Mitologia

lapiz El lápiz azul te llevará a los ejercicios

 

CHINA
PAN GU, EL FORMADOR DEL MUNDO

En una época inmemorial no existían el cielo y la tierra. El universo era una nebulosa caótica y embrionaria que tenía la forma de un gran huevo. Allí dormía, apacible y tranquilo, un gigante llamado Pan Gu.

Al cabo de dieciocho mil años, el gigante se despertó. Encolerizado porque en derredor suyo reinaban las tinieblas, sacudió sus brazos, vigorosos, como el hierro, para separarlas y el gran huevo se reventó La nebulosa caótica y primitiva, que había permanecido concentrada en un solo sitio durante varios cientos de miles de años, empezó a girar convulsivamente. Las materias ligeras se levantaron vertiginosamente, dispersándose para formar el cielo azul, mientras que las pesadas comenzaron a precipitarse dando origen a la tierra. Pan Gu, desahogado y alegre, exhaló un suspiro mientras se afirmaba entre el cielo y la tierra.

A pesar de que el cielo y la tierra se habían separado, Pan Gu, preocupado de que se volvieran a unir, resolvió sostener al primero con las manos e hizo progresar su talla vertiginosamente. Creció diariamente 3,3 metros, separándose a este mismo ritmo el cielo y la tierra. Después de que transcurrieron otros dieciocho mil años, el cielo alcanzó mayor altura y la tierra se solidificó. Por su parte, Pan Gu llegó a tener una estatura de 45,000 kilómetros y, apoyando sus pies sobre la tierra, sostuvo el cielo con la cabeza: era digno de que se le llamase gigante. Y debido a su esfuerzo, el cielo jamás volvió a fusionarse con la tierra. Las tinieblas y el caos se disiparon para siempre, pero Pan Gu agotó todas sus energías y murió extenuado poco más tarde.

Pan Gu aspiraba a crear un mundo bello y resplandeciente donde coexistieran el sol y la luna, las montañas y los ríos, y todas las especies. Desgraciadamente, murió sin poder plasmar esta grandiosa causa.

Sin embargo, como hecho muy extraño, en el momento de su muerte, su cuerpo sufrió una metamorfosis repentina, dando origen a todo lo que nos rodea:

De su aliento nacieron el viento primaveral y las nubes que nutrían a los seres; su voz se convirtió en el trueno ensordecedor. Su ojo izquierdo se transformó en un sol brillante, y, el derecho, en una hermosa luna; sus cabellos y la barba dieron origen a incontables estrellas. Sus cuatro extremidades y el tronco dieron principio a los cuatro puntos cardinales y a las cinco grandes montañas sagradas.

De su sangre brotaron enormes y tumultuosos ríos y sus tendones se transmutaron en amplios caminos dispuestos en todas las direcciones.

Sus músculos se convirtieron en tierras fértiles; y los dientes, los huesos y la médula de sus huesos, en blanco jade e infinitas reservas minerales. El fruto de sus vellos fueron las plantas, la hierba y los árboles, y el de su sudor, la lluvia y el rocío. En una palabra, gracias al poderío mágico del gigante Pan Gu nació un mundo exuberante, pletórico de colorido y esplendor. Y se dice que el hombre surgió en el espíritu y alma de Pan Gu que habían permanecido concentrados durante largo tiempo.

Es decir, somos descendientes directos de Pan Gu.

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NÜ WA

Creación del hombre y restaura la bóveda celeste

Después que se separaron el cielo y la tierra, la diosa Nü Wa viajó por entre ellos. En el cielo brillaban el sol, la luna y numerosas estrellas. En la tierra, las montañas y los ríos eran majestuosos; las flores, las plantas y los árboles crecían exuberantes, y los pájaros, los animales, los insectos y los peces se multiplicaban vigorosos. Reinaba la vitalidad.

El regocijo que sentía la diosa por todo este espectáculo, era indescriptible. Sin embargo, sentía que algo faltaba. En verdad, había necesidad de un ser que fuera el más inteligente, capaz de labrar la tierra y, en último término, gobernar y guiar a todas las criaturas que se hallaban bajo el cielo. De lo contrario, el mundo acabaría siendo como antes, desértico y solitario, no importa que los paisajes fuesen pintorescos o que hubiese mayor número de seres.

Después de meditar el asunto, Nü Wa se puso en cuclillas y tomó un puñado de arcilla, la que empezó a modelar a su imagen y semejanza. De este modo creó unas pequeñas figuras que podían sostenerse erguidas, caminar y hablar. El gozo de la diosa fue extraordinario. A medida que continuaba modelando, fueron apareciendo sucesivamente grupos de hombres y mujeres que saltaban y gritaban a su alrededor. Nü Wa rió, alborozada. La diosa bautizó a estas figuras con el nombre de "humano", porque podían caminar.

Como quiso que la tierra estuviera poblada por tales criaturas, quienes tenían el don de la inteligencia y sabían hablar, Nü Wa trabajó día y noche hasta el cansancio, sin embargo, estos seres no lograban llenar la inmensidad de la tierra. De repente, se le ocurrió una idea: tomó una rama de liana y ató uno de sus extremos a una gran piedra; luego, amontonó arcilla sobre aquélla y comenzó a agitarla sin cesar. A medida que hacía esta operación, la arcilla que iba salpicando se convertía, como por arte de magia, en pequeñas figuras, las que a su vez lanzaban un gemido. De este modo fueron apareciendo paulatinamente los seres humanos que poblaron la tierra y se esparcieron por todas partes.

Nü Wa quiso entonces que se propagara la especie, para lo cual les enseñó a los seres humanos a contraer uniones, animándolos a que se amaran, engendraran hijos y fundaran familias. Es por ello que fue conocida en la remota antigüedad como la "diosa casamentera".

Habían transcurrido ya muchos años desde la creación del hombre, cuando se produjo un hecho insólito: Gong Gong, el dios del agua, y Zhu Rong, el dios del fuego, se trenzaron en un combate encarnizado, a causa del cual se desplomó el cielo, y la tierra dio un vuelco. Los seres humanos sufrieron por ello una catástrofe que casi los extermina.

Todo sucedió así: Gong Gong, quien era un dios tiránico y caprichoso, ambicionaba ser el amo y señor del cielo y la tierra. Pero tenía, un enemigo mortal: el irascible y feroz Zhu Rong, quien también codiciaba gobernar al mundo. Gong Gong tenía dos cortesanos. El primero de ellos, Xiang Liu, era un individuo cruel y mezquino, cuya figura repugnaba a la vista pues su cuerpo era de serpiente, de color azulado, y tenía nueve cabezas con rostro humano. El segundo, Fu You, era un malhechor que merodeaba por todas partes recurriendo a la violencia y a la extorsión. El dios del agua tenía además un hijo. Este, al igual que su padre, también era un bribón, ambicioso, y cometía toda clase de fechorías.

Estos tres sujetos siempre le sirvieron de cómplices a Gong Gong en todas sus atrocidades y, como era de esperarse, participaron en la pelea contra Zhu Rong.

El día en que se produjo el combate, Gong Gong llegó con sus cómplices en un barco para atacar a Zhu Rong, levantando las olas y el viento para hacer ostentación de su poderío militar. Pero Zhu Rong no se dejó intimidar. Al ver la superioridad numérica de Gong Gong, adoptó un aire de impotencia y retrocedió con el propósito de atraer a los enemigos a tierra firme. Entonces, les lanzó bocanadas de fuego y de humo, cercándolos. Como resultado, Xiang Liu fue muerto y Fu You recibió quemaduras en todo el cuerpo. Este, haciendo un esfuerzo, rompió el cerco de llamas y se arrojó al río Huai, donde finalmente murió a causa de la gravedad de las quemaduras. El hijo de Gong Gong, quien a la hora de la verdad era un incapaz para el combate, quedó paralizado por el terror que le causó la escena, motivo por el cual su padre lo partió en dos de un solo tajo.

Habiendo sufrido tantas pérdidas, y al no estar en condiciones de combatir, el dios del agua se vio obligado a retirarse. Pero el arrogante Gong Gong no pudo tolerar esa derrota ignominiosa. Avergonzado y enfadado a la vez, tuvo un arranque de ira en el cual arremetió contra la montaña Buzhou, con tanta fuerza, que una de las columnas que sostenían al cielo se desplomó.

Según se dice, había cuatro enormes columnas de piedra que sostenían la bóveda celeste bajo la cual los seres humanos vivían pacíficamente en la tierra.

Al quedar destruida esta columna, que le servía al cielo como soporte en el noroeste, una parte de aquél se desprendió, apareciendo en él un gran agujero. Se produjo un gran choque y la tierra dio un vuelco. Las aguas brotaron de su centro y se desbordaron los ríos, lagos y, mares, quedando convertida aquélla en un vasto océano cuyas olas rozaban al cielo.

Al chocar las piedras, se produjeron chispas que incendiaron los bosques, convirtiéndolos en un mar de fuego. Los animales tuvieron que salir en estampida azotando gravemente a los seres humanos.

¡Era un espectáculo aterrador!

En verdad, el mundo se había convertido en aquel entonces en un infierno, como lo propagan los mitos.

Nü Wa, creadora y madre bondadosa de los seres humanos, se sintió conmovida al ver esta situación y decidió restaurar el cielo para que sus hijos y nietos pudieran continuar viviendo. La diosa, que estaba en el centro de la tierra, miró en derredor y trazó un plan, después de meditar un poco.

Recogió muchas piedrecitas de distintos colores y las fundió con el fuego, creando una masa con la cual remendó el cielo. Además, quemó gran cantidad de juncos y con las cenizas de éstos rellenó las grietas que se produjeron después de que la tierra se había volteado.

Sin embargo, el cielo ya no era como antes: había quedado inclinado hacia el noroeste, por donde se ocultaban el sol, la luna y las estrellas. Después del cataclismo, la tierra también cambió de posición, inclinándose un poco hacia el sureste. Por eso, a partir de ese momento, los ríos corren en esa dirección pero tal cambio no ejerció ninguna influencia sobre la vida de los seres humanos; por el contrario, precisamente debido al movimiento del sol, la luna y las estrellas, aparecieron en la tierra las distintas estaciones: la primavera, el verano, el otoño y el invierno; y la división del día y la noche.

Justamente, debido a que las aguas de los ríos corrían ininterrumpidamente hacia el sureste e irrigaban a ambos lados grandes extensiones de tierra, la hierba y los árboles crecieron exuberantemente y hubo cosechas abundantes de cereales. En fin de cuentas, la humanidad no fue la única en beneficiarse: la tierra se volvió más próspera y pintoresca.

Al cumplir todo esto, Nü Wa montó en un dragón y, atravesando las nubes, se dirigió hacia el imperio celestial para revenciar al soberano del Cielo e informarle detalladamente sobre lo que había hecho. No obstante, éste no mostró ni asomo de alegría. Por el contrario, pensó que, al haber aparecido el hombre, el único ser dotado de inteligencia, éste, con su sabiduría y habilidad aprendería a cambiar el cielo y la tierra, crearía lo nuevo y, finalmente, llegaría a ser el dueño de todo el universo. Para entonces, su autoridad divina se vería seriamente amenazada. Sin embargo, como el Soberano del Cielo no podía expresar sus pensamientos a Nü Wa, sólo aprobó con la cabeza, diciendo:

-¡Actúe como le plazca!

Mas Nü Wa no compartía esta idea ni se jactaba de haber creado al hombre y restaurado el cielo. Sus preferencias estaban por los hijos que había creado con sus propias manos y se preocupaba porque siempre fueran felices. Por todo esto, las siguientes generaciones de seres humanos mostraron su agradecimiento a su bondadosa madre, cuya imagen quedó grabada para siempre en el corazón de sus descendientes.

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Hou Yi derribÓ los soles

Se dice que en los tiempos del emperador Yao, aparecieron en el cielo simultáneamente diez soles que provocaron graves sequías en la tierra.

Esto sucedió de la siguiente manera: La madre del sol había dado a luz diez hijos, quienes vivían en Tanggu, un gran estanque que quedaba al Oriente, allende el mar. Allí, los hermanos sol se bañaban y retozaban todos los días y, por lo tanto, las aguas se mantenían calientes durante todo el año. En el centro de aquél crecía un árbol llamado "Fu Sang" que tenía una altura de varios miles de metros y cuyo tronco sólo podía ser abarcado con los brazos unidos de mil personas. El árbol tenía extendidas diez ramas gruesas que eran los lugares de reposo de los hermanos sol.

De acuerdo con las disposiciones del Soberano del Cielo, cada día uno de los diez hermanos sol debía ir a trabajar al mundo de los seres humanos. En general, el sol que estaba de servicio, se levantaba por el Este, por la mañana, y, tras pasear por el cielo infinito, descendía por el Oeste cuando empezaba a anochecer, ofreciéndole a la gente luz y calor. Por eso, los hermanos sol se alternaban cada diez días.

El mundo era hermoso: Había montañas enormes, ríos turbulentos, bosques frondosos y flores lozanas, así como tierras cultivadas por los hombres laboriosos... En una palabra, el mundo era más divertido que el Estanque Tanggu.

Pero los hermanos sol eran muy traviesos. Cierto día, se enfrascaron en una discusión.

-         Tanggu es un lugar sin interés. Simplemente, ya no aguanto más esta situación de tenernos que poner en cuclillas nueve de cada diez días — dijo uno, quejándose.

-         Tienes razón. El Soberano del Cielo nos ha restringido tanto, que no nos permite ir a los lugares más divertidos. ¡No me dejaré con vencer jamás! — intervino otro.

-         ¡Quizás sean razonables las disposiciones del Soberano del Cielo! -— dijo un tercero —. Si saliéramos juntos al cielo, seguramente la gente no podría vivir más.

Al oír estas palabras, el primero que se había quejado se enfadó, y exclamó:

-         ¡Razones, razones...! ¡Divertirnos plenamente es nuestra razón! ¡Nadie puede resistir encerrado en casa todos los días! A mi parecer, deberíamos salir mañana juntos para divertirnos lo más que podamos.

Los demás estuvieron de acuerdo.

Al día siguiente, a despecho de la orden del Soberano del Cielo, los diez hermanos sol salieron del Estanque Tanggu hacia el cielo.

Cuando solamente había un sol en el cielo, la tierra gozaba de luz y de calor. Pero, cuando aparecieron simultáneamente los diez soles, se produjo una situación sumamente terrible: Los violentos rayos solares convirtieron a la tierra en una extensión blanca, sin ninguna sombra. La temperatura subió rápidamente y las plantas se marchitaron y los ríos se secaron. La gente se mantenía sofocada y se escondía en las cuevas, sin atreverse a salir.

Pero, los hermanos sol se paseaban y se divertían en el cielo, como si no hubiese pasado nada, e incluso, se sentían alegres por su picardía.

En ese momento, el emperador Yao — quien era un virtuoso que vivía en una cabaña rústica, se alimentaba de una forma sencilla y frugal y se preocupaba porque el pueblo no sufriera — tomó la iniciativa para exigir que los soles abandonaran el cielo y salvar con ello la vida de la población. Sin embargo, los hermanos no prestaron atención a este sincero pedido y continuaron paseando y divirtiéndose en el cielo. El emperador Yao no tuvo más remedio que acudir ante el Soberano del Cielo, a quien le contó todo lo que había ocurrido. Enfadado, el Soberano del Cielo llamó a un valiente llamado Hou Yi, y le ordenó:

-         Los hijos de Xi He han traicionado mi voluntad y hacen alarde de su poder en el cielo.

Por su culpa, en la tierra ha habido una gran sequía y los seres humanos se arriesgan a no poder seguir viviendo. Toma este arco rojo y estas diez flechas blancas y castígalos.

Acatando la orden del Soberano del Cielo, Hou Yi descendió en seguida a la tierra, donde se sintió afligido al ver los sufrimientos que padecía el pueblo bajo el calor insoportable. Enardecido, miró hacia el cielo, donde los diez soles se desmandaban, y le disparó a uno de ellos. Entonces se escuchó un estruendo espantoso y se vio caer como una bola de fuego. Espantados, los demás soles huyeron apresuradamente, pero no lograron escaparse. De este modo, derribó nueve de los diez soles. Cuando sacó la última flecha, el emperador Yao, deteniéndolo, le dijo:

-         ¡No tires más, por favor! El sol es muy útil para la humanidad y ésta sufre sólo cuando hay demasiados. Como ahora solamente queda uno, no hay necesidad de derribarlo.

Hou Yi aprobó con la cabeza y puso a un lado el arco y la flecha. En el cielo aún permanecía un sol, pálido del susto.

Con la muerte de los nueve soles, la tierra volvió a ser como antes. La gente salió de las cuevas y se sintió feliz al ver que la sequía había pasado. Todos reiniciaron una vida pacífica, dedicados a cultivar, recoger leña, cazar, reparar sus viviendas y construir nuevas.

Hou Yi quiso regresar al cielo luego de cumplir la tarea que le había encomendado el Soberano del Cielo. Pero las gentes del lugar intentaron retenerlo de mil maneras, ya que, para expresar el agradecimiento y el aprecio que le tenían, querían pasar, junto con él, varios días para celebrar la gran victoria. Además, deseaban que él les ayudara a eliminar otras calamidades que aún existían en la tierra. Hou Yi estuvo de acuerdo y decidió quedarse algún tiempo.

Aunque ya había pasado la sequía, el dios del agua, He Bo, empezó a actuar desenfrenadamente, paseándose por entre las aguas bajo la forma de un dragón blanco. Adondequiera que llegaba, provocaba siempre inundaciones que anegaban los cultivos, destruían las casas y arrastraban a la gente y al ganado. Hou Yi decidió entonces acabar con este flagelo, haciéndose eco de las demandas de la gente. Un día, llegó a hurtadillas a la orilla de un río y se escondió detrás de un sauce, esperando a que llegara He Bo. En efecto, poco después apareció un dragón blanco que levantaba enormes olas en el curso superior del río, haciéndolo desbordar. Hou Yi, que estaba preparado, disparó un certero flechazo, atinando en el ojo izquierdo del animal. Dando un grito de dolor, el dragón blanco agitó la cola y se sumergió en las aguas.

Después, He Bo se presentó ante el Soberano del Cielo y acusó a Hou Yi:

-         Sin mediar motivo alguno, Hou Yi me hirió en un ojo cuando yo paseaba por el río. Quiero que, en venganza, el Soberano del Cielo lo mate. De otro modo, ¿qué sentido podrían tener las reglas celestiales? — dijo.

Pero el Soberano del Cielo, que estaba enterado de lo sucedido, le respondió en tono de reproche:

-         Eres el dios del agua y tu deber es llevar la felicidad a las personas; pero te paseas por todas partes, levantando olas y viento para perjudicar a la gente.

Quien siembra vientos recoge tempestades.

He Bo, desconcertado, se retiró sin decir una palabra, sumergiéndose en las aguas. A partir de ese instante, no se atrevió a cometer más desatinos.

De ahí en adelante, Hou Yi vivió muy feliz en la tierra, donde era querido y respetado por todos. Como su afición era la caza, frecuentemente perseguía y atacaba a las fieras en los bosques y montes. Por la época, había demasiadas bestias que obraban a su antojo en todas partes, perjudicando a la gente, lo que se constituyó un gran azote para la humanidad.

Se dice que en las planicies centrales medraba una bestia extraña llamada Ya Yu, cuya fisonomía era como la de un buey, tenía pelo largo y rojo, rostro humano y patas como las del caballo. Era experta en correr y tenía una fuerza descomunal. Por eso, era poco probable que alguien escapara con vida si se llegaba a encontrar con ella. También asolaba a menudo las tribus, derribando las casas para atrapar a la gente. ¡Eran incontables las personas que habían devorado!

Cierto día, siguiendo las pistas que le habían proporcionado las gentes del lugar, Hou Yi l'uc a la selva para buscar a la fiera. Cuando llegó a un valle, vio que por todas partes había calaveras y huesos humanos diseminados; delante de ellos, estaba la bestia acostada en una gran roca devorando a sus presas. La escena le repugnó mucho a Hou Yi, quien disparó una flecha a la fiera. Esta lanzó un gemido y cayó rodando hacia el valle. A partir de entonces, la gente pudo vivir en paz.

También había una fiera llamada Zao Chi, que vivía en el Sur, donde la agricultura era próspera. Tenía dientes como de dos metros de largo, tan afilados, que parecían estiletes; generalmente reposaba en las aguas o en los pantanos, asaltando súbitamente a los transeúntes. Era muy difícil hacerle frente, ya que su piel tenía un grosor de varias pulgadas, como si estuviera cubierta por una armadura impenetrable. Pero el hábil Hou Yi la mató, disparándole una flecha a la garganta en cierta ocasión que la fiera se le abalanzó con la boca abierta.

En el Sur, había un río llamado Xiongshui. Había recibido este nombre porque allá tenía su dominio un monstruo llamado Jiu Ying. Todos los que llegaban a este lugar, eran devorados por él y nadie tenía la suerte de escaparse, Jiu Ying era un ave feroz y enorme que tenía nueve cabezas y podía lanzar agua y llamas por la boca. Hou Yi sabía que si solamente le cortaba una de las nueve cabezas, el ave no moriría sino, por el contrario, se volvería más feroz. Entonces, le disparó casi simultáneamente nueve flechas, dando con todas en el blanco. De este modo, fue eliminado otro azote.

A la orilla del lago Dongting, muy cerca del río Xiongshui, vivía una serpiente larga, codiciosa y maligna, que podía tragarse de un bocado a un elefante. Digería lentamente todo lo que tragaba y luego escupía los huesos al cabo de tres años. Se dice que estos huesos eran un magnífico ingrediente para preparar una medicina capaz de curar todas las enfermedades internas. La serpiente era tan terrible, que por donde pasaba, la gente salía despavorida. Sólo tras una dura lucha, Hou Yi logró vencerla y la mató. Los huesos de la fiera formaron un monte, que posteriormente se llamó Baling.

Después de aniquilar todos estos azotes en el Sur, Hou Yi regresó al Norte. Cuando pasaba por las aguas de un lugar sagrado situado al Este, vio que las gentes allí se lamentaban. Le contaron que allí aparecía un rocho de tamaño desmesurado y fuerza extraordinaria, llamado Da Feng. Cuando volaba, sus alas podían ocultar la mitad del cielo y provocar un huracán, arrancando árboles y casas, y perjudicando a la gente. Hou Yi sabía que si no lograba matarlo de un flechazo, la cosa sería peor. Por tanto, se las ingenió atando un hilo a la flecha para poder recuperarla después de disparar. Este método fue muy eficaz y logró matar al rocho. El método fue asimilado por los descendientes, quienes lo usaron para cazar fieras mayores.

Poco después, Hou Yi visitó la región de Shangcun. Allá mató a un gigantesco jabalí llamado Feng Xi y un gran zorro conocido como Feng Hu, que podía tomar la apariencia de diversas figuras humanas.

Hou Yi eliminó todas las plagas en la tierra, con lo cual hizo un aporte invaluable a la humanidad. Por eso, a la sola mención de estos sucesos, las siguientes generaciones sentían nostalgia por él.

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JING WEI LLENÓ EL MAR

Nü Wa, la hija menor de Yan Di, el dios del sol, era una chica muy linda, ingenua y vivaz. Todos los días iba a la costa para divertirse, contemplando el oleaje y recogiendo conchas de diversos colores.

Un día que quería ir a la playa, la madre se lo impidió, diciéndole que era probable que hubiera una tempestad. No obstante, la chica fue sin hacer caso a las palabras de su madre.

En la playa, después de recoger muchas conchas de colores, Nü Wa subió a una gran roca para observar la blanca espuma que levantaban las olas cuando chocaban contra los riscos o las blancas gaviotas que volaban describiendo círculos sobre las verdes aguas del mar.

-         "¡Qué hermoso es el mar! ¡Con razón mi padre viene a bañarse aquí todos los días!" pensó la chica, sin percatarse de que se aproximaba una tempestad.

De repente hubo una bocanada de viento húmedo y ardiente y llovió a cántaros. Las olas se levantaron como montañas, chocando contra la costa. Nü Wa no logró eludir una enorme ola que la arrastró hacia el mar.

En ese momento, la madre Llegó a la playa. El viento la hacía tambalear y la lluvia no le permitía ver nada. Comenzó a gritar en todas las direcciones, llamando a Nü Wa.

Pero no escuchó ninguna respuesta, fuera del rugido del viento, la lluvia y el mar. Poco después, la tempestad se aplacó y el mar volvió a su calma de antes. Pero la chica no apareció por ninguna parte. Con el corazón desgarrado, la madre se puso a llorar, sentada en la playa.

Después de su muerte, el alma de Nü Wa se convirtió en un pájaro llamado Jing Wei que tenía la cabeza rayada, el pico blanco y dos garras rojas. Vivía en el monte Fajiu, al Oeste. Era tanto el odio que abrigaba la chica hacia el mar que le había arrebatado su vida, que juró llenarlo para vengarse.

Desde entonces, el pájaro llevaba día y noche, con la boca, ramas secas y piedras para arrojarlas al inmenso mar. Así pasaron los años, sin suspender nunca su trabajo, dando muestras de una voluntad férrea.

Se dice que posteriormente Jing Wei contrajo matrimonio con el petrel y tuvieron muchos hijos, de los cuales el macho era petrel y la hembra Jing Wei. Cada vez que había una tempestad, los hijos volaban valientemente, dando vueltas sobre el mar, atravesando las nubes y desafiando a las olas, y lanzaban gritos combativos de venganza. Herederas de la tarea que había comenzado su madre, las hijas llevaban, año tras año, de generación en generación, ramas secas y piedras para arrojarlas al mar.

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Dayu sometiÓ las aguas

Se dice que en la remota antigüedad en China hubo una gran inundación que acarreó inimaginables desgracias a la gente: la tierra se convirtió en un inmenso mar, los sembrados quedaron anegados y las casas destruidas; la gente, ayudando a los ancianos y llevando en brazos a los pequeños, se refugió en las montañas o subió a los árboles.

Pero poco después, al no poder soportar los embates del viento y la lluvia, y en particular por no haber podido encontrar alimentos, muchos murieron de hambre o de frío. Aquellos que tuvieron la suerte de refugiarse en las grandes montañas, pudieron vivir en cuevas o en chozas construidas con las ramas de los árboles y calmar el hambre comiendo hierbas silvestres y cortezas. Simultáneamente, las fieras y las serpientes venenosas también se refugiaron en las grandes montañas, amenazando a la gente. ¡No se sabe cuántos murieron diariamente de hambre, de frío o por el ataque de las fieras!

La gente no tuvo más remedio que recurrir al Soberano del Cielo y suplicarle que sometiera las aguas, pues de lo contrario todos morirían. No obstante, al Soberano del Cielo lo único que le interesaba era divertirse en su palacio, alejado totalmente de los seres humanos y despreocupado por la suerte que corrían.

Sin embargo, un nieto del Soberano del Cielo, un dios llamado Gun, conmovido ante los sufrimientos del pueblo, decidió interceder ante su abuelo para que oyera las demandas de la gente. A pesar de su rango, no le fue fácil entrevistarse con su abuelo. Había pedido audiencia muchas veces, pero siempre era detenido por los guardianes o le notificaban que el Soberano del Cielo estaba muy ocupado y no tenía tiempo para celebrar entrevistas.

Un día, sintiéndose muy afligido, Gun irrumpió por la puerta del cielo, sin reparar en nada y dispuesto a exponer sus inquietudes al Soberano del Cielo. Los guardianes no tuvieron más remedio que informarle a su superior y lo llevaron al palacio.

En ese momento, el Soberano estaba divirtiéndose: delante de él había diversos frutos preciosos mientras que un grupo de hadas estaban bailando. Al ver que su nieto había irrumpido allí, el Soberano del Cielo le preguntó fríamente:

-         ¿Cuál es el asunto tan urgente?

-         Abuelo, las aguas han inundado el mundo y los hombres están sufriendo una desgracia. ¡Hay mucha pobreza! ¡Debemos someter las aguas! — respondió Gun.

-         ¡No es posible! —dijo enfadado el Soberano del Cielo — Los seres humanos han cometido muchos crímenes y deben ser castigados con calamidades. Además, no tengo suficiente tiempo para ocuparme de sus asuntos. ¡De ahora en adelante, espero que no me importunes más!

Gun tuvo que retirarse silenciosamente. Su corazón estaba atormentado por las amarguras del pueblo. Andaba de un lado al otro, meditando.

-         "¡Debo salvar a toda costa a la humanidad de la muerte!" —cavilaba.

Pero, ¿qué podría hacer si todo el poder estaba en manos de su abuelo?

Las aguas continuaron subiendo a tal punto, que cubrieron las colinas y los montes. La escena era terrible: las aguas turbias se extendían por todas partes mientras la gente gritaba desesperadamente en las cumbres de las montañas. El mundo y los seres humanos estaban a punto de desaparecer.

Gun sabía que lo único que podía contener la inundación era un tesoro mágico llamado "Tierra Viviente", que era un terrón de color amarillo, Aunque sólo tenía unos cuantos centímetros cuadrados de tamaño, su peso era extraordinario. Con sólo colocarla en la tierra y decir "¡Crece!", en un abrir y cerrar de ojos aumentaba su tamaño en varios kilómetros, luego en varias decenas de kilómetros y finalmente en varios ciento de kilómetros, expulsando las aguas en todas las direcciones y descubriendo la tierra.

Pero la "Tierra Viviente" estaba bajo la custodia del Soberano del Cielo y era muy difícil obtenerla.

Cierto día que pasaba volando un gavilán, Gun, como por arte de magia, lo detuvo, diciéndole:

-         ¿Has visto que la gente está sufriendo calamidades?

-         Claro que sí; las aguas corren impetuosamente y la humanidad está a punto de ser exterminada — respondió el gavilán.

-         Como siempre te paseas volando dentro y fuera del palacio, a lo mejor podrías contarme algo que quiero saber.

-         ¿A qué te refieres?

-         Para someter las aguas es necesario conseguir la "Tierra Viviente" que tiene mi abuelo, el Soberano del Cielo. ¿Sabes acaso dónde guarda el tesoro?

-         No me he dado cuenta — dijo el gavilán, meditabundo —. Pero lo debe guardar en el palacio posterior. Allá hay muchos cofres de jade y he oído decir que él guarda todos sus tesoros en ellos.

-         Entonces, averiguarlo por favor, ya que de ello depende la salvación de la humanidad.

El gavilán asintió con la cabeza y se alejó. Como ya anochecía, las puertas celestiales habían sido cerradas. Entonces entró volando al palacio posterior y se posó en la parte exterior de una de las ventanas. Desde allí pudo ver claramente que en el recinto había muchos cofres de jade ordenados en hilera, cada uno de los cuales tenía grabados caracteres dorados, tales como "Elixir de la Inmortalidad", "Garrote de Mil Años", "Soga para Subir al Cielo". ¡Y entre todos ellos, en un rincón, se distinguía uno con la leyenda "Tierra Viviente"!

El gavilán regresó inmediatamente adonde Gun para contarle lo que había visto.

Pero se presentó otro problema. El gavilán no podía llevar el tesoro con la boca por su peso extraordinario. Entonces Gun fue rápidamente hasta el río del cielo para pedirle ayuda a la gigantesca tortuga inmortal, que era la única capaz de cumplir esta tarea. En efecto, la tortuga estaba allí, dando un paseo por la ribera. Gun le refirió todo lo acaecido y ella asintió moviendo la cabeza.

Luego, dejándose guiar por el gavilán, la tortuga inmortal llegó hasta el palacio posterior donde abrió un agujero en la pared y penetró. Con todas sus fuerzas, ambos lograron apoderarse de la "Tierra Viviente". Acto seguido, la tortuga la llevó a cuestas. Cuando llegó al río estaba empapada en sudor y sofocada.

Eufórico al ver el tesoro, Gun le pidió a la tortuga que lo transportara al mundo de los seres humanos y lo colocara en la tierra. Y tan pronto como Gun dijo "¡Crece!" la "Tierra Viviente" empezó a aumentar de tamaño, expulsando las aguas en todas las direcciones.

Finalmente, la humanidad se salvó y los refugiados regresaron a sus lugares natales. Llenos de contento, comenzaron una nueva vida, cultivando los campos y reconstruyendo las casas.

Sin embargo, al poco tiempo el Soberano del Cielo se enteró del robo de la "Tierra Viviente". Lleno de cólera, hizo llamar a Gun, a quien dijo en tono severo:

-         ¡Cómo te has atrevido a robar mi tesoro! ¿Acaso eso no significa rebelión?

Como estaba convencido de que su acción había sido justa, Gun, envalentonado, le respondió a su abuelo en tono enérgico:

-         El mundo pasó por una catástrofe. Los seres humanos perdieron sus hogares y sus medios de subsistencia. Creo que hubiera sido injusto no tratar de salvar a los que estaban luchando contra la muerte.

-         ¡Cállate! ¿Cómo te atreves a ofenderme?— replicó ensoberbecido el Soberano del Cielo al tiempo que echaba rayos y centellas. Inmediatamente le ordenó a su subalterno Zhu Rong que ejecutara a Gun en Yushan, un sitio del polo norte, y que recuperara cuanto antes la "Tierra Viviente".

La furia de las aguas volvió a hacer estragos y la gente, que apenas acababa de establecerse, se vio obligada a huir para salvar la vida.

Aunque Gun había muerto, su corazón ardoroso y justiciero siguió viviendo. Luego de tres años, el cadáver de Gun seguía intacto, sin corromperse. El Soberano del Cielo, asustado y preocupado porque de pronto Gun resucitara para vengarse, envió a un general celeste para que le abriera el vientre a aquél. Pero, de improviso, el abdomen de Gun se abrió y su corazón se volvió persona: su hijo Da Yu. Inmediatamente, Gun se hundió en el río Yuyuan y desapareció nadando, convertido en un pez mágico.

Al igual que su padre, Da Yu era un dios bondadoso y honrado, pero más inteligente y más valeroso. Para continuar la obra inconclusa de su padre, decidió llevar a término la salvación de la humanidad.

Era tanto el odio que abrigaba hacia el Soberano del Cielo, que jamás fue a verle. En lugar de ello, decidió dirigir a los hombres para someter las aguas valiéndose de sus poderes mágicos.

Como sabía que las inundaciones eran provocadas por los genios de las montañas y los demonios del agua que estaban bajo las órdenes de Gong Gong, el dios del agua, resolvió eliminar primero a estos malvados.

Para tal fin, reunió a los diversos dioses en la montaña Maoshan, un lugar ubicado a la orilla del Mar del Este.

Esta era una causa justa compartida por todos. A la reunión asistieron numerosos dioses, entre ellos Po Yi, el dios de los pájaros, Wu Mu You, el dios de los árboles, Tung Lü, el dios de las reglas del cielo, Geng Chen, el dios del tiempo; también se hicieron presentes el dragón sin cuernos y con una sola pata, el dragón alado, y otras criaturas fantásticas.

Los asistentes manifestaron que la zona de la montaña Tungpo, en las planicies centrales, era la que sufría la inundación más grave. Este lugar estaba bajo el dominio de Wu Zhi Qi, el astuto y cruel dios de los ríos Huai y Wo, cuya fisonomía era la de un mono. De frente alta, nariz chata, cabeza blanca y cuerpo negro. Tenía los ojos relucientes como el oro y colmillos tan blancos como la nieve. Podía alargar su cuello hasta cien pies y su fuerza era tan descomunal, que era capaz de soportar a nueve elefantes. Generalmente aparecía y desaparecía en el agua y era muy ágil y difícil de capturar. Además, era el subalterno favorito de Gong Gong. Por eso, valiéndose de sus poderes, levantaba a menudo olas y viento, actuando a su antojo en el lugar. Precisamente, Da Yu había presenciado en tres oportunidades la terrible escena.

Siguiendo las órdenes da Da Yu, Tung Lü y Wu Mu You fueron los primeros en salir a pelear, pero no lograron vencer a Wu Zhi Qi. Después, Da Yu mandó a Geng Chen. A pesar de su agilidad, Wu Zhi Qi no logró escapar de las manos de Geng Chen. Justamente, cuando intentaba huir zambulléndose en las aguas, fue alcanzado por la lanza de Geng Chen y capturado. Por orden de Da Yu, fue confinado al pie de la montaña de la Tortuga, en el curso inferior del río Huai. Allí lo amarraron con cadenas al cuello y le colocaron una sarta de timbres de oro en las ventanas de la nariz para que no volviera a actuar a su antojo.

El paso siguiente era atacar a Gong Gong, quien por aquel entonces se encontraba en la zona de Kongshan. Para evitar que éste huyera al enterarse de la noticia, Da Yu convocó otra reunión en Maoshan con el propósito de organizar un cerco. Pero, debido a que el dios que contenía los vientos, el cual debía participar en la batalla, no llegó en el momento previsto, Da Yu perdió un tiempo precioso. Durante este lapso de tiempo, Gong Gong logró informarse de que el dios de los ríos Huai y Wo había sido capturado y que los dioses querían emprender una expedición contra él. Inmediatamente hizo que las olas y el viento se levantaran e inundaran la zona de Kongshan. Aprovechándose del caos, huyó sin dejar huellas. Cuando llegó el dios que contenía los vientos a la montaña Maoshan, fue ejecutado por Da Yu por haber sido el causante del retraso. Se dice que aquella montaña recibió posteriormente el nombre de Huiji para honrar la memoria de Da Yu.

Después de la huida de Gong Gong, la tarea más apremiante era conducir las aguas al mar. Para tal fin era necesario conocer primero la topografía. Da Yu dio órdenes a dos de sus subalternos, Da Zhang y Jian Hai, para que midieran la tierra. Da Zhang caminó desde el extremo Este hasta el Oeste y obtuvo la cifra de 100.016.750 kilómetros y 225 pies. Jian Hai, por su parte, caminó desde el extremo Norte hasta el Sur y logró exactamente la misma cifra. Ambos informaron que, además de los ríos que corrían a lo largo y a lo ancho de la tierra, habían descubierto numerosos abismos enormes y profundos. En efecto, no era fácil encauzar las aguas en aquella inmensidad.

Pero cuando hay fuerza de voluntad se logra éxito. Da Yu no se asustó ni mucho menos por las dificultades y se entregó con cuerpo y alma a realizar los trabajos para someter las aguas. Junto con varios de sus subalternos, atravesó montañas y ríos, desafiando el viento y la lluvia, cruzó los nueve continentes y recorrió diez mil países. En su correría experimentó innumerables aventuras y llegó a muchos lugares despoblados, donde vio muchas cosas sorprendentes las cuales les contaré en el capítulo siguiente.

Durante los trabajos, Da Yu obtuvo la ayuda de los dioses de diversos lugares. Cierta vez, cuando estaba observando la configuración del terreno en el monte Lungmen, Fu Xi, que vivía allí en una cueva, le obsequió el "Plano de los Ocho Diagramas", cuyos símbolos señalaban la naturaleza del cielo, la tierra, el viento, el trueno, el agua, el fuego, las montañas y los lagos, y los métodos para someterlos y utilizarlos. En el capítulo que contaré mañana sabrán ustedes el origen de estos antiguos signos del taoísmo recogidos en el Libro de las Mutaciones, y con los cuales se descubre el futuro.

En otra ocasión, cuando estaba investigando la fuerza de la corriente a lo largo del río Huanghe, apareció de repente un monstruo por entre las olas, de rostro humano y cuerpo de pez, el cual le regaló el "Mapa de los Ríos". Según se dice, éste era Feng Yi, una divinidad del río Huanghe. El mapa señalaba la orientación y la fuerza de la corriente de todos los ríos grandes y pequeños en las planicies centrales. Ahora que disponía de estos materiales de referencia, y considerando sus propias experiencias, Da Yu estaba seguro de poder someter las aguas.

De inmediato se inició la construcción de obras hidráulicas. Da Yu, portando una azada y un canasto, dirigió a millares de personas para que cavaran lagos, construyeran diques, acarrearan tierra y rellenaran abismos. La tortuga inmortal también colaboró en las obras. Esta podía transportar una colina de un solo viaje y llenaba un profundo abismo al término de pocas jornadas. La ayuda que prestó el dragón alado también fue muy valiosa. Con su cola, tan dura como el acero, excavaba la tierra y podía dragar varios ríos en el lapso de un día.

De todas las obras hidráulicas, la más peligrosa y ardua fue la excavación del monte Lungmen. Este monte, que cubría un área de varios cientos de kilómetros, yacía sobre la cuenca media del río Huanghe, cerrándole así el paso a la corriente, la cual sólo podía atravesar el lugar por un canal muy estrecho. Por eso, cada vez que había un diluvio, el río se desbordaba, inundando la tierra.

Da Yu participó en las obras de Lungmen. Bajo el sol ardiente de verano y desafiando el frío glacial, todos comían y dormían a la intemperie. Finalmente abrieron por cinco años un boquete en el monte y las aguas corrieron sin ningún obstáculo.

Cuando la obra fue completada, la alegría fue inimaginable. Hombres y mujeres, rodeando a Da Yu, vitoreaban sin cesar, en una forma tan atronadora, que el Palacio del Cielo se estremeció. Cuando el Soberano del Cielo echó una mirada hacia abajo, se sobrecogió de estupor, pues nunca había imaginado que los seres humanos tuvieran una energía tan enorme.

Posteriormente, Lungmen devino en un lugar encantado. Cada primavera, las carpas del río Huanghe acudían allí para reunirse y luego rivalizaban tratando de saltar por encima de la puerta Lungmen. Se dice que las que lograban hacerlo, se convertían en dragones. Las que no, se estrellaban contra las rocas. A pesar de eso, todas querían probar fortuna.

La mujer de Da Yu provenía del monte Tu-shan, en el Sur, y era conocida como la Muchacha de Tushan. Cuando se casó con ella, Da Yu sólo permaneció en casa cuatro días. Posteriormente, la mujer dio a luz un hijo al cual le puso Qi, nombre que había sido escogido por Da Yu en el momento de su partida. Qi significaba "ponerse en camino" y con él quería recordar el día que se despidió de su mujer y se puso en camino para someter las aguas.

La muchacha frecuentaba una colina que quedaba delante de la casa. Iba allí, llevando en brazos a su hijo, con la esperanza de que su marido regresara pronto. Inspirada, había compuesto una canción titulada "Esperando al hombre". Cuando la entonaba, lo hacía con sentimiento.

Cierta vez que se encontraba en la colina con su hijo, miró a lo lejos y vio que se acercaba un hombre: era su esposo. Pero, a primera vista, no lo reconoció. Da Yu, quien antes tenía un porte majestuoso, ahora se veía agotado, vestido de harapos y con las manos y los pies cubiertos de gruesos callos. Sólo sus ojos brillantes reflejaban como antes, su inteligencia y tenacidad.

La muchacha sintió alegría al ver que Da Yu regresaba pero también se condolió íntimamente al ver su aspecto. Cuando le pidió insistentemente que volviera a casa para descansar, él rehusó, argumentando:

-         ¡Es imposible! Los refugiados se encuentran aún bajo la amenaza de las aguas. ¡Ahora, lo urgente es salvar a la gente!

-         Pero puedes permanecer sólo por un tiempo — dijo la muchacha —. Además, es necesario que te remiende el vestido y debes ponerte otro par de sandalias de paja.

-         ¡Pero el tiempo es precioso! Ya sé que tú pasas dificultades porque no estoy en casa— dijo Da Yu, excusándose — pero no puedo hacer un alto en el camino cuando las aguas aún se desmandan.

Cuando terminó de decir esto, Da Yu tomó con sus manos al hijo y lo besó. Después de consolar a su mujer, se marchó sin volver la cabeza.

Así, durante el tiempo que duraron las obras para controlar las aguas, a pesar de haber pasado en tres oportunidades por delante de su casa, Da Yu no entró jamás en ella.

Transcurrieron los años y Da Yu iba a pie desde el Sur hasta el Norte, del lugar donde se levantaba el sol al lugar donde descendía, desafiando el viento y la lluvia, sin importarle la fatiga ni el peligro, para dirigir a los millares de personas que trabajaban en el control de las aguas. Después de trece años de esfuerzos, llenaron los abismos, excavaron los lagos y dragaron los ríos. Las llanuras volvieron a aparecer y la gente regresó a su lugar natal para iniciar una nueva vida.

Bajo la guía del valiente e inteligente Da Yu, la gente logró someter las aguas valiéndose de sus propias fuerzas, sin tener que suplicarle al Soberano del Cielo ni utilizar la "Tierra Viviente". Esto no solamente fue un mérito de Da Yu sino también el orgullo de la humanidad. En agradecimiento, todos estuvieron de acuerdo con que fuera soberano. Da Shun, que así se llamaba el soberano que gobernaba por aquella época, decidió cederle el trono a Da Yu, pues ya no se sentía fuerte a causa de la edad.

Según se dice, Da Yu fue el primer soberano de la dinastía Xia. Después de subir al trono, llamó a Po Yi y Gao Tao para que le ayudaran en la administración. Aunque todo estaba en orden en el imperio, Da Yu seguía preocupándose por la vida del pueblo. Frecuentemente realizaba giras por todas partes y ordenaba transportar productos de los lugares prósperos a los lugares más necesitados para que todos pudieran vivir en felicidad y trabajar en paz. Además, le enseñaba a la gente a plantar árboles en las pendientes y sembrar arroz en los terrenos ricos en aguas.

Entre los gobernantes de la antigüedad, Da Yu fue un soberano ilustre que hizo grandes contribuciones al pueblo. Por eso, las generaciones posteriores acuñaron el dicho "No ser inferior a Da Yu" para elogiar a los hombres de mérito.

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EGIPTO
LOS NUEVE DIOSES

 

                        Shu y Tefnet fueron los primeros de los hijos de Ra-Atum. Ellos se quisieron con un amor tan grande y profundo que, al cabo de poco tiempo, Tefnet dio a luz gemelos. El primero en nacer fue Geb, el dios de la tierra y el segundo Nut, diosa del cielo.  Geb amaba a su hermana apasionadamente, la bella Nut, y durante mucho tiempo permanecieron fuertemente abraza-dos. Como consecuencia de tal efusión el cielo se mantenía estrecho contra la tierra y entre ellos no quedaba espacio para que pudiera alguien vivir o crecer. Al final, Ra-Atum cogió enormes celos del gran amor de Nut por Geb y con gran ira tomo la decisión de que nunca más pudieran estar juntos. Para ello ordeno al padre de ambos, Shu, que hiciera algo para separarlos definitivamente. Así se lo hizo saber y el poderoso dios pisó a Geb para que no pudiera elevarse. Luego levanto a Nut con las manos y la mantuvo, de esta forma, muy por encima de su hermano, de manera que les mantenía separados. A pesar de que Nut esperaba un hijo, Ra-Atum la maldijo, como castigo por su actitud anterior, para que fuera incapaz de dar a luz ninguno de los días del año. Al verse separados de una forma tan violenta, Geb luchaba sin descanso y con gran valentía bajo los pies de su padre, mientras que Nut intentaba abalanzarse hacia abajo para acercarse a él, pero no había forma de que se pudieran alcanzar y con ello su tristeza de separación fue en aumento. Mientras tanto, el Creador había ido dando vida a muchos otros seres, entre ellos a Thot, el más sabio de los dioses. Un día, Thot levanto los ojos y vio el bonito cuerpo de Nut encima del mundo, mientras se debatía por regresar junto a su amado, y la amo de una forma tan pura y profunda que se compadeció de ella. Decidió prestar su ayuda a la infeliz diosa para que al menos pudiera dar a luz a sus hijos, e inmediatamente invento el juego de las damas. Entonces, decidió desafiar a los demás dioses a que jugaran contra él siempre y cuando utilizaran el tiempo a modo de apuesta. Poco a poco, el dios sabio consiguió ir ganando a sus contrincantes hasta obtener de ellos cinco días. El Creador había fijado la duración del año en 365 días, pero Thot le añadió el tiempo que había ganado y lo alargo en 5 días más. Este periodo no estaba sometido al curso de Ra, y de esta forma Nut pudo finalmente dar a luz a sus hijos. El primer día dio a luz a un niño ya coronado, que fue llamado Osiris. El segundo día llego Haroeris y el tercero, después de grandes dolores, Seth. Los días cuarto y quinto llegaron al mundo las dos hijas, Isis y Neftis.

                           Osiris e Isis se habían enamorado en el interior del vientre de su madre y no tardaron demasiado en convertirse en marido y mujer. Seth y Neftis también se casaron con el tiempo, pero nunca existió un verdadero amor entre ambos. Las dos hijas de Nut eran totalmente diferentes de carate. Isis era valiente, bella y astuta, la Señora de la Magia, más sabia que millones de hombres, mientras que Neftis era leal y dócil. Los hermanos Osiris y Seth tenían, si cabe, todavía más diferencias. Osiris era hermoso, gallardo, noble y generoso, mientras que Seth tenía la cabeza de bestia salvaje y ello ya delataba su naturaleza, porque era ambicioso, maligno y cruel. Nunca pudo perdonar a Osiris que fuese su hermano mayor y, por tanto, el destinado a ocupar el trono.

                         Ra, con sus hijos Shu y Tefnet, sus nietos Geb y Nut, y sus biznietos Osiris e Isis, Seth y Neftis, fueron adorados como los nueve grandes dioses bajo el nombre de la Enéada. El Creador fue dando existencia a muchos otros dioses y diosas, y lleno el cielo de encima y debajo de la tierra de espíritus, demonios y divinidades menores. Vinieron todos ellos bajo el poder del primero de todos.

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EL MITO DE ISIS Y OSIRIS

 

   Nut, diosa del cielo, era la mujer de Ra. Sin embargo, era amada por Geb a cuyo amor correspondía. Cuando Ra descubrió la infidelidad de su esposa, se puso iracundo y la maldijo, diciendo que su hijo no nacería en ningún mes ni en ningún año. La maldición del poderoso Ra no podía ser ignorada, debido a que Ra era el jefe de todos los dioses. Angustiada, Nut apeló al dios Thoth, quien también la amaba. Thoth sabía que la maldición de Ra debía cumplirse, pero encontró una vía de salida al problema mediante una estratagema muy hábil. Acudió a Silene, la diosa de la Luna, cuya luz rivalizaba con la del Sol mismo, y le retó a un juego de mesa. Las apuestas por ambos lados eran altas, pero Suene apostó un poco de su luz, la decimo séptima parte de cada una de sus iluminaciones, y perdió. De aquí procede que su luz mengua y disminuye en ciertos períodos, de tal forma que ya no es rival del Sol. De la luz que le había arrebatado a la diosa de la Luna, Toth creó cinco días que añadió al año (que en esos tiempos constaba de trescientos sesenta días), de tal manera que no pertenecían ni al año anterior, ni al año siguiente, ni a ningún mes. Nut tuvo a sus cinco hijos durante esos días. Osiris nació el primer día, Horus el segundo día, Set el tercer día, Isis el cuarto y Neftis el quinto. En el momento del nacimiento de Osiris, se oyó en todo el mundo una voz alta que decía: « ¡Ha nacido el señor de toda la Tierra!» Una tradición un tanto diferente relata que cierto hombre llamado Pamiles, que llevaba agua del templo de Ra en Tebas, oyó una voz que le ordenaba proclamar el nacimiento del «buen y gran rey Osiris», lo cual hizo en seguida.

Con el transcurso del tiempo se cumplieron las profecías respecto a Osiris, y se convirtió en un rey grande y sabio. La tierra de Egipto floreció bajo su dominio como jamás lo había hecho antes. Como muchos otros «dioses-héroes». Se propuso la tarea de civilizar a su gente, quienes a su llegada se encontraban en un estado muy bárbaro, practicando el canibalismo y otras costumbres salvajes. Les impuso unos códigos, les enseñó las artes de la labranza y les enseñó los ritos correctos para venerar a los dioses. Y cuando logró establecer la ley y el orden en Egipto se marchó a tierras lejanas para continuar con su obra civilizadora. Era tan gentil y bueno, y tan agradables eran sus métodos de inculcar el conocimiento en las mentes de los bárbaros, que éstos veneraban la mismísima tierra que pisaba.

       Sin embargo, tenía un cruel enemigo, su hermano Set. Durante 1a ausencia de Osiris su esposa Isis gobernó el país tan bien que las malvadas maquinaciones de Set para tomar parte en su gobierno no pudieron madurar. Pero cuando el rey regresó, Set maquinó un plan, para librarse de su hermano. A fin de cumplir su plan se alió con Aso, la reina de Etiopía, y otros setenta y dos conspiradores. Luego, después de medir secretamente el cuerpo del rey, mandó hacer un maravilloso cofre, ricamente adornado, donde pudiera caber el cuerpo de Osiris. Hecho esto, invitó a los conspiradores y a su hermano el rey a un gran banquete. La reina a menudo había advertido a Osiris de que tuviera cuidado con Set, pero, exento de maldad, el rey no la percibía en los demás y, así, acudió al banquete.

 

Cuando el banquete hubo terminado, Set hizo traer el precioso cofre al salón y dijo, fingiendo bromear, que debería pertenecerle a quien cupiera en él. Uno tras otro los huéspedes se tumbaron en el cofre, pero ninguno cupo; hasta que le llegó el turno a Osiris. Inconsciente de la traición, el rey se tumbó en el gran cofre. En cuestión de segundos los conspiradores habían claveteado la tapa derramando plomo candente sobre ella para cerrar cualquier apertura. Luego abandonaron el cofre a su suerte en el Nilo, en la desembocadura del Tanaitic. Algunos dicen que estos acontecimientos tuvieron lugar en el vigésimo octavo año de su vida; otros dicen que fue en el vigésimo octavo de su reinado.

Cuando Isis recibió las noticias se afligió y se cortó una mecha de pelo y se vistió de luto. Consciente de que los muertos no pueden reposar hasta que sus cuerpos no hayan sido enterrados con los ritos funerarios, emprendió la búsqueda del cuerpo de su marido. Durante largo tiempo su búsqueda fue inútil, a pesar de que le preguntara a todo hombre y mujer si habían visto el cofre ricamente adornado. Con el tiempo, se le ocurrió preguntar a unos niños que jugaban en las orillas del Nilo, y éstos pudieron decirle que Set y sus cómplices habían traído el cofre hasta la desembocadura del Nilo. A partir de ese momento, los egipcios consideraron que los niños eran poseedores de alguna facultad especial de adivinación.

      Poco a poco, mediante los poderes demoníacos, la reina obtuvo información más exacta, que le informaban de que el cofre había sido abandonado en Byblos, y las olas lo habían arrojado en un arbusto tamarisco, que milagrosamente se había convertido en un árbol magnifico, y había encerrado el cofre de Osiris en su tronco. El rey de ese país, Melcarthus, se maravilló por la altura y la belleza del árbol, y lo hizo talar, utilizando su tronco como pilar para sujetar el techo de su palacio. Por tanto, el cofre que contenía el cuerpo de Osiris estaba oculto dentro de esta columna. Isis acudió apresuradamente a Byblos, donde se sentó al lado de una fuente. No dirigió la palabra a ninguna persona que cruzara en su camino, a excepción de las doncellas de la reina, y a éstas se dirigió con gracia, trenzando su pelo y perfumándolas con su aliento, más fragrante que el aroma de las flores. Cuando las doncellas regresaron al palacio la reina les preguntó a qué se debía que su pelo y sus ropas estuvieran tan deliciosamente perfumadas, y éstas le contaron el encuentro con la bella forastera. La reina Astarte, o Athenais, hizo que la trajeran al palacio, la acogió con los brazos abiertos y la designó enfermera de uno de los jóvenes príncipes.

      Isis aumentó al niño dándole su dedo para chupar. Todas las noches, cuando todo el mundo se había acostado, ponía grandes troncos en el fuego y echaba al niño entre ellos, y luego, convirtiéndose en una golondrina, emitía unos tristes lamentos por su marido muerto. Las doncellas de la reina informaron a su señora de los rumores de estas extrañas prácticas, y ésta se propuso descubrir si había alguna verdad en ellos. Entonces se escondió en la gran sala, y cuando llegó la noche, efectivamente, Isis cerró las puertas y amontonó troncos en el fuego, echando al niño entre la madera ardiente. La reina se abalanzó con un grito y rescató al niño de las llamas. La diosa la reprobó, declarando que mediante su acción había privado al niño de la inmortalidad. Luego Isis reveló su identidad a la horrorizada Athenais y le contó su historia, pidiéndole que le diera el pilar que sujetaba el techo. Cuando le fue otorgada su petición, abrió el árbol, sacó el cofre que contenía el cuerpo de Osiris y se lamentó con tanta fuerza que uno de los jóvenes príncipes murió de terror. Luego se llevó el cofre a Egipto por mar.  Durante mucho tiempo, el árbol que contenía el cuerpo del dios se preservó y veneró en Byblos.

Cuando llegó a Egipto, Isis abrió el cofre y lloró triste y amargamente sobre los restos de su esposo real. Pero ahora se acordó de su hijo, Horus el Niño, a quien había dejado en Buto, y, ocultando el cofre en un lugar secreto, emprendió la búsqueda de su hijo. Mientras tanto, Set, que cazaba a la luz de la Luna, descubrió el cofre ricamente adornado y en su ira desgarró el cadáver en catorce trozos, que esparció por todo el país.

Cuando descubrió este último ultraje sobre el cuerpo del dios, Isis tomó un barco hecho con juncos de papiro y emprendió nuevamente la búsqueda de los restos de su esposo. Después de esto, los cocodrilos no quisieron acercarse a un barco de papiro, probablemente porque pensaban que llevaba a bordo a la diosa, que no había abandonado su búsqueda. Cuando Isis encontraba una parte del cadáver, ésta la enterraba y construía un sepulcro para demarcar su posición. Ésta es la razón de que haya tantas tumbas de Osiris en Egipto

Para esta época, Horus ya era un adulto y Osiris, regresando de Duat (el más allá), donde   gobernaba como rey de los muertos, le animó a vengar las injusticias impuestas a sus padres. Inmediatamente después, Horus luchó con Set, intercambiándose victorias entre uno y otro. En una ocasión, Set cayó cautivo de su enemigo y quedó bajo la custodia de Isis, pero, para gran sorpresa e indignación de su hijo, ésta le dejó libre. Horus estaba tan iracundo que arrancó la corona de la cabeza de su madre. Sin embargo, Thoth le dio un casco con forma de cabeza de vaca. Otra versión relata que Horus decapitó a su madre y que Thoth, hacedor de magias, volvió a pegarle la cabeza en forma de la de una vaca. Se dice que Horus y Set siguen luchando, aunque ninguno de los dos consigue salir victorioso. Cuando Horus venza a su enemigo, Osiris regresará a la tierra y volverá a gobernar Egipto.

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OTROS RELATOS

BIBLIA.GÉNESIS

Capítulo 1

En el principio creó Dios los cielos y la tierra.

Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre el haz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre el haz de las aguas.

Y dijo Dios: Sea la luz: y fue la luz.  Y vio Dios que la luz era buena: y apartó Dios la luz de las tinieblas. Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche: y fue la tarde y la mañana un día.

Y dijo Dios: Haya expansión en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas.

E hizo Dios la expansión, y apartó las aguas que estaban debajo de la expansión, de las aguas que estaban sobre la expansión: y fue así.

Y llamó Dios a la expansión Cielos: y fue la tarde y la mañana el día segundo.

Y dijo Dios: Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase la seca: y fue así.

Y llamó Dios a la seca Tierra, y a la reunión de las aguas llamó Mares: y vio Dios que era bueno.

Y dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé simiente; árbol de fruto que dé fruto según su género, que su simiente esté en él, sobre la tierra: y fue así.

Y produjo la tierra hierba verde, hierba que da simiente según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya simiente esta en él, según su género: y vio Dios que era bueno.

Y fue la tarde y la mañana el día tercero.

Y dijo Dios: Sean lumbreras en la expansión de los cielos para apartar el día y la noche: y sean por señales, y para las estaciones, y para días y años;

Y sean por lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra: y fue.

E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche: hizo también las estrellas.

Y púsolas Dios en la expansión de los cielos, para alumbrar sobre la tierra,

Y para señorear en el día y en la noche, y para apartar la luz y las tinieblas: y vio Dios que era bueno.

Y fue la tarde y la mañana el día cuarto.

Y dijo Dios: Produzcan las aguas reptil de ánima viviente, y aves que vuelen sobre la tierra, en la abierta expansión de los cielos.

Y crió Dios las grandes ballenas, y toda cosa viva que anda arrastrando, que las aguas produjeron según su género, y toda ave alada según su especie: y vio Dios que era bueno.

Y Dios los bendijo diciendo: Fructificad y multiplicad, y henchid las aguas en los mares, y las aves se multipliquen en la tierra.

Y fue la tarde y la mañana el día quinto.

Y dijo Dios: Produzca la tierra seres vivientes según su género, bestias y serpientes y animales de la tierra según su especie: y fue así.

E hizo Dios animales de la tierra según su género, y ganado según su género, y todo animal que anda arrastrando sobre la tierra según su especie: y vio Dios que era bueno.

Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces de la mar, y en las aves de los cielos, y en las bestias, y en toda la tierra, y en todo animal que anda arrastrando sobre la tierra.

Y crió Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo crió; varón y hembra los crió.

Y los bendijo Dios; y díjoles Dios: Fructificad y multiplicad, y henchid la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces de la mar, y en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.

Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda hierba que da simiente, que está sobre el haz de toda la tierra; y todo árbol en que hay fruto de árbol que da simiente, seros ha para comer.

Y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se mueve sobre la tierra, en que hay vida, toda hierba verde les será para comer: y fue así.

Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto.

 

Capítulo 2

Y FUERON acabados los cielos y la tierra, y todo su ornamento.

Y acabó Dios en el día séptimo su obra que hizo, y reposó el día séptimo de toda su obra que había hecho.

Y bendijo Dios al día séptimo, y santificólo, porque en él reposó de toda su obra que había Dios criado y hecho.

Estos son los orígenes de los cielos y de la tierra cuando fueron criados, el día que Jehová Dios hizo la tierra y los cielos,

Y toda planta del campo antes que fuese en la tierra, y toda hierba del campo antes que naciese: porque aun no había Jehová Dios hecho llover sobre la tierra, ni había hombre para que labrase la tierra;

Mas subía de la tierra un vapor, que regaba toda la faz de la tierra.

Formó, pues, Jehová Dios al hombre del polvo de la tierra, y alentó en su nariz soplo de vida; y fue el hombre en alma viviente.

Y había Jehová Dios plantado un huerto en Edén al oriente, y puso allí al hombre que había formado.

Y había Jehová Dios hecho nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer: también el árbol de vida en medio del huerto, y el árbol de ciencia del bien y del mal.

Y salía de Edén un río para regar el huerto, y de allí se repartía en cuatro ramales.

El nombre del uno era Pisón: éste es el que cerca toda la tierra de Havilah, donde hay oro:

Y el oro de aquella tierra es bueno: hay allí también bedelio y piedra cornerina.

El nombre del segundo río es Gihón: éste es el que rodea toda la tierra de Etiopía.

Y el nombre del tercer río es Hiddekel: éste es el que va delante de Asiria. Y el cuarto río es el Éufrates.

Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y le puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase.

Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto comerás;

Mas del árbol de ciencia del bien y del mal no comerás de él; porque el día que de él comieres, morirás.

Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; haréle ayuda idónea para él.

Formó, pues, Jehová Dios de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y trajólas a Adam, para que viese cómo les había de llamar; y todo lo que Adam llamó a los animales vivientes, ese es su nombre.

Y puso Adam nombres a toda bestia y ave de los cielos y a todo animal del campo: mas para Adam no halló ayuda que estuviese idónea para él.

Y Jehová Dios hizo caer sueño sobre Adam, y se quedó dormido: entonces tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar;

Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y trajola al hombre.

Y dijo Adam: Esto es ahora hueso de mis huesos, y carne de mi carne: ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada.

Por tanto, dejara el hombre a su padre y a su madre, y allegarse a a su mujer, y serán una sola carne.

Y estaban ambos desnudos, Adam y su mujer, y no se avergonzaban.

Capítulo 3

EMPERO la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?

Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los arboles del huerto comemos;

Mas del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, porque no muráis.

Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis;

Mas sabe Dios que el día que comiereis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como dioses sabiendo el bien y el mal.

Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella.

Y fueron abiertos los ojos de entrambos, y conocieron que estaban desnudos: entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales.

Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto al aire del día: y escondióse el hombre y su mujer de la presencia de Jehová Dios entre los arboles del huerto.

Y llamó Jehová Dios al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú?

Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y escondíme.

Y díjole: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?

Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.

Entonces Jehová Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer: La serpiente me engañó, y comí.

Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida:

Y enemistad pondré entre tú y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.

A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera tus dolores y tus preñeces; con dolor parirás los hijos; y a tu marido será tu deseo, y él se enseñoreara de ti.

Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo, No comerás de él; maldita será la tierra por amor de ti; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida;

Espinos y cardos te producirá, y comerás hierba del campo;

En el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra; porque de ella fuiste tomado: pues polvo eres, y al polvo serás tornado.

Y llamó el hombre el nombre de su mujer, Eva; por cuanto ella era madre de todos lo vivientes.

Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y vistiólos.

Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de Nos sabiendo el bien y el mal: ahora, pues, porque no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre:

Y sacólo Jehová del huerto de Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado.

Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía a todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida.

 

MITO GRIEGO DE LA CREACIÓN

 

En un principio solo existía el Caos. A continuación, Gea o la Madre Tierra engendró por si misma a Urano, o el Firmamento Estrellado.

Gea se unió a Urano y tuvo varios hijos.

En primer lugar nacieron seis Titanes varones: Océano, Ceo, Crío, Hiperión, Japeto y Crono, que era muy perverso, y seis Titánides mujeres: Tía, Rea, Temis, Mnemósine, Febe y Tetis.

Luego Gea y Urano tuvieron otros hijos, Los Cíclopes. Arges, Estéropes y Brontes.

Y más tarde fueron padres también de los Hecatonquiros, tres monstruos gigantes con cien brazos y cincuenta cabezas cada uno.

Urano era malvado y cada vez que Gea iba a dar a luz, los retenía en el vientre de Gea, no permitiendo que nacieran.

Cansada Gea de sufrir, ya que sentía que estaba por explotar, urdió un maléfico plan. Dio a luz una hoz de acero brillante y buscó la ayuda de Crono, el más perverso de sus hijos para que le cortara los órganos genitales mientras dormía.

Crono esperó agazapado que Urano roncara plácidamente y con la hoz provista por su madre, Gea, lo castró tirando sus órganos al mar.

Crono mantenía encadenados a todos los monstruos en las profundidades de la tierra.

La sangre derramada, volvió a fecundar la tierra. De allí nacieron las Erinias, espíritus vengadores de los crímenes de sangre, Los Gigantes y las Ninfas Melíades o de los árboles de fresno. Del órgano que cayó al mar nació la diosa Afrodita, que encontraron flotando en una concha marina.

Crono se unió a Rea, pero también tenía la mala costumbre de comerse a sus hijos, entonces el menor, Zeus, lo destronó y conquistó el dominio del mundo.

Los Titanes que estaban confinados en las profundidades, no estaban de acuerdo y se sublevaron agitando la tierra, sacudiendo las montañas y causando todo tipo de terremotos y maremotos.

Zeus, pensó que si los soltaba se calmarían, pero apenas los liberó de su prisión, comenzaron a arrojarle rocas y amontonar montañas. Este desastre duró diez años.

Zeus deseaba poner orden de una buena vez y para siempre, entonces descendió hasta el Tártaro donde se encontraban encadenados los Cíclopes y los Gigantes de cien brazos y les pidió ayuda para acabar con el flagelo de los Titanes.

Estos accedieron de buena gana y cuando por fin volvieron a ver la luz del sol se llenaron de energía y se lanzaron a la batalla con todas sus fuerzas. Tembló la tierra y se sacudió el cielo hasta que los Titanes quedaron sepultados bajo una montaña de rocas arrojadas por los monstruos de cien brazos. Los que sobrevivieron fueron arrojados al Tártaro y nunca más volvieron a salir de allí.

GÉNESIS DE LOS INDIOS PIES NEGROS

 

  Hubo un tiempo en el que todos los animales de las Praderas habían oído hablar de Él y lo conocían todos los pájaros. Todas las cosas que Él había creado le comprendían cuando les hablaba: los pájaros, los animales y las personas.

El Anciano empezó creando a la gente, mientras viajaba, al sur de este lugar donde hablamos. Venía del sur e iba hacia el norte, y fue creando a los animales y a los pájaros a medida que avanzaba. Primero hizo las montañas, las praderas, los bosques y los matorrales. Y continuó en dirección norte, poniendo ríos aquí y allá y cascadas en ellos, o tiñen-do de rojo algunas tierras; en definitiva, creando el mundo tal y como lo conocemos hoy. Hizo el río Leche (el Tetón) y lo cruzó; pero como estaba cansado, subió a una pequeña colina y se tumbó para reponer fuerzas.

Mientras yacía tumbado boca arriba, se estiró en el suelo extendiendo los brazos, y marcó con piedras, la silueta de su cuerpo... la cabeza, las piernas, los brazos y todo lo demás. Todavía pueden verse esas piedras.

Después de haber descansado, continuó hacia el norte; pero se tropezó con una loma y cayó de rodillas. Entonces dijo:

—Eres algo con lo que es muy fácil tropezarse —y por eso levantó allí dos grandes cerros y los llamó las «Rodillas», y así se les ha llamado desde entonces. Siguió avanzando en

dirección norte y con algunas de las piedras que llevaba consigo construyó las Colinas de la Hierba Fragante.

El Anciano cubrió las praderas de pasto para que sir-viera de alimento a los animales. Señaló un terreno y en él hizo crecer toda clase de raíces y bayas... zanahorias silvestres, nabos silvestres, raíces dulces y amargas, además de cerezos, ciruelos e incluso rosales. Puso los árboles en la tierra y también toda clase de animales.

Cuando creó el carnero cimarrón , con su gran testa y cuernos, lo dejó en las praderas; pero no parecía caminar con facilidad por ellas, por el contrario lo hacía en forma extraña y no podía ir deprisa. Entonces, lo cogió por uno de los cuernos, se lo llevó a las montañas y allí lo soltó; el carnero brincó por las rocas y trepó con facilidad a lugares inaccesibles.

—Este es el lugar que te corresponde; estás hecho para este terreno, de montañas y rocas —dijo entonces el Anciano. Mientras estaba en las montañas, creó al antílope con un poco de barro, y lo soltó para ver qué tal se acoplaba. El antílope corrió tan veloz que se cayó por unas rocas y se hirió. Entonces el Anciano comprendió que aquel terreno no era el apropiado y se llevó al antílope a las praderas, donde lo dejó ; en la pradera corrió con gracia y rapidez, y el Anciano dijo:

—Este es el terreno para el que estás hecho. Un día el Anciano decidió hacer una mujer y un niño, y los creó a ambos a partir de un trozo de barro. Una vez le hubo dado al barro forma humana, le dijo:

—Seréis gente —y entonces los cubrió con una tela y, alejándose, los abandonó.

A la mañana siguiente regresó, los destapó y vio que las figuras de barro habían cambiado un poco. Al segundo día observó más cambios, y al tercero aún más. Al cuarto día fue hasta aquel lugar, retiró el manto que los tapaba y miró a las figuras; luego les ordenó que se levantasen y caminasen; y así lo hicieron. Caminaron hasta el río acompañados

de su Hacedor, y entonces éste les dijo que su nombre era Na'pi, Anciano.

Mientras permanecían junto al río la mujer le preguntó:

—¿Qué ocurrirá con nosotros? ¿Vamos a vivir siempre, no tendremos fin?

—No había pensado en eso —dijo él—. Tendremos que decidirlo. Cogeré esta hojuela de búfalo y la arrojaré al río. Si flota, la gente que muera volverá a la vida al cuarto día; y sólo estarán muertos durante esos cuatro días. Pero si se hunde, habrá un final para ellos.

Entonces la mujer se dio media vuelta, cogió una piedra y dijo:

—No, yo arrojaré esta piedra al río; si flota, viviremos para siempre; si se hunde, las gentes morirán y se apenarán los unos de los otros .

La mujer tiró la piedra al agua y ésta se hundió.

—Tuya ha sido la elección —dijo el Anciano—. Las personas serán mortales.

No habían transcurrido muchas noches después de aquello cuando el niño falleció y la mujer lloró su muerte.

—Cambiemos esta ley por la primera que sugeriste —le dijo la mujer al Anciano.

—No puede ser —repuso Él—. La ley es la ley. No des-haremos nada que hayamos hecho. El niño está muerto, y eso no se puede cambiar. Las personas morirán.

Y así fue como las gentes vinimos al mundo. Así es como Él nos hizo: frágiles y mortales.

Las primeras personas eran pobres, estaban desnudas y no sabían cómo sobrevivir. El Anciano les mostró las raíces y las bayas, y les enseñó a recolectarlas; les explicó que un mes al año podían coger la corteza de ciertos árboles y comerla, que era buena. Les dijo que los animales serían su alimento y se los entregó a las personas, diciendo:

—Estos son vuestros rebaños. Todos los pequeños animales que viven en la tierra, ratas, lagartijas, mofetas y castores, son un buen alimento. No debéis tener miedo de comerlos.

Él fue el origen de todas las aves que vuelan y como tal les dijo a las gentes que no había nada malo en su carne, que también era alimento. Además solía llevar consigo a las primeras personas que creó a los bosques, pantanos y praderas para mostrarles las diferentes plantas.

—La raíz de esta planta, si la recogéis cierto mes del año, resulta buena para tal enfermedad —decía de algunas. Y así fue como las personas aprendieron las propiedades de todas las hierbas.

En aquel tiempo había búfalos. La gente no tenía armas, pero aquellos animales oscuros de largas barbas estaban bien armados; en una ocasión, mientras las personas deambulaban, el búfalo las vio, corrió tras ellas, las corneó, las mató y se las comió. Un día, cuando el Hacedor de la gente estaba viajando por el país, vio a algunas de sus criaturas yaciendo muertas, destrozadas y medio comidas por el búfalo. Cuando observó aquello se entristeció mucho y dijo:

—Esto no ocurrirá más. Lo cambiaré. Serán las gentes quienes comerán búfalo.

Se acercó a algunos de los que habían sobrevivido y les preguntó:

—¿Cómo es que vosotros, las personas, no les hacéis nada a estos animales que os están asesinando?

—¿Qué podemos hacer? —le respondieron ellos—. No tenemos con qué matarlos, pero los búfalos están armados y pueden con nosotros.

—Vamos a solucionarlo —dijo el Hacedor—. Os proporcionaré un arma que pueda matar a estos animales.

Entonces se fue a cortar unos brotes de cierto arbusto y cuando regresó los descortezó. Luego cogió una estaca de madera, la alisó y le ató una cuerda, y así fue como fabricó el primer arco. Después, como era el dueño y señor de todos los pájaros y podía hacer con ellos lo que quisiese, capturó uno, le quitó cuatro plumas de un ala, las separó y ató las cuatro plumas a una de las saetas para probar la flecha; pero descubrió que su trayectoria no era buena. Entonces eliminó una de las plumas y dejó sólo tres; y cuando volvió a probar la flecha, descubrió que volaba bien. Luego se marchó en busca de trozos de piedra afilados. Los probó y llegó a la conclusión de que el pedernal negro era la mejor piedra

 

para las puntas de flecha, al igual que algunos pedernales blancos A continuación enseñó a la gente a usar estos objetos. —Cuando salgáis a buscar comida —les dijo a las personas— llevad esto con vosotros; utilizarlo como os he dicho v no huyáis de los animales. Si os persiguen, tan pronto como se acerquen, disparadles las flechas tal y como os he enseñado. Entonces veréis que huirán de vosotros o correrán en círculos a vuestro alrededor.

Al cabo de un tiempo, cuando las personas ya se habían multiplicado, tres hombres salieron un día a las praderas a ver al búfalo; pero no llevaban sus armas. Vieron a los animales, pero cuando el búfalo se percató de su presencia corrió tras ellos y mató a dos; sólo uno escapó. Al día siguiente unas gentes volvieron a la cima de una colma para vigilar y el búfalo de nuevo les vio y dijo:

—Saiyah, ahí tenemos más comida —y toda la manada salió en su persecución.

Pero en esta ocasión, los hombres no corrieron. Comenzaron a disparar a los búfalos con los arcos y flechas que Na'pi les había dado, y el búfalo comenzó a caer; no obstante en la contienda, una persona resultó muerta.

En estos días los hombres disponían de cuchillos de pedernal y con ellos despellejaron a los búfalos. No es sano comer carne cruda: por eso, El Anciano recogió yesca; luego, un trozo de madera noble en el que taladró un agujero con una flecha afilada. Después, les dio a las gentes un palo afilado igualmente de madera noble y les enseñó cómo hacer ruego con todo ello, y también a cocinar la carne de los animales y a comerla.  ,

Más tarde emplearon unas piedras que había en aquellas tierras junto con otra piedra más dura y frotaron las unas contra la otra dando forma a la más blanda, y así hicieron una olla. De esta manera aprendieron a fabricar sus vasijas. El Anciano también les dijo:

—Y ahora, si estáis cansados, debéis dormir y recibir poderes Algo os ocurrirá en vuestro sueño que podrá ayudaros Sea lo que fuere lo que los animales os digan que hagáis en vuestros sueños, debéis obedecerles. Que os sirvan de guía. Si alguno necesitase ayuda, si os encontraseis solos viajando y pidieseis auxilio a gritos, vuestros ruegos serán escuchados o bien por las águilas o quizá por el búfalo o por los osos. Cualquiera que sea el animal que responda a vuestras súplicas, debéis escucharle.

Y así fue como los primeros habitantes sobrevivieron, mediante el poder de los sueños

A continuación, El Anciano reemprendió su marcha hacia el norte. Muchos de los animales que había creado le siguieron. Los animales le comprendían cuando les hablaba y El los utilizaba como siervos. Cuando llegó al norte de las Montañas Porcupine, formó más imágenes de barro, sopló y se convirtieron en personas. Hizo de nuevo al hombre y a la mujer, y éstos le preguntaron: —¿Qué vamos a comer?— Y El, otra vez, modeló muchas imágenes de barro en forma de búfalo; luego sopló sobre ellas y éstas se irguieron; y cuando les hizo señas, comenzaron a correr. Después, les dijo a las gentes: — Bueno, ahora tenéis esos animales; ¿cómo vais a cazarlos? Yo os lo enseñaré —añadió. Y los llevó hasta un precipicio y les hizo construir parapetos de piedra en forma de cuña; luego les dijo que se escondieran tras los parapetos y añadió: —Cuando Yo conduzca a los búfalos hasta aquí, en el momento que estén frente a vosotros, deberéis alzaros.

Tras haberles explicado cómo actuar, comenzó a caminar en dirección a una manada de búfalos. Los llamó, y los búfalos empezaron a correr en su dirección y le siguieron hasta encontrarse dentro de las líneas de piedra. Acto seguido, Él retrocedió y las gentes se alzaron, los búfalos corrieron por el único camino posible y se cayeron por el precipicio.

Luego dijo a los hombres que fuesen a recuperar la carne de aquellos animales. Ellos intentaron descuartizarlos, pero no pudieron. Trataron de arrancar la carne a mordiscos, pero no lo consiguieron. Así pues, El Anciano se acercó al borde del precipicio y, de las rocas, extrajo trozos afilados de piedra y les dijo a las gentes que cortasen la carne con ellos. Cuando hubieron despellejado a los animales, clavaron unos postes en el suelo y a su alrededor colocaron las pieles obtenidas; así se construyeron un refugio para dormir.

 

Algunos de los búfalos que habían caído al precipicio no estaban muertos. Tenían las patas rotas, pero seguían con vida. Entonces, las personas cortaron tiras de piel y con ellas ataron piedras, para golpear a estos búfalos en la cabeza y los sacrificaron.

Una vez hubo enseñado todas estas cosas a las gentes, El Anciano continuó su marcha hacia el norte hasta que llegó al punto donde los ríos Arco y Codo se encuentran. Allí creó a más gente y les instruyó de igual modo. Desde ese lugar prosiguió su camino, siempre hacia el norte. Cuando se encontró casi junto al río Ciervo Rojo, llegó a la colina Donde Duerme El Anciano. Ahí se tumbó y descansó. Su silueta puede apreciarse todavía.

Cuando despertó de su sueño, siguió avanzando hacia el norte y llegó a una hermosa colina. Ascendió a su cima y allí se sentó a descansar. Miró las tierras que se extendían a sus pies y se sintió complacido. La colina ofrecía una fuerte inclinación, y se dijo a sí mismo:

—Este es un buen lugar para deslizarse; me divertiré un poco —y comenzó a deslizarse por la colina. Aún pueden verse las huellas del lugar que escogió, y todo el mundo conoce este sitio como «El Tobogán de El Anciano».

   Hasta aquí siguieron los Pies Negros a El Anciano. A partir de este punto sólo los Crees saben qué creó más al norte. En tiempos posteriores, Na'pi dijo: —Aquí señalaré para vosotros un terreno —y así lo hizo .

Luego añadió:

—Este es vuestro territorio y está repleto de toda clase de animales; otros muchos seres vegetales crecen también en esta tierra. No permitáis que otros pueblos lo ocupen. Pertenece a vuestras cinco tribus (Pies Negros, Sangre, Piegans, Gros Ventres, Sarcees). Cuando otros vengan a cruzar estos límites, empuñad vuestros arcos y flechas, vuestras lanzas y vuestras hachas de guerra y presentadles batalla para mantenedlos alejados. Si os ganan terreno, se os presentarán problemas.

Desde entonces nuestros antepasados combatieron contra todo aquel que vino a cruzar estos lindes, y los mantuvieron fuera de ellos. En los últimos años hemos permitido a nuestros amigos, los blancos, penetrar en nuestro territorio... y ya conoces el resultado. Y es que nosotros, sus hijos, no hemos cumplido sus leyes.

 

* Bighorn, carnero cimarrón de cuernos grandes, oriundo de las Mon­tañas Rocosas de EE.UU. (N. del T.)


 

*  Es decir, que los amigos del difunto siempre lo recordarán.

 

El primer pis'kun. (N. del T.)

 

Los ríos Bow y Elbow. (N. del T.)

 

 Los límites de esta zona se extienden hacia el este desde un punto en la cúspide de las Montañas Rocosas, al oeste de Fort Edmonton, inclu­yendo la región este y sur en la que están las Colinas Porcupine, las Mon­tañas Cypress y las Pequeñas Montañas Rocosas, hasta la desembocadu­ra del río Yellowstone, afluente del Missouri; por el oeste, llega hasta el nacimiento del Yellowstone, atravesando las Montañas Rocosas, hasta el Beaverhead; desde allí, a la cúspide de las Montañas Rocosas y se prolon­ga por el norte hasta el punto de partida.

 

George Bird Grinnell, Historia y Leyendas de los indios Pies Negros, Madrid, Miraguano, 1991.

lapiz

 

KALEVALA. FINLANDIA

NACIMIENTO MARAVILLOSO DE VAINAMOINEN

 

El Tiempo había nacido, porque el Tiempo nacía al hacerlo la primera criatura, y Luonnotar no era la primera criatura. Luonnotar era una virgen, una hermosa virgen hija de Ilma (2). Su vida se deslizaba hacía mucho tiempo casta y pura. ¿Cuánto? Esto no se sabe porque no lo dijo el runoia (3) que la creó. Porque los dioses, sus hijos y cuanto pertenece a ese maravilloso más allá, que está por encima de lo puramente terrenal, dominio es del incomparable arte de los poetas, y éstos a veces dejan sus creaciones incompletas para que los demás hombres discurran sobre ellas. Pero lo que sí nos dijo el que hizo a Luonnotar casta, pura e hija de Ilma fue que vivía en medio de las vastas regiones del aire, recorriendo, por hacer algo, los espacios inmensos de la bóveda etérea.

Mas he aquí que de pronto sintió el aburrimiento de aquellos días iguales y sin fin. Y no esto tan sólo, sino algo que nació al mismo tiempo que este sentimiento: la insoportable fatiga de su virginidad estéril. Por geniales que sean los poetas, imposible les es imaginar algo que no sea imagen en cierto modo de ellos mismos y de lo que los rodea, y por ello el que los dioses se parezcan tanto a los hombres y que Luonnotar acabase por encontrar insoportable su existencia solitaria en medio de las vastas regiones del aire y de sus llanuras desiertas y tristes.

Así, un día aún más insoportable que los precedentes descendió de las altas esferas y se lanzó mar adentro, hollando con sus pies de plata la blanca grupa de las olas.

Traqueteada por la tempestad, pues de pronto un viento impetuoso empezó a soplar viniendo de Oriente, hinchando el mar y levantando montañas de agua, empezó a flotar, indiferente, de ola en ola a través de aquellas cimas líquidas coronadas de espuma. Haciéndolo, el soplo del viento vino a acariciar su seno, y el mar, fuente de vida, la hizo fecunda.

Durante siete siglos, durante nueve vidas de hombre, soportó su pesado fardo sin que el que debía de nacer naciese. Sin que aquel a quien nadie había engendrado viese el día.

Entre tanto la virgen madre nadaba. Y nadando atravesó el Oriente y luego el Occidente; nadando siempre cruzó el Noroeste y el Mediodía, es decir, todas las orillas batidas o acariciadas por el viento. Espantosos dolores la quemaban las entrañas; pero él que debía de nacer no nacía, ni salía a la luz aquel que nadie había engendrado.

Luonnotar, la virgen madre, llorando dulcemente, empezó a decir: « ¡Desgraciada de mí, qué tristes, ¡ay!, son mis días! Y mi vida, ¡criatura mísera que soy!, no sólo solitaria, sino errante. Por todas partes y sin cesar, bajo la inmensa bóveda del cielo, empujada por los vientos, llevada por las olas, todo para mí es ir y venir por el seno de este inacabable mar, ¡de estas olas sin límites! Luego, dirigiéndose al mayor de los dioses, se expresó de esta manera:

« ¡Oh, Ukko, Dios supremo! Tú, que soportas el Mundo, ven aquí, pues tu socorro es necesario. ¡Apresúrate a correr adonde te llaman! ¡Ven a librar a una joven de sus angustias, a una mujer de los dolores que la destrozan las entrañas! ¡Pero ven pronto, no te detengas, pues la necesidad de tu ayuda es cada vez más imperiosa!

Pasó un instante, breve como instante, largo como espera, y de pronto un águila soberbia de caudalosas alas, tomando impulso empezó a cortar el espacio inmenso. ¿De dónde había salido? ¿Por qué cortáis la narración con preguntas que no tendrán respuesta? El poeta que creó todo esto con su fantasía sería el único, si quisiera, que podría darlas, ¡y quién sabe dónde estará ya! Mejor es seguir al águila, que con sus poderosas alas empezó a trazar surcos en el aire con estrépito inmenso, buscando un lugar donde hacer su nido, un lugar que pudiera servirle de morada.;

Como la virgen madre nadando, así ella recorrió con clamoroso vuelo el Oriente y el Occidente, el Noroeste y el Mediodía, sin encontrar un sitio donde poder construir su nido, donde detenerse y establecer su morada.

Aún voló más hasta que de pronto se detuvo y empezó a pensar, meditando del modo siguiente: « ¿Tendré que establecerme en las regiones del viento o «n medio del mar? Pero el viento derribaría mi casa y el mar la tragaría entre sus olas.» E indecisa, la poderosa ave volvió a tender su mirada, con ira, por los espacios inmensos.

Lo hacía, inquieta siempre, cuando he aquí que la virgen del aire levantó una de sus rodillas por encima de las olas ofreciendo con ello al águila un espacio en el que establecer su morada, donde construir su nido tan amado.

Entonces el soberbio pájaro detuvo su vuelo al advertir la rodilla de la hija de lima sobresaliendo sobre la moviente superficie azul, creyendo que era una tierra capaz de cubrirse de verdura, tomándola por un montículo de muelle césped. Y luego de balancearse suavemente unos instantes en el aire, se dejó caer sobre la protectora rodilla y allí construyó su nido. Y en aquel nido puso seis huevos. Seis huevos de oro y aún un séptimo de hierro (4).

Luego, el águila sé puso a encubar sus huevos. Llevaba un día sobre ellos, luego dos, al cabo casi tres, cuando de pronto la hija de lima sintió un calor que la abrasaba la piel, y la pareció que su rodilla ardía y que iba a acabar por derretirse.

Entonces, sin mirar más bajó la rodilla para meterla en el mar y al moverla y al mismo tiempo todos sus miembros, los huevos rodaron al abismo, rompiéndose al cortar el agua que arriba formaba las olas.

Pero ni sus pedazos se perdieron hundiéndose en el légamo del fondo ni se mezclaron con el agua, sino que aquellos trozos que parecían destinados a desaparecer se transformaron, ¡oh maravilloso poder de los elementos en los tiempos primitivos!, en cosas tan hermosas como útiles y excelentes.

«De la parte inferior de los huevos—lo pongo entre comillas, pues, con viene señalar bien cuanto puede constituir una enseñanza—se formó la Tierra, madre de todos los seres; de la parte superior el sublime cielo; lo amarillo se tornó en Sol radiante; de lo blanco de los huevos nació la reina de las noches, la brillante Luna; ciertos pedazos moteados se transformaron en estrellas; otros negros, en las nubes del aire, entonces sombrías, porque cuando las cosas empiezan todo es caótico, hasta que el orden hace luz y trae calma.»

Y el Tiempo, al que nada puede detener, siguió adelante, y los años nacidos al nacer sus dos grandes relojes, el Sol y la Luna, empezaron su eterna sucesión.

Pero Luonnotar, la hija de Ilma, continuó aún errando por la vasta superficie del mar, sobre las olas coronadas de nieblas turbias. Por debajo de ella, siempre la llanura húmeda. Por encima, allá arriba, el a ratos claro cielo.

Y pasó el noveno año y el décimo estío llegó. Entonces Luonnotar sacó la cabeza fuera del agua y se puso, a su vez, a crear en torno a ella.

Por todas partes allí hacia donde extendía su mano, hizo surgir promontorios; donde, sea donde fuese que tocasen sus pies, horadó agujeros para los peces; allí donde se zambullía los abismos se hacían más profundos. Al aparecer en las márgenes de la tierra allanó sus orillas; al chocar contra ella sus pies aparecieron bajos fatales a los salmones; al golpearla con la frente surgieron ensenadas, bahías y golfos.

Al punto tomó nuevo impulso y, llegando hasta el centro del mar, creó allí rocas y produjo escollos fatales para los navíos y para la vida de los marineros.

Así, y sin tardar, las islas emergieron de las olas, los pilares del aire se levantaron sobre su base, la tierra, nacida de una palabra (5), desplegó su masa sólida, y las venas de mil colores dibujaron surcos en las piedras y esmaltaron las rocas. No obstante, Vainamoinén no había nacido aún. El eterno runoia todavía no había aparecido.

Aún le fue preciso al ya viejo e imperturbable Vainamoinén pasearse en el seno de su madre durante treinta veranos, seguidos de otros treinta inviernos, sobre el abismo inmenso coronado de olas nebulosas.

Mientras lo hacía, meditaba profundamente revolviendo en su pensamiento esta pregunta: si le sería posible existir, pasar la vida en aquel retiro sombrío, en aquella estrecha mansión hasta la cual jamás ni la Luna ni el Sol hacían penetrar su luz.

Al fin, desesperado, exclamó: « ¡Oh Luna, rompe estos lazos! Por tu parte, Sol, ¡líbrame! En cuanto a ti, radiante Otava (6), ¡enseña al héroe a franquear estas desconocidas puertas, estas vías infranqueables! ¡Ayúdame a salir de este oscuro reducto, de esta sofocante guarida! ¡Llévame hasta la superficie de la Tierra de la que quiero ser viajero! ¡Apiádate del hijo del hombre (7) y hazle que alcance al fin un lugar bajo la bóveda del aire para que pueda contemplar el Sol y la Luna y admirar tu esplendor, ¡oh Otava!, y gozar del fulgor de las estrellas!»

Pero la Luna no rompió los lazos que le retenían prisionero, el Sol tampoco hizo nada por liberarle, y Otava fue muda a sus súplicas asimismo. Entonces los días de Vainamoinén fueron cada vez más aburridos, su vida más llena aún de fatiga. Al fin, incapaz de soportar más aquella inactiva soledad, golpeó rudamente con el dedo sin nombre (8) la puerta de la fortaleza (9) hasta conseguir forzar el espeso tabique. Luego se arrastró sobre las uñas de sus manos y de sus pies hasta conseguir estar fuera de aquel recinto.

¡Al fin libre! Libre pero hundido hasta la boca, hundido hasta el extremo de sus dedos en el abismo. Mas el poderoso héroe aguardó sin desesperar sometiéndose sin protestar al poder de la onda gigantesca. Que la fuerza verdadera de los hijos de los dioses está precisamente en no enfrentarse locamente al todo poderoso Destino. En saber esperar.

Así, durante cinco años, durante seis años, durante siete y ocho años (10) se sintió empujado de ola en ola, hasta que al fui pudo detenerse y hacer pie en un cabo desconocido. En una tierra al parecer no muy hospitalaria, despojada de plantas y de árboles.

Habiendo conseguido con ayuda de sus codos, y de sus rodillas abordar allí, se enderezó cuan alto era ¡y lo era mucho! (los hombres saben que lo primero que distingue a los seres divinos o semidivinos es su talla gigantesca) y se puso a contemplar lo que desde la Tierra es más digno de ser contemplado: los astros. Y antes que todo otro al benéfico Sol, la gran linterna de la noche y la esplendorosa Otava. Cuando hubo admirado bien estas maravillas, se puso a admirar asimismo el brillo y número de las chispas lejanas: las estrellas.

Tal fue el nacimiento de Vainamoinén. En todo caso así le fue revelado al ilustre runoia que le cantó el primero. Gracias a él sabemos, y es una primera verdad que conviene mucho no olvidar, que una mujer divina le llevó en su seno. Que fue la hija de lima, soberano del aire y amo de los Vientos por gracia y voluntad de Ukko, el poderoso dios del cielo, quien le trajo a la luz.

 

 

 NOTAS

(1)     Runos, runot en realidad, plural de runo: verso, canto, poema.

(2)     Luonnotar quiere decir «Hija de la Naturaleza». Ilma, en la mitología finlandesa, era la personificación del aire.

(3). Los runoia eran los bardos, los que componían o cantaban los runot. Este término implicaba también la potencia mágica.

(4) Una vez más, aquí en la mitología finlandesa, la teoría del «huevo» creador que aparece también en otras varias. El hecho realmente sorprendente de que bastase que las hembras de los pájaros se colocasen durante varios días sobre los huevos para que las substancias semilíquidas que había en su interior, substancias aparentemente sin vida, se transformasen en un animal, debió de sorprender de tal modo a los hombres siempre, que cuando trataron de explicarse la formación del Universo no es extraño que pensasen en un huevo primitivo del que salieron todas las cosas. Por ello, el que se encuentre esta creencia en muchas mitologías. Aun en aquellas que, impregnadas de «magia», como esta finlandesa, hubieran podido resolver la cuestión fácilmente con sólo poner una varita de esta naturaleza en manos del principal de los dioses, o de un subalterno, como los demiurgos del Timaios de Platón. Pero, sin duda, pareció más natural y menos milagroso, por fenomenal que en realidad Jo fuese, sacar la vida cósmica de un huevo primordial, como salía un pollo de ave de un huevo de éstas, que hacerlo a fuerza de magia pura poniendo a la cabeza de las facultado» de los dioses la del todo poder.

(5)     Esto de «la tierra nacida de una palabra» parece demostrar la acción de influencias cristianas en esta mitología. En el último capítulo se verá esta influencia ya con toda claridad.

(6)     Otava, la Osa Mayor.

(7)     Expresión curiosa aquí.

(8)     El dedo sin nombre es el anular. El vocabulario fines

Que tiene palabras para los otros dedos, no para éste.

(9)     Golpear la puerta de la fortaleza con el pulgar en lugar de con los puños obedece sin duda a un rito mágico. De la importancia de la magia en este poema nos daremos cuenta al punto. No olvidemos que es un poema mítico-religioso, que la magia nació con las religiones y que aún hoy mismo es su elemento esencial.

 

(10)    El poema refleja las condiciones de vida de los países nórdicos donde todo se hace a fuerza de paciencia, de esperar. Hay que esperar sin impacientarse a que pase la larga estación invernal donde toda actividad cesa. Esperar, a veces, horas y horas, a que la foca aparezca por el agujero hecho ex profeso en la costra sólida del helado mar. Esperar siempre y para todo. La prisa, donde la Naturaleza misma duerme tanto tiempo, no es de aquellas regiones. Y Vainamoinén es su gran héroe.

 

El Kalevala, ed.de JuanB.Bergua, Madrid, Clásicos Bergua, 1999.

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POPOL VUH (GUATEMALA)

 

Este es el principio de las antiguas historias del Quiché donde se referirá, declarará y manifestará lo claro y escondido del Creador y Formador, que es Madre y Padre de todo.

Esto lo trasladamos en el tiempo de la Cristiandad porque, aunque tenemos libro antiguo y original de estas cosas, ya no se entiende.

Habiéndose echado las líneas y paralelas del cielo y de la tierra, se dio fin perfecto a todo, dividiéndolo en paralelos y climas. Todo puesto en orden quedó cuadrado repartido en cuatro partes como si con una cuerda se hubiera todo medido, formando cuatro esquinas y cuatro lados.

Todo esto se perfeccionó y acabó por el Creador y Formador de todo, que es Madre y Padre de la Vida y de la Creación, y que comunica la respiración y el movimiento, y el que nos concede la Paz. El es Claridad de sus hijos y tiene cuidado y mantiene toda la hermosura que hay en el cielo y en la tierra, en las lagunas y en el mar.

Antes de la Creación no había hombres, ni animales, pájaros, pescados, cangrejos, árboles, piedras, hoyos, barrancos, paja ni bejucos y no se manifestaba la faz de la tierra; el mar estaba suspenso y en el cielo no había cosa alguna que hiciera ruido. No había cosa en orden, cosa que tuviese ser, si no es el mar y el agua que estaba en calma y así todo estaba en silencio y obscuridad como noche.

Solamente estaba el Señor y Creador, Gucumatz, Madre y Padre de todo lo que hay en el agua, llamado también Corazón del Cielo porque está en él y en él reside. Vino su palabra acompañada de los Señores Tepeu y Gucumatz y, confiriendo, consultando y teniendo consejo entre sí en medio de aquella obscuridad, se crearon todas las criaturas.

Se manifestó la creación de los árboles y de la vida y de todo lo demás que se creó por el Corazón del Cielo, llamado Huracán.

La primera manifestación de Huracán se llamaba Caculhá Huracán, El Rayo de Una Pierna. La segunda manifestación se llamaba Chipi Caculhá, El Más Pequeño de los Rayos. Y la tercera manifestación se llamaba Raxá Caculhá, Rayo Muy Hermoso.

Y así son tres el Corazón del Cielo.

Primero fue creada la tierra, los montes y los llanos; dividiéronse los caminos del agua y salieron muchos arroyos por entre los cerros y, en algunas y señaladas partes, se detuvieron y rebalsaron las aguas y de este modo aparecieron las altas montañas.

Después de esto dispusieron crear a los animales, guardas de los montes: al venado, al pájaro, al león, al tigre, a la culebra, a la víbora y al cantil.

Y les fueron repartidas sus casas y habitaciones.

—"Tú, venado", dijeron, "habitarás y dormirás en las barrancas y en los caminos del agua, andarás entre la paja y las yerbas, y en el monte te multiplicarás; andarás y te pararás en cuatro pies."

Y a los pájaros les fue dicho:

—"Vosotros, pájaros, estaréis y habitaréis sobre los árboles y bejucos, allí haréis casa y habitación y allí os multiplicaréis; os sacudiréis y espulgaréis sobre las ramas de los árboles."

Y, tomando cada uno su habitación y morada conforme les había repartido el Creador, habitaron la tierra.

Y habiendo creado todos los pájaros y animales, les dijo el Creador:

-—"Hablad y gritad según vuestra especie y diferencia; decid y alabad nuestro nombre; decid que somos vuestras Madres y Padres, pues lo somos. ¡Hablad, invocadnos y saludadnos!"

Pero aunque les fue mandado esto no pudieron hablar corno los hombres sino que chillaron, cacarearon y gritaron.

 Probaron a juntar las palabras y saludar al Creador, pero no pudieron; por lo que fueron ultrajados y desechadas sus carnes, y de esta suerte son comidos y muertos todos los animales que hay aquí sobre la tierra.

Y así trataron otra vez de hacer otras criaturas. Los dos Formadores hicieron un cuerpo de barro, pero era pesado, sin movimiento, y como el lodo estaba blando todo se desmadejaba. Hablaba, pero no tenía entendimiento y se deshacía en el agua.

Y viendo esto los Creadores, lo deshicieron y consultaron a los viejos adivinos Ixpiyacoc e Ixmucané cómo había de hacerse al hombre.

Los adivinos echaron sus suertes con maíz y granos de tzité, el frijol rojo del pito, y dijeron:

—"¡Ea, Sol! ¡Ea, Luna! Júntense y declaren si sería conveniente que el Creador forme al hombre de madera y si es éste el que ha de ser sustentado después de ser formado. ¡Ea, habla Maíz! ¡Ea, habla tú, Tzité; tú, Sol; tú, Formadura! ¡Ea, Maíz! ¡Ea, Tzité!"

Y respondiendo el maíz y el tzité dijeron la verdad de este modo:

—"Hacedlo así, que así estará bien y hablará la madera en labrando al hombre de ella."

Al punto fue hecha de madera la imagen del hombre; se multiplicaron y tuvieron hijos e hijas pero salieron tontos, sin corazón ni entendimiento. Anduvieron sobre la tierra sin acordarse del Corazón del Cielo.

No tenían agilidad en los pies y las manos estaban sin sangre ni humedad, tenían secas y pálidas sus mejillas, los pies amarillos y macilenta su carne.

Multiplicándose los hombres de madera sobre la tierra llegaron a ser muchos.

Entonces el hombre fue castigado por el Corazón del Cielo.

Cayó un gran diluvio de resma y brea del cielo que los acabó y consumió.

 Y viniendo el pájaro Xecotcovach, les sacó los ojos; otro que se llamaba Camalotz les cortó la cabeza; el animal llamado Cotzbalam les comió las carnes y el llamado Tucumbalam les quebrantó los huesos y los nervios y los hizo harina.

Todo esto fue en castigo y pena de haberse olvidado de sus Madres y Padres.

Y viniendo todo género de animales, palos y piedras, los empezaron a golpear y al hablar las piedras de moler, cómales, platos, cajetes, ollas, perros y tinajas, los maltrataban y denigraban.

Les decían los perros y las gallinas: —"Muy mal nos tratasteis, nos mordisteis y comisteis, y asimismo os morderemos ahora."

Las piedras de moler les decían: —"Mucho nos atormentasteis, y toda la mañana y toda la tarde no nos dejabais descansar haciéndonos chillar holí, hol't, huquí, huquí, cuando moléis maíz sobre nuestras caras; ahora probaréis nuestras fuerzas, moleremos vuestras carnes y haremos harina vuestros cuerpos."

Y los perros hablando les decían:

—"¿Por qué no nos dabais nuestra comida y sólo mirábamos cuando comíais? Nos arrojabais y siempre estaba prevenido un palo para nosotros. Nos tratabais de este modo porque no hablábamos. ¿Por qué no mirasteis por nosotros? Ahora probaréis nuestros dientes que tenemos en la boca y os comeremos."

Los comales y las ollas les hablaron de esta forma:

—"Dolor y pena nos disteis. Nos quemasteis nuestras bocas y rostros, siempre los teníamos tiznados y siempre puestos al fuego, nos quemasteis y abrasasteis y así ahora os quemaremos a vosotros."

Y los tenamastes o piedras en que se ponen las ollas al fuego les decían:

—"Siempre nos tuvisteis al fuego causándonos gran dolor; ahora os quebraremos la cabeza."

Los hombres de madera trataron de salvarse de la inundación.

Con esto andaban los hombres fuera de sí y sin sentido y andaban corriendo, desatinados. Quisieron subir sobre las casas, pero se les hundían y se venían abajo. Queriendo subir sobre los árboles los arrojaban de sí, y queriendo guarecerse en las cavernas y hoyos, se les cerraban.

 Y así fueron destruidos todos estos hombres quedando sólo las señales de ellos, los micos, que andan ahora por los montes.

 (…)

Popol Vuh, versión de Albertina sarabia, México, Porrúa, 1975.

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EL NACIMIENTO DEL JAPÓN

 

Takamagahara

 

Antiguamente no había nada en el universo excepto materia espesa y descuidada. Era disforme y sin hechura y se extendía hasta el infinito. Todo era caótico. El cielo y la tierra estaban mezclados como la clara y la yema de un huevo que hubieran sido batidas a través de incontables siglos. Un eón seguía a otro eón sin variabilidad. Pero de repente empezó a tener lugar un gran trastorno y el universo silencioso e ilimitado se llenó de extraños ruidos. De la masa caótica se destacaron la luz y la porción más pura, que empezaron a elevarse y extenderse suavemente mientras que los elementos más pesados y densos comenzaban a juntarse gradualmente y a caer, hasta que hubo una clara separación entre las dos partes.

La masa de luz se movió decididamente hacia arriba. Se propagó y extendió hasta ponerse completamente encima de la sólida masa de abajo. Algunas partes de ella, como si dudaran y estuvieran inciertas en cuanto a lo que debían hacer, se juntaron para formar muchas nubes. Sobre ellas formaron un paraíso que fue llamado Takamagahara o llanura alta del cielo.

Entre tanto la masa más pesada estaba todavía hundiéndose y parecía tener grandes dificultades en adquirir forma. Pasó otro eón. Desde las alturas celestiales la masa parecía vasta y negra, y fue llamada tierra.

De esta manera llegaron a formarse el cielo de Takamagahara y la tierra, y con ellos la leyenda del nacimiento del Japón.

 

Izanagí e Izanami

Con el paso del tiempo, en la llanura alta del cielo nacieron tres dioses: Ame-no-Minaka-nushi o dios del augusto centro del cielo; Taka-mi-musubi o alto y augusto dios del crecimiento; y Kami-mi-musubi o divino y augusto dios del crecimiento. Estos tres dioses miraron abajo, a la tierra, y vieron que no había orden en ella; todo estaba confuso y no había signo de progreso o vida en la masa inerte y ponderosa.

Los dioses miraron a la tierra y la contemplaron largamente, consultando entre ellos sobre lo que podían hacer para poner en ella orden y vida.

-Incluso si siguiéramos hablando hasta que nuestras fuerzas nos abandonaran, seríamos impotentes para cambiar estas materias -dijeron desesperados.

Casi en respuesta a sus ansiosos interrogantes, en la llanura alta del cielo surgió una nueva raza de dioses jóvenes y viriles. Estos eran enviados por el señor del cielo cuya divina presencia se dejaba sentir a través de Takamagahara y quién, según las crónicas, era el mismo creador de la propia Takamagahara. Los recientes dioses se incorporaron a las consultas con las tres deidades más viejas y después de largas deliberaciones decidieron enviar a la tierra a dos de los más jóvenes y mejor formados, con el fin de que sojuzgaran el caos y crearan la belleza sobre su faz turbulenta.

El primer joven dios al que eligieron para esta gigantesca tarea se llamaba Izanagi, y era alto y fuerte como un renuevo de sauce. Su compañera se llamaba Izanami y era delicada en el habla y en los modales, y tan bella como el aire que llenaba la llanura alta del cielo.

Todos estuvieron de acuerdo en que no podían haber escogido mejor de lo que lo habían hecho. Izanagi e Izanami eran esforzados y guapos. Después de hacer la elección, el señor del cielo llamó a los dos jóvenes dioses para decirles:

-Ya habéis visto el caos que reina allí abajo, en la tierra. Durante muchísimo tiempo ha estado en esa situación, sin columna vertebral e inerte, como si fuera una gigantesca medusa que hubiera estado flotando en un océano de espacio. No hay vida, no hay crecimiento, no hay orden; sólo tinieblas y miseria. Por tanto, marchad hijos míos a cumplir vuestra gran labor. Las partes más ligeras, apretadlas; y las más pesadas, unidlas; disponedlas de tal modo que haya gusto en su contraste. Cread el orden donde no hay ninguno; y en vez de la anarquía disponed leyes de progreso y desarrollo. Sois vosotros, hijos míos, los que debéis hacer para mí un lugar digno y bello de la tierra.

Cuando el señor del cielo terminó de hablar, entregó a Izanagi un primoroso venablo tallado y adornado con una eminencia ornamentada y llena de piedras preciosas de insuperable magnificencia y exótica belleza. Se trataba nada menos que del legendario venablo Amanonuboko, uno de los mayores tesoros de la llanura alta del cielo.

-Este venablo es mi símbolo -dijo el señor del cielo—, y con él lo conseguirás todo.

Al inclinarse reverentemente ambos jóvenes dioses, el señor del cielo levantó la mano y al instante apareció un punto de luz en el maravilloso espacio que había sobre la llanura alta del cielo. Era un solitario y pequeño círculo de espuma que bajaba impulsado y a lomos del mar del cielo. Al irse acercando, todos vieron que era una bola de nube blanca que iba rodeada por una escolta de nubecillas más pequeñas cuyos ribetes tenían unos colores tan intensos como los de la misma llanura alta del cielo. Al llegar la bola de nube blanca hasta el trono del señor del cielo, éste dijo a Izanagi e Izanami:

-Este es vuestro carruaje sobre el que podréis viajar a través del espacio a vuestra voluntad. Ahora es el momento de que os vayáis.

Izanagi y su bella compañera se montaron en el carruaje de nubes, y todos los dioses observaron atentamente cómo bajaba hacia la tierra llevando a sus celestes pasajeros.

Al irse alejando de la vista de los atentos dioses, apareció un arco iris luminoso que se curvaba desde el cielo a la tierra en bandas de muchos colores. Era el puente del cielo que bañó de resplandor a Izanagi e Izanami según iban éstos descendiendo.

 

El puente del cielo

 

Izanagi e Izanami bajaron flotando hasta que alcanzaron el nivel del punto más alto del arco iris. Allí se detuvieron y, agarrados de la mano, se apearon de su nuboso carruaje para posarse sobre el colorido puente. Se pararon para ver dónde estaban y encima tenían el azul claro de la bóveda celeste; pero abajo todo era oscuro y estaba inmóvil. Al irse alejando de ellos la curva del arco iris y desaparecer en una densa niebla, dejaron de ver la flotante masa de tierra.

Así estuvieron un rato, mirando por encima de ellos, hasta que Izanagi dijo a Izanami:

— Debemos descender hacia la niebla de abajo, porque allí está la tierra y nuestro trabajo.

Cogidos de la mano y llevando Izanagi el venablo Amanonuboko, comenzaron a bajar por el puente del cielo. Pronto se vieron envueltos en una niebla tan espesa que todo a su alrededor era como la oscuridad de la noche. No obstante siguieron andando hasta que llegaron al final del puente. Aquí se detuvieron. Los dos estaban en un grave aprieto, ya que ninguno podía ver o sentir nada sino sólo el contacto de la mano del otro.

-Entonces, ¿es ésta la tierra? -preguntó ansiosamente Izanami.

Izanagi no contestó. Se limitó a zambullir su venablo en los remolinos de la niebla. El venablo se hundió con tanta facilidad que Izanagi volvió a probar con él una vez más, esperando encontrar alguna base firme para asentar el pie. Pero no había nada. Lo volvió a sumergir otra vez y otra y otra, en todas las direcciones, pero la niebla no opuso resistencia en ninguna parte a su venablo.

— ¡Ay! —dijo tristemente—. Como ha dicho nuestro señor del cielo, se parece a una medusa.

No había acabado de hablar cuando la niebla empezó a evaporarse lentamente y a fluir otra voz la luz a su alrededor. Una vibración sacudió el venablo en su mano y vio que un grumo de barro adherido a la punta del venablo se soltaba de éste y caía. Después, milagrosamente, se formaron muchos más grumos de barro que siguieron al primero, y a medida que se desarrollaba y caía el barro, se iba amasando junto, al mismo tiempo que de la punta del venablo manaba también agua que empezó a rodear poco a poco la masa de barro.

Cuando se dispersaron los últimos rastros de la niebla, el cielo se mostró, brillantemente iluminado. Los dos jóvenes dioses miraron hacia abajo desde el puente del cielo. Todo relucía con el azul que se reflejaba del cielo y en medio del vacío que había debajo surgió una isla rodeada de un mar azul en calma.

Cogidos fuertemente de la mano presenciaron este milagro divino. Sin hablar, Izanagí probó con el venablo en distintas partes de la isla.

-¡Izanami, es tierra firme! ¡Es firme! -gritó excitado mientras volvía la cabeza y mostraba a Izanami el venablo-. ¡Este venablo divino la ha producido!

Ambos volvieron a mirar otra vez a la isla que tenían debajo y se llenaron de alegría. De pronto Izanami gritó ansiosamente:

-¡Vamos a explorarla toda!

Antes de que Izanagi tuviera tiempo de contestar, ella se había bajado del puente del cielo hasta la arena caliente y blanca de una de las playas. Izanagi la siguió; y ambos se llenaron de júbilo al sentir la tierra bajo sus pies y oír los latidos del mar entre las lenguas de las rocas que rodeaban la playa.

Recorrieron de lado a lado la isla. Todo lo que veían les regocijaba y ante la expansión del océano que circundaba su nueva tierra se quedaron boquiabiertos.

-Nuestra isla es muy pequeña, pero es encantadora, ¿no es verdad? -dijo Izanami, pero Izanagi sólo contestó con una sonrisa de felicidad.

Llegaron a una pequeña planicie y al sentarse juntos a descansar, viendo sobre ellos el cielo, Izanami dijo de repente:

-Izanagi, somos los primeros dioses de la llanura alta del cielo que ponen sus pies sobre esta tierra. Esta va a ser nuestra casa para siempre. Edifiquemos un altar en esta planicie donde podamos servir a los grandes dioses y vivir nuestras vidas en paz.

A Izanagi le gustó la idea, y añadió:

- ¡Sí es verdad! Lo construiremos con nuestras propias manos y en el centro edificaremos una columna que llegará al cielo. Así nos sentiremos siempre cerca de nuestro primer hogar.

Ambos se arrodillaron y levantaron sus ojos a la llanura alta del cielo, rogando a los dioses que los bendijeran y los ayudaran en sus esfuerzos.

Trabajaron día tras día. Lentamente, el altar empezó a tomar cuerpo y la gran columna del centro comenzó a extenderse hacia el cielo. Cuando al fin terminaron su trabajo, Izanagi e Izanami hicieron las preparaciones formales para consagrarlo. Como ya habían escogido los nombres para la isla, el altar y la columna, se arrodillaron para rezar vehementemente al augusto señor del cielo con el objeto de que les santificara el altar. A la isla la llamaron isla de Onokoro; al altar le pusieron el nombre de Yashirodono o Palacio de las Ocho Brazas; y a la columna Amanomihashira o Augusto Pilar del Cielo.

Después de poner los nombres cayó sobre ellos una grandísima paz; el aire se aquietó y la marea dejó de hacer ruido; la luz del atardecer abrazó la tierra y el mar. Izanagi e Izanami inclinaron reverentemente sus cabezas porque sabían que sus rezos habían sido oídos.

 

El nacimiento de las islas

 

El tiempo transcurría feliz sobre la hermosa isla. En todas las direcciones se extendía un vasto espacio de mar azul. Frecuentemente Izanagi subía al punto más alto de la isla por si acaso bajaba algún visitante del cielo para honrarles con su presencia. Un día que estaba observando y reflexionando, por todos los alrededores empezaron a levantarse unas nubes de niebla y vapor, las aguas empezaron a agitarse y a bullir y las olas a arrojarse contra las costas de la isla. Pero según siguió mirando, el vapor empezó a aclararse para dar paso a un brillante techo, o así lo parecía, que emergía por encima de él. Era el firmamento que se separaba al fin de los océanos y que ahora llenaba con su luz la bóveda celeste. Izanagi se regocijó con esta visión y llamó a voz en grito a Izanami:

-¡Ven en seguida, ven en seguida! ¡Está naciendo un nuevo mundo!

Izanami, al oír sus gritos, echó a correr hacia él. Juntos, la joven pareja veía maravillada cómo los encantos de la isla se les revelaban nuevos. Luego Izanagi habló:

-Cuando fuimos enviados desde Takamaga-hara a este mundo más bajo, el señor del cielo convirtió aquella masa esponjosa en esta tierra firme y amable. Y lo hizo así para que nosotros viviéramos aquí y pudiéramos crear la bondad y la belleza donde había imperado el caos. Esta isla, a la que hemos llamado Onokoro, es bella y encantadora, pero muy pequeña. Debemos pedir la ayuda del cielo para construir otras islas más grandes con el fin de que el mundo pueda crecer y aumentar.

Izanagi había hablado con una voz plena de emoción, porque ya estaba lleno de la visión de una nueva creación. Cogió de la mano a Izanami y la condujo al altar en donde rezaron fervientemente para que fueran bendecidos en sus tareas. Al final se alzaron e Izanagi, volviéndose hacia Izanami, dijo de pronto:

-Izanami, para crear estas otras islas debemos convertirnos en hombre y mujer. Vamos a rodear la columna terrena, tú por la derecha y yo por la izquierda, y cuando nos encontremos nos conoceremos verdaderamente el uno al otro.

Los dos pues fueron a rodear la columna, Izanami por la derecha e Izanagi por la izquierda. Al encontrarse en la otra parte de la columna, Izanami habló primero y dijo:

— ¡Qué agradable es encontrarse con un joven tan apuesto!

Y aunque Izanagi replicó:

- ¡No puedo expresar el placer que siento al ver a una doncella tan guapa como tú!

Había disgusto en su voz. No obstante se abrazaron y se convirtieron en hombre y mujer, pero ya no hubo alegría entre ellos.

A su debido tiempo Izanami dio a luz un hijo, pero para su espanto, era débil y pulposo corno una sanguijuela.

-Seguramente éste es el resultado del disgusto que tiene conmigo el señor del cielo -dijo Izanagi-. No debemos quedarnos con este niño. Todo él es un mal presagio.

Y lo colocó en una barca de cañas y lo echó al océano.

Durante muchos días permanecieron los dos deprimidos e infelices. Hasta que una mañana, después de consultar a los dioses de la llanura alta del cielo, el joven marido dijo a su esposa:

-Los dioses están descontentos porque tú hablaste antes que yo cuando nos encontramos después de rodear la columna celestial. «El hombre tiene precedencia sobre la mujer», me han dicho, y por lo tanto debemos rodearla otra vez.

Los dos se dirigieron a la columna y después de haberla rodeado como la vez anterior, Izanagi habló primero diciendo:

-¡Qué buenos son los dioses que han puesto en mi camino tan maravillosa doncella!

E Izanami replicó:

— ¡Los dioses me quieren de verdad por cuanto me han permitido conocer a un joven tan divino!

Ambos se miraron fijamente durante mucho tiempo; estaban poseídos de una extraña admiración y se estaba operando en ellos un profundo cambio. Empezaron a sentir una sensación de unidad con la tierra que les rodeaba, al tiempo que en cada uno de ellos nacía un nuevo amor por el otro.

Aquella tarde los dos jóvenes semidioses, por qué ahora eran parte de la tierra que les circundaba, hablaron vehementemente de las nuevas islas que esperaban crear. Después rezaron ansiosos en demanda de ayuda. Al arrodillarse ante la brillante columna Amanomihashira, el firmamento empezó a inflarse con un resplandor tibio y dorado. Lentamente, el majestuoso sol descendió sobre el arco del cielo; cada vez más roja, la luz cayó sobre el mar y las olas devolvían reflejos purpúreos, rosas y azules. Las sombras se prolongaron y oscurecieron y al caer el sol se encendió de un carmesí más acentuado. La isla estaba radiante de calor y la columna Amanomihashira brillaba con una luz extraterrena según se adentraba en el firmamento. A medida que las profundidades del vasto océano se tragaban calladamente al sol, éste tocaba momentáneamente a las olas con sus últimos rayos y sus crestas se elevaban y caían en cascadas de estrellas al compás de su flujo y reflujo. Todo se oscureció y un negro de ébano cayó sobre el mar hasta que envolvió a la isla en sus pliegues. No había ningún ruido y sobre todo imperaba el silencio. En el altar Izanagi e Izanami seguían arrodillados, absortos y consagrados.

Pero la calma era la precursora de una tormenta que se acercaba. Pronto el océano empezó a moverse y a levantarse y, gradualmente, las olas comenzaron a ser más y más montañosas; el aire producía el ruido de la ondulada marea y el viento batía el agua con airados remolinos. Durante toda la noche las aguas rugieron y tronaron; pero hacia el amanecer todo volvió a aquietarse y a quedar en silencio.

 

Cuando Izanagi y su esposa salieron del altar, quedaron boquiabiertos. Ante ellos se extendía la larga y curvada costa de una vasta isla, y en el horizonte lejano se divisaban las formas de otras. Llenos de alegría fueron a visitar sus nuevos dominios, yendo de isla en isla, maravillándose con cada nueva tierra; al terminar de visitarlas todas, se dieron cuenta que eran ocho y por el orden en que habían nacido les pusieron los nombres: primero la isla de Awaji; luego Honshu; después la isla de Shikoku, seguida de Kyushu; Oki y Sado que eran gemelas; Tsushima; y finalmente Iki. Juntas fueron llamadas el País de las Ocho Grandes Islas, y a medida que fue pasando el tiempo se las conoció con el nombre de Japón.

Surgieron más y más islas, y todos los días Izanagi viajaba por tierra y por mar para verlas bien. A veces Izanami iba con él, pero el servicio en el altar le exigía mucho de su tiempo y los largos viajes le parecían exhaustivos. Un día Izanagi le dijo:

-Izanami, esposa querida, ahora que tenemos todas estas islas para nosotros nuestro trabajo aumenta cada día. Veo que a veces estás muy cansada y eso me preocupa. ¿Qué es lo que te gustaría hacer para recrearte? Te ruego que no trabajes tanto.

Izanami bajó la cabeza y escuchó sumisamente mientras hablaba su marido. Luego contestó en tonos suaves:

— Querido esposo, no hay nada que yo desee más que vivir aquí contigo en paz y contentamiento. Pero ahora que han nacido tantas islas rezo para que también nosotros tengamos hijos que nos ayuden y sean nuestro deleite.

Sus rezos fueron escuchados y en los años siguientes les nacieron muchos hijos. El primero fue el espíritu del mar, el segundo el espíritu de la montaña, y luego sucesivamente los espíritus del campo, de los árboles, de los ríos y de todas las cosas naturales. Con sus cuidados y su dirección las islas crecieron más y más verdes y hermosas. En seguida nacieron las estaciones y el aliento de los vientos y de las lluvias trajeron sus ciclos variables a las montañas y los campos. Por todas partes crecían bosques corpulentos y densos, y en sus ramas se reunían grandes bandadas de pájaros para cantar. Las mieses y las cosechas se multiplicaban, y las flores y el follaje explotaban profusamente.

Izanagi y su esposa vivían en una extremada felicidad con su familia, y cuando les nació una hija que era la diosa del sol, su gozo se desbordó. La joven era un ser maravillosamente bello y radiante, y todo su cuerpo centelleaba y brillaba con un lustre tan espléndido que por todas partes donde iba llenaba el oscuro aire con luz y resplandor. La llamare Amaterasu. Poco después les nació el dios de la luna y éste también brillaba resplandeciente junto al sol. Su resplandor era suave y pálido y andaba entre las sombras oscuras del atardecer dispersándolas con sus apacibles rayos. A éste le llamaron Tsukiyomi. Por eso, cuando les nació el dios el mar, su plateado cuerpo verdoso reflejaba en variados matices la luz esplendorosa que salía de sus brillantes hermano y hermana.

Un día que estaban conversando Izanagi e Izanami por la mente del primero pasó un repentino pensamiento, y dijo a su esposa sonriendo:

-Izanami, de todos nuestros maravillosos hijos ninguno representa verdaderamente al fuego. Es cierto que nuestra hija Amaterasu es la diosa del sol, pero necesitamos que el dios del fuego viva con nosotros. Vamos a rezar para que nazca.

Llegó el momento en que sus rezos fueron oídos y les nació un hijo ardiente y poderoso al que pusieron de nombre Kagutsuchi, el dios del fuego. Pero su nacimiento fue demasiado trágico para su madre, pues el cuerpo de ésta quedó parcialmente consumido en las llamas de su hijo, el dios del fuego. Alarmado por este desastre imprevisto Izanagi fue corriendo hacia ella para confortarla y atenderla. Le preparó comidas y medicinas especiales pero, en su agonía y dolencia, todo lo que intentaba tragar lo rechazaba inmediatamente. ¡Y lo que son las cosas! Precisamente de estos vómitos nacieron los dioses y las diosas de los metales, mientras que por otras partes de su cuerpo surgieron el dios y la diosa de la tierra. Sin embargo con esto pereció su vigor, e Izanami murió. Por primera vez la muerte había entrado en el mundo y con ella su compañera terrena, la pena.

 

 Cuentos y leyendas japoneses, Madrid, Narcea, 1982

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YHI trae la vida al mundo (AUSTRALIA)

 

En el comienzo el mundo estaba tranquilo, en absoluta oscuridad. No había vegetación, ni ser viviente en los desnudos huesos de las montañas. El viento no soplaba sobre las cumbres. No había ningún sonido para romper el silencio.

El mundo no estaba muerto. Estaba dormido, esperando el suave roce de la vida y de la luz. A pesar de esto, todo yacía dormido en las heladas cavernas de las montañas. En algún lugar de la inmensidad del espacio Yhi se agitaba en su sueño, esperando el susurro de Baiame, el Gran Espíritu. Entonces el susurro llegó, el susurro que despertó al mundo. El sueño se apartó de Yhi, la divinidad, como un vestido a sus pies.

Sus ojos se abrieron y la oscuridad se expuso por su brillo. La eterna noche desapareció. La llanura del Nullabor fue bañada por una radiante luz que reveló sus estériles desperdicios. Yhi descendió a la tierra y comenzó un peregrinaje que le llevó hasta el este, hasta el oeste, al norte y al sur. Donde su pie tocaba el suelo, ahí la tierra salaba en éxtasis, hierba, árboles y flores nacían al ver la luz. Yhi recorrió y volvió recorrer la tierra hasta que el mundo entero estuvo cubierto de vegetación.

Su primera tarea estaba completa, Yhi la diosa del sol, permaneció en la llanura del Nullabor, la admiró y supo que el Gran Espíritu estaba contento con el resultado de su labor.

-El trabajo de la creación ha empezado bien- dijo Baiame- pero sólo ha empezado. El mundo está lleno de belleza, pero necesita vida bailarina ara completar su destino. Lleva luz a las oscuras cavernas de la tierra y veremos lo que pasa.

Yhi se dirigió a las oscuras profundidades. Allí no había semilla alguna para despertar a la vida con su roce. Ásperas sombras aparecieron tas la luz. Espíritus malignos gritaron:-No, no, no, hasta que las cavernas temblaron con las voces que reverberaban en la oscuridad.

Las sombras se suavizaron: -Dormid, dormid, dormid,…-gritaban los espíritus malignos, pero las figuras habían estado esperando el calor de la diosa del sol. Delgadas alas se abrieron, a los cuerpos les crecieron piernas, colores metálicos comenzaron a resplandecer. Pronto, Yhi estuvo rodeado de millares de insectos reptando, volando, apareciendo de cada oscura esquina. Se retiró lentamente. Le siguieron hasta llegar al mundo exterior, a la luz del sol, al abrazo de la hierba, de las hojas y de las flores. El encantador maligno se perdió en una confusión de vagos ecos. Había trabajo que los insectos debían hacer en el mundo, también había tiempo para jugar y para adorar a la divinidad.

-Cuevas del mundo, el hielo eterno…- susurró Baiame.

Yhi le entendió y desapareció en las cavernas enfriándose por el negro hielo que colgaba del techo y de las paredes, hielo permanente que entorpecía el paso, lagos congelados en una gélida oscuridad.

Poco a poco el hielo se hizo agua y formas vagas aparecieron, formas que se convertían en peces, serpientes, reptiles,…El lago se desbordó, saliendo de las puertas de las cuevas, deslizándose colina abajo, dando agua a las sedientas plantas. Los reptiles reptaron fuera del río para buscar un nuevo hogar en la hierba y en las roas, mientras que los peces jugaban en el agua y permanecían allí felices.

Yhi fue a otras cavernas pero no encontró hielo, sino un torrente de vida, de pluma, pelaje y piel desnuda. Aves y animales salieron cantando, corriendo cuesta abajo, escogiendo sus hogares, bebiendo del nuevo mundo de luz, color, sonido y movimiento.

Yhi llamó a todos los que había traído a la vida:

-Este es el territorio de Baiame. Es vuestro para siempre, para disfrutarlo. Baiame es el Gran Espíritu. El os cuidará y escuchará vuestras plegarias. Yo ya casi he terminado mi trabajo, así que debéis escuchar mis palabras. Os debo entregar las estaciones de verano e invierno, el verano con calor que prepare la fruta para comerla, e invierno para dormir mientras los fríos vientos barren el mundo y la basura del verano. Son cambios que os debo entregar. Os ocurrirán otros cambios, criaturas de mi amor. Cuando muráis vuestros cuerpos permanecerán aquí, pero vuestro espíritus vendrán a vivir conmigo en lo alto del cielo.

Ascendió de la tierra y se transformó en una bola de luz en el cielo y descendió lentamente tras las colinas del oeste. Todos los seres de la tierra se apenaron, y sus corazones se llenaron de temor, porque la partida de Yhi había traído de nuevo la oscuridad.

Largas horas pasaron y la pena se convirtió en sueño. De pronto los pájaros comenzaron a cantas, habían visto un destello de luz en el este. Fue creciendo y cada vez más pájaros se unían al canto hasta convertirse en un delicioso coro cuando Yhi apareció esplendoroso e inundó las llanuras con su luz de la mañana.

Uno a uno los animales despertaron, igual que han hecho desde ese primer amanecer. Después del primer susto de la puesta de sol, sabían que el día iba a suceder a la noche, que siempre iba a haber otro amanecer y un nuevo anochecer, dando horas de luz para trabajar y jugar, y la noche para dormir.

El espíritu del lago y el del río deseaban el calor y la luz de Yhi. Subían al cielo, intentando con todo su empeño alcanzar a la diosa del sol. Yhi les sonríe y las convierte en pequeñas gotas de agua que caen de vuelta a la tierra como lluvia, refrescando la hierba y las flores y trayendo nueva vida.

Un último acto tenía que llevarse a cabo, porque las oscuras horas de la noche estaban atemorizando a algunas criaturas. Yhi envió la Estrella de la mañana para anunciar su llegada cada día. Entonces, apenada por la soledad de la estrella, ella le entregó a Bahloo, la luna. Una señal de satisfacción emergió de la tierra cuando la blanca luna navegó majestuosamente a través del cielo, trayendo a la vida millones de estrellas, haciendo una nueva gloria en el cielo.

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EL MITO ESCANDINAVO DE LA CREACIÓN

 

     En los tiempos en que nada existía, se abría en el espacio un vasto y vacío golfo llamado Ginnunga. Tenía una longitud y anchura inconmensurable y su profundidad estaba más allá de toda comprensión. No había costa, ni tampoco olas; porque aún no había mar y la tierra no estaba formada ni tampoco los cielos. Allí en el golfo estuvo el principio de las cosas. Allí por primera vez amaneció. Y en el perpetuo crepúsculo estaba el Padre, que gobierna todos los reinos y se mueve entre todas las cosas grandes y pequeñas.

   Primero se formó, hacia el norte del golfo, Nifelheim, la inmensa casa de oscuridad nebulosa y frío helador, y en el Sur, Muspelheim, la casa luminosa del calor y de la luz. En medio de Nifelheim estalló la gran fuente de donde todas las aguas fluyen y adonde todas las aguas vuelven. Se llama Hvergelmer, la “caldera rugiente”, y de allí surgieron, al comienzo, doce tremendos ríos llamados Elivagar, que fluyen hacia el Sur, hacia el Golfo. Una vasta distancia atravesaron desde su nacimiento y, entonces, el veneno que arrastraban con ellos empezó a endurecerse como lo hace la escoria que corre por una superficie, hasta que se congelaron y se convirtieron en hielo. Allí los ríos crecieron en silencio y dejaron de moverse, y los gigantescos bloques de hielo permanecieron juntos.

   El vapor se elevó del hielo envenenado y se congeló en forma de escarcha; capa tras capa se fueron amontonando en formas fantásticas una sobre otras. Esa parte del golfo que se extiende hacia el Norte era la región del horror y de la lucha. Fuertes masas de vapor negro rodearon el hielo, y dentro estaban chirriantes torbellinos que nunca cesaban, y bancos de huidiza niebla. Pero hacia el Sur Muspelheim brillaba con radiación intensa, y mandaba bellas llamas y chispas de fuego brillante. El espacio que había en medio de la región de las tempestades y de la oscuridad y de la región del calor y de la luz era un crepúsculo pacífico, sereno y tranquilo como el aire sin viento. Ahora, cuando las chispas de Muspelheim cayeron a través del vapor congelado, y el calor llegó hasta allí por el poder del Padre, las gotas de las mezclas empezaron a caer del cielo.

    Y fue allí y entonces cuando la vida comenzó a existir. Las gotas se hicieron más rápidas y una masa informe tomó forma humana. Así vino a existir el grande y pesado gigante de arcilla que se llamó Ymer. Tosco y desgarbado era Ymer y cuando se estiró y comenzó a moverse fue torturado por los dolores producidos por un hambre feroz. Así que salió ansioso en busca de comida, pero no había sustancia de la que él pudiera comer. Los torbellinos le pasaban encima y las oscuras nieblas le rodeaban como un sudario. Más gotas cayeron de los lóbregos vapores, y luego se formó una vaca gigante que se llamó Audhumala, “la vacía oscuridad”. Ymer la contempló permaneciendo allí en la oscuridad junto a los bloques de hielo y avanzó débilmente hacia ella. Maravillándose, descubrió que de sus ubres salían cuatro regueros blancos de leche, y con ansía bebió y bebió hasta que se llenó con las semillas de la vida y se vio satisfecho.

     Entonces una gran pesadez se vino sobre Ymer y se tumbó, cayendo en un profundo sueño libre de pesadillas. El calor y la fuerza le poseyeron, y el sudor se concentró en el sobaco de su brazo izquierdo del cual, por el poder del Padre, se formó un hijo llamado Mimer y una hija llamada Bestla. De Mimer descendieron los dioses Vana. Bajo los pies de Ymer salió un hijo monstruoso de seis cabezas, que fue el antecesor de los gigantes malignos del hielo, el temido Hrimthusar. Entonces Ymer despertó. En cuanto a Audhumala, la gran vaca, no tenía verdor del que alimentarse y permaneciendo en el borde de la oscuridad encontró sustento chupando constantemente los enormes cantos rodados que tenían incrustados sal y escarcha. Durante el espacio de un día se alimentó de esa manera, hasta que apareció el pelo de una gran cabeza. Al segundo día la vaca volvió a los cantos rodados y, antes de que hubiera dejado de chupar, una cabeza humana quedó al descubierto. Al tercer día una noble forma salto. Estada dotada de gran belleza y era ligera y poderosa. Recibió el nombre de Bure, y fue el primero de los dioses Asa.

    Con el tiempo surgieron más seres gigantes, nobles y malvados dioses. Mimer, que es Mente y Memoria, tuvo hijas, cuyo jefe fue Urd, la diosa de la fortuna y la reina de la vida y de la muerte. Bure tuvo un hijo llamado Bor, que tomó por esposa a Bestla, la hermana del prudente Mimer. Tres hijos nacieron de ellos: el primero se llamó Odin (espíritu), el segundo Ve, cuyo otro nombre es Honer, y el tercero Vile, también conocido como Lodur y Loke. Odin se convirtió en el principal jefe de los dioses Asa, y Honer fue jefe de los Vans que Loke, el usurpador, se convirtió en su gobernante. Ymer y su maligno hijo desataron su ira y enemistad contra la familia de los dioses y pronto estalló la guerra entre ellos. En ninguno de los lados hubo una pronta victoria, y fieros conflictos se libraron durante largos años antes de que la Tierra se formara. Pero, al fin, los hijos de Bor vencieron sobre los enemigos y les hicieron retroceder.

    Con el tiempo se sucedieron grandes asesinatos, que disminuyeron el ejército de los gigantes malignos hasta que solamente quedo uno. Fue entonces cuando los dioses consiguieron su triunfo. Ymer cayó al suelo y los victoriosos saltaron sobre él y le reventaron las latientes venas de su cuello. Un gran diluvio de sangre salió de allí y toda la raza de los gigantes se ahogó excepto Bergelmer, el anciano de la montaña, que con su mujer se refugió en los bosques del gran molino del mundo. De éstos descienden los Jotuns, que por siempre guardaron enemistad contra los dioses. El gran molino del mundo de los dioses estaba al cuidado de Mundilfore. Nueve doncellas gigantes lo movían con gran violencia, y el rechinar de las piedras hacía un clamor tan temible que no se podían oír ni las más altas tempestades. El gran remolino es más grande que el mundo entero, porque de él se hizo el gran molde de la Tierra.

    Cuando Ymer murió los dioses se reunieron en consejo y se dispusieron a dar forma al mundo. Colocaron el cuerpo del gigante de arcilla sobre el molino y las doncellas lo ataron a él. Las piedras estaban manchadas de sangre, y la carne oscura salió como molde. Así se formó la Tierra y los dioses le dieron forma a su antojo. De los huesos de Ymer se formaron las rocas y las montañas; sus dientes y mandíbula se dividieron en dos, y cuando iban girando alrededor las doncellas del gigante tiraron los fragmentos aquí y allí, y éstas formaron las piedras y los cantos rodados. La sangre helada del gigante se convirtió en las aguas del vasto mar. Pero las doncellas del gigante no cesaron su labor cuando el cuerpo de Ymer estaba completamente machacado y la Tierra estaba formada y puesta en orden por los dioses. Cuerpos de gigante tras gigante se fueron colocando en el molino, que está situado tras el suelo del océano, y los restos de la carne son la arena que siempre está lavada alrededor de las orillas del mundo.

     Cuando las aguas son lamidas por el rotante ojo de la piedra del molino se forma un temeroso remolino y se producen los flujos y reflujos del mar cuando se dirige a Hvergelmer, ‘la rugiente caldera’, en Nifel-heim y es arrojado de nuevo hacia delante. Los mismos cielos están formados para tambalearse por el gran molino del mundo alrededor de Veraldar Nagli, ‘la punta del mundo’, que es la estrella Polar. Después, cuando los dioses habían dado forma a la Tierra, colocaron la calavera de Ymer para que fuera al cielo. En cada uno de los cuatro puntos colocaron como centinelas a fuertes enanos del Este, Oeste, Norte y Sur. La calavera de Ymer descansa sobre su anchos hombros. Pero todavía el Sol no conocía su casa ni la Luna su poder, y las estrellas no tenían lugar donde morar. Las estrellas son brillantes chispas de fuego colocadas desde el Muspel-heim por el gran golfo y están fijadas en el cielo por los dioses para dar luz al mundo y brillo sobre el mar. A cada uno de estos copos de fuego errante se asignaron un orden y movimiento, de forma que cada uno tiene su lugar, tiempo y estación.

     El Sol y La luna también vieron sus cursos regulados, porque son los mayores discos de fuego y salieron de Muspelheim, y para que los caminos de los cielos pudieran soportarlos los dioses hicieron que los herreros elfos, los hijos de Ivalde y los parientes de Sindre, construyeran carros de oro fino. Mundilfore, que cuida del molino del mundo, envidiaba a su rival Odin. Tenía dos bellos hijos, uno llamado Mani (luna) y el otro Sol. Los dioses se llenaron de ira por la presunción de Mundilfore, y para castigarle le quitaron sus dos hijos de los que él presumía sobradamente, para conducir los carros del cielo y contar los años para los hombres. Al bello Sol mandaron para conducir el carro del Sol. Sus corceles son Arvak, que es “el pronto amanecer”, y Aldsvid, que significa “calor abrasador”. Bajo su cruz estaban colocadas pieles de aire helado para enfriarlo y refrescarle. Entran en el cielo del Este por la puerta de Hela, a través de la cual pasan las almas de los hombres muertos al mundo del más allá.

    Entonces los dioses colocan a Mani, el apuesto joven, para conducir el carro de la Luna. Con él están dos bellos niños a los que él se llevó lejos de la Tierra, un muchacho llamado Hyuki y una muchacha llamada Bil. Han sido enviados a la oscuridad de la noche por Vidfimer, su padre, para sacar canciones de hidromiel del arroyo de la montaña Byrger, “él escondido”, que salía del cauce de la fuente de Mimer, y llenaron su cubo Saegr hasta el borde de forma que el preciado hidromiel se derramó cuando lo levantaban sobre el polo Simul. Cuando comenzaron a descender la montaña, Mani los capturó y se los llevó. Los agujeros que siempre se ven por la noche en la cara de la Luna son Huyki y Bil, y los poetas invocan a la bella Bil, de forma que al oírles ella puede derramar sobre la Luna el mágico hidromiel de las canciones sobre sus labios. Bajo la custodia de Mani están un montón de cuernos que se usan para perforar a los malhechores entre los hombres para que éstos así sufran el castigo por sus males. El sol está en constante movimiento, y también lo está la Luna. Son perseguidos por enemigos sedientos de sangre, que buscan conseguir su destrucción antes de que alcancen los bosques de Varns que les dan cobijo, tras los horizontes del Oeste. Estos son dos fieros lobos gigantes. El que tiene por nombre Skoll, “el seguidor”, persigue al Sol, al que un día devorará; el otro es Hati, “el odiador”, que corre delante de “la brillante doncella del cielo”, en incesante persecución de la Luna. Skoll y Hati son gigantes en forma de lobos. Fueron enviados por la Madre del Mal, la oscura y temible bruja, Gulveig-Hoder, y ellos son sus hijos. Vive en Iarnid, el negro bosque de árboles de acero, en el norte del mundo, que es el lugar donde habita una familia de brujos temidas por dioses y hombres.

   De los lobos de la bruja el más terrible es Hati, que también se llama Managarm, “el devorador de la luna”. Se alimenta de la sangre de hombres muertos. Los adivinos han predicho que cuando venga a devorar al mundo, los cielos y la tierra se volverán rojos de sangre. Luego, también, deben los asientos de los poderosos dioses enrojecerse con la sangre y el brillo del sol del verano palidecerá, mientras grandes tormentas estallarán con furia para asolar todo el mundo. Una y otra vez, en temidos eclipses, habrían tragado el Sol y la Luna estos lobos gigantes, de no haber sido porque sus malignos designios han sido frustrados por los hechizos que han sido forjados contra ellos, y el clamor de hombres aterrorizados. Nat, que es la Noche, es la morena hija del vana gigante Narve, “el Obligador”, cuyo otro nombres es Mimer. Oscuro su pelo como el de toda su raza, y sus ojos son suaves y benevolentes. Trae descanso al trabajador y refresco al cansado, y descanso y sueños a todos. Al guerrero da fuerza para que pueda obtener victoria, y le encanta llevarse las preocupaciones y los cuidados. Nat es la benefactora madre de los dioses. Tres veces se casó. Su primer marido fue Nagelfare de las estrellas, y su hijo fue Aud, el de las riquezas sin límite. Su segundo marido fue Annar, “Agua”, y su hija Jord, la diosa de la Tierra, fue esposa de Odin y madre de Thor. Su tercer marido fue Delling, el elfo rojo del amanecer, y su hijo fue Dagr, que es Día. A la madre Nat y su hijo Dagr se les dieron carros engalanados con piedras preciosas para que conduzcan alrededor de la Tierra, uno detrás del otro, en el espacio de doce horas. Nat es la que va delante. Su corcel se llama Hrim-faxin, “crin helada”. Rápido galopa por los cielos, y cada mañana la dulce espuma cae como gotas de rocío sobre la Tierra debajo de ella. El buen corcel de Dagr se llama Skin-Faxi, “crin brillante”. De su cuello dorado se emite una radiación y belleza sobre los cielos y sobre todo el mundo. De todos los caballos que existen, es el más alabado por los hombres.

   Hay dos estaciones, que son invierno y verano. Vindsvall, hijo del lúgubre Vasud, “el viento helador”, fue el padre del hosco invierno, y el dulce y benefactor Svasusd fue padre del buen verano, queridos por todos. Los hombres se preguntan de dónde viene el viento que azota al océano temerosamente, que convierte a la baja chispa en llama brillante y que ningún ojo puede contemplar. En el cenit del norte del cielo se encuentra en forma de águila un gigante llamado Hraesvelgur, “el devorador de la carne de los hombres muertos”. Cuando sus anchas alas se extienden para iniciar el vuelo, los vientos se agitan bajo él y se vienen rápidamente sobre la Tierra. Cuando va o viene, o viaja aquí y allá a través de los cielos, los vientos salen de sus alas. No había todavía un hombre que morara sobre la Tierra, aunque el Sol y la Luna estaban fijados en sus cursos, y los días y las estaciones estaban marcados en el orden debido. Llegó, sin embargo, un tiempo, cuando los hijos de Bor estaban caminando por las costas del mundo, y vieron dos troncos de madera. Habían crecido del pelo de Ymer, que se había extendido como espesos bosques y abundante verdor del molde de su cuerpo, que es la Tierra. Un tronco era de un fresno, y de él los dioses formaron un hombre; y el otro, que era un aliso, lo convirtieron en una bella mujer. Tenían vida como la de un árbol hasta que los dioses les dieron mente, voluntad y deseo. Luego al hombre se le llamó Ask y a la mujer Embla, y de ellos desciende toda la raza humana, cuya morada se llama Midgard, “la sala del medio”, y Mana-heim, “casa de los hombres”. Alrededor de Midgard está el mar, y más allá, en las costas exteriores, está Jotun-heim, “la casa de los gigantes”. Contra estos los dioses se levantaron una gran masa de hielo de las cejas del turbulento Ymer, cuyo cerebro esparcieron alto en el cielo, donde se convirtieron en espesa masa de nubes esparcidas, agitándose aquí y allí. (*)

 

 (*) Fuente: Teutones. Mitos y leyendas, compilación Donald Mackenzie, ed. Studio.

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EL MITO TIBETANO DE LA CREACION

La Rueda de la Vida Tibetana

 

En el principio era la Vacuidad, un inmenso vacío sin causa y sin fin. De este gran vacío se levantaron suaves remolinos de aire, que después de incontables eones se volvieron más densos y pesados, formando el poderoso cetro doble rayo, el Dorje Gyatram.

  El Dorje Gyatram creó las nubes, las cuales, a su vez, crearon la lluvia. Esta cayó durante muchos años, hasta formar el océano primigenio, el Gyatso. Luego, todo quedó en calma, tranquilo y silencioso, y el océano quedó límpido como un espejo.

Poco a poco, les vientos volvieron a soplar, agitando suavemente las aguas del océano, batiéndolas continuamente hasta que una ligera espuma apareció en su superficie. Así como se bate la nata para hacer mantequilla, del mismo modo las aguas del Gyatso fueron batidas por el movimiento rítmico de los vientos para transformarlas en tierra.

La tierra emergió como una montaña, y alrededor de sus picos susurraba el viento, incansable, formando una nube tras otra. De éstas cayó más lluvia, sólo que esta vez más fuerte y cargada de sal, dando origen a los grandes océanos del universo.

 El centro del universo es el Rirap Lhunpo (Sumeru), la gran montaña de cuatro caras hecha de piedras preciosas y llena de cosas maravillosas. Existen ríos y arroyos en el Rirap Lhunpo, y muchas clases de árboles, frutos y plantas, pues el Rirap Lhunpo es especial, es la morada de los dioses y los semidioses.

 En torno al Rirap Lhunpo hay un gran lago, y rodeando a éste, un círculo de montañas de oro. Más allá del círculo de montañas de oro hay otro lago, éste también rodeado por montañas de oro, y así sucesivamente hasta siete Lagos y siete círculos de montañas de oro y más allá del último círculo de montañas se encuentra el lago Chi Gyatso.

 En el Chi Gyatso es donde se encuentran los cuatro mundos, cada uno de éstos semejante a una isla, con su forma particular y sus habitantes distintos.

 El mundo del Este es el Lu Phak, que tiene forma de media luna. Las gentes del Lu Phak viven quinientos años y son pacíficas, no hay contiendas en el Lu Phak. Sus habitantes tienen cuerpos gigantescos y caras en forma de media luna. No obstante, no son tan afortunados como nosotros, pues no tienen ninguna religión para poder seguir.

 El mundo del Oeste se llama Balang Cho y su forma es como la del sol. Como en el Lu Phak, las gentes son de gran estatura y viven quinientos años, sólo que sus caras tienen forma de sol y se dedican a la cría de diversas clases de ganado.

 La tierra del Norte es de fonna cuadrada y se llama Dra Mi Nyen. Las gentes de Dra Mi Nyen tienen caras cuadradas y viven mil años o más. En Dra Mi Nyen la comida y las riquezas son abundantes. Todo lo que un hombre necesita en sus mil años de vida lo obtiene sin esfuerzo ni padecimiento; viven con lujo, sin carecer de nada. Pero durante los siete últimos días de su vida, el dolor y el tormento anímicos acometen a los seres de Dra Mi Nyen, pues entonces es cuando reciben una señal de que están a punto de morir. Les visita una voz -una voz terrible- que les susurra cómo morirán y qué monstruosos sufrimientos habrán de soportar en los infiernos después de la muerte. En sus últimos siete días de vida, todas sus riquezas y posesiones decaen y ellos experimentan mayor sufrimiento que   nosotros en toda una vida. Dra Mi Nyen se conoce como la «Tierra de la Voz Pavorosa».

 Nuestro propio mundo, en Ci Sur, se llama Dzambu Ling. Al comienzo, nuestro mundo estuvo habitado por dioses de Rirap Lhunpo. No había dolor ni enfermedades, y los dioses nunca necesitaban comida. Vivían en el contento, pasando sus días en profunda meditación. No había necesidad de luz en Dzambu Ling, pues los dioses emitían una luz pura de sus propios cuerpos.

  Un día, uno de los dioses reparó en que en la superficie de la tierra había una substancia cremosa y, probándola, comprobó que era deliciosa al paladar y animó a los demás dioses a probarla. Tanto les gustó a todos los dioses la cremosa substancia, que no querían comer otra cosa, y cuanto más comían, más se reducían sus poderes. Ya no fueron capaces de estar sentados en profunda meditación; la luz que antes había brotado con tal resplandor de sus cuerpos empezó a apagarse poco a poco y finalmente desapareció por completo. El mundo quedó sumido en tinieblas y 105 grandes dioses de Rirap Lhunpo se convirtieron en seres humanos.

Entonces, en la oscuridad de la noche, apareció en los cielos el sol, y cuando el sol se apagó, la luna y las estrellas iluminaron el cielo y dieron luz al mundo. El sol, la luna y las estrellas aparecieron a causa de las buenas acciones pasadas de los dioses, y son para nosotros un recordatorio permanente de que nuestro mundo fue una vez un lugar hermoso y tranquilo, libre de codicias, sufrimientos y dolor.

Cuando la gente de Dzambu Ling hubieron agotado la provisión de la cremosa substancia, empezaron a comer los frutos de la planta nyugu. Cada persona tenía su propia planta, que producía un fruto corno los de las mieses, y cada día, cuando el fruto había sido comido, aparecía otro; uno cada día, lo cual era suficiente para satisfacer el hambre de los seres de Dzambu Ling.

Una mañana, un hombre se despertó y descubrió que en vez de producir un solo fruto, su planta había dado dos. Cayendo en la avidez, se comió los dos frutos; pero, al día siguiente, su planta estaba vacía. Necesitando satisfacer su hambre, ese hombre robó la planta de otro hombre y así fueron haciendo todos, pues cada persona tuvo que robarle a otra para poder comer. Con el robo, llegó la codicia, y todos, temiendo quedarse sin comer, empezaron a cultivar más y más plantas nyugu, debiendo trabajar cada cual cada vez más para asegurarse de que tendría bastante que comer.

Cosas extrañas empezaron a ocurrir en Dzambu Ling. Lo que había sido una tranquila morada de los dioses de Rirap Lhunpo, estaba ahora lleno de hombres que conocían el robo y la codicia. Un día, un hombre empezó a sentir malestar por sus genitales y se los cortó, convirtiéndose así en una mujer. Esta mujer tuvo contacto con hombres y pronto tuvo hijos, quienes a su vez tuvieron más hijos, y en poco tiempo Dzambu Ling se lleno de gente, toda la cual tenía que procurarse comida y un lugar donde vivir.

Las gentes de Uzambu Ling no vivían juntas en paz. Había muchas peleas y robos, y los hombres de nuestro mundo empezaron a experimentar realmente auténtico sufrimiento, que nacía del estado insatisfactorio en que se encontraban. La gente se dio cuenta de que para sobrevivir tenían que organizarse. Todos se juntaron y decidieron elegir un jefe, a quien llamaron Mang Kur, que significa «mucha gente lo hizo rey». Mang Kur enseñó al pueblo a vivir en una relativa armonía, cada cual en una tierra propia en que construir una casa y cultivar alimentos.

Así es como nuestro mundo llegó a ser, como, de dioses, nos convertimos en seres humanos sujetos a la enfermedad, la vejez y la muerte. Cuando contemplamos el cielo nocturno, o recibimos el cálido brillo del sol, deberíamos recordar que, de no ser por las buenas acciones de los dioses de la preciosa montaña de Rirap Lhumpo, viviríamos en una total obscuridad y que, de no ser por la codicia de una persona, nuestro mundo no conocería el sufrimiento que hoy experimenta. (*)

 

(*) Fuente: Cuentos populares tibetanos, traducción Jordi Quingles, Barcelona, José Olañeta Editor.

 

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CÓDIGO DE MANÚ

GÉNESIS DEL MUNDO

 

  Manú, en reposo, se entrega a la meditación. El mundo yacía entonces envuelto en espesas tinieblas y sumergido en sueño por todas partes. Entonces Suayambú, el Ser existente por sí mismo, en cuanto los sentidos extremos pueden comprender, hizo perceptible el universo mediante los cinco elementos primitivos, se manifestó, y, resplandeciendo con la claridad más pura, disipó la oscuridad...

Habiendo decidido él solo, el Ser Supremo, hacer que todas las cosas emanaran de su propia sustancia (de la sustancia del Ser), hizo que surgieran las aguas y en ellas depositó un germen fecundo.

  Ese germen se transformó en huevo de oro, brillante como astro de mil rayos luminosos, y en el cual el Ser Supremo se reveló en la forma de Brahma...

  Por medio de partículas sutiles emanadas del Ser se constituyeron los principios de todas las cosas que formaron este mundo perecedero, derivado del Ser imperecedero. Cada uno de los elementos primitivos adquiere las cualidades de todos los que le preceden: de ese modo un elemento cualquiera, mientras más separado esté en la serie, más cualidades reúne.

  El Ser Supremo atribuyó a cada criatura una categoría distinta, y con arreglo a esa categoría, actos, funciones y deberes diversos. Así fueron creados los seres de todas clases. Esos seres, en virtud de actos anteriores, nacen entre los dioses, los hombres o los animales, y experimentan sus transformaciones sin fin a través del mundo que se destruye y se renueva sin cesar.

  Después de haber creado el universo de esa manera, Aquel cuyo poder es incomprensible desapareció de nuevo, absorbido en su alma y remplazando el tiempo que pasa por el tiempo que viene. Cuando ese dios vela, el Universo realiza sus actos; cuando duerme, su espíritu queda absorbido por un profundo letargo y el Universo se destruye a sí mismo. Y por medio de esos sueños y de esos reposos alternativos el Ser inmutable, sin cesar y sin fin, hace vivir o morir al conjunto de criaturas inmóviles o vivientes.

  Un día de Brahma comprende más de 4 000 millones de años humanos y se divide en 14 épocas: cada una de esas épocas está presididas por un Manú y terminada por un diluvio que todo lo destruye.

 Cuando el día de Brahma concluye, la noche de Brahma comienza: entonces el mundo no existe porque todo entra en la nada (en lo indeterminado).

 

Un día y una noche de Brahma forman un Kalpa, 360 Kalpas constituyen un año divino. Al término de cien años de esa clase, el Universo se disolverá de nuevo y el mismo Brahma entrara en la nada (en lo indeterminado) del Ser Supremo, del Ser que sólo existe en Sí.

  Después, el Ser que existe en Sí da nacimiento a un nuevo Brahma, y las creaciones comienzan de nuevo.

LA CREACIÓN DEL MUNDO

Tradición Asatrú (Eddas Vikingas)

 

Cuando aún no existía ni la tierra ni el mar ni el aire, cuando sólo existía la oscuridad, ya estaba allí el Allfather.  Al empezar la creación, en el mismo centro del espacio se abría Ginnunga, el terrible abismo sin fondo y sin luz; a su norte estaba la tierra de Niflheim, un mundo de agua y oscuridad que se abría alrededor de la eterna fuente de Hvergelmir, fuente en la que nacían los doce ríos del Elivagar, las doce corrientes que corrían hasta el borde de su mundo, antes de encontrarse con el muro de frío que helaba sus aguas, haciéndose caer también en el abismo central con un estrépito ensordecedor. Al sur de este caos estaba la dulce tierra de Muspells, el cálido hogar del fuego elemental, cuya custodia estaba encomendada al gigante Sutr.

Este gigante era quien lanzaba nubes de centellas al blandir su espada llameante, llenando de su fuego el cielo, pero este fuego a duras penas conseguía fundir los hielos del abismo, y el frío volvía a vencer de nuevo, haciendo que se elevase una columna de vapor que tampoco podía escapar del abismo, puesto que al volver a encontrarse con el mundo del hielo, se condensaban las grandes columnas de humedad, llenando de nubes el espacio central.

De este lugar surgió el gigante Ymir, la personificación del océano helado, y nació con hambre voraz, que sólo pudo saciar con otra criatura nacida al mismo tiempo que él, la vaca gigante Audhumla, de cuyas ubres brotaban cuatro chorros de leche. Audhumla, buscando ávidamente su alimento, lamió un bloque de hielo y, fundiéndolo, con su lengua, hizo aparecer el buen dios Buri, enterrado desde tiempo inmemorial en los hielos perpetuos. Pero mientras, Ymir, dormido plácidamente alumbró sin darse cuenta, con el sudor de su axila, a Thrudgelmir, el gigante de las seis cabezas y éste hizo nacer después a su compañero Bergelmir, y de los dos salió la estirpe de todos los gigantes malvados del hielo.

Y los gigantes del mar vieron al dios Buri, que acababa de engendrar a su hijo y aliado Börr. Comprendieron que entonces era el único momento en el que podía ser factible tratar de vencer al bien. Inmediatamente, los gigantes comenzaron la guerra. Pero las fuerzas estaban demasiado igualadas y el combate duraba ya eras, cuando Börr desposó a Bestia, la gigante hija del gigante Bolthorn, y de esa unión tuvieron tres hijos, tres aliados inmediatos para su causa: Odín, Vili y Ve (representando el espíritu, la voluntad y lo sagrado, respectivamente).

Con esta formidable ayuda el nuevo ejército del bien hizo retroceder a los malvados espíritus del hielo en retirada, hasta dar muerte al gigante Ymir (también llamado Hrim, el gigante de hielo, y Orgelmir), de cuyas tremendas heridas brotaban tales chorros de sangre que ahogaron a todos los de su raza, salvo a Bergelmir y su esposa, quienes pudieron ponerse a salvo a tiempo, huyendo en una barca hacia el límite del mundo.

Logrado el éxito, Odín, Vili y Ve se llevaron el cadáver de Ymir al abismo, para con sus inmensos restos mortales poder comenzar a trabajar en la construcción de un mundo habitable. Con su piel construyeron la región de Midgard, o jardín central; con los huesos se hicieron las montañas; con su vello, la vegetación; con sus dientes, los acantilados, sobre los que colocaron las cejas del gigante, para fortificar la frontera con el mar, que lo rodeaba en otro círculo a su alrededor, construido con la sangre y el sudor de Ymir. Pero, a mucha distancia de ellos, Bergelmir y su mujer alcanzaron una inhóspita tierra que poco afectaba a esas criaturas del frío, estableciéndose en un lugar al que llamaron Jotun, la casa de los gigantes, en donde empezaron a dar vida a otra raza de gigantes del hielo con los que continuar la renovada lucha de las fuerzas opuestas. Así nació la Tierra.

Ya sólo faltaba cerrar este nuevo mundo, y se creyó conveniente hacerlo, colocando sobre Midgard la bóveda craneana del derrotado gigante, y así se hizo, encargando a los enanos Nordri, Sudri, Austri y Westri su sujeción en cada uno de los cuatro puntos cardinales que llevaban sus nombres. Con el cráneo puesto en su lugar se dio nacimiento al cielo, pero al colocarlo los sesos se esparcieron por el aire y con sus restos se crearon las nubes. Sólo faltaba la iluminación de ese espacio y los dioses acudieron a Muspells, a hacerse con fuego de la espada de Surtr, fabricando con sus centellas las luces del firmamento.

Con las dos mayores, los dioses realizaron el Sol y la Luna, colocándolas sobre dos carros que girarían sin parar sobre Midgard, turnándose incesantemente en el cielo, carrozas guiadas por los dos hijos del gigante Mundilfari, su hija Sol y su hijo Mani. Ambas carrozas, para mantener viva la pugna constante entre el bien y el mal, serían eterna e inútilmente perseguidas por los dos lobos Skoll y Hatri, encarnaciones vivientes de la repulsión y del odio, que trataban de alcanzarlos, sin conseguirlo más que en alguna rara ocasión, cuando desde la Tierra se podía ver un eclipse de Sol, o uno de Luna, para lograr su malvado objetivo de devorar al Sol y a la Luna y hacer que la oscuridad perpetua cayera de nuevo sobre el Universo.

Para hacer el día y la noche, se encargó al hermoso Dag, hijo de la diosa de la noche, Naglfari, llevar la carroza del día, tirada por Skin, el brioso caballo blanco que producía con sus cascos la brillante luz del día, mientras que Note, la hija del gigante Norvi, se encargaba de conducir la carroza negra de la noche, que estaba tirada por su negro caballo Hrim, el que lanzaba a la tierra el rocío y la escarcha producido en su trotar. Más tarde, al cortejo celeste se le fueron añadiendo las seis horas, y las dos grandes estaciones, el invierno y el verano. Ya estaba la Tierra lista para ser ocupada por los primeros seres creados por los dioses.

 

LA CREACIÓN DEL HOMBRE Y LA MUJER

 

Los dioses pensaron que el acabado Midgard exigía la presencia de la mujer y del hombre.

Viendo ante sí un olmo (Embla) y un fresno (Ask) juntos, a la orilla del mar, Odín comprendió al instante que de esos dos árboles habría que crear al hombre y a la mujer, la estirpe de los humanos. A ellos les dio Odín el alma; Hoenir, el movimiento y los sentidos; Lodur, la sangre y la vida. El primer hombre, Ask, y la primera mujer, Embla, estaban vivos y eran libres, habían recibido el don del pensamiento y el del lenguaje, el poder de amar, la capacidad de la esperanza y la fuerza del trabajo, para que gobernasen su mundo y dieran nacimiento a una raza nueva, sobre la cual ellos, los dioses, estarían ejerciendo su tutela permanente. Pero Odín, dios de la sabiduría y de la victoria, ante todo era el protector de los guerreros, a los que guardaba un especial afecto, cuidándolos desde la altura de su trono, el Hlidskialf, mientras vigilaba sobre el resto del Universo, en el nivel de los dioses, el de los humanos y en el de los elfos. Cerca de allí estaba su otro palacio, Valhalla, o sala de los muertos escogidos, el paraíso de los hombres elegidos entre los caídos en combate heroico. Era un palacio magnífico, al que se accedía por cualquiera de las quinientas cuarenta puertas, inmensas puertas (por cada una podía pasar una formación de ochocientos hombres en fondo), que daban a una gran sala cubierta de espadas tan brillantes, que ellas eran las que iluminaban la estancia, reflejándose su luz en el artesonado hecho de escudos de oro, y en los petos y mallas que decoraban los bancos, la sala, comedor y lugar de reunión para los Einheriar traídos de entre los muertos por las Valkirias, a lomos de sus monturas, tras cabalgar a través del Bifröst.

 

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