Lecturas Volver a índice de lecturas
Libro de la Orden de caballería, Ramón Llull.siglo XIII
Libro de la Orden de caballería, Ramón Llull, Barcelona, Enciclopèdia Catalana-Alianza editorial, 1986.

 

La orden de caballería y el oficio que es propio del caballero.

(…)

2.         Oficio de caballero es mantener y defender la santa fe católica, por la cual Dios Padre envió a su Hijo a tomar carne en la gloriosa Virgen, Nuestra Señora Santa María, y para honrar y multiplicar la fe sufrió en este mundo muchos trabajos y muchas afrentas y penosa muerte. De donde, así como Nuestro Señor Dios ha elegido a los clérigos para mantener la santa fe con escrituras y probaciones necesarias, predicando aquélla a los infieles con tanta caridad que desean morir por ella, así el Dios de la gloria ha elegido a los caballeros para que por fuerza de armas venzan y sometan a los infieles, que cada día se afanan en la destrucción de la santa Iglesia. Por eso Dios honra en este mundo y en el otro a tales caballeros, que son mantenedores y defensores del oficio de Dios y de la fe por la cual nos hemos de salvar.

(…)

4.         Muchos son los oficios que Dios ha dado en este mundo para ser servido por los hombres. Pero los más nobles, los más honrados, los más cercanos dos oficios que hay en este mundo, son oficio de clérigo y oficio de caballero; y por eso la mayor amistad que hubiera en este mundo debería darse entre clérigo y caballero. De donde, así como el clérigo no sigue la orden de clerecía cuando es contrario a la orden de caballería, así el caballero no mantiene la orden de caballería cuando es contrario y desobediente a los clérigos, que están obligados a amar y a mantener la orden de caballería.

(…)

6.         Tan noble cosa es el oficio de caballero que cada caballero debería ser señor y regidor de alguna tierra; pero no hay tierras suficientes para los caballeros, que son muchos. Y para significar que un solo Dios es señor de todas las cosas, el emperador debe ser caballero y señor de todos los caballeros; mas como el emperador no podría por sí mismo regir a todos los caballeros, conviene que tenga debajo de sí reyes que sean caballeros, para que lo ayuden a mantener la orden de caballería. Y los reyes deben tener bajo sí condes, condores  ( Grado inmediatamente inferior a condes en la jerarquía feudal catalana. En el original, «comdors». (N. del T.))

)\ valvasores y los demás grados de caballería; y bajo estos grados deben estar los caballeros de un escudo, los cuales sean gobernados y sometidos a los grados de caballería arriba citados.

(…)

8.    Oficio de caballero es mantener y defender a su señor terrenal, pues ni rey, ni príncipe, ni ningún alto barón podría sin ayuda mantener la justicia entre sus gentes. De donde, si el pueblo o algún hombre se opone al mandamiento del rey o del príncipe, conviene que los caballeros ayuden a su señor, que por sí sólo es un hombre como los demás. De modo que el caballero malvado que ayuda antes al pueblo que a su señor, o que quiere ser señor y quiere desposeer a su señor, no cumple con el oficio por el cual es llamado caballero.

9. Por los caballeros debe ser mantenida la justicia, pues así como los jueces tienen oficio de juzgar, así los caballeros tienen oficio de mantener la justicia. Y si el caballero y las letras pudiesen convenir entre sí tanto que el caballero poseyese la suficiente ciencia como para ser juez, juez debería ser el caballero; pues aquel por quien la justicia puede ser mejor mantenida es más conveniente para ser juez que otro hombre, con lo que el caballero es conveniente para ser juez.

10.       El caballero debe cabalgar, justar, correr lanzas, ir armado, tomar parte en torneos, hacer tablas redondas, esgrimir, cazar ciervos, osos, jabalíes, leones, y las demás cosas semejantes a éstas que son oficio de caballero; pues por todas estas cosas se acostumbran los caballeros a los hechos de armas y a mantener la orden de caballería. Por ello, menospreciar la costumbre y el uso de aquello por lo que el caballero aprende a usar bien de su oficio, es menospreciar la orden de caballería.

11.       De donde, así como todos estos usos arriba citados son propios del caballero en cuanto al cuerpo, así justicia, sabiduría, caridad, lealtad, verdad, humildad, fortaleza, esperanza, experiencia y demás virtudes semejantes a éstas son propias del caballero en cuanto al alma. Y por eso el caballero que usa de las cosas que son propias de la orden de caballería en cuanto al cuerpo, y no usa en cuanto al alma de aquellas virtudes que son propias de la caballería, no es amigo de la orden de caballería, pues si lo fuese se seguiría que el cuerpo y la caballería juntos serían contrarios al alma y a sus virtudes, y eso no es verdadero.

12.       Oficio de caballero es mantener la tierra, pues por el miedo que tienen las gentes a los caballeros dudan en destruir las tierras, y por temor de los caballeros dudan los reyes y los príncipes en ir los unos contra los otros. Pero el malvado caballero que no ayuda a su señor terrenal, natural, contra otro príncipe es caballero sin oficio, y es igual que fe sin obras y que descreimiento, que es contra fe. De donde, si tal caballero cumpliese obrando así con la orden y el oficio de caballería, la caballería y su orden serían contrarias al caballero que combate hasta la muerte por la justicia y por mantener y defender a su señor.

(…)

15.       ¡Ah, qué gran fuerza de corazón reside en caballero que vence y somete a muchos malvados caballeros! El cual caballero es aquel príncipe o alto barón que ama tanto la orden de caballería que, pese a que muchos malvados que pasan por caballeros le aconsejan a diario que cometa maldades, traiciones y engaños para destruir en sí misma la caballería, el bienaventurado príncipe, con sola la nobleza de su corazón, y con la ayuda que le presta la caballería y su orden, destruye y vence a todos los enemigos de la caballería.

16.       Si la caballería residiera más en la fuerza corporal que en la fuerza del corazón, se seguiría que la orden de caballería concordaría mejor con el cuerpo que con el alma; y si así fuese, el cuerpo tendría mayor nobleza que el alma. De donde, puesto que la nobleza de corazón no puede ser vencida ni sometida por un hombre ni por todos los hombres que existen, y un cuerpo puede ser vencido y apresado por otro, el caballero malvado que teme más por la fuerza de su cuerpo, cuando huye de la batalla y desampara a su señor, que por la maldad y flaqueza de su corazón, no cumple con el oficio de caballero ni es servidor ni obediente a la honrada orden de caballería, que tuvo su principio en la nobleza de corazón.

17.       Si la menor nobleza de corazón conviniera mejor con la orden de caballería que la mayor, flaqueza y cobardía concordarían con caballería contra el valor y la fuerza de corazón; y si esto fuese así, flaqueza y cobardía serían oficio de caballero, y valor y fuerza desordenarían la orden de caballería. De donde, como esto no sea así, si tú, caballero, quieres y amas mucho la caballería, debes esforzarte para que, cuanto más te falten compañeros y armas y provisión, tengas mayor coraje y esperanza contra aquellos que son contrarios a la caballería. Y si tú mueres por mantener la caballería, entonces tú aprecias la caballería en lo que más la puedes amar, servir y considerar; pues la caballería en ningún lugar reside tan agradablemente como en la nobleza de corazón. Y ningún hombre puede amar ni honrar ni poseer mejor la caballería que aquel que muere por el honor y la orden de caballería.

18.    Caballería y valor no se avienen sin sabiduría y cordura; pues si lo hiciesen, locura e ignorancia convendrían con la orden de caballería. Y si esto fuese así, sabiduría y cordura, que son contrarias a locura e ignorancia, serían contrarias a la orden de caballería, y eso es imposible; por cuya imposibilidad se te significa a ti, caballero que tienes grande amor a la orden de caballería, que así como la caballería, por la nobleza de corazón, te hace tener valor y te hace menospreciar los peligros para que puedas honrar la caballería, así conviene que la orden de caballería te haga amar la sabiduría y cordura con que puedas honrar la orden de caballería contra el desorden y la decadencia que hay en aquellos que piensan cumplir con el honor de la caballería por la locura y la mengua de entendimiento.

19. Oficio de caballero es mantener viudas, huérfanos, hombres desvalidos; pues así como es costumbre y razón que los mayores ayuden y defiendan a los menores, así es costumbre de la orden de caballería que, por ser grande y honrada y poderoso, acuda en socorro y en ayuda de aquellos que le son inferiores en honra y en fuerza. De donde, si forzar viudas que necesitan ayuda y desheredar huérfanos que necesitan tutor, y robar y destruir a hombres mezquinos y desvalidos a quienes se debe prestar socorro, concuerda con la orden de caballería, maldad, engaño, crueldad y traición convienen con orden y con nobleza y honra. Y si esto es así, entonces el caballero y su orden son contrarios al principio de la orden de caballería.

(…)

22.    Oficio de caballero es tener castillo y caballo para guardar los caminos y defender a los labradores. Oficio de caballero es tener villas y ciudades para mantener la justicia entre las gentes, y para congregar y juntar en un lugar a carpinteros, herreros, zapateros, pañeros, mercaderes y los demás oficios que corresponden al ordenamiento de este mundo y que son necesarios para conservar el cuerpo en sus necesidades. De donde, si los caballeros, para mantener su oficio, están tan bien alojados que son señores de castillos y de villas y de ciudades; si destruir villas, castillos y ciudades, quemar y talar árboles y plantas, y matar el ganado y robar los caminos es oficio y orden de caballero, construir y edificar castillos, fortalezas, villas y ciudades, defender a los labradores, tener atalayas para la seguridad de los caminos y otras cosas semejantes a éstas, serían desordenamiento de caballería; y si esto fuese así, la razón por la que fue constituida la caballería sería una misma cosa con su desorden y su contrario.

23.       Traidores, ladrones, salteadores deben ser perseguidos por los caballeros; pues así como el hacha se ha hecho para destruir los árboles, así el caballero tiene su oficio para destruir a los hombres malos. De donde, si el caballero es salteador, ladrón, traidor, y los salteadores, traidores, ladrones deben ser muertos y apresados por los caballeros; si el caballero que es ladrón o traidor o salteador quiere cumplir con su oficio y cumple en otro con su oficio, mátese y préndase a sí mismo; y si en sí mismo no quiere cumplir con su oficio y cumple en otro con su oficio, conviene con la orden de caballería mejor en otro que en sí mismo. Y como no es lícito que ningún hombre se mate a sí mismo, por eso el caballero que sea ladrón, traidor y salteador debe ser destruido y muerto por otro caballero. Y el caballero que tolere o mantenga a caballero traidor, salteador, ladrón, no cumple con su oficio; pues si cumpliera con su oficio, obraría contra su oficio si matase o destruyese a los hombres ladrones y traidores, que no son caballeros.

(…)

25.       El caballero ladrón comete mayor latrocinio contra el alto honor de la caballería cuando priva a ésta de sí mismo y de su nombre, que cuando roba dineros y otras cosas; pues quitar honra es dar vileza y mala fama a aquello que es digno de ser loado y honrado. Y como el honor y la honra valen más que dineros, oro y plata, por eso es mayor falta envilecer la caballería que robar dineros y otras cosas que no son la caballería. Y si esto no fuera así, se seguiría, o que dineros y las cosas que se roban son mejores que el hombre, o que es mayor latrocinio robar un dinero que robar muchos.

(…)

31.       Tener reluciente el arnés y bien cuidado el caballo es oficio de caballero, y si jugarse el arnés, las armas y el caballo no es oficio de caballero, entonces lo que es y lo que no es es oficio de caballero. De donde, si esto es así, entonces oficio de caballero es y no es; de donde, como ser y no ser son contrarios, y destruir el arnés no es caballería, entonces, caballería sin armas, ¿qué cosa es y por qué razón el caballero es llamado así?

32.       Mandamiento es de ley que el hombre no sea perjuro; de donde, si el jurar en falso no va contra la orden de caballería, Dios, que hizo el mandamiento, y caballería son contrarios; y si lo son, ¿dónde está la honra de la caballería y qué cosa es su oficio? Y si Dios y caballería convienen entre sí, conviene que jurar en falso no se dé en aquellos que mantienen la caballería. Y si hacer voto y prometer a Dios y jurar en verdad no se da en el caballero, ¿dónde está la caballería?

33.    Si justicia y lujuria convienen entre sí, caballería, que conviene con justicia, convendría con lujuria; y si caballería y lujuria convienen entre sí, castidad, que es lo contrario de lujuria, iría contra la honra de la caballería; y si esto es así, sería verdad que los caballeros quisieran honrar la caballería para mantener la lujuria. Y si justicia y lujuria son contrarios, y la caballería existe para mantener la justicia, entonces caballero lujurioso y caballería son contrarios; y si lo son, en la caballería debería ser evitado más de lo que lo es el vicio de la lujuria; y si fuese castigado el vicio de la lujuria según debería, de ninguna orden serían expulsados tantos hombres como de la orden de caballería.

(…)

36.       Muchas son las maneras por las que el caballero puede y debe cumplir con el oficio de la caballería; pero, puesto que hemos de tratar de otras cosas, las exponemos lo más abreviadamente que podemos, y mayormente porque a petición de un cortés escudero, leal y verdadero, que ha observado durante mucho tiempo la regla de caballero, hemos hecho este libro abreviadamente, pues en breve debe ser armado nuevo caballero.

SUBIR
Del significado que tienen las armas del caballero  

 

1.        Todo lo que viste el sacerdote para cantar la misa tiene algún significado que conviene con su oficio. Y como oficio de clérigo y oficio de caballero convienen entre sí, por eso la orden de caballería requiere que todo lo que necesita el caballero para cumplir con su oficio tenga algún significado que signifique la nobleza de la orden de caballería.

2.         Al caballero se le da espada, que está hecha a semejanza de cruz, para significar que así como Nuestro Señor Jesucristo venció en la cruz a la muerte en la que habíamos caído por el pecado de nuestro padre Adán, así el caballero debe vencer y destruir a los enemigos de la cruz con la espada. Y como la espada tiene doble filo, y la caballería está para mantener la justicia, y la justicia es dar a cada uno su derecho, por eso la espada del caballero significa que el caballero debe mantener con la espada la caballería y la justicia.

3.         La lanza se le da al caballero para significar la verdad, pues verdad es cosa recta y no se tuerce, y verdad va delante de falsedad. Y el hierro de la lanza significa la fuerza que tiene la verdad sobre la falsedad, y el pendón significa que la verdad se muestra a todos y no tiene miedo de la falsedad ni del engaño. Y la verdad es el apoyo de la esperanza, y así con las demás cosas relativas a la verdad que significa la lanza del caballero.

4.         El yelmo se le da al caballero para significar la vergüenza, pues caballero sin vergüenza no puede ser obediente a la orden de caballería. De donde, así como vergüenza hace que el hombre sea vergonzoso y dirija sus ojos al suelo, así yelmo defiende al hombre de las cosas altas, y mira al suelo, y es punto medio entre las cosas bajas y las cosas altas.

Y así como el yelmo defiende la cabeza, que es el más alto y principal miembro que hay en el hombre, así la vergüenza defiende al caballero (que es, luego del oficio de clérigo, el más alto oficio que hay) para que no se incline a viles acciones y la nobleza de su corazón no se rebaje a maldad ni a engaño ni a ninguna mala costumbre.

5.         Loriga significa castillo y muralla contra vicios y faltas, pues así como castillo y muralla están cerrados alrededor para que nadie pueda entrar en ellos, así loriga está por todas partes cerrada y ajustada para que signifique el noble corazón del caballero, en el que no puede entrar traición, ni orgullo, ni deslealtad, ni ningún otro vicio.

6.         Calzas de hierro se le dan al caballero para que tenga seguros sus pies y sus piernas, para significar que el caballero debe mantener seguros los caminos con el hierro, esto es, con espada y con lanza, con maza y con las demás armas.

7.         Espuelas se le dan al caballero para significar la diligencia, la experiencia y el celo con que pueda tener honrada su orden. Pues así como con las espuelas pica el caballero a su caballo para que se dé prisa y corra lo más velozmente que pueda, así la diligencia acelera las cosas que deben ser, y la experiencia previene al hombre de sorpresas, y el celo hace procurar el arnés y la provisión necesarios al honor de la caballería.

8.         La gola se le da al caballero para significar obediencia, pues caballero que no es obediente a su señor ni a la orden de caballería deshonra a su señor y se sale de la orden de caballería. De donde, así como la gola rodea el cuello del caballero para que esté defendido de heridas y de golpes, así la obediencia hace estar al caballero dentro de los mandamientos de su señor o superior, y dentro de la orden de caballería, para que ni traición, ni orgullo, ni injusticia, ni ningún otro vicio corrompan el juramento que el caballero ha hecho a su señor y a la caballería.

9.         Maza se le da al caballero para significar fuerza de corazón, pues así como la maza sirve contra todas las armas y golpea y hiere por todas partes, así la fuerza de corazón defiende al caballero de todo vicio y fortifica las virtudes y las buenas costumbres por las cuales mantiene el caballero el honor de la caballería.

10.       Misericordia (puñal que llevaban los caballeros para dar el golpe de gracia al enemigo)  se le da al caballero para que, si le faltan las demás armas, recurra a la misericordia, pues si está tan cerca de su enemigo que no lo puede herir con lanza, ni con espada, ni con maza, lo golpea con la misericordia. Por ello, esta arma, misericordia, significa que el caballero no debe confiar en sus armas ni en su fuerza, sino que debe acercarse tanto a Dios por la esperanza que con la esperanza en Dios combata a sus enemigos y a aquellos que son contrarios a la caballería.

11.       Escudo se le da al caballero para significar oficio de caballero, pues así como el escudo lo pone el caballero entre sí y su enemigo, así el caballero está en medio entre el rey y su pueblo. Y así como el golpe hiere antes el escudo que el cuerpo del caballero, así el caballero debe situar su cuerpo delante de su señor, si algún hombre quiere prender o herir a su señor.

12.       La silla en que cabalga el caballero significa seguridad de corazón y carga de caballería, pues así como por la silla está seguro el caballero sobre su caballo, así la seguridad de corazón hace estar de frente al caballero en la batalla, por cuya seguridad la ventura se hace amiga de la caballería. Y por seguridad son despreciadas muchas cobardes jactancias y muchas vanas apariencias, y son frenados muchos hombres que no se atreven a pasar adelante en el lugar en que un corazón noble hace que esté seguro el cuerpo del caballero; y es tan grande la carga de la caballería que por cosas ligeras no se deben mover los caballeros.

13.       El caballo se le da al caballero en significación de la nobleza de corazón, y para que a caballo esté más alto que cualquier otro hombre, y sea visto de lejos, y tenga más  cosas debajo de sí, y antes que nadie cumpla con todo lo que conviene al honor de la caballería.

14.       Al caballo se le da el freno, y a las manos del caballero se les dan riendas, para significar al caballero que,  por el freno, refrene su boca de hablar palabras feas y falsas, y refrene sus manos que no dé tanto que tenga que pedir ni sea tan atrevido que de su atrevimiento expulse la cordura. Y por las riendas entienda que él debe dejarse  llevar a cualquier parte donde la orden de caballería lo quiera emplear o enviar.

Y, cuando sea menester, alargue sus manos y gaste, y dé según conviene a su honor, y sea valiente, y no vacile ante sus enemigos; y cuando titubee al herir, abandone la flaqueza de corazón. Y si el caballero hace lo contrario de esto, su caballo, que es bestia que carece de razón, sigue mejor la regla y el oficio de caballería que el caballero.

15.       Testera se le da al caballo para significar que ningún caballero debe usar las armas sin razón, pues así como la cabeza del caballo va primero y delante del caballero, así el caballero debe llevar delante la razón en todo lo que hace, pues obra que se hace sin razón tiene en sí tanta vileza que no debe hacerse delante de un caballero. De donde, así como la testera guarda  y defiende la cabeza del caballo, así la razón guarda y defiende al caballero de vituperio y de vergüenza.

16.       Guarniciones de caballo defienden al caballo, y por las guarniciones se significa que el caballero debe guardar y custodiar sus bienes y sus riquezas, para que puedan bastarle para el oficio de caballería. Pues así como el caballo no podría ser defendido de golpes ni de heridas sin guarniciones, así el caballero sin estos bienes temporales no podría mantener el honor de la caballería ni podría estar defendido de malos pensamientos, pues la pobreza hace que el hombre piense en engaños y traiciones.

17.       El perpunte significa para el caballero los grandes trabajos que debe sufrir para honrar la orden de caballería. Pues así como el perpunte está encima del resto de la armadura, y está al sol y a la lluvia y al viento, y recibe los golpes antes que la loriga, y por todas partes es combatido y herido, así el caballero es elegido para mayores trabajos que otro hombre. Pues todos los hombres que están bajo su nobleza y bajo su guarda han de recurrir al caballero, y el caballero debe defenderlos a todos; y antes debe el caballero ser herido y llagado y muerto que los hombres que le están encomendados. De donde, siendo esto así, grande es entonces la carga de la caballería, y por eso los príncipes y los altos barones están expuestos a grandes trabajos para regir y defender sus tierras y su pueblo.

18.       Blasón en escudo y en silla y en perpunte se le da al caballero para ser alabado por las proezas que realiza y por los golpes que da en la batalla. Y si es cobarde, débil o desobediente, se le da el blasón para que sea vituperado y reprendido. Y pues el blasón se le da al caballero para que se conozca si es amigo o enemigo de la caballería, por eso cada caballero debe honrar su blasón para guardarse del vituperio que expulsa al caballero de la orden de caballería.

19.       El estandarte se le da al rey y al príncipe y al señor de caballeros para significar que los caballeros deben mantener el honor del señor y de sus estados; pues en el honor del reino o del principado, y en el honor de su señor, son honrados y alabados por las gentes; y en el deshonor de la tierra en que están, y del señor de quien son, los caballeros son más vituperados que otros hombres. Pues así como por el honor deben ser más alabados, porque el honor está más en ellos que en otros hombres, así en el deshonor deben ser más vituperados que otros hombres, porque por su flaqueza o traición son más desposeídos reyes y príncipes y altos barones, y se pierden más reinos y condados y otras tierras, que por la flaqueza y traición de cualesquiera otros hombres que no sean caballeros.

SUBIR
Las Siete partidas, Alfonso X. Siglo XIII
Texto procede de:

http://www.dominiopublico.gov.br/pesquisa/DetalheObraForm.do?select_action=&co_obra=5106

 

TÍTULO 21: De los caballeros y de las cosas que les conviene hacer

Defensores son uno de los tres estados por los que Dios quiso que se mantuviese el mundo; pues bien así como los que ruegan a Dios por el pueblo son dichos oradores, y otrosí los que labran la tierra y hacen en ella aquellas cosas por las que los hombres han de vivir y de mantenerse se llaman labradores, y otrosí los que han de defender a todos son dichos defensores. Por ello los hombres que tal obra han de hacer tuvieron por bien los antiguos que fuesen muy escogidos; y esto fue porque en defender yacen tres cosas: esfuerzo, honra y poderío.

 

Ley 1: Caballería fue llamada antiguamente la compañía de los nobles hombres que fueron puestos para defender las tierras; y por eso le pusieron nombre en latín militia, que quiere tanto decir como compañías de hombres duros y fuertes y escogidos para sufrir males, trabajando y penando en pro de todos comunalmente. Y por ello hubo este nombre de cuento de mil, pues antiguamente de mil hombres escogían uno para hacerle caballero, mas en España llaman caballería no por razón que andan cabalgando en caballos, mas porque bien así como los que andan a caballo van más honradamente que en otra bestia, otrosí los que son escogidos para caballeros son más honrados que todos los otros defensores.

[…]

Ley 2: Mil es el más honrado cuento que puede ser, también así como diez es el más honrado cuento de los que comienzan en uno. Y por esta razón escogían antiguamente de mil hombres uno para hacerle caballero y escogiéndolos, miraban que fuesen hombres que tuviesen en sí tres cosas: la primera, que fuesen hechos a herir para que supiesen mejor y más pronto matar y vencer a sus enemigos, y no se cansasen ligeramente haciéndolo; la tercera, que fuesen crueles para no tener piedad de robar lo de los enemigos, ni de herir, ni de matar, ni otrosí que no se desmayasen pronto por golpe que ellos recibiesen, ni que diesen a otros. Y por estas razones antiguamente para hacer caballeros escogían de entre los venadores de monte, que son hombres que sufren gran fatiga, y carpinteros, herreros y pedreros, porque usan mucho herir y son fuertes de manos, y otrosí de los carniceros por razón que usan matar las cosas vivas y esparcir la sangre de ellas: y

aun consideraban otra cosa escogiéndolos: que fuesen bien conformados de miembros para ser recios, fuertes y ligeros, más porque después vieron muchas veces que estos tales, no teniendo vergüenza, olvidaban todas estas cosas sobredichas, y en lugar de vencer a sus enemigos, vencíanse ellos, tuvieron por bien los sabedores de estas cosas que buscasen hombres para esto que hubiesen naturalmente en sí vergüenza. Y sobre esto dijo un sabio que tenía por nombre Vejecio, que habló de la orden de caballería, que la vergüenza veda al caballero que no huya de la batalla, y por esto ella le hace ser vencedor. Y mucho tuvieron que era mejor el hombre flaco y sufridor que el fuerte y ligero para huir. Y por esto sobre todas las otras cosas miraron que fuesen hombres de buen linaje, porque se guardesen de hacer cosa por la que pudiesen caer en

vergüenza, y porque estos fueron escogidos de buenos lugares y algo por eso los llamaron hijosdalgo, que muestra tanto como hijos de bien. Y en algunos otros lugares los llamaron gentiles, y tomaron este nombre de gentileza, que muestra tanto como nobleza de bondad, porque los gentiles fueron hombres nobles y buenos, y vivieron más ordenadamente que otra gente. Y por eso los hijosdalgo deben ser escogidos, que vengan de derecho linaje de padre y de abuelo hasta en el cuarto grado, a los que llaman bisabuelos. Y esto tuvieron por bien los antiguos, porque de aquel tiempo en adelante no se pueden acordar los hombres, pero cuanto de allí en adelante más de lejos vienen de buen linaje, tanto más crecen en su honra y en su hidalguía.

[…]

Ley 4: Bondades son llamadas las buenas costumbres que los hombres tienen naturalmente en sí, a las que llaman en latín virtudes; y entre todas son cuatro las mayores; así como cordura y fortaleza y mesura y justicia. Y comoquiera que todo hombre que tenga voluntad de ser bueno debe esforzarse por tenerlas, tanto los oradores que dijimos, como los otros que han de gobernar las tierras por sus labores y por sus trabajos, con todo esto no hay ninguno a quien convenga más que a los defensores, porque ellos han de defender la iglesia y los reyes y a todos los otros, y la cordura les hará que lo sepan hacer a su provecho y sin su daño; y la fortaleza, que estén firmes en lo que hicieren y que no sean cambiadizos, y la mesura, que obren en las cosas como deben y no pasen a más, y la justicia, que la hagan derechamente. Y comoquiera que estas sean en muchas maneras, sin embargo todas tornan en dos: las unas, para defender el cuerpo que son dichas

armaduras; y las otras, armas, que son para herir. Tuvieron por bien los antiguos hacer una en que se mostrasen todas estas cosas por semejanza, y esta fue la espada, pues bien así como las armas que el hombre viste para defenderse muestran cordura, que es virtud que le guarda de todos los males que le podrían venir por su culpa, otrosí muestra eso mismo el mango de la espada que el hombre tiene encerrado en su puño, pues cuanto así la tuviere, en su poder es de alzarla o de bajarla, o de herir con ella o de dejarla. Y otrosí como en las armas que el defensor sitúa ante sí para defenderse muestran fortaleza, que es virtud que hace al hombre estar firme a los peligros que le vienen, así en la manzana es toda la fortaleza de la espada, pues en ella se sufre el mango, y el arriaz y el hierro, pues bien, así como las armaduras que viste y las armas con que hiere, y son así como la virtud de la mesura entre las cosas que se hacen de más o de menos de lo que deben, bien a esa semejanza es puesto el arriaz entre el mango y el hierro de ella; y bien otrosí como las armas que el hombre tiene en las manos enderezadas para herir con ellas allí donde conviene, muestran justicia que tiene en sí derecho e igualdad, otrosí lo muestra el hierro de la espada, que

es derecho y agudo y taja igualmente de ambas partes.

 

Ley 10: Caballos y armaduras y armas son cosas que conviene mucho a los caballeros tenerlas buenas, cada una según su naturaleza, y pues que con estas han de hacer los hechos de armas que es su menester, conviene que sean tales que con ellas se puedan bien ayudar. Y entre todas aquellas cosas de que ellos han de ser sabedores, esta es la más señalada: conocer el caballo, pues por ser el caballo grande y hermoso, si fuese de malas costumbres y no fuese sabedor el caballero para conocer esto, le vendrían por ello dos males: el uno, que perdería cuanto por él diese, y el otro, que podría por él caer en peligro de muerte o de ocasión, y esto mismo le ocurriría si no fuesen las armaduras buenas y bien hechas y con razón. Y por ello, según los antiguos mostraron, para ser los caballos buenos, deben tener en sí tres cosas; la primera, ser de hermoso color; la segunda, de buenos corazones; la tercera, tener miembros convenientes que respondan a estas dos; y aun sobre todo esto, quien bien los quisiere conocer ha de mirar que vengan de buen linaje, y este es el animal del mundo que más responde a su naturaleza.

[…]

Ley 13: Limpieza hace parecer bien las cosas a los que las ven, bien así como la apostura las hace estar apuestamente cada una por su razón. Y por eso tuvieron por bien los antiguos que los caballeros fuesen hechos limpiamente; pues bien así como la limpieza deben tener dentro de sí mismos en sus bondades y en sus costumbres en la manera que hemos dicho, otrosí la deben tener por fuera en sus vestiduras y en las armas que tuvieren, pues aunque su menester es fuerte y crudo Y por eso mandaron los antiguos que el escudero fuese de noble linaje, un día antes que reciba caballería, que deba tener vigilia; y ese día que la tuviere, desde el medio día en adelante, hanle los escuderos de bañar y de lavar la cabeza con sus manos, y echarle en el más apuesto lecho que pudieren haber, y allí lo han de vestir y calzar los caballeros de los mejores paños que tuvieren, y desde que esta limpieza le han hecho al cuerpo, hanle de hacer otra en cuanto al alma, llevándole a la iglesia, en que ha de conocer que ha de recibir trabajo velando y pidiendo merced a Dios que le perdone sus pecados, y que le guíe para que haga lo mejor en aquella orden que quiere recibir, en manera que pueda defender su ley y hacer las otras cosas según le conviene; que Él sea guarda y defensa a los peligros y a los estorbos y a lo que le sería contrario a esto, y debe pensar en que, comoquiera que Dios poderoso sobre todas las cosas y puede mostrar su poder en ellas cuándo y cómo quisiere, que señaladamente lo es en hecho de armas; y en su mano está la vida y la muerte para darla y quitarla y hacer que el flaco sea fuerte y el fuerte, flaco. Y en cuanto esta oración hiciere, ha de estar los hinojos hincados y todo lo otro en pie mientras sufrir lo pudiere, y la vigilia de los caballeros noveles no fue establecida para juegos ni para otras cosas, sino para rogar a Dios ellos y los otros que fueren, que los guíe y los dirija como a hombres que entran en

carrera de muerte.

Ley 14: Espada es arma que muestra aquellas cuatro significaciones que ya hemos dicho; y porque el que ha de ser caballero debe tener en sí por derecho aquellas cuatro virtudes, establecieron los antiguos que recibiesen con ella orden de caballería, y no con otra arma, y esto ha de ser hecho en tal manera que, pasada la vigilia, luego que fuere de día, debe primeramente oír su misa y rogar a Dios que le guíe sus hechos para su servicio, y después ha de venir el que le ha de hacer caballero, y preguntarle si quiere recibir orden de caballería, y si dijere que sí, hale de preguntar si la mantendría así como se debe mantener, y después que se lo otorgare, débele calzar las espuelas, o mandar a algún caballero que se las calce; y eso ha de ser según cuál hombre fuere o el lugar que tuviere. Y hácenlo de esta manera por mostrar que así como al caballo ponen las espuelas de diestro y de siniestro, para hacerle correr derecho, que así debe él hacer sus hechos enderezadamente, de manera que no tuerza a ninguna parte. Y también hale de ceñir la espada sobre el brial que vistiere, así que la cinta no sea muy floja, mas que se llegue al cuerpo; y esto es por significación de que las cuatro virtudes que dijimos, debe siempre haberlas coronadas así. Por esto, antiguamente establecieron que a los nobles hombres hiciesen caballeros, siendo armados de todas sus armaduras, bien así como cuando tuviesen que lidiar, mas las cabezas no tuvieron por bien que las tuviesen cubiertas. Y desde que la espada le hubiere ceñido, débela sacar de la vaina y ponérsela en la mano diestra, y hacerle jurar estas tres cosas: la primera, que no recele morir por su ley si menester fuere, la segunda, por su señor natural; la tercera, por su tierra: y cuando esto hubiere jurado, débele dar un pescozada porque estas cosas sobredichas las recuerde, diciéndole que Dios le guíe a su servicio y le deje cumplir lo que allí prometió, y después de esto, hale de besar en señal de fe y de paz y de hermandad, que debe ser guardada entre los caballeros. Eso mismo han de hacer todos los otros caballeros que estuviesen en aquel lugar.

[…]

Ley 18: Paños de colores señalados establecieron los antiguos que trajesen vestidos los caballeros noveles mientras que fuesen mancebos; así como bermejos o jaldes o verdes o cárdenos, porque los diesen alegría; mas prietos o pardos o de otra color feo que les hiciese entristecer no tuvieron por bien que los vistiesen. Y esto hicieron porque las vestiduras fuesen más apuestas, y ellos anduvieren alegres, y les creciesen los corazones para ser más esforzados. Y comoquiera que las vestiduras fuesen de tajos de muchas maneras, el manto acostumbraban a traer todos de esta manera, que lo hacían grande y largo que les cubría hasta los pies, y sobraba tanto paño de la una parte y de la otra, y sobre el hombre diestro porque podrían allí hacer un nudo y el manto fue hecho de esta manera por mostrar que los caballeros deben estar cubiertos de humildad para obedecer a sus mayores; y el nudo le hicieron porque es como manera de atamiento de religión que les muestra que sean obedientes no tan solamente a sus señores, más aun a sus caudillos, y que por esta razón sobredicha tenían el manto tanto cuando comían o bebían, como cuando estaban sentados o andaban o cabalgaban. Y todas las otras vestiduras traían limpias y muy apuestas, cada uno según el uso de sus lugares. Eso mismo establecieron tanto de las armaduras como de las armas que trajesen, que fuesen hermosas y muy apuestas.

 

Ley 19: Comer y beber y dormir son cosas naturales sin las cuales los hombres no pueden vivir, por ello, de estas deben usar en tres maneras: la una, con tiempo; la otra, con mesura; la otra; apuestamente. Y por ello los caballeros estaban muy acostumbrados antiguamente a hacer esto, pues bien así como en tiempo de paz comían a sazón señalada, de manera que pudiesen comer dos veces al día, y de manjares buenos y bien adobados, y con cosas que les supiesen bien, otrosí cuando habiendo de guerrear comían una vez a la mañana y poco, y el mayor comer haciendo en la tarde, y esto era porque no tuviesen hambre ni gran sed, y porque, si fuesen heridos, curarían más pronto; en aquella sazón dábanles de comer viandas gruesas porque comiesen de ellas poco y les abundase mucho, y les hiciese las carnes recias y duras. Otrosí les daban de beber vino flaco y muy aguado, de manera que no les estorbase el entendimiento ni el seso, y cuando hacía las grandes calenturas, dábanles un poco de vinagre con mucha agua porque les quitase la sed y no dejase ascender la calentura en ellos por la que hubiesen de enfermar, y bebíanlo otrosí entre día cuando tenían grandes ganas de beber por que les acrecentase la vida y la salud y no se la quitase comiendo o bebiendo de más. Y aun sin todo esto hallaban allí otro gran provecho, que menguaban en la costa cotidiana porque pudiesen mejor cumplir en los hechos grandes, que es cosa que conviene mucho a los que han de guerrear. Otrosí los acostumbraban que no fuesen dormidores porque perjudica mucho a los que los grandes hechos han de hacer y señaladamente a los caballeros cuando estarían en guerra, y por eso así como les consentían en tiempo de paz que trajesen ropas muelles y blandas para su yacer, así no querían que en la guerra yaciesen sino con poca ropa y dura, y en sus pespuntes y hacíanlo porque durmiesen menos y se acostumbrasen a sufrir laceria, y tenían que ningún vicio que tener pudiesen no era tan bueno como ser vencedores.

Ley 20: Apuestamente tuvieron por bien los antiguos que hiciesen los caballeros estas cosas que hemos dicho en la ley antes de esta; y por ello ordenaron que así como en tiempo de guerra aprendían hecho de armas por vista y por prueba, que otrosí en tiempo de paz lo aprendiesen de oídas y por entendimiento, y por eso acostumbraban los caballeros, cuando comían, que les leyesen las historias de los grandes hechos de armas que los otros hicieran, y los sesos y los esfuerzos que tuvieron para saber vencer y acabar lo que querían. Y allí donde no había tales escrituras, hacíanselo retraer a los caballeros buenos y ancianos que se acertaron en ello, y sin todo esto aún hacían más, que los juglares no dijesen ante ellos otros cantares sino de gesta, o que hablasen de hecho de armas. Y eso mismo hacían que cuando no pudiesen dormir, cada uno

en su posada, se hacía leer y retraer estas cosas sobredichas y esto era por oyéndolas les crecían

los corazones y esforzábanse haciendo bien, queriendo llegar a los que otros hicieran o pasaran

por ellos.

Erec y Enid, Chrétien de Troyes. Siglo XII.

Texto procede de la edición Erec y Enid, Chrétien de Troyes, Madrid, Siruela, 1987. vv.1-930 y vv. 4269-4586

 

Caza del Ciervo Blanco y encuentro con el enano felón

 

El día de Pascua, en primavera, el rey Artús había reunido la corte en Caradigán, su castillo; nunca se vio tan rica corte, pues tenía muchos y buenos caballeros, atrevidos, valerosos y fieros, y también ricas damas y doncellas, hijas de reyes, hermosas y gentiles; antes que la corte se separara, el rey dijo a sus caballeros que quería cazar el Ciervo Blanco a fin de restablecer la costumbre. A mi señor Galvan no le satisfizo demasiado cuando oyó esta proposición:

-Señor -dijo-, de esta cacería no obtendréis ni satisfacción ni gracia. Todos sabemos, desde hace mucho tiempo, qué costumbre es la del Ciervo Blanco: a aquel que pueda matar al Ciervo Blanco le corresponde, por derecho, besar a la doncella más hermosa de vuestra corte, pese a quien pese. Muy grandes males nos pueden venir, pues ahora hay quinientas doncellas de alta estirpe, hijas de reyes, gentiles y discretas; no hay ninguna que no tenga, por amigo, a un valiente y valeroso caballero, dispuesto a probar que, con razón o sin ella, la que le agrada es la más hermosa y gentil. El rey responde:

-Bien lo sé; pero no dejaré de hacerlo por ello, pues palabra que el rey dice no debe ser discutida. Mañana temprano iremos todos con gran placer a cazar el Ciervo Blanco al Bosque de la Aventura: esta cacería será maravillosa.

De tal modo es preparada la caza para el día siguiente, para cuando amanezca. Al día siguiente, tan pronto como amanece, el rey se levanta y se prepara, y se viste con una corta túnica para ir al bosque. Hace que despierten a los caballeros y que se dispongan los caballos; éstos llevan arcos y flechas y van a cazar al bosque. Después, monta la reina; juntó a ella, una jovencita que era doncella, hija de rey, y cabalgaba un buen palafrén. Tras ellas iba espoleando un caballero, que se llamaba Erec; pertenecía a la Tabla Redonda, y en la corte tenía gran fama; mientras él estuvo allí no hubo caballero tan loado, y fue tan hermoso que en ninguna otra tierra se podía buscar otro más bello que él. Era muy hermoso, valiente y gentil y aún no tenía veinticinco años; nunca ningún hombre de su edad tuvo tan nobles cualidades; ¿y para qué hablar de su bondad? Iba montado sobre un destrero y llevaba abrochada una capa de armiño; viene galopando durante todo el camino; debajo llevaba una cota de noble tela de seda decorada con arabescos, hecha en Constantinopla; llevaba calzas de seda, muy bien hechas y cortadas; iba bien sujeto en los estribos y calzaba espuelas de oro; no llevaba consigo arma alguna, a excepción de su espada. Tanto espolea que alcanza a la reina en un recodo del camino:

-Señora -dijo-, iría con vos, si os place, en esta marcha; no vengo aquí por otro asunto sino para haceros compañía.

La reina se lo agradece:

-Buen amigo, me gusta mucho vuestra compañía, sabedlo de veras, pues no podría encontrar otra mejor.

Entonces cabalgan con gran satisfacción y llegan directamente al bosque. Los que habían ido delante ya habían levantado al ciervo; unos tocan el cuerno, otros gritan; los perros alborotan detrás del ciervo, corren y muchas veces ladran y le persiguen; los arqueros tiran continuamente. Delante de todos ellos caza el rey, sobre un corcel español de caza. La reina Ginebra estaba en el bosque y oía a los perros; a su lado, Erec y la doncella, que era muy cortés y hermosa; pero se habían alejado tanto los que habían levantado el ciervo que no se oía nada, ni cuernos, ni cazadores ni perros. Para prestar atención y escuchar si oían hablar a algún hombre, o el grito del perro por alguna parte, los tres fueron hacia un claro del bosque y se detuvieron frente a un camino. Pero muy poco tiempo llevaban allí cuando vieron a un caballero armado que venía montado en un destrero, el escudo al cuello, empuñando la lanza. La reina lo vio a lo lejos: a su lado, a la derecha, cabalgaba una doncella de buena apariencia; delante, sobre un gran rocín, venía un enano por el camino y llevaba en la mano un látigo con un nudo en la punta. La reina Ginebra quiso saber quién era al ver al caballero, bello y erguido. Mandó a su doncella que fuera rápidamente a hablarles:

-Doncella -dijo la reina-, id y decidle a aquel caballero que venga y traiga a su doncella consigo.

La doncella va apresuradamente, sin rodeos, hacia el caballero. El enano sale al encuentro con el látigo en la mano:

-Doncella, ¡paraos! -dijo el enano que estaba lleno de felonía-, ¿qué buscáis por aquí?; aquí delante nada tenéis que hacer.

-Enano -respondió ella-, déjame ir: quiero hablar con ese caballero, pues me ha enviado la reina.

El enano le cerraba el camino, pues era muy felón y de bajo origen.

-No tenéis nada que hacer -dijo él-, volveos. No tenéis ningún derecho a hablar a tan buen caballero.

La doncella, que se ha puesto delante y quiere pasar aunque sea a la fuerza, siente un gran desprecio por el enano, al que ve tan pequeño. Entonces el enano alza el látigo al ver que se acerca, e intenta golpearle en la cara, pero ella se ha puesto delante el brazo; aquél lo vuelve a intentar y la ha alcanzado al descubierto en la mano desnuda: le da tal golpe sobre el revés de la mano que le hace un verdugón. La doncella, ya que no puede hacer nada mejor, a su pesar, tiene que volverse; regresa llorando, de los ojos le descienden las lágrimas por la cara. La reina no sabe qué hacer cuando ve a su doncella herida, y lo siente mucho y se aflige:

-¡Ay! Erec, buen amigo -dice la reina-, mucho me duele que mi doncella haya sido golpeada por ese enano; muy villano es el caballero que ha permitido que tal aborto golpeara a tan bella criatura. Erec, buen amigo, id y decidle al caballero que venga, que no se resista más: quiero conocerlo, a él y a su amiga.

Erec espolea hacia allí, pica al caballo con las espuelas, y va directamente hacia el caballero. El enano perverso lo ve venir y le sale al encuentro:

-Vasallo -dijo el enano-, retroceded, no sé qué tenéis que hacer aquí, os aconsejo que os retiréis.

-¡Huye! -dijo Erec- enano enojoso, eres demasiado felón y mezquino; déjame pasar.

-Vos no pasaréis.

-Sí lo haré.

-No lo haréis.

Erec derriba al enano; el enano fue tan traidor como pudo: con el látigo le dio un fuerte golpe en el cuello. El cuello y la cara se le enrojecieron por el golpe del látigo; de arriba a bajo aparecen las marcas que le han hecho las correas. Sabía con certeza que no podía aspirar a herir al enano, pues vio que el caballero estaba armado, y era muy felón e insensato; teme que muy pronto lo mataría si delante de él golpeaba al enano. La locura no es cualidad noble; por esto, Erec actuó con mucha sensatez, y se volvió sin hacer nada.

-Señora -dijo-, ahora es peor; el enano traidor también me ha golpeado hiriéndome en la cara; no he osado golpearlo ni tocarlo, pero nada se me debe reprochar, pues yo estaba completamente desarmado: y he temido al caballero armado, que es villano y capaz de cualquier ultraje; no me lo he tomado a juego: pronto me hubiese matado por su orgullo. Ahora os prometo que, si puedo, vengaré mi vergüenza o la acrecentaré; pero mis armas están demasiado lejos, y no las tendré para esta ocasión, pues hoy por la mañana las dejé en Caradigán, cuando me puse en marcha. Si las fuera a buscar, quizás no podría volver a encontrar al caballero para tal aventura, pues se aleja deprisa: me conviene seguirlo inmediatamente, esté donde esté, de cerca o de lejos, hasta que pueda encontrar armas ya sea alquiladas o prestadas. Si hallo a alguien que me preste las armas, al instante el caballero me encontrará dispuesto para la batalla y habéis de saber sin duda alguna que ambos combatiremos hasta que él me venza o yo a él. Y, si puedo, en tres días, regresaré; entonces me volveréis a ver en vuestra casa, contento o dolido, no sé cómo. Señora, no puedo esperar más: es necesario que siga al caballero; me voy, a Dios os encomiendo.

Y la reina asimismo lo encomienda a Dios más de quinientas veces para que lo proteja del mal.

Erec se separa de ella y persigue al caballero; la reina se queda en el bosque, donde el rey ha cazado el ciervo, pues llegó antes que nadie; lo han matado y lo han cogido, y todos se ponen en camino de vuelta, llevándose el ciervo, así se marchan y vuelven a Caradigán. Después de cenar, cuando los nobles estaban entretenidos en la corte, el rey, tal como era normal, ya que había cazado el ciervo, dijo que iría a dar el beso para restituir la costumbre del ciervo. Por la corte se oye un gran murmullo: todos juran y prometen que esto no será hecho sin enfrentamientos de espada o lanza de fresno. Cada uno quiere demostrar, mediante hechos de armas, que su amiga es la más bella de la sala; muy malas han sido las palabras del rey. Cuando mi señor Galván se enteró, sabed que no le gustó nada; y se puso a hablar con el rey:

-Señor -dijo-, muy agitados están vuestros caballeros. Todos hablan del beso y todos dicen que no se solucionará si no es con enfrentamientos o con batalla.

Y el rey responde con buen sentido:

-Buen sobrino Galván, aconsejadme, salvad mi honor y mi rectitud, pues estoy preocupado por el enfrentamiento.

Al consejo acude gran parte de los mejores nobles de la corte: ha ido el rey Idier, primero de los llamados; luego el rey Cadiolán, que era muy prudente y valeroso; Keu y Girflete han venido y el rey Amalguín también estuvo, y con ellos estaban reunidos bastantes otros nobles. Tan animada está la conversación que acude la reina; les cuenta su aventura, de cómo encontró en el bosque al caballero que estaba armado y al enano felón y pequeño que con su látigo golpeó en la mano desnuda a la doncella, y también les cuenta cómo hirió el enano de forma vergonzosa a Erec, y cómo éste siguió al caballero para acrecentar o vengar su deshonra, y que debía regresar al tercer día, si podía.

-Señor -dijo la reina al rey-, esperad un poco por mí. Si estos nobles aprueban mi propuesta, aplazad este beso hasta el tercer día, en que Erec haya vuelto.

No hay nadie que se oponga y el mismo rey lo otorga.

 

 

El valvasor cortés

 

Erec va siguiendo por todo el camino al caballero que estaba armado y al enano que le golpeó, hasta que llegan a un castillo bien emplazado, fuerte y hermoso; entraron directamente por medio de la puerta. En el castillo había gran alegría de caballeros y doncellas, de las que algunas eran muy hermosas. Unos paseaban por las calles con gavilanes mudados y halcones, y otros llevaban halcones machos y azores mudados y castaños; otros, por su parte, juegan a los dados o al azar, unos a las tablas y otros al ajedrez. Los muchachos limpian y cepillan los caballos delante de los establos. Las damas se adornan en sus habitaciones. En cuanto ven venir al caballero que conocen, al enano y a la doncella que van con él, salen a su encuentro de tres en tres. Todos le abrazan y saludan; pero por Erec ni se mueven, ya que no lo conocen. Erec sigue todos los pasos del caballero, hasta que vio que se había hospedado; Erec se alegra mucho entonces. Avanza un poco más y ve sobre unos escalones a un valvasor algo viejo, pero de pobre corte; era un hombre bello, canoso y blanco, de buena presencia, gentil y noble; estaba sentado allí completamente solo y parecía que estaba meditabundo. Erec pensó que era hombre noble y que pronto le daría albergue; por la puerta entra en el patio. El valvasor corre hacia él; antes que Erec le haya dicho palabra, el valvasor le saluda:

-Buen señor -dijo-, sed bienvenido y dignaos aceptar mi hospitalidad, ved el alojamiento aquí preparado.

Erec responde:

-Os lo agradezco, pero no he venido por ello. Sin embargo esta noche tengo necesidad de albergue.

Erec desmonta del caballo, el mismo señor se lo sujeta y se lo lleva por las riendas detrás de sí. Muestra a su huésped gran alegría. El valvasor llama a su mujer y a su hija, que era muy bella, y que estaban trabajando en un taller, pero no sé qué trabajo hacían. Salen fuera la dama y su hija, vestida con una camisa de faldones anchos, fina, blanca y plisada; debajo llevaba una saya, no tenía más ropa, y la saya estaba tan vieja que por los lados estaba rota: encima, la ropa era pobre, pero debajo había un bonito cuerpo. La doncella era muy gentil, pues la Naturaleza, que la hizo, puso en ella todo su entendimiento; la misma Naturaleza se maravilló más de quinientas veces por haber podido hacer una criatura tan bella de una sola vez; pero luego no pudo evitar afligirse por no poder volver a hacer, de ningún modo, otra semejante. Por esto la Naturaleza atestigua que nunca fue vista tan bella criatura en todo el mundo. En verdad os digo que Iseo la rubia no tuvo el cabello tan rubio ni reluciente, de modo que no hubo nunca nadie semejante a ésta. Tenía el rostro y la frente más claros y blancos que la flor de lis; respecto a su color, maravillosamente, su cara estaba iluminada de un fresco color rojo que le había concedido la Naturaleza. Sus ojos irradiaban tan gran claridad que parecían dos estrellas. Dios no sabría hacer mejor la nariz, la boca, ni los ojos. ¿Y para qué hablar de su belleza? En verdad que ésta fue hecha para ser contemplada, para que uno pudiera mirarse en ella como en un espejo.

Salió del obrador, y cuando vio al caballero, que jamás había visto a otro semejante, retrocedió un poco, y como no le conocía tuvo vergüenza y se sonrojo. Erec, a su vez, se asombró al ver su gran belleza. Y el valvasor le dijo:

-Bella y dulce hija, tomad el caballo y llevadlo al establo junto a los míos, cuidad que no le falte nada: quitadle el freno y la silla, y dadle avena y heno; acomodadlo y limpiadlo para que esté como es debido.

La doncella toma el caballo, le suelta el petral y le quita el freno y la silla. El caballo tiene ahora muy buen albergue; ella se ocupa muy bien y con mucho cuidado del caballo:le pone un cabestro, le pasa la almohaza, lo cepilla y lo limpia, lo lleva al pesebre y le echa heno y avena, bastante fresca y reciente. Luego vuelve junto a su padre y éste le dice:

-Mi querida hija, coged por la mano a este señor y honrarle.

La doncella no tardó en hacerlo, lo lleva de la mano a su lado, pues de ningún modo era villana; lo lleva de la mano hacia arriba. La dama había ido delante a preparar la casa; extendió cojines bordados y tapices por encima de los lechos donde se sentaron los tres: Erec tenía a un lado a la doncella y al otro al señor. El fuego ardía muy brillante delante de ellos. El valvasor no tenía criados excepto uno que le servía, ni camareras ni doncellas. El criado preparó en la cocina carne y aves para cenar. No lardó en prepararlo y lo dispuso rápidamente, y coció y asó la carne. Cuando tuvo la comida preparada tal como se le había encomendado, les ofrece agua en dos recipientes; la mesa, el mantel [el pan y el vino] y las bandejas fueron aparejados y puestos enseguida, y ellos se sentaron a comer, y todo cuanto necesitaron, lo tuvieron a voluntad. Una vez hubieron cenado a su gusto y la mesa fue quitada, Erec preguntó a su huésped, que era el señor de la casa:

-Decidme, buen huésped, ¿por qué está vestida vuestra hija con ropa tan pobre y vil siendo como es bella y educada?

-Buen amigo -respondió el valvasor-, la pobreza perjudica a la mayoría y también lo hace conmigo. Mucho me pesa verla tan pobremente ataviada, pero no tengo con qué vestirla: he estado tanto tiempo en guerra que he perdido todas mis tierras, las he empeñado o vendido. Y sin embargo podría ir bien vestida, si yo permitiese que ella aceptara lo que le ofrecen; el señor de este castillo la habría vestido hermosa y adecuadamente y también le habría dado todos sus bienes, pues ella es su sobrina y él es el conde; no hay en todo este país ningún noble [por rico o poderoso que sea], por mucho mérito que tenga, que no la hubiera tomado por esposa si yo hubiera consentido de buen grado. Pero espero aún mejor ocasión para que Dios le dé mayor honor, de forma que la aventura le traiga un rey o un conde que se la lleve. ¿Acaso hay bajo el cielo rey o conde que se avergüence de mi hija, que es tan maravillosamente bella que no se puede encontrar su semejante? Es muy hermosa, pero su discreción vale mucho más que su belleza. Nunca hizo Dios criatura tan inteligente ni de corazón tan noble. Cuando estoy cerca de mi hija, el mundo entero no me importa nada; es mi deleite, mi entretenimiento, mi solaz, mi consuelo, es mi riqueza y mi tesoro y a nada amo tanto como a su persona.

 

Conquista del gavilán

 

Cuando Erec hubo escuchado todo cuanto su huésped le contó, le pide que le diga quiénes eran todos aquellos caballeros que habían llegado al castillo, en el que no había calle, por pobre que fuera, ni hostal por ruin o pequeño que fuese, que no estuvieran llenos de caballeros, damas y escuderos. Y el valvasor le dijo:

-Buen amigo, éstos son los nobles de este país y de sus alrededores: todos, jóvenes y viejos, han venido a una fiesta que tendrá lugar mañana en este castillo: por eso los alojamientos están llenos. Mucho ruido habrá mañana cuando se reúnan, pues ante toda la gente, sobre una percha de plata estará colocado un gavilán de cinco o seis mudas, el mejor que se conozca. Aquel que quiera conseguir el gavilán, necesitará tener amiga hermosa y discreta, sin villanía; si hay caballero tan osado que quiera obtener la recompensa hará que su amiga coja el gavilán de la percha, si ningún otro se atreve a disputárselo. Por esta costumbre vienen aquí ahora y cada año.

Luego Erec le dice y le ruega:

-Buen huésped, no os enojéis en absoluto, pero decidme, si lo sabéis, ¿quién es un caballero armado con armas de azur y oro, que acaba de pasar por aquí delante, al lado de una elegante doncella que iba a su lado y precedidos por un enano jorobado?

Entonces el huésped respondió:

-Éste es el que conseguirá el gavilán sin que se lo dispute caballero alguno; no recibirá golpe ni herida: ni pienso que nadie se atreva; ya hace dos años que lo consigue y nunca le ha sido reclamado; si vuelve a obtenerlo, lo tendrá para siempre: nada impedirá que lo obtenga sin batalla ni pleito.

Erec responde de esta manera:

-Este caballero no me gusta nada. Sabed que si tuviese armas le disputaría el gavilán. Buen huésped, por vuestra nobleza, como servicio y recompensa, os ruego que me aconsejéis cómo conseguir armas, viejas o nuevas, feas o bellas, no me importa. Éste le responde sinceramente:

-En mala hora os preocupáis: tengo armas buenas y bellas y de buen grado os las prestaré. Aquí dentro está la loriga de anillos, que fue escogida entre quinientas, y las calzas hermosas, [claras], y caras, buenas, frescas y ligeras; el yelmo se conserva bien y bello, el escudo está en buen estado y nuevo. El caballo, la espada y la lanza, todo os lo he de prestar, no lo dudéis, que no hay nada más que hablar.

-Os lo agradezco, dulce y amable señor, pero no quiero mejor espada que la que he traído, ni ningún otro caballo que el mío, del que bien me he de servir. Si vos me queréis prestar lo que me falta, me parece que será gran bondad por vuestra parte; pero aún os quiero pedir un don, del que os recompensaré si Dios me otorga que consiga el honor de la batalla. Y éste le responde francamente:

-Pedid, con seguridad, a vuestro placer, pedid lo que sea: nada que yo tenga os ha de faltar.

Entonces dice Erec que quiere obtener el gavilán mediante su hija, pues en verdad no habrá doncella que sea ni una centésima parte de lo hermosa que ella es; y si la lleva consigo ciertamente estará en su derecho de mostrar y probar que ella debe quedarse con el gavilán. Luego añadió:

-Señor, vos no sabéis qué huésped habéis albergado, de qué costumbre ni de qué gente. Soy hijo de un rico y poderoso rey: mi padre se llama el rey Lac, y a mí los bretones me llaman Erec; pertenezco a la corte del rey Artús, y he estado en ella durante tres años. No sé si a este lugar llegó alguna vez la fama de mi padre o la mía, pero yo os prometo y otorgo, que si vos me proporcionáis las armas y me entregáis a vuestra hija para conseguir el gavilán mañana, la llevaré a mi tierra, si Dios me da la victoria. Allá haré que la coronen y será reina de diez ciudades.

-Ah, buen señor, ¿de verdad, sois Erec hijo de Lac?

-Ése es mi nombre -dijo Erec decididamente.

El huésped se alegró mucho y dijo:

-Bien hemos oído hablar de vos en este país. Ahora os aprecio y os estimo mucho más, pues sois muy valeroso y atrevido; de mí no os podréis quejar, pongo mi hija a vuestra disposición.

Entonces la cogió de la mano:

-Tened, os la concedo.

Erec la recibió gozoso; ya tiene lo que le faltaba. Gran alegría hicieron allí dentro. El padre estaba muy contento, la madre llora de alegría y la muchacha está completamente callada. Pero está muy alegre y contenta de que haya sido otorgada a aquél, que era noble y cortés, y no dudaba de que él sería rey y ella misma sería honrada como rica reina con corona. Aquella noche velaron hasta muy tarde; fueron dispuestas las camas con sábanas blancas y mullidos colchones. Cuando escasearon las palabras todos se van a acostar. Erec durmió poco aquella noche. Al día siguiente, tan pronto como quebró el alba, rápidamente y temprano se levanta y su huésped con él; ambos van a la iglesia a orar e hicieron cantar la misa del Espíritu Santo a un ermitaño; no olvidan la ofrenda. Después de oír misa, ambos se inclinan ante el altar y vuelven a la casa. Erec desea intensamente la batalla: pide las armas y se las entregan; la misma doncella lo arma; no hizo ni magia ni sortilegio, le enlaza las calzas de hierro y las sujeta con correas de piel de ciervo; le pone la loriga de buenas mallas y también le enlaza la ventana, le pone el yelmo bruñido y lo arma completamente de pies a cabeza. Le ciñe la espada al costado y luego pide que le traigan el caballo, se lo llevan y él salta encima, desde el suelo. La muchacha lleva el escudo y la lanza que era fuerte; le entrega el escudo, y él lo coge, y se lo cuelga por el tiracol al cuello; le lleva la lanza cogida con la mano, éste la toma por la contera. Luego le dice al gentil valvasor:

-Buen señor, si os place, haced preparad a vuestra hija, pues la quiero llevar en busca del gavilán, tal como me habéis prometido.

Ahora el valvasor hace ensillar un palafrén bayo, no se demora. Del arnés no es necesario hablar, pues no lo permite la gran pobreza del valvasor. Fueron colocados la silla y el freno; la doncella monta desnuda y desabrochada, por su propia cuenta, pues en nada se hizo rogar. Erec no quiere esperar más: ya va hacía allí, consigo, a su lado, lleva a la hija del huésped; después les siguen los dos, el señor y la dama.

Erec cabalga con la lanza recta, y a su lado la doncella de buena presencia. Por las calles todos los miran, los grandes y los pequeños. Todo el pueblo se admira; se dicen y preguntan:

-¿Quién es? ¿Quién es este caballero? Muy valiente y fiero debe ser, pues lleva tan hermosa doncella; bien empleará su esfuerzo, bien debe reclamar, con razón, que ésta es la más bella.

Todos se dicen:

-En verdad, ésta debe conseguir el gavilán.

Unos alaban a la doncella y también hubo muchos que decían:

-Dios ¿quién puede ser este caballero que guía a la hermosa doncella?

-No sé, no sé -se contestan-, pero le sienta muy bien ese yelmo bruñido, la loriga, el escudo y la cortante espada; va muy apuesto sobre el caballo, bien parece un vasallo valiente; está muy bien formado y bien proporcionado de brazos, piernas y pies.

Todos desean mirarlos y ellos, caballero y doncella, no se entretienen hasta que llegan al gavilán. Allí se quedaron a un lado esperando al otro caballero. He aquí que le vieron venir con el enano y la doncella a su lado. Ya había oído la noticia de que había venido un caballero, que quería conseguir el gavilán; pero no pensaba que en el mundo hubiese caballero tan valiente que osase combatir contra él; bien pensaba derribarle y vencerle. Todo el mundo le conocía, todos le saludan y acompañan; tras él hubo gran tumulto de gente; caballeros, criados y damas corren detrás y las doncellas a los lados. El caballero va delante de todos, a su lado la doncella y el enano; muy orgullosamente cabalga hacia el gavilán con rapidez, pero alrededor había tan gran muchedumbre de gente ruda y villana que no podía acercarse a un tiro de ballesta.

El conde ha llegado a la plaza, va hacia los villanos y les amenaza; lleva una vara en la mano: los villanos se echan hacia atrás. El caballero avanza y dice tranquilamente a su doncella:

-Doncella mía, esta ave tan bella y que ya ha mudado, con justicia, ha de ser vuestra, pues sois muy hermosa y gentil, y así será mientras yo viva. Avanzad, mi dulce amiga, a coger el gavilán de la percha.

La doncella se dispone a tender la mano cuando Erec corre a impedírselo, pues no aprecia nada su pretensión:

-Doncella -dijo-, ¡marchaos!, iros por otra ave pues no tenéis derecho a ésta, sin que haya de haber enojo; este gavilán ya no será vuestro, pues alguien mejor, mucho más bella y más cortés que vos os lo reclama,

Al otro caballero le pesa, pero a Erec no le importa mucho. Hace avanzar a la doncella:

-Bella -dijo-, avanzad, tomad el ave de la percha pues es justo que la tengáis. Doncella, avanzad. Me enorgullezco mucho de hacer justicia; que nadie ose avanzar, pues nadie se os puede comparar, ni en bondad ni en valor, ni en franqueza ni en honor, porque sois como el sol frente a la luna. El otro no puede aguantar más, cuando oyó que se ofrecía para la batalla con tal fuerza:

-¿Cómo?-exclamó- vasallo, ¿quién eres tú que me disputas el gavilán?

Erec valientemente le dice:

-Soy un caballero de otra tierra. He venido a buscar este gavilán y es justo, aunque le siente mal a quien sea, que esta doncella lo obtenga.

-¡Huye! -dijo el otro- esto no será así; la locura te ha traído aquí. Si quieres tener el gavilán lo habrás de comprar muy caro.

-¿Comprar, vasallo, y por qué?

-Tendrás que combatir conmigo si no me lo cedes.

-Ahora habéis hablado con locura -dijo Erec-, a mí

parecer; esto son vanas amenazas, pues muy poco os temo.

-Así te desafío, sapo, pues esto no puede quedar sin batalla.

Erec responde:

-Que Dios me valga ahora, pues no quise tanto ninguna otra cosa.

De ahora en adelante oiréis los golpes. La plaza estaba vacía y era grande, la gente huyó por todas partes, éstos se alejan más de un arpende, espolean para enfrentar los caballos, se buscan con las puntas de las lanzas, se golpean con tan gran fuerza que los escudos se despedazan y se rompen, y las lanzas se astillan y quiebran; destrozan el arzón por detrás, y no les queda otro remedio que soltar los estribos; ambos ruedan al suelo, los caballos huyen por el campo. Rápidamente se levantan, una vez puestos en pie ya no tuvieron ninguna necesidad de las lanzas, sacan las espadas de las vainas. Intercambian grandes tajos y se dan grandes golpes; golpean los yelmos y resuenan. Terribles son los cintarazos de las espadas, continuamente intercambian grandes tajos que de ningún modo yerran; rompen todo aquello que tienen a su alcance, trizan escudos, falsan las lorigas; el hierro enrojece por la sangre bermeja. La pelea dura bastante tiempo; tanto se golpean sin descanso que se fatigan y se desaniman mucho. Las dos doncellas lloraban: cada uno ve llorar a la suya, extender las manos a Dios y orar para que le dé el honor de la batalla a aquel que por ella se bate.

-Vasallo -dice el caballero-, retrocedamos un poco y tomemos un poco de tiempo de reposo, pues damos golpes demasiado débiles; nos conviene atacar con mejores golpes, pues ya empieza a atardecer. Es gran vergüenza y gran ultraje que esta batalla dure tanto; y nosotros debernos esforzarnos de nuevo con las espadas de acero, por nuestras amigas.

Erec responde:

-Bien habéis hablado.

Entonces reposan un poco. Erec mira hacia su amiga que ruega por él muy dulcemente: al verla le crece la fuerza; por su amor y por su belleza recobra muy gran fiereza; se acuerda de la reina, de lo que le había dicho (Mi el bosque: que vengaría su vergüenza o la acrecentaría.

-¡Ay!, malvado -exclamó Erec-, ¿a qué espero? Aún no he vengado la afrenta que este vasallo permitió cuando su onano me hirió en el bosque.

Se le renueva la cólera, con ira llama al caballero:

-Vasallo -dijo-, otra vez os reclamo a la batalla: demasiado tiempo hemos reposado; comencemos de nuevo nuestro combate.

Éste le responde:

-Esto no me resulta grave.

Se enfrentan de nuevo. Ambos se enzarzaron en combate: (…)

 

SUBIR

vv. 4269-4586

 

Aventura de los dos gigantes felones

 

Han entrado en un bosque. No dejaron de cabalgar hasta la hora de prima. Caminaron tanto por el bosque que de lejos oyeron gritar a una doncella que necesitaba auxilio. Erec ha oído el grito. Cuando lo oyó, comprendió que la voz era de dolor y que tenía necesidad de socorro. En seguida llama a Enid.

-Señora -dijo-, una doncella va gritando por este bosque. Creo que necesita ayuda y socorro. Voy a dirigirme hacia allí a la carrera y sabré qué necesita. Desmontad y yo iré allí; mientras tanto, esperadme aquí.

-Señor -contestó ella-, de buen grado.

La deja sola y se va hasta que encontró a la doncella que iba gritando por el bosque porque dos gigantes habían apresado a su amigo y se lo llevaban tratándolo con villanía. La doncella iba arrastrándose y desgarrándose toda la ropa y su tierna cara roja. Erec la ve, se maravilla y le ruega que le diga por qué llora y grita. La doncella llora y suspira y le responde entre sollozos:

-Señor, no es extraño que haga duelo, pues si pudiera, estaría muerta. Ni amo ni aprecio mi vida, pues a mi amigo lo han apresado dos gigantes felones y crueles que son sus enemigos mortales. ¡Dios! ¿qué puedo hacer, desgraciada, desdichada, por el mejor caballero que existe, el más noble y más gentil?

 Ahora está Erec en gran peligro. Con gran injusticia le harán morir de una muerte muy villana.

-Noble caballero, por Dios te ruego que socorras a mi amigo si lo puedes socorrer. No tendrás que correr muy lejos, pues todavía están muy cerca de aquí.

-Doncella, iré tras ellos -dijo Erec-, ya que me lo rogáis, y tened completa seguridad de que haré todo lo que esté en mi poder: o seré apresado con él, u os lo devolveré en libertad. Si los gigantes le dejan vivir hasta que yo los pueda encontrar, bien pienso medirme con ellos.

-Noble caballero -dijo la doncella-, seré para siempre vuestra sierva, si me devolvéis a mi amigo. A Dios seáis encomendado. Apresuraos, os lo ruego.

-¿Hacia qué parte se dirigen?

-Señor, hacia allí, hacia el camino y el cercado.

Entonces Erec se lanza al galope y le dice que le espere allí. La doncella le encomienda a Dios y ruega a Dios muy dulcemente que le dé fuerzas con su poder para vencer a los que odian a su amigo.

Erec sigue sus huellas, persigue espoleando a los gigantes. Tanto los persigue, que los ve antes de que hayan salido del bosque. Ve al caballero que iba a cuerpo, descalzo y desnudo sobre un rocín, con las manos y los pies atados como si fuera un ladrón. Los gigantes no tenían lanzas, ni escudos, ni afiladas espadas, ni picas; sólo llevaban mazas, envueltas ambas con correas. Le habían golpeado y herido tanto, que le habían desgarrado la carne de la espalda hasta los huesos; por los costados y los lados le corría la sangre hacia abajo, de tal modo que el rocín estaba lleno de sangre hasta debajo del vientre. Y Erec llegó detrás, completamente solo, muy dolido y angustiado por el caballero tratado con tal despecho. Los espera entre dos bosques, en una landa, y les pregunta:

-Señores, ¿por qué crimen ultrajáis así a este hombre, al que lleváis como a un ladrón? Lo tratáis con mucha crueldad, lo lleváis como si hubiera sido cogido robando. Gran deshonor es despojar de sus ropas a un caballero y luego atarlo y golpearlo con tanta villanía. Entregádmelo, os lo pido por franqueza y por cortesía, no os lo pido por la fuerza.

-Vasallo -dijeron ellos-, ¿qué os importa? Os habréis vuelto loco, pues nadie os ha pedido nada. Si os pesa, socorredle.

Erec responde:

-En verdad me pesa. No os lo llevaréis hoy sin pelea. Concededle la libertad por mí y que lo tenga quien pueda. Avanzad, os desafío. No me lo llevaré de aquí antes de que haya habido golpes.

-Vasallo -dijeron ellos-, estáis loco al querer combatir con nosotros. Aunque fueseis como cuatro, no tendríais más fuerza contra nosotros que la de un cordero entre dos lobos.

-No sé qué ocurrirá -responde Erec. Si el cielo cae y la tierra se hunde, se cogerán muchas alondras. Poco vale quien mucho se alaba. Poneos en guardia, pues os lo requiero.

Los gigantes eran fuertes y fieros, y mantuvieron en sus manos apretadas las mazas grandes y cuadradas. Erec se dirige hacia ellos con la lanza sobre el fieltro del arzón. No teme ni a uno ni a otro a pesar de las amenazas y del orgullo. Hiere al primero en el ojo y le atraviesa el cerebro, de tal forma que la sangre y el cerebro le saltan por el otro lado de la nuca. Y éste cae muerto, le falla el corazón. Cuando el otro lo vio muerto, no dudó un momento. Le va a vengar con rabia. Levantó la maza con ambas manos y piensa herirle con un golpe recto en medio de la cabeza sin que se cubra, Pero Erec vio el golpe y lo recibió sobre su escudo. No obstante, el gigante le dio tal golpe que lo aturdió y por poco no le hizo caer al suelo bajo el caballo destrero. Erec se cubre con el escudo y el gigante vuelve a golpear y piensa hacerlo de nuevo en medio de la cabeza, sin que éste pueda cubrirse. Pero Erec ha desenvainado la espada, le ataca de tal modo que el gigante quedó malparado. Le golpea en medio del cogote y lo hiende hasta el arzón. Las entrañas se esparcen por el suelo y el cuerpo cayó cuan largo era y se partió en dos mitades.

El caballero llora de alegría y llama y reza a Dios que le ha enviado socorro. Mientras tanto, Erec lo desata, hace que se vista y se arregle, y que monte sobre uno de los caballos. Le hace llevar el otro a la diestra. Le pregunta cómo se encuentra. Y éste le dice:

-Noble caballero, eres por justicia mi señor. Quiero hacer de ti mi señor y lo debo hacer porque me has salvado la vida. El alma habría salido de mi cuerpo con grandes tormentos y martirios. ¿Qué aventura, buen dulce señor, te ha enviado hasta mí por Dios, que me has liberado de las manos de mis enemigos por tu nobleza? Señor, quiero rendirte homenaje. Iré para siempre con vos y os serviré como a mi señor.

Erec ve su intención de servirle a su voluntad si puede de alguna forma y le dice:

-Amigo, no quiero tener de vos vuestro servicio, pero debéis saber que he venido aquí por vuestra amiga, a la que con gran dolor he encontrado en este bosque. Se queja y lamenta por vos, y mucho le duele el corazón. Quiero devolveros a ella como un regalo. Así que os reuniré con ella y luego seguiré solo mi camino, pues de ningún modo vendréis conmigo. No deseo vuestra compañía, pero quiero saber vuestro nombre.

-Señor -le respondió-, como gustéis. Si queréis saber mi nombre no os debe ser ocultado. [Me llamo Cadoc de Tabriol. Sabed que así se me llama. Pero ya que tengo que separarme de vos, querría saber, si fuera posible, quién sois y de qué tierra, dónde os podré encontrar o buscar cuando me vaya de aquí,

-Amigo, no os diré eso -contesta Erec- no sigas hablando], pero si queréis honrarme, acudid sin tardanza junto a mi señor, el rey Artús, que está cazando con gran poder en este bosque y creo que hasta allí no hay siquiera cinco leguas. Id pronto y decidle que a él os envía y presenta aquél a quien ayer tarde volvió a ver con gran alegría en su tienda y al que hospedó, y cuidad de no ocultarle de qué pena os he sacado a vos y a vuestra amiga. Muy amado soy en la corte. Si os presentáis de mi parte, me serviréis y honraréis. Allí preguntaréis quién soy, pues de otro modo no lo podréis saber.

-Señor -dijo Cadoc-, en seguida cumpliré vuestro mandato. Aunque fuerais muy temido, iría muy gustosamente allí. Muy bien le contaré al rey la verdad de la batalla, tal como la habéis hecho por mí.

Así hablan mientras siguen el camino hasta llegar junto a la doncella, allí donde Erec la había dejado. La doncella se alegró mucho, al volver a ver a su amigo, a quien no pensaba ver nunca más. Erec se lo entrega de la mano y dice:

-No os doláis más, doncella, ved aquí alegre y gozoso a vuestro amigo.

Ella responde con gran saber:

-Señor, bien nos habéis conquistado a él y a mí; ambos debemos ser vuestros para serviros y honraros. ¿Pero quién podría recompensaros ni la mitad de este servicio?

Erec responde:

-Mí dulce amiga, no os pido ninguna recompensa. Os encomiendo a Dios a los dos, pues pienso que ya me he demorado demasiado.

Luego da medía vuelta y se va lo más rápidamente que puede. Por su parte, Cadoc de Tabriol y su doncella se ponen en marcha. Les han contado la noticia al rey Artús y a la reina.

SUBIR
La muerte del rey Arturo, siglo XIII
Batalla de Salisbury

Texto procede de:

La muerte del rey Arturo, traducción de Carlos Alvar, Madrid, Alianza editorial, Biblioteca artúrica, 1997.

 

 

(…)Aquel día cabalgó el rey y se dirigió tan directamente como pudo hacia las llanuras de Salisbury, como quien sabía que en aquella llanura iba a tener lugar la gran batalla mortal de la que tanto habían hablado Merlín y otros adivinos. Cuando el rey Arturo entró en el llano dijo a sus gentes que acampasen allí, donde esperarían a Mordret; lo hicieron tal como ordenó; en poco rato se asentaron y se establecieron lo mejor que pudieron. Por la noche, después de cenar, el rey Arturo con el arzobispo fue a dar un paseo por la llanura y llegaron a una roca alta y dura; el rey miró roca arriba y vio que tenía letras talladas. Mira al arzobispo y dice:

-Señor, he aquí maravillas; en esta roca hay letras que fueron inscritas hace largo tiempo; mirad lo que dicen.- Contempla las letras, que decían:

EN ESTA LLANURA TENDRÁ LUGAR LA BATALLA MORTAL POR LA QUE QUEDARA HUÉRFANO EL REINO DE LOGRES.

- Señor, le dice al rey, ya sabéis lo que quieren decir; si os enfrentáis con Mordret, el reino se quedará huérfano pues o moriréis o seréis herido de muerte; no será de otra forma; y para que no dudéis de que en este texto no hay sino verdad, os digo que el mismo Merlín escribió las letras y en todo cuanto dijo sólo hubo verdad, como quien estaba seguro de lo que había de ocurrir.

-Señor, le responde el rey Arturo, lo veo tan claro que, si no hubiera avanzado tanto, me volvería, fuera cual fuese el deseo que tuviera; pero que ahora nos ayude Jesucristo, porque no me retiraré hasta que Nuestro Señor me haya dado honor a mí o a Mordret; y si me va mal, habrá sido por mis pecados y por mis culpas, pues mis buenos caballeros son más que los de Mordret.

El rey Arturo decía estas palabras muy desanimado y más atemorizado de lo que solía, porque había visto numerosas señales que le presagiaban su muerte. El arzobispo llora con ternura, ya que no puede hacer que se vuelva. El rey regresó a su tienda; cuando estuvo en ella se le acercó un criado para decirle:

- Rey Arturo, no te saludo, pues soy vasallo de un mortal enemigo tuyo: Mordret, rey del reino de Logres. Te dice, a través de mí, que has entrado alocadamente en su tierra, pero que si le prometes, como rey, que al amanecer te volverás con toda tu gente allí donde habéis venido, te lo tolerará de manera que no te hará ningún daño; pero si no quieres hacerlo, te fija la batalla para mañana. Dile cuál de estas dos cosas vas a hacer, que no quiere tu destrucción si abandonas su tierra.

El rey, que oye este mensaje, responde al criado:

- Ve a decir a tu señor que esta tierra, que es mía por herencia, de ningún modo la dejaré por su deseo, sino que me quedaré en ella, como mía que es, para defenderla y expulsarle como perjuro; que tenga por seguro Mordret el perjuro que morirá a mis manos; dile estas cosas de mi parte y que me agrada más enfrentarme a él que dejarle, incluso aunque tuviera que matarme.

Después de estas palabras, no se entretuvo el criado; se marchó sin despedirse y cabalgó hasta llegar ante Mordret, a quien contó palabra por palabra lo que había dicho el rey Arturo, y añadió:

-Señor, sabed que no podéis esquivar la batalla, si es que os atrevéis a esperar hasta mañana.

 -Sin dudar lo esperaré, responde Mordret, pues no deseo nada tanto como la batalla campal contra él.

Así quedó decidido el combate en el que murieron muchos nobles sin merecerlo. Aquella noche tuvieron miedo los hombres del rey Arturo, pues sabían que tenían mucha menos gente que la hueste de Mordret; por eso temían el enfrentamiento. Mordret había suplicado tanto a los sajones, que acudieron en su ayuda: eran grandes y fuertes, pero no eran tan diestros en el combate como la gente del rey Arturo; odiaban al rey con odio mortal y por eso se habían vuelto hacia Mordret, a quien le habían rendido homenaje los más altos hombres de Sajonia, pues en aquel momento pensaban vengar con mucho los grandes contratiempos que el rey Arturo les había provocado en alguna ocasión. Así se reunieron muchos hombres procedentes de todas partes. Tan pronto como rayó el día, se levantó el rey Arturo y oyó misa; después, se armó y ordenó a su gente que se armara. El rey dispuso diez cuerpos de ejército: el primero, conducido por Yvaín; el segundo, por el rey Yon; el tercero, por el rey Karadoc; el cuarto, por el rey Carabentín; el quinto, por el rey Aquisán; el sexto, por Giflete; el séptimo, por Lucán el Copero; el octavo lo conducía Sagremor el Desmesurado; el noveno, Guivrete; el último lo conducía el rey Arturo y en él iba la flor de su gente; y en éste tenían puestas sus esperanzas, pues había muchos valientes que no serían fácilmente vencidos, si no eran atacados por gran número de enemigos.

181. Cuando el rey Arturo hubo reunido y dispuesto así su ejército, rogó a cada dignatario que pensara en actuar bien, pues si podía salir con honra de este combate, no hallaría quien osara rebelarse contra él nunca más. Así estableció el rey sus cuerpos; y también lo hizo Mordret, pero, como tenía más gente que el rey Arturo, formó veinte cuerpos y en cada uno tantos hombres como era necesario, y buenos caballeros al frente de ellos; en el último colocó a los mejores y puso juntos a todos aquellos de quienes más se fiaba y él los conducía; dijo que con este cuerpo se enfrentaría a Arturo, pues sus espías ya le habían dicho que el rey iba al frente del último de sus cuerpos. En los dos primeros Mordret no tenía ningún caballero que no fuera sajón; en los dos siguientes estaban los de Escocia; después, los de Gales: sus hombres ocupaban dos cuerpos, luego, los de Norgales, en tres cuerpos. Así había elegido Mordret los caballeros de diez reinos; cabalgaron todos en orden hasta llegar a la gran llanura de Salisbury, donde vieron el ejército del rey Arturo y las banderas que se agitaban contra el viento; los de la hueste del rey Arturo esperaban, montados, a que llegaran los hombres de Mordret; cuando se acercaron tanto que ya sólo faltaba golpearles, vierais bajar lanzas.

Delante de todos los sajones venía Arcán, hermano del rey de los sajones, armado sobre el caballo con su arnés completo. Cuando lo vio mi señor Yvaín, que era el primero de sus compañeros y esperaba el primer encuentro, galopa contra él con la lanza bajada; Arcán golpea a mi señor Yvaín y rompe la lanza; mi señor Yvaín le da con tal dureza que le atravesó el escudo y le mete el hierro de la lanza en medio del cuerpo; lo empuja bien, derribándolo del caballo y, al caer, se quiebra la lanza, de modo que queda tendido en el suelo y herido de muerte; entonces exclama un pariente de mi señor Yvaín, de forma que muchos le oyeron: -¡Sajonia ha sido despojada de uno de sus mejores herederos!

Entrechocan los ejércitos, el primero del rey Arturo contra los dos de los sajones; allí podíais ver en el encuentro muchos golpes de lanza y caer muchos buenos caballeros; y muchos buenos caballos correr, abandonados, por el campo, sin nadie que los retuviera; podíais ver, en poco rato, la tierra cubierta de caballeros, muertos unos, heridos otros. En el llano de Salisbury así comenzó la batalla, por la que el reino de Logres fue a la destrucción, a la vez que muchos otros, porque después no hubo tantos nobles caballeros

como había habido antes; tras su muerte, las tierras quedaron desoladas y yermas, sin buenos señores, pues todos murieron con gran dolor y aflicción.

Se entabló un combate duro y digno de admiración; cuando los de delante rompieron sus lanzas, toman las espadas y dan golpes tan grandes, que hacen que las espadas se hundan en los yelmos hasta el cerebro. Muy bien actuó aquel día mi señor Yvaín, haciendo sufrir mucho a los sajones; cuando el rey de éstos hubo contemplado un rato, se dijo a sí mismo:

-Si éste vive mucho tiempo, seremos vencidos.

Galopa contra mi señor Yvaín, en medio del combate, tan deprisa como puede su caballo y le golpea con toda su fuerza, de forma que el escudo no puede impedir que le meta la lanza por el costado izquierdo, pero no lo hiere de muerte; al pasar, mi señor Yvaín le golpea con la cortante espada, de manera que hace que su cabeza vuele y que el cuerpo caiga a tierra. Cuando los sajones vieron a su señor en el suelo comenzaron a hacer un enorme duelo; a los de Logres, cuando oyeron las lamentaciones que habían iniciado, no les importa, sino que les atacan con las espadas desenvainadas; los matan y les hacen tal mortandad, que en poco rato los pusieron en fuga, pues no había -entre ellos- quien no tuviera una herida grande o pequeña, y estaban más derrotados por la muerte de su señor que por otra cosa. Cuando los sajones abandonaron el campo y huyeron, los de Logres los persiguieron; en su huida se lanzaron hacia los de Irlanda, que al galope de sus caballos iban a ayudarles, espoleando contra los hombres de mi señor Yvaín; les atacaron con ímpetu, pues estaban frescos y descansados, de modo que murió una gran parte. Los que eran valientes y preferían morir a volverse, los recibieron lo mejor posible, aunque estaban cansados y fatigados. En aquel momento fue derribado mi señor Yvaín y herido por dos lanzas: hubiera muerto y todos sus compañeros hubieran resultado vencidos, a no ser por el rey Yon que, al mando del segundo cuerpo del ejército, les socorrió lo antes que pudo con tanta gente como tenía. Mortalmente se golpean por ambas partes metiéndose las lanzas en los cuerpos; se derriban de los caballos, unos por un lado, otros por otro, de forma que en poco rato podríais ver toda la llanura cubierta de heridos y de muertos. Cuando los de Irlanda y los hombres del rey Yon se enfrentaron, podíais ver dar y recibir golpes, y caballeros cayendo a tierra. El rey Yon, que buscaba el mayor peligro, ha recorrido todo el campo hasta llegar a un lugar donde encontró a mi señor Yvaín, a pie, entre sus enemigos, y quería montar, pero no podía, pues los otros lo tenían muy de cerca; cuando el rey vio esto se lanza contra los que pretendían matar a mi señor Yvaín, dándoles grandes golpes allí donde los encuentra; los esparce y separa -quisieran o no- y les hace retroceder, de forma que mi señor Yvaín montó sobre un caballo que el mismo rey le dio.

Nada más montar, como quien tiene gran valor, mi señor Yvaín volvió al combate; el rey Yon le dice:

-Señor, cuidaos lo mejor que podáis, si no queréis morir.

Mi señor Yvaín le responde que nunca temió morir, sino hoy;

-y me admira cómo ha podido ser, pues jamás el miedo me hizo temer.

Entonces se meten en la batalla y vuelven a dar grandes golpes, con tal rapidez como si no hubieran hecho nada en el día; por su valor, los irlandeses son vencidos y huían, cuando un caballero irlandés, al galope con una cortante lanza en su mano, hiere al rey Yon con tal fuerza que la armadura no puede impedir que le meta en el cuerpo hierro y asta, de forma que una buena parte de la punta apareció por el otro lado; lo gol-pea bien, derribándolo a tierra tan herido que no necesita médico: al verlo mi señor Yvaín, exclama:

-¡Ay! ¡Dios, qué desgracia es que este valiente caballero haya muerto tan pronto! ¡Ay! Mesa Redonda, hoy bajará vuestra gran altura, pues me parece que se os despojará de vuestros criados que os han mantenido hasta ahora en el alto nombre en que estabais.

 Tales palabras dijo mi señor Yvaín cuando vio al rey Yon yacer en el suelo; ataca al que lo había matado y lo golpea con tanta fuerza que lo parte hasta los dientes, derribándolo muerto. Dijo:

-Ya está muerto éste y, sin embargo, no ha sido restituida la vida de aquel valiente caballero.

Cuando los caballeros del rey Yon vieron a su señor muerto, se llaman desgraciados, infelices y por el llanto cesa la persecución; los que huían delante, al ver que se habían parado junto al cuerpo supieron que lloraban por alguien que fue insigne noble; pero no se asustaron, sino que volvieron al instante y atacaron a los que hacían el duelo, golpeándoles con tanta fuerza que mataron a una gran parte y los hubieran matado a todos a no ser por el tercer ejército, que los socorrió al ver que iban hacia un gran martirio. Cuando el rey Karadoc -que mandaba el tercer cuerpo- supo que el planto que hacían era por el rey Yon, a quien habían matado aquéllos, dijo a sus hombres:

-Señores, vayamos al combate; no sé qué será de mí. Si me matan, os ruego por Dios que no se note, pues vuestros enemigos podrían ganar valor y atrevimiento con eso.

Así habló el rey Karadoc al entrar en el combate; y cuando estuvo entre sus enemigos, actuó tan bien que nadie que lo viera lo tendría por cobarde; por su valentía, volvieron la espalda los de Irlanda y se dieron a la fuga todos, como si no esperaran más que la muerte: mataron tantos de ellos los hombres del rey Karadoc, antes de que recibieran socorro, que podríais ver todo el lugar cubierto. Cuando los altos nobles de Escocia vieron en tan vil situación a sus compañeros, no lo pueden soportar: atacan a los hombres del rey Karadoc. Heliadés, que era señor de Escocia, porque había recibido el honor de Mordret, ataca al rey Karadoc, que estaba mejor montado que sus hombres, y con más riqueza. Éste no lo esquiva, pues era bastante valiente como para esperar al mejor caballero del mundo; se golpean con las lanzas atravesando los escudos y chocan con tal fuerza que, en medio del cuerpo, se meten las cortantes picas, de forma que los hierros aparecen por la otra parte; se derriban, atravesados, sin que uno pueda reírse del otro; pues los dos están heridos de muerte. A salvarlos se lanzan las dos partes, cada cual para ayudar al suyo y apresar al otro; los hombres del rey Karadoc se esfuerzan tanto que consiguen hacerse con Heliadés, pero se encontraron con que el alma se le había ido del cuerpo, porque había sido herido en medio del cuerpo con la lanza; desarman al rey Karadoc y le preguntan cómo está; les responde:

-Sólo os ruego que venguéis mi muerte, pues sé bien que no veré la hora de nona; por Dios, que no se os note, pues los nuestros podrían ser vencidos inmediatamente y, entonces, la pérdida sería mayor. Quitadme la cota de malla y llevadme sobre mi escudo hasta aquella cuesta; allí moriré más a gusto que aquí.

Lo hicieron como él les había ordenado; lo llevaron a la montaña muy entristecidos, pues amaban con gran amor a su señor; después de ponerlo bajo un árbol, les dijo:

-Volved al combate y dejadme aquí custodiado por cuatro escuderos; vengad mi muerte como podáis; si alguno de vosotros consigue salvarse, le suplico que lleve mi cuerpo a Camelot, a la iglesia en la que yace mi señor Galván.

Le contestan que lo harán de grado; le preguntan:

-Señor, ¿creéis que en esta batalla habrá tal destrucción como decís?

-Os aseguro, les responde, que desde que la cristiandad llegó al reino de Logres, no hubo batalla en la que murieran tantos valientes como morirán en ésta; es la última que habrá en tiempos del rey Arturo.

Tras oír estas palabras, lo dejan y vuelven al combate; lucharon tan bien los hombres del rey Karadoc y los del rey Yon, que los escoceses, irlandeses y sajones fueron vencidos. Más de la mitad de los hombres de los tres cuerpos del rey Arturo yacían muertos en el suelo; con las hazañas que habían realizado consiguieron acabar con los seis cuerpos del ejército de Mordret e incluso se lanzaron contra los cuerpos salidos del reino de Gales; en estos dos cuerpos había muchos valientes, a los que les tardaba ya entrar en el combate y les pesaba haber estado descansando tanto tiempo; recibieron con firmeza a los hombres del rey Arturo, de forma que fueron pocos los que quedaron en las sillas, porque ellos no habían hecho nada en todo el día y los hombres del rey Arturo estaban cansados y fatigados de dar y recibir golpes. En este encuentro fue derribado mi señor Yvaín y estaba tan agotado que permaneció un buen rato desmayado; comenzó entonces la persecución de los hombres del rey Arturo; en la acometida pasaron más de quinientos caballeros sobre mi señor Yvaín, que le causaron tanto dolor que -si en aquel día no hubiera tenido daños mayores- habría tenido suficiente en aquella ocasión; ésta fue la cosa que más lo debilitó y que le quitó más fuerza y vigor. Así se dieron a la fuga los hombres del rey Arturo. Cuando el rey Carabentín de Cornualles vio que les tocaba la peor parte, dijo a sus hombres:

-¡Ahora!, ¡a ellos!, ¡los nuestros son vencidos!

 Entonces ataca el cuarto cuerpo del rey Arturo: allí podíais oír cómo gritaban en su acometida las contraseñas de diversa gente, y podíais ver cómo caían los caballeros, derrumbándose, muertos los unos y heridos los otros; jamás visteis un encuentro más doloroso que aquél, pues se odiaban con odio mortal. Cuando se rompieron las lanzas, desenvainan las espadas y se dan grandes golpes, de forma que se parten los yelmos y hacen pedazos los escudos; se derriban de los caballos y cada cual procura la muerte a su compañero. No tardó mucho Mordret en enviar dos escuadrones para ayudar a sus gentes. Cuando el rey Aquisán -que mandaba el quinto ejército- los vio acercarse a la llanura dijo a los que con él estaban: -Vayamos hacia allá, de modo que podamos interceptar a los que ahora se han alejado de su gente; procurad no tropezar con nadie antes de dar con ellos; cuando hayáis llegado, atacadles, que sean sorprendidos.

 Lo hicieron tal como les ordenó, pues esquivaron a todos cuantos les había mostrado y cayeron sobre el ejército que se había alejado de Mordret; al chocar las lanzas habríais oído tal estrépito que no se oiría a Dios tronante; en el encuentro, más de quinientos fueron al suelo y los de Mordret resultaron muy dañados al comienzo.

Así se entabló el combate en dos lugares, más cruel de lo que hubiera sido necesario.

Cuando los hombres de Aquisán habían quebrado sus lanzas, tomaron las espadas y atacaron a sus enemigos, golpeándoles donde pueden; se defendían muy bien y mataron a muchos. El rey Aquisán Iba buscando con la espada el tumulto; entonces, mira ante sí y ve a mi señor Yvaín, herido, que quería montar sobre un caballo, pero sus enemigos lo habían derribado dos o tres veces. Cuando el rey ve a mi señor Yvaín, galopa, tan deprisa como puede el caballo, hacia aquel lugar: allí había cuatro que querían matar a mi señor Yvaín; el rey, que va al galope, le da un tajo a uno, de forma que el yelmo no pudo impedir que le haga beber el acero con el cerebro; golpea a los demás, que se preguntan admirados de dónde viene tal valor. Realizó tales hazañas el rey Aquisán, que consiguió librar a mi señor Yvaín de todos los que le acometían; le dio un caballo y le hizo montar de nuevo; cuando ya cabalgaba, a pesar de estar cansado, volvió al combate y luchó tanto, con respecto a lo que había hecho antes, que todos se admiraron. Así batallaban antes de la hora de tercia todos los ejércitos, excepto los dos últimos, el del rey Arturo y el conducido por Mordret. El rey había mandado a un muchacho que se subiera a una colina para ver cuánta gente tenía Mordret en su ejército, que era el último; cuando el criado subió a la colina y vio lo que el rey le había encargado, volvió al rey y le dijo en secreto:

-Señor, en su ejército tiene fácilmente el doble de hombres que tenéis vos.

-Realmente, responde el rey, es un gran contratiempo. Que Dios nos ayude ahora, pues, si no, seremos muertos y vencidos.

 Entonces echa de menos a su sobrino, mi señor Calvan, diciendo:

-¡Ay! Buen sobrino, ahora os necesito a vos y a Lanzarote, pues si Dios hubiera querido que los dos estuvierais armados junto a mí, sería para nosotros la victoria en este combate, con la ayuda de Dios y gracias a vuestro valor. Pero, sobrino bueno y dulce, ahora me tengo por loco porque no os hice caso cuando me decíais que llamara a Lanzarote en mi ayuda y socorro contra Mordret, pues estoy seguro que si lo hubiera llamado, hubiera acudido de grado y con gusto.

Así habló el rey Arturo, muy afligido, y el corazón le decía una parte de los males que le iban a venir a él y a su compañía. Estaba bien armado y con riqueza; se acercó a los de la Mesa Redonda, de los que habría alrededor de setenta y dos en su compañía.

-Señores, les dijo, este combate es el más cruel de cuantos he visto; por Dios, vosotros que sois hermanos y compañeros de la Mesa Redonda, manteneos juntos unos a otros, pues si lo hacéis así, no os podrán vencer fácilmente; por cada uno de nosotros, ellos son dos y diestros en el combate, por lo que son más temibles. -Señor, le responden, no os preocupéis; cabalgad tranquilo, pues ya está ahí Mordret que se dirige muy deprisa contra vos; no temáis, porque del mucho miedo no podría resultar ningún bien ni a nosotros ni a vos.

 Entonces pusieron delante el estandarte del rey y cien caballeros o más custodiándolo. Mordret tomó cuatrocientos caballeros de los más valerosos de su compañía y les dijo:

-Id directamente a aquella colina, cuando lleguéis a ella, volved por aquel valle, tan en silencio como podáis; entonces dirigíos hacia el estandarte picando espuelas y con tal violencia que no quede nadie por derribar. Si lo podéis hacer así, os aseguro que los hombres del rey se sorprenderán tanto que no podrán resistir y se darán a la fuga, porque no sabrán dónde meterse.

Le contestan que lo harán con mucho gusto, pues así lo ordena.

Galopan entonces hacia donde ven el ejército del rey; se atacan con las lanzas bajadas: en el choque os parecería que toda la tierra iba a hundirse, pues el estrépito era tan grande con las caídas de los caballeros que se podía oír a dos leguas de distancia. El rey Arturo, que reconoció a Mordret, se dirige contra él y Mordret hace lo mismo: se golpean como valientes y esforzados que son. Mordret alcanza al rey primero, de forma que le atraviesa el escudo; pero la cota era fuerte y no pudo romperle ninguna malla; vuela la lanza en trozos al chocar y el rey no se mueve ni poco ni mucho. Por su parte, el rey, que era fuerte y resistente y que estaba acostumbrado a manejar la lanza, le hiere con tal fuerza que los derriba a él y a su caballo juntos; pero no le hizo más daño, pues Mordret estaba bien armado. Avanzan entonces los hombres del rey Arturo dispuestos a apresar a Mordret, pero podíais ver a dos mil, cubiertos de hierro, que lo defendían, y no había uno de ellos que no ponga su cuerpo en peligro de muerte por amor a Mordret; podíais haber visto dar y recibir muchos golpes junto a él y morir a numerosísimos caballeros; había un combate tan grande a su alrededor que en poco rato hubierais visto a más de cien yaciendo en el suelo, todos ellos muertos o heridos de muerte; y como la fuerza crecía a favor de Mordret, éste volvió a montar, a pesar de todos sus enemigos, pero antes, de mano del mismo rey, recibió tres golpes tales que cualquier otro caballero habría desfallecido por el menor de ellos; pero Mordret era buen caballero y valiente; ataca al rey Arturo para vengarse, pues le duele mucho que ante su gente lo haya derribado así. El rey no lo esquiva, sino que dirige hacia él la cabeza de su caballo: se dan grandes golpes con las cortantes espadas, de forma que se aturden tanto que apenas pueden mantenerse en la silla, y si no se hubieran sujetado al cuello de sus caballos, habrían caído al suelo; pero los caballos eran fuertes, los sacan de allí y los alejan al uno del otro más de un tiro de arco.

Vuelve a entablarse un combate grande y digno de admiración; Galegantín el galés, que era caballero valiente y esforzado, ataca a Mordret; Mordret, que estaba airado, le golpea con toda su fuerza, de manera que le hace volar la cabeza: fue una gran desgracia, pues había sido muy leal para con el rey Arturo. Cuando éste ve a Galegantín en el suelo, no le gusta y dice que si puede lo vengará; entonces vuelve a atacar a Mordret y, cuando iba a golpearle, un caballero de Northumberland le coge de través y, a descubierto, le alcanza en el costado izquierdo: pudo herirle muy gravemente, si la cota no fuera tan fuerte, pero resistió sin que se rompiera ninguna malla; sin embargo, le acomete bien, derribándolo bajo el vientre del caballo. Cuando mi señor Yvaín, que estaba cerca, vio este golpe, exclama:

-¡Ay!, Dios, ¡qué dolor hay aquí, pues un caballero tan bueno es derribado tan vilmente!

 Entonces ataca al jinete de Northumberland y le alcanza con una lanza gruesa y corta, de manera que, a pesar de la armadura, le mete en el cuerpo el hierro y el asta; al caer, se rompe la lanza. Mi señor Yvaín se dirige a continuación al rey y lo monta de nuevo, frente a todos sus enemigos. Mordret, que se encoleriza tanto que por poco pierde el sentido al ver que el rey Arturo ha montado de nuevo, ataca a mi señor Yvaín, sujetando la espada con las dos manos; el golpe fue duro y vino desde arriba: hiende el yelmo de mi señor Yvaín y la cofia de hierro, hasta los dientes; lo derriba muerto: fue una dolorosa desgracia, pues en aquel entonces se tenía a mi señor Yvaín por uno de los buenos caballeros que había en el mundo y como el más valiente.

Cuando el rey Arturo vio este golpe exclamó:

- ¡Ay! Señor, ¿por qué permitís lo que estoy viendo, que el peor traidor del mundo ha matado a uno de los más valiosos caballeros del siglo?

 Sagremor el Desmesurado le responde:

-Señor, ésos son los juegos de la fortuna; ahora podéis apreciar cómo os vende de caros los grandes bienes y los grandes honores que recibisteis hace tiempo, quitándoos a vuestros mejores amigos; ¡Dios quiera que no nos vaya peor!

 Mientras hablaban de mi señor Yvaín oyeron por detrás un gran griterío, pues los cuatrocientos caballeros de Mordret comenzaron a gritar cuando ya estaban cerca del estandarte y los hombres del rey Arturo también. Al encontrarse todos podíais ver quebrar lanzas y caer caballeros, pero los hombres del rey Arturo, que eran valientes y fuertes, los recibieron bien, derribando más de cien a su llegada; por ambas partes se desenvainan las espadas y se golpean con todas las fuerzas, matándose unos a otros cuanto pueden. Los hombres del rey Arturo que guardaban el estandarte resistieron tan bien aquel ataque que de los cuatrocientos caballeros de Mordret no escaparon después del encuentro más de veinte sin morir o ser muertos, antes de la hora de nona; si entonces estuvierais en el campo de batalla, podríais ver todo el lugar repleto de muertos y con bastantes heridos; poco después de nona el combate estaba tan acabado que, de todos los que se encontraron en la llanura, que eran más de cien mil, no quedaban con vida más de trescientos; de los compañeros de la Mesa Redonda habían muerto todos menos cuatro, pues lucharon más al ver la gran necesidad que tenían; de los cuatro que quedaron con vida, uno era el rey Arturo, otro, Lucán el Copero, el tercero, Giflete y el cuarto era Sagremor el Desmesurado, que estaba tan herido en el cuerpo que apenas podía sostenerse en la silla. Reúnen a sus hombres y dicen que prefieren morir a que el otro se lleve la victoria; Mordret se lanza contra Sagremor y, a vistas del rey, le golpea con tal fuerza que hace que su cabeza vuele en medio del campo. Cuando el rey ve este golpe, exclama apesadumbrado:

-¡Ay! Dios, ¿por qué dejáis que pierda todo el valor terreno? Por este golpe veo que aquí tenemos que morir o Mordret o yo.

Toma una lanza gruesa y fuerte y, a todo el galope de su caballo, ataca a Mordret; éste, que se da cuenta de que el rey no desea otra cosa sino matarle, no le rehúye, antes bien, le dirige la cabeza de su caballo; el rey, que viene con toda su fuerza, le golpea con tal vigor que le rompe las mallas de la cota y le hunde en el cuerpo la punta de su lanza. Cuenta la historia que, al sacar la lanza, atravesó la herida un rayo de sol, de forma tan clara que lo vio Giflete y los de aquella tierra decían que había sido señal de la pena de Nuestro Señor. Cuando Mordret se ve herido, piensa que está herido de muerte; da un golpe sobre el yelmo del rey Arturo, a quien nada pudo impedir que sintiera la espada en la cabeza, e incluso, le hizo un corte en parte del cráneo; el rey Arturo se quedó aturdido por este golpe, cayéndose del caballo, y lo mismo le ocurrió a Mordret; están los dos tan heridos que nadie puede hacer que se levanten y yacen el uno al lado del otro.

Así mató el padre al hijo y el hijo hirió de muerte al padre. Cuando los hombres del rey Arturo lo vieron en el suelo, se afligen tanto que no hay corazón humano que pueda imaginar la pena que tienen. Dicen:

- ¡Ay! Dios, ¿por qué permitís esta batalla?» Se lanzan entonces contra los hombres de Mordret y lo mismo hacen éstos y vuelve a empezar el estrépito de la muerte, hasta el punto de que, antes de vísperas, habían muerto todos, a excepción de Lucán el Copero y Giflete. Cuando los que habían quedado vieron el resultado de la batalla empezaron a llorar con amargura mientras decían:

-¡Ay! Dios, ¿hubo algún hombre mortal alguna vez que viera un dolor tan grande? ¡Ay! Batalla, ¡cuántos huérfanos y viudas habéis hecho en ésta y en otras tierras! ¡Ay! Día, ¿por qué amaneciste para causar tal pobreza al reino de Gran Bretaña, cuyos herederos eran famosos por el valor y ahora yacen aquí muertos y destruidos con enorme dolor? ¡Ay! Dios, ¿qué más nos podéis quitar? Vemos muertos aquí a todos nuestros amigos.

 Después de lamentarse así un buen rato, se acercaron a donde yacía el rey Arturo y le preguntaron:

-Señor, ¿qué tal estáis?» Les responde:

-Ya no queda más que volver a montar y alejarnos de este lugar, pues veo que mi fin se acerca y no quiero acabar entre mis enemigos.

Con rapidez monta un caballo y se alejan del campo los tres y cabalgaron directos hacia el mar, hasta que llegaron a una capilla llamada la Capilla Negra; un ermitaño, que tenía su vivienda en un bosquecillo cercano, cantaba misa allí todos los días. Desmonta el rey y los otros hacen lo mismo, quitándoles a los caballos los frenos y las sillas; el rey entra, se arrodilla ante el altar y comienza sus oraciones, según las sabía; permanece así, sin moverse, hasta que amaneció, y no dejó de rezar y pedir misericordia a Nuestro Señor por sus hombres que habían muerto el día anterior; mientras hacía esta oración lloraba con tanta amargura que los que había con él se daban cuenta de que estaba muriéndose.

El rey Arturo pasó toda la noche en súplicas y oraciones; a la mañana siguiente, Lucán el Copero se puso detrás del rey y vio que no se movía; entonces dijo llorando:

-¡Ay! Rey Arturo, ¡cómo lo siento por vos!

 Cuando el rey oye estas palabras, se incorpora con dificultad, pues le pesaban las armas; toma a Lucán, que estaba desarmado, y lo abraza y aprieta, reventándole el corazón en el vientre, que no le dejó decir nada, y le separó el alma del cuerpo. Después de estar un buen rato así, lo deja, sin imaginar que está muerto; cuando Giflete lo mira y ve que no se movía, se da cuenta de que ha muerto y que el rey lo ha matado; comienza a lamentarse diciendo:

-¡Ay! Señor, ¡qué mal habéis hecho, pues habéis matado a Lucán!

Al oírlo, el rey se sobresalta y mira alrededor, viendo a su copero muerto en el suelo; aumenta entonces su dolor y contesta a Giflete, con semblante de hombre entristecido:

-Giflete, Fortuna, que me ha sido madre hasta aquí, se me ha convertido en madrastra y me obliga a pasar el resto de mi vida en medio del dolor, de la aflicción y de la tristeza.

 Ordena entonces a Giflete que ponga los frenos y las sillas; y éste lo hace. El rey monta y cabalga hacia el mar hasta que llega allí a la hora de mediodía; se apea en la orilla, desciñe la espada y la desenvaina; después de contemplarla un buen rato, dice:

- ¡Ay! Excalibur, espada buena y rica, la mejor de este mundo después de la del Extraño Tahalí, ahora vas a perder a tu dueño; ¿dónde encontrarás un hombre por quien seas tan bien empleada como por mí, si no es en manos de Lanzarote? ¡Ay! Lanzarote, el más valioso del mundo y el mejor caballero, ¡ojalá quisiera Dios que vos la tuvieseis ahora y que yo lo supiera! Ciertamente, mi alma estaría más a gusto el resto de los días.

Entonces llama el rey a Giflete y le dice:

-Id a aquella colina, en la que encontraréis un lago; tirad mi espada dentro, pues no quiero que se quede en este reino para que no se apoderen de ella los malvados herederos que perviven.

-Señor, le responde, cumpliré vuestras órdenes, pero preferiría, si vos quisierais, que me la dierais.

-No lo haré, contesta el rey, pues por vos no sería bien empleada.

 Entonces subió Giflete a la colina y cuando llegó al lago, desenvainó la espada y comenzó a contemplarla; le parece tan buena y tan hermosa que cree que sería una gran desgracia tirarla al lago, tal como el rey le había ordenado, pues se perdería; será mejor que eche la suya y que diga al rey que la ha tirado; se desciñe la espada y la tira al lago y deja la otra entre la hierba; vuelve junto al rey y le dice:

-Señor, he cumplido vuestra orden, pues he lanzado vuestra espada al lago. -¿Y qué has visto?, pregunta el rey.

-Señor, le responde, no vi nada que no fuera normal.

-¡Ay!, exclama el rey, me mientes; vuelve y tírala, pues aún no la has tirado.

 Regresa al lago, desenvaina la espada, lamentándose con amargura sobre ella y diciendo que sería una gran desgracia si se perdiera así; decide entonces tirar la vaina y quedarse con la espada, pues la podría necesitar él o algún otro; toma la vaina y la arroja al instante; después vuelve a tomar la espada y la coloca bajo un árbol; regresa junto al rey y dice:

-Señor, ya he cumplido vuestra orden.

-¿Qué has visto?, pregunta el rey.

-Señor, le responde, no vi nada que no debiera.

-¡Ay!, exclama el rey, aún no la has arrojado, ¿por qué me mientes? Ve, tírala y sabrás lo que va a suceder, pues no se va a perder sin grandes maravillas.

 Cuando Giflete ve lo que tiene que hacer, vuelve a donde estaba la espada, la toma y la contempla con amargura, lamentándose:

-¡Buena y hermosa espada, es una gran pena para ti no caer en manos de algún hombre valeroso!

 La lanza entonces al lago, a lo más profundo y lo más lejos que puede; y cuando se acercaba al agua, vio una mano que salía del lago y que apareció hasta el codo, pero no vio nada del cuerpo; la mano agarró la espada por el puño y la agitó tres o cuatro veces en alto.

 

SUBIR