Poema de Mío Cid Siglo XIII
Algunas batallas

 Los fragmentos del Cantar proceden de la edición modernizada de Francisco López Estrada:

Poema de Mío Cid, Madrid, Castalia, Odres Nuevos, 1996.

TOMA DE CASTEJÓN VV 414-541

[…]

Un día queda de plazo, sabed que ninguno más.

Allá en la Sierra de Miedes ellos fueron a posar.

 A diestra, en poder de moros, las torres de Atienza están.

 Aún con la luz del día,     antes de ponerse el sol,

mandó sus gentes contar     nuestro Cid Campeador.

Sin los grupos de peones,     que son hombres de valor,

alistó trescientas lanzas,     todas ellas con pendón.

—Dad temprano la cebada.     ¡Que Dios os quiera salvar!

El que quisiere, que coma,      y el que no, a cabalgar.

Pasaremos hoy la sierra,      un grande y fiero lugar.

La tierra del Rey Alfonso      esta noche acabará.

Después el que nos buscare      nos podrá bien encontrar.

De noche pasan la sierra,     y por la mañana están

en la cima, y hacia abajo     comienzan a caminar.

En medio de una montaña     grande, de maravillar,

 mandó el Cid que den cebada     y descansen en el lugar.

Dijo a todos que él quería     por la noche cabalgar.

Son tan buenos sus vasallos,     que de corazón lo harán:

cuanto mande su señor,     todo lo que diga harán.

 Antes que la noche venga,     encima el caballo están.

Lo hace el Cid para que así     no descubran dónde van.

Anduvieron por la noche,     y descanso no se dan.

Donde dicen Castejón,     que en el Henares está,

nuestro Cid se echó en celada     con cuantos que con él van.

Y toda la noche el Cid     vigila aquella celada,

según lo que le aconseja     Alvar Fáñez el Minaya.

 —¡Sabed, Cid, que fue en buen hora     la que os ciñeron la espada!

Un ciento queden con vos      de los que nos acompañan,

 pues que hemos a Castejón      de poner aquí en celada,

[para con ellos cubrir      en el combate la zaga.

Dadme a mí otros doscientos      para correr en algara.

Con Dios y con vuestra suerte      lograremos gran ganancia.

Dijo así el Campeador:      —Bien que lo hablasteis, Minaya.]

Vos tomad a los doscientos;      id con ellos en algara.

Vaya con vos Alvar Alvarez,     y Salvadores sin falta,

y también Galindo  García,      que es una valiente lanza.

Estos buenos caballeros      que acompañen a Minaya.

 Corred de osada manera;     por miedo no dejéis nada.

 Llegad más abajo de Hita,     seguid por Guadalajara.

No paréis hasta Alcalá,      que allí lleguen las algaras.

Las presas queden bien hechas     y asegurad las ganancias,

 que por miedo de los moros      no dejéis de perder nada;

en tanto, yo con los ciento      aquí quedaré en la zaga.

Ganaré yo a Castejón,      que nos valdrá como guarda.

Si algún cuidado tuvierais      en el curso de la algara,

haced que a mí me lo digan      en seguida aquí a la zaga.

 ¡Y del socorro que os dé,      han de hablar en toda España!

Nombrados han sido ya     los que irán en esa algara,

 y los que con nuestro Cid     han de quedar en la zaga.

El alba rompe la noche     y va entrando la mañana.

Sale el sol por el oriente.      ¡Oh Dios, qué hermoso apuntaba!

Es la hora que en Castejón     todos allí se levantan.

Abren entonces las puertas,     y se salen de sus casas

por ir a ver sus labores     y las tierras que cuidaban.

Fuera se salieron todos,     y las puertas quedan francas.

Poca es la gente que hay dentro     en Castejón ocupada,

 y las más, por todas partes,     están fuera derramadas.

En esto el Campeador     se salió de la celada.

Los campos de Castejón,      el Cid los corre sin falla.

 A los moros y a las moras     los tomaba de ganancia,

y con ellos sus ganados,     y cuanto en torno encontraba.

Don Rodrigo, nuestro Cid,     hacia la puerta cabalga.

Los que la entrada vigilan,     cuando ven que los asaltan,

 tuvieron miedo y dejaron     la puerta desamparada.

Nuestro Cid Rodrigo Díaz     por las puertas él se entraba;

en su mano victoriosa     desnuda trae la espada.

Muertos yacen quince moros     a los que su espada alcanza.

-Así ganó a Castejón       y ganó el oro y la plata.

 Sus caballeros al punto     lléganse con la ganancia;

a dejan a nuestro Cid,     pues no la precian en nada.

Volvamos a los doscientos     y tres que van en algara.

 Sin vacilar ellos corren      [por la tierra saqueándola.]

Llegaron hasta Alcalá     las enseñas del Minaya,

y entonces desde aquel punto     tórnanse con la ganancia,

por el Henares arriba       y así por Guadalajara.

Es mucho lo que allí traen;     grandes fueron las ganancias.

Ganados en abundancia     de ovejas, y también vacas;

muchas, ropas, y también     otras más riquezas varias.

En alto erguidas ondean     las enseñas del Minaya.

 No se atreve allí ninguno     a atacarlos por la zaga.

Con lo que tienen, se vuelve     la compañía de lanzas.

A Castejón ved que llegan     en donde ya el Cid estaba.

Puesto el castillo en seguro,     el Campeador cabalga.

Saliólos a recibir,     marcha con él su mesnada.

Y con los brazos abiertos     saluda a su buen Minaya:

—Alvar Fuñes ¿ya venís?     ¡Sois una -Doliente lanza!

Donde quiera que os envíe,     sé que cumplís la esperanza.

Lo vuestro a lo nuestro júntese,      [y de toda la ganancia]

 la quinta parte os otorgo      si la quisiereis, Minaya.

—Mucho os lo agradezco, Cid,     Campeador tan nombrado.

Del don de la quinta parte,     que aquí me habéis otorgado,

contentaríase de él      hasta Alfonso el Castellano.

Yo, Cid, esto en vos renuncio;      quede todo dispensado.

Y ante Dios aquí prometo,      ante Aquél que está allá en alto,

que hasta no haberme sentido      contento en mi buen caballo,

 peleando con los moros      en combates por el campo,

la lanza bien empleada,      y a la espada meta mano,

y me baje por el codo      la sangre destelleando,

y esto sea ante Ruy Díaz,      el luchador afamado,

que no tomaré de vos      ni siquiera un cuarto falso.

Y lo que por mí ganareis,      cualquier cosa que valga algo,

todo lo que se reúna,      dejólo yo en vuestras manos.

Las ganancias que cogieron     quedaron amontonadas.

Quedóse pensando el Cid,     que en buen hora ciñó espada,

en el rey Alfonso, y en que     llegarían sus compañas,

que le buscaría mal       y con él, a sus mesnadas.

Mandó que se repartiese     todo aquel botín sin falta,

y que los repartidores      cuentas re diesen por carta.

Sus caballeros, contentos,      como si a buen puerto arribaran,

y a todos ellos les tocan     cien marcos de los de plata,

y a los peones les dieron     la mitad justa y sin falta.

El quinto de todo aquello     en poder del Cid quedaba.

Su parte allí no podía     ni venderla ni donarla.

Ni cautivos ni cautivas      quiso que le acompañaran.

Habló a los de Castejón     y a Hita y Guadalajara,

y les dijo que su quinto     por cuánto se lo compraban,

aunque en lo que allí le dieran,      obtuviesen gran ganancia.

Apreciáronlo los moros     en tres mil marcos de plata.

Nuestro Cid aceptó el trato,     y da por buena la tasa.

Al tercer día los marcos     le fueron dados sin falta.

Juzgó entonces nuestro Cid     y los que le acompañaban

que el castillo no era bueno     para servir de morada;

sí podrían conservarlo,     pero no tendrían agua.

—Ya en paz los moros están      y escritas quedan las cartas.

Buscaríanos el Rey      Alfonso con sus mesnadas.

Dejar quiero Castejón.      Todos oídme, y Minaya.

Cuanto yo os dijere aquí,      no me lo toméis a mal.

En Castejón no podríamos      sostenernos mucho más.

Cerca queda el Rey Alfonso,      y nos vendría a buscar.

Pero el castillo, en que estamos      yo no lo quiero asolar.

A cien moros y a cien moras      libertad les quiero dar.

Por cuanto de ellos tomé,      que de mí no digan mal.

Vosotros tenéis ganancias;      nadie queda por pagar.

Mañana por la mañana,      en seguida, a cabalgar.

Con mi señor don Alfonso      no quisiera pelear.

Lo que nuestro Cid les dijo,     complace a los que allí están.

Del castillo que tomaron     todos ricos parten ya,

y los moros y las moras     bendiciéndolos están.

[…]

 

TOMA DE ALCOCER VV. 553-622

 

[…]

y a la vista de Alcocer     el Cid ordena acampar

en un otero redondo,      un fuerte y grande lugar.

Cerca el río Jalón corre;      de agua no le privarán.

Nuestro Cid Rodrigo Díaz     Alcocer piensa ganar.

Bien se asienta en el otero     y firme las tiendas planta:

Los unos frente a la sierra,     y los otros frente al agua.

Y el Cid, vencedor de lides,     que en buen hora ciñó espada,

alrededor del otero,      cerca donde  corre el agua,

 a todas las gentes suyas     un foso cavar les manda,

ni de día ni de noche      que sorpresa no les valga

y que supiesen que el Cid     allí en el lugar quedaba.

Por todas aquellas tierras      pronto corrían mandados

que ese Cid Campeador,      allí se había asentado,

que vino a tierra de moros, saliéndose de cristianos.

 Por aquellas vecindades ya no se cuidan los campos.

Alegrándose va el Cid, también todos sus vasallos.

El castillo de Alcocer ya va sus parias pagando.

Los del pueblo de Alcocer     a nuestro Cid dan las parias,

y los de Ateca, también,     y los de Terrer las pagan.

A los de Calatayud     mucho, sabed, les pesaba.

Ha descansado allí el Cid      quince cumplidas semanas.

Cuando vio el Campeador     que Alcocer no se le daba,

ocurriósele un ardid,     y sin tardar lo prepara:

 plantada deja una tienda,     y las otras levantaba.

Jalón abajo siguió     con la enseña levantada;

vestidos con las lorigas      y en el cinto las espadas,

acuerdo de hombre avisado,     porque en la celada caigan.

Al verlo los de Alcocer      ¡oh Dios, cómo se alababan!

 —¡Qué bien que al Cid le faltó      así pan como cebada!

Las tiendas con pena lleva;      una deja abandonada.

De tal modo se va el Cid,      que parece que se escapa.

Si le salimos al paso,      mucha será la ganancia;

y conviene que sea antes      que gente de Terrer lo haga,

[pues si ellos la tomasen,]      no queman darnos nada.

La paria que él nos tomó      nos la volverá doblada.

Salieron los de Alcocer     con prisas que ellos no usaban.

Nuestro Cid, al verlos fuera,     hizo como sí escapara.

Llevólos Jalón abajo;      la pelea es empeñada.

Ya gritan los de Alcocer:      —¡Que se nos va la ganancia!

Tanto grandes como chicos     salen fuera las murallas;

con el gusto de la presa     ya no se acuerdan de nada;

abiertas dejan las puertas     que ninguno allí las guarda.

El Cid, buen Campeador,     vuelve para atrás la cara;

vio que entre ellos y el castillo     un gran espacio quedaba.

Mandó volver la bandera     y el espolón apretaba:

—¡Heridlos, mis caballeros,      sin temor tomad las armas;

con la gracia del Señor     nuestra será la ganancia!

Vueltos, con ellos se enfrentan     en medio la parte llana.

¡Oh Dios, qué bueno es el gozo     que sienten esta mañana!

Don Rodrigo y Alvar Fáñez     los .primeros aguijaban;

tienen muy buenos caballos;      a su gusto, sabed, andan.

Entre ellos y el castillo     entraron allí en batalla,

y los vasallos del Cid     sin piedad los golpes daban;

en un poco de lugar     a trescientos moros matan.

Dando grandes alaridos     los que están en la emboscada

los van dejando delante,     y hacia el castillo se marchan;

con las espadas desnudas     al punto la puerta ganan.

Pronto llegaron los otros     terminada la batalla.

 Nuestro Cid ganó Alcocer;      sabed que por esta maña.

Allá fue Pedro Bermúdez     que la enseña tiene en mano

muy arriba la coloca,     allí en todo lo más alto.

Habló el Cid Rodrigo Díaz, el que nació afortunado:

—Gracias al Dios de los cielos, gracias a todos los santos;

ya habrá mejor acomodo para dueños y caballos.

Oídme vos, Alvar Fáñez,      y todos los caballeros.

Sabéis que en este castillo      grandes presas hemos hecho.

Ya los moros quedan muertos,     y vivos bien pocos veo.

Y los que quedan con vida,      a quien vender no tenemos.

Si cortamos sus cabezas,      nada en ello ganaremos.

Dejémoslos en el pueblo,      pues el señorío es nuestro;

posaremos en sus casas,      y de ellos nos serviremos.

[…]

 

BATALLA DE VALENCIA VV. 1106-1280

[…]

A menos que haya batalla,      esto no se ha de acabar.

Que los avisen a todos      los que nos han de ayudar:

Los unos vayan a Jérica,     y los otros a Olocau;

 para Onda salgan algunos,      y otros a Almenara irán.

 Decid a los de Burriana      que pronto vengan acá.

Con todos comenzaremos      la que será lid campal.

Por Dios, yo confío que ellos      nuestra fuerza crecerán.

Al cabo del tercer día     todos juntos allí están.

El que en buen hora ha nacido     así les comenzó a hablar:

—Oíd, mesnadas, que a todos      salve el Creador de mal.

Después que salidos fuimos      de la limpia Cristiandad

 (y no salimos de grado,      que no se pudo hacer más)

lo nuestro, gracias a Dios,      no hizo sino aumentar.

Ahora los de Valencia      nos han venido a cercar;

 si en estas tierras nosotros      queremos aquí quedar,

con una muy firme mano      los hemos 'de escarmentar.

67 Dejad que pase la noche      y que venga la mañana.

Tened todos preparados      los caballos y las armas.

 Iremos a ver qué pasa     por donde su gente acampa.

Somos hombres desterrados,      y estamos en tierra extraña.

Bien se verá en este caso      quién se merece la paga.

68     Oíd lo que entonces dijo     Alvar Fáñez el leal:

—Campeador, lo que os plazca      harémoslo, sin dudar.

 Dadme a mi cien caballeros,      que no pido ni uno más;

vos con los otros que queden      marchad delante a luchar.

Acometed con denuedo,     hacedlo sin vacilar;

y yo con los otros ciento     por la otra parte he de entrar.

Puesta en Dios la confianza,      el campo nuestro será.

Tal como Alvar se lo ha dicho,     al Cid complace en verdad.

Cuando vino la mañana     se comenzaron a armar;

Cada uno de ellos bien sabe     cómo se ha de comportar.

 Con los primeros albores      el Cid sale a batallar:

 —¡En nombre del Creador,      y por Santiago, luchad!

¡Al combate, caballeros,      con la mejor voluntad,

que yo soy Rodrigo Díaz,      soy el Cid, el de Vivar!

¡Cuántas cuerdas  de las  tiendas      allí veríais cortar;

derríbanse las estacas,      las tiendas al suelo van!

Los moros son en gran número,      y se quieren recobrar.

Alvar Fáñez entra firme     por la otra parte a luchar.

Aunque les pesa, o huyen     o se tienen que entregar;

sólo a trote de caballo      consigue alguno escapar.

 Dos de los caudillos moros     lograron allí matar

en la caza, que persiguen     hasta Valencia alcanzar.

Grandes fueron las ganancias      que allí pudo el Cid juntar;

saquearon todo el campo,     y pronto acuerdan regresar.

Con las ganancias que llevan      en Murviedro van a entrar.

Grande es el gozo que sienten     y que va por el lugar.

Tomaron luego a Cebolla,     y cuanto delante está.

Miedo tienen en Valencia,     y no saben lo que harán.

 Las nuevas de nuestro Cid,     sabed que sonando van.

¡Sonando ya van sus nuevas,     más allá del mar traspasan!

El Cid se sentía alegre,     con él todas sus mesnadas,

que Dios ayuda le ha dado,     y ha vencido en la batalla.

Salían sus caballeros,      y por la noche atacaban.

Así llegan a Cullera,     así llegan hasta Játiva,

y más abajo, allí donde      de Denia estaban las casas.

junto al mar, tierra de moros,     duramente la quebranta.

Ganaron Benicadell,     y sus salidas y entradas.

Cuando de Benicadell     el Campeador se apodera,

bien que en Játiva lo sienten,     y también dentro en Cullera.

No es recatado dolor     el que sienten en Valencia.

Cogiendo en tierra de moros,     y las ganancias juntando,

y durmiendo por el día     y por las noches, velando,

en tomar aquellas villas     nuestro Cid pasó tres años.

Ya las gentes de Valencia     escarmentadas están;

no se atreven a salir     ni quieren irle a encontrar.

Las huertas se las talaba,     y les hacía gran mal.

En estos años el Cid     no les dejó cosechar.

Se quejan los de Valencia,     y no saben lo que harán.

De parte alguna el sustento     no les podía llegar.

El padre no ampara al hijo,     ni éste a aquél socorro da,

pues ni amigos con amigos     no se pueden consolar.

¡Un gran cuidado es, señores,     el tener falta de pan,

y los hijos y mujeres     ver que de hambre morirán!

Creciendo ven su dolor,     no se pueden remediar.

Y cuando al rey de Marruecos     ellos mandaron buscar,

con el de los Montes Claros     les dice que en guerra está:

no les puede dar socorro,     ni venirlos a ayudar.

Nuestro Cid supo estas nuevas,     cordial contento le da.

Una noche, de Murviedro,     salió de allí a cabalgar.

A nuestro Cid amanecióle     en tierras de Monreal.

Por Navarra y Aragón     este pregón mandó echar,

y por tierras de Castilla     también sus mensajes van:

«Quien quiera dejar cuidados     y enriquecer su caudal,

que se venga con el Cid,     si gusta de cabalgar.

Para darla a los cristianos     quiere a Valencia cercar.

Quien quiera venir conmigo     para cercar a Valencia

(vengan todos por su gusto,     ninguno lo haga por fuerza)

tres días lo esperaré     aquí en el canal de Celia.»

Esto dijo nuestro Cid,      [el Campeador leal.]

Fuese otra vez a Murviedro,     que ganada tiene ya.

Los pregones se dijeron,     sabed, en todo lugar.

Al sabor de la ganancia     no se quieren retrasar;

 muchas gentes se le acogen     de la buena Cristiandad.

 En riquezas va creciendo     nuestro Cid, el de Vivar.

 Cuando su hueste vio junta,     empezóse a contentar.

El Cid, don Rodrigo Díaz,     no lo quiso retrasar.

 Dirigióse hacia Valencia,     y sobre ella se va a echar;

bien la cerca nuestro Cid,     ningún ardid vale allá:

 impedíales salir     sin dejar a nadie entrar.

 ¡Sonando ya van sus nuevas     todas en todo lugar!

Más le vienen al Cid nuestro,     sabed, que no se le van.

 A Valencia da una tregua     por si la van a ayudar.

 Enteros los nueve meses,     sabed que sobre ella está,

y cuando el décimo vino     se la tuvieron que dar.

¡Sí que son grandes los gozos     que van por aquel lugar,

 cuando el Cid ganó a Valencia     y se entró por la ciudad!

Los que iban a pie, los tienen      como caballeros ya,

y el oro y la plata suyos      ¿quién los podría contar?

Con esto quedaron ricos     todos cuantos allí están,

y nuestro Cid don Rodrigo     su quinto mandó apartar:

 de riquezas en moneda,     treinta mil marcos le dan,

y de las otras riquezas      ¿quién las podría contar?

¡Qué alegre el Campeador     y los que con él están

 viendo en lo alto del alcázar     la enseña del capitán!

Descansaba nuestro Cid     y lo hacían sus mesnadas.

Al Rey que había en Sevilla     un mensaje le llegaba:

que tomada fue Valencia     sin que pudieran guardarla.

Entonces él acudió     con treinta mil hombres de armas.

Allí cerca de las huertas     tuvieron los dos batalla.

Desbaratólos el Cid,     el de la crecida barba;

 hasta allá, dentro de Játiva,     la acometida alcanzaba.

Al pasar el río Júcar     ved qué reñida batalla;

y los moros acosados     sin querer beben el agua.

El Rey aquel [de Sevilla]      con tres heridas escapa.

Desde allí se vuelve el Cid     con las riquezas ganadas;

buen golpe fue el de Valencia     al ser la ciudad tomada;

mucho más fue, y que se sepa,     provechosa esta batalla.

A cada uno del común     tocan cien marcos de plata.

 ¡Las nuevas del caballero     ya veis adonde llegaban!

Hay una gran alegría     entre todos los cristianos

que están con el Cid Ruy Díaz,     el que nació afortunado.

¡Cómo crece al Cid la barba!      ¡Cómo mira su cuidado!

Fue entonces cuando el Cid dijo,      ¡y que lo dijo bien claro!:

—Por amor del Rey Alfonso,      que de la tierra me ha echado,

no entrará en ella tijera      ni un pelo será cortado.

Y que todos hablen de esto,      los moros y los cristianos.

Nuestro Cid Rodrigo Díaz     en Valencia se está holgando;

con él Minaya Alvar Fáñez     que no se va de su lado.

Los que dejaron la tierra     van de riqueza sobrados;

a todos les dio en Valencia      [el Campeador nombrado]

bienes, casas y heredades,     de que contentos quedaron.

De su amor el Cid Ruy Díaz     buenas pruebas les va dando.

 Los que después a él vinieron     también su premio cobraron.

Pudo ver el Cid que algunos     de los que ricos quedaron,

si pudiesen, volverían     a su tierra de buen grado.

Y esto mandó nuestro Cid,     el Minaya aconsejándolo:

que si alguno de sus hombres,      [de los que bienes ganaron]

no se despidiese de él     y no besase su mano,

si lo pudiesen prender,     en donde fuese alcanzado,

que tomasen las riquezas     y lo colgasen de un árbol.

He aquí que lo dispuesto     ha quedado asegurado,

y con Minaya Alvar Fáñez      él se sigue aconsejando:

—Si os parece bien, Minaya,      quiero que sean contados

cuántos son los que aquí están      y por mí bienes ganaron;

que los pongan por escrito      y cuántos sean, sepamos.

Y el que a escondidas se fuere      o si de menos lo hallamos,

sus riquezas volverá      para estos, mis vasallos,

los que guardan a Valencia,      y sus cercas van rondando.

Allí contestó el Minaya:      —Eso está muy bien pensado.

A su corte mandó a todos      que se vengan a juntar.

Cuando allí se reunieron,     lista les hizo pasar:

tres mil seiscientos tenía      nuestro Cid, el de Vivar.

Se le alegra el corazón     y otra vez sonríe ya:

—Gracias a Dios y a su Madre,      buen Minaya, hemos de dar.

Con muy pocos nos salimos      de la casa de Vivar.

Ahora ya somos ricos,      y aún hemos de tener más.

 Si a vos os place, Minaya,      y esto no os ha de pesar,

os quiero enviar a Castilla      donde está nuestra heredad.

Al Rey Alfonso, que él es      de mí señor natural,

 de estas ganancias habidas      en nuestros hechos de acá,

 quiero darle cien caballos.      Idselos vos a llevar.

Por mí besadle la mano,      y firme se lo rogáis

para que a doña Jimena      y a mis hijas, que allá están,

si así fuese su merced,      que os las deje él sacar.

Enviaría por ellas,      sabed vos mi voluntad:

Por mi mujer y mis hijas,      niñas de tan poca edad,

de manera irán por ellas      que con gran honra vendrán

[…]

 

DEFENSA DE VALENCIA VV. 1620-1740

[…]

Ahora quiero contaros     noticias de allende el mar,

 de Yúsuf, aquel Rey moro,     el que en Marruecos está.

Furioso estaba el Rey moro     por nuestro Cid don Rodrigo:

—¡Que en tierras de mi heredad      esté tan firme metido,

y que el Cid no lo agradezca      sino al Señor Jesucristo!

Aquel Rey de Marruecos     sus fuerzas ha reunido:

 cincuenta mil hombres de armas,     valientes son y aguerridos.

Pusiéronse a navegar,     en las barcas se han subido.

Van a buscar en Valencia     a nuestro Cid don Rodrigo.

 Cuando llegaron las naves     todos fuera se han salido.

Llegaron, pues, a Valencia,     que del Cid es la conquista;

plantaron allí sus, tiendas     esas gentes descreídas.

Estas noticias al Cid     pronto le fueron venidas.

—¡Demos gracias al Señor,      nuestro Padre Espiritual!

Todo el bien que tengo yo,      todo aquí delante está.

Con ajan gané Valencia;      la tengo por heredad.

A menos que a mí me maten,      no la puedo yo dejar.

A Dios y a Santa María      gracias yo les quiero dar

que a mi mujer y a mis hijas      las pueda tener acá.

Aquí me viene mi gozo      de tierras de allende el mar.

He de vestir ya las armas,      que no lo puedo dejar.

Mis hijas y mi mujer,     ellas me verán luchar;

en tierras que son ajenas,      verán cómo hay que morar.

Harto verán con sus ojos      cómo aquí se gana el pan.

Con su mujer y sus hijas     arriba al alcázar va.

Miraban por lo más lejos;      las tiendas vieron plantar.

—¿Qué es esto, Cid, que aquí veo?      ¡Que Dios os salve de mal!

—Por esto, mujer honrada,      no tengáis ningún pesar;

Riqueza es que se nos viene,      maravillosa y sin par.

Vos vinisteis hace poco,      y un presente os quieren dar.

Hemos de casar las hijas,      y os traen así el ajuar.

—A vos esto os agradezco,      y a Dios, Padre Espiritual.

 —En esta sala, mujer,      del alcázar vos quedad.

No tengáis miedo ninguno      porque me veáis luchar,

que Dios y Santa María      aquí favor me darán.

El corazón se me crece     porque vos delante estáis.

Con Dios en este combate      la victoria he de alcanzar.

Plantadas están las tiendas,     y al despuntar el albor,

las gentes moras con prisas     tocaron el atambor.

Alégrase el Cid, y dice      —¡Qué buen día es el de hoy!

 Miedo tiene su mujer,     que le rompe el corazón;

las dueñas y las dos hijas     temen en gran confusión.

Desde el día que nacieran,     nunca oyeron tal tremor.

Cogíase de la barba     el buen Cid Campeador:

—No tengáis miedo ninguno,      todo está a nuestro favor.

No han de pasar quince días,      si esto quiere el Creador,

[que les podremos ganar}      aquel y el otro atambor.

Delante vos los pondrán,      y veréis bien cómo son.

Del obispo don Jerónimo      serán un muy rico don,

que colgará ante la Virgen,      Madre de Nuestro Señor.

Esta promesa les hizo     nuestro Cid Campeador.

 Ya están alegres las dueñas;      perdiendo van el pavor.

 Los jinetes de Marruecos      ya cabalgan con vigor;

por las huertas hasta dentro      entran sin sentir temor.

Cuando el vigía los vio,      se puso a tañer la esquila.

Prestas están las mesnadas      de las gentes de Ruy Díaz.

De corazón se preparan,     y se salen de la villa.

Donde encuentran a los moros,     acometen a porfía;

sácanlos de aquellas huertas     dándoles fiera corrida.

Más de quinientos mataron     en la lucha de aquel día.

Hasta cerca de las tiendas     los persiguen sin parar.

Mucho habían ellos hecho,     y entonces la vuelta dan;

y el buen Alvar Salvadórez     preso de ellos quedó allá.

Vueltos son a nuestro Cid     los que comían su pan.

El Cid lo vio con sus ojos,       y cuéntanselo además.

 Alegre se queda el Cid      por lo que hicieran allá:

—Oídme, mis caballeros,      esto aquí no quedará.

Hoy ha sido un día bueno;      mejor mañana será.

Antes de apuntar el día,      armados todos estad.

El obispo don Jerónimo      la absolución nos dará.

Nos ha de decir la misa,      y en seguida, a cabalgar;

a acometer los iremos;      [haced, esto, y nada más.]

El Dios Creador y su Apóstol,      ellos aquí nos valdrán;

 vale más que los venzamos,      que ellos nos tomen el pan.

Entonces dijeron todos:      —De amor y de voluntad.

Habló el Minaya Alvar Fáñez;      no quiso quedarse atrás:

—Pues si vos, Cid, queréis eso      mandadme como queráis:

ciento treinta caballeros      dadme a mí para luchar;

cuando vos deis la batalla,      por la otra parte he de entrar.

1667 - 1696 A vos o a mí, o a los dos      el Señor ayudará.

Nuestro Cid entonces dijo:      —De muy buena voluntad.

El día tuvo su fin,     y la noche ya es entrada.

No tardan en prepararse     aquellas gentes cristianas.

Cuando el rezo de oraciones,     a filo de madrugada,

 el obispo don Jerónimo     la Santa Misa cantaba,

y al acabarla allí a todos     gran absolución les daba:

—Quien de vosotros muriere      combatiendo cara a cara,

yo le absuelvo sus pecados     y Dios le acogerá el alma.

Por vos el Cid don Rodrigo,      con tan bien ceñida espada,

yo por vos canté la misa     que celebré esta mañana,

una gracia os pido, Cid,     que por vos me sea dada:

 dejad que salga el primero      a comenzar la batalla.

Le dijo el Campeador:      —Mando aquí daros la gracia.

Y por las Torres de Cuarte sálense todos armados,

Nuestro Cid a sus vasallos ¡qué bien los está aconsejando!  

Quédanse junto a las puertas hombres muy bien preparados.

Monta el Cid Campeador     en Babieca su caballo;

 con todas las guarniciones     allí lo han enjaezado.

¡A banderas desplegadas     salen de Valencia al campo!

Son cuatro mil menos treinta     y en cabeza el Cid mandando.

A los cincuenta mil moros     van a combatir ufanos.

Minaya junto a Alvar Alvarez     éntranles del otro cabo.

Quísolo el Creador,     y a los moros derrotaron.

El Cid empleó la lanza,     y a la espada metió mano;

mata a tantos de los moros,     que no pudieron contarlos.

Sangre mora reluciendo     le resbala codo abajo.

A Yúsuf, que es el rey moro,     tres veces lo ha golpeado;

de su espada se escapó     por correr en buen caballo.

Dentro en Cullera metiósele,     un castillo bien ornado.

Nuestro Cid el de Vivar     hasta allí llegó acosándolo

y con él corriendo van     algunos buenos vasallos.

Al llegar allí se vuelve     nuestro Cid, el bienhadado.

¡Qué alegre que se sentía     por la caza que han logrado!

 Allí supo lo que vale     Babieca, un tan buen caballo.

En su mano esta ganancia     toda ella se ha quedado.

De los cincuenta mil moros,      allí sus cuentas echaron

 que no más de ciento cuatro     con vida escapar lograron.

Los mesnaderos del Cid     en el campo a saco entraron;

entre el oro y plata juntos  encontraron tres mil marcos,

y de las otras ganancias  no podían ni contarlo,

Alegre estaba allí el Cid, como todos sus vasallos,

que Dios les hizo favor,  y vencieron en el campo.

Cuando al Rey de Marruecos     de este modo derrotaron,

dejó que el Minaya Fáñez      contase allí lo ganado,

y el Cid y cien caballeros     por Valencia se han entrado.

Cofia fruncida en la cara,     pues el yelmo se ha quitado,

así entró sobre Babieca,     y con la espada en la mano.

Recibíanlo las dueñas      que lo estaban esperando.

El Cid se detuvo ante ellas;      la rienda cogió al caballo:

—Ante vos me inclino, dueñas;      gran renombre habéis ganado.

Mientras guardabais Valencia,      he vencido yo en el campo.

Esto así Dios se lo quiso,      y con Él todos los Santos,

que por vos haber venido      tal ganancia nos ha dado.

Mirad la espada sangrienta,      y sudoroso el caballo.

Esta es la manera como      se vence al moro en el campo.

[…]