Lecturas volver a mester de clerecía
Libro de Alexandre  
Edición de Elena Catena: Libro de Alejandro, Madrid, Castalia, Odres Nuevos, 1985.
EDUCACIÓN DE ALEJANDRO. CLERECÍA  

ESTROFAS 35-50

[…]

Al ver a su pupilo estar tan sin color,

sabed su maestro sintió un dolor;             

nunca pesar le vino que fuese a éste peor,

pues al ver así al niño, sintió un gran pavor.

 

Empezó el maestro así a preguntar:

Hijo mío, ¿qué os pasa?, ¿quién os dio tal pesar?

Si puedo yo saberlo, os lo podré evitar;

no me debéis a mí todo eso ocultar.           

 

El muchacho al maestro no le osaba mirar,

le debía respeto, nunca en nada objetar.

Solicitó licencia para empezar a hablar;

se le otorgó de grado, y le mandó empezar.

 

«Maestro, me educaste, por ti se clerecía;

mucho bien tú me has hecho, pagarlo no podría.

A ti me dio mi padre, yo siete años tendría,

porque entre los maestros grande es tu nombradía.

 

»De toda clerecía, sé cuanto es menester,  

fuera de ti, no hay hombre que me pueda vencer;

sé que todo eso a ti lo he de agradecer,

pues las artes por ti yo las llegué a aprender.

 

»Entiendo la gramática, sé bien toda natura,        

escribo y versifico, conozco la figura,

de memoria yo sé autores y lectura;

mas todo eso lo olvido, ¡tan grande es mi amargura!

 

»Sé bien los argumentos de lógica formar; 

los dobles silogismos los sé también quebrar;

puedo yo a un contrario poner en mal lugar,

pero todo lo olvido, ¡tanto es mi pesar!

           

«Soy retórico fino, sé hermosamente hablar,

adornar mis palabras y a todos contentar;

sobre mis adversarios, mis errores echar,

mas ahora todo eso lo tengo que olvidar...

 

»Aprendí medicina, soy médico cabal:       

sé interpretar el pulso y el líquido orinal.

Fuera de ti, maestro, no existe un hombre tal;

pero ahora todo eso es para mí igual.

 

»Sé por arte de música propiamente cantar,         

sé hacer gustosas notas, las voces concordar,

los tonos cómo empiezan, y cómo han de acabar;

mas todo eso no puede mi alma contentar.

 

»Sé de las siete artes todo su argumento;  

y sé las cualidades de cada elemento;

de los signos solares, o de su fundamento,

no se me oculta nada, ni siquiera un acento.        

 

»Gracias a ti, maestro, poseo gran sapiencia,

no temo de riqueza tener nunca carencia;

mas viviré amargado, moriré en penitencia,

si de Darío el yugo, no libero yo a Grecia.

           

»Es indigna de un rey vida tan afrentada;

prefiero, por más noble, morir muerte honrada;

mas si a ti te parece cosa bien acertada,

contra Poro y Darío levantaré mi armada.»           

 

Le gustó a Aristóteles aquella explicación;

supo que no había sido en vano su misión.

 «Oidme, infante -dijo-, un poco de sermón,

creo que ha de valeros para toda ocasión.»

           

Contestó el infante -¡nada oiréis mejor!-,

«Yo soy tu escolar, tú eres mi doctor,

espero tu consejo como del Salvador;

oiré lo que digas, con atención y amor

 

El muchacho al punto se quitó la capilla;

se acercó al maestro, a los pies de su silla,

dando grandes suspiros, preso de gran mancilla,

¡el rencor que sentía, mostraba en su mejilla!

[…]

 
El narrador utiliza recursos propios de la transmisión oral. Se dirige al auditorio.

 

Estilo directo
 
Estilo directo
 

 

Alejandro explica la clerecía que equivale a los estudios medievales:
 

 

Trivium
 
 
 
 
Método
 
 
 
Quadrivium y Medicina
 
 
 
Siete artes: Trivium y Quadrivium
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Maestro-alumno
 
 

POR TIERRAS INHÓSPITAS

ESTROFAS 2147-2175

[…]
Larga era la ruta, y de muchas jornadas,
seca y peligrosa, y de malas pasadas,
de serpientes rabiosas, de bestias enconadas
de las que soportaron agresiones malvadas.

Marchaba con el ansia de todo allí acabar,
por tal tierra que nadie pudo nunca pasar,
tierra que no podría ningún hombre andar
donde pudiese un vaso de agua limpia hallar.

Cuando iban marchando les produjo temor
de la tierra, el polvo; del cielo, la calor;
ni aun los vasallos, ni siquiera el señor,
del agua de un río probaron el sabor.

Grande ansia sentían, sus caballos mayor;
sufrían mal la suya, las de ésos peor.
En el juego tendría que ser buen sufridor
El que no se quejase de tanto sinsabor.

Los hombres con la sed lamían las espadas,
otros bebían, forzados, sus propias meadas;
andaban los mezquinos con las lenguas sacadas.
¡Nunca hubo en el mundo gentes tan desgraciadas!

Un tal, llamado Zoilo, halló un pielaguillo,
llenó con agua limpia su propio sombrerillo;
dióle del agua al Rey, sin probar un sorbillo,
¡no le hizo mal servicio al Rey el mancebillo!

El Rey, cuando esto vio, se empezó a reír,
vertió el agua en la tierra, no la quiso admitir,
díjole: «Con los míos deseo yo morir,
si aquí ellos muriesen, no quiero yo vivir.»

Por esta acción sus gentes tuvieron gran placer,
fueron tan confortadas como con buen beber,
decían: «Que a este Rey quiera Dios proteger,
pues sabe a sus vasallos tal lealtad tener.»

En el camino hallaron muchas malas serpientes,
unas con aguijones, otras con malos dientes;
unas iban volando, otras sobre sus vientres;
dañábanle al Rey muchas de las sus gentes.

Tuvieron la fortuna de a un buen hombre encontrar,
que les mostró una fuente en un fiero lugar,
aunque a ella no podría ningún hombre llegar,
pues tenía custodias que la sabían guardar.

Muchas fieras serpientes guardaban la fontana,
donde dicen que no era la entrada muy sana;
mediodía ya era e imposible su entrada,
-¡Que la beba quien quiera, yo de ella no he gana!

Cuando oyeron las gentes de la fuente el poder,
tuvieron mayor queja, queríanse perder;
lanzáronse a la fuente con ganas de beber;
no los podía el Rey por nada detener.

La prisa les hacía el miedo olvidar,
iban todos corriendo hacia aquel fontanar.
Y cuando el buen rey vio que iban a peligrar,
Dios le dio un consejo para aquello atajar.

Como Alejandro era sabedor y letrado,
y tenía ingenio de hombre cultivado,
gran filósofo era y maestro acabado,
y de todos saberes estaba bien dotado,

sabía de las sierpes que son de tal manera
que ante el hombre desnudo huyen a la carrera,
y ante él tienen más miedo que de una gran hoguera,
-en escrito se dice, es cosa verdadera-.

Ordenó el Rey a todos quitarse los vestidos;
quedáronse en cueros, como recién nacidos.
Las sierpes daban silbos, malos y enfurecidos,
pues viéndose burladas hacían grandes ruidos.

El consejo del Réy por Dios le fue enviado;
fue el pueblo protegido, de la sed mitigado.
Siguieron su camino como había empezado,
y el Rey fue tenido por hombre ponderado.

A un río muy amargo consiguieron venir
-no leemos su nombre, no os lo puedo decir-,
ancho era y hondo, no lo podían transir,
todos pedían la muerte que no quería venir.

Se alzaban por doquier, en todas las riberas,
montes grandes y fieros, y fieras cañaveras;
criaban muchas bestias, de diversas maneras,
contra las que lucharon en contiendas muy fieras.

Por enormes ratones fueron pronto asaltados,
eran, los muy malditos, sucios y enconados;
tan grandes como zorras, con los dientes sacados,
los que ellos mordían eran pronto acabados.

También a los caballos hizo el miedo sufrir;
con coces y pezuñas comenzaron a herir.
Por fuerza les hicieron a desbandada huir:
¡Más ratones no osaron contra ellos salir!

Salieron jabalíes de los cañaverales;
tenían los colmillos enormes, colosales;
a diestro y a siniestro daban golpes mortales,
hirieron más de treinta señores principales.

Aunque, a pesar de todo, pudiéronlos vencer,
e hiciéronlos huir, y fuéronse a esconder,
si, por malos pecados, siguiese el contender,
en apuros los griegos hubiéranse de ver.

Después de aquellos puercos, salieron otros bravos:
vivían bajo tierra cual conejos de campos,
cada uno tenía tres parejas de manos,
-a ésos les llaman monstruos los buenos escribanos-.

Pasado el mediodía, la tarde fue viniendo.
Llegaron grandes moscas y avispas rugiendo.
Con fiereza las bestias se iban entrometiendo,
hasta que hacia los hombres iban acometiendo.

Iban de ruín manera, bestias embravecidas,
haciéndolas más fieras las amargas heridas.
Sus agujas estaban de veneno henchidas,
parecían elosnas en alquitrán metidas.

Al que una vez tan sólo herían los abejones,
era cual si tomase venenosas pociones.
Sentían gran dolor allí en sus corazones,
decían: «¡Malditos sean aquestos aguijones!»

Como no eran cosas que pudiesen parar,
ni de ellas huir, ni de ellas escapar.
al Réy una treta se le ocurrió probar,
con la que Dios le vino al cabo a ayudar:

Mandó a todos sus hombres muchas cañas coger,
reunir cuantos manojos se pudiesen hacer;
cuando muchos reunieron, mandólos encender,
y así consiguieron a las moscas vencer.
[…]

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Sociedad medieval
 
 
Animales de Bestiarios
 
serpientes
 
 
 
 
Lo sabe por los libros
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
El narrador se refiere a su fuente escrita
 
 
 
 
 
 
 
 
Bestiario
 
 
moscas
 
 
 

EL AVE FÉNIX Y OTRAS MARAVILLAS
ESTROFAS 2474-2496
[…]
Con engaño tuvieron a aquéllos que tomar,
pues eran muy ligeros y duros de apresar;
aunque les preguntaban, no sabían hablar
pues que nada entendían, tenían que callar.

Halló una avecilla que Fénix es llamada,
es única en el mundo, pareja no le es dada;
ella misma se quema en su edad mediada,
de su ceniza entonces sale resucitada.

Cuando se siente vieja, prepara su calera,
allí se encierra y quema dentro de la hoguera;
queda un gusanillo como grano de pera,
de ése nace de nuevo, es cosa verdadera.

Fue caminando el Rey sin torcer su camino,
rico de gran coraje, pobre de pan y vino;
hallaron abundancia de venado montino,
¡quien con señor tal fuese, nunca sería mezquino!

Hallaron un palacio en una isla llana,
era dentro y fuera de obra muy galana;
allí habían vivido el dios Febo y su hermana,
a la que los autores llaman diosa Diana.

Hallaron un buen hombre que esa casa guardaba,
los recibió amable, los llevó donde estaba;
tomó al Rey de la mano, preguntó a dónde andaba,
de qué parte venía y qué cosa buscaba.

Sólo comía incienso aquel hombre cabal,
y custodiaba el templo en medio de un corral;
bien construido el templo, de aspecto natural,
le cercaba una viña de belleza igual.

«Rey -le dijo el fraile-, si te dignas oír,
una cosa te voy a mostrar y a decir:
puesto que acá te quiso tu hado conducir,
podrás de tu futuro seguro de aquí ir.

»Dos árboles del monte te voy a ti a mostrar,
que de cualquiera cosa que puedas tú pensar
ellos van a decirte cómo se ha de acabar;
si te place, ahora puedes irlo tú a comprobar.

»El uno es el sol, de su virtud dotado;
el otro, es la luna, así está encantado
que declara al hombre cuanto éste ha pensado;
verás que los dos tienen su poder igualado.

»Mas si quieres venir a esta romería,
debéis purificaros durante unos tres días,
descalzos os conviene entrar en esta vía,
pues santidad y poder hay allí en mayoría.»

Dijo el Rey al buen fraile: «Capellán, bien sabéis
que muy limpios andamos, de eso no os preocupéis;
si a esas santidades guiarnos nos queréis,
os daremos ofrendas tan grandes cual soñéis.»

Se puso el Rey un traje pobre cual de romero,
guiándolos el fraile los metió en un sendero;
llevaba el Rey consigo, para no andar señero,
a Pérdicas, Antígono, Tolomeo, el tercero.

Entraron en los montes, comenzaron a andar
hasta que aquellos árboles pudieron divisar;
pero antes unas vides vieron en un lugar
que bálsamo e incienso acostumbran a dar.

Cuando hubieron llegado a la gran santidad,
predicóles el fraile de tal comunidad,
díjoles que pensasen en su interioridad
de qué cosa querían saber total verdad.

Alejandro en seguida empezó a pensar
si algo en el mundo se le podría escapar;

si a su tierra podría victorioso tornar,
y cómo estaba ahora y cómo habría de estar.

Repúsole el árbol esta fiera razón:
«Comprendo muy bien, Rey, cuya es tu intención:
Señor serás del mundo en próxima ocasión,
mas nunca volverás a tu natal región.»

Habló el de la luna cuando hubo el sol callado:
«Te matarán traidores, serás envenenado;
muéstrate, Rey, muy firme, no serás derrotado,
el que tiene el veneno, ése es tu privado.»

Dijo el Rey al árbol: «Si me vas a ayudar,
dime el nombre de aquél que me ha de matar;
si no, aunque me digas solamente el lugar,
de algún modo y manera me podría guardar.»

«Rey -le respondió el árbol-, si fueses sabedor,
harías degollar en seguida al traidor;
el astro de tu hado no tendría valor,
y contra mí tendría rencor el Creador.»


«Rey -díjole el fraile-, bastante ya has oído,
si insistieras, por loco serás aquí tenido.»
El consejo del fraile fue muy bien recibido:
volvieron a la casa donde habían salido.

Continuando la ruta, ya hacía tiempo empezada,
hallaron los acéfalos, gente descabezada,
que tienen en el pecho la cara allí formada,
¡podrían de improviso dar mala espantada!       
  

Alejandro el bueno, un poder sin frontera,
pensó en una cosa en su ruta viajera:
cómo tener un poyo o una gran escalera,
para ver todo el mundo cómo estaba y qué era.

[...]

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Fénix
 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 
 
árbol del sol y la luna
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Acéfalos

VIAJE DE ALEJANDRO AL FONDO DEL MAR
ESTROFAS 2306-2329

Dicen que por saber qué hacen los pescados,
cómo vivían los chicos entre los más granados,
en gran cuba de vidrio con bordes bien cerrados,
metióse Alejandro con dos de sus criados.

Fueron ésos buscados de entre aquellos mejores,
que no tuviesen tacha de malvados traidores,
así el Rey dispondría de buenos guardadores,
y contra él nada harían malos revolvedores.

Con buen betún la cuba fue calafateada,
y con buenas cadenas sujetas y amarrada,
con fuertes ligaduras a las naves atada;
para que no se hundiese quedó de ellas colgada.

Mandó que lo dejasen quince días estar
que las naves con todo comenzasen a andar;
mientras tanto, podría saber y meditar,
y poner por escrito los secretos del mar.

Sumergieron la cuba en donde el Rey yacía:
a los unos pesaba, a los otros placía;
bien creían algunos que de allí no saldría,
mas convencido estaba que en mar no moriría.

Andaba el buen rey en su casa cerrada
-¡gran corazón estaba en angosta posada!-,
toda la mar veía de pescados poblada,
no hay bestia en el mundo que allí no fuese hallada.

No vive en el mundo ninguna criatura
que no tenga en el mar parecida figura;
traen enemistades entre sí, por natura,
los fuertes a los flacos danles mala ventura.

Entonces vio el Rey en aquellas andadas
cómo tendían los unos a los otros celadas;
decía que allí había presas y engañadas,
tretas que también fueron en el mundo usadas.

Tanto allí se acercaban al Rey los pescados
como si los tuviese con armas dominados;
llegaban a la cuba todos muy asustados,
temblando ante él como mozos mojados.

Juraba Alejandro, visto lo allí encontrado,
que nunca fue de hombres mejor acompañado;
de los pueblos del mar túvose por premiado,
y pensó que otro imperio había allí ganado.

Otra acción vio allí en esos pobladores:
notó cómo los grandes comían los menores,
los chicos a los grandes tenían por señores;
los fuertes maltrataban a todos los menores.

Dijo el Rey: «La Soberbia vive en todos lugares,
es la razón de fuerza en la tierra y los mares.

Las aves eso mismo hacen con sus iguales.
¡Dios confunda ese vicio que hay en tantos lugares!

»Nació entre ángeles, hizo a muchos caer,
se extendió por la tierra, dióle Dios gran poder;
la justicia no puede entre ella ejercer;
escondió la cabeza, no osa aparecer.

»Quien más puede, más hace, no de bien, mas de mal;
quien tiene más, más quiere; muere por más jornal;
no mira con agrado que otro sea su igual.
¡Mal pecado!, ¡ninguno es para Dios leal!

»Las aves y las bestias, los hombres, los pescados,
todos son entre sí en bandos separados.
De vicio y de soberbia, son todos contagiados;
los flacos y los fuertes andan desafiados.»

Si como todo esto, el Rey sabía pensar,
y quisiera a sí mismo esa ley aplicar,
bien debía un poquillo su lengua refrenar,
y dejar sus bravatas para otro lugar.

Con gusto hubiera el Rey el viaje prolongado,
pero sus compañeros estaban con cuidado,
y temiendo ocurriese algo desventurado,
sacáronle del mar antes de lo acordado.

Fueron con su señor contentas las mesnadas;
todas fueron a verle, menudas y granadas,
besábanle las manos tres y cuatro vegadas.
Decían: «Ahora estamos, Señor, resucitadas.»

Dejo ahora al Rey en las naves holgar,
quiero de su soberbia un poquillo hablar,
y dejar esta historia un rato descansar,
aunque al fin todo quede en su justo lugar.

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Viaje al fondo del mar
 
 
 
 
 
 
 
 
Moralización de la historia
 
 
 
 
 

VIAJE AÉREO DE ALEJANDRO

ESTROFAS 2497-2518

Hizo cazar dos grifos, que son aves valientes,
cebólos bien con carnes saladas y recientes;
túvolos bien cebados con carnes convenientes,
hasta que se pusieron gruesos y muy potentes.

Mandó hacer una casa de cuero bien sobado,
donde cabría un hombre a lo ancho tumbado;
atóla a los grifos con un fuerte hilado
que no se rompería por un hombre pesado.

A los grifos tres días los dejó sin comer
y así ganas tuviesen de se satisfacer.
Entretanto él se hizo en el cuero meter,
la cara descubierta para poder bien ver.

En pértiga muy larga puso carne espetada
en medio de los grifos, pero muy alejada;
los grifos por cogerla dieron pronto volada,
intentaban cebarse, mas no les valía nada.

Cuando ellos volaban, el Rey mucho se erguía;
Alejandro, igual que ellos, siempre lo mismo hacía.
La pértiga alzaba, a veces la subía,
así iban los grifos a donde el Rey quería.

Les apremiaba el hambre en ellos atrasada,
corrían por cebarse, no les valía de nada.
Volaban sin descanso, cumplían su jornada,
mientras el Rey yacía oculto en su albergada.

Alzábales la carne cuando quería subir,
la bajaba si el vuelo quería corregir,
donde veían carne, allí habían de ir.
No les acuso: el hambre es mala de sufrir.

Tanto pudo el Rey las nubes alcanzar,
que vio montes y valles debajo de él estar.
Pudo ver muchos ríos entrar hasta la mar;
mas cómo eran o no no lo pudo apreciar.

Veía en cuáles puertos son angostos los mares,
y vio grandes peligros en aquellos lugares;
veía las galeras chocar en peñascales,
otras, entrar en puerto, preparar sus yantares.

Toda África vio, lo bien hecha que estaba,
y por dónde sería más posible su entrada.
Vio después do podría ser más fácil forzada:
tenía gran salida y muy extensa entrada.

Cuanto vio Alejandro largo es de contar,
no podría siquiera todo un día bastar;
pero en sólo una hora supo él anotar
más que cuantos abades podrían sospechar.

Lo solemos leer, dícelo la escritura,
que nuestro mundo tiene del hombre la figura.
Quien meditar quisiera y pensar esa hechura,
verá que es justamente ésa su compostura.

Asia es el cuerpo, para mí eso es patente,
sol y luna los ojos, que nacen en oriente;
los brazos son la cruz del Rey omnipotente
que fue muerto en el Asia para salvar la gente.

La pierna que desciende del izquierdo costado
es el reino de África por ella figurado.

Allí mandan los moros, un pueblo renegado,
que creen en Mahoma, profeta venerado.

La diestra pierna es la Europa afamada,
ésta es católica, de la fe más poblada;

tienen Pedro y Pablo en ella su morada:
con la diestra su obispo la tiene santiguada.

La carne es la tierra espesa y pesada,
el mar es el pellejo que la tiene cercada,
las venas son los ríos que la hacen templada
y que por mil meandros resulta atravesada.

Los huesos son las rocas que levantan collados,
los pelos de su testa son hierbas de los prados.
Se crían en la tierra muy crueles venados,
que son para castigo de los nuestros pecados.

Después que fue la Tierra por el Rey bien mirada,
cuando cumplió a su gusto cuanto él deseaba,
bajó el cebo a los grifos, guióles de tornada,
y en un tiempo muy breve volvió con su mesnada.

La ventura del Rey, que lo quería guiar
antes que este mundo fuese a abandonar,
todo el poder del mundo le quiso allí ofrendar;
mas poco pudo en él Alejandro durar.

Tan grande era su fama por el mundo extendida,
que toda África estaba en gran miedo metida;
teníase Europa por en falta caída
porque a su obediencia no estaba sometida.

Se pusieron de acuerdo -y plació al Creador-,
para aceptar al rey de Grecia por señor;
a prisa le enviaron al buen emperador
parias y homenajes y signos de temor.

Con las parias mandaron ruegos multiplicados,
y de cada región presentes señalados;
los que iban con éstos eran hombres honrados,
hombres de gran prudencia y de saber cargados.
[…]

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grifo
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
De nuevo sus fuentes escritas
 
 
 
Macrocosmos y microcosmos
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

SOBERBIA DE ALEJANDRO, ENFADO DE LA NATURALEZA

ESTROFAS 2325-2329

La Natura que cría todas las criaturas,
aquellas que son claras y las que son oscuras,
pensó que Alejandro dijo palabras duras,
y conquistar quería las secretas naturas.

Creyó la rica dueña que el Rey la subyugaba
que quería quitarle la ley a ella dada
y, pues de ese poder jamás fuera apartada,
ni aun por Alejandro sería afrentada.

En las cosas secretas quiso él entender;
aquellas que ni un hombre pudo jamás saber

quísolas Alejandro por fuerza conocer.
¡Nunca mayor soberbia cometió Lucifer!

Habíale Dios dado reinos con gran poder,
ninguna fuerza pudo a la suya exceder;
quiso indagar los mares y los infiernos ver,
cosas que hombre ninguno llegó a conocer.

Esto dolió al Señor, creador de Natura,
tuvo contra Alejandro saña y grande amargura.
-«Al lunático éste que no tiene mesura,
yo volveré su gozo en muy grande amargura.

[…]

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Pecado de Alejandro
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Libro de Apolonio volver a mester de clerecía
Versión de Pablo Cabañas en El Libro de Apolonio, Madrid, Castalia, Odres Nuevos, 1969.  
EL ENIGMA DE ANTÍOCO  

ESTROFAS 13-33

[...]

Bien el enemigo en el rey ha encarnado,

que poder no tenía para ver el pecado,

mantuvo mala vida, Dios mostrábase airado,

pues servicio no hacía con que fuese alegrado.

 

Por retener su hija, excusó el casamiento,

que pudiese con ella cumplir su pensamiento,

tuvo así que tramar un mal embaucamiento,

mostróselo el diablo, bajo su encubrimiento.

 

Por quedar sin vergüenza, que no fuese culpado,

hacía una pregunta de argumento intrincado:

al que lo adivinase la dará con agrado,

el que no lo adivine será descabezado.

 

Tenían muchos hombres las cabezas cortadas,

están sobre las puertas de las torres colgadas.

Las nuevas de la dama por daño divulgadas

para muchos donceles resultaban pesadas.

 

La verdura del ramo es como la raíz,

de carne de mi madre engrueso mi cerviz.

Aquél que adivinase este enigma, feliz

ése tendría la hija del rey emperatriz.

 

El rey Apolonio, que en Tiro reinaba,

oyó como esta dama en un gran precio estaba,

quiso casar con ella porque mucho la amaba;

la hora de pedirla ver no la pensaba.

 

Vino a Antioquía, penetró en el real

palacio, saludó a la Corte en general,

y al rey pidió la hija por su mujer legal,

que la daría en arras a Tiro la ciudad.

 

La Corte de Antioquía de gran, firme virtud,

tuvo general duelo al ver su juventud,

decían que no supo guardarse del alud,

por mala nigromancia perdió buena salud.

 

Luego en primer lugar expuso su razón;

la Corte le escuchaba, tiene buena dicción;

púsole el rey, entonces, la misma condición,

por ella le daría cabeza o solución.

 

Como era Apolonio en letras muy versado,

para salvar enigmas estaba adoctrinado;

entendió la mentira con el sucio pecado,

como si él lo hubiese con los ojos mirado.

 

Gran arrepentimiento tuvo de haber venido,

entendió bien que había en el error caído;

pero para no ser por babieca tenido

dio a la pregunta buena respuesta en su sentido.

 

Dijo: «—No debes, rey, tal cosa preguntar,

porque a todos nos llena de vergüenza y pesar.

Esto, si la verdad no quisieres negar,

que hay entre tú y tu hija se debe terminar.

 

«Tú eres la raíz, tu hija el ramal;

tú pereces por ella en pecado mortal,

pues hereda la hija toda deuda carnal,

la cual tú y su madre teníais comunal.»

 

Con la resolución, quedó el rey disgustado;

lo que siempre buscaba lo había hallado.

Lo llevó a la locura motivo del pecado,

al cabo lo dispuso como mal censurado.

 

Aunque por encubrir así su iniquidad,

él dijo que Apolonio dijera falsedad;

que hacer no lo querría por ninguna heredad,

pero todos juzgaban que dijera verdad.

 

Dijo se dispusiera la cabeza a perder,

porque la adivinanza no pudo resolver;

aun cuando treinta días le quiso conceder,

que por mengua de plazo no pudiese caer.

 

No quiso Apolonio en la villa quedar;

creía que en mal puede la tardanza acabar;

triste y desmarrido pensó en navegar;

hasta que estuvo en Tiro no quiso descansar.

 

El pueblo estuvo alegre cuando vio a su señor,

todos verle querían, le tenían amor;

daban grandes y chicos gracias al Creador,

la villa y los pueblos todos alrededor.

 

Encerróse Apolonio en sus salas privadas,

donde tenía escritos e historias comentadas,

leyó sus argumentos, las hazañas pasadas,

caldeas y latinas, tres veces repasadas.

 

Por último otra cosa no pudo disponer

con la que al rey Antíoco pudiese responder.

Cerró sus argumentos, dejóse de leer,

en trabajo sin fruto no quiso contender.

 

Pero que era un inhábil él había creído

en no ganar la dama saliendo escarnecido.

Cuanto más reflexiona lo que hubo acontecido

tanto más se tenía por peor confundido.

[...]

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Era un hombre culto
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

EDUCACIÓN DE TARSIANA

ESTROFAS 346-359

  «Te encomiendo la hija, te la doy a criar,

con su ama Licórides que la sabrá guardar;

no quiero los cabellos ni las uñas cortar,

hasta que casamiento bueno le pueda dar.

 

«Hasta que yo esto pueda cumplir y preparar,

el reino de Antíoco yo le quiero dejar.

Ahora ni en Pentapolin ni en Tiro quiero entrar,

iré hasta Egipto donde quiero mientras estar.»

 

Dejóle la niñuela, una cosa querida,

 dejóle gran riqueza, de ropa gran partida,

entróse en las naves, se inició la salida,

durante trece años allá pasó su vida.

 

Estrangilo de Tarso y su mujer Dionisa,

criaron esta niña de muy alta guisa.

Diéronle muchos mantos, mucha piel gris y lisa,

mucha buena garnacha, mucha buena camisa.

 

Criaron con regalo ambos a la mozuela,

cuando tuvo siete años lleváronla a la escuela;

aprendió bien Gramática y a tocar la vihuela

aguzó bien cual hierro que aguzan a la muela.

 

Amábala el pueblo de Tarso la ciudad,

pues hacia ellos tuvo el padre gran bondad,

si su nombre queréis saber en realidad,

dícenle Tarsiana, es, ésta la verdad.

 

Cuando llega a doce años de la dama la vida

sabe todas las artes, es maestra cumplida;

que le fuera pareja no hay beldad conocida,

por sus buenas maneras toda Tarso es vencida.

 

No quería su estudio ningún día perder,

pues voluntad tenía de poder aprender.

Si mucho trabajaba lo hacía con placer,

pues preciábase en mucho y algo quiere valer.

 

Muy cerca de la Tercia deberían estar

cuando los escolares venían a almorzar.

No quería Tarsiana la costumbre pasar;

su lección aprendida, veníase a almorzar.

 

«Hija- dijo Licórides—, yo me siento pasar

a la otra vida y antes te quiero preguntar:

¿Cuál tienes por tu tierra y según tu pensar

a quién por padre o madre debes considerar?»

 

«—Ama —dijo la dama—, si a mi saber se fía,

mi tierra es Tarso, yo otra decirte no sabría;

Estrangilo es mi padre, su mujer madre mía,

así lo tuve siempre y téngolo hoy en día.»

 

Licórides le dijo: «—Dama por mí criada,

óyeme, si eso crees estarás engañada,

pues vuestra hacienda es mucho más grande, más granada;

por mí tendrás certeza si yo fuere escuchada.

 

«Pentapolin fue vuestra raíz y vuestro suelo,

a Architraste el rey tuviste por abuelo;

y su hija Luciana de la que hablaros suelo,

ésa fue vuestra madre que dejó tan gran duelo.

[...]

 

TARSIANA "JUGLARESA"

ESTROFAS 422-436

Dijo la buena dama un sermón moderado:

«Señor, si de ti fuese lo que pido otorgado,

otro mester sabía que es más sin pecado,

que es más ganancioso y es más honrado.

 

Si tú me lo otorgas por la tu cortesía,

que me ponga en estudio en esa maestría,

cuanto tú me pidieses yo tanto te daría;

tú tendrías ganancia y yo no pecaría.

 

De tal modo si quieres que así pudiese ser,

que una mayor ganancia tú pudieses tener,

por eso me compraste y eso debes hacer,

en tu provecho hablo, debésmelo creer.

 

El sermón de la dama fue tan bien pergeñado

que fue el corazón del hombre amansado.

Diole poco plazo, un día ha señalado,

pero que ella mirase qué había demandado.

 

Luego al otro día casi de madrugada,

levantóse la dama ricamente adornada,

tomó una viola buena y bien templada,

y salió al mercado a tocar por soldada.

 

Comenzó unos ritmos y unos sones tales

que gran dulzor traían y eran naturales;

henchíanse de hombres aprisa los portales,

no caben en las plazas, súbense a los poyales.

 

Cuando con su viola hubo bien agradado,

a gusto de los pueblos bastante hubo cantado,

tornóles a decir un romance rimado,

de ese mismo suceso por que había pasado.

 

Hizo bien a los pueblos su razón, entender,

más puede de cien marcos ese día obtener,

fue pagado el traidor con este menester

ganaba por ello un soberano haber.

 

Cogieron a la dama todos muy gran amor,

sus sucesos escuchan todos con gran sabor,

además como saben que tiene mal señor,

ayudábanla todos de voluntad mejor.

 

El príncipe Antinágora mejor la quería;

que si su hija fuese más no la amaría.

El día que su voz o su canto no oía

un manjar que comiese mal provecho le hacía.

 

Tan bien supo la dama su cosa preparar

que sabía a su amo la ganancia aumentar.

Riendo y bromeando con el su buen mirar,

súpose, aunque niña, del pecado apartar.

 

Vivió en esta vida un tiempo prolongado,

hasta que Dios quiso, exenta de pecado.

 Mas dejemos a ella su menester usando,

volvamos con el padre que andaba lacerado.

 

Al cabo de diez años que ella fuera dejada

regresó Apolonio con su barba trenzada.

Pensó hallar la hija cual dama ya criada,

mas estaba su empresa otra vez trastornada.

 

Estrangilo, el de Tarso, cuando lo vio entrar,

perdió toda la sangre con temor y pesar.

Vuelto en su engaño piensa a la mujer culpar,

mas pensábase ella con mentiras salvar.

 

Saludó el rey a sus huéspedes y fuelos a abrazar,

fue de ellos recibido como era de esperar.

Miraba por su hija que les dio a criar,

 no se puede sin ella reír ni alegrar.

[...]

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La niña estudia clerecía
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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Pone en práctica sus saberes
Música y lectura en voz alta
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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