A LECTURAS
De Amore (Tratado sobre el amor)
Andreas Capellanus. Siglo XII.
Tomado de: Andrés el capellán, De amore. Tratado sobre el amor, Barcelona, Sirmio, 1990.

¿QUÉ ES EL AMOR?
Que esta pasión es innata, te lo voy a explicar claramente, porque, si buscas la verdad con exactitud, esta pasión no nace de acción alguna sino únicamente de la reflexión del espíritu a partir de aquello que ve.  Pues cuando alguien ve a una mujer dotada para el amor y moldeada a su gusto, al punto empieza a desearla en su corazón En efecto, luego, cuanto más piensa en ella, tanto más arde de amor por ella, hasta tal punto que llega a obsesionarse
Luego empieza a figurarse la forma de su cuerpo, a detallar sus miembros, a imaginar sus actos y a indagar los secretos de su cuerpo, y desearía gozar plenamente de cada una de sus partes.  Una vez ha llegado a acaparar totalmente su pensamiento, el amor ya no sabe contener sus riendas, sino que rápidamente pasa a la acción. Así, enseguida intenta conseguir ayuda y buscar un intermediario Empieza a pensar de qué manera podrá hallar su favor, a buscar el lugar y el momento adecuados para hablarle, y un breve instante le parece el más largo de los años, ya que nada se lleva a cabo lo suficientemente rápido para su espíritu ansioso y se sabe que muchas cosas le suceden de este modo Esta pasi6n innata procede pues de la visi6n y de la reflexión. Una reflexi6n cualquiera no hasta para originar el amor, sino que es necesario que sea obsesiva, pues una re- flexi6n moderada no puede volver a la mente, y, por lo tanto, de ella no puede nacer el amor.

CÓMO DEBE CONSERVARSE EL AMOR.

Ya que hasta aquí hemos hablado suficientemente sobre la adquisición, podemos pasar a ver ya añadir de qué modo debe conservarse el amor ya conseguido.
A aquel que desee mantener ileso su amor le conviene cuidarse de no divulgarlo y de ocultarlo a todos, pues cuando el amor empieza a ser conocido por muchos, deja de crecer con naturalidad y conoce su declive. Un amante también debe mostrarse ante su amada versado en todas las cosas, moderado y compuesto en sus costumbres, y de ningún modo debe herir su ánimo con acciones inoportunas. Además, está obligado a socorrer las necesidades de su amada, compartiendo todos sus sufrimientos y cumpliendo sus justos deseos. Pero aunque sepa que su deseo no es demasiado justo, de estar dispuesto a obedecerla tras advertirla sobre ello. Y si, sin darse cuenta, hace algo inconveniente que irrite el ánimo de su amada, reconocerá inmediatamente y con gesto compungido que ha actuado mal y se excusará de haber provocado su ira o señalará algún motivo bueno que pueda justificar su acción. Además, debe ser comedido en los elogios que haga de su amada ante los demás; no le conviene hablar de ella prolija o reiteradamente y raras veces ha de frecuentar su compañía. Incluso si la viera reunida con otras damas, estando él también en la reunión, debe abstenerse de hacerle todo tipo de señales y tratarla como a una extraña para que quien le aceche traidoramente su amor pueda hallar un modo de hablar mal de ella. En efecto, los amantes no deben hacerse señales mutuas a menos que se crean apartados de toda asechanza.  Por otro lado, tiene que agradar a su amada en el vestir y cuidar con moderación su aspecto, pues el cuidado excesivo del cuerpo molesta a todos y provoca el desprecio de la belleza natural. Una generosidad desbordante también le valdrá para conservar el amor; en efecto, todos los enamorados han de despreciar las riquezas materiales y regalarlas a los que tienen necesidad de ellas. Nada se considera más digno de elogio en un amante que el encontrarlo revestido de la virtud de la generosidad, pues toda su integridad desaparece si está mezclada con la avaricia, y, del mismo modo, se tolerarán muchos vicios si la generosidad le presta belleza. Si además el amante es de tal modo que es apropiado para la guerra, debe procurar que su valor sea conocido por todos, ya que cualquier virtud que posea disminuirá si se muestra como un tímido guerrero. Debe también ofrecer de buen grado sus servicios a todas las damas y mostrarse obsequioso; le conviene estar revestido con las prendas de la humildad, arrancando de raíz la soberbia que hay en su interior. Tiene que esforzarse por comportarse de tal modo ante los demás que nadie se avergüence de recordar sus buenos dones ni pueda despreciar con raz6n su conducta. Además, debe hacer suya para siempre la regla general según la cual todo aquello le exige el c6digo de la cortesía y aconseja su doctrina no ha de ser omitido por los amantes, sino cumplido con el más solícito afán. El amor también se retiene llevando a cabo los deliciosos y dulces placeres de la carne, pero de tal forma y tan a menudo que no resulten tediosos a la dama. Y si el amante se da cuenta de que estos actos o actitudes le complacen ha de esforzarse en realizarlos de un modo agradable y viril. Pero que el clérigo no ejerza actividades ni hábitos laicos, pues nadie puede agradar a su amada, si ésta es inteligente, asumiendo hábitos que le son ajenos o actuando de modo incongruente respecto a su estado.
Además, debe procurar con todas sus fuerzas relacionarse con gente buena y evitar totalmente la compañía de los malos, pues esto último suscitará el desprecio de su amada.
Has de saber que lo que te hemos dicho sobre la conservaci6n del amor es aplicable a amantes de ambos sexos. Quizás haya otras muchas formas aptas para conservar el amor, y un amante atento y diligente podrá conocerlas si las busca por su cuenta.

¿CUÁLES SON LOS EFECTOS DEL AMOR?


Este es el efecto del amor: ya que el verdadero amante no puede estar corrompido por la avaricia, el amor hace que una persona ruda e inculta brille con toda la hermosura, sabe también enriquecer a los de baja cuna con nobles costumbres y además suele dotar de humildad a los soberbios; el enamorado se acostumbra a ponerse al servicio de todos con complacencia. ¡Oh! ¡Cuán digno de admiración es el amor que hace que un hombre brille con tantas virtudes y que enseña a cualquier persona a sobresalir por sus buenas costumbres! Hay algo más en el amor que es digno de ser alabado con no pocas palabras: que el amor realza, por decirlo así, al hombre con la virtud de la castidad, ya que aquel que brilla con los rayos de un solo amor es incapaz de pensar en los brazos de otra, por hermosa que sea. En efecto, mientras piensa exclusivamente en su amor, la figura de cualquier otra mujer es a su juicio ruda y descuidada.
Quiero, pues, amigo Gualterio, que esto quede para siempre grabado en tu corazón: que si el amor fuese tan equilibrado que condujera siempre a sus marineros a un puerto de paz, después de la inundación provocada por muchas tormentas, yo quedaría vinculado para siempre a su servicio. Pero como suele llevar en sus manos pesos desiguales, tengo tan poca confianza en su justicia como en la de un juez sospechoso. Y por eso no quiero de momento aceptar su arbitrio, ya que «a menudo abandona a sus marineros en las impetuosas olas».

 

SOBRE LAS REGLAS DEL AMOR
I. El matrimonio no es excusa válida para no amar.
II. El que no siente celos no puede amar.
III. Nadie puede estar comprometido con dos amores.
IV. Se sabe que el amor siempre crece o disminuye.
V. Lo que el amante obtiene sin que lo quiera su compañero no tiene ningún sabor.
VI. El hombre sólo puede amar a partir de la pubertad.
VII. Los amantes deben guardar luto dos años por la muerte del amado.
VIII. Nadie debe verse privado del amor sin una raz6n válida.
IX. Nadie puede amar si no es incitado por el amor.
X. El amor siempre acostumbra a huir de la casa de la avaricia.
XI. No conviene amar a una mujer con la que uno se avergonzaría de casarse.
XII. El verdadero amante no desea otros abrazos que los de su amada.
XIII. El amor divulgado raramente acostumbra a durar.
XIV. Una conquista fácil hace el amor despreciable; una difícil lo hace valioso.
XV. Todo amante suele palidecer en presencia de su amada.
XVI. El coraz6n del amante se estremece al contemplar de repente a la amada.
XVII. Un nuevo amor destruye el anterior.
XVIII. Sólo la integridad moral hace a alguien digno del amor.
XIX. Si el amor disminuye, desaparece rápidamente y raras veces renace.
XX. El enamorado siempre se muestra tímido.
XXI. El deseo de amar crece siempre con los celos verdaderos.
XXII. Los celos y el deseo de amar siempre crecen al sospechar del amante.
XXIII. Poco duerme y come aquel a quien hacen sufrir sueños de amor.
XXIV. Toda la actividad del amante termina en el pensamiento de la amada.
XXV.El verdadero amante considera bueno sólo aquello que cree que complace a su amada.
XXVI El amor no puede negar nada al amor
XXVI. El amante no puede hartarse de las caricias de su amada.
XXVIII La más pequeña, sospecha incita al amante a pensar lo peor de su amada
XXIX No suele amar el que sufre una pasión excesiva.
XXX El verdadero amante está continuamente obsesionado por la imagen de su amada
XXXL Nada impide que una mujer sea amada por dos hombres, ni que un hombre lo sea por dos mujeres

 

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Zéjel
Obtenido de http://es.wikisource.org/wiki/Tres_morillas_me_enamoran
cantado

Tres morillas me enamoran
en Jaén,
Axa y Fátima y Marién.

Tres morillas tan garridas
iban a coger olivas,
y hallábanlas cogidas
en Jaén,
Axa y Fátima y Marién.

Y hallábanlas cogidas,
y tornaban desmaídas
y las colores perdidas
en Jaén,
Axa y Fátima y Marién.

Tres moricas tan lozanas,
tres moricas tan lozanas,
iban a coger manzanas
a Jaén,
Axa y Fátima y Marién.

 

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El collar de la paloma, Ibn Hazm de Córdoba. S.XI
El collar de la paloma, Ibn Hazm de Córdoba, Madrid, Alianza Editorial, 1981

Sobre las señales del amor

Tiene el amor señales que persigue el hombre avisado y que puede llegar a descubrir un observador inteligente.
Es la primera de todas la insistencia de la mirada, porque es el ojo puerta abierta del alma, que deja ver sus interioridades, revela su intimidad y delata sus secretos. Así, verás que cuando mira el amante, no pestañea y que se muda su mirada adonde el amado se muda, se retira adonde él se retira, y se inclina adonde él se inclina, como hace el camaleón con el sol.
(…)
Otras señales son: que no pueda el amante dirigir la palabra a otra persona que no sea su amado, aunque se lo proponga, pues entonces la violencia quedará patente para quien lo observe; que calle embebecido, cuando hable el amado; que encuentre bien cuanto diga, aunque sea un puro absurdo y una cosa insólita; que le dé la razón, aun cuando mienta; que se muestre siempre de acuerdo con él, aun cuando yerre; que atestigüe en su favor, aun cuando obre con injusticia, y que le siga en la plática por dondequiera que la lleve y sea cualquiera el giro que le dé.
Otras señales son: que el amante vuele presuroso hacia el sitio en que está el amado; que busque pretextos para sentarse a su lado y acercarse a él; y que abandone los trabajos que le obligarían a estar lejos de él, dé al traste con los asuntos graves que le forzarían a separarse de él, y se haga el remolón en partir de su lado. (…)
Otra señal es la sorpresa y ansiedad que se pintan en el rostro del amante cuando impensadamente ve a quien ama o éste aparece de súbito, así como el azoramiento que se apodera de él cuando ve a alguien que se parece a su amado, o cuando oye nombrar a éste de repente. Sobre esto he dicho en un poema:
Cuando mis ojos ven a alguien vestido de rojo, mi corazón se rompe y desgarra de pena. ¡Es que ella con su mirada hiere y desangra a los hombres y pienso que el vestido está empapado y empurpurado con esa sangre!
Otra de las señales es que el amante dé con liberalidad cuanto pueda de aquello que antes disfrutaba por sí mismo, y ello como si fuese él quien recibiera el regalo y como si en hacerlo le fuera su propia felicidad, cuando sólo le mueve el deseo de lucir sus atractivos y hacerse amable. Por el amor, los tacaños se hacen desprendidos; los huraños desfruncen el ceño; los cobardes se envalentonan; los ásperos se vuelven sensibles; los ignorantes se pulen; los desaliñados se atildan; los sucios se limpian; los viejos se las dan de jóvenes; los ascetas rompen sus votos, y los castos se tornan disolutos.

Claro es que estas señales aparecen antes que prenda el fuego del amor y el calor abrase y el tizón arda y se levante la llama, porque, una vez que el amor se enseñorea y hace pie, no ves más que coloquios secretos y un paladino alejamiento de todo lo que no sea el amado.
(…)
Otras señales e indicios de amor, patentes para el que tenga ojos en la cara, son: la animación excesiva y desmesurada; el estar muy juntos donde hay mucho espacio; el forcejear por cualquiera cosa que haya cogido uno de los dos; el hacerse frecuentes guiños furtivos; la tendencia a apretarse el uno contra el otro; el cogerse intencionadamente la mano mientras hablan; el acariciarse los miembros visibles, donde sea hacedero, y el beber lo que quedó en el vaso del amado, escogiendo el lugar mismo donde posó sus labios.
Hay, sin embargo, señales contrarias a las declaradas, que obedecen al imperio de las circunstancias, a los accidentes que andan en juego, a las causas del momento o a la excitación de los ánimos. Los extremos se tocan muchas veces. Las cosas, exageradas hasta el colmo, producen efectos contrarios, y, llevadas al extremo límite de su discrepancia, acaban por parecerse, por un decreto de Dios Honrado y Poderoso que no podemos comprender. Así, la nieve, si se la aprieta mucho tiempo con la mano, quema como su contrario el fuego; la alegría excesiva mata, lo mismo que la pena desmesurada, y la risa muy continuada y violenta hace saltar las lágrimas. Todo esto acaece muy a menudo.
Pues del mismo modo hallamos que, cuando dos amantes se corresponden y se quieren con verdadero amor, se enfadan con frecuencia sin venir a qué; se llevan la contraria, aposta, en cuanto dicen; se atacan mutuamente por la cosa más pequeña, y cada cual está al acecho de lo que va a decir el otro para darle un sentido que no tiene; todo lo cual es prueba que evidencia lo pendientes que están el uno del otro.
La distinción entre estos enfados y la verdadera ruptura o enemistad, nacida del odio y de la animosidad enconada de la querella, es la prontitud con que se reconcilian. A veces tú creerás que entre dos amantes hay tan hondas diferencias, que no podrían arreglarse más que pasado mucho tiempo, si se trataba de una persona de alma serena y libre de rencor, o nunca, tratándose de persona vengativa. Sin embargo, no tardarás mucho en ver que han vuelto a la más amigable compañía, que los reproches se han desvanecido, que la rencilla se ha borrado y que en el mismo instante vuelven a reírse y a chancear juntos. Todo esto puede ocurrir varias veces, en un solo rato. Pues bien: cuando veas que dos personas proceden de este modo, no dejes lugar a la duda, ni permitas, en absoluto, que te asalte la incertidumbre, ni vaciles en pensar que entre ellas hay un oculto secreto de amor. Puedes afirmarlo en redondo, en la seguridad te que nadie podrá desmentirte. No te hace falta prueba más clara ni experiencia más fidedigna. Tal cosa no sucede más que cuando existe un amor correspondido y una afección sincera. Yo he visto mucho de eso.
Otra señal de amor es que tú has de ver cómo el amante está siempre anhelando oír el nombre del amado que se deleita en toda conversación que de él trate. Este tema es su muletilla constante y nada le divierte como él, un que le retraiga de hacerlo el temor de que los oyentes adivinen su secreto y los circunstantes comprendan su acuñación. ¡El amor te vuelve ciego y sordo! Si el amante pudiera conseguir que en el sitio en que se halla no hubiera otra plática que la referente a quien él ama, jamás se movería de allí.
Acaece asimismo al verdadero amante que, a veces, se pone a comer con apetito, cuando de repente el recuerdo del ser amado le excita de tal modo que la comida se le hace un bolo en la garganta y le obtura el tragadero. Otro tanto le sucede con el agua. Tocante a la conversación, en ocasiones la inicia muy animado, cuando, de improviso, le asalta un pensamiento cualquiera acerca del ser que ama, y entonces se ve claro cómo se le traba la lengua y empieza a balbucear, y se observa ostensiblemente que se pone taciturno, cabizbajo y retraído. Hacía un momento su fisonomía era risueña y sus ademanes desenvueltos; pero súbitamente se ha tornado hosco e inerte; su alma está perpleja; sus movimientos son rígidos; se aburre de hablar y siente tedio cuando le preguntan.
Otras señales de amor son: la afición a la soledad; la preferencia por el retiro, y la extenuación del cuerpo, cuando no hay en él fiebre ni dolor que le impida ir de un lado para otro ni moverse. El modo de andar es un indicio que no miente y una prueba que no falla de la languidez latente en el alma.
El insomnio es otro de los accidentes de los amantes. Los poetas han sido muy prolijos en describirlo; suelen decir que son «apacentadores de estrellas», y se lamentan de lo larga que es la noche.
(…)

También sufre el amante sinsabores en las dos situaciones siguientes:
La primera consiste en que el galán espere encontrar a su dama y se interponga de pronto un obstáculo que lo impida.
Yo conocía a uno a quien su amada había dado una cita y lo veía yendo y viniendo; no podía estarse quedo ni pararse en ningún lugar; tan pronto iba para atrás como para adelante; la alegría aligeraba su natural serio y convertía su aplomo en vivacidad.
(…)
La segunda situación consiste en que nazca entre los amantes una sospecha, que no se sabe si es verdad o no más que por referencias de una tercera persona, pues entonces el desasosiego es tremendo hasta que el asunto se aclara, bien porque cese la pesadumbre con la esperanza del perdón, bien porque la desazón se trueque en franca tristeza y pena, ocasionada por el temor de la ruptura.
También asalta al amante una profunda dejadez si el amado le trata con desabrimiento; mas esto quedará explicado en su capítulo correspondiente, si Dios Altísimo quiere.
Accidentes del amor son asimismo la violenta ansiedad y el mudo estupor que se apoderan del amante, cuando ve que el amado le esquiva o huye de él, y que se revelan en ayes, abatimiento, gemidos y profundos suspiros.
(…)
El llanto es otra señal de amor; pero en esto no todas las personas son iguales. Hay quien tiene prontas las lágrimas y caudalosas las pupilas: sus ojos le responden y su llanto se le presenta en cuanto quiere. Hay, en cambio, quien tiene los ojos secos y faltos de lágrimas.
(…)
También acaece en el amor que uno de los amantes recele y sospeche de cualquier palabra que el otro diga, y la eche a mala parte, lo cual suele originar frecuentes rencillas entre los enamorados.
(…)
También notarás que el amante, cuando no tiene demasiada seguridad en la constancia de los sentimientos del amado para con él, es mucho más circunspecto de lo que antes era, se refrena más en sus palabras y cuida más sus ademanes y sus miradas, sobre todo si tiene la desgracia de haber dado con una persona celosa y la fatalidad de haber caído con quien es aficionado a pelearse.
Otras señales de amor son: que el amante espíe al amado, tome nota de cuanto diga, investigue cuanto haga, sin que se le escape cosa alguna ni chica ni grande, y le siga en todos sus movimientos. Y, por vida mía, tú verás que en esto los necios se vuelven listos, y los incautos, agudos.
Una vez, en Almería, estaba yo de visita sentado en corro, en la tienda de Ismá'íl ibn Yünus, el médico judío, que era ducho en el arte fisiognómica y muy perito en ella, cuando Mucháhid ibn al-Husayn al-Qaysl le dijo, señalando a un hombre, llamado Hátim Abü-1-Baqa'7, que pasaba frente a nosotros: «— ¿Qué dices de ése?». Isma'íl lo miró un momento y luego dijo: «—Que es un enamorado.» «—Acertaste —dijo Mu¬cháhid—; pero, ¿cómo lo sabes?» «—No más —contestó— que por la excesiva abstracción que lleva pintada en el semblante, para no hablar de sus otros ademanes. He deducido que se trata de un enamorado, sin que haya lugar a dudas.»

Sobre la enfermedad
Todo amante, cuyo amor sea sincero y que no pueda gozar de la unión amorosa, bien por separación, bien por desdén de su amado, bien por guardar secreto su sentir, movido de cualquier circunstancia, ha de llegar por fuerza a las fronteras de la enfermedad y estar extenuado y macilento, lo cual a veces le obliga a guardar cama. Es cosa que sucede con harta frecuencia y que acontece casi siempre. Ahora bien: las dolencias de amor no son como las que vienen del asalto de las restantes enfermedades. El médico perspicaz y el hábil fisiognomista las distinguen bien.
(…)
A veces, la dolencia del amante puede llegar a hacerle perder del todo la razón, a trastornar su inteligencia y a obsesionarle.
(…) El motivo de esta situación no es otro que la idea fija. Cuando el pensamiento está obseso, y el humor melancólico se adueña del sujeto, sale el negocio de los límites del amor para caer en los del desvarío y de la locura. Y si se descuida al principio el tratamiento que ha de ayudar al paciente, nácese la dolencia tan recia, que ya no queda otro remedio que la unión.
(…)
Cuando el enamorado llega a este grado de pasión, se desecha toda esperanza, cesa todo deseo, y ya no existe remedio, ni con unión ni sin ella, toda vez que la corrupción se adueña del cerebro, el conocimiento se extravía y la enfermedad se lleva la palma. ¡Dios nos guarde, con su poder, de la desventura, y nos libre con su gracia del castigo!

Sobre la muerte

Aumentan de tal suerte en ocasiones las cuitas de amor, flaquea tanto la naturaleza del amante y tanto crece la angustia, que pueden ser causa de muerte y de dejar el mundo.
(…)Nuestro amigo Abü-1-Sarí 'Ammár ibn Ziyád2, que lo tenía de una persona fidedigna, me refirió que el secretario Ibn Quzmán anduvo tan perdido por Aslam ibn 'Abd al-'AzIz, verdadero portento de hermosura y hermano del háchib Hásim ibn 'Abd al-'Aziz, que este amor le hizo caer en cama y acabó por llevarlo a la muerte 3. Aslam lo trataba mucho y lo visitaba a menudo, pero no supo ser causa de su enfermedad, hasta que Ibn Quzmán murió de pena y tras larga dolencia.
Dijo el que lo contó: «—Cuando murió su amigo, yo hice saber a Aslam cuál era el motivo de su enfermedad y de su muerte, y se afligió mucho, y me dijo: '— ¿Por qué no me lo hiciste saber antes?' '— ¿Para qué?' —le contesté—. '—Por Dios —repuso—, que lo hubiera visto con más frecuencia y casi no me hubiera separado de él, y en ello no hubiera habido para mí detrimento'.»

Sobre el mensajero


Después de todo esto —una vez asentada la confianza y completadas las relaciones—, entra en la escena del amor el mensajero. Es necesario elegirlo, entresacarlo, probarlo y buscarlo con el mayor cuidado, pues ha de ser un indicio del entendimiento de quien lo envía y en sus manos han de estar su vida o su muerte, su ocultación o su afrenta, después de estar en las manos de Dios Altísimo.
Conviene que el mensajero tenga disposición e ingenio; que entienda la menor seña, barrunte lo escondido, acierte en sus iniciativas, supla de su propia minerva lo que se le escapa al que lo envía, transmita a éste cuanto vea en el rostro del amado; que sea, en fin, discreto, cumplidor de los compromisos, leal, poco exigente y buen consejero. Si de tales cualidades carece, perjudica al que lo envía en la misma medida en que le faltan.
(…)Las personas más empleadas por los amantes para comunicarse con los que aman son, o bien criados en quien nadie para mientes y que no despiertan recelos, por su poca edad, por lo desastrado de su porte o por la zafiedad pintada en su rostro, o bien, por el contrario, personas respetables y fuera de toda sospecha, por la piedad que aparentan o por la avanzada edad a que han llegado. ¡Cuántas hay así entre las mujeres! Sobre todo, las que llevan báculo, rosarios y los dos vestidos encarnados. Yo me acuerdo que en Córdoba las mujeres honradas se guardaban de las que tenían estos atributos, dondequiera que las veían. También suelen ser empleadas las personas que tienen oficio que suponen trato con las gentes, como son, entre mujeres, los de curandera, aplicadera de ventosas, vendedora ambulante, corredora de objetos, peinadora, plañidera, cantora, echadora de cartas, maestra de canto, mandadera, hilandera, tejedora y otros menesteres análogos. Por último, también suelen ser empleadas las personas que tienen parentesco con aquel a quien son enviadas, que, por esta razón, no se retrae de ellas. Por estos procedimientos, ¡cuántas personas inabordables se han tornado blandas; cuántas difíciles, fáciles; cuántas lejanas, próximas; cuántas ariscas, afables! ¡Cuántas malaventuras han atravesado los velos más protectores, las cortinas más espesas, los gabinetes más reservados y los muros más sólidos, por las añagazas de estas gentes!
Si no fuera para llamar la atención sobre ellas, no las hubiera mencionado. Lo he hecho para que nadie pare mientes en ellas ni ponga en ellas la menor confianza. Dichoso el que escarmienta en cabeza ajena. Y que Dios corra sobre nosotros y sobre todos los musulmanes su velo protector y no aparte de ninguno la sombra de su salvación (…)

Sobre la guarda del secreto


Suele ser una de las señas de amor que el amante refrene su lengua y niegue estar enamorado cuando se lo preguntan; que se las industrie para aparentar indiferencia y se las eche de misógino y libre de compromisos. Ahora bien: el secreto sutil y el fuego de la pasión que arde en su pecho nada quieren mejor que manifestarse claramente en los ademanes y en la mirada y correr a su antojo como el fuego en el carbón o el agua en la arcilla seca, pues el disimulo frente a los que no están dotados de una percepción muy fina, es hacedero en un principio, pero resulta imposible cuando el amor se ha adueñado por completo del amante.
Una de las causas del encubrimiento del amor puede ser que el amante se retraiga de presentarse a sí mismo, ante las gentes, con el marbete de enamorado, que —tal vez a su juicio— es condición de gente de poco seso, y por eso huya de él y se abstenga de usarlo.
Esta actitud no es razonable, porque al musulmán debe bastarle el abstenerse de las cosas vedadas por Dios Honrado y Poderoso, que puede cometer en uso de su libre albedrío y de las que se le ha de pedir cuentas el
Día de la resurrección; mas el que a uno le guste la hermosura y el que el amor se apodere de uno, cosa natural es, que no está mandada ni vedada, porque los corazones están en manos de Aquel que los gobierna y sólo están obligados a conocer y percibir la diferencia que hay entre lo que es pecado y no lo es, y a creer con firmeza lo verdadero. El amor es una especie de naturaleza, y el hombre sólo tiene poder sobre los movimientos libres de sus órganos.
(…)
Yo conozco a uno a quien sucedió algo de lo que hemos dicho. El amor se había aposentado en su pecho y él pretendía negarlo, hasta que la cosa creció de tal modo, que podía leerla en su rostro el que quería saberla y aun el que no quería. Pero, si alguno le decía algo, soltaba un bufido y le insultaba; y así, los amigos que querían gozar de su favor tenían que fingir darle crédito en sus denegaciones y desmentir a quienes pensaban en contrario, de lo cual él se quedaba tan pagado. Me acuerdo, sin embargo, que cierto día, estando él sentado con uno que le había hecho alusiones a lo que pasaba en su interior y a quien él había bravamente rechazado, acertó a pasar ante ambos la persona de quien se sospechaba que andaba enamorado. Apenas sus ojos se fijaron en el ser amado, quedóse confuso, abandonó su primera actitud, se le demudó la color, y sus razones, que eran antes muy concertadas, se tornaron incoherentes, hasta el punto de que su interlocutor dejó de hablarle. La vista del amado había sacado afuera el recuerdo que por dentro guardaba. Al fin, el otro exclamó: «— ¿Qué cambio ha habido en aquello primero?» \ «—Con efecto, es lo que todos sospecháis —dijo entonces—. El que quiera disculparme, que me disculpe, y el que quiera censurarme, que lo haga.» Sobre este asunto he dicho en una poesía:
A juzgar por los tormentos de enfermedad que en él se ven, si vive es porque la muerte le tiene compasión.
(…) Tal cosa sucede sólo cuando la ocultación y el encubrimiento pugnan con el carácter del amante, al que, sin embargo, dominan, de forma que viene a quedar perplejo entre dos fuegos abrasadores.
Otra de las causas del encubrimiento del amor es, a veces, el deseo del amante de salvaguardar a su amado, lo cual es señal de lealtad y de noble condición.
(…)
Otro de los motivos del encubrimiento del amor es, a veces, el miedo del amante por su propia vida, si revela su secreto, a causa del alto linaje del amado.
(…) Yo sé de personas que tienen intimidad y trato frecuente con la persona a quien aman; pero que, si le dejaran atisbar el menor barrunto de que lo aman, lo verían más lejos que los altísimos luceros de las Cabrillas. El ocultamiento es aquí una suerte de diplomacia. El amante que se halla en tal situación llega, en ocasiones, a gozar del trato del ser que ama en el más alto grado y hasta el último límite; y, en cambio, si le declarara sus sentimientos, no lograría ni la más mínima cosa; sufriría asperezas y desabrimientos; perdería toda confianza de dominar su corazón; vería desaparecer aquella familiaridad y nacer los artificios y los reproches; en suma, pasaría de amigo a siervo, y de parigual a cautivo. Y si, además, con su declaración hacía que tuviesen algún vislumbre los parientes del amado, ya no vería a éste más que en sueños, ni lo trataría ni poco ni mucho, y todo redundaría en su daño.
Otras causas del encubrimiento del amor son, a veces, o la timidez que se apodera del hombre, o que el amante, viendo en su amado aversión y desvío, y siendo él de condición altiva, cele su secreto para que sus enemigos no se alegren de su desgracia, y aparente, ante ellos y ante el que ama, que no se le da nada de todo ello.

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EL CUENTO DEL PAPAGAYO.

Arnaut de Carcassés,Siglo XIII

Castigos para celosos, consejos para juglares, Madrid, Gredos, clásicos medievales, 1999.

En un jardín cerrado, a la sombra de un frondoso laurel, oí contender a un papagayo de la manera en que os voy a contar. He aquí que comparece ante una dama, le trae un saludo de lejos, y le dice:

-Señora, Dios os salve, soy un mensajero. No os sepa mal si os digo por qué he venido aquí, ante vos, a este jardín. El mejor caballero que nunca haya existido, el más seductor y alegre, Antíphanor, el hijo del rey, ese que organizó un torneo por vos, os transmite sus saludos cien mil veces, y os ruega, por mi voz, que le améis, pues sin vos no puede sanar  del mal de amores que le hace languidecer. Ningún médico le puede sanar sino vos, que lo tenéis en vuestro poder. Vos podéis sanarlo, si os place; sólo es necesario que le mandéis conmigo una joya que pueda llevar por vuestro amor, y así le habréis librado de su dolor. Aun os digo más, por mi fe, que debéis tenerle merced, pues, si os place, quiere morir por vos antes que vivir alegre por otra.

La dama le responde:

—Amigo, ¿desde dónde habéis venido hasta aquí, y qué buscáis? Me parecéis elocuente, mas ¿dónde habéis oído decir que yo repartiese joyas o que las ofreciese a cualquier cristiano? En vano os habéis esforzado. Pero ya que os veo tan bien dispuesto, podéis hablarme y decirme lo que queráis en este jardín, que no seréis forzado ni apresado por ello. Me pesa por amor de vos, que, tan gracioso y arrojado como sois, oséis darme ese consejo.

—Señora, y yo me sorprendo de que vos no le améis de corazón.

—Papagayo, quiero que sepáis que amo a uno cumplido de toda virtud.

—Y ¿quién es él, señora?

—Mi marido.

—No es razonable que el marido tenga tanto poder; a él podéis amarlo en público, y luego, en secreto, amar a aquel que muere por vuestro amor sin engaño alguno.

-Papagayo, muy hermoso es lo que decís. Creo que, si fueseis caballero, sabríais cortejar a una mujer. Pero ni siquiera por eso quisiera dejar de preguntaros por qué razón debería traicionar a aquel ante quien he comprometido mi fe. -Señora, eso os lo diré yo: el amor no se preocupa de juramentos, sino que la voluntad sigue al deseo.

-Decís bien, así me ayude Dios. Pero, entre tanto, os he vencido en una cosa, y es que yo amo a mi marido más que

 a cuanto existe en el mundo, de buena fe, y no quiero ningún otro amante. ¿Cómo osáis decir semejante locura, que amo allá donde no está mi corazón?

—Señora, ninguna locura he dicho; me parece que estáis enfadándoos. Pero si me quisierais escuchar, por ninguna razón os podríais escapar de amar a Antíphanor. Ya os he dicho que en rigor debéis amar a vuestro marido en público más que a nada, y que después debéis tener merced hacia aquel que muere por vuestro amor. ¿No os acordáis de Blancaflor, que amó a Flores sin ningún engaño; o de Iseo, que amó a Tristán, o de Tisbe, que fue a hablar con Píramo por aquel agujero sin que nadie pudiera evitarlo? En ellos podríais miraros.

¿Qué beneficio recibiríais de que Antíphanor  languideciera por vuestro amor y muriera? El dios de amor y las virtudes estoy seguro, os lo pagarían con mala salud; y yo mismo, estoy dispuesto a ir diciendo todo el mal que pueda de vos si

en un plazo breve no me otorgáis que si él os ama vos también le amaréis.

-Papagayo, así Dios me dé consejo, os digo que todavía sorprendo de que sepáis hablar tan bien; y pues tanto me acuciáis sobre el valor de Antíphanor vuestro señor, os conjuro, por el dios del amor, a que os vayáis, que ya vais tardando; os doy licencia, y os ruego que le digáis que me decidiré en breve y le demostraré mis pensamientos; y si es tal que lo quiera amar, podéis darle consuelo, que, por vuestros ruegos, lo amaré  y nunca me separaré de él. Llevadle este anillo, cual no creo que haya otro más bello en el mundo, con este cordón obrado en oro, que lo tome por mi amistad. Y no os entretengáis. En este jardín me hallaréis.

Responde el papagayo:

-Señora —dice—, así Dios me colme de bienes, he aquí un hermoso regalo; lo llevaré, ciertamente, y pues tenéis tan bellas previsiones, le saludaré de vuestra parte. Señora, que aquel Dios que no miente os dé a Antíphanor como amigo, y mí me permita ver cómo antes de un año le amáis sin ningún engaño.

Con esto termina su conversación. Deseoso de unir a la dama y a Antíphanor, el papagayo abandona alegre y sin demora el jardín, y, de allí, se va directamente a su señor, para contarle cómo ha ido todo. Primeramente, le relata los dones y la beldad de la dama, y en eso, por mi fe, actúa como cortés; y luego le dice:

—Señor, nunca fue criado un papagayo que tan bien llevara la voz de su señor como lo he hecho yo por vuestro amor. Entré suavemente en el jardín, para que nadie pudiera seguir mi rastro, pues prefiero estar libre antes que preso. Encontré, en efecto, a la dama, a quien le hice relación de vuestro amor. Ella os envía este anillo, cual no creo que haya otro más bello en el mundo, con este cordón obrado en oro, que  lo toméis por su amistad. Tomadlo por su amor, así Dios os dé por ello bien y honores. No sé, sin embargo, por qué razón no habríamos de encontrar un modo y una ocasión para entrar en el jardín; no sabría qué aconsejaros, pero yo, por vuestro amor, pegaría fuego a la torre y a la planta noble, de modo que cuando el fuego lo hubiera abrasado todo, podríais entrar sin problemas para cortejar a vuestra señora, y tenerla y abrazarla.

Antíphanor responde sin tardanza:

—Antes, volved a hablar con ella como estaba previsto, y, si os place, contadle este proyecto.

Se separan, entonces, ambos. Muy fiel amigo y sin doblez se muestra el papagayo hacia su señor. Vuela en dirección al jardín; encuentra a la dama bajo un pino y la saluda en su latín:

-Señora, que el Dios que os creó os dé lo que deseáis y os guarde de todo mal y enojo, con tal de que queráis amar a vuestro caballero tan lealmente como él os ama, sin reservas, a vos.

-Papagayo, así Dios me dé consejo, si todo el mundo fuese mío, de corazón lo daría entero por la amistad de Antíphanor . Pero este jardín está demasiado cerrado, y los guardas no reposan, sino que tienen que velar hasta el alba, y no pueden fallar ninguna noche.

-Señora, ¿no se os ocurre nada?

-No, pero no me sorprendería que se os ocurriera a vos.

-Así es, señora. Ahora escuchadme: volveré a donde está mi señor, al que he dejado pensativo en sus amores; esta misma noche lo traeré y lo dejaré ante el muro. Traeré, si os parece bien, fuego greguisco, con el cual incendiaré el campanario, la torre y la planta noble; cuando el fuego esté en pleno auge, todos correrán de inmediato para intentar extinguirlo. Entonces vos no os lo penséis mucho, acordaos de él y hacedle entrar, y así podréis hablarle. Si este consejo os parece bueno, aunque al celoso le desagrade, podréis deleitaros con vuestro amigo y yacer con él en la cama.

Entonces dice la dama:

—Pláceme. Id a prepararlo todo.

Así pues, el papagayo se va donde está Antíphanor, que le espera. Le encuentra montado en su caballo, armado de todas sus armas. Va vestido con yelmo y loriga, también lleva calzas de hierro y sus espuelas de oro; ciñe la espada a su costado. El papagayo se llega ante él.

—Señor —dice—, a mi parecer, esta noche veréis lo que más amáis, de buena fe. Vuestra dama os manda decir, a través de mí, que vayáis a ella por el camino más corto. ¡Id! Y cabalgad discretamente, que nadie pueda advertir vuestro rastro, que nadie, salvo que sea adivino, conozca vuestro proyectó. Nos hace falta fuego greguisco, en una olla de hierro o de acero; yo lo llevaré entre mis patas; hacédmelo traer rápidamente.

Antíphanor se lo hace traer de inmediato, según sus deseos.

Cabalgan tanto, que de noche ya están cerca de la torre. Los vigías están en el campanario; uno ronda, el otro le pregunta lo que ha visto; deben velar hasta el alba, sin que una sola noche puedan dejarlo. Entre tanto, Antíphanor desciende y deja su arnés cerca del caballo; todo, excepto la espada de acero, que quiere llevar ceñida al costado; y no le es necesario, creedme, pues sin temor, con su fuerte corazón, ha llegado al pie del muro.

El papagayo entra en el jardín, pues le tarda provocar el  incendio; ha dejado a su señor solo y sin miedo. Llega, primero, delante de la dama, como si fuese un gavilán, y se pone a sus pies, para, después, decirle:

-Señora, he dejado a mi señor desarmado ante la puerta principal. Pensad en él y hacedle entrar, pues voy a incendiar el castillo.

-Papagayo, me parece que he hecho todo tal y como estaba previsto. Tengo aquí las llaves del castillo, podéis verlas sobre este cojín. Id a pegar fuego al castillo. No creo que pájaro haya emprendido jamás tan rica hazaña como será esta  que ahora comenzáis.

El papagayo, ocultándose, pega fuego a la planta noble, por el lado de la torre, cerca del foso. Hay cuatro frentes de fuego, y el grito de alarma se eleva de inmediato:

-¡Fuego! —gritan todos.

L dama llega a la puerta principal y la abre sin pedir licencia los vigilantes, y muy a pesar de ellos. Antíphanor  entra en el jardín; en un lecho que hay preparado bajo un laurel va a acostarse con su dama. Nadie sabría contar el gozo  entre ellos dos, ni cuál de los dos sintió más placer: ambos creen, me parece, que aquello es el paraíso. Gran gozo hay entre ambos.

El incendio ya se está extinguiendo, lo están sofocando con vinagre. El papagayo se cree morir, tanto teme por su señor. Tan pronto como puede, va hacia él y se planta al lado del lecho, para decirle:

-¿No os levantáis? Levantaos e idos, que el fuego ha sido totalmente apagado.

 Antíphanor, con el corazón triste, se levanta, pero antes dice a su dama:

—Señora, ¿qué mandáis?.

—Señor, que hagáis todo lo posible por resultar valeroso mientras estáis vivo en este mundo.

Se acerca a él y le besa tres veces. Antíphanor se vuelve ligeramente, como hijo de rey que es, con su mensajero.

Esto es lo que cuenta Arnaut de Carcassés, que muchas veces ha cortejado damas. Y lo hace para instrucción de los maridos empeñados en guardar a sus mujeres: dejadlas actuar a su albur, más vale eso, y nadie deje de hacerlo.

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Esta es la súplica que hizo Guiraud Riquer al rey de Castilla acerca del nombre de los juglares, en el año de 1274
Procede: Castigos para celosos, consejos para juglares, Madrid, Gredos, clásicos medievales, 1999.

Pues Dios me ha dado saber y verdadero entendimiento para hacer poesía con precisión, según dicen los entendidos, debiera emplearlo correctamente dando a saber el modo de hacerlo gentil y verdaderamente (pues las cosas falsas pueden ser pasadas por verdaderas). Y Dios me ha dado tal saber que, según mi carácter, antepongo lo verdadero. Explicaré lo que quiero decir.

El saber hace al hombre rico en amigos y en poder, pues sabe gentilmente, y como debe, conducirse derechamente. El saber tiene una propiedad valiosa y segura, de lo más singular: y es que, gastándolo, se acrecienta. Bastante verdad se aprende por los saberes que existen. Me ha hecho tan rico mi honrada sabiduría, que por aquel a quien más estimo soy tenido en cuenta; y pues el nombre de Guiraut Riquier se conoce en todas partes (porque causé la alegría de nobles reconocidos, que si no, sería conocido sencillamente en Narbona), amo más a mi persona. Pero sigo siendo tímido y vergonzoso, por lo cual tengo menos riquezas. No obstante, por mi saber tengo ganada una cierta honra, que por el valeroso rey [...] Mas su nobleza verdadera, sus grandes conocimientos y su puro entendimiento me han hecho suyo según razón, por la devoción que allí le he brindado (como él sabe bien) y por mi esperanza. Por eso vivo alegre y alabo a Dios, porque me tiene por suyo y le placen mis saberes. Tengo suficiente poder con un saber de buen cuño; a toda costa, el rey será gentilmente servido por mí; mas él está tan repleto de todo bien, que yo no podría satisfacerle, me parece, aunque tuviese el doble de saber. Pero haré lo que pueda, poniendo a salvo su honor, por siempre jamás; pues de otro no espero que complete totalmente aquello que a mí me falta; por eso quiero ahora, con humilde corazón, servirle, y si le place, que dé pábulo a su albur en lo que toca a este su servidor; que a mí no me gustan búsquedas ni demandas, más que todos mis asuntos aumenten mi saber, pues es lo que me da valor en lo que me corresponde, sea lo que sea. Y si ahora pudiera ser que el buen rey quisiese hacer, haciéndome honor, lo que me parece (pues en él se convertiría en verdad, ya que suyo es el poder, en tanto que es rey del mundo) mucho acrecentaría esta nuestra sabiduría. Así, plágale que se lo muestre, y, si le parece razonable, hágalo, que en todos los buenos hechos le veo mejorar.

Quiero hablarle de esto, pues he sido bien enseñado, y me desagrada que ningún trovador haya levantado aún su voz. Comienzo suplicando, pidiendo humildemente merced a vos, rey, señor honrado, y que os dignéis prestarme un poco de atención, franco rey, noble don Alfonso Castellano, de quien es León por honor y mérito; señor, pues, escuchad y sabed razón de esto. Os ruego que os sepa bien escuchar lo que he de deciros, y, si se puede, sin tardanza hacer que, en beneficio nuestro, se lleve a cabo.

Señor recto y bueno, vos sabéis que las gentes viven muy diversamente en el mundo, y que cada día supone un gran placer para el valeroso mejorar en todos sus hechos. Y éstos, en lo que les corresponde, hacen nuevas reglas, así que son aún más valiosos sus hechos de lo que solían; hay muchos también que quieren mantenerse en los usos antiguos. Aquel que conoce lo que le irá mejor, debe, a todo su poder, noche y día mantenerlo: así se han hecho todos los senados. De esta manera, veo casi todo gentil y convenientemente ordenado, pues, según lo que se ve, clérigos y caballeros, burgueses y mercaderes, menestrales y campesinos, son aquellos por quienes lo mejor del mundo está compuesto. A cada cual se le establece, según su ser, un nombre y diversos apellidos, por los que se les llama y responden, por las virtudes que tienen o por su diversidad; y así es verdad que ellos quieren poseer estos nombres. Mas, lo verá quien se preocupe, en el mundo en general todos somos hombres de carne; mas existen virtudes que cada uno de aquellos tiene en particular, tal y como he mencionado, en los susodichos nombres. Para que todos entiendan lo que digo sin problema, por virtud se entiende parte del ser principal, como la clerecía, que tanto valor tiene, o también la caballería y el resto de cosas que la gente escoge y que ya os he citado; por eso, siempre, todos tienen su ser primero, y después es bastante fácil de entender el resto de sus maneras. De entre las gentes, las primeras son los clérigos, después los caballeros, burgueses y mercaderes, y los menestrales después, los campesinos, que auxilian muy valiosamente a todos, aunque estén lo más abajo, trabajan la tierra, pues no habría muchos frutos si no fuese bien labrada, ni tendrían suficiente las gentes para comer.

Para gobernar a todos espiritualmente existen los clérigos por mandamiento de Dios, así lo dice mi fe. Clérigo: este nombre se da a todos en general, pero especialmente hay algunos entre ellos que por sus órdenes, por sus personas o por sus dignidades no son iguales que los demás; pero tienen ese nombre, pues todos son clérigos en verdad. A ninguno le gusta, si ha recibido más órdenes, o es mayor persona, o tiene más dignidad, o está más preparado para saber gobernar, que, cuando se le quiera llamar correctamente, se le llame sin más clérigo. Antes bien, prefiere que se le llame por el mayor de sus rangos, y no le desagrada que le nombren con todo boato. Pocos lugares conozco donde se llame al clérigo sin que se diga el nombre que se les dio en el bautizo, o que se diga clérigo sin decir tal es 'maestro' o 'señor'. Hay frailes que son claustrales, celadores, sacristanes, mayores, menores, medianos; otros: diáconos, prestes, limosneros, arciprestes, archidiáconos, prebostes. Por esto paso rápidamente, que se trata de muchos nombres que no darían fruto en aquello que voy buscando. Hay también priores, abades, obispos, y sobre ellos, arzobispos, y más grande aún es el cardenal. Papa es aquel que no tiene superior en el mundo, salvo Dios, pues suyo es el poder del perdón. De todos sabemos que son clérigos en general, mas especialmente, cada cual tiene su nombre y lugar, de modo que no quiere ninguno que se le llame de manera diferente. Es bien sencillo entender que lo digo por los personados, o por los prelados, incluso por los capellanes, y es bien razonable que se los llame así, puesto que nunca he visto un prelado que no fuera clérigo; por eso es de razón que cada cual sea llamado de acuerdo con la posición que se les ha dado para gobernar la Iglesia. De los clérigos no quiero decir nada más, pues bastante he explicado ya, y me parece suficiente para las necesidades de mi asunto. De los caballeros, creo que podré explicar rápidamente sus nombres, cómo se llama a cada uno exactamente, aparte, claro, de 'caballero', que es su nombre en general. Hablaré brevemente de los nombres especiales que se aplica a éstos. Según lo que se me alcanza, en cada lugar se les da un nombre honrado, a cada noble según es. Quisiera pasar rápidamente por eso, para poder decir sin ambages lo que a mí me parece. Hay vizconde, marqués, duque y conde en el mundo, rey y emperador, y a cada cual le gusta que se le llame así. Sabemos también que todos son caballeros, y que tiene poder completo para serlo cuando quieran. Pero ese nombre se queda como por sobreentendido, pues sería reprendido aquel que llamara 'caballero', aunque dijera verdad, a cualquier potestad, si de inmediato no lo quisiera honrar con su tratamiento. Un rey puede ser llamado nobilísimo caballero; mas quien ve pasar a mucha gente por un sendero o ve personalmente a aquél, pregunta y quiere saber de quién se trata. Responderá correctamente de quién se trata, a mi juicio, aquel que sepa con certeza y entienda claramente quién es conde y quién es rey, y si es tal o cual conde o rey, así como su exacta condición, sus dominios y su poder, lo más honradamente que pueda. No hace falta que pregunte si es caballero o no, pues esto está sobreentendido, como os he dicho ya antes, pues cada cual es nombrado por su condición, de la manera que más honrado resulte. Y sabed que es bien cierto que un rey es conde y marqués, y el conde, vizconde, y así sucesivamente, y por lo que más vale y por lo que más honrado es, cada cual ha de ser llamado; mas es correcto y razonable, y así lo sabemos perfectamente, que todos son caballeros. Pero entre los primeros se ordenó sensatamente, de modo que ya no es preciso mejorarlo, ni hace falta añadir más, tan correctamente se les llama a aquellos de que os he hablado hasta aquí. He dejado otras cosas para abreviar mi argumento, que para lo que quiero mostrar esto me va bastante bien.

De los burgueses sabemos que no se les llama de otra manera, sino que se les llama burgueses, solamente, así que entre ellos no hay ninguna jerarquía de nombres. Tienen mucho más poder unos que otros, por supuesto, pero todos permanecen en su lugar en la plaza; pueden preocuparse por las armas y por la caza, deben seguir las huellas de los hechos más nobles, y han de ser amables, y vivir de sus rentas sin hacer otros negocios ni dedicarse al mercadeo. Todos deben procurar tener una vida tal, pues quien más sabe valer tanto más mérito y fama alcanza. Y pues entre ellos no he hallado jerarquías, ni veo personados ni adelantados, salvo por la riqueza, ni por hechos ni por dichos a que no se pueda llegar por saber, con tal de que sea capaz, no creo que pueda darse otro nombre, ni le corresponde, que el de burgués, simplemente: un solo deber entienden y un solo comportamiento se les dio. Si se les ha asignado tan sólo poder, no penséis que el deber rindan al linaje, pues muchos son de buen lugar por linaje, y sin embargo hacen cosas viles, pues no tienen bastante para vivir: ya que todos tienen un solo deber, se les llama a todos burgueses. Aunque más noble sea un rico burgués por linaje, sin embargo no me parece que le convenga un nombre más alto. No creo necesario explicar más mi argumento, pues he de hablar de otra cosa, que me es necesario y fácil de decir.

De los mercaderes creo que lo diré todo rápidamente. A los mercaderes se les llama así por 'mercado', y a mí me parece que todos son mercaderes si no hacen otro oficio más que comprar y vender. Se puede entender muy bien que compran y que venden, y que en otra cosa no se ocupan, ni se les llama de otra manera. Los más honrados son llamados mercaderes: así como los mercaderes de telas de lujo, y los que andan de viaje en Ultramar o en Francia y van, con la esperanza de ganarse la vida por el mundo, compran y venden allá donde más provecho pueden obtener. Y se debe decir, aparte de 'mercader', con qué hacen mercado: se ve a  muchos mercaderes que van o vienen, y que venden y compran todo cuanto se compra y se vende, que ahora tienen nombres derivados de lo que más acostumbran hacer, y así se sabe de cada uno cómo vive comprando y vendiendo. Voy a decirlo brevemente, para que se me pueda entender. Ahora os daréis cuenta de lo que hacen los cambistas y aquellos que son señores o copropietarios de las tiendas, donde no se hace otra cosa más que comprar y vender. Ved lo que hacen los tejedores, merceros y chatarreros y aquellos que compran trigo y lo venden en el mercado, y ninguna otra cosa hacen; y otros que, a mi parecer, os podría enumerar que no hacen sino comprar, únicamente, y vender. Todos, en general, son, en verdad, mercaderes, mas la razón requiere que cada uno sea nombrado por aquello que más acostumbra mantener dentro de la mercadería. Todo el mundo puede saber que lo que digo es verdad; así, a partir del nombre, conviene que sigan sus condiciones, y de este modo en cualquier calle y lugar conocido cualquier hombre, apercibido o estúpido, con sólo preguntar, encontrará en venta aquello que desee. Además, tened en cuenta que es nombrado cada cual por su uso, lo que es tan correcto como razonable, aunque también sabemos que todos son mercaderes, pues mercadeando por el mundo viven, compran y venden. Bastante, a mi juicio, he dicho de los mercaderes.

De los menestrales os digo que, en general, todos se llaman menestrales verdaderamente, pero especialmente, cada uno por lo que hace, pues por el oficio que tiene se llama a cada cual, y tiene un nombre cada oficio por sí mismo. Así son ordenados mediante nombres según su variedad, y así, como se debe, se hace que cualquiera, sin problemas pueda ir preguntando y nombrando el oficio de aquel al que quiere encontrar; de modo que no le hará falta decir que sea un artesano, pues es bien sabido que el herrero o el carpintero, el sastre y el zapatero y el obrero manual, todos son artesanos, claramente, por mi fe; y así se entienden las ocupaciones al mencionar los oficios. Pues de otra manera no se sabría fácilmente; y sin embargo es bien sabido que cada cual quiere llamarse, aparte del nombre de bautizo y del sobrenombre que tiene, por el oficio que hace, cuando quiere que se sepa de él. Y no se debe discutir, a mi juicio, que deba ser así; mas siempre son todos, ciertamente, menestrales. No es preciso explicar más: sobre esto ya hay suficiente.

Quiero hablar de los campesinos, que son las más bajas gentes, a quienes se llama, según su uso, diversamente, por labrar mayormente campos, viñas y huertas. A cada uno, según su trabajo en cada cosa, así se le llama. Otros, por lo que sé, se dedican al ganado, a pastorearlo en el exterior, y de ello toman nombre: por su actividad, podemos distinguir claramente tanto unos nombres como otros. Habéis oído nombrar, entre ellos, labradores, boyeros, braceros, podadores, hortelanos. Todos trabajan con el cuerpo y las manos, ciertamente. Además se llama a todos los demás, según su ocupación, pastores, vaqueros, yegüeros o porqueros. Hay otros nombres que convienen a cada uno por lo que hace, y así se les llama. Además, es verdad que todos son campesinos. Todo está ordenado para entenderse bien y correctamente. Igual que se llama de diversas maneras a los campesinos, teniendo en cuenta lo que saben hacer por obra o por otra cosa; con los artesanos pasa lo mismo, y con los mercaderes que van y vienen (de los burgueses no necesito hablar ahora de otra manera); también a los caballeros se les llama diversamente, y a los clérigos se nombra según lo que más les honra, variando los nombres (tal como he dicho más arriba); así pues, digo que el deber y el uso se acuerdan en justicia para decir que en cada generalidad hay diversas especies, y que cada aspecto general, por alguna razón (como la región, tierra, villas o gentes), con propiedad debe ser nombrado.

Por eso se me ocurre que sería conveniente [...]  de los nombres entre los juglares no está definida la condición, pues entre ellos, los mejores no tienen nombre más honrado siguiendo a sus hechos. A mí me parece mal que un hombre que no sabe comportarse sutilmente, con que sepa un poco de cualquier instrumento, vaya a tocar por las calles, buscando y pidiendo que le den algo; y otro, sin categoría para ello, ande cantando por las plazas vilmente, y relacionándose entre gentes bajas meterá su ponzoña en todos, sin vergüenza, tanto en propios como en extraños; después se irá de tabernas con lo que haya obtenido; mas no osan comparecer en ninguna buena corte. Pues a estos se menciona, sin otro nombre, como juglares: a los que se ocupan en malabares, sin hacer otra cosa, a los que hacen bailar monos y marionetas, y a otros que no les ha sido dado ningún buen comportamiento. La juglaría fue inventada por primera vez por un hombre sesudo hábil en varios saberes, para poner a los buenos en el camino de la alegría y el honor. Los instrumentos dan placer cuando se escuchan a quien sabe, tañéndolos, llegar a dar alegría. Así, los nobles antiguos querían tener juglares, y todavía, por uso, los tienen todos los grandes señores. Después vinieron los trovadores para contar hechos buenos cantando, y para alabar a los nobles y enardecerlos en los buenos hechos; y aunque sabe tratar de esto, no lo ejecuta, ni es su deber hacerlo, sino que enseña cómo hacerlo: por eso yo, pase lo que pase, no puedo contenerme de decirlo. Así, a mi juicio, empezó la juglaría, y todos ellos vivían con gran placer entre los nobles. Mas ahora estamos en una época, que ya dura mucho tiempo, en que cierta gente ha promocionado sin tener juicio ni saber nada de hechos o de dichos aplacibles, y sin conocimiento, que toman actitud de cantar, de componer o de tocar instrumentos o de otras cosas, sin que debieran hacerlo, sólo porque se les dé algún dinero, por envidia de los buenos. Y además se ponen celosos cuando ven a los buenos ser honrados por los nobles, y se ocupan de inmediato en maldecir. Esto no debiera soportarse en absoluto, en mi opinión, mas veo que se les tiene en cuenta y se los teme más que a los sabios. Así que queda rebajado el honor del nombre de juglar, cosa que no solía pasar entre aquellas gentes; y me sabe mal por los sabios trovadores, pero no han levantado la voz en el pasado por esto que ahora quiero decir.

Que hagan disponer a quien mejor corresponda que cada cual tenga nombre según lo que sepa hacer, que todos sean juglares en su ser general o bien cuando sólo saben hacer una cosa nada más, como sucede con los burgueses. Pero no ha de compararse, pues la dedicación única del burgués y su comportamiento se mantienen sin problemas al mantener sus capacidades, tal y como os dije, si recordáis, en otra ocasión. Encontraréis juglares de tantas habilidades buenas o mediocres, o viles o pésimas, que a los mejores redunda en daño, en deshonra y vergüenza, así que cada cual se aleja cuando puede de entre ellos, pues tanto se llama juglar al vil y al bueno, y no es razonable, pues no recibe cada cual nombre por lo que hace para ganarse la vida en el mundo.

A mí me parece que vos, señor buen rey, sois tan poderoso en mérito y poder, en juicio y en saber, que podréis solucionarlo. Y a vos os toca hacerlo, como corresponde a todo rey; pues siempre la juglaría y el saber han encontrado en Castilla, de buen grado, mantenimiento y morada, don y enmienda, y además, cabales consejos, más que en ninguna corte real ni en cualquier otra que exista. Y vos, hoy, en este día, señor, así lo mantenéis, por lo cual sois más loado entre otros bienes que tenéis. Querido señor, puesto que es uso certero, lo podréis dar (¡es tan hermoso bautizar!) pues es muy necesario, y luego todos sabrían de cada cual sus capacidades, con sólo que os venga en gana y os parezca bien hacerlo; pues ahora no se puede escoger por el nombre, ni elegir, entre los juglares, sin decir lo que saben hacer, breve-mente, pues todos, en general, son llamados juglares. Si se pudiera decir de ellos como de los artesanos y de los otros, fácil sería entender sus condiciones.

Si os queréis excusar diciendo que resultaría enojoso hacer de todos ellos divisiones por nombres, os ruego que, siquiera, de aquellos que tienen la habilidad de componer bien y ciertamente, que hacen poemas y canciones y otras buenas composiciones, por provecho y por sentido común, y por instrucción duraderos por siempre, que no sean en conjunto nombrados con los juglares: dadles nombre cierto y que os parezca adecuado, pues bien podéis saber, noble rey castellano, que sus hechos son buenos, más que los de todos los otros, que no valen ni una nuez, si bien reparáis en ello, ni sus hechos ni su conversación.

Y en cuanto a los de los instrumentos y a los imitadores, no es demasiado importante, pues se les conoce en cuanto se les ve o se les oye simplemente. Pero de los juiciosos y sabios que hacen buenas composiciones se recuerdan sus canciones y el resto de lo que hacen bien, de manera que luego valen tanto, por sus virtudes y juicio, como si estuvieran presentes, aunque ya hayan muerto. Así que es injusto que éstos no tengan otro nombre; y pues cabalmente se juntan con juglares honrados entre las gentes buenas, no debería permitirse, ya que Dios los quiere honrar en el mundo con tal saber que no se podría obtener por ningún otro hombre de carne y hueso.

En todo saber es necesaria una buena doctrina, pero si Dios no ¿inspira? al hombre en sus inicios al ponerse a componer, nunca podrá crear poesía. Es cierto que, puesto que tiene en sí entendimiento, puede mejorar si se dedica a estudiar; pero jamás podría inventárselo un hombre. Si miráis a la clerecía y a todos los demás saberes, el hombre es capaz de aprender cualquier cosa, y los vemos empezar a todos, y los estudiantes por los hombres sabios aprenden los saberes. Así pues, es mejor el saber componer, y debería honrarse a quienes lo poseen firmemente, en tanto que sabrán tener buen comportamiento en las cortes; que veo a algunos muy sabios que se comportan vilmente, y hay otros que tienen juicio, mas muy poco saber, pero por buen comportamiento son agradecidos y amados. Aquellos, que tienen un perfecto saber y buen comportamiento y viven sin arterías, deberían ser más honrados; mas nada de esto veo hacer, antes bien, quien es más listo para buscar, mejor preparado se va a la siguiente corte, ya que nadie se preocupa sino de hombres vergonzosos.

Por esto os ruego, buen rey, que en esto hagáis división, de modo que sea honrado el saber como es debido, pues por este saber deben recibir honor aquellos que lo poseen, y más aún el que mejor lo sepa usar, así que tened a bien escoger los mejores nombres razonablemente. Hay muchos trovadores de diversas formas de componer a quienes no les corresponde honra si sus hechos son dudosos, pues unos son muy duchos usando su saber para maldecir, y otros hacen sin salero coplas, sirventeses, danzas, de lo cual obtienen honra por saber componer. No debe en nada pesaros, rey honrado, que yo me preocupe por ellos como habéis oído; sólo prestad atención a lo que digo de los que saben, en que hay saber y buen juicio y que hacen poemas y canciones siguiendo un buen tema, y que rimando difunden buenas enseñanzas. Pues de éstos solamente, que poseen un saber honrado y hacen autorizadamente sus poemas fieles y buenos, os ruego, rey poderoso, y es lo que os he suplicado.

Y si os he enojado por haberlo hecho tan largo, espero que hayáis entendido que me forzó a ello la razón; así pues, perdonadme vos este enojo, por favor. Y si esto conviene hacer y a vos os place, nunca fuera tan honrado mi padre por un señor; y Dios os dé honor y aplacible vida, acreciente vuestro poder, así como vuestro juicio y bondad, y os dé voluntad de lo que acabo de deciros, pues si no se hace, creo que nunca llegaré a ser juglar, tan amargo me resulta el mundo; y es que cabe en él tal gente que hace que ninguna ventaja se le conceda al saber componer bien, correctamente y como se debe, lo cual me pesa, y he sufrido tal desventura que el honor me huye: así que pensaré en cómo vivir, si no es así, de cualquier otra manera.

 

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