se marchitará. A partir de ahora la gente te despreciará y evitará -. Y por eso desde entonces el Viento indio es tan abrasador.

Por fin, se dirigió a la Luna, a quien habló con una sonrisa:

- Hija mía, tu has pensado en mí. Has compartido parte de las delicias que te han servido en el banquete conmigo y te estoy agradecida. A partir de ahora serás siempre tranquila y brillante. Tus rayos serán puros y no tendrán reflejos nocivos. La gente te bendecirá y quedará encantada con tu presencia-. Por ese motivo la Luna ilumina desde entonces todo el mundo con sus delicados y fríos rayos.

EL TESORO DE BAT

 

                    En esta historia el pequeño Bat está llorando porqué cree que no tiene nada. Pero el anciano Nasan le explica que tiene muchos tesoros. ¿Quieres saber qué son estos tesoros que Bat no sabe que tiene?¡Descúbrelo en este cuento!

Nasan era un anciano que vivía feliz en la gran estepa de Mongolia. Haciendo honor a su nombre, que significa “larga vida” en mongol, estaba a punto de cumplir los cien años, pero todavía podía cuidar de sus caballos, ovejas y camellos.

Cada día se despertaba muy temprano, salía de la tienda en la que vivía durante la primavera y el verano, y se paraba a ver salir el sol por detrás de la estepa. Tenía la convicción de que esa costumbre de saludar al sol cuando éste salía era lo que le daba la vitalidad que tenía pese a su edad.

Además de cuidar de los caballos, Nasan también ordeñaba las yeguas cada dos horas. Con la leche que conseguía hacía aarul, su comida favorita. El aarul es un producto parecido al queso, que Nasan ponía en unas cajas de madera y colocaba en el techo de su tienda para que fermentara al sol. Con la leche también hacía una bebida de sabor parecido a la cerveza, el airag.

Ese día, Nasan vestía como casi siempre: con sus botas acabadas en punta, su del, que es una casaca larga anudada a la cintura, sus pantalones anchos y un gorro en forma de casquete. Nasan cogió un poco de aarul para el camino y una bota de airag para cuando tuviera sed y salió en busca de sus rebaños.

Mientras Nasan cabalgaba, vio a un chico, de unos 12 años de edad, que parecía muy triste al lado del camino. A Nasan le dio pena y decidió pararse a hablar con él.

- ¿Qué te ocurre muchacho?- preguntó Nasan.

-¿Qué me ocurre? ¡Todo me ocurre! ¡Mi vida es una desgracia! -empezó a lamentarse el joven-. ¡Hubiera sido mejor que no hubiese nacido!

Nasan se apiadó del chico y le dijo:

- No digas eso, pequeño. A ver, cuéntame lo que te pasa. Dicen que las penas compartidas dejan de ser penas. Para empezar, ¿cuál es tu nombre?

- Me llamo Bat – contestó el chico.

- Bat significa “firme” en mongol, pero la verdad es que no pareces muy firme-. Eso hizo que el chico mirase sorprendido al anciano.

- Ahora eso no me importa mucho, la verdad. Si supieras lo que me ha pasado me entenderías –añadió Bat. Y continuó explicándole su historia en un tono muy triste -. Me he quedado solo en el mundo. Mis padres han muerto y no tengo ni caballos, ni ovejas ni siquiera un techo en el que cobijarme. ¡No tengo nada!

- Lo siento-. A Nasan le dio mucha pena que Bat hubiese perdido a sus seres queridos.- Pero tienes toda la vida por delante, no lo puedes ver todo tan negro.

- ¿Es que no lo ves? ¡No tengo nada! ¿Como viviré a partir de ahora si no tengo nada?-exclamó el chico mientras bajaba la cabeza, intentando aguantarse las lágrimas delante del anciano.

- ¿Tú crees que no tienes nada? Pues yo veo que tienes muchos tesoros.

El chico subió la cabeza de golpe y miró a Nasan abriendo mucho los ojos.

- ¿Es una broma? Anciano, por favor, no te burles de mí-. Dijo abatido el niño.- ¡No ves que no tengo nada!

- No me estoy burlando de ti. Pero te repito que yo veo que tienes muchos tesoros y, si quieres, podemos hacer un trueque.

- Pero si no tengo nada que cambiar- repitió el niño-. Y menos un tesoro o algo valioso como un rebaño de ovejas o de caballos.

- Pues, a ver que te parece esto. Yo te doy mi rebaño de ovejas, pero a cambio tú me tienes que dar un ojo-, explicó Nasan.

- ¿Mi ojo? ¡No, no! ¡Como quieres que cambie mi ojo por un rebaño de ovejas!-, se asustó el pequeño.

- ¿No quieres? Pues a ver qué te parece esto: si me das tus brazos yo te daré una manada de camellos. Me parece un buen cambio, ¿no?- ofreció el anciano.

- ¿Mis brazos? ¡No me interesa en absoluto!-se quejó Bat.

- Pues entonces podemos cambiar mi tienda y todo el oro que hay en ella por una de tus piernas.

- ¡Estás loco! ¿Como quieres que te dé una de mis piernas? ¡No cambiaría mi pierna por nada del mundo!- Exclamó Bat, que cada vez estaba más alterado.

Nasan se puso la mano en la barbilla y siguió preguntando:

- ¿No? ¿Y si me vendieras un brazo, una pierna y un ojo, el lote completo? Por todo eso te daría mis caballos, mis ovejas, mis camellos, la tienda y toda la plata y el oro que tengo. ¿Aceptas?-preguntó Nasan.

- ¡No, no! ¡Ni por todo el oro, caballos o camellos del mundo!

Entonces Nasan se incorporó y se echó a reír a grandes carcajadas.

- ¿Lo ves? Tu mismo lo dices. Aunque me digas que no tienes nada, cuando te ofrezco comprarte algo que es tuyo me contestas que ni por todos mis animales ni por todo el oro del mundo. ¡Tú mismo lo estás diciendo! ¡Es mucho más valioso lo que tienes que todas mis posesiones y dinero!

Bat se irguió de pronto al escuchar al viejo y empezó a reflexionar sobre las palabras de Nasan.

- Tus tesoros son la salud, la fortaleza y la juventud. ¿No lo ves? ¡Tu mismo eres tu tesoro! Y si en lugar de estar aquí lamentándote, te pones a utilizar tu cabeza y tus brazos y piernas podrás conseguir lo que te propongas-, explicó Nasan.

Bat pareció comprender y esbozó una pequeñísima sonrisa:

- Tienes razón. He sido un necio-, reconoció Bat.

- Solo necesitabas que alguien te ayudará a abrir los ojos.

- Y es lo que has hecho tú. Muchas gracias.

- No hace falta que me des las gracias-, dijo Nasan, mientras sonreía.- Ahora, ¿quieres ayudarme a recoger la manada de caballos? – Nasan se subió al caballo y tendió una mano al chico- Y después comeremos. ¡Tengo un aarul buenísimo, ya verás!

El viejo ayudó al chico a subir a la grupa de su caballo y añadió:

- Pero primero tenemos ir a buscar el rebaño!

Y los dos se fueron cabalgando a través de la extensa llanura de Mongolia en busca de la manada de caballos.

EL TIGRE, EL SABIO Y EL CHACAL

cuento indio

 

               Este cuento indio explica la historia de un tigre enjaulado que cuando se vio libre no quiso cumplir un pacto. Y es que las malas intenciones se acaban pagando...

 En un pueblo de la India había un tigre que por las noches se comía los corderos y las ovejas de la gente. Un día, consiguieron encerrarlo en una jaula de bambú y la gente se quedó tranquila, porque ya no podría atacar a sus animales.

Un día pasó un viejo sabio cerca de la jaula. El tigre le dijo que tenía mucha sed y le suplicó que lo dejara salir para ir a beber al río.

- Si te libero, me comerás – dijo el viejo sabio.   

- No viejo sabio, no te comeré. Todo lo contrario, te estaré muy agradecido y te obedeceré en todo Sólo iré a beber agua al río y volveré a mi jaula. Te lo prometo.

El sabio se quedó pensativo por unos momentos. Pensó que el tigre decía la verdad y le abrió la jaula. Entonces, el tigre, que estaba más hambriento que sediento, saltó sobre el sabio con la boca abierta mientras le decía:

- ¡Oh! viejo sabio, has sido muy inocente con dejarme salir. ¡Ahora te comeré!

- ¡No es justo, esto! ¡Yo te he liberado y ahora tu me quieres comer! Me has prometido que no lo harías. Hemos hecho un pacto. ¡No es justo!

- Sí que es justo. ¡Tengo derecho a comerte! – replicó el tigre

- Pero yo he confiado en ti – respondió el sabio. Haremos una cosa. Preguntaremos a los tres primeros seres vivos que pasen por aquí si es justo que me comas. Si todos dicen que si, no pondré resistencia y me podrás comer. ¡Pero si sólo uno de ellos dijera que no es justo, no me tocarás ni un pelo!

- Ummm.... De acuerdo – dijo el tigre. Pero que sea rápido, ¿eh? Que tengo mucha hambre.

Por allí pasaba un buey. El sabio y el tigre se le acercaron.

- Hola, amigo buey. Tenemos una duda y te la queremos consultar. Este tigre estaba prisionero en una jaula y me ha pedido que lo liberara para ir a beber agua. Me prometió que no me comería, pero después de liberarlo quiere comerme. ¿Crees que es justo?

Cuando era joven, trabajaba de sol a sol en el campo. Tiraba del carro todo el día, para que mi amo labrara el campo. Pero ahora que soy viejo, me ha echado de casa porque ya no sirvo para trabajar. Los hombres no son justos…Tigre, te lo puedes comer.

La boca del tigre se llenó de saliva. No lo pudo evitar y volvió a saltar sobre el viejo. ¡Tenía mucha, mucha hambre!

-¡Un momento! – dijo el sabio. Hemos acordado que le preguntaríamos a tres seres vivos y este era solo el primero.

- De acuerdo, de acuerdo- dijo el tigre. Pero vayamos rápido, ¡que hace días que no como nada!

Entonces pasaron por debajo de un mango. El sabio se dirigió a él:

- Amigo mango. ¿Tú piensas que es justo que este tigre me coma después que lo haya liberado de una jaula donde estaba preso?

El mango hizo un movimiento con las ramas y contestó:

- A los hombres les gusto en primavera y en verano, cuando comen mis frutos y vienen a yacer bajo mis ramas para dormir. Pero en invierno, me cortan las ramas y me calan fuego. No me hables de justicia. Yo creo que estás en tu derecho de comértelo, tigre.

- Nuevamente, el tigre saltó sobre el viejo sabio. Pero este le recordó que sólo le habían preguntado a dos seres y que todavía faltaba uno.

Entonces se cruzaron con un chacal. Cuando le plantearon la duda, el chacal dijo:

- Uff…. pues es que soy un poco tonto y no puedo imaginar las cosas si no las veo

- Es muy fácil, dijo el tigre. Yo estaba encerrado en una jaula de bambú…

- ¿En una jaula?- lo interrumpió el chacal. – Y ¿cómo era?

- ¡Pues una jaula de bambú normal!

- Es que si no la veo, no os podré ayudar – respondió el chacal.

Entonces se dirigieron a la hacia la jaula y el sabio se la mostró.

- El tigre estaba encerrado en esta jaula y me pidió que lo liberara.- explicó

- ¿Encerrado? ¿Encerrado cómo?- preguntó el chacal

- ¡Mira que llegas a ser tonto, chacal! ¡Estaba dentro de la jaula con la puerta cerrada, así! – iba diciendo el tigre mientras entraba en la jaula y cerraba la puerta.

Y se quedó encerrado otra vez.

– ¡Ostras! ¡Estoy otra vez encerrado! ¡Abridme la puerta, dejadme salir!!! –exclamaba el tigre sin parar

- Bueno tigre, ahora si que puedo imaginar como estabas. Espero que nunca seas tan tonto como yo- dijo el chacal. Y él y el sabio se alejaron de la jaula dejando encerrado al tigre para siempre.

FEDERIQUILLO EL MENTIROSO

Anónimo suizo

El pequeño Federico era un hermoso chiquillo, de rizados cabellos; pero toda la gente de la aldea lo llamaba siempre Federiquillo el Mentiroso. Cuando por la noche veía volar un murciélago, corría hacia su casa y gritaba:

-¡He visto volar un dragón en persona!

Y, cuando había escardado un cuarto de hora en el jardín de su abuela, afirmaba después grave y firmemente, que había estado arrancando, durante siete horas enteras, malas hierbas del jardín.

-Federiquillo, ¡di la verdad! -lo reprendía su madre cuando lo oía hablar así.

Y cada vez gritaba Federiquillo, indignado:

-¡Ésta es la pura verdad!

-Es y seguirá siendo Federiquillo el Mentiroso -decía enojado su padre, y recurría de vez en cuando al bastón.

La madre, sin embargo, se afligía.

Un día apareció rota en el suelo de la cocina la taza del padre, que tenía el reborde y el asa dorados.

-Federiquillo, ¿qué has hecho? -gritó su madre.

-Nada. Estaba yo tranquilamente en la puerta de la cocina cuando vi cómo esta mesa empezaba de repente a moverse. Todas las tazas saltaron y la dorada más alta que ninguna. De pronto empezó a danzar en círculo, pero cayó por el borde de la mesa y se rompió. Sí, así ha ocurrido. Lo he visto con mis propios ojos.

-¡Federico, tú mientes! Y lo más triste es que tú mismo crees tus mentiras. ¡Ojalá se te erizaran los cabellos cuando no dices la verdad!

-¡Yo no miento nunca! -gritó Federiquillo, y quiso ponerse a patalear.

Entonces notó sobre su cabeza un curioso cosquilleo, y percibió un rumor singular en sus oídos, como cuando el pavo real abre su rueda. Se llevó las manos a los cabellos. Se pasó las dos manos sobre ellos. Todo fue en vano. Obstinado, se dirigió a la cestita de costura de su madre, cogió las tijeras y quiso cortarse los cabellos. Pero en vano: eran tan fuertes como alambres. Entonces gritó, lleno de terror:

-¡Madre, yo he sido quien ha roto la taza!

Al momento se abatieron los erizados cabellos y se le enrollaron en suaves rizos, de modo que fue de nuevo el hermoso Federico.

Y así sucedió cada vez. Cuando el chiquillo mentía, se le erizaban los cabellos hacia lo alto. Y cuando decía después la verdad, se le rizaban de nuevo. Pero si esto sucedía en la escuela, tenía el grave inconveniente de que se burlaba de él toda la clase, y en el camino de regreso a casa lo seguían todos sus compañeros gritando:

-¡Federiquillo, el Mentiroso! ¡Federiquillo, el Mentiroso!

¡Esto era espantoso! Pero, gracias a ello, perdió Federico la costumbre de mentir. Sus padres se sintieron completamente felices desde entonces. Su madre le regaló el día de su cumpleaños un gran libro de cuentos, y su padre una historia de ladrones. Ésta dio mucho que pensar al muchacho. Los ladrones de la historia negaban cuanto se les antojaba, del azul del cielo para abajo. Se dio cuenta, sin embargo, de que finalmente colgaban de la horca, y no decían ya entonces ninguna palabra más.

IGIMARASUGSUK

(Este relato un tanto frívolo —aunque curioso— es conocido por todos los niños de Groenlandia; también existe otra versión recogida en la península del Labrador que es sin duda una variante del mismo original, aunque muy resumida y alterada).

Se decía de Igimarasugsuk que en muy poco tiempo perdía a sus esposas, y que con igual rapidez volvía a casarse. Pero lo que nunca supo nadie es que las mataba y se las comía, y a sus pequeños también. Por fin se casó con una muchacha que tenía un hermano más joven y muchos otros parientes. Un día que Igimarasugsuk volvía a casa tras haber pasado la jornada cazando renos, le dijo a su cuñado: «Por favor, ve a traerme mi hacha. La encontrarás bajo las estacas (1) del bote», pero cuando el joven se levantó a cumplir su deseo, Igimarasugsuk se levantó y fue tras él. Su mujer escuchó entonces los gritos de su hermano, se asomó a mirar y vio cómo su marido corría tras él, le alcanzaba, le golpeaba en la cabeza, y allí mismo caía muerto. Inmediatamente después, Igimarasugsuk le ordenó a la joven que se vistiera y que se pusiera a cocinar algunas partes del cuerpo de su hermano. Una vez cocinado, Igimarasugsuk se dispuso a comérselo, mas antes le ofreció un pedazo del brazo a su mujer, insistiendo en que comiera con él. Pero ella sólo fingió hacerlo y escondió la carne bajo las cenizas del fuego.

«¡Me parece que estás llorando!» —le espetó su marido.

«No» —contestó ella— «Es que soy un poco tímida». Una vez devorado el cuñado, Igimarasugsuk empezó a cebar a su esposa, y para ello le ordenó que no comiese sino sebo de reno, y que bebiese únicamente lo que cupiera en una concha.

Un día, tras cerrar con gruesos cordeles la entrada de la tienda de verano (2), Igimarasugsuk se marchó. Pasado un buen rato, su esposa tomó un cuchillo, se dejo caer de la tarima y fue rodando hasta la puerta. Con grandes esfuerzos logró cruzar el umbral y llegar hasta el vestíbulo, y allí consiguió cortar las cuerdas que cerraban la cortina más exterior. Después siguió rodando hasta un charco cenagoso y de él bebió hasta hartarse. Ahora ya no se sentía tan pesada, por lo que pudo levantarse y regresar a la tienda, donde rellenó su chaqueta de piel, que colocó sobre la tarima con la espalda expuesta hacia afuera. Volvió a cerrar la entrada principal y comenzó a alejarse, pero, convencida de que pronto su marido iría tras sus huellas, decidió dirigirse hacia un enorme tronco que había sido arrastrado hasta la orilla. Allí hizo un conjuro, cantando de este modo: «Kissugssuak pingerssuak, ia-ha-ha, arape, kupe, sipe, sipe sisaría», y el tronco se abrió por la mitad. La mujer se metió dentro, mientras cantaba: «kissugsuak...arape, mame, mamesisaria», y el tronco se cerró, dejándola en la oscuridad. En su interior esperaba cuando oyó a su tienda, y al ver la chaqueta de piel tan rellenita, blandió su lanza y la arrojó contra ella pensando que era su mujer, pero al descubrir la verdad salió corriendo y, siguiendo las huellas en la nieve, llegó hasta el tronco de madera, donde se detuvo.

«¡Qué lástima que haya esperado tanto para matar-la!» —le oyó decir la mujer— «¡Pobre de mí!» Después escuchó cómo se alejaba y regresaba varias veces, pero siempre se detenía junto al tronco. Por fin se marchó, y la mujer, cantando otra vez su «Kissugssuak...» hizo abrirse la madera, saltó fuera y continuó alejándose con toda rapidez. Sin embargo, de nuevo por miedo a que su marido consiguiese alcanzarla, decidió ocultarse en la madriguera de un zorro. Otra vez Igimarasugsuk salió tras sus huellas, que terminaban junto a la madriguera, y en esta ocasión se puso a escarbar la tierra misma con sus propias manos. Pronto se cansó, se dio media vuelta y regresó varias veces, como antes, hasta que se marchó lamentándose de su suerte: «¡Oh, qué lástima! ¡Pobre de mí!» Al ver que por fin se había alejado, la mujer reinició su escapada, mas todavía temía ser descubierta, así que pasado un rato se escondió tras unos arbustos. Una vez más llegó hasta allí su marido, mascullando su lamento: «¡Qué pena que esperase tanto para comérmela!» y se alejaba para volver de nuevo. «Aquí se acaba su rastro», decía. Otra vez la mujer esperó, luego salió y siguió huyendo, ya con escasas esperanzas de alcanzar algún lugar habitado. Al fin avistó un grupo de gente recogiendo bayas en el campo, que al verla se asustaron y estaban ya a punto de huir, cuando ella les gritó: «¡Soy la esposa de Igimarasugsuk!» Entonces se acercaron a ella, y tomándola de las manos se la llevaron a su casa. Allí la mujer les puso al corriente de la situación: «Igimarasugsuk, que tiene por costumbre comerse a sus esposas, se ha comido también a mi hermano, su cuñado, y si de verdad quiere atraparme a mí, seguro que vendrá a buscarme. Si viene, habréis de saber que le gusta mucho la diversión, y que lo mejor es tratarle amable y cortésmente.»

En efecto, poco después llegó Igimarasugsuk, y su esposa se ocultó tras una cortina de piel, mientras los demás se levantaban y salían a recibirle. «Esperamos que todos los tuyos estén bien»' —le dijeron. «Sí, están todos estupendamente» —respondió Igimarasugsuk.

Entraron juntos a la cabaña y allí le sirvieron de comer, y a continuación le ofrecieron un tambor. «Ahora toca algo para nosotros» —le pidieron. Él tomó el tambor, pero pronto se cansó y lo pasó a otro. «Mejor tocad vosotros para mí» —dijo, y entonces el otro hombre, aceptando el tambor, se puso a cantar: «Igimarasugsuk, el hombre cruel, que se comía a sus esposas...» Al oír aquello, Igimarasugsuk se puso rojo como un tomate, toda la cara y hasta el cuello mismo se tiñeron de ese color, pero el cantor continuó: «Y ella se vio obligada a comer del brazo de su propio hermano...», y entonces la mujer salió de su escondite. «¡No! ¡No lo hice! ¡Escondí la carne bajo las cenizas!» —negó, mientras los demás se abalanzaban sobre Igimarasugsuk, inmovilizándole. La mujer empuñó una lanza y con ella le atravesó, mientras decía: «¿No recuerdas cuando arrojaste tu propia lanza contra mi chaqueta de piel?»

 

(1)Pilares de madera sobre los que descansan las embarcaciones durante el invierno.

(2) Durante el verano los esquimales vivían en tiendas hechas con pieles o en cabañas de piedra recubiertas de pieles (N. del T.).

 

Henry Rink, Cuentos y leyendas Esquimales, Madrid, Miraguano, 1991.

JUAN BOBO

Anónimo español

Había un muchacho al que llamaban Juan Bobo.

Como no le gustaba que le llamaran Juan Bobo, un día mató un buey para invitar a todos a una comida y de resultas de eso le llamaron Juan Bobazo.

En vista de lo cual, cogió Juan Bobo la piel y se fue a venderla a Madrid. Cuando llegó a Madrid, hacía tanto calor que se echó al pie de un árbol y se tapó con la piel. Y sucedió que vino un cuervo a picarle la piel mientras echaba la siesta y Juan Bobo lo atrapó y se lo guardó. Luego fue y vendió la piel por siete duros.

Y después de todo esto, llegó a la fonda y encargó comida para dos.

Entonces Juan Bobo fue y puso tres duros disimulados junto a la puerta principal, y lo mismo hizo en la escalera con otros dos duros, y lo mismo otra vez al final de la escalera. Hecho esto, se sentó a una mesa y esperó a que le sirvieran; pero no le atendían porque creían que esperaba a su compañero.

Al fin se cansó de esperar y dijo:

-¿Es que no me van a poner la comida?

Y le respondieron que estaban esperando a que llegara su compañero para servirle. Y dijo él:

-Mi compañero es este cuervo.

Los posaderos, intrigados, le preguntaron:

-¿Y qué oficio tiene el animal?

-Es adivinador -dijo Juan Bobo- y adivina todo lo que ustedes quieran saber.

Entonces le pidieron que adivinase algo y Juan Bobo le pasó la mano por el cuerpo de la cabeza a la cola y el cuervo dijo: «¡Graó!».

-¿Qué es lo que ha dicho? -dijo la posadera.

-Ha dicho -contestó Juan Bobo- que en la puerta principal hay tres duros.

La posadera fue y rebuscó por la puerta hasta que encontró los tres duros y, maravillada, volvió y le dijo a Juan Bobo:

-Véndame usted el cuervo.

Pero Juan Bobo, sin contestar, volvió a pasar la mano por encima del cuerpo y éste dijo: «¡Graó!».

-¿Y ahora? -preguntó la posadera-. ¿Qué es lo que ha dicho ahora?

-Ha dicho -contestó Juan Bobo-que en el descansillo de la escalera hay dos duros.

Allá se fue la posadera y los encontró en seguida.

Y volvió de inmediato, aún más maravillada, y le dijo que tenía que venderle el cuervo. Pero Juan Bobo, sin decir nada, volvió a pasar la mano por el animal y éste volvió a decir: «¡Graó!».

La posadera quiso saber qué había dicho esta vez y Juan Bobo le contestó que eso quería decir que al final de la escalera había dos duros más. Y como fuera y los encontrara, la posadera le dijo:

-Pues me tiene usted que vender ese cuervo, que yo le daré por él lo que usted quiera.

Juan Bobo le dijo que se lo vendía por cinco mil pesetas; y dicho y hecho: se las metió en la bolsa, dejó allí al cuervo y se volvió para su pueblo. Conque llegó al pueblo y mandó avisar a todo el mundo y cuando estuvieron presentes, llamó a su mujer y le dijo que extendiera su delantal y en él echó las cinco mil pesetas diciendo que eso había sacado de vender la piel del buey en Madrid.

Todos los vecinos, al ver esto, mataron sus bueyes, les sacaron las pieles y se fueron a Madrid a venderlas y resultó que, tras haberlas vendido, apenas si les dio para pagarse el viaje. Y todos volvieron muy enfadados al pueblo diciendo que iban a matar a Juan Bobo. No le mataron, pero se metieron en su casa y se la cagaron toda de arriba abajo.

Al día siguiente, Juan Bobo fue y reunió toda la mierda en un saco y se fue a Madrid para venderla.

Llegó y dejó el saco en el patio de un establecimiento mientras se iba a cumplir otra diligencia y, mientras tanto, entró una piara de cerdos en el patio y se comieron toda la mierda. Cuando Juan Bobo volvió, les dijo a los amos que sus cerdos se le habían comido todo lo del saco y que aquello valía mucho, y ya estaban por pasar a mayores cuando, por una mediación, se avino a aceptar cinco mil pesetas por la pérdida del saco y se volvió al pueblo.

Conque llegó al pueblo y mandó tocar las campanas para que viniera todo el mundo y así que estuvieron todos presentes, volvió a llamar a su mujer y volvió a echar en su delantal las cinco mil pesetas diciendo que aquello había sacado del saco de mierda en Madrid.

Todos los vecinos, al ver esto, reunieron toda la mierda que pudieron encontrar, la cargaron en sacos y se fueron a Madrid a venderla. E iban por las calles pregonando que quién quería comprar mierda hasta que unos guardias los detuvieron y les dieron una buena paliza. Y todos volvieron al pueblo jurando vengarse de Juan Bobo.

Juan Bobo se escondió para que no le hallaran y entonces los vecinos decidieron quemarle la casa. Entonces Juan Bobo recogió las cenizas y anunció que se iba a venderlas a Madrid. Nada más llegar, fue a un joyero a comprarle unas alhajas y las puso en la boca del saco mezcladas con la ceniza y se sentó en un banco; en esto pasó un señor y le dijo:

-¿Qué es lo que lleva usted ahí en ese saco?

Y Juan Bobo le dijo que llevaba muchas alhajas metidas entre la ceniza para que no se le echaran a perder.

Y el señor le compró el saco por cinco mil pesetas.

Total, que volvió al pueblo, reunió a todos y echó otras cinco mil pesetas en el delantal de su mujer diciendo que eso le habían dado en Madrid por las cenizas.

Entonces los vecinos fueron, quemaron sus casas y se marcharon a Madrid para vender las cenizas; y como no vendieron nada, se volvieron todos diciéndose que esta vez matarían a Juan Bobo.

Le cogieron y le metieron en un saco con la intención de tirarle al río. Y como tenían otras cosas que hacer, ataron el saco a un árbol cerca de la orilla con la idea de volver a tirarle al río apenas terminasen sus tareas. Y allí donde quedó atado y dentro del saco, Juan Bobo empezó a gritar:

-¡Que no me caso con ella! ¡Aunque sea rica y princesa yo no me caso con ella!

Acertó a pasar por allí un pastor con su rebaño y al oír las voces de Juan Bobo le dijo que él sí que se casaría con una princesa guapa y rica y entonces Juan Bobo le dijo que allí estaba esperando a que lo llevasen con la princesa y le propuso cambiar de lugar. Así que el pastor desató a Juan Bobo y se metió él en el saco y Juan Bobo se marchó con las ovejas.

Volvieron los vecinos y echaron el saco al río. A la vuelta, se encontraron con Juan Bobo que venía con las ovejas y le dijeron:

-¡Pero, bueno! ¿A ti no te hemos echado al río?

-¿De dónde vienes, entonces, con las ovejas?

Y les respondió Juan Bobo:

-Es que el río está lleno de ellas. Y si más hondo me llegáis a echar, más ovejas hubiera encontrado.

Los vecinos que lo oyeron volvieron al río y empezaron a tirarse al agua, y cada vez que uno gorgoteaba al ahogarse los demás le decían a Juan Bobo:

-¿Qué dice? ¿Qué dice?

Y Juan Bobo les contestaba:

-Que os tiréis, que hay muchas más ovejas.

Y todos se tiraron al río y murieron ahogados.

LA BOLSA DE LOS CUENTOS   

 

                    El pequeño Lom conocía muchos cuentos, pero no quería contárselos a nadie. Todo el mundo sabe que el egoísmo no es nada bueno, y que las historias están para explicarlas a los demás, así que los propios cuentos, atrapados en una bolsa, intentaron jugarle una mala pasada.

"Cuéntame otro cuento, por favor", suplicó Lom. ¿No, ya es hora de dormir?, contestó su anciano criado. Así que el pequeño se acurrucó en la cama pensando en la historia que acababa de escuchar.

El pequeño Lom vivía en una gran casa al norte de Camboya, y tenía un criado que cada noche le contaba un cuento popular. Las historias solían ser de enormes gigantes y poderosos magos, tigres feroces y

sabios elefantes, emperadores opulentos y hermosas princesas. Cada noche había un nuevo cuento, y a Lom le encantaba escucharlos. Sabía que eran relatos muy antiguos, pues el criado los había heredado de su abuela, y esta de su bisabuela, y así hasta muchos años atrás.

Delante de los amigos, Lom solía alardear de saberse multitud de historias, pero nunca se las quería contar a nadie, por lo que los cuentos si iban quedando poco a poco aprisionados en una bolsa de su habitación.

Los años pasaron y Lom se convirtió en un apuesto joven que decidió casarse con una guapa muchacha del pueblo. La noche de antes de la boda, el viejo criado oyó unos extraños murmullos que procedían de la habitación de Lom y, asustado, decidió acercarse y escuchar.

Los ruidos venían de la bolsa de los cuentos, que charlaban entre ellos y se lamentaban. "Mañana se casa y nosotros seguimos aquí atrapados, no hay derecho", refunfunñaba un cuento.

"Debería habernos dejado salir", se quejaba otro. "Se lo haremos pagar caro", añadió un tercero. "Ya está, tengo un plan", dijo el primer cuento. "Cuando vaya mañana al pueblo por la boda, le entrará sed. Entonces yo me convertiré en un pozo y cuando beba de mi agua, le entrará un dolor de barriga espantoso".

"Vale", dijo el segundo cuento, "pero por si acaso no funciona, yo me convertiré en sandía. Si se la come, sufrirá un dolor de cabeza horrible".

"Pues yo me transformaré en serpiente y le morderé ", explicó el tercer cuento. "El dolor será tan fuerte que aullará como un lobo". Y los cuentos se rieron malévolamente mientras tramaban el plan.

El viejo criado estaba horrorizado por lo que había escuchado. "¿Qué hago yo ahora?", se preguntó a sí mismo. Y estuvo pensando toda la noche cómo salvar al joven Lom.

A la mañana siguiente, cuando Lom se disponía a coger su caballo y cabalgar hasta el pueblo de su amada, el criado salió apresurado de casa y le dijo que lo acompañaría.

Un par de horas después de haber comenzado el viaje llegaron a un pozo. "¡Alto!", gritó Lom. "Tengo sed", pero el anciano hizo seguir el caballo sin que se detuviera allí. Poco después llegaron a un campo repleto de sandías. "¡Para!", ordenó Lom. "Tengo mucha sed. Quiero una sandía". El criado no le hizo caso y siguieron adelante.

Llegaron al pueblo y durante la boda el criado se pasó todo el tiempo vigilando, pero no vio ninguna serpiente.

Al anochecer, los novios se dirigieron hacia su casa, bellamente adornada para la ocasión. De repente, el viejo criado entró en la habitación sin avisar. "¿Qué descaro es este?", exclamó Lom. Pero el anciano, sin mediar palabra, levantó la alfombra y descubrió la serpiente venenosa. La cogió por el cuello y la lanzó por la ventana.

"¿Cómo sabías que ahí había una serpiente?", le preguntó sorprendido Lom.

El criado le explicó toda la historia de los cuentos y sus malévolos planes por no querer compartirlos con nadie.

Desde aquel día, Lom decidió contar cada noche un cuento a su mujer, y así, poco a poco, los cuentos pudieron ir saliendo de la bolsa en la que estaban atrapados. Años más tarde, Lom se los contó también a sus hijos, y estos a los suyos, creando así una cadena que no se rompería nunca y que ha llegado hasta nuestros días.

Hoy en día se siguen contando. Lo sé muy bien, porque yo también los he escuchado y porque yo soy uno de esos cuentos apretujados en la bolsa.

LA BUENA ARDILLA

Anónimo suizo

Érase una vez un niño chiquitín. Este niño era solamente la mitad de grande de lo que eran los demás niños de su edad. Su padre lo llamaba Lu: nombre bonito y breve. Su madre lo llamaba Lulu. Su abuela, empero, que lo quería de todo corazón y no se cansaba nunca de él, lo llamaba Lululu.

Lu era ágil como un armiño y podía trepar como una ardilla. Lo malo era que con ello se desgarraba cada día los pantaloncitos y la camisita. La abuela se lo remendaba todo con mucha paciencia. Pero un día ella se encontraba enferma en la cama, y así tenía la madre mucho que hacer. Como el chiquillo volviera, además, a casa con rotos en la ropa, dijo ella:

-Lulu, basta ya de ser destrozón. Aquí tienes el vestido de las fiestas. Si vuelves a trepar de nuevo con él por los árboles, tendrás que ir mañana con agujeros y desgarrones a la iglesia.

Esto no le interesaba a Lu, naturalmente; pero cuando se halló de nuevo en el jardín, debajo del gran abeto, vio saltar alegremente a la ardilla de rama en rama. Sintió un cosquilleo en los diez dedos de las manos y de los pies que le impulsaba a imitar a la ardilla.

-¡Ay! -gritó-. ¡Ardilla, querida ardilla! ¿Te riñen también a ti, cuando se te rasga el vestido?

La ardilla aguzó las orejas. De un gran salto se sentó en la rama inferior y miró con sus inteligentes ojos abajo, hacia donde estaba Lu:

-Mi vestido no se me rasga nunca -contestó la ardilla-. Mi vestido lo ha cosido el buen Dios, y por ello durará hasta que me muera.

-¡Oh! -exclamó Lu-. El mío lo ha cosido sólo mi abuela. Se rasga todos los días, y por ello hoy no puedo trepar hasta tu nido; de lo contrario, tendría que ir mañana con desgarrones a la iglesia.

-¡Lástima! -gritó la ardilla.

Luego fue a brincar y había trepado ya hasta la mitad del tronco, cuando gritó entonces el chiquillo:

-¡Ardilla, querida ardilla, préstame tu vestido! ¡Sólo media horita! ¡Tengo tantas ganas de trepar!

-¿Y luego tendré yo que estar desnuda, sentada sobre esta rama? -preguntó la ardilla-. No, no; eso no me conviene.

-Tú puedes meterte en el nido, que está muy calentito, y mirar por la ventana. ¡Ay, sólo media horita!

El chiquillo derramaba lágrimas grandes como guisantes. Entonces no pudo seguir negándose la ardilla.

-¡Así, tómalo! ¡Pero no te entretengas más de media hora!

El chiquillo se quitó los pantalones y la camisita, y los dejó sobre las hojas secas, al pie del abeto. Luego se puso apresuradamente el pardo abrigo de pieles de la ardilla, mientras ésta, completamente desnuda, se ocultaba presurosa en el redondo nido, en lo alto del abeto. Miró por la ventana y vio trepar tan hábilmente al chiquillo, que le pareció estar viendo a su primo.

La media hora pasó volando.

-¡Lu! -gritó la ardilla-. ¡Ya ha pasado media hora!

-Sí -contestó el chiquillo-; voy a cambiarme.

Y así quiso hacerlo. Pero, al llegar abajo, se encontró con que al pie del abeto no había ningún pantalón ni ninguna camisita que ver.

-Ardilla -exclamó Lu-; no te puedo devolver por ahora tu vestido.

-¿Cómo? ¿Por qué?

-Porque mi ropa ha desaparecido de aquí, y yo no puedo ir desnudo a casa.

-¿Ah, sí? ¿Y yo tengo que quedarme desnuda en mi nido? No, no; todo lo que quieras; ¡pero mi vestido tienes que devolvérmelo!

Entonces trepó Lu a lo alto del abeto. Allí se quitó el pardo abrigo de pieles, y la ardilla se deslizó dentro de él. Desnudo y temblando, se quedó sentado el chiquillo sobre la rama, sin saber qué hacer. Entonces habló la bondadosa ardilla:

-¡Vete a mi casita! ¡Cierra la puerta cuando venga la comadreja o la pérfida ave de rapiña! Yo iré en busca de tu vestidito. ¡Cuando lo haya encontrado, ábreme entonces la puerta!

Lu se deslizó en el redondo nido de la ardilla, y ésta se plantó en tres saltos sobre el verde césped, junto a un mirlo negro. Éste picoteaba con su amarillo pico en el suelo, sin mirar a su alrededor.

-Mirlo -dijo la ardilla-¿Has robado tal vez un vestidito de niño?

-¿Robado? ¡Yo no soy ningún ladrón! ¡Haz el favor de marcharte, si no quieres que te saque los ojos con mi pico!

Entonces huyó de allí la buena ardilla, llena de espanto.

En el corral encontró al pato.

-Patito contorneador ¿has visto tú acaso un vestidito de niño?

-¿Un vestidito de niño? ¿Un vestidito de niño? ¿Y qué quieres tú que yo hiciera con un vestidito de niño?

-Lu lo ha perdido. No, dicho en confianza: un ladrón se lo ha robado.

Al oír esto graznó el pato tan fuerte como pudo. Al oírle todos los animales del corral se acercaron corriendo.

-Schnädergeck -dijo el pato-; ¡ayúdennos todos a buscar! ¡Al pequeño Lu, a quien ya conocen todos ustedes, le han robado su vestido!.

El gallo cacareó fuerte, y las gallinas cloquearon, y todos batieron las alas en señal de que el suceso les afectaba profundamente. Como todos tenían en gran estima al pequeño Lu, ayudaron gustosos a buscar su vestidito. Delante de todos iba siempre la ardilla. Miraron atentamente por todos los rincones; pero ni en el patio ni en el jardín se veía ningún pantaloncito ni ninguna camisita. Entonces gritaron todos:

-¡Ladrón! ¡Ladrón! ¡Ladrón!

Delante de la ventana de la cocina dormía al sol el gato gris.

-¿Se refieren a mí? -gritó éste indignado -. Esto sí que no lo tolero yo.

Se irguió, juntó muy próximas sus cuatro patas, y arqueó el lomo.

-No, no -dijo la ardilla-. Al pequeño Lu, ya lo conoces tú también, al pequeño Lu le han robado su vestido.

-¿A mi Lu? ¿A mi Lulu? ¿A mi Lululu? ¿Quién es el ladrón? Le voy a sacar los ojos.

-Lo estamos buscando. ¡Ven con nosotros!

Entonces bajó el gato de un salto de la cornisa y marchó delante de todos, incluso de la ardilla. De repente, se quedó inmóvil.

-Se me ocurre una cosa. Pero, ¡procuren no hacer ruido!

Silenciosamente se deslizó el gato hasta la garita del perro. Fofó aguzó las orejas, después gruñó suavemente, y por último ladró con todas sus fuerzas.

-¿Qué buscan aquí las gallinas? ¿Y qué se le ha perdido al gato gris? ¡Que se me acerque éste, si se atreve!

Pero Micifuz se acercó, y sus ojos brillaron de ira; pues, ¿saben lo que vio en el fondo de la garita del perro? ¡El vestido del niño! Todo estaba allí: los pantalones grises, la camisita azul y blanca.

-¡Ladrón! -bufó el gato.

Fofó se preparó para la lucha. Estos vestidos no tenía que tocarlos nadie. Pertenecían a su joven señor, el querido Lu. El perro los había encontrado y recogido, y los llevaba vigilando toda una hora. Estaba dispuesto a defenderlos, aun cuando, además de las gallinas y del gato y de la ardilla, viniera también todo el establo; el vestido no lo daría más que a su joven señor.

Pero los gatos son más inteligentes que los perros. Micifuz susurró al oído de la ardilla:

-¡Cuando esté fuera el perro, cojan ustedes el vestido!

Y Fofó salió en verdad de su casita, pues el gato bufaba y arqueaba el lomo, y encendía dos fuegos en sus ojos. Y esto era demasiado para Fofó.

-¡Guau, guau! -gritó, y se lanzó sobre el gato, al que no podía sufrir.

Micifuz trepó al manzano más próximo, bufó hacia abajo, y Fofó ladró hacia arriba, mientras la ardilla se apoderaba de los pantaloncitos y la camisita, y los llevaba arriba, hacia el redondo nido, donde esperaba Lu lleno de ansiedad.

Cuando regresó Fofó a su casita, y no encontró en ella los vestiditos, se tendió sobre el vientre y aulló con aullidos que inspiraban lástima. No cesó de aullar hasta que apareció Lu. Al verlo se levantó de un salto y ladró fuertemente, agitando gozoso la cola. Ahora comprendió, de repente, la verdad de lo ocurrido y olvidó en su felicidad incluso su cólera contra Micifuz.

También Lu se sentía feliz; pues sus pantaloncitos estaban intactos. Al día siguiente no tendría que ir con desgarrones a la iglesia. Su madre no lo castigaría.

   

LA FLOR DEL CANTUESO

Anónimo español

Había una vez un viudo que tenía una hija muy hermosa a la que adoraba. La quería tanto que, por evitarle un disgusto, no pensó nunca en volver a casarse para no tener que darle madrastra a su hija.

Muy cerca de la casa del viudo vivía una viuda con dos hijas. La viuda estaba deseando casarse de nuevo y había puesto sus ojos en el viudo, pero éste, fiel a su intención, nunca le dio pie para hablar del asunto. La viuda, que no pensaba en otra cosa, ideó un plan para atraerse a la hija con zalamerías y regalos, y lo hizo con tal cuidado y habilidad que la muchacha no pudo por menos de acabar proponiendo a su padre el matrimonio con la vecina, pues ella, que era una buena hija, no deseaba que su padre permaneciera siempre solo por su causa.

Total, que se llevó a cabo la boda entre el viudo y la viuda y se fueron todos a vivir a la casa del primero; la vida transcurrió con gran contento de padres e hijas al principio, pero a los pocos meses, lo que parecia un paraíso se convirtió en un infierno. Las hijastras no sólo se tenían envidia entre sí sino que ambas juntas la tenían aún más de la hija del viudo, que no sólo era la más bonita sino también a la que todo el mundo apreciaba más; y la madrastra, que no podía soportarla, sólo se ocupaba de ella para reprenderla de continuo. Total, que entre todas le hicieron la vida imposible hasta tal punto que la muchacha tomó la determinación de irse a vivir con una tía suya que tenía alguna fama de bruja entre los vecinos del lugar.

Su padre, naturalmente, se llevó un gran disgusto, pero no protestó porque, aunque amara a su hija mucho más que a las otras, para no dar pie a envidias trataba siempre a las tres por igual; sin embargo, cada día iba a la casa de la tía para ver a su hija un rato.

El caso es que un día el viudo tuvo que ir a la feria de un lugar cercano y preguntó a las hijastras qué querían que les trajese y la mayor pidió un mantón bordado y la segunda un vestido de seda; pero cuando fue a la casa donde estaba su hija para preguntarle lo mismo, la hija le contestó que sólo quería un saquito de simiente de cantueso1.

-¿Sólo eso? -dijo el padre-. Mira que a la feria acuden comerciantes de todas partes y hay toda clase de cosas donde elegir.

Pero ella insistió:

-No quiero nada más que lo que te he pedido -porque su tía le había dicho que así lo hiciera.

Conque el padre se fue a la feria y a cada una le trajo lo que le había pedido.

La hija sembró en seguida la simiente en un tiesto que cuidó con esmero y, al poco tiempo, tuvo una magnífica planta de cantueso a punto de florecer.

Y todas las noches, a las doce en punto, ponía la maceta en su ventana y cantaba:

-Hijo del rey, ven ya que la flor del cantueso florida está.

Y al momento acudía un pájaro que se revolcaba en la tierra de la maceta y se convertía en un muchacho muy guapo, entraba en la habitación, se sentaba junto a ella y pasaban la noche hablando hasta el amanecer; y al amanecer, él volvía a convertirse en pájaro y salía volando; pero al irse, siempre dejaba caer una bolsa con dinero. Esto sucedía noche tras noche, de manera que al poco tiempo las dos mujeres habían reunido ya mucho dinero y la tía compraba a la muchacha todas las cosas hermosas que ésta deseaba, con lo que pronto gastó fama de lujo en el lugar.

Naturalmente, poco tardó en llegar la fama a oídos de la madrastra que, envidiosa, se devanaba los sesos tratando de adivinar cómo era posible que dispusieran de tanto dinero para gastar.

Y le dijo a su hija mayor:

-Algo extraño debe de haber en casa de tu hermanastra, porque ella gasta mucho y su tía no tiene bienes para responder de tanto gasto; así que has de ir a visitarla y procura quedarte la noche en su casa para ver qué averiguas.

Así que la hija mayor hizo lo que le dijo su madre y se presentó en casa de su hermanastra; pero de día no vio nada y de noche se quedó dormida, con lo que tampoco se enteró de nada.

Entonces la madrastra mandó a la segunda de sus hijas con el mismo encargo y aquella misma tarde se fue a casa de su hermanastra y le dijo que, como la noche anterior se había quedado su hermana, pues esta noche venía ella a hacerle compañía porque, si no, no se veían nunca. Y la muchacha, que era de excelente carácter, acogió a su hermanastra como a la anterior y le dijo que se quedase con ella.

Conque estuvieron el día juntas y, cuando llegó la noche, se acostaron; esta vez la hija menor, prevenida por su madre, fingió dormirse pero tuvo buen cuidado de no hacerlo. Y la otra, creyéndola dormida, cuando dieron las doce sacó su planta de cantueso a la ventana y cantó:

-Hijo del rey, ven ya que la flor del cantueso florida está.

Dicho lo cual, llegó el pájaro y, convertido en hombre, se sentó a su lado y estuvieron hablando toda la noche; y al amanecer se fue, dejando la bolsa con el dinero. Todo esto lo vio la hija menor y a la mañana siguiente volvió a su casa y se lo contó a su madre.

-¡Ajá! -dijo la madre-. Ya decía yo que de alguna parte había de salir ese gasto, que no de su tía. Pero pierda cuidado que ya se le va a acabar eso.

Y le encargó a la hija que fuera a ver a su hermanastra a la noche siguiente. Y le entregó unas cuchillas para que las enterrara en la tierra de la maceta del cantueso con el filo hacia arriba; total, que la hija se fue a ver a su hermanastra y le dijo:

-Esta mañana he echado de menos un pendiente y vengo a ver si lo he perdido por aquí.

La hermanastra le dijo que ni ella ni su tía lo habían visto, pero que entrase en la casa y mirase por donde quisiera por si lo podía encontrar. Y ella, aprovechando un descuido, metió las cuchillas en la maceta y después, sacando el pendiente que traía guardado en su bolsillo, dijo:

-Aquí está, que ya lo encontré -y se marchó a su casa y le contó a su madre que todo lo había hecho tal y como ella le dijo que hiciera.

Llegó la noche y así que dieron las doce sacó la muchacha su maceta a la ventana y cantó:

-Hijo del rey, ven ya que la flor del cantueso florida está.

Apareció el pájaro y empezó a revolcarse como de costumbre en la tierra de la maceta; mas, apenas empezó a hacerlo, se llenó de heridas y ella oyó su voz que decía:

-¡Ay, infame, que me has herido! -y echó a volar.

La muchacha, aturdida, comenzó a llorar con tal desconsuelo que la planta se secó y perdió todas sus hojas y entonces vio las cuchillas que había puesto su hermanastra y, como estaban llenas de sangre, comprendió por qué el pájaro huyó diciendo aquello.

Al oír el llanto acudió su tía y, al saber por la muchacha lo que había sucedido, le dijo:

-No llores más. Vístete de médico, toma este frasco y ve a tal sitio, donde hay un palacio. Allí has de pedir que te dejen ver al príncipe, que está enfermo, y, apenas estés junto él, le untas las heridas con una pluma mojada en el bálsamo que llevas en el frasco. Y cuando haya sanado, te retiras sin descubrirte y sin aceptar ningún pago.

Así lo hizo la muchacha. Se vistió de médico con unas ropas que le dio su tía y echó camino adelante y hubo de caminar durante días hasta dar con el palacio y pidió ver al rey para decirle que, habiendo sabido que el príncipe estaba muy enfermo, quería ver si podía curarlo con un bálsamo que traía consigo.

Conque la llevaron a presencia del príncipe, al que reconoció en seguida, que tenía el cuerpo todo lleno de cortaduras; y le lavó las heridas y luego se las untó con una pluma mojada en el bálsamo. Así lo hizo el primer día y el segundo y al tercero el príncipe mejoró tanto que ya se puso en pie y dijo que se encontraba sano. Entonces el médico dijo que ya debía irse, puesto que el príncipe estaba curado, pero los reyes trataron de retenerlo y, al ver que no era posible, le ofrecieron muchos regalos, que también el médico rehusó. Y sólo le dijo al príncipe, antes de marcharse:

-¡Acuérdate de quién te curó!

Así que la muchacha se fue a su casa y se quitó las ropas de médico que le había dado su tía y cuando se fue a ver la maceta descubrió que el cantueso había vuelto a florecer y estaba muy hermoso. Y esa misma noche, al dar las doce, llevó la maceta a la ventana y cantó:

-Hijo del rey, ven ya que la flor del cantueso florida está.

Y apareció el príncipe con una espada en la mano. Entró en la habitación y le dijo a la muchacha:

-¡Infame! Prepárate a morir.

Entonces la, muchacha le dijo:

-¡Acuérdate de quién te curó!

Al oír esto, el príncipe reconoció quién era su médico, tiró la espada a un lado y abrazó a la muchacha.

Luego el príncipe quiso saber quién había puesto en la tierra las cuchillas que le habían herido y la muchacha le contó lo que había sucedido. Entonces el príncipe le dijo que, al curarle, le había librado del encantamiento que le convertía en pájaro y le propuso casarse con ella y se la llevó a su palacio, donde fueron felices. Y en cuanto a la madrastra y sus hijas, no sólo se morían de envidia sino que aún se odiaron más entre ellas, con lo que su casa acabó siendo un infierno.

LA GRAVE ENFERMEDAD

Anónimo suizo

Hubo una vez un chiquillo que no podía decir "por favor", ni tampoco "gracias". Estas dos palabritas tan corteses no querían sencillamente salirle de la boca. Sus padres se enfadaban mucho por ello, y el abuelo aún más. Pero la abuela contemplaba al muchachito, y sentía dolor.

-Está enfermo -dijo al fin-. ¡Llamen al médico!

Vino el doctor, y examinó con cuidado al chiquillo.

-No tiene absolutamente nada en el cuello ni en la lengua -dijo el sabio hombre, y se marchó de nuevo.

-Así, pues, tiene algo en el corazón -afirmó la abuela.

Nadie sabía qué hacer; nadie podía ayudar. Y, sin embargo, era una grave enfermedad y un verdadero dolor. Si venía alguna tía de visita y traía consigo buenas cosas, corría el muchacho a esconderse detrás de la casa. No quería recibir regalos, pues no podía decir "gracias", como manda la buena educación.

Una vez estaba toda la familia en el campo, en casa de unos primos y primas. En la fiesta sirvieron mosto dulce y pan moreno recién amasado y con ello también nueces tiernas. ¡Oh, qué bueno era aquello! Y todos se alegraron.

Pero al muchacho se le ocurrió que tendría que decir "por favor" y "gracias" y dejó todas aquellas apetitosas cosas y dijo que no le apetecían; prefería ir a ver los conejitos.

Pero, cuando estuvo con los conejitos, empezaron a correr libremente las lágrimas por sus mejillas. Sentía algo como un peso que le oprimía el corazón. ¡Ay¡ ¡Era tan triste no poder decir "por favor" y "gracias"! Y el mosto dulce era precisamente para él lo mejor del mundo.

Detrás de la casa de los campesinos se extendía un amplio bosque. Hacia allí corrió el muchacho para ocultar su dolor. Entonces vio junto al camino una gran mata de zarzas llena a más no poder de moras maduras.

-¡Oh, cuántas! -exclamó el muchacho-. ¡Voy a cogerlas!

Pero, al ir a hacerlo, ¿qué sucedió? La mata retiró sus ramas y un ratoncito dijo desde dentro:

-¡Di enseguida "por favor", y entonces podrás cogerlas todas!

El chiquillo puso hociquillos de disgusto; se volvió y siguió corriendo, pues "por favor" era justamente una de las palabras que no podía él decir.

A poco llegó junto a un avellano. Los frutos, de color pardo dorado, eran tentadores. ¡Oh, cómo recordaban la Navidad! El chiquillo corrió hacia allí. Pero, al acercarse, las ramas del avellano se irguieron con todos sus frutos hacia lo alto, y una ardilla gritó desde el árbol:

-Tú, como no puedes decir "gracias", tampoco debes coger avellanas.

Echó a correr de nuevo, disgustado, y de tanto correr sintió sed. Por eso se alegró cuando oyó entre la maleza un suave rumor, que procedía de un manantial. Pero apenas se hubo inclinado para coger agua con la mano, se retiró de pronto el manantial y desapareció en la roca.

Aterrado, levantó el chiquillo la mirada y vio junto a sí un cervatillo. El pobre animal llevaba la lengua fuera. Era evidente que venía atormentado por la sed. Pero el manantial había desaparecido y no parecía que quisiera volver a salir de nuevo. Algo se removió en el corazón del chiquillo. Acarició al animal y dijo:

-Yo tengo la culpa de que tú hayas de pasar sed. ¡Pobre cervatillo!

El muchacho sollozaba más y más, desconsoladamente. Entonces echó a hablar y dijo de manera inesperada:

-¡Por favor, querido manantial, regálanos de nuevo tu agua!

En la roca se oyó inmediatamente como un alegre cantar. A continuación brotó el agua, y, claro como la plata, fluyó de nuevo el manantial. El chiquillo y el cervatillo bebieron. Y cuando él tuvo bastante, dijo con voz fuerte y clara:

-¡Gracias!

Entonces se dio cuenta de que había caído algo al suelo, a su lado. Era una piedra, que le había caído al muchacho del corazón. El chiquillo se sentía muy ligero, libre del peso que antes lo oprimía. En lugar del cervatillo, empero, había ahora una hermosa hada a su lado. Ésta dijo:

-Ahora estás curado.

-¡Gracias! -repitió el chiquillo, y se quedó contemplándola lleno de una indecible felicidad.

Luego echó a correr, loco de alegría, y salió del bosque. De repente sintió deseos de ver a sus primos y a sus primas, y fue a buscarlos a la pradera donde estaban jugando. Cuando vieron de lejos al fugitivo, gritaron todos irónicamente:

-¿Quieres ahora mosto dulce y pan moreno y nueces?

-¡Sí, por favor! -dijo el chiquillo.

Entonces corrieron hacia la casa y le trajeron de todo. El chiquillo, cada vez más contento, decía:

-¡Gracias, muchas gracias!

Y reía sin cesar y sentía ligero su corazón. Naturalmente: había desaparecido la piedra que lo oprimía y no le dejaba decir ni "por favor" ni "gracias".

Pueden imaginarse cómo se alegraron los padres de que su hijito estuviera ahora curado de su grave enfermedad. Pero nadie estuvo más contento que el abuelo y la abuela, y el más contento de todos era el mismo chiquillo.

   

LA LOCA DE AURAY

Anónimo francés

Cuando una parte del Morbihan se sublevó durante los Cien Días, es sabido que cerca de Auray tuvo lugar un combate entre los insurrectos y los azules. No fue sino un ensayo de guerra civil, un facsímil de 1793; y, sin embargo, el asunto tuvo la suficiente gravedad como para dejar un número considerable de hombres verter su sangre en los fosos de los caminos hundidos. Fue allí donde se hallaron casi todos los cadáveres y, como señaló con bravía ingenuidad el alcalde encargado de despejar el campo de batalla, «aquello parecía la prolongación de una romería con hombres sencillos que se habían quedado dormidos por la borrachera». Desgraciadamente pocos de aquellos durmientes se despertaron.

Al día siguiente del combate, muy de mañana, una mujer se dirigía al campo con una hoz sobre el brazo. Mientras avanzaba a lo largo del camino, miraba curiosamente para todos los lados. A su alrededor, los árboles estaban agujereados por las balas, los arbustos destrozados y la tierra pisoteada. De tarde en tarde, se veía el camino sembrado de botones, de cabellos, de hebras de lana retorcida arrancadas a las charreteras, papel de cartuchos, jirones de sombreros bretones agujereados por las balas o la bayoneta y charcos de sangre a medio coagular. Todo indicaba que un encuentro intenso y reciente había ocurrido en aquel lugar. Por lo que respecta a los cadáveres, habían desaparecido. Los campesinos habían venido durante la noche a darles sepultura; y las mujeres habían recorrido el campo de batalla con la talega al hombro, despojando a los muertos enemigos y rezando por los suyos. Se hablaba incluso de ricos botines conseguidos así por algunas de ellas, y habríase podido creer que la joven pensaba en ello, dada su preocupación y la especie de atención con la que sus ojos escudriñaban los matorrales a ambos lados del camino.

Había llegado finalmente a un lugar más amplio ocupado casi por completo por un aguazal cerrado, y empezaba a apresurar el paso, como si hubiera renunciado a toda esperanza, cuando vio moverse las cañas del pantano; se escuchó un ruido metálico, y apareció la punta de una bayoneta, luego una figura ensangrentada se incorporó con esfuerzo. La bretona se detuvo. No lanzó ni el menor grito, pero agarró con más fuerza el mango de su hoz. Sin embargo, los gestos y algunas palabras pronunciadas en el bretón de la comarca la animaron a acercarse. Dio dos o tres pasos hacia los herbajes. El herido había logrado ponerse de rodillas, apoyándose en su fusil; y la campesina vio, por la chaqueta azul adornada con botones metálicos, que era un marinero. Se detuvo de nuevo, indecisa; pero él le gritó que se acercara asegurándole que no quería hacerle daño; que apenas podía moverse, pues tenía una pierna rota por una bala. La campesina, envalentonada, avanzó unos pasos.

-¿Qué quiere usted? -preguntó brevemente.

-¿Hay azules por aquí?

-Los azules se han marchado.

-¡Marchado! ¿desde cuándo?

-Desde ayer.

-¡Eso no es posible! -exclamó el marinero- ¿es que no fuimos los más fuertes?

La campesina no respondió. Permaneció derecha e impasible como si no hubiera oído. Pero había mentido, pues los azules estaba aún en Auray. El marinero reanudó sus preguntas: ella contestó de tal manera para persuadirlo de que lo habían abandonado y no tenía esperanza de ser socorrido. Herido la víspera cuando disparaba contra los chuanes, hacia el anochecer, el desgraciado había pasado la noche entre las cañas del pantano sin poder moverse y torturado por atroces sufrimientos. Había esperado que el día le permitiera dar a conocer a sus compañeros su situación; pero la noticia de su marcha lo sumió en la desesperación. Le faltaban las fuerzas para abandonar el lugar en el que se encontraba, y aunque las recuperara, temía ser asesinado por los chuanes si se dejaba ver. Le pareció, pues, que no tenía más esperanza que la joven campesina que acababa de encontrar. Él era de la comarca. Su padre y sus hermanos, pescadores de Locmariaquer, podían salvarlo si venían a buscarlo. Conjuró a la chica para que fuera a buscarlos; empleó las súplicas más apremiantes, las lágrimas, e incluso las amenazas; pero ella pareció insensible a todo. Sus miradas ardientes se dispersaban a su alrededor, y luego se detenían en el marinero que se encontraba a sus pies. Finalmente se acercó a él y con voz breve y atrevida le dijo:

-Si quieres que vaya a Locmariaquer, dame tu reloj.

Y mientras hablaba quiso agarrar el cordón que sujetaba el reloj; pero el herido se echó hacia atrás e hizo un esfuerzo para rechazarla.

 

-Después -dijo- cuando regreses. Te daré mi reloj y además dinero...

 

-¿Tienes dinero? -preguntó la campesina.

-Tengo.

-¿Dónde está?

-Ahí.

-Enséñamelo.

-¿Me prometes salvarme después?

-Enséñame el dinero.

-Vas a verlo.

El confiado marino se inclinó hacia su macuto que había soltado y que estaba junto a él; sus dos manos empezaron a desabrochar con esfuerzo las correas. En ese mismo instante, la bretona dio un paso hacia atrás para tomar espacio y le descargó sobre la cabeza un golpe de hoz que le abrió el cráneo. Sólo lanzó un suspiro; sus brazos se estiraron y cayó de bruces sobre el macuto. Entonces la chica le quitó el reloj, el dinero y la ropa; se lavó tranquilamente en la charca los pies que tenía manchados de sangre, luego se fue al campo a cortar su carga de hierba, y más tarde regresó a su casa. Al llegar arrojó sobre el baúl todo lo que le había quitado al marinero, diciendo: «He encontrado el cuerpo de un azul; esto es lo que llevaba encima». Todos se alegraron mucho por su suerte y las cosas quedaron ahí.

Pero aquella misma noche, el cadáver fue reconocido por su familia. Pronto, numerosas circunstancias delataron a la chica, y todo fue descubierto. El marinero asesinado era uno de esos chicos a los que el reclutamiento reviste de una opinión, al mismo tiempo que de un uniforme, y a los que se les cose reglamentariamente la escarapela del partido que gobierna. Enrolado forzosamente en el puerto de Brest, había salido de él con sus compañeros y había ido a combatir a Auray, sin que le hubiera sido posible hacer algo distinto. Esta posición, comprendida por los campesinos porque era la de muchos de sus hijos, hizo lamentar la muerte del marinero e hizo odiosa a la que lo había asesinado. Había además en las circunstancias del asesinato una baja perfidia que repugnaba a todos. No habían matado a aquel hombre para matarlo, sino para robarle, y era eso lo que le producía horror a la gente pues, en semejantes casos, el dinero mancha más que la sangre.

Por consiguiente, hubo un grito generalizado de cólera contra la campesina; y, como ocurre con las reacciones generosas en las que el espíritu de partido cede un instante a la voz de la equidad, la indignación fue excesiva y sin freno. A falta de la justicia de los tribunales, la justicia popular se encargó de castigar el crimen. La joven fue expulsada de la relación con los demás, y se separaron de ella como si hubiera contraído lepra. Ningún campesino quiso alquilarle una cabaña, y pronto no tuvo más cobijo que el porche de la iglesia. Por todas partes por donde pasaba, los demás se echaban a un lado. En la fuente, cuando ella llegaba, las mujeres retiraban sus cántaros diciendo: «Dejen sitio a la asesina». Era el nombre que le habían dado. Para ponerle el sello a la reprobación pública, hicieron una canción en la que la muerte del joven marinero era narrada con todos sus horribles detalles.

Entonces, por todas partes por donde la chica aparecía, oía repetir la canción vengadora. El suyo no fue un suplicio ordinario, con término y espacio; pasó al dominio público, entró en la tradición. Caminó, como Caín, con la marca fatal en la frente, entre los hombres que, como picotas vivientes, le recordaban su crimen y la maldecían. En vano quiso huir de su pueblo; por todas partes adonde podía llegar la voz del pastor, se escuchaba el terrible estribillo. Un día, -ella misma lo contó- encontró en el campo, lejos de Auray, a un niño de cinco o seis años que jugaba con las margaritas. Ella se acercó y se sentó a su lado. Para ella, desgraciada, abandonada, que desde hacía un año no había rozado la mano de nadie, acariciar al niño era una gran alegría. Lo colocó sobre sus rodillas y se puso a acariciarlo, como las madres, cantándole romances. Cuando hubo terminado, el niño dijo: «Yo sé una canción más bonita que la tuya, me la ha enseñado mi padre». Y se puso a cantar: «Prestad atención, cristianos, este es el relato de un crimen: Marie Marker mató a un azul con su hoz, un azul que le pedía misericordia en la lengua de su parroquia y que era un pobre recluta de la comarca». La desgraciada dejó caer al niño al suelo lanzando un grito y huyó a todo correr. Era demasiada vergüenza y dolor; la «asesina» sucumbió y perdió la razón.

Cuando yo la conocí, hacía ya unos años que estaba loca; su aspecto me impresionó. Era una robusta y fuerte chica de unos veinticuatro años, resueltamente tallada con el desbastador. Su cuerpo, en el que los músculos y las venas desaparecían escondidos en sus carnes curtidas, parecía formado por dos piezas pesadamente articuladas. En conjunto, recordaba a esas vírgenes de piedra que se ven de pie en los nichos de nuestras fuentes, obras rústicas en las que el arte sólo hace caer la mitad del velo de granito que ocultaba la estatua y que hace dudar si debajo hay alguien o si sólo es una piedra. Sin embargo, visto de cerca, el rostro de la asesina tenía una expresión singularmente huraña. Era una cara angulosa, llena de líneas que sorprendían y hacían daño; mientras que en el fondo de su mirada inmóvil flotaba no se sabe qué ferocidad ladina. Todo en ella llevaba el sello de una raza céltica bastarda, en la que las cualidades primitivas han degenerado en los vicios correspondientes, y que tienen parte de cafre y de siux. Raramente contestaba a las preguntas que se le hacían; pero tan pronto como una sola palabra de la canción terrible llegaba a sus oídos, como impactado por una conmoción galvánica, aquel cuerpo de piedra se levantaba y aquella burda estatua se convertía en carne y sufrimiento. Gritaba, se retorcía los brazos, giraba sobre sí misma, y luego, de repente, como presa de vértigo, huía repitiendo las estrofas acusadoras; y a medida que su voz se elevaba, la canción parecía adueñarse más fuertemente de ella: habríase dicho que el remordimiento se encarnaba en ella, que en su persona se formaban dos seres siendo la misión de uno torturar al otro y que su conciencia furiosa daba caza a su alma. Todas sus facciones, todos sus gestos expresaban ese doble papel de vengadora y de víctima. Lloraba, enrojecía, pedía piedad, pero lanzaba maldiciones. Era un espectáculo tal que no podía verse sin cerrar los ojos: era la lucha del verdugo y el condenado al pie del patíbulo.

LA MATA DE ALBAHACA

Anónimo español

Era una mujer que tenía tres hijas. Y tenían en el jardín una mata de albahaca y cada día salía una de las hermanas a regarla.

Un día salió a regar la mata de albahaca la hija mayor. Y cuando estaba regándola, pasó por allí el hijo del rey y le dijo:

-Señorita que riega la albahaca, ¿cuántas hojas tiene la mata?

Y como no supo responder se fue el hijo del rey para su palacio.

Y al día siguiente pasó otra vez el hijo del rey por la casa y salió la hermana segunda a regar la albahaca, y él le hizo la misma pregunta:

-Señorita que riega la albahaca, ¿cuántas hojas tiene la mata?

Tampoco supo responder y el hijo del rey se fue para su palacio.

El tercer día, cuando volvió el hijo del rey a pasar por la casa, la hermana menor pasó a regar la albahaca, y él le hizo la misma pregunta que a las otras:

-Señorita que riega la albahaca, ¿cuántas hojas tiene la mata?

Y ella le respondió:

-Señorito aventurero, ¿cuántas estrellas tiene el cielo?

Y como el hijo del rey no supo responder a esta pregunta, se fue a su palacio muy avergonzado.

Y entonces el hijo del rey, como estaba muy avergonzado de ver que no había podido responder a la pregunta de la hermana menor, se metió a encajero y salió a vender encajes a todas partes. Y llegó a la casa en donde vivían las tres hermanas y salieron a ver qué vendía. Y la hermana menor escogió por fin una puntilla y le dijo al encajero:

-¿Cuánto quiere usted por esta puntilla?

Y él le dijo:

-Por esta puntilla un beso.

Y ella le dio el beso y se quedó con la puntilla.

Y otro día volvió el hijo del rey como antes a la casa de las tres hermanas. Y salió la hermana mayor a regar la albahaca y él le preguntó otra vez:

-Señorita que riega la albahaca, ¿cuántas hojas tiene la mata?

Y ella no supo qué responder y él se fue para su palacio. Y al día siguiente volvió y salió la hermana segunda a regar la albahaca, y el hijo del rey le preguntó como antes:

-Señorita que riega la albahaca, ¿cuántas hojas tiene la mata?

Y ella no supo qué responder como la primera vez. Y vino otro día el hijo del rey y salió la hermana menor a regar la albahaca, y le preguntó como antes:

-Señorita que riega la albahaca, ¿cuántas hojas tiene la mata?

Y ella le respondió como la primera vez:

-Señorito aventurero, ¿cuántas estrellas tiene el cielo?

Y a eso preguntó él:

-Y el beso del encajero, ¿estuvo malo o estuvo bueno?

Y como ella no supo responder se metió en la cama avergonzada.

Pero pocos días después se puso malo el hijo del rey y no había médico que lo pudiera curar. Y fue la hermana menor y se vistió de médico. Fue al palacio del rey de médico superior, mucho superior, y le dijo al rey:

-Yo vengo, señor rey, a curar a su hijo.

Y la dejaron entrar y consultó con los otros médicos y dijo:

-Para que sane el príncipe hay que meterle un nabo* en el culo.

Conque bueno, que le metieron el nabo en el culo y el hijo se puso bueno.

 

Y cuando ya estaba bueno, salió el hijo del rey otra vez a paseo y pasó por la casa de las tres hermanas otra vez. Y salió como de costumbre la hermana mayor a regar la albahaca, y él le preguntó de nuevo:

-Señorita que riega la albahaca, ¿cuántas hojas tiene la mata?

Y ella, como antes, no supo responder.

Y otro día salió la hermana segunda a regar la albahaca, y le hizo el hijo del rey la misma pregunta de siempre:

-Señorita que riega la albahaca, ¿cuántas hojas tiene la mata?

Y tampoco supo responder.

Y al tercer día, cuando pasó el hijo del rey por la casa, salió la hermana menor a regar la albahaca y él le preguntó como lo había hecho antes:

-Señorita que riega la albahaca, ¿cuántas hojas tiene la mata?

Y ella le respondió como antes:

-Señorito aventurero, ¿cuántas estrellas tiene el cielo?

Y entonces el hijo del rey creyó que iba a salirse con la suya como antes y le preguntó:

-Y el beso del encajero, ¿estuvo malo o estuvo bueno?

Pero se engañó el hijo del rey, porque apenas había preguntado eso de antes, cuando ella le preguntó:

-Y el nabo por el culo, ¿estaba blando o estaba duro?

Y entonces el hijo del rey comprendió que ella había sido la que le había metido el nabo por el culo. Y como estaba muy enamorado de ella y ella también estaba enamorada de él, enseguida se casaron.

LA MIRILLA

Anónimo suizo

No hay en el mundo nada tan hermoso como una mirilla. Pero tiene que ser una verdadera mirilla, una mirilla auténtica, tal como la que tenía Juanito en el monte.

Era éste un pobre chiquillo que hacía ya de pastor. Caminaba descalzo y con los pantalones desgarrados. Tosía con frecuencia, y su rostro era pálido y delgado. En invierno sufría hambre con su madre en el albergue de los pobres. El verano lo pasaba en el monte.

Las gentes de la aldea lo miraban compasivas, y algunas decían que no estaba del todo bien de la cabeza. Pero esto no era más que la opinión de algunos. Si las vacas hubieran podido hablar, ellas habrían dicho algo bien distinto. Juanito veía y oía incluso más que la demás gente. Pero de ello no hablaba con las personas inteligentes, sino tan solo alguna vez con su madre enferma. A las vacas les hablaba también muchas veces en el monte. Cuando las vacas pacían tranquilas y calladas, masticando las hierbas del monte entre la recia dentadura, lo escuchaban a él apaciblemente. Muchos maestros sentirían una gran alegría de poder tener alumnos que estuvieran tan atentos como ellas.

Juanito dormía por las noches en una cabaña del monte. Bajo el tejado, muy cerca de la pared de tablas, tenía él su montón de heno. Esta cama no la hubiera cambiado él por ningún lecho con dosel de un rey.

Algunas veces, sin embargo, hacía mucho frío allá arriba, y entonces se pasaba Juanito tosiendo todo el día siguiente.

-¡Baja con nosotros! Nuestro albergue es más cálido -le decía entonces el buen vaquero.

Pero esto no podía hacerlo Juanito, pues en la pared de tablas había una pequeña mirilla redonda. Y no quería abandonarla.

Por la mañana, en cuanto abría los ojos, estaba ya ante él la escala celestial. Ésta conducía desde su lecho, oblicuamente, hacia las alturas. Por allí subían y bajaban las pequeñas criaturas del Sol. Llevaban brillantes coronas sobre sus cabecitas y lo saludaban dándole los buenos días. Él era el rey del Sol y saludaba a todos bondadoso. Luego se levantaba y salía fuera de la cabaña para saludar a su reina. Ésta esperaba ya sobre el monte, revestida, por amor a él, del valioso manto de púrpura. Sus servidores habían esparcido diamantes sobre la alfombra de flores a sus pies.

Ahora podía caminar Juanito por ella, lenta y dignamente, tal como corresponde a un rey.

También por la noche era muy hermosa su mirilla. Entonces miraban por ella las estrellas, y preguntaban suavemente si podían venir a visitarlo. Pero casi siempre estaba Juanito demasiado cansado y prefería dormir.

Pero un día no pudo seguir durmiendo el muchacho. La molesta tos lo afligía más que de ordinario, y la cabeza le dolía y ardía como si la tuviese metida en un horno; además, sobre el pecho parecía tener algo oscuro que lo pinchaba y oprimía.

-¡Socorro! -jadeó el pobre muchacho.

Entonces apareció una estrella por la mirilla.

-¿He de venir? -preguntó.

Juanito asintió y al punto se dejó caer la estrella desde la altura del cielo. Juanito lo vio con sus propios ojos. Entonces tuvo que levantarse y salir a recibir delante de la puerta al celestial huésped.

Descendió la escalera tanteando en las tinieblas, hasta que se encontró fuera. Delante de la cabaña, en pleno monte, aguardaba un jovencito de plateadas vestiduras.

-¡Ven! -dijo el mensajero, y lo cogió de la mano.

Juntos oscilaron por los espacios sobre la celestial vía láctea, hacia el gran jardín de las estrellas que se halla en lo alto.

Juanito echó una rápida mirada sobre sí mismo. Sí, sí, llevaba puesta su túnica real de rey del Sol. Podía presentarse, pues, ante cualquiera. Todas las estrellas se inclinaban, cuando pasaba delante de ellas. Eran muchos miles, y todas a cuál más hermosa. Finalmente llegaron al dorado portal del cielo.

-¡Pedro, abre! ¡Viene a visitarnos el rey del Sol, Juanito!

Entonces se abrieron ampliamente los portales, y salió a recibirles el rey de los Cielos en persona.

-¿Por qué me conceden este gran honor? -preguntó Juanito humildemente.

-Porque has tejido tu gris vestido terrenal con el oro del Sol. Tú estabas ya allá abajo como en el cielo. Por ello estás aquí como en tu casa. Si te agrada, puedes quedarte para siempre entre nosotros.

-Gracias -dijo Juanito-. Pero antes tengo que despedirme de mi madre.

-¿Por qué quieres despedirte de ella? -le preguntó dulcemente el rey de los Cielos-. ¡Tráela contigo aquí arriba! La madre del rey del Sol debe estar también entre los invitados.

Entonces se alegró enormemente Juanito, porque iba a dar una alegría a su madre. Presuroso, hizo seña a su acompañante, y juntos se deslizaron de nuevo hacia la Tierra.

Allí abajo reinaba gran excitación. El vaquero de los Alpes corría desde el monte hasta el hogar de los pobres, en la aldea. Iba a decir a la madre de Juanito que tenía que subir al momento. Su hijito se había tendido por la mañana con alta fiebre delante de la cabaña y estaba en trance de muerte. Pero la madre de Juanito tosía también muy fuerte y no podía levantarse del lecho.

Juanito lo sabía. Se deslizó con su acompañante a través de la ventana abierta y llegó hasta el lecho de su madre, en la casa de los pobres.

-Reina madre -dijo-. ¡Levántate y ponte tu más bello vestido! ¡Ponte también la corona! Estás invitada allí arriba como huésped.

Entonces resplandecieron los ojos de la madre como el Sol, y siguió a su hijo, y fue recibida allí arriba, como él, con brillantes honores.

De la casa, empero, de los pobres, sacaron a la mañana siguiente dos ataúdes negros, y las gentes de la aldea colocaron flores sobre ellos, piadosamente.

LA MISA DE LAS ÁNIMAS

Anónimo español

Pues eran un padre y una madre y ambos eran muy pobres y tenían tres hijos pequeños. Pero es que, además de ser tan pobres, el padre tuvo un día que dejar de trabajar porque se puso enfermo y sólo quedaba la madre para buscar el sustento de todos y entonces la madre, no sabiendo qué hacer, tuvo que salir a pedir limosna. Así que salió y anduvo todo un día de acá para allá pidiendo limosna y cuando ya caía la tarde había conseguido recoger una peseta. Entonces fue a comprar comida, porque quería preparar un cocido para que comieran los niños y ella y su marido, pero resultó que aún le faltaban veinte céntimos, y como no podía conseguir lo que faltaba, pensó:

-¿Para qué quiero esta peseta si no puedo llevar comida para todos? Pues lo que voy a hacer es pagar una misa con esta peseta que he sacado.

Y una vez que lo pensó se dijo:

-¿Y para quién diré la misa?

Así que le estuvo dando vueltas al asunto y al cabo del rato dijo:

-Le voy a encargar al cura que diga una misa por el alma más necesitada.

Conque se fue a ver al cura, le entregó la peseta y le dijo:

-Padre, hágame usted el favor de decirme una misa por el alma más necesitada.

Se fue entonces para su casa y no dejaba de pensar en su marido y en sus hijos que la esperaban; y en el camino se cruzó con un señor muy puesto que le preguntó:

-¿Dónde va usted, señora?

Y ella le contestó:

-Voy para mi casa. Mi marido está muy enfermo y somos muy pobres y tenemos tres hijos. Llevo todo el día pidiendo, pero no me dieron lo bastante para comer todos y como no me llegaba me fui a ver al señor cura para encargarle una misa por el alma más necesitada.

Entonces aquel señor sacó un papel y escribió en él un nombre y le dijo a la mujer:

-Vaya usted a donde dicen estas señas y dígale a la señora que le dé a usted colocación en la casa.

La mujer no se lo pensó dos veces y se encaminó a donde le había dicho aquel señor a solicitar la colocación.

Llegó a la casa que le habían dicho y llamó a la puerta hasta que salió una criada que le preguntó:

-¿Qué quiere usted?

Y ella contestó:

-Pues que quiero hablar con la señora.

Conque la criada se fue adentro a buscar a la señora y le contó que en la puerta había una pobre que pedía hablar con ella. Y la señora bajó a la puerta y le dijo la mujer:

-He visto en la calle a un señor que me habló y me dijo que usted me daría una colocación en la casa.

Y le dijo la señora:

-¿Y quién era ese señor?

Entonces la pobre, que estaba en la puerta, miró dentro de la casa y vio que en la sala había un retrato del que la había enviado allí y dijo:

-Ese señor que está en el retrato es el que me ha enviado aquí.

Y la señora dijo:

-Ése es el retrato de mi hijo, que murió hace ya cuatro años.

-Pues ése es el que me ha enviado aquí -contestó la mujer sin dudarlo.

Entonces la señora le preguntó:

-¿Y cómo es que se lo encontró usted?

Y ya le dijo la mujer pobre:

-Pues mire usted, que mi marido y yo somos muy pobres y tenemos tres hijos que mantener. Y como ahora mi marido está muy enfermo y no tenemos qué comer, yo salí esta mañana a pedir limosna y sólo junté una peseta y con eso no tenía bastante para comprar un cocido para todos y se la di al cura para que dijera una misa por el alma más necesitada. Luego volvía de la iglesia y me encontré a su hijo. A él le conté lo mismo que le he contado a usted y me escribió este papel y me dijo que viniera aquí.

Entonces la señora le dijo a la mujer que entrara y le dio colocación. Además le dio pan para que se lo llevara a sus hijos y le encargó que volviera al día siguiente y los demás días para servir en la casa. Y a los cinco días la señora tuvo una revelación y se le apareció su hijo y le dijo:

-Madre, no me llores más y no vuelvas a rezar por mí, que ya estoy glorioso y en presencia de Dios.

Y era que con aquella misa había acabado de pagar sus culpas en el Purgatorio y había subido al Cielo.

LA MITAD DE UNA MANTA

Anónimo irlandés

En una humilde casa vivía un hombre, su mujer, su padre y su hijo, que todavía era un bebé. El viejo padre no servía para nada. Estaba demasiado débil para trabajar. Comía y fumaba sentado de la puerta. Entonces el hombre decidió sacarlo de la casa, dejarlo tirado a su suerte en las calles, como a veces se hacía, en las época más duras, con las bocas inútiles.

La esposa intentó interceder en favor del anciano, pero fue en vano.

-Como mínimo dale una manta -dijo ella.

-No. Le daré la mitad de una manta. Eso es suficiente.

La esposa le suplicó. Finalmente consiguió convencerlo para que le diese la manta entera. De repente, en el momento en que el viejo estaba a punto de salir llorando de la casa, se oyó la voz del bebé en la cuna. Y el bebé le decía a su padre:

-¡No! ¡No le des la manta entera! Dale sólo la mitad.

-¿Por qué? -preguntó el padre anonadado, acercándose a la cuna.

-Porque -contestó el bebé- yo necesitaré la otra mitad para dártela el día que te eche de aquí.

LA NIÑA DE LA CAJA DE CRISTAL

Anónimo suizo

En nuestro pueblo vivía una maravillosa y pequeña muchacha. Era tan delicada que su preocupada madre la encerró en una caja de cristal. Esta caja debía proteger a la niña del viento y de la lluvia, de la enfermedad y de todo peligro. Ni el menor polvillo podía tocar su blanco vestido, ninguna palabrota ofender su oído. La buena madre quería proteger a su hijita de toda la maldad del mundo.

La caja de cristal estaba montada sobre cuatro ruedas, y de esta manera se podía sacar también al jardín. En éste la niña podía contemplar, a través de los cristales de su casita, las flores; alegrarse cuando los pájaros cantaban y los niños brincaban alegremente. Ella, en cambio, estaba sentada inmóvil en su sillita; estaba delicada, y de día en día se volvía más pálida.

La madre no perdía de vista ni por un momento la caja de cristal. Pero un día tuvo que alejarse de la casa por un par de horas. Entonces penetró por los cristales un pequeño duende y le dijo solamente:

-¡Jujui!

Como un latigazo sobre un caballo, este grito hizo estremecerse a la niña encerrada en la caja de cristal. Sus ojos se movieron a derecha e izquierda, hacia arriba y hacia abajo, y lo que vieron a su alrededor era alegría y vida.

Afuera reinaba el otoño, y el viento celebraba una fiesta. El viento invitó a ésta a cien mil huéspedes: a todas las hojas pardas, rojas y amarillas de los árboles.

-¡Vengan! -les gritó-. ¡Vamos a bailar!

Las hojas saltaron de las ramas y danzaron. Danzaban solas y en parejas, y danzaban también en grandes corros. Vinieron los niños de la calle y danzaron también alegres con ellas.

Entonces la pequeña niña olvidó que estaba tan delicada que ningún viento ni lluvia ni polvo podían tocarla, ni podía oír ninguna palabrota. Sin poder contenerse, gritó:

-¡Espérenme, voy también con ustedes!

Pero las puertas de la casita de cristal estaban cerradas. Fue inútil que las sacudiera y tirara de ellas.

-¡Ábranme! -rogó la niña.

Al oír sus gritos, todos los niños cesaron de danzar y rodearon la pequeña casita de cristal; pero nadie la supo abrir pese a sus esfuerzos.

Entonces vino el viento. Éste no trató de levantar el pestillo. Sacudió e hizo estremecer toda la casita de vidrio. Y, finalmente, hizo sencillamente: ¡Plaf!, golpeando con sus fuertes puños contra los cristales. ¡Oh, cuán alegre sonó! La casita de cristal quedó rota, y la pequeña prisionera salió de un brinco de su interior.

¡Qué maravilloso era el aire allí afuera! ¡Y cuán grande y amplio era el mundo! Allí se podía danzar. Las hojas danzaban, los niños danzaban. Los delantales y las faldas y las cabelleras danzaban, y, más alegre que ninguno, danzaba también el corazón de la niña. El viento silbaba una cancioncilla, y los niños gritaban jubilosos de alegría.

De repente apareció la madre. Al ver a la niña fuera de la casita, juntando las manos derramó grandes lágrimas. Temía que ahora se enfermara la delicada niña... y moriría.

Pero la niña no se puso enferma ni tuvo tampoco que morir. Sus mejillas se colorearon, brillaron más claros sus ojos, y toda ella floreció y se hizo cada día más bella.

-¡Jujui! -rió el diablillo, mientras la madre recogía los pedacitos de cristal.

Luego saltó a horcajadas sobre el viento, y éste se lo llevó consigo. ¿Adónde? Esto no lo he sabido yo nunca, pues en su gran prisa se olvidó de contármelo.

   

LA NIÑA DE LOS TRES MARIDOS

Anónimo español

Un padre tenía una hija muy hermosa, pero terca y decidida. Esto a él no le parecía mal, mas un día se presentaron tres jóvenes, a cual más apuesto, y los tres le pidieron la mano de su hija; el padre, después de que hubo hablado con ellos, dijo que los tres tenían su beneplácito y que, en consecuencia, fuera su hija la que decidiese con cuál de ellos se quería casar.

Conque le preguntó a la niña y ella le contestó que con los tres.

-Hija mía -dijo el buen hombre-, comprende que eso es imposible. Ninguna mujer puede tener tres maridos.

-Pues yo elijo a los tres -contestó la niña tan tranquila.

El padre volvió a insistir:

-Hija mía, ponte en razón y no me des más quebraderos de cabeza. ¿A cuál de ellos quieres que le conceda tu mano?

-Ya te he dicho que a los tres -contestó la niña.

Y no hubo manera de sacarla de ahí.

El padre se quedó dando vueltas en la cabeza al problema, que era un verdadero problema y, a fuerza de pensar, no halló mejor solución que encargar a los tres jóvenes que se fueran por el mundo a buscar una cosa que fuera única en su especie; y aquel que trajese la mejor y la más rara, se casaría con su hija.

Los tres jóvenes se echaron al mundo a buscar y decidieron reunirse un año después a ver qué había encontrado cada uno. Pero por más vueltas que dieron, ninguno acabó de encontrar algo que satisficiera la exigencia del padre, de modo que al cumplirse el año se pusieron en camino hacia el lugar en el que se habían dado cita con las manos vacías.

El primero que llegó se sentó a esperar a los otros dos; y mientras esperaba, se le acercó un viejecillo que le dijo que si quería comprar un espejito.

Era un espejo vulgar y corriente y el joven le contestó que no, que para qué quería él aquel espejo.

Entonces el viejecillo le dijo que el espejo era pequeño y modesto, sí, pero que tenía una virtud, y era que en él se veía a la persona que su dueño deseara ver. El joven hizo una prueba y, al ver que era cierto lo que el viejecillo decía, se lo compró sin rechistar por la cantidad que éste le pidió.

El que llegaba en segundo lugar venía acercándose al lugar de la cita cuando le salió al paso el mismo viejecillo y le preguntó si no querría comprarle una botellita de bálsamo.

-¿Para qué quiero yo un bálsamo -dijo el joven- si en todo el mundo no he encontrado lo que estaba buscando?

Y le dijo el viejecillo:

-Ah, pero es que este bálsamo tiene una virtud, que es la de resucitar a los muertos.

En aquel momento pasaba por allí un entierro y el joven, sin pensárselo dos veces, se fue a la caja que llevaban, echó una gota del bálsamo en la boca del difunto y éste, apenas la tuvo en sus labios, se levantó tan campante, se echó al hombro el ataúd y convidó a todos los que seguían el duelo a una merienda en su casa. Visto lo cual, el joven le compró al viejecillo el bálsamo por la cantidad que éste le pidió.

El tercer pretendiente, entretanto, paseaba meditabundo a la orilla del mar, convencido de que los otros habrían encontrado algo donde él no encontrara nada. Y en esto vio llegar sobre las olas una barca que se llegó hasta la orilla y de la que descendieron numerosas personas. Y la última de esas personas era un viejecillo que se acercó a él y le dijo que si quería comprar aquella barca.

-¿Y para qué quiero yo esa barca -dijo el joven- si está tan vieja que ya sólo ha de valer para hacer leña?

-Pues te equivocas -dijo el viejecillo-, porque esta barca posee una rara virtud y es la de llevar en muy poco tiempo a su dueño y a quienes le acompañen a cualquier lugar del mundo al que deseen ir. Y si no, pregunte a estos pasajeros que han venido conmigo, que hace tan sólo media hora estaban en Roma.

El joven habló con los pasajeros y descubrió que esto era cierto, así que le compró la barca al viejecillo por la cantidad que éste le pidió.

Conque al fin se reunieron los tres en el lugar de la cita, muy satisfechos, y el primero contó que traía un espejo en el que su dueño podía ver a la persona que desease ver; y para probarlo pidió ver a la muchacha de la cual estaban los tres enamorados, pero cuál no sería su sorpresa cuando vieron a la niña muerta y metida en un ataúd.

Entonces dijo el segundo:

-Yo traigo aquí un bálsamo que es capaz de resucitar a los muertos, pero de aquí a que lleguemos ya estará, además de muerta, comida por los gusanos.

Y dijo el tercero:

-Pues yo traigo una barca que en un santiamén nos pondrá en la casa de nuestra amada.

Corrieron los tres a embarcarse y, efectivamente, al poco tiempo echaron pie a tierra muy cerca del pueblo de la niña y fueron en su busca.

Allí estaba ya todo dispuesto para el entierro y el padre, desconsolado, aún no se decidía a cerrar el ataúd y dar la orden de enterrarla.

Entonces llegaron los tres jóvenes y fueron a donde yacía la niña; y se acercó el que tenía el bálsamo y vertió unas gotas en su boca. Y apenas las tuvo sobre sus labios, la niña se levantó feliz y radiante.

Todo el mundo celebró con alborozo la acción del pretendiente y en seguida decidió el padre que éste era el que debería casarse con su hija, pero entonces los otros dos protestaron, y dijo el primero:

-Si no hubiese sido por mi espejo, no hubiéramos sabido del suceso y la niña estaría muerta y enterrada.

Y dijo el de la barca:

-Si no llega a ser por mi barca, ni el espejo ni el bálsamo la hubieran vuelto a la vida.

Conque el padre, con gran disgusto, se quedó de nuevo meditando cuál habría de ser la solución. Y la niña, dirigiéndose a él, le dijo entonces:

-¿Lo ve usted, padre, como me hacían falta los tres?

Y colorín, colorete, con este cuento y el siguiente ya irán siete.

LA PALOMITA DE LA PATITA DE CERA

Cuento popular de Nicaragua

A una palomita se le quebró y cayó la patita y un ángel del cielo le puso otra de cera, pero, cuando se apoyó sobre una piedra recalentada por el sol, a la palomita se le derritió la patita.

-Piedra, ¿tan valiente eres que derrites mi patita?

Y la piedra respondió:

-Más valiente es el sol que me calienta a mí.

Entonces la palomita se fue donde el sol para preguntarle:

-Sol, ¿tan valiente eres que calientas la piedra, la piedra que derritió mi patita?

Y el sol respondió:

-Más valiente es la nube que me tapa a mí.

Voló la palomita a preguntarle a la nube:

-Nube, ¿tan valiente eres que tapas el sol, el sol que calienta la piedra, la piedra que derritió mi patita?

Y la nube dijo:

-Más valiente es el viento que me aventa a mí.

Por lo que se fue la palomita a preguntarle al viento:

-Viento, ¿tan valiente eres que aventáis la nube, la nube que tapa el sol, el sol que calienta la piedra, la piedra que derritió mi patita?

Y el viento respondió:

-Más valiente es la pared que se resiste a mí.

A la pared la palomita le preguntó:

-Pared, ¿tan valiente eres que resistes al viento, al viento que aventa la nube, la nube que tapa el sol, el sol que calienta la piedra, la piedra que derritió mi patita?

Y la pared respondió:

-Más valiente es el ratón que me hace hoyos a mí.

Y la palomita buscó al ratón para hacerle la correspondiente pregunta; el ratón respondió que era más valiente el gato que se lo comía a él; el gato, que era más valiente el perro que lo hacía huir; el perro, que era más valiente el hombre que lo sometía a su dominio; y el hombre dijo que el más valiente era Dios que dominaba todas las criaturas del universo.

Y cuando esto oyó la palomita, se fue a buscar a Dios para alabarlo y bendecirlo; y Dios, que ama a todas sus criaturas, hasta a la más chiquita, acarició a la palomita, y con sólo quererlo le puso una patita nueva con huesecito, pellejito, uñitas y todo. Y se acabó, pon, pon.

LA PRINCESA DE LAS AGUAS Y EL LABRADOR

Cuento popular vietnamita

 

       Esta leyenda vietnamita explica la historia de un pobre labrador que se encuentra un bonito pez y decide llevarlo a su casa. Gracias a este pez conocerá la bella princesa de las aguas y llegará a ser rey. ¿Quieres saber como lo hizo?

Había una vez un campesino que tenía un tesoro muy especial. Era un parasol mágico que le había dado el Rey de las Aguas como premio a su bondad. Con este parasol podía hacer llover cada vez que lo abría. De esta manera, sus campos nunca sufrían sequías y sus cosechas eran siempre abundantes.

Un día que hizo llover así, sus campos quedaron llenos de charcos. En uno de estos charcos encontró un bonito pez. Sus escamas eran brillantes y no paraban de cambiar de colores. Además, se movía con gracilidad dentro del agua. Al labrador le gustó mucho el pez y, pensando que cuando el charco se secara el pez tendría problemas, se lo llevó a su casa. Lo metió en un gran jarrón de agua clara y lo cuidaba cada día. Además, cada vez que tenía un poco de tiempo libre se sentaba a su lado para admirarlo y hacerle compañía.

Pero desde que llevó el pez a su casa empezaron a ocurrir cosas extrañas. A pesar de que cuando se iba por la mañana a trabajar al campo su casa estaba desordenada y sucia, cuando volvía todo estaba reluciente y en su sitio. Además, encima de la mesa siempre había deliciosos manjares recién hechos, listos para comer.

Una mañana, para intentar descubrir qué pasaba, decidió volver a su casa antes y esconderse tras unos juncos para mirar desde una ventana. Lo que vio le dejó maravillado. Del jarrón salió una bonita muchacha que empezó a limpiar la casa.

Decidió entrar en la casa para hablar con ella. La chica se sorprendió y el campesino intentó tranquilizarla:

-No te asustes-, le dijo el labrador -. ¿Pero me podrías decir quién eres?

- Soy la hija del Rey de las Aguas. La verdad es que te vi hablar con mi padre y me enamoré de ti. Quería venir a verte y mi padre me permitió hacerlo. Pero como temía no gustarte, me disfracé de pez.

El labrador se enamoró de ella al instante y al cabo de poco tiempo se casaron. Así vivieron varios años de felicidad absoluta.

Pero un día, unos soldados del rey pasaron por la zona y vieron a la chica. Asombrados por su belleza decidieron llevársela al palacio. El rey, cuando la vio, se encaprichó y decidió hacerla su prometida. Pero lejos de su verdadero esposo, la mujer perdió las ganas de sonreír y siempre estaba apagada y triste.

 

Mientras, su esposo, que no sabía lo que había pasado, decidió emprender la marcha para buscarla. Recorrió caminos y pueblos, pasando por ríos y montañas. De tanto caminar y preocuparse, el antiguo labrador se quedó en los huesos y sus ropas se transformaron en harapos. Con este aspecto tan miserable llegó a la ciudad donde el rey vivía. Cuando oyó hablar de la belleza de la nueva prometida del rey decidió entrar furtivamente en palacio para ver si era su esposa.

Cuando su mujer lo vio, su cara se iluminó y por primera vez en mucho tiempo sonrió, inundada de felicidad. El rey, al ver esta reacción de su prometida, pensó que la razón de su sonrisa era la visión insólita de un mendigo en medio de la suntuosidad del palacio. Por eso decidió cambiar sus bonitos trajes con los del vagabundo, para distraer a su prometida.

Pero en cuanto lo hizo, la mujer llamó a los guardias y les dijo:

- Llevaos a este loco que ha entrado en palacio -. Los guardias no reconocieron al antiguo rey y, tomándolo por un vagabundo, lo echaron.

Después llevó a su verdadero marido a los apartamentos reales. Así, el joven campesino se convirtió en rey y el país no tuvo sequía nunca más, porque gracias a su parasol mágico, el nuevo rey hacía llover cuando lo necesitaban. De esta manera, el pueblo nunca volvió a pasar hambre y el antiguo labrador y la hija del Rey de las Aguas vivieron felices en palacio.

LA PRINCESA DURMIENTE Y LOS SIETE GIGANTES

Anónimo ruso

El Zar había partido a la guerra y la Zarina, desconsolada, se sentaba al amanecer en la ventana de su palacio y allí permanecía hasta medianoche esperando a su señor. Pasaron las semanas y los meses, y la víspera de Navidad la Zarina dio a luz una niña. Precisamente aquel mismo día regresó el Zar de la guerra, pero los dolores del parto, los sufrimientos por la ausencia de su esposo y la emoción de verlo de nuevo acabaron con su vida, mientras las campanas repicaban en honor del Hijo de Dios.

La pena del Zar fue sincera y amarga, pero al cabo de un año se casó por segunda vez. La nueva Zarina era esbelta como un abedul y bella como un haz de trigo cuando el sol lo dora. Su alma, sin embargo, no era hermosa, sino orgullosa y llena de envidia. Poseía un espejo de plata que, bajo su apariencia corriente, tenía el don de la palabra y la Zarina hablaba frecuentemente con él y le preguntaba:

-Espejito, tesoro mío, sólo tú conoces la verdad. Dime cuál es la mujer más hermosa y la que posee los labios más rojos y la más blanca frente.

El espejo contestaba:

-Vos sois la más bella; nadie puede negarlo.

Y la coqueta Zarina reía de gozo ante la adulación del espejo. Así aumentaba su orgullo y su desprecio por todos los demás.

Mientras tanto la hija del Zar crecía en el palacio como una flor, y por su belleza y simpatía despertaba el afecto de todos los que la conocían.

Un día llegó a palacio un correo con este mensaje para el Zar: 

-El príncipe Alexei os saluda y os pide la mano de vuestra hija.

El Zar, que conocía y apreciaba al príncipe, le otorgó la mano de su hija. La dote fueron siete ricas ciudades de su reino con un centenar de palacios. Ordenó también que se celebrasen fiestas por el noviazgo de la pequeña princesa y pidió a los súbditos, ricos y pobres, que participasen de su alegría.

Cuando las fiestas estaban a punto de celebrarse, la perversa Zarina se vistió con un traje espléndido y preguntó al espejo:

-Espejito, dime, ¿quién es la mujer más bella a los ojos de los hombres? ¿Cuál es la que posee los labios más rojos y la frente más blanca?

-Vos, graciosa Zarina, sois hermosa a los ojos de los hombres. Sin embargo, la joven princesa, la prometida de Alexei, es más bella que vos; sus labios son más rojos y su frente más blanca -contestó el espejo.

La Zarina, despechada y encendida en ira, exclamó:

-Espejo embustero, ¿qué broma es esta? ¿Cómo se puede atrever la princesa a compararse conmigo? Ciertamente que es más blanca que yo, porque desde el alba hasta la puesta del sol, su madre permanecía en la ventana con sus manos cruzadas sobre el pecho, mirando la nieve. Pero no es más hermosa. Me has dicho muchas veces que no hay en la tierra una mujer que pueda rivalizar conmigo.

El espejo, sin embargo, insistía:

-La amada de Alexis es más hermosa que vos; sus labios son más rojos y su frente más blanca.

Entonces la Zarina lanzó el espejo al rincón más lejano de su cuarto y encargó a Chernavka, su doncella, que llevara a la princesa a un bosque lejano y la atara a un pino corpulento para que los lobos la devorasen. Chernavka, aterrorizada por la ira de su señora, no se atrevió a contradecirla y condujo a la joven princesa a lo más profundo del bosque. Al verse alejada tan precipitadamente del palacio y, asustada por la actitud de la criada, la princesa le dijo:

-Mi buena Chernavka, ¿te he hecho algún mal sin saberlo? ¿Adónde me llevas con tanta prisa?

-No puedo volver contigo a palacio -contestó la doncella-, pues la Zarina quiere asesinarte. Sin embargo, tampoco quiero atarte a un árbol, como ella me ordenó, para que los lobos te devoren. No llores, mi bella niña; busca refugio donde puedas y que el Señor te libre de todo mal.

Cuando regresó la doncella a palacio, la Zarina preguntó:

-¿Cómo se encuentra ahora esa hermosa princesa con sus rojos labios y su blanca frente?

-La he atado a un pino corpulento; así la dejé en medio del bosque. No podrá defenderse de las bestias salvajes y morirá en seguida.

Tras la desaparición prolongada de la princesa, comenzó a circular misteriosamente por palacio el rumor de que había muerto. Los invitados se lamentaban consternados, el Zar se retiró para llorar por su hija perdida y el príncipe Alexei montó a caballo y salió en busca de su prometida.

Mientras, la princesa erraba durante la larga noche sin que nadie le hiciera daño. Si alguna fiera se acercaba, ella ponía las manos sobre el lomo del animal, le hablaba dulcemente y calmaba su fiereza.

Al amanecer oyó ladridos y pronto divisó una casa cuya puerta vigilaba un perro. Cuando este vio a la princesa, corrió a su lado, entre alegres saltos, como para darle la bienvenida. La princesita entró en la casa, donde había un cuarto con bancos de roble, una mesa y una estufa. En seguida comprendió que aquella era la vivienda de gentes que vivían en la paz del Señor y allí pensó descansar. Inmediatamente se puso a barrer y arreglar la estancia y a continuación encendió fuego en la estufa y una vela delante del icono del Señor. Luego entró en un cuarto y se quedó dormida.

Pasaron las horas y, cuando la primera estrella lució en el cielo azul, el piafar de unos caballos rompió el silencio del bosque. Al poco tiempo, siete gigantes con el rostro encendido por el ejercicio de la caza entraron en la casa. El mayor de los gigantes exclamó:

-¡Qué maravilla! La casa está barrida y arreglada, el fuego y el cirio están encendidos como si fuera una bienvenida.

Luego gritó:

-Quienquiera que seas, sal para que podamos conocerte y tenerte como amigo. Si eres viejo y de barba gris, te honraremos como nuestro señor; si eres joven, serás nuestro hermano en armas; si eres una dama, te llamaremos nuestra madre y cuidarás de nuestra casa, y si eres doncella, serás nuestra hermana querida.

La princesita apareció ruborosa y llena de confusión, se inclinó ante los gigantes y pidió perdón por haber entrado en la casa sin haber sido invitada. Los gigantes pensaron que la doncella no podía ser sino hija de un zar, tales eran su belleza y simpatía. La hicieron sentar a la cabecera de la mesa y pusieron ante ella un vaso de vino y una torta de pan. Bebió la princesa, partió la torta y comió con apetito; pero el cansancio pudo con ella y su cabeza se dobló pronto sobre el pecho. El mayor de los hermanos la cogió delicadamente en sus brazos y la llevó a una alcoba para que descansara allí tranquilamente.

Así fue como la joven princesa se quedó a vivir en el bosque con los siete gigantes. Los días seguían su curso y la muchacha no conocía ni la soledad ni la pena, pues sus manos estaban ocupadas en las tareas domésticas y su corazón estaba alegre, lejos del odio de la Zarina. Todas las mañanas, antes de que amaneciera, los siete hermanos, en amigable compañía, montaban sus corceles y cabalgaban por montes y llanos, adiestrando su brazo en la caza. Otras veces iban a pelear con los habitantes del Cáucaso, para expulsarlos del país.

La princesita se quedaba en casa para arreglar la casa, encender el fuego, preparar la cerveza, amasar el pan y dar la bienvenida a los gigantes cuando regresaban a la caída de la tarde. El perro Sakolka era el defensor de la princesa cuando quedaba sola.

Sucedió que los siete hermanos estaban enamorados de la joven princesa y, después de reunirse en consejo, decidieron hablarle. En efecto, una mañana entraron en su cuarto, antes de salir de caza, y el mayor de ellos tomó la palabra:

-Muchacha, tú eres nuestra hermana querida. Pero el amor ha prendido de tal manera en nuestros corazones que venimos ahora, como humildes pretendientes, a pedir tu mano. Como no puedes casarte con los siete, te rogamos que restablezcas la paz entre nosotros eligiendo a uno por marido, y los demás seguirán llamándote hermana. ¿Por qué niegas con la cabeza? ¿Es que no nos quieres a ninguno de nosotros o es que no te merecemos?

-¡Ay de mí, queridos hermanos! -exclamó la princesita-. ¡Que Dios me castigue si no digo la verdad! Os amo, sí, bravos guerreros y fieles caballeros; todos sois igualmente queridos por mí. Sin embargo, no puedo casarme con ninguno, pues estoy prometida al príncipe Alexei. Él es mi pretendiente y le amo más que al resto de los hombres.

Los siete hermanos comprendieron y aceptaron las palabras de la princesita, se inclinaron ante ella y salieron de su cuarto. Nunca volvieron a hablar de amor y siguieron viviendo como una familia en paz y tranquilidad.

En palacio, la perversa Zarina meditaba y seguía odiando a la que creía difunta princesa. Durante muchos días su espejito quedó abandonado en el rincón más apartado del cuarto, pero, pasado el tiempo y olvidado su rencor, ella sintió deseos de contemplar su belleza. Cogió el espejo, se miró en él y dijo:

-Buenos días, espejito. ¿Cuál es la mujer más hermosa del mundo?

-Vos, graciosa Zarina, -contesto el espejo- sois bastante hermosa, nadie puede negarlo. Pero en lo más profundo del bosque vive una doncella con siete gigantes. Es cien veces más hermosa que vos. Sus labios son rojos como una gota de sangre y su frente es blanca como la nieve recién caída.

La Zarina palideció de rabia, llamó a su doncella Chernavka y exclamó:

-¡Maldita seas, embustera! ¿Dónde has escondido a la princesa?

La criada cayó de rodillas, llorando, y contestó:

- Señora, no la escondí. La dejé sola en el bosque, buscando un refugio para guarecerse.

La Zarina repuso:

-Ahora habita la casa de los siete gigantes. ¡Búscala y mátala! Si le salvas la vida por segunda vez, perderás la tuya.

La princesita, que hilaba en la ventana esperando el regreso de sus hermanos, oyó el furioso ladrido del perro Sakolka y, levantando la cabeza, vio una anciana mendiga que luchaba con su bastón para alejar al perro de su lado. La princesa exclamó:

-¡Esperad, pobre anciana! Enseguida iré y os daré una limosna.

-¡Daos prisa, hermosa joven! ¡El perro quiere morderme!

Cuando la princesita, con un pedazo de pan, quiso cruzar el umbral de la puerta, Sakolka se atravesó en el camino y le impidió el paso. Al acercarse la anciana, el perro enseñaba los dientes y se lanzaba sobre ella, como una de las fieras del bosque. Así que la mendiga huyó a toda prisa, mientras que la princesa volvió a llamarla:

-No sé qué puede pasarle al perro. Os echaré el pan desde aquí; juntad las manos para recibirlo.

Lanzó el pan a la anciana que lo recibió en sus manos diciendo:

-¡Qué recaiga una bendición sobre vuestra hermosa cabeza! ¡Tomad este regalo a cambio!

Y le arrojó una dorada manzana.

El perro Sakolka quiso coger la fruta en el aire, pero está cayó en manos de la princesita.

-Dios os recompensará por el pan que me habéis dado -dijo la anciana-. En cuanto a la manzana, podéis comerla cuando no tengáis nada mejor que hacer. Que sigáis bien.

La princesa acarició al perro y le dijo:

-¿Qué te pasa, Sakolka?

Y el perro seguía con la cabeza levantada y gruñía tristemente.

La doncella volvió a su rueca y puso delante de sí la manzana para que le alegrara la vista. La fruta tenía un aspecto delicioso. Era tan roja como una doncella ante su amado y tan dorada como una vasija llena de miel. La princesa quiso esperar la vuelta de sus hermanos para que también ellos pudieran probar aquella manzana deliciosa. Pero, a fuerza de mirarla, no pudo resistir y, llevándosela a los labios, hundió en ella sus dientecitos. En el mismo instante cayó hacia atrás, como una caña que dobla el viento; las blancas manos se deslizaron a los lados de su cuerpo y la manzana de oro rodó al rincón más alejado del cuarto. El perro se tendió al lado del cuerpo de la joven, con la cabeza entre las patas delanteras, y así permaneció inmóvil mucho tiempo.

Horas más tarde el piafar de los caballos rompió la tranquilidad del bosque y los siete gigantes llegaron, cabalgando alegremente. Habían derrotado a los ejércitos enemigos y el júbilo de la victoria resplandecía en los siete semblantes. Pero a la entrada del hogar nadie les dio la bienvenida y dentro todo era sombra y silencio.

-Algo grave ocurre –exclamaron los hermanos.

Encontraron a la princesita tendida en el suelo con el perro a su lado. Cuando este vio a los siete gigantes empezó a dar vueltas, ladrando como un loco. Al fin encontró la dorada manzana y, tragándola de un solo bocado, cayó muerto instantáneamente.

El gigante mayor colocó a la princesita en el banco y, puestos todos alrededor, rogaron para que descansara en paz su alma, mientras en sus corazones estallaba la pena. La vistieron con un traje blanco como la nieve y se dispusieron a enterrarla. Pero, de pronto, observaron que la princesa no parecía muerta, sino envuelta en el maleficio de un sueño. Sus labios seguían siendo rojos y su frente poseía la misma blancura.

Así pasaron tres días y la doncella permanecía inmóvil. Al fin, los hermanos colocaron a la princesa en un ataúd de cristal y la llevaron sobre sus poderosos hombros a un monte lejano, elevado en medio de un extenso valle. Atravesaron una puerta oscura en la falda del monte, y pronto llegaron a una caverna escondida, donde colgaron el ataúd de cristal, suspendiéndole en el aire por medio de gruesas cadenas para que cuando soplara el viento meciese el dulce sueño de la desgraciada hermana. En nombre de todos sus hermanos, el mayor de los gigantes se despidió con estas palabras:

-Duerme dulcemente, tú, cuya belleza ha provocado los celos de algún espíritu. Ahora que sólo eres la prometida de la muerte, ¡que los cielos reciban tu alma!

Dichas estas palabras, los siete hermanos dejaron allí a la princesa.

Mientras tanto, la perversa Zarina consultó una vez más al espejito:

-Espejito, tesoro mío, ¿quién es la más bella mujer del mundo? ¿Cuál es la que tiene los labios más rojos y la frente más blanca?

-Vos, graciosa Zarina; nadie puede negarlo. Vos sois la más bella a los ojos de los hombres. Vuestros labios son los más rojos: vuestra frente la más blanca.

Y así, al fin, quedó contenta la perversa Zarina.

Durante muchas noches y muchos días, Alexei había viajado por el reino, buscando a su prometida por todas partes. A los caminantes que encontraba les hacía la misma pregunta:

-¿Habéis oído hablar de la princesita? Yo soy su prometido.

Pero nadie sabía de ella y nunca pudo recibir la información que deseaba. Al fin, como último recurso, Alexei elevó sus ojos al cielo y exclamó:

-Sol, tú que eres la luz y el señor de los cielos; tú que incansablemente unes la helada mano del invierno con el tibio abrazo de la primavera, ¿no sabes nada de la princesita? ¡Yo soy su prometido!

-No, hermano mío. Aunque mis ojos pueden ver  toda la tierra y sus criaturas, no  veo a la princesita. Puede que la luna, mi hermana de la noche, haya podido contemplar el rastro de sus pies. Pregúntale a ella.

Dicho esto, el sol siguió su curso. Alexei se sentó sobre una piedra y esperó la noche. Cuando llegó la oscuridad y se alzó la luna en el cielo, le rogó con alta voz:

-Luna, luna, tú que eres como una trompeta de oro en el cielo; tú, lámpara de la oscuridad, que brillas tanto como todas las estrellas, que se enamoran de tu luz radiante y salen sólo para mirarla, ¿has visto a la princesita? Yo soy su prometido.

-No, hermano mío. No la he visto. Mi vigilancia no dura más que unas horas durante la noche.

-El sol no la ha visto durante el día ni la luna durante la noche. ¿Dónde encontraré a la princesa -murmuraba el enamorado- sino en brazos de la muerte?

-¡Espera! ¿Has interrogado al viento que sopla hasta las escondidas cavernas?

Dicho esto, la luna siguió su lento viaje por el cielo. Alexei se reanimó y corrió, gritándole al viento:

-¡Viento, viento! Tú, tan poderoso, tú que sirves de pastor a las veloces nubes, que mandas a las olas, que te precipitas en el desierto, que sólo dependes de Dios, ¿sabes algo de la princesita? Yo soy su prometido.

El poderoso viento contestó:

-Sí, he visto a la princesita, pero poco consuelo puedo darte. Más allá de un río que corre con suavidad, hay una escondida caverna donde nadie entra, excepto yo. Allí, colgado de gruesas cadenas, colocado entre dos columnas, un ataúd de cristal se mueve a mi soplo. En el ataúd está la princesita, dormida.

Siguió su camino el viento y Alexei lloró al saber la triste noticia. Pero después de secar sus lágrimas encaminó su corcel hacia el lejano lugar donde dormía su prometida. Viajó de noche y de día hasta llegar a aquel desolado monte. Pasó por la oscura puerta y allí, en la eterna noche, contempló el ataúd de cristal donde dormía la princesa, balanceándose entre las columnas. Al verla tan pálida y hermosa, su corazón no pudo contener su dolor y se arrojó sobre el ataúd de cristal con tal violencia que este cayó al suelo y se rompió en mil fragmentos. En aquel instante se despertó la princesa y exclamó con un suspiro de sorpresa y extrañeza:

-¡Qué profundo ha sido mi sueño! ¡Qué raras mis pesadillas!

Pero cuando divisó a Alexei, lo olvidó todo e, incorporándose, suspiró con emoción:

-¡Alexei! ¡Mi amado!

Se fundieron en un fuerte abrazo y llenos de alegría tomaron el camino de palacio.

Sucedió que en aquel mismo instante, la perversa Zarina interrogó distraída al espejo:

-Espejito, tesoro mío, ¿cuál es la más bella mujer del mundo? ¿Cuál posee los labios más rojos y la frente más blanca?

-Vos, graciosa Zarina, sois bastante hermosa a los ojos de los hombres; nadie podrá negarlo. Pero aquella a quien el príncipe Alexei trae a palacio es cien veces más bella que vos; sus labios son más rojos que una gota de sangre y su frente es más blanca que la nieve recién caída.

La perversa Zarina arrojó el espejito que quedó roto en mil pedazos y corrió enfurecida a la puerta de su cuarto. Allí se encontró con la princesita que Alexei llevaba en brazos. Era tan radiante su belleza que el corazón de la Zarina soltó todo su veneno y cayó muerta.

Hubo grandes regocijos en todo el reino y la princesita se desposó con su prometido Alexei en medio de mil fiestas y agasajos. Los siete gigantes fueron invitados a la boda y bailaron hasta que oyeron cantar el gallo.

LA SALCHICHA QUE NO QUERÍA SER ASADA

Anónimo suizo

La salchicha de este cuento era una salchicha robada. El ladrón, que contaba tan sólo siete años de edad, era un pillete a carta cabal. Pero esta salchicha le enseñó quién era más listo de los dos.

El muchacho la había dejado caer suavemente en el bolsillo de sus pantalones, en casa del carnicero, mientras éste ponía media libra de carne en el cesto de una vieja y le decía a la vez una broma.

Ahora el propósito del pequeño bribón era asar la salchicha, pues se trataba de una verdadera salchicha para asar.

El muchacho se encontraba completamente solo en la casa. Con las prisas, sus familiares se habían olvidado de él. Todos estaban en el campo, porque amenazaba una tormenta, y el heno estaba todavía por recoger.

Este era, pues, el momento oportuno. ¡Encender deprisa el fuego y echar manteca en la sartén! Ya chisporroteaba la lumbre. Pero la salchicha decidió no dejarse asar por un vulgar picaruelo. Así, mientras el muchacho se inclinaba para echar leña en el fuego, ella se deslizó, con la misma suavidad, del bolsillo, y fue rodando hasta debajo del hogar. Ahora yacía junto a la pared, en el último rincón, donde reinaba una completa oscuridad.

Pero, como decimos, la manteca chisporroteaba ya, y el pequeño se metió rápido la mano en el bolsillo para sacar la salchicha. ¡Qué espanto! Se agachó y miró a derecha e izquierda, hacia detrás y hacia delante, y se volvió a uno y otro lado. ¡No estaba! La salchicha permanecía quietecita en su rincón, como un ratoncito asustado.

En este momento brilló un relámpago, y el trueno traqueteó por encima de la casa, haciendo temblar de arriba abajo las paredes. El chiquillo, sumamente asustado, se tapó los ojos con ambas manos. Entonces se oyó un silbido en el hogar.

-¡Jesús! -gritó el muchacho.

La manteca caliente ardía con rojas llamaradas sobre la sartén.

-¡Fuego! ¡Fuego! -gritó por la ventana de la cocina.

Una vecina, al oír los gritos, dejó caer lo que tenía en las manos. Acudió corriendo en su ayuda, y pudo, por fortuna, apagar todavía el fuego.

-Y ahora, vamos a ver, muchacho, ¿qué es lo que querías hacer? -preguntó.

El pequeño picaruelo negó lo azul del cielo, dando todo género de explicaciones y excusas, y la vecina le hubiera creído seguramente todo lo que decía, si no se hubiese presentado de pronto la madre. Ahora no era ya posible seguir disimulando. La sartén quemada hablaba demasiado claramente a la madre, y la merma en la manteca tenía también lo suyo que decir.

Pero la verdad de lo ocurrido la sabía única y exclusivamente la salchicha, que no podía hablar, porque no disponía de lengua; de modo que yacía en la oscuridad sin poderse mover. Pero, a pesar de ello, supo cómo salir del apuro. Comenzó a despedir sus apetitosos aromas, hasta que el perrito se dio cuenta de ella. El perrito olisqueó, inquieto en torno al hogar. Al fin, se deslizó debajo de él y salió con la salchicha en la boca.

-¡Ah, bribón! -exclamó la madre, dando un palmetazo a su hijo.

El pequeño bribonzuelo se volvió colorado hasta las orejas viéndose descubierto, y, mientras el perrito se comía tranquilamente la salchicha cruda, tuvo él que correr a casa del carnicero y pagarle de sus ahorros, pues en estas cosas no admitía bromas la madre.

LA SOPA DE PIEDRA

Anónimo europeo

Un monje estaba haciendo la colecta por una región en la que las gentes tenían fama de ser muy tacañas. Llegó a casa de unos campesinos, pero allí no le quisieron dar nada. Así que como era la hora de comer y el monje estaba bastante hambriento dijo:

-Pues me voy a hacer una sopa de piedra riquísima.

Ni corto ni perezoso cogió una piedra del suelo, la limpió y la miró muy bien para comprobar que era la adecuada, la piedra idónea para hacer una sopa. Los campesinos comenzaron a reírse del monje. Decían que estaba loco, que vaya chaladura más gorda. Sin embargo, el monje les dijo:

-¡Cómo! ¿No me digan que no han comido nunca una sopa de piedra? ¡Pero si es un plato exquisito!

-¡Eso habría que verlo, viejo loco! –dijeron los campesinos.

Precisamente esto último es lo que esperaba oír el astuto monje. Enseguida lavó la piedra con mucho cuidado en la fuente que había delante de la casa y dijo:

-¿Me pueden prestar un caldero? Así podré demostrarles que la sopa de piedra es una comida exquisita.

Los campesinos se reían del fraile, pero le dieron el puchero para ver hasta dónde llegaba su chaladura. El monje llenó el caldero de agua y les preguntó:

-¿Les importaría dejarme entrar en su casa para poner la olla al fuego?

Los campesinos lo invitaron a entrar y le enseñaron dónde estaba la cocina.

-¡Ay, qué lástima! –dijo el fraile-. Si tuviera un poco de carne de vaca la sopa estaría todavía más rica.

La madre de la familia le dio un trozo de carne ante la rechifla de toda su familia. El viejo la echó en la olla y removió el agua con la carne y la piedra. Al cabo de un ratito probó el caldo:

-Está un poco sosa. Le hace falta sal.

Los campesinos le dieron sal. La añadió al agua, probó otra vez la sopa y comentó:

-Desde luego, si tuviéramos un poco de berza los ángeles se chuparían los dedos con esta sopa.

El padre, burlándose del monje, le dijo que esperase un momento, que enseguidita le traía un repollo de la huerta y que para que los ángeles no protestaran por una sopa de piedra tan sosa le traería también una patata y un poco de apio.

-Desde luego que eso mejoraría mi sopa muchísimo -le contestó el monje.

Después de que el campesino le trajera las verduras, el viejo las lavó, troceó y echó dentro del caldero en el que el agua hervía ya a borbotones.

-Un poquito de chorizo y tendré una sopa de piedra digna de un rey.

-Pues toma ya el chorizo, mendigo loco.

Lo echó dentro de la olla y dejó hervir durante un ratito, al cabo del cual sacó de su zurrón un pedacillo de pan que le quedaba del desayuno, se sentó en la mesa de la cocina y se puso a comer la sopa. La familia de campesinos lo miraba, y el fraile comía la carne y las verduras, rebañaba, mojaba su pan en el caldo y al final se lo bebía. No dejó en la olla ni gota de sopa. Bueno. Dejó la piedra. O eso creían los campesinos, porque cuando terminó de comer cogió el pedrusco, lo limpió con agua, secó con un paño de la cocina y se lo guardó en la bolsa.

-Hermano, -le dijo la campesina- ¿para que te guardas la piedra?

-Pues por si tengo que volver a usarla otro día. ¡Dios los guarde, familia!

LA TORTUGA DEL PESCADOR URASHIMA Y SU VISITA AL FONDO DEL MAR

 Cuento japonés

 

                    Tener mala memoria y no pensar en las consecuencias de tus acciones te puede traer muchos problemas. Problemas como los que le pasaron a Urashima, un pescador japonés.

Hace muchos y muchos años, vivía Urashima en una isla del Japón. Era el único hijo de un matrimonio de pescadores muy pobres cuyas únicas pertenencias eran una red, una pequeña barca y una casita cerca de la playa. Pese a ser tan pobres, los padres de Urashima querían mucho a su hijo, un muchacho sencillo y muy bueno.

Un día, cuando Urashima volvía de pescar vió como unos niños estaban pegando a una enorme tortuga. En ese momento Urashima se enfadó muchísimo y fue hacía los críos para reprenderlos y salvar la tortuga. Cuando acabó de hablar con los niños y estos se fueron cabizbajos, cogió la tortuga y la llevó al mar. Cuando vió que la tortuga reaccionaba al contacto con el agua y se podía mover y nadar, regreso a casa la mar de conteto.

Al cabo de un tiempo, Urashima se fue a pescar. Todo estaba tranquilo en el mar y Urasima tiraba al agua y recogía su red con entusiasmo. Una de las veces, al subir la red vio que estaba la tortuga que el había echado al mar unos días antes. Ésta le dijo: ¿Urashima, el gran señor de los mares se ha maravillado con la buena acción que hiciste conmigo, y me ha enviado para que te conduzca a su palacio. Además te quiere dar la mano de su hija, la hermosa princesa Otohime?. Urashima accedió gustoso y juntos se fueron mar adentro, hasta que llegaron a Riugú, la ciudad del reino del mar. Era maravillosa. Sus casas eran de esmeralda y los tejidos de oro; el suelo estaba cubierto de perlas y grandes árboles de coral daban sombra en los jardines; sus hojas eran de nácar y sus frutos de las más bellas pedrería.

Urashima se casó con Otohime, la hija del rey del mar, y pasaron una semana de una felicidad completa. Pero al cabo de esos días, Urashima pensó que sus padre debían de estar preocupados por él, y decidió subir a la superficie para decirles que se encontraba bien y que se había casado. Otohime comprendió a su marido, y dio un pequeña caja de laca atada con un cordón de seda. Cuando se la dio, le dijo que si quería volver a verla no la abriera.

Cuando Urashima llegó al pueblo, todo había cambiado, ya no reconocía ni las casas ni a las personas. Y cuando busco la casita de sus padres sólo vio un gran edificio en el que nadie sabía nada de unos ancianos. Finalmente, un señor viajo, viendo la desesperación de Urashima empezó a recordar y le explicó que no lo recordaba muy bien, porque había pasado mucho tiempo atrás, pero que recordaba a su madre explicarle la desdichada suerte de un par de ancianitos cuyo único hijo salió a pescar y no regresó jamás. Urashima empezó a comprender: mientras vivió en la ciudad del mar había perdido la noción del tiempo. Lo que le habín parecido sólo unos cuantos dís habían sido más de cien años.

Se dirigió a la playa, y sin saber que hacer abrió la caja que le había dado su mujer. Al instante un viento frío salió de la caja y envolvió a Urashima. Éste recordó lo que le había dicho su mujer pero de pronto se sintió muy cansado, sus cabellos se volvieron blancos y cayó al suelo. Cuando a la mañana siguiente fueron los muchachos a bañarse, vieron tendido en la arena a un anciano sin vida. Era Urashima que había muerto de viejo.

LAS TRES NARANJITAS

Anónimo español

Érase un hijo de rey que andaba buscando las tres naranjitas del amor. Las buscaba a caballo por todos los jardines que se encontraba, pero no había conseguido dar con ellas. Cuando preguntaba, en unos sitios le decían que nunca las habían visto y en otros que sí, pero que ya no quedaba ninguna; y él seguía buscando sin desmayo, hasta que un día llegó a otro jardín, donde salió a recibirle un jardinero y a él, como a todos los que encontrara anteriormente, le preguntó:

-¿Tiene usted noticia de las tres naranjitas del amor?

Y el jardinero le contestó:

-Sí que tengo, que hay tres en el árbol.

El hijo del rey no cupo en sí de gozo y se las compró y se fue con ellas.

Pero el camino de vuelta era muy largo, pues se había alejado mucho en la búsqueda, y al cabo de tanto cabalgar, el hijo del rey tuvo sed y decidió abrir una de las naranjitas; y cuando la abrió se encontró con que era una muchacha con un niño en brazos. La muchacha era muy hermosa y llevaba el pelo suelto y le dijo al hijo del rey:

-¿Tienes agua para lavarme, peine para peinarme y paño para secarme?

-No los tengo -dijo el hijo del rey.

Entonces la muchacha se convirtió en paloma y se marchó volando con el niño.

El hijo del rey quedó entristecido y guardó cuidadosamente las otras dos naranjas jurándose no volver a hacer uso de ellas hasta llegar a palacio; pero el camino era tan largo que la sed pudo más que él y decidió abrir la segunda naranja.

Cuando la abrió, apareció una muchacha aún más hermosa que la anterior, con un niño en brazos y el pelo suelto, que le dijo:

-¿Tienes agua para lavarme, peine para peinarme y paño para secarme?

-No los tengo -dijo el hijo del rey, y la muchacha se convirtió en paloma y echó a volar llevándose con ella al niño.

El hijo del rey se llenó de pesadumbre y estaba aún más triste que antes, pero siguió cabalgando con la esperanza de llegar pronto al palacio. Y estando de camino le ocurrió que llegó a un lugar donde le vendieron una vasija, un peine y un paño para secar.

Y otra vez tuvo mucha sed y se hallaba todavía a mucha distancia del castillo, pero esta vez encontró una fuente y bebió de ella. Y cuando hubo saciado la sed le entró una curiosidad irresistible por ver qué contenía la tercera naranja; así que la abrió y salió otra muchacha, ésta aún más bella que las anteriores, con un niño en brazos, que le dijo:

-¿Tienes agua para lavarme, peine para peinarme y paño para secarme?

Y el hijo del rey le dijo que sí, y le ofreció agua de la fuente en la vasija, el peine y el paño. Entonces ella le dijo:

-Pues contigo me he de casar.

Entonces el hijo del rey le dijo que él debía adelantarse a palacio para hablar con sus padres y preparar la boda y, apenas tuviera dadas las órdenes, volvería por ella para llevarla consigo. Y a ella le pareció bien y quedó esperando junto a la fuente.

Al cabo del rato llegó a la fuente una mujer mayor con un cántaro a recoger agua y al mirar al agua vio reflejado el rostro de la muchacha y creyendo que era el suyo se decía:

-Siendo yo tan guapa ¿por qué he de venir a recoger agua?

Hasta que vio a la muchacha y se enfadó a causa del engaño y le dijo a la muchacha:

-Baja, muchacha, que yo he de peinarte.

-No, no -decía la muchacha-, que ya estoy peinada.

Pero tanto porfiaba la mujer que al fin bajó y la otra, que era una bruja, empezó a peinarla y en éstas extrajo un alfiler de su bolso y se lo clavó en la cabeza.

Y nada más clavarle el alfiler, la muchacha se volvió paloma y echó a volar, pero dejándose el niño.

Entonces la mujer cogió al niño y se sentó a esperar al hijo del rey.

Volvió por fin el hijo del rey y se extrañó de ver a aquella mujer vieja y fea y le dijo:

-Con lo guapa que eras ¿cómo te has vuelto fea y vieja?

-Pues ha sido del sol y del aire, pero soy la de siempre. Ya se me quitará y me quedaré como antes.

El hijo del rey se la llevó a palacio, pero no estaba nada convencido y ya no le gustaba aquella mujer a la que había dado su palabra.

Y resultó que la paloma llegó un día al jardín del palacio y estaba revoloteando por allí cuando apareció el jardinero, y dirigiéndose a él, le preguntó:

-¡Jardinero del rey!

¿Cómo le va al niño con la reina mora?

Y el jardinero le contestó:

-Unas veces canta, otras veces llora.

Y la paloma dijo, levantando el vuelo:

-¡Y su triste madre por los campos sola!

Así sucedió un día y otro día hasta que el jardinero, extrañado, se lo dijo al hijo del rey y éste le encargó que preparase un lazo y atrapara a la paloma.

Y dicho y hecho, al otro día el jardinero se presentó con la paloma.

El hijo del rey la tomó en sus manos y la vio tan entristecida que comenzó a acariciarla; y la reina mora, su esposa, le decía:

-Déjala volar, deja que se vaya.

Pero el hijo del rey contestaba:

-No, no, pobre paloma.

Y le acariciaba la cabeza. Y al acariciársela, la paloma temblaba de dolor. Y volvió a acariciarle la cabeza y volvió a temblar de dolor, y así otras veces más ante la irritación de la reina mora. Hasta que el hijo del rey dijo, palpándole la cabeza a la paloma:

-Pues ¿qué tiene aquí? -porque había topado con algo duro y, mirándolo bien, vio que era una cabeza de alfiler; tomándola con dos dedos, se la arrancó y en ese mismo momento se convirtió en la bella muchacha que había dejado en la fuente y la muchacha le contó todo lo que había sucedido. Y el rey casi se desmayó al saber que había estado haciendo vida con una bruja, pero en seguida la mandó prender, la sacaron al patio, cortaron mucha leña y allí mismo la quemaron.

De este modo el hijo del rey pudo casarse al fin con la muchacha y todos vivieron felices.

LA URRACA ASTUTA

Cuento tradicional iraní

                   

        Dicen que los zorros son muy astutos y que siempre están engañando a los otros animales del bosque. Pero en este cuento, la urraca es más inteligente que él. ¿Quieres saber cómo la urraca engañó al zorro?

Había una vez una corneja que tenía un nido en un árbol, donde vivía con sus tres cornejitas aún sin plumas. Un zorro que vivía en aquel bosque se dio cuenta de esto y, queriéndose comer a las cornejitas, pensó en cómo engañar a la madre. Por eso gritó:

- ¡Eh, señora corneja! Soy leñador y el Rey en persona me ha ordenado que corte este árbol.

La corneja, asustada, comenzó a suplicar:

-Se lo ruego, señor leñador, déme un poco de tiempo. Cuando mis hijos hayan crecido me iré a otra parte y podrá talar el árbol.

-Aunque yo crea lo que dice, el Rey no creerá en lo que yo le diga ?contestó el zorro?. Tendría que llevarme a uno de sus hijos como prueba.

De esta manera, la corneja le entregó uno de sus polluelos al zorro.

A la mañana siguiente, el zorro volvía a estar al pie del árbol:

- Señora corneja, hoy sí debo cortar el árbol sin falta.

La corneja se asustó aún más y volvió a suplicar:

- Déme más tiempo, por favor. Le daré a otro de mis hijos.

El zorro buscó excusas, fingió estar enfadado, pero finalmente aceptó y se fue con otra de las cornejitas.

Al cabo de unos días, pasó cerca del nido una urraca, que vio cómo la corneja estaba muy triste, acompañada de un solo polluelo.

- ¿Qué le ocurre que está tan triste, señora corneja? ?preguntó la urraca.

La corneja le explicó todo lo que había pasado.

- Seguro que esto ha sido culpa del zorro, que la ha engañado ?respondió la urraca. ? Si el zorro vuelve a aparecer, dígale sin miedo: ?Váyase y no vuelva! No pienso darle ninguno de mis hijos, porque ya sólo me queda uno?.

Al día siguiente, el zorro volvió con la misma historia de siempre, pero la corneja le dijo que se fuera. Y aunque el zorro dio golpes con la cola al árbol, la corneja no le dio el único hijo que le quedaba.

- ¡Esto ha sido culpa de la urraca, seguro! ?gritó furioso el zorro. ?Pero ya verá, ¡me vengaré de ella!

Se fue corriendo y cerca del árbol se tumbó en la hierba y se hizo el muerto.

Al poco tiempo apareció la urraca, que empezó a volar alrededor del zorro para asegurarse de que realmente estaba muerto. Cuando se aseguró que no se movía, pensó:

- ?¡Qué festín me voy a dar! Pero voy a empezar por la cola, porque si empiezo por la cabeza podría pillarme con los dientes.?

Y dicho y hecho, la urraca empezó a picotear la cola del zorro. Pero al llegar a la cabeza, el zorro, que no se había movido para no asustar a la urraca, abrió la boca y atrapó al pájaro. La urraca, sin perder la esperanza, dijo:

- ¿Por qué me ha atrapado entre sus dientes, señor zorro? ¿A caso le he hecho algún mal?

- ¿Qué si me ha hecho algún mal? ?contestó el zorro enfurecido.- ¡Le ha metido ideas raras en la cabeza a la corneja y no me querido dar el último de sus hijos!

Pero la ira es mala consejera: el zorro no se acordó de que la urraca tenía alas, y justo en el momento en que abrió la boca, el pájaro salió volando y se posó en la rama más alta del primer árbol que vio.

El zorro, fuera de sí por la rabia, intentó trepar al árbol, para comerse a la urraca, pero en mitad de la subida cayó y murió al instante. Y así fue como acabó el zorro que había engañado a la corneja.

LA VENGANZA DE LOS CUENTOS

        

               Conoce la historia de un niño que no quería contar ningún cuento a nadie, sólo los oía y se los guardaba cuidadosamente en su memoria. ¿Dónde irán a parar estos cuentos? ¿Desparecerán o permanecerán con nosotros?

Había una vez un niño al que le encantaban los cuentos, pero sólo le gustaba que se los contaran. Se guardaba cuidadosamente en la memoria cada cuento que oía. Este niño era el hijo único de una familia rica que hacía que todos los días hubiera alguien que le contara un cuento nuevo para que continuara siendo feliz. Sus padres murieron, pero el criado que se hizo cargo de él tras el fallecimiento de sus progenitores, siguió la tradición del cuento diario.

En un rincón de su habitación, el niño tenía una vieja bolsa de cuero atada con un cordón. Cada vez que le contaban un cuento nuevo al niño, el alma del cuento se quedaba encerrada en la bolsa debido a la obstinación del niño a no querer contar ningún cuento a nadie. Había tantas almas juntas que ya no podían respirar.

Cuando cumplió quince años, su tío le comprometió con la hija de otra familia rica. La víspera de la boda, el chico iba a salir con sus amigos a divertirse, mientras que el criado decidió encender la chimenea de su habitación para que estuviera calentita cuando llegara. De repente, oyó unos murmullos y se asustó porque no sabía de dónde venían. Se oía:

-Parece que se casa- decía una voz.

-Pues sí, eso parece. Parece mentira, y aquí nos tiene a nosotros, medio ahogados y le da igual.- decía otra.

-¡Nos deberíamos vengar de él!

-Pero, ¿cómo?

-Mira, mañana irá a caballo a casa de su novia, en el camino seguro que le entra sed. Yo seré un pozo lleno de agua muy clara sobre la que flotará un bol. En cuanto beba agua, se morirá.

El criado estaba muy desconcertado, ya que estaba oyendo una conversación y no conseguía adivinar de dónde llegaba. Se fijó en que la bolsa de cuero estaba inflada y se movía. Le asustó mucho lo que estaba oyendo, ¡hablaban sobre su amo!

-Eso estaría muy bien. De todas formas, deberíamos pensar en otra cosa por si no tuviera sed en todo el viaje, ¿no? Se me ocurre algo: yo seré un campo de fresas deliciosas que estará situado un poco más allá del pozo. Si come una fresa, morirá.

-Por si no quisiera beber agua, ni comer fresas, he pensado en una tercera forma de venganza. Yo seré un saco de arroz. El chico lo usará para poder subir al caballo. Si lo toca, morirá.

-Vale, todo eso está muy bien. Pero yo temo que no caerá en ninguna de esas trampas. Lo que yo seré es una serpiente venenosa, cuando esté dormido junto a su esposa, saldré de mi escondite, le morderé y morirá.

 

El criado decidió no decir nada al chico. Llegó el día de la ceremonia, y el chico estaba de camino a casa de su amada. Había dos caballos preparados, uno para el novio, y otro para el tío del novio. Cada caballo iría guiado por un lacayo y el criado rogó y rogó para que le permitieran guiar el del novio, para así poder defenderlo de todo lo que hiciera falta. Cuando llevaban cinco minutos de camino, el novio exclamó:

-Ay, qué sed tengo, ¿podríamos parar un poquito para que me tomara un vaso de agua de aquel pozo?

-¡Ni hablar! Vamos a llegar muy tarde, no podemos perder ni un minuto más.

El criado pensó que, por lo menos, había conseguido que no cayera en la primera trampa. Se sentía aliviado. Un rato después, vieron un campo lleno de fresas con una pinta deliciosa, el novio quería comerse unas antes de llegar a la ceremonia, pero el criado le dijo que habría fresas mejores en el banquete.

El tío del chico estaba enfadadísimo. No le había gustado nada que se hubiera portado así con ellos, le dijo que se encargaría de que lo castigaran como se merecía. Cuando llegaron a la casa de la novia, el criado paró el caballo y cuando el novio estaba a punto de poner su pie sobre un saco de granos de arroz, le pegó una patada y todos se enfadaron muchísimo con él.

La boda fue maravillosa. Todos lo pasaron muy bien, comieron y bebieron abundantemente. El criado no le quitó los ojos de encima, no quería que su amo pasara por ninguna situación peligrosa. Cuando llegó la hora de acostarse, los novios fueron a su habitación y, casi al segundo, llegó el criado. Los novios se quedaron muy sorprendidos, el criado se tiró al suelo y mató a una serpiente venenosa que estaba en su habitación.

Ya había llegado el momento de contar a todos qué es lo que había pasado. En lugar de enfadarse, todos felicitaron al criado por su fidelidad. El chico aprendió la lección, a partir de entonces, empezó a contar los cuentos que él mismo oía. En cuanto llegó a casa, cogió la bolsa, soltó el cordón y la quemó.

LOS DOCE SIGNOS DEL HORÓSCOPO ORIENTAL

Cuento popular japonés

 

                    Los doce animales del horóscopo oriental hacen una carrera para ver quién llega primero a la fiesta de un dios. ¿Quién ganará? ¿Quién se quedará sin ir a la fiesta? Descúbrelo en este cuento que enseña a no ser perezoso.

Hace mucho, mucho tiempo, un dios vivía en el fondo de una montaña. El dios quería hacer una fiesta y decidió enviar una carta a todos los animales del país para invitarles.

La carta decía:

He decidido hacer una fiesta el primero de enero y me gustaría que vinierais. Para que sea más divertido haremos una carrera. Según el orden en el que lleguéis, estableceré la jerarquía de todos los animales y a cada uno le corresponderá un año.

A los animales les pareció muy buena idea y todos querían ser los primeros para ser el jefe. Pero a uno de los animales, el gato, le dio pereza leer la carta y decidió preguntarle a la rata.

La rata, que era muy traviesa, le contestó:

- El dios que vive en la montaña nos invita a una fiesta y hará una carrera para decidir nuestra jerarquía -Pero entonces le mintió añadiendo- tenemos que llegar el 2 de enero.

El gato, que no sospechó que la rata le había dicho una fecha equivocada, le dio las gracias y se fue.

La noche del 31 de diciembre los animales decidieron irse a dormir temprano para poder levantarse pronto y ser los primeros. Solo el toro dijo: Yo ya saldré ahora porqué soy muy lento caminando. La rata, que lo oyó, decidió aprovecharse y subió a su lomo exclamando: ¡Qué bien se está aquí! El toro, que no se percató de nada, siguió caminando.

Al día siguiente por la mañana, todos los animales menos el gato salieron corriendo hacia la casa del dios. Cuando el día ya despuntaba el toro fue el primero en aparecer en el lugar fijado. Pero el primero en llegar no fue el toro. ¡Fue la rata! El pequeño animal saltó desde el lomo del toro y fue corriendo hasta donde estaba el dios a quien saludó con un ¡feliz año nuevo! El toro se sintió humillado y llegó el segundo.

Los otros animales llegaron después. El tercero fue el tigre, el cuarto la liebre y el quinto el dragón. Les siguieron la serpiente, el caballo, la oveja, el mono, el gallo, el perro y, por último, el cerdo. El dios les dio la bienvenida a todos y empezaron la fiesta, que duró todo el día.

El gato llegó cuando la fiesta ya se había acabado. Cuando vio que todo el mundo ya se marchaba se enfadó mucho y gritó a la rata: ¡Me has engañado! La rata tuvo miedo y se puso a correr, mientras el gato la perseguía.

Y es por culpa del engaño de la rata, que el gato no forma parte de los animales del horóscopo chino. Por eso, desde entonces, los gatos persiguen a las ratas.

LOS DOS JOROBADOS

Anónimo español

En un pueblo vivían dos jorobados a los que todo el mundo conocía. Uno de ellos, de temperamento animoso, gustaba mucho de salir, en las noches del verano, a tomar el fresco en las eras porque podía estar solo y a salvo de las burlas ocasionales y pensando en sus cosas. Allí se entretenía el hombre con sus pensamientos sin que nadie le molestara.

Una noche de ésas se fue a las eras, como de costumbre, y allí estaba tumbado viendo pasar las horas.

Le dieron las diez de la noche, y le dieron las once... y él, nada, tan tranquilo y tan a gusto. Y de pronto se le ocurrió, viendo que se acercaban las doce, que es la hora de las brujas, que bien podía quedarse un rato más y ver si era verdad eso de que a las doce se reunían todas ellas a celebrar sus ceremonias.

Y entre que sí y que no, y entre la curiosidad y el repeluco, pasó el tiempo y dieron las doce. Y no hicieron más que dar las doce cuando empezó a ver cosas extrañas y a escuchar música aún más extraña.

Las visiones que veía eran las brujas que saltaban, cantaban, bailaban y se contorsionaban al son de la música. Y estas brujas, cuando se cansaron de tanto baile, empezaron a cantar:

-Lunes, martes y miércoles, tres; lunes, martes y miércoles, tres.

Así una y otra vez. Y el jorobado, viendo que no salían de ahí, pensó para sus adentros: «¡Pobrecillas! Voy a completarles la semana». Y cantó, con el mismo son de las brujas:

-Jueves, viernes y sábado, seis; jueves, viernes y sábado, seis.

Y ya se disponía a continuar, cantando: «y domingo, con seis, hace siete», cuando oyó que decía una bruja:

-¡Ay, qué bien! ¡Por fin hemos concluido el cantar! -y empezó a mirar a un lado y a otro, rodeada de las otras brujas, diciendo:

-¿Quién ha sido, quién? ¿Dónde está el que el cantar acabó?

Y el jorobado dijo:

-Aquí me tenéis, sentado en esta piedra.

Conque todas las brujas se le acercaron y le acariciaban y le miraban y por fin le dijeron:

-¡Mira qué gracioso, el pobre! ¡Si es jorobadillo! Dinos qué quieres por habernos terminado el cantar y lo que quieras te lo concederemos.

Entonces el jorobado dijo:

-¿Qué es lo que más quiero? ¡Pues que me quitéis esta joroba que llevo!

-¡Ah, ah, sí! -dijeron las brujas-. Pobre jorobadillo, bien se lo merece.

Y la bruja que había hablado primero le pasó la mano por la joroba y el jorobado se quedó más derecho que un huso. Entonces él les dio las gracias y ellas se las dieron a él y, lleno de contento, se fue a su casa a dormir mientras las brujas se quedaban haciendo volatines y piruetas por los aires.

El jorobado estaba tan emocionado y exhausto que durmió como un lirón, pero a la mañana siguiente, cuando se levantó y vio que ya no tenía joroba, se llenó de gozo y salió corriendo a la calle para lucir su nuevo tipo. Todo el mundo se admiró enormemente de que le hubiese desaparecido la joroba y querían conocer la causa; y el otro jorobado del pueblo era el más interesado en saber cómo le había sucedido.

A todos se lo contó, aunque muchos no le creyeran.

Y el segundo jorobado pensó:

-Pues esta noche voy yo a las eras, por si se les ha olvidado lo que les enseñaste. Y si no se les ha olvidado, entonces les cantaré: «Y domingo, con seis, hace siete»; a ver si a mí también me quitan la joroba. ¡Pues no me la han de quitar en cuanto me oigan!

Y se refocilaba pensando que, a la mañana siguiente, él también podría presumir de no tener joroba.

Y así se dedicó a recorrer el pueblo, contándoles a unos y a otros; y unos le animaban y otros se reían de él.

Conque el pobre infeliz se fue a las eras ya a eso de la media tarde, porque no podía resistir la espera, y allí se estuvo sin comer ni beber por si acaso las brujas se adelantaban y él perdía la oportunidad.

Total, que con tanto desasosiego, pasaron los cuartos, las medias y las horas haciéndosele una eternidad en la que ora desesperaba y ora confiaba hasta que por fin oyó dar las doce y en ese momento las brujas aparecieron. Casi no podía creer lo que estaba viendo, que eran las mismas visiones que relatara el otro jorobado; y tal como había dicho, después de los bailes y volatines, las brujas se juntaron y se pusieron a cantar:

-Lunes, martes y miércoles, tres; lunes, martes y miércoles, tres; jueves, viernes y sábado, seis; jueves, viernes y sábado, seis.

El jorobado vio que habían aprendido bien lo que el otro les había enseñado y que no lo olvidaban, así que decidió terminar la semana y cantó, con el mismo son que las brujas:

-Y domingo, con seis, hace siete.

Las brujas, que oyeron este canto, se enfurecieron terriblemente y empezaron a buscar por todas partes, diciendo:

-¿Quién nos hace burla, quién? ¿Dónde está el que nos hace la burla?

Y el pobre jorobado entendió que preguntaban: «¿Quién nos dice la última, quién? ¿Dónde está el que nos dice la última?» y las llamó diciendo:

-Aquí estoy sentado en esta piedra. Quítenme ustedes la joroba.

Todas las brujas le rodearon, aún más furiosas que antes, y empezaron a darle empellones y pellizcos, mientras decían unas a otras:

-¡Mira! ¡Si es un jorobado!

-¡Un jorobado! ¡Que ha venido a reírse de nosotras!

-¡Vaya con el jorobado! ¡A ver qué hacemos con él!

Y dijeron todas a coro:

-¡Pues le ponemos otra joroba!

Y nada, que le pusieron otra joroba en mitad de la espalda, con lo cual ya tenía dos.

El pobre jorobado se fue a su casa cabizbajo y pensando en lo que le había sucedido; y estaba tan pensativo y ensimismado que no pudo pegar ojo en toda la noche y a la mañana siguiente no se atrevió a salir a la calle para que no le vieran las dos jorobas.

Y tanto y tanto aumentó su tristeza que dejó de comer y de dormir. Hasta que un buen día lo encontraron muerto de pena en su cuarto.

FIN

 

1. Era: Espacio descubierto, llano y a veces empedrado, donde se trillan las mieses.

LOS LADRONES ARREPENTIDOS

Anónimo español

Un ermitaño vivía en soledad en una ermita perdida en el monte y se alimentaba de lo que buenamente encontraba en el campo; cuando no se cuidaba de su alimento, se dedicaba a la oración, que le llevaba la mayor parte de su tiempo. Vivía de esta manera tan sencilla y escondida porque era hombre que nunca había pecado, ni de obra ni de pensamiento, y Dios, complacido con él, le envió un ángel para que todos los días le dejara un pan en la ermita, mientras el buen hombre dormía.

Hasta que un día en que se había alejado bastante de su ermita, se cruzó en su camino con una pareja de guardias que conducían a un preso y el ermitaño le dijo al preso:

-Así os veis los que ofendéis a Dios. La justicia os castiga y luego vuestra alma se la lleva el diablo.

Entonces Dios se ofendió mucho por el comentario del ermitaño, ya que a aquel hombre lo llevaban preso sin culpa alguna y, para mostrar su enfado, le dijo al ángel que no volviera a llevarle más pan.

Cuando a la mañana siguiente el ermitaño vio que el ángel no le había dejado pan, tal y como le ordenase Dios, comprendió que había cometido alguna falta y se echó a llorar, apesadumbrado.

Entonces vino el ángel trayendo una rama de zarza seca y le dijo:

-Dios te castiga por tu imprudencia, pues el preso al que acusaste ayer era inocente. No te traigo ya pan sino una rama de zarza seca que habrás de llevar siempre contigo y la usarás de cabecera cuando duermas; Dios no te perdonará hasta que broten de la zarza tres ramas verdes. Y desde ahora no vivirás del pan ni de los frutos del campo, sino que habrás de abandonar esta ermita y comer de lo que obtengas por limosna.

Apenas el ángel hubo dicho esto, la ermita desapareció, y con ella el ángel; y entonces el ermitaño sintió la soledad como un peso horrible, y volvió a llorar con gran amargura.

El ermitaño iba de pueblo en pueblo pidiendo limosna y, cuando dormía, se ponía la zarza como almohada.

Así vivía hasta que un día se le empezó a echar la noche encima sin avistar casa, ni pueblo, ni aldea y ya desesperaba de encontrar un lugar donde dormir cuando alcanzó a ver una luz en la lejanía y se apresuró hacia ella con el ánimo de cobijarse aquella noche.

Cuando llegó a la luz, vio que provenía de una cueva y el ermitaño gritó desde la boca:

-¡Ave María!

A sus gritos salió una vieja por saber qué quería y él le dijo que sólo buscaba un rincón donde echarse a pasar la noche. Pero aquella cueva era una cueva de ladrones y la vieja le aconsejó que se fuera porque si venían los ladrones le matarían para que no los denunciase; pero al ver el cansancio y la soledad del ermitaño, la vieja se compadeció de él, porque además era una noche muy oscura, y le escondió en el fondo de la cueva, donde no le vieran los ladrones, que nunca llegaban hasta allí.

En esto llegaron los ladrones cargados de sacos, talegos y cofres, porque aquel día habían hecho un robo muy grande y era tanto el botín que decidieron llevarlo al fondo de la cueva. Y allí vieron al ermitaño y le cogieron y le sacaron afuera y el capitán de los ladrones le preguntó a la vieja quién era ese hombre y qué hacia escondido en el fondo de la cueva.

Y la vieja le contestó:

-Es un pobre de pedir limosna, que andaba perdido y venía buscando cobijo, pero mañana al hacerse el día se irá.

-¡Estúpida vieja! -dijo el capitán-. Mañana cuando se vaya correrá a escape a denunciarnos, pero yo lo he de matar ahora mismo.

Sacó su puñal para matar al ermitaño y la vieja, gimiendo y llorando, le pidió que no lo hiciera.

-¡No lo mates, que es un buen hombre y no dirá nada!

Entonces el ermitaño se adelantó hacia el capitán y dijo:

-Déjale que haga lo que quiera, mujer, que será designio de Dios. Porque yo vivía en una ermita solo y apartado y dedicado a la oración y porque ofendí a un preso que era inocente llamándole ladrón, Dios me ha castigado a vagar por el mundo viviendo de limosna y no me perdonará hasta que no broten tres ramas verdes de esta zarza seca que llevo conmigo.

Al escuchar esto, dijo el capitán:

-Vuélvete a tu rincón y mañana, apenas amanezca, te vas de aquí sin mirar atrás.

El ermitaño se fue a acostar y los ladrones se quedaron pensativos. Y la vieja dijo:

-Si Dios le ha castigado nada más que por un mal pensamiento ¿qué no hará con nosotros, que somos ladrones?

Y los ladrones siguieron pensativos hasta que el capitán les mandó acostarse a todos.

A la mañana siguiente, apenas amaneció, fue el capitán a ver si el ermitaño se había ido y lo encontró muerto en su rincón, con la cabeza apoyada en la zarza seca, a la que le habían brotado tres ramas verdes.

Llamó a los demás ladrones y les dijo que allí mismo quedaba deshecha la partida. Los ladrones y la vieja se arrodillaron y se arrepintieron de todo lo malo que habían hecho hasta entonces, luego hicieron un hoyo a la entrada de la cueva y enterraron en él al ermitaño y la zarza y, dejando todos sus tesoros en la cueva, se marcharon cada uno por su lado para llevar otra vida. Y la zarza echó las tres ramas fuera y creció y se enmarañó tanto que cubrió por completo la entrada de la cueva y nadie volvió a saber de ella.

LOS SIETE CONEJOS BLANCOS

Anónimo español

Un rey tenía una hija muy hermosa a la que amaba con todo su corazón. Su esposa, la reina, había educado con mucho cariño y atención a la princesa y le había enseñado a coser y bordar de manera primorosa, por lo que la princesa disfrutaba muchísimo haciendo toda clase de labores.

La habitación de la princesa tenía un balcón que daba al campo. Un día se sentó a coser en el balcón, como solía hacer a menudo; entre puntada y puntada contemplaba los magníficos campos que se extendían ante el castillo, los bosques y las colinas, cuando, de pronto, vio venir a siete conejos blancos que hicieron una rueda bajo su balcón. Estaba tan entretenida y admirada observando a los conejos que, en un descuido, se le cayó el dedal; uno de los conejos lo cogió con la boca y todos deshicieron la rueda y echaron a correr hasta que los perdió de vista.

Al día siguiente volvió a ponerse a coser en el balcón y, al cabo del rato, vio que llegaban los siete conejos blancos y que formaban una rueda bajo ella. Y al inclinarse para verlos mejor, a la princesa se le cayó una cinta, la cogió uno de los conejos con la boca y todos echaron a correr otra vez hasta que se perdieron de vista.

Al día siguiente volvió a ocurrirle lo mismo, pero esta vez lo que perdió fueron las tijeras de costura.

Y después de las tijeras fueron un carrete de hilo, un cordón de seda, un alfiletero, una peineta... Y a partir de entonces los conejos ya no volvieron a aparecer más.

Como los conejos ya no volvían, por más que ella saliera todos los días al balcón, la princesa acabó enfermando de tristeza y la metieron en cama y sus padres creyeron que se moría. Pero el rey la quería tanto que mandó llamar a los médicos más famosos, y cuando éstos confesaron que no sabían qué clase de enfermedad tenía la princesa, mandó echar un pregón anunciando que la princesa estaba enferma de una enfermedad desconocida y que cualquier persona que tuviera confianza en poder curarla acudiera de inmediato a palacio; y a quien la curase le ofrecía, si era mujer, una gran cantidad de dinero, y si era hombre sin impedimento para casarse, la mano de su hija.

Mucha gente acudió al pregón del rey, pero nadie supo curar a la princesa, que languidecía sin remedio.

Un día, una madre y una hija que vivían en un pueblo cercano, determinaron acercarse a palacio para ver si lograban curar a la princesa, pues ambas se dedicaban a la herboristería y confiaban en que, con su conocimiento de todas las plantas del reino, alguna fórmula encontrarían para poderla sanar. Conque se pusieron en camino.

E iban de camino cuando decidieron ganar tiempo tomando un atajo; y cuando iban por el atajo, decidieron hacer un alto para comer y descansar un poco. Pero quiso la suerte que, al sacar el pan, se les cayera rodando por la loma en cuyo alto habían tomado asiento y las dos, sin dudarlo, corrieron tras él hasta que lo vieron caer dentro de un agujero que había al pie de la loma. Conque llegaron hasta él y, al agacharse para recuperarlo, vieron que el agujero comunicaba con una gran cueva que estaba iluminada por dentro. Mirando por el agujero, vieron una mesa puesta con siete sillas y, a poco, vieron a siete conejos blancos que entraron en la cueva y, quitándose el pellejo, se convirtieron en siete príncipes y los siete se sentaron alrededor de la mesa.

Entonces oyeron a uno de ellos decir, mientras cogía un dedal de la mesa:

-Éste es el dedal de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!

Y a otro:

-Ésta es la cinta de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!

Y a otro:

-Éstas son las tijeras de la princesa. ¡Quién la tu viera aquí!

Y así sucesivamente, uno tras otro, hasta hablar los siete. Las dos mujeres se retiraron prudentemente y sin hacer ruido, pero antes de alejarse se fijaron en que no lejos del agujero había una puerta muy bien disimulada entre la maleza. Entonces se apresuraron a llegar a palacio y, una vez allí, pidieron ver a la princesa. La princesa estaba acostada y ya no deseaba ver a nadie más, pero las dos mujeres empezaron a hablar con ella y le contaron quiénes eran y a qué se dedicaban y, por fin, le contaron el viaje que habían hecho y, contándole el viaje, le relataron la misteriosa escena de la cueva y los siete conejos blancos.

En este punto, la princesa se enderezó en su cama y pidió que le trajeran algo de comer. Y el rey, al enterarse, fue inmediatamente a su habitación lleno de contento, pues era la primera vez que la princesa quería comer desde que cayera enferma.

-Padre -le dijo la princesa-, ya me voy a curar, pero me tengo que ir con estas señoras.

 

-¡Eso no puede ser! -protestó el rey-. ¡Aún estás demasiado débil!

-Pues así ha de ser -dijo la princesa, empeñada.

Y el rey comprendió que no tenía más remedio que ceder y ordenó que preparasen su coche.

Partieron en seguida las tres y, a la mitad del camino, allí donde las mujeres le dijeran, la princesa ordenó detener el coche y las tres se apearon para buscar la cueva, que se hallaba bastante apartada del camino. Por fin llegaron al agujero y a la puerta disimulada y miraron por uno y otra, pero no veían nada y la noche comenzaba a echárseles encima en aquel paraje. Tanto oscureció que las tres acordaron volver al día siguiente a la misma hora con la esperanza de tener mejor fortuna, cuando, de pronto, vieron que se iluminaba el interior de la cueva y vieron también a los siete conejos blancos, que se despojaban de sus pellejos y se convertían en príncipes.

Los siete se sentaron a la mesa y volvieron a repetir lo que las dos mujeres ya habían oído:

-Éste es el dedal de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!

Y el siguiente:

-Ésta es la cinta de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!

Hasta el último:

-Ésta es la peineta de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!

Entonces la princesa dio un empujón a la puerta, entró y dijo:

-Pues aquí me tenéis.

Y escogió al que más le gustaba de todos; y a las dos mujeres que tanto la habían ayudado y a los otros seis príncipes les pidió que la acompañaran al palacio porque todos quedaban convidados a la boda.

LOS VADOS INFECTOS

Anónimo europeo

Cerca de 1820 vivió un herrero de nombre Keane en la villa de Longformacus, en Lammermoor. Era un tipo duro, apasionado, que blasfemaba seguido. Durante muchos años fue herrero de los tropeles de la burguesía de Spottiswood y de Eagle. Un día fue a Greenlaw para asistir al funeral de su hermana, pretendiendo regresar a casa antes de que oscureciera. Su esposa y familia se sorprendieron de que él no reapareciera cuando lo esperaban, así que se sentaron a esperarlo. Cerca de las dos de la mañana escucharon la caída de algo pesado contra la puerta de la casa, y al abrirla descubrieron al viejo Keane, casi desmayado, en el umbral. Lo pusieron en la cama e intentaron curarlo, pero cuando se repuso de la inconciencia se volvió como loco y habló cosas espantosas que aterrorizaron a toda su familia. Continuó así hasta el siguiente día, pero al final recobró el sentido y pidió ver al ministro, a solas.

Luego de una larga conversación con él, llamó a toda su familia alrededor de su cama y requirió de cada uno de sus hijos y esposa una solemne promesa de que jamás pasarían sobre un particular lugar en el páramo entre Longformacus y Greenlaw, conocido como Los Vados Infectos (es el vado sobre un pequeño curso de agua al este de Castle Shields). No les señaló ninguna razón para tal cosa, sino que les exigió la promesa. No habló más y falleció esa misma noche.

Cerca de diez años después de su muerte, su hijo mayor, Henry Keane, tuvo que ir a Greenlaw por negocios, y al atardecer se preparó para regresar a casa. La última persona que lo vio al dejar el pueblo fue el herrero de Spottiswood, John Michie. Keane trató de persuadir a Michie de que lo acompañara a casa, a lo que se negó. Keane le suplicó con ahínco, y le dijo que tenía que atravesar Los Vados Infectos esa noche, y que prefería ir a través del fuego infernal antes que por tal lugar. Michie le respondió que no era necesario pasar por Los Vados Infectos, ya que podía evitarlos dando un rodeo de algunos metros. Él persistió con su idea de pasarlos y Michie al final lo dejó solo, muy sorprendido de que él hablara de pasar por tal páramo, cuando todos sabían que él y su familia entera estaban atados a la promesa, hacia el finado padre, de nunca cruzar ese lugar.

Al día siguiente un trabajador de Castle Shields, cuyo nombre era Adam Redpath, iba a su trabajo (como cavador de drenajes en el páramo) cuando sobre Los Vados Infectos vio el cuerpo de Henry Keane, sin marcas de violencia en el cuerpo. Su sombrero, capa, chaleco y zapatos se encontraron a unos 100 metros de distancia de él, hacia el lado de Greenlaw, sobre los Vados. Y mientras su pañuelo estaba desparramado junto con su demás ropa, sus pantalones le quedaron puestos. Mr. Ord, el ministro de Longformacus, había contado a una o dos personas aquello que John Keane (el padre) le había dicho en su lecho de muerte, y gradualmente la historia se difundió. Y fue esta: Keane le dijo que él estaba regresando lentamente a su hogar, luego del funeral de su hermana, mirando hacia el campo, cuando fue sorprendido súbitamente por el sonido como de una estampida de caballos. Vio una larga tropilla de jinetes que cabalgaban hacia él, de dos en dos. Y lo que lo horrorizó fue ver que uno de los dos jinetes que encabezaban la hilera era su hermana, que había visto en aquel entierro en Greenlaw. Siguió mirando, y vio a varios parientes y amigos que llevaban mucho tiempo muertos; pero cuando vio los dos últimos caballos notó que uno de ellos estaba montado por una persona cuyo rostro jamás había visto antes. Este mismo guiaba el otro caballo, que, a pesar de que estaba ensillado y con su brida, iba sin jinete, y sobre este corcel la compañía entera quería que Keane montara. Él luchó violentamente, según dijo, y por algún tiempo, hasta que al final logró escaparse prometiéndoles que uno de su familia lo reemplazaría.

Aún vive en Longformacus el único hijo que quedó, Robert; él tiene el mismo horror a Los Vados Infectos que tenía su hermano, y no habla, ni permite que nadie le hable sobre el tema.

Hace tres o cuatro años, un pastor de nombre Burton fue hallado muerto a corta distancia del mismo lugar, sin causa aparente.

JEANNE ET BRIMBORIAU

Anónimo francés

Un día, un mendigo pasó por una aldea pidiendo limosna; llamó a la puerta de una casa en la que vivía un hombre llamado Brimboriau con su esposa, Jeanne. Jeanne, que se encontraba sola en casa, acudió a abrir:

-¿Qué desea?

-Un trozo de pan, por favor.

-¿Adónde va usted?

-Al Paraíso.

-¡Ah!, muy bien -dijo la mujer-. ¿No podría usted llevarle un pan y provisiones a mi hermana que está en el Paraíso desde hace tiempo? Debe carecer de todo. Si pudiera enviarle también ropa me quedaría muy contenta.

-Le haría ese favor de todo corazón -contestó el mendigo- sólo que no podré llevar tantas cosas. Necesitaría por lo menos un caballo.

-¡Ah! ¡por eso que no quede! -dijo la mujer-. Coja nuestra Finette, y luego nos la devuelve. ¿Cuánto tiempo le llevará ese viaje?

-Estaré de regreso dentro de tres días.

El mendigo cogió la yegua y se marchó cargado de ropa y provisiones. Poco después regresó el marido.

-¿Dónde está Finette? -preguntó.

-No te inquietes -contestó su mujer-. Hace un momento ha venido un buen hombre que se dirigía al Paraíso. Le he prestado a Finette para que le llevara a mi hermana ropa y provisiones que debe estar necesitando mucho. Le he enviado de ambas cosas para bastante tiempo. El buen hombre regresará dentro de tres días.

Brimboriau no se sintió muy contento; sin embargo esperó los tres días. Al cabo de ese tiempo, al ver que la yegua no regresaba, le pidió a su esposa que lo acompañara a buscar al animal. Ahí van los dos recorriendo la campiña. Al pasar junto a un lugar en el que habían enterrado un caballo, Jeanne vio una de las patas que salía de la tierra.

-Ven rápido -le gritó a su marido-. Finette está empezando a salir del Paraíso.

Brimboriau acudió corriendo y, cuando vio de qué se trataba, se enfureció.

Mientras tanto, llegaron unos ladrones que apresaron a Brimboriau y a su mujer. Encontraron, no obstante, forma de escapar y se llevaron consigo una puerta que los ladrones habían robado de una casa. Como se había hecho muy tarde, se subieron los dos a un árbol para pasar la noche; Brimboriau llevaba consigo la puerta. Poco después, el azar quiso que los ladrones vinieran a colocarse justamente al pie de aquel árbol, para contar el dinero que habían robado. Mientras estaban tranquilamente sentados, Brimboriau dejó caer sobre ellos la puerta. Los ladrones, aterrorizados, se pusieron a gritar: «¡Es el buen Dios que nos castiga!» y huyeron despavoridos dejando atrás el dinero. Brimboriau se apresuró a recogerlo, y le dijo a su mujer:

-No nos fatiguemos más buscando a Finette, ya tenemos con qué reemplazarla.

LOS LADRONES DE NUECES

Anónimo francés

Dos ladrones de nueces se refugian en un cementerio para distribuirse el botín. Hacen el ruido suficiente como para que el sacristán los oiga desde el presbiterio, y decide ir a ver qué pasa. Es de noche; el sacristán divisa entre las tumbas dos siluetas que le parecen horrorosas. Parecen estar contando y el hombre les oye decir:

-Una para ti, una para mí, una para ti, una para mí...

Aterrorizado, el sacristán echa a correr, va a buscar al párroco y tiembla al contarle la cosa a su manera:

-He visto al buen Dios y al diablo juntos en el cementerio. Se lo aseguro: estaban repartiéndose las almas de los difuntos.

El cura levanta los brazos al cielo, pero el otro insiste tanto que termina por seguirle. Se acercan los dos suavemente al triste lugar en el que se entierra a los humanos, pero no se atreven a entrar y se contentan con prestar atención. En ese momento, los ladrones han terminado de contar las nueces de los dos sacos colocados ante ellos. Y uno de ello le dice a su compañero: «Ve a buscar a los dos otros que están detrás del muro». Creyendo que hablan de ellos, el párroco y el sacristán huyen despavoridos. Aún siguen corriendo.

FIN

 

Traducción de Esperanza Cobos Castro: relatosfranceses.com.

LOS TRES HIJOS HÁBILES

 

Anónimo francés

No pudiendo alimentarlos, un padre envía a sus tres hijos a ganarse la vida por el ancho mundo. Pasan los años y los hijos regresan. Vuelven los tres el mismo día, valientes y contentos... El padre está lleno de alegría por volver a verlos.

-Para festejar vuestro regreso -les dice- voy a hacer una tortilla.

-Déjalo padre -dijo el mayor-. Yo soy cocinero, yo haré la tortilla. Tú, padre, quédate en la puerta de la casa con un plato grande en la mano.

El joven vierte los huevos en la sartén... En el momento en que la tortilla está a punto, da un golpecito en el mango de su utensilio. La tortilla se echa a volar como una crêpe, pasa por el conducto de la chimenea y cae ante la casa, justamente en el plato del padre. Éste queda maravillado por tanta habilidad. Y he aquí que pasa un caballero por el camino. El hombre pregunta:

-Mi caballo ha perdido su herradura; ¿quién podría ayudarme a ponerle una?

-Yo -contestó el segundo hijo-. Yo soy herrador. Retroceda un poco, por favor, y luego lance su caballo al galope delante de mí.

El caballero, aunque sorprendido, obedeció. Y el segundo hijo, rápido como un relámpago, hierra el caballo al paso, sin que se detenga siquiera. El padre queda maravillado de nuevo. Entonces se desencadena una tormenta. El granizo empieza a caer a espuertas. El más joven de los chicos sonríe:

-Ha llegado el momento de mostrarles lo que yo sé hacer -dijo-. Coge un bastón, se adelanta, golpea los granizos tan rápido y tan fuerte que ninguno de ellos logra llegar a tierra... Y el padre llora de alegría por tener tres hijos que han llegado a ser tan hábiles.

LOS PIOJITOS DE LA PRINCESA

Anónimo suizo

Las princesas son, en medio de todo, infelices criaturas. Solamente pueden jugar con sus iguales, de éstos hay, en verdad, muy pocos.

Por eso, la pequeña princesa tenía que lanzar completamente sola su pelota de oro al aire y volverla a coger de nuevo, cuando salía a jugar en el jardín del palacio. Pero esto la aburría.

Un día, desde el otro lado del muro, llegó hasta ella el rumor de alegres risas. La princesita escuchó, y luego miró hacia la camarera que la vigilaba. Ésta se hallaba sentada en un banquillo; pero era evidente que estaba a punto de dormirse, pues el tiempo era bochornoso: tan pronto llovía como hacía un calor sofocante. En este momento se cerraron los ojos de la doncella. La pequeña princesa conocía la puertecilla que había en el muro. Pero sabía también que un soldado la guardaba constantemente.

Pero, ¡oh suerte! También el soldado se había dormido un poco en su garita, a causa del bochorno. Así pudo deslizarse la princesita como un ratoncillo, sin ser vista. Con curiosidad miró calle arriba, calle abajo. Un niño y una niña estaban sentados en el bordillo de la acera, entretenidos en hacer correr barquitos de papel en un arroyo de la calle. Con las puntas de los pies descalzos o con bastoncitos de caña, desviaban los barquitos que querían deslizarse en la alcantarilla. Sin embargo, si esto sucedía, reían fuertemente los dos muchachos, y él hacía entonces un nuevo barquito. Nunca había visto la princesa un juego tan agradable y entretenido como aquél.

-¿Puedo jugar con ustedes? -les rogó la princesita.

-Por mí... -dijo el muchacho.

-Sí, con mucho gusto -dijo la muchacha.

Entonces abrazó la princesa a la muchacha y se sentó junto a ella en el bordillo de la acera. Parecía que ahora empezaba para ella una nueva vida, y esta maravilla duró casi media hora. Hasta que de pronto se oyó gritar detrás del muro:

-¡Princesa! ¡Princesa!

Al punto se abrazaron las dos muchachas, y la princesa dijo:

-¡Qué lástima que no pueda quedarme siempre a tu lado!

Acompañada por siete doncellas, regresó de nuevo la hija del rey a palacio, y tras ella marchaba el soldado. En el palacio se llevaban las doncellas las manos a la cabeza y gemían con desconsuelo:

-¡Ha jugado con niños de la calle! ¡Desnúdenla y arrojen todos los vestidos al fuego!...

Después la bañaron cuidadosamente. Pero cuando comenzaron a peinarle los cabellos, lanzó la primera doncella un fuerte grito.

-¿Qué te ocurre? -preguntó la princesa, compasiva.

-¡Terror sobre terror! -lamentó la doncella, y pidió a gritos una bandeja de oro.

Sobre ella colocó un pequeño puntito de color pardo, que se agitaba alegremente.

Luego reunió a las demás doncellas del servicio de la princesa. Todas se inclinaron sobre un diminuto animalillo, y la más vieja sentenció, llena de espanto:

-Es un piojito. Lo ha cogido de la andrajosa muchacha. ¡Al fuego con él!

Pero entonces exclamó la princesita:

-¡No es ninguna muchacha andrajosa! Es mi amiga. Y el piojillo quiero conservarlo yo. No ha de ir al fuego.

Entonces se desmayaron las siete doncellas al oír semejantes cosas. La princesa, sin embargo, se apresuró a ir con la bandeja de oro hacia la reina:

-Reina, querida madre. ¡Quieren quitarme el piojito, el regalo de mi amiga! -exclamó.

Entonces se desmayó también la reina, y se llamó apresuradamente al rey. Éste se echó a reír cuando supo de qué se trataba y dijo:

-Princesa, princesa, ¡Ese pequeño animalito muerde!

Hizo una seña a un soldado, y éste se llevó la bandeja de oro en que estaba el piojito. La princesita, entonces, comenzó a llorar amargamente, y no había manera de consolarla.

Como al tercer día aun siguiera llorando, hizo venir el rey a su orfebre, que era un hombre hábil y famoso en su oficio. El rey le ordenó que hiciera para la princesa un piojo de oro, el cual resultó en extremo maravilloso. Pero la princesita arrugó, al verlo, la naricilla y dijo:

-Éste no puede andar.

Entonces ordenó el rey al orfebre que hiciera otro piojillo de oro que pudiera caminar. El orfebre se dio gran maña y, después de siete días de trabajo, pudo regalar el rey a su hija un magnífico piojillo que corría con sus seis ligeras patas. La princesita gritó de júbilo, y puso el piojillo sobre sus rizos. ¡Oh! ¡Cómo cosquilleaba! La princesita reía, y el rey exclamaba lleno de alegría:

-¡Orfebre, tú has de hacer cien de estos piojitos para la princesa!

Así se hizo, como el rey mandaba, y nadie se sentía más feliz que la princesa. Pero sólo duró tres días esta felicidad. Al cuarto día, dejó caer la triste cabecita y se lamentó:

-Mis piojitos pueden caminar, pero no pueden morder. ¡Qué bien lo tienen los niños que viven fuera del palacio!... Sus piojillos muerden.

En su terquedad, no quiso ver ya siquiera los cien dorados animalitos que traía el orfebre. Los encerró todos en una cajita y los lanzó en amplio círculo por encima del muro del palacio.

Allí estaban jugando como siempre los dos pilletes: el niño y la niña de las barquitas de papel. La chiquilla abrió la cajita y comenzaron a huir de allí todos los piojitos de oro. Tan rápidos corrían, que cada uno de los dos muchachos sólo pudo atrapar a uno de ellos. Luego los llevaron a sus padres.

¡Cómo se asombraron éstos del hallazgo! Los dos piojitos de oro no sólo podían caminar, sino también buscarse para bailar los dos juntos. El padre, un diestro afilador de cuchillos y tijeras, se dio cuenta enseguida de que estos animalitos eran muy valiosos. Por temor de que el rey pudiera hacerlos buscar de nuevo, se trasladó con su familia a otro país. Esto le era fácil, pues vivían en un carro, y medios para poder vivir apilando cuchillos y tijeras los hay en todos partes.

En el país extranjero a que llegaron fueron admirados también grandemente los habilidosos animalitos. Tanto, que el rey de aquel país oyó hablar de ellos como de algo maravilloso. Entonces mandó llamar al afilador de tijeras y le compró por una gran suma los dorados piojitos bailadores.

¿Pueden imaginarse lo que, ante todo, se compraron los vagabundos con este dinero? Un peine muy fino. Con él peinó la madre los cabellos de sus hijos y sacó de ellos todos los piojitos. Desde entonces no tuvieron ya que rascarse más y pudieron dormir en adelante tranquilos. No podía negarse que eran la gente más feliz de este mundo.

La princesa lamentó, sin embargo, durante toda su vida que el orfebre del rey no fuera capaz de fabricar piojitos que no sólo caminaran y bailaran, sino que pudieran también morder.

Sí, sí; así son las princesas.

   

MATRIOSKA

Anónimo ruso

 

El viejo Seguei había nacido al sur de la ribera oriental del Volga, cerca de la región del Caúcaso. Como sus padres, y los padres de sus padres, y aún incluso los padres de éstos, el viejo Serguei había dedicado su vida a transformar la madera. Como ya habrán imaginado, era carpintero. Fabricaba desde muebles a hermosos juguetes, caballos de cartón y móviles, pasando por silbatos tallados y hasta instrumentos musicales. Cada semana, salía a recoger la madera necesaria para sus jornadas de trabajo. La seleccionaba de forma precisa, y de una sola ojeada sabía para qué podría ser utilizada. Aquella noche había caído una abundante nevada. Sin embargo, cuando los primeros rayos perezosos de sol comenzaron a despertar, y pese al frío que helaba hasta el aliento, Seguei salió de la cabaña y recorrió lentamente el camino hacia el bosque. El suelo y las hojas de los árboles aparecían completamente pintados por la inmaculada nevada y aún incluso los rayos del sol, que empezaban a despuntar, reflejaban y lo deslumbraban con su luz blanquecina.

Serguei recorrió un largo camino y no encontró más que pequeños maderos y troncones que, como mucho, le servirían para azuzar la estufa de la casa. Aquel no parecía que fuera a ser un día productivo porque los empleados de los grandes aserraderos no habían dejado ningún tronco olvidado o podrido. De pronto, en un claro del bosque, el viejo Serguei se fijó en un montón de nieve que sobresalía en el llano. Se acercó pensando que se trataría de un animal agazapado y al agacharse vio el más hermoso de los troncos que nunca antes había recogido. La madera, blanquecina, parecía brillar bajo los primeros rayos, y del grueso del tronco surgía un halo de vida, casi tan intenso como el de los oseznos al nacer. Serguei cogió con todas sus fuerzas el tronco en sus manos y lo llevó a casa. Pero, así, con aquella fuerza que desprendía, el viejo Serguei no sabía qué fabricar con él. Debía ser, sin duda, algo muy especial.

Durante los siguientes dos días, con sus respectivas noches, Serguei no podía comer, ni dormir, ni trabajar. Tal era su obsesión por aquel tronco. Finalmente, una mañana, cuando había caído rendido por el cansancio, despertó y decidió, sin más, que fabricaría una muñeca. Aquel mismo día puso el tronco sobre la mesa de trabajo y empezó a tallarla suave y delicadamente. El trabajo, arduo, duró más de una semana, y cuando la terminó Serguei se sintió tan orgulloso de su obra que decidió no ponerla en venta y la guardó consigo... sin, duda, para que lo acompañara en su soledad. Le puso por nombre Matrioska.

Cada mañana, Serguei se levantaba y la saludaba cortésmente antes de iniciar sus tareas:

-Buenos días, Matrioska.

Un día tras otro repetía la misma cantinela, hasta que, de pronto, una mañana, un tenue susurro le respondió:

-Buenos días, Serguei.

El viejo Serguei se quedó tremendamente impresionado y repitió:

-Buenos días, Matrioska...

-Buenos días, Serguei -le contestó la muñeca, en un hilo de voz.

Maravillado, Serguei se acercó a la muñeca para comprobar que era ella quien hablaba y no sus viejos oídos los que le jugaban una mala pasada y, desde aquel día, vio acompañada su soledad por la pequeña Matrioska, que era un pozo de palabras y risas, y lo distraía y alegraba en su trabajo diario. Eso sí, Matrioska sólo hablaba cuando los dos, carpintero y muñeca, estaban solos.

Una mañana Matrioska despertó muy triste. Serguei, que no tenía un pelo de tonto, había venido observando la tristeza en los ojos de la muñeca desde hacía varias semanas. Tras mucho rogarle, Matrioska, un poco avergonzada, le explicó que ella veía cada día por la ventana a los pájaros con sus crías, a los osos con sus oseznos, y hasta a las orugas que parecían verse perseguidas por millones de oruguitas que se enganchaban unas a otras formando una gran cordada...

-Incluso tú -apuntó Matrioska- tú me tienes a mí, pero yo también querría tener una hija.

-Pero entonces -respondió Serguei- tendría que abrirte y sacar la madera de dentro de ti, y sería doloroso y nada fácil.

-Ya sabes que en la vida las cosas importantes siempre suponen pequeños sacrificios -respondió la dulce Matrioska.

Y así fue como el viejo Seguei abrió a Matrioska y extrajo cuidadosamente la madera de su interior para hacer una muñeca, casi gemela, pero un poco más pequeña, a la que llamó Trioska. Desde aquel día, cada mañana, al levantarse, saludaba:

-Buenos días, Matrioska; buenos días, Trioska.

 

-Buenos días, Serguei; buenos días, Serguei -respondían ellas al unísono.

Ocurrió que también Trioska sintió la necesidad de ser madre. De modo que el viejo Serguei extrajo la madera de su interior y fabricó una muñeca aún más pequeña, a la que puso por nombre Oska. Al cabo de un tiempo también Oska quería tener su propia hija, pero al abrirla Serguei se dio cuenta de que sólo quedaba un mínimo pedazo de madera, tan blanca como el primer día, pero del tamaño de un garbanzo. Sólo una muñeca más podría fabricarse. Entonces el viejo Serguei tuvo una gran idea. Fabricó un pequeño muñeco, y antes de terminarlo, le dibujó unos enormes bigotes y lo puso ante el espejo diciéndole:

-Mira Ka,... tú tienes bigotes. Eres un hombre, o sea, recuerda que no puedes tener un hijo o una hija de dentro de ti.

Después abrió a Oska. Puso a Ka dentro de Oska. Cerró a Oska, abrió a Trioska. Puso a Oska dentro de Trioska. Cerró a Trioska, abrió a Matrioska. Puso a Trioska dentro de Matrioska y cerró a Matrioska.

Y esta es la historia de Seguei y su muñeca Matrioska. Un día Matrioska desapareció y nunca la han vuelto a encontrar. Estará en alguna tienda de antigüedades o en la estantería de alguna vieja librería. Si la encuentran no duden nunca en darle el mayor cariño, porque ella no dudó en hacer el mayor de los sacrificios por alcanzar algo tan importante como la maternidad.

MOMOTARO

 

                    ¿Qué crees que le puede pasar a un niño que salga de un melocotón? ¿Y si tiene como amigos a un perro, un mono y un faisán? Pues miles de aventuras, seguro. ¿Quieres conocerlas?

Hace mucho, mucho tiempo, en algún lugar de Japón vivía una pareja de ancianos.

Un día el anciano salió a la montaña a recoger leña mientras que la ancianita fue al río para lavar ropa. De repente, la ancianita vió que un enorme melocotón bajaba por el río, aguas abajo. Ella lo recogió y se lo llevó a casa.

El anciano al llegar a casa se sorprendió al ver tan enorme melocotón y dijo: "¡Qué melocotón tan grande!, ¿lo cortamos? y la anciana contestó: "¡Sí, vamos a cortarlo!" Pero antes de cortarlo, el melocotón empezó a moverse y de su interior salió un niño.

Los ancianos se sorprendieron al ver a un niño salir de aquel enorme melocotón, pero también se alegraron porque como no tenían hijos, ese niño se convertiría en su único hijo. "¡Lo llamaremos Momotaro! porque nació de un "momo", dijo la anciana.

Momotaro comía mucho y creció fuerte y robusto. Nadie podía rivalizar con él. Era bueno y ayudaba a sus padres en todo lo que le pedían, pero había algo que preocupaba a los ancianos: Momotarono aún no había pronunciado ni una sola palabra.

Por aquella época, unos demonios estaban causando alboroto y cometiendo fechorías por todo el pueblo, y Momotaro se indignaba y pensaba que: "¡Esta situación no lo puedo tolerar!".

Un día, de repente comenzó a hablar y dijo a sus padres: "¡Voy a castigar a los demonios! Me tenéis que ayudar a preparar mis cosas para salir a buscarlos." Los ancianos se quedaron sorprendidos al escuchar por primera vez la voz de Momotaro. Así que ayudaron a su hijo y le dieron ropas nuevas y "kibi dango" para que pudiera comer durante el viaje.

Momotaro partió hacia la isla de los demonios. Los ancianos rezaban para que su hijo se encontrara sano y salvo.

Momotoro se encontró en el camino con un perro. El perro le dijo: "¡Oye! Dame un "kibi dango" por favor. Si me lo das te ayudaré en lo que sea". Momotaro le entregó un "kibi dango" y empezaron a caminar juntos.

Poco después se encontraron con un mono, el cual pidió a Momotaro lo mismo que el perro. Momotaro cogió un "kibi dango" y se lo entregó, y los tres empezaron la marcha nuevamente.

En el camino a la isla del demonio, encontraron a un faisán, el cual pidió lo mismo que los anteriores y se unió al grupo.

Pasaron unos días y llegaron por fin a la "isla de los demonios". El faisán realizó un vuelo de reconocimiento y al volver dijo:"Ahora todos están tomando Sake". Momotaro pensó que era una buena ocasión y dijo:"Vamos".

Pero no podían entrar porque el portón estaba cerrado. En ese momento el mono saltó el portón y abrió la cerradura.

Los cuatro entraron a la vez y los demonios quedaron sorprendidos al verlos. El perro mordió a un demonio, el mono arañó a otro mientras que el faisán picoteaba a un tercero. Momotaro dio un cabezazo al jefe de los demonios y le dijo: "¡No hagási más cosas malas!". Los demonios contestaron: "¡Nunca más lo haremos!, ¡perdónanos!".

Momotaro los perdonó y recobró el tesoro robado, volviendo a casa sano y salvo con sus amigos y repartiendo las riquezas entre la gente del pueblo.

NIÑA DE NIEVE

Anónimo ucraniano

Sentada en el rincón de la chimenea, la anciana suspiraba quedamente mientras revolvía la sopa: nunca se había sentido tan triste. Muchos, muchos años habían pasado y habían dejado el peso de los inviernos sobre sus hombros y habían encanecido sus cabellos sin traerle siquiera un hijito. Tanto a ella como a su viejo y querido esposo les apenaba su falta, porque fuera había muchos niños jugando en la nieve. Les resultaba duro aceptar que ninguno fuera en verdad el suyo. Pero, ¡ay!, ahora ya no les quedaban esperanzas de obtener tal bendición. No verían nunca un gorrito de piel colgado de la repisa de la chimenea, ni dos zapatillas secándose junto al fuego.

El anciano trajo un haz de leña y se sentó. Luego, mientras oía a los niños reírse y batir palmas, miró por la ventana. Allí estaban, bailando alegremente alrededor del muñeco de nieve que acababan de hacer. Se sonrió al ver el evidente parecido que el muñeco tenía con el alcalde del pueblo, tan gordo y pomposo era.

-Mira, Marusha -le dijo a su mujer-. Ven a ver el muñeco que han hecho.

Juntos ante la ventana, se rieron al ver cuánto se divertían los niños. De repente, el anciano se volvió hacia Marusha con una brillante idea.

-Salgamos a ver si nosotros también podemos hacer un muñequito de nieve.

Pero la anciana se rió de él.

-¿Qué dirían los vecinos? Se burlarían de nosotros, seríamos el hazmerreír del pueblo. Ya somos demasiado viejos para jugar como niños.

-Sólo uno pequeño, Marusha, solamente un muñeco pequeñín. Yo me ocuparé de que nadie nos vea.

-De acuerdo, de acuerdo –dijo ella riéndose-, haremos lo que quieras, Youshko, como siempre.

Dicho esto, apartó la olla del fuego, se puso un gorro y salieron. Al pasar junto a los niños, se detuvieron y se quedaron jugando un momento con ellos, porque ahora ellos también se sentían casi como niños. Luego avanzaron con dificultad por la nieve hasta llegar a un bosquecillo; y, detrás de él, allí donde la nieve era blanca y hermosa y nadie podía verlos, se sentaron a hacer el muñeco.

Youshko se empeñó en que debía ser muy pequeño y su mujer estuvo de acuerdo en que debía tener casi el tamaño de un recién nacido. Arrodillados en la nieve, modelaron el cuerpecito en un abrir y cerrar de ojos. Ahora únicamente les faltaba la cabeza para finalizar. Dos gordas bolas de nieve formaron las mejillas y el rostro, y una muy grande la cabeza. Luego colocaron un puñado para la nariz e hicieron dos agujeros, uno a cada lado, a modo de ojos.

No bien estuvo terminado, retrocedieron para mirarlo, riéndose y aplaudiendo como dos niños. De pronto, se detuvieron. ¿Qué había ocurrido? ¡Algo muy extraño, por cierto! Allí donde estaban los agujeros, vieron dos melancólicos ojos azules que les miraban. Luego, el rostro del pequeño muñeco dejó de ser blanco. Las mejillas se volvieron redondas, tersas y brillantes, y dos labios rosados comenzaron a sonreírles. Un soplo de viento barrió la nieve de la cabeza, transformándola en unos bucles muy rubios que escapaban de un blanco gorro de piel y caían sobre sus hombros. Al mismo tiempo, un poco de nieve, resbalando por el cuerpecito, cayó y tomó la forma de una bonita prenda blanca. Luego, de repente y antes de que pudieran reaccionar, el muñeco se había convertido en la más bella niñita que jamás hubieran visto.

Se miraron el uno al otro de soslayo e, incrédulos, se rascaron la cabeza. Pero aquello era tan real como la vida misma. Allí ante ellos estaba de pie la niña, toda de rosa y blanco. Estaba viva de verdad, pues corrió hacia ellos. Y cuando se agacharon para alzarla, puso un brazo alrededor del cuello de la anciana y con el otro cogió el del anciano y les dio a cada uno un beso y un abrazo.

Rieron y lloraron de felicidad y, luego, recordando súbitamente cuán reales pueden parecer algunos sueños, se pellizcaron el uno al otro. Aun así no se creyeron seguros, pues los pellizcos podían ser parte del sueño. Y, ante el temor de despertarse y que se rompiera el encanto, arroparon rápidamente a la pequeña y emprendieron el regreso a casa.

Por el camino encontraron a los niños, que todavía jugaban con su muñeco; las bolas de nieve que les lanzaron por detrás eran muy reales, pero, aun así, también podían haber sido parte del sueño. Aunque cuando estuvieron dentro de la casa y vieron la chimenea, la olla de sopa junto al fuego, el haz de leña a un costado y todo tal cual lo habían dejado, se miraron con lágrimas en los ojos y ya no volvieron a temer que todo aquello fuera un sueño.

De pronto, allí estaban el gorrito blanco de piel colgando de la repisa de la chimenea y los zapatitos secándose al calor del fuego, mientras la anciana cogía a la niña en su regazo y le cantaba suavemente una nana. El anciano puso la mano sobre el hombro de su esposa y ella alzó la vista.

-¡Marusha!

-¡Youshko!

-¡Al fin tenemos una niñita! La sacamos de la nieve, así que la llamaremos Snegorotchka.

La anciana asintió con la cabeza y luego se besaron. Cuando terminaron de cenar se fueron a la cama seguros de que, por la mañana temprano, encontrarían a la niña todavía con ellos. Y no se equivocaron. Allí estaba, de pie entre los dos, parloteando y riéndose. Pero había crecido y su cabello era ahora dos veces más largo que la noche anterior. Cuando ella los llamó «papá» y «mamá», sintieron un placer tan grande como si fueran jóvenes y estuvieran bailando ágilmente; pero, en lugar de bailar, se abrazaron y lloraron de alegría.

Aquel día lo celebraron con un gran banquete. Marusha estuvo ocupada toda la mañana cocinando todo tipo de delicias, mientras su marido daba vueltas por el pueblo para reunir a los violinistas. Todos los niños y las niñas del lugar fueron invitados; comieron, cantaron, bailaron y se divirtieron hasta el amanecer. Mientras volvían a casa, las niñas hablaban de lo bien que lo habían pasado, pero los niños estaban muy silenciosos; pensaban en la bella Snegorotchka, con sus ojos azules y sus dorados cabellos.

Después de aquel día la pequeña de Marusha y Youshko jugó con los otros niños y les enseñaba cómo hacer castillos y palacios de nieve con salones de mármol, tronos y hermosas fuentes. Parecía que con la nieve y sus finos dedos podía hacer todo lo que quisiera, como si se construyese ella misma. Todos estaban encantados, y, sobre todo, cuando les enseñaba cómo bailaban los copos de nieve, primero con enérgicos remolinos y luego suave y delicadamente, ninguno podía pensar en ninguna otra cosa que en la Niña de Nieve. Era la pequeña reina mágica de los niños, la alegría de los mayores y la luz de las vidas de Marusha y Youshko.

Pero ya se iban terminando los meses de invierno. Con pasos suaves y firmes se retiraban de las cumbres de las montañas y se perdían detrás del horizonte. La tierra comenzaba a cubrirse de verde, los árboles vestían su desnudez y los pájaros del año anterior cantaban las canciones de este año. Las flores tempranas derramaban su aroma en la brisa y una ráfaga de aire cálido acariciaba las mejillas y alentaba una grata promesa en el aire. Los bosques, los prados y las fuentes estaban inquietos y conmovidos y un nuevo espíritu todo lo envolvía: Era como si la Primavera, amarrada durante el largo invierno, quisiese pegar el estirón definitivo para poder expandirse libre.

Una tarde, Marusha, sentada en el rincón de la chimenea, mientras revolvía la sopa, cantaba una canción, pues nunca se había sentido tan llena de felicidad. El anciano Youshko acababa de traer un haz de leña que dejó en el suelo. Todo parecía igual que aquella tarde de invierno cuando vieron a los niños bailando alrededor del muñeco de nieve; pero lo que hacía que ahora todo fuera diferente era Snegorotchka, la luz de sus ojos, que, sentada junto a la ventana, contemplaba la verde hierba y el follaje de los árboles.

Youshko, que la estaba mirando, se dio cuenta de que su rostro estaba pálido y sus ojos tenían un tono menos azul de lo habitual.

-¿No te sientes bien, pequeña? -le preguntó.

-No, padre -respondió con tristeza-. ¡Ay, añoro tanto la blanca nieve! La hierba verde no es ni la mitad de bonita. Me gustaría que la nieve llegase otra vez.

-Pues ¡claro que sí! La nieve llegará nuevamente -contestó el anciano-. ¿Acaso no te gustan las hojas de los árboles y las flores?

-No son tan bonitas como la pura nieve blanca -y la niña tembló.

Al día siguiente ella tenía un aspecto tan triste y estaba tan pálida que sus padres se asustaron y se dirigieron una mirada de inquietud.

-¿Qué le pasa a la niña? -dijo Marusha.

Youshko movió la cabeza mirando alternativamente a Snegorotchka y al fuego.

-Hija mía -dijo al fin-, ¿Por qué no sales a jugar con los demás niños? Están todos divirtiéndose en el bosque; pero he notado que ahora nunca juegas con ellos. ¿Por qué, querida mía?

-Padre, no lo sé, pero mi corazón parece que se convierte en agua cuando el suave y tibio viento me trae el perfume de las flores.

-Nosotros iremos contigo, hija mía -dijo el anciano-, pondré mi brazo sobre ti y te protegeré del viento. Ven, te mostraremos todas las bellas flores del campo, te diremos sus nombres y tú acabarás amándolas..

Marusha retiró la olla del fuego y los tres juntos salieron de casa. Youshko rodeó a la niña con su brazo para protegerla del viento, pero no habían ido muy lejos cuando el cálido perfume de las flores llegó hasta ellos flotando en la brisa, y la Niña de Nieve tembló como una hoja. Los ancianos la besaron y consolaron y se dirigieron al campo, al lugar donde crecían las flores más bonitas. De repente, mientras atravesaban un bosquecillo de grandes árboles, un brillante rayo de sol se cruzó como un dardo y Snegorotchka se puso la mano sobre los ojos y lanzó un grito de dolor.

Se detuvieron y la miraron. Por un momento, mientras se desmayaba en brazos del anciano, sus ojos se encontraron con los suyos. Y por su rostro se deslizaban lágrimas que, al caer, brillaban a la luz del sol. Y comenzó a volverse más y más pequeña, hasta que al fin todo lo que quedó de Snegorotchka -Niña de Nieve, Nievecita- era una gota de rocío brillando sobre la hierba, una lágrima que había caído en la corola de una flor. Youshko la recogió con delicadez y, sin decir palabra, se la ofreció a Marusha.

En ese preciso momento los dos ancianos, Marusha y Youshko, comprendieron que su pequeña y querida niña estaba hecha simplemente de nieve y se había derretido al calor del sol.

 

* La versión rusa, que aquí se reproduce, se titula SNEGOROTCHKA, diminutivo de «nieve»: Nievecita.

PEDRO SIN MIEDO

Anónimo francés

Había una vez un señor que tenía tres hijos. También poseía, junto a su casa, un magnífico huerto que apreciaba mucho, pues los árboles del mismo producían frutas excelentes: manzanas, peras, ciruelas sabrosas como en ningún otro lugar. Una mañana, el señor comprobó que le habían robado un cesto de peras de agua, maduras en su punto, que se disponía justamente a recoger. Furioso, le dijo a su hijo mayor:

-La noche próxima, te quedarás vigilando el huerto.

-Sí, padre.

Cuando llegó la noche, el hijo mayor cogió su escopeta, se escondió junto a un árbol y esperó. Sólo que, además de la escopeta, se había llevado también una buena botella de vino para hacerle compañía. Cuando vació la botella, se quedó dormido, y con un sueño tan profundo, que no oyó a los ladrones volver, subirse a los perales y llevarse en esta ocasión un saco lleno de ricas peras.

Nuevo enfado del padre a la mañana siguiente. Trató de inútil a su hijo mayor, y dijo que el segundo hijo ocuparía su lugar a la noche siguiente. Desafortunadamente, el segundo no lo hizo mejor que el primogénito. También él se bebió la botella y también él se quedó dormido. En aquella ocasión, los ladrones se llevaron dos sacos llenos de fruta...

Por supuesto, a la mañana siguiente, el señor tuvo un nuevo acceso de rabia. El más joven de los tres hermanos se llamaba Pedro. Le llegó el turno de vigilar el huerto. Sólo cogió la escopeta -no la botella- por lo que permaneció despierto y, a la luz de la luna, pudo ver una sombra escalar el muro del huerto. Cogió su escopeta, apuntó y apretó el gatillo. El ladrón cayó muerto en el acto. Al oír el disparo, el padre acudió. Levantó los brazos al cielo, y tuvo miedo por su hijo:

-Corres el riesgo de ser detenido... Escapa, desgraciado; no deberías haber disparado, sólo tenías que asustar al ladrón.

Pedro huyó llevando como único equipaje un regalo de su padre: un saco milagroso capaz de contener cualquier cosa o a cualquiera. Pedro caminaba por el bosque cuando vio descender de lo alto de una encina a un hombre de aspecto extraño, incluso terrorífico, blanco como la cera... ¡Era un aparecido! Pero, al verlo, Pedro no sintió ningún temor pues no tenía miedo de nada.

-¿Quién eres? -le preguntó.

-¡Un pobre desgraciado! Hace años robé en una iglesia varios objetos del culto. No podré entrar en el paraíso hasta que los objetos sean devueltos por alguien que los desentierre del lugar donde están ocultos y los traslade.

-Yo lo haré.

-¿No tienes miedo de mí como todos los demás?

-No.

-Normalmente, todo aquel que me ve sale huyendo...

-Pero yo no.

Pedro se separó del aparecido y fue a llamar a la puerta del presbiterio cercano. El párroco le prestó pala y piocha... Pedro encontró sin dificultad los objetos robados tiempo atrás por el aparecido. Muy feliz, el sacerdote fue a colocarlos en su sitio en la iglesia. En ese instante, y por la cancela abierta, los dos hombres vieron pasar por el cielo una estrella fugaz: era el ladrón perdonado que se dirigía al paraíso.

-Puesto que eres tan valiente -dijo el párroco a Pedro- deberías ir al castillo que hay en la cima de la montaña. Ropotou, el diablo, se ha instalado en él. ¡Expúlsalo de allí!

-Iré -contestó Pedro-. Ya tengo un saco milagroso regalado por mi padre; si le añado un buen garrote no temeré a nadie jamás.

El chico se dirigió pues hacia el castillo con paso ligero. La fortaleza parecía desierta. No obstante, el fuego ardía en la chimenea de la gran cocina. Pedro se instaló junto a él y se calentó tranquilamente las manos. De repente, se escuchó un gran ruido y un diablo negro, cornudo y feo, surgió de entre las llamas.

-¿Qué estás haciendo aquí? -gritó gesticulando.

-Ya lo ves, me estoy calentando -contestó Pedro. El demonio pareció sorprendido por la reacción del chico, que no gritaba al verlo, no huía, ni parecía temerlo.

-¿Quieres comer cochinillo asado?

-No, gracias -contestó Pedro, que no dudaba de que la comida ofrecida por el diablo estuviera embrujada.

-Tú te lo pierdes, -dijo Ropotou-. Entonces, vamos a jugar.

 

Hizo un gesto con la mano y aparecieron varios diablillos que traían un juego de bolos. Sólo que los bolos eran huesos humanos, y la bola, un cráneo. Pedro jugó con el diablo y le ganó la partida.

-Me debes una prenda -dijo-; entra aquí.

El diablo no tuvo tiempo de reaccionar: Pedro lo introdujo en su saco mágico. De nada le sirvió a Ropotou agitarse con todas sus fuerzas, pues no lograba salir.

-No quedarás libre -dijo Pedro- hasta que firmes un documento aceptando que abandonarás este castillo para siempre.

-¡No firmaré! -gritó el diablo.

-¡Como gustes!

Pedro cogió entonces su garrote y se puso a golpear al demonio dentro del saco. Ropotou gritó largo rato antes de ceder y de firmar el papel del chico. Luego se marchó con todo su cortejo de diablillos. Pedro regresó al presbiterio para contarle al párroco su victoria, el cual, completamente feliz, quiso a toda costa presentárselo al verdadero dueño del castillo. Este último tenía una hija tan bella como prudente. Tan pronto como vio a Pedro, se enamoró de él. El joven también se enamoró de ella. No obstante, él dijo con tono fanfarrón:

-¡Sólo me casaré con quien logre asustarme!

-Yo te asustaré -prometió la chica.

-Lo dudo.

La joven lo intentó veinte veces sin conseguirlo y Pedro se reía... Finalmente, hizo como que renunciaba, pero pidió que metieran en la amasadera del castillo cien palomas vivas. Un paño cubría la artesa. A la mañana siguiente, le pidió a Pedro:

-Ayúdeme, por favor, a retirar el paño. Vamos a preparar la masa y a hacer el pan.

Él obedeció y retiró el paño. ¡Cien palomas a la vez le saltaron de improviso a la cara! Esta vez sí tuvo miedo. Así fue como se casó con la hija del señor. Vivieron felices y tuvieron muchos hijos.

 PERIQUILLO

Anónimo español

Había un matrimonio de labradores que eran los dos tan pequeños que la gente los conocía por el apodo de «los cañamones». Eso a ellos no les incomodaba, pero, en cambio, se lamentaban de no tener hijos.

Cuando los oían lamentarse, la gente les decía:

-Y para qué queréis un hijo, si va a ser un cañamón.

Y los dos respondían:

-Bueno y qué; pues, cañamón y todo, queremos tener un hijo.

Y así fue que Dios les concedió un hijo y nació tan pequeño como un cañamón; le llamaron Periquillo y, como no creció ni una cuarta más, con Periquillo se quedó.

Conque pasó el tiempo y Periquillo fue cumpliendo años tan diminuto como siempre, pero era un muchacho voluntarioso que no se arredraba por ser tan pequeño. Un día que su padre se había ido a trabajar al campo desde por la mañana temprano, le dijo a su madre, que estaba preparando la burra con la comida para llevársela a su padre:

-Madre, déjeme a mí la burra, que yo le llevo la comida a padre.

Y la madre le contestó:

-¿Cómo se la vas a llevar tú, con lo pequeño que eres?

Y Periquillo le contestó:

-Usted termine de prepararla, que yo la llevo.

La madre puso la albarda a la burra y metió la comida en ella junto con otras cosas que el padre necesitaba.

Y en cuanto hubo acabado de hacer esto, Periquillo saltó a la albarda, trepó por ella, corrió por el cuello de la burra, se instaló en una de sus orejas y le dijo tranquilamente:

-¡Arre, burra!

La burra echó a andar. E iban los dos por el camino cuando aparecieron tres ladrones detrás de una peña y se dijeron:

-Vamos por esa burra, que va sola.

Periquillo, que les oyó porque tenía un oído muy fino, dijo con voz muy fuerte para que le oyeran:

-¡Al que se acerque a la burra lo mato y lo descuartizo!

Y la burra aceleró el paso, pero los ladrones se quedaron quietos tratando de adivinar dónde se escondía el que les había hablado.

Conque llegó Periquillo a donde estaba su padre trabajando y le dijo:

-Ea, padre, que aquí le traigo su comida.

Y el padre, que sólo veía a la burra albardada, dijo:

-¿Dónde estás, hijo, que no te veo? -pues había reconocido su voz.

Y Periquillo le contestó:

-Que estoy aquí, en la oreja de la burra -y salió y se apeó de un salto.

Entonces le dijo Periquillo a su padre:

-Padre, ¿le hago unos surcos mientras usted come?

Y dijo el padre:

-¿Y cómo los vas a hacer? Con lo pequeño que eres tú, no puedes con los bueyes.

-Que sí que puedo -contestó el niño.

Y mientras su padre comía, se subió al yugo que uncía a los bueyes y empezó a darles voces a los animales.

Al oírlo, los bueyes echaron a andar e hicieron un surco, y volvieron e hicieron otro, y así sucesivamente, yendo y viniendo y haciendo surcos hasta que su padre terminó de comer. Y ya, luego, siguieron toda la tarde juntos hasta la hora de ponerse el sol, en que se volvieron todos a casa. El padre metió los bueyes en la cuadra y preparó el forraje de unos y otros, y Periquillo, que estaba muy cansado, se echó en el pesebre del buey Colorao y se quedó dormido. Y el buey Colorao empezó a comer y, sin darse cuenta, se tragó a Periquillo.

En esto llegó la hora de cenar y llamaron al niño, pero por más que lo buscaban el niño no aparecía por ninguna parte. Empezaron a buscarlo por toda la casa y cuando el padre pasó por la cuadra oyó a Periquillo que hablaba desde dentro del buey y le decía:

-Padre, mata al buey Colorao, que se me ha comido entero.

Conque el padre sacó el buey al campo, lo mató y lo abrió con un cuchillo, pero por más que miró en las tripas y en todas partes, no encontró a Periquillo; y allí se quedó el buey muerto hasta que acertó a pasar un lobo que merodeaba por el pueblo y que se zampó las tripas del buey y a Periquillo con ellas.

Al día siguiente iba el lobo buscando ganado para comer y Periquillo, que lo sintió, empezó a gritar:

-¡Pastores, que viene el lobo!

Los pastores, que oyeron sus voces, rodearon al lobo y lo mataron a bastonazos. Cuando lo hubieron matado, empezaron a abrirlo con sus cuchillos y Periquillo, desde dentro, les decía que anduvieran con cuidado, no fueran a herirle a él, pero por más que miraron los pastores, no vieron a Periquillo. Entonces uno de los pastores decidió hacerse un tambor con la piel del lobo para acudir con él a las fiestas de su pueblo, y Periquillo se quedó metido dentro del tambor sin que nadie se diera cuenta.

El pastor guardó el tambor junto a una enorme encina y se fue con los otros. Periquillo se dedicó a rascar la piel del tambor con todas sus fuerzas y, poco a poco, consiguió abrir un pequeño agujero por el que asomar la cabeza. Y cuando la asomó vio venir a dos ladrones cargados con un gran talego de dinero, que lo escondieron en el hueco de la encina y antes de marcharse dijeron:

-Aquí estará seguro esta noche y mañana nos repartiremos el dinero.

Así que desaparecieron, Periquillo sacó la cabeza del tambor y luego el cuerpo haciendo fuerza y en cuanto estuvo fuera, echó a correr para su casa. Y allí estaban sus padres, tristes y desconsolados, que se pusieron tan contentos cuando vieron llegar a Periquillo sano y salvo. Entonces Periquillo les contó todo lo que le había pasado desde que se lo comiera el buey y también lo que había visto de los ladrones.

Conque su padre y él se fueron hasta la encina, sacaron el talego escondido, vieron que estaba lleno de monedas de oro y se lo llevaron a casa. Y el padre compró otro buey como Colorao y aún les sobró dinero para comprar muchas más cosas que necesitaban.

PIMENTILLA EN LA RATONERA

Anónimo suizo

Pimentilla era el decimotercer hijo de un pobre zapatero. Era el más pequeño de todos los hermanos.

Cuando los domingos se fatigaba demasiado durante el paseo y se quedaba rezagado, se lo metía el padre en la bota. Entonces podía mirar él hacia la caña de la bota y coger las briznas de hierba que le rozaban la naricita al pasar. ¡Tan pequeño era Pimentilla! Pero era también tan inteligente como sus hermanos mayores y tenía, además, muy buen corazón.

Un día le dijo a su padre:

-Padre, yo veo cómo tienes que matarte trabajando por tus trece hijos. ¡Me das lástima! Déjame salir a recorrer el mundo. Quiero también yo ganar algún dinero. Entonces lo pasarás tú mejor.

El padre rió de buena gana por esta ocurrencia y lo dejó partir. Pensó para sí: "No llegará muy lejos; de modo que mi hijo mayor podrá alcanzarlo por la noche y traerlo de nuevo a casa". Pero el padre, al pensar así, contaba solamente con las cortas piernecitas de Pimentilla y no con su despejada cabeza.

En efecto, apenas estuvo Pimentilla en la carretera, pasó corriendo desde el campo un bonito ratón por su lado.

-¡Alto! -gritó-. ¿Quieres ser tú mi caballo? Te llamaré mi corcel gris.

Esto lisonjeó enormemente al ratón. Dejó que montara Pimentilla sobre él, y así emprendieron el galope hacia el ancho mundo. Pero cuando se hizo de noche, sintieron los dos hambre.

-¿Qué desearías comer tú? -preguntó Pimentilla.

-Lo mejor para mí sería un sabroso pedacito de grasa -dijo el ratón.

-Para mí también -dijo el pequeño jinete.

Se hallaban justamente a la sazón delante de la tienda de un panadero. Como la puerta estaba sólo entornada, penetraron resueltamente por ella. En la tienda había cosas maravillosas: pan, pasteles y todo género de dulces de azúcar.

-Pero grasa no se ve por ninguna parte -dijo Pimentilla tristemente.

-Sí -dijo el ratón-, yo la huelo.

Y comenzó a buscar por todos los rincones. De repente dio de narices con una ratonera.

-¡Ah! -gritó-. ¡Aquí dentro hay grasa! Pero no me fío mucho de esto. Entra tú a verlo; tú eres más listo que yo.

Esto no se lo hizo repetir. Sin vacilar, Pimentilla se metió dentro de la trampa. Pero ¡clap!, sin saber cómo, se encontró de golpe prisionero. El ratón lloraba desconsolado.

-Ahórrate las lágrimas -dijo Pimentilla-. La grasa ya la tenemos. ¡Toma, come, y ponte a dormir! ¡Y gracias por el hermoso día! Sin ti no hubiera llegado yo tan lejos.

El ratón se consoló muy pronto, pues la grasa era de la mejor y, además, estaba asada. Cuando hubo comido, se deslizó tras un saco de harina y durmió toda la noche de un tirón.

Pimentilla paseó arriba y abajo por su inesperada cárcel y examinó cuidadosamente los barrotes.

-Cerrado, cerrado -dijo luego-; pero mañana será otro día.

Se tendió sobre la oreja izquierda y pronto quedó maravillosamente dormido. Y a poco soñó que era tan rico que podía arrojarle el oro a su padre a paletadas bien repletas.

Al día siguiente por la mañana entró el panadero en la tienda. Era un hombre muy gordo, con una barriga muy gruesa.

-¡Buenos días, Barriguita! -gritó Pimentilla.

-Buenos días -dijo el panadero, mientras miraba asombrado por todos los rincones-. ¿Dónde estás, buen señor? -preguntó.

Entonces se oyó desde el rincón:

-En la ratonera.

El panadero se inclinó penosamente a causa de la barriga, cogió la trampa y la puso sobre la mesa. Pimentilla se inclinó ceremoniosamente y habló:

-¿Quiere tener la bondad de abrirme la puerta?

-¿Cómo has entrado tú aquí? -preguntó el panadero.

-He pasado la noche en esta habitacioncilla, porque no quería darle ninguna molestia. Me llamo Pimentilla y estoy a sus órdenes.

Entonces se echó a reír el panadero de tan buena gana, que empezó a agitarse toda su barriga. Abrió la ratonera, salió afuera Pimentilla. Al verse libre, silbó a su "caballo gris, que acudió enseguida.

-Este es mi caballo -dijo con orgullo.

Subió a él de un salto y dio así una vuelta por encima de la mesa. Entonces rió el panadero más fuerte aún, de manera que su barriga se estremeció como si fuera a estallar, y las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Finalmente gritó:

-¡Párate, pequeño jinete! Que voy a reventar de risa.

Y tuvo que sostenerse la barriguita con ambas manos.

-Así, pues, ¡adiós! -dijo Pimentilla-. ¡Muchas gracias por el alojamiento de esta noche! No tomo a mal que mi persona y mi caballo gris le hayan hecho reír tanto.

Pimentilla se quitó la gorra y saludó con ella. Pero cuando el ratón y su jinete iban a deslizarse por la rendija de la puerta, gritó el panadero.

-¡Alto! ¿Tanta prisa tienes? Espérate, no te vayas, muchacho.

-Sí, he de buscarme un empleo, donde pueda ganar algún dinero.

-Entonces quédate aquí -rogó el panadero, poniendo cara muy seria-. A ti precisamente puedo emplearte yo, y te necesito más que a todos mis empleados. Sí, ¡mírame bien! Soy un pobre hombre, aun cuando mi horno me dé más de lo que necesito. ¿De qué me sirve el dinero si pronto habrá de hacerme el carpintero mi última casita? Esta obesidad me va a matar. ¿Y sabes tú lo que dice el médico? "Con usted no hay solución si no tiene quién lo haga reír tres horas al día, pero de tal manera que le sacuda todo el cuerpo." Esto me lo dijo hace siete semanas, y desde entonces estoy cada día más gordo. Pues bien; puedo asegurarte que no ha habido nada que me pareciera tan divertido como tu paseo de hoy sobre el ratón. ¡Quédate aquí! Y si tú me salvas la vida, no podrás quejarte de la recompensa que te daré.

-Bien -dijo Pimentilla-, me quedo. Pero es condición indispensable que mi "caballo gris" ha de ser alimentado cada día con sabrosa grasa. Un poco asada es como más le gusta. Y yo comeré de lo que se sirva en su mesa.

-Convenido -dijo el panadero. Y Pimentilla se quedó a servirle.

A partir de este momento se llenó de alegría todo la casa, e incluso toda la aldea. Una vez había cocido el panadero sus panes, llamaba, para divertirse, a Pimentilla... Éste venía montado sobre su "caballo gris" como un jinete de circo, y saltaba sobre sillas, mesas y troncos. Y mientras el panadero reía a más no poder, se le subía por las piernas de los pantalones y miraba -una, dos, tres -por el bolsillo de su chaleco.

Pimentilla había aprendido también a dar volteretas. Pero lo más divertido de todo era la narración que hacía el diminuto hombrecillo recordando la vida en su casa, los paseos en la bota de su padre, las bromas de los aprendices de zapatero que él había sorprendido, oculto, dentro de una zapatilla, la promesa hecha a su padre de llevarle algún día una gran suma de dinero, el viaje, en fin, que había hecho montado sobre el ratón.

Entonces podía reír a gusto el panadero, de modo que no había que pensar en parar hasta tres horas después. Se agitaba y estremecía que daba gusto. La barriga no cesaba de sacudirse arriba y abajo, y esto era lo bueno.

Cuando hubieron pasado siete semanas, el panadero había reído toda su grasa. Estaba tan delgado y se sentía tan joven, que también él empezó a saltar por encima de las mesas y las sillas.

-Tú me has curado y salvado de la muerte -dijo a Pimentilla-. Ahora puedes seguir tu camino cuando quieras. Aquí está tu recompensa.

Le ofreció cien florines y, para el ratón, toda una libra de grasa.

Pimentilla, lleno de gozo, saltó sobre su "caballo gris" y emprendió el camino de su casa. Apenas hubo llegado a ella, puso los cien florines delante de su padre y dijo:

-Tómalo, es dinero ganado honradamente.

¡Oh! ¡Qué ojos puso el buen hombre!... Nunca hubiera creído que su hijo, siendo tan poca cosa, fuera capaz de ganar tanto dinero. Pero cuando Pimentilla le explicó la historia del ratón y de la ratonera, se echó a reír tan fuertemente como el panadero. Sólo que él no tenía ninguna barriguita de obesidad que pudiera agitársele de alegría y de satisfacción.

¿POR QUÉ EL BÚHO SÓLO SALE DE NOCHE?

 Cuento tradicional japonés

 

                    ¿Nunca os habéis preguntado por qué los búhos duermen de día y salen a cazar de noche? Pues este cuento os explica la razón de este comportamiento.

 Hace mucho, mucho tiempo, había un búho que trabajaba de tintorero. Todos los pájaros acudían a él para que tiñera sus plumas de los colores más inverosímiles. El búho era tan bueno en su trabajo, que todos los pájaros estaban encantados con él. Todos excepto el cuervo, que estaba tan orgulloso de su plumaje blanco inmaculado que despreciaba su trabajo.

Pero un día, cansado de tanto blancor, el cuervo se acercó al búho y le dijo:

- Tiñe también mis plumas, pero de un color único, nunca visto en un ave.

El búho pensó mucho antes de decidir qué color usar y, finalmente, se decidió por el negro.

- Ahora tus plumas son de un color como no se ha visto antes en el cielo - dijo el búho después de haber terminado su trabajo.

Cuando el cuervo se dio cuenta de que sus plumas eran totalmente negras, como si estuviera cubierto de hollín de la cabeza a los pies, se enfadó muchísimo. Pero ya no podía hacer nada, así que se tuvo que resignar. Y a partir de entonces todos los cuervos son negros.

Pero aunque se resignaron, nunca perdonaron al búho. Cada vez que le ven, se le echan encima y, si pudieran, acabarían con él. Es por eso que los búhos decidieron dormir de día y salir a cazar de noche, cuando los cuervos están durmiendo y no corren peligro de ser atacados.

SI VAS LENTO, LLEGARÁS MUY TEMPRANO. SI VAS RÁPIDO, TARDARÁS TODO EL DÍA

 

Cuento filipino

 

El protagonista de esta historia está muy contento porque tiene muchos cocos y quiere llegar deprisa a su casa para comérselos. Pero descubrirá que las prisas no siempre son buenas.

En un pequeño pueblo al lado del mar, vivía un hombre en una cabaña. Una mañana decidió ir a recolectar cocos. Así que se levantó temprano, cogió su caballo y se fue al lado de la playa, donde había muchas palmeras. Cuando llegó, vio que había tenido mucha suerte porque las palmeras estaban llenas de cocos. Con algunas dificultades subió a la que tenía más cerca y fue cogiendo los cocos que había en la copa. Cuando acabó con ésta, hizo lo mismo con la segunda palmera. Y así siguió hasta que tuvo una montaña muy grande de cocos. El hombre estaba muy contento porqué había conseguido muchos cocos. Los fue colocando sobre su montura, pero había tantos que casi no cabían y el pobre animal iba muy cargado.

Empezó a caminar hacia el pueblo, pero como no estaba muy seguro del camino que había tomado, decidió preguntar a un chico con el que se cruzó:

- Oye chico, ¿te puedo hacer una pregunta?- El joven, que parecía muy despierto, se paró y le contestó con una sonrisa:

- Claro.

- ¿Sabes cuánto tiempo tardaré en llegar al pueblo por este camino?

El chico miró al hombre y después a su caballo. Y tras pensar un momento respondió:

- Si vas lento, llegarás muy temprano. Pero si vas rápido, tardarás todo el día.

Y sin decir nada más siguió su camino.                                         

El hombre se quedó muy extrañado con esa respuesta y no le creyó. Por eso decidió espolear a su caballo para ir más deprisa. Pero al cabo de pocos metros tuvo que parar. Con las prisas, los cocos que sobresalían le habían caído. Así que amarró al caballo y volvió a colocar los cocos en su sitio. Para recuperar el tiempo que había perdido, hizo que el caballo todavía fuese más rápido. Pero los cocos volvieron a caer, aún más deprisa que antes. Y así siguió una y otra vez todo el camino. Recogía los cocos, hacía ir más deprisa al caballo y volvían a caerse. Por eso, cuando llegó al pueblo ya era de noche.

Ya en su casa se lamentó de lo que le había costado volver y dio la razón al chico con el que se había cruzado. Si no hubiera ido con tantas prisas, los cocos no se le habrían caído y hubiera llegado mucho antes.

Y

YOSAKU Y EL PÁJARO MÁGICO

               Conoce la historia de Yosaku, un joven pobre y bondadoso que recibe una misteriosa sorpresa. Pero hay secretos que rompen la magia si se descubren.

Hace muchos años, en Japón, había un joven muy pobre que vivía en una casita en medio de un gran bosque. Se llamaba Yosaku y se ganaba la vida recogiendo leña de la montaña para después venderla en la ciudad.

Un día que nevaba y hacía mucho frío, Yosaku salió como siempre de su casa para vender la leña en el mercado. Con lo que le dieron por la leña, se compró la comida para aquel día. De regreso a casa, oyó unos sonidos muy extraños. Al acercarse, descubrió un pájaro que estaba prisionero en una trampa.

- Pobre pájaro - pensó. Voy a ayudarlo a librarse de la trampa. Está sufriendo mucho.

Lo liberó de la trampa y el pájaro alzó el vuelo con gran alegría. Yosaku sonrió satisfecho y siguió su camino hacia casa. Había empezado a nevar y hacía mucho frío.

Una vez en casa y mientras encendía la chimenea, llamaron a la puerta. Yosaku no tenía ni idea de quién podía ser.

¡Qué sorpresa! Cuando abrió la puerta vio una joven preciosa, que estaba tiritando de frío. Yosaku le dijo:

- Pasa y caliéntate.

La joven explicó a Yokaku que se dirigía a visitar a un familiar que vivía cerca de allí.

- Ya es de noche- dijo Yosaku mientras miraba por la ventana.

-¿ Sí ? contestó la joven.  ¿Dejarías que me quedara a dormir esta noche aquí? preguntó

- Me gustaría, de veras, Pero soy pobre y no tengo cama ni nada para comer.

- No me hace falta. contestó la joven

- Entonces, ¿puedes quedarte. ? dijo Yosaku

Durante la noche, la joven hizo todas las faenas de la casa. Cuando Yosaku se despertó la mañana siguiente se puso muy contento al ver todo tan limpio.

Continuó nevando sin parar un día tras otro y la joven le preguntó: - ¿Puedo quedarme hasta que deje de nevar?

- Por supuesto que sí  contestó Yosaku

Pasaban los días y no paraba de nevar. Yosaku y la joven se hicieron muy amigos y poco a poco se fueron enamorando. Un día ella le preguntó:

- ¿Quieres casarte conmigo? Así siempre estaremos juntos

- Sí ?contestó Yosaku.  ¡Acepto!

- A partir de ahora me puedes llamar Otsuru- dijo la joven

Después de casarse, Otsuru trabajaba y ayudaba mucho a su marido. Yosaku estaba muy feliz.

Un día, cuando Yosaku iba a salir a vender la leña, Otsuru le pidió que le comprara hilos de seda de colores. Iba a tejer. Mientras su marido iba al mercado a vender la leña y le compraba los hilos, Otsuru se quedó en casa preparando el telar para tejer. Cuando Yosaku, Otsuru se encerró en una habitación y le pidió que no entrara mientras ella trabajaba.

 

Otsuru pasó tres días tejiendo sin salir de la habitación y no comía ni dormía. Cuando acabó de tejer salió de la habitación e inmediatamente le enseñó a Yosaku el tejido que había hecho. Yosaku quedó maravillado. Era un tejido fino y delicado que combinaba colores y tonalidades de una manera increíble. Parecía imposible que unas manos fuesen capaces de crear un tejido de esa belleza.

- ¡Qué tejido tan bonito! ¡Es una maravilla!  exclamó Yosaku

- Podrías venderlo en la ciudad y sacarías mucho dinero- le dijo Otsuru

Yosaku fue a la ciudad ofreciendo a los señores ricos el precioso tejido. El rey, que paseaba por el mercado, vio el tejido y lo quiso comprar. Le ofreció mucho dinero a Yosaku, que volvió a casa muy contento y le dio las gracias a su esposa. Le dijo que el rey quería más tejido de aquél.

- No te preocupes- dijo Otsuru,- Ahora mismo me pongo a tejer más.

Esta vez también tardó cuatro días en tejer y estuvo sin comer ni dormir. Estaba muy débil cuando salió de la habitación.

Ella le dijo:

- Ya lo he acabado pero es la última vez que lo hago

- sí, sí - dijo Yosaku. No quiero que enfermes de tanto trabajar.

Yosaku llevó el tejido al rey quién le pagó muy bien. Cuando el rey miró la pieza dijo:

- Necesitaré más para el kimono de la princesa

Yosaku le explicó que era la última pieza que vendía, que era imposible que se hiciera más. Pero el rey amenazó con degollarlo si no le vendía más tejido. Así que Yosaku tuvo que ceder a la fuerza.

Cuando llegó a casa, Yosaku le explicó lo que había ocurrido a Otsuru y le pidió que por favor tejiera una vez más otra pieza. Otsuru aceptó el encargo y se metió en la habitación a tejer como las otras veces. Pero pasaron los días y Otsuru no salía de la habitación. Yosaku estaba muy preocupado por Otsuru, que estaba débil y delgada pero trabajaba sin parar. Como no podía entrar en la habitación, cada día se inquietaba más. Pero un día Yosaku no pudo resistirlo y decidió entrar en la habitación para ver como estaba su esposa. Y entonces vio una cosa sorprendente: un precioso pájaro que tejía con sus propias alas. El pájaro se giró y al ver a Yosaku empezó a cambiar de forma y se transformó en Otsuru. Yosaku no podía creer lo que veían sus ojos.

- ¡Has descubierto mi secreto!  exclamó.  Yo soy el pájaro que un día ayudaste a librarse de la trampa.- dijo entre sollozos

Yosaku se había quedado sin habla

- Pero ahora que has descubierto mi secreto,¿ me tendré que ir ?dijo. Y cuando había acabado de decirlo, Otsuru se transformó otra vez en el pájaro y salió volando por la ventana.

Yosaku empezó entonces a gritar llorando:

- Espera, vuelve por favor, vuelve!!!!!!

Pero el pájaro ya había alzado el vuelo y se alejaba emitiendo sonidos tristes.