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Mahabharata
Nala y Damayanti
Tomado de José María Valverde y Martín de Riquer, Historia de la literatura universal, volumen 3, Madrid, Planeta, 1991

Habla Vrihadaswa:

Hace siglos vivía un rajá, Nala, de Virasena poderoso hijo, dotado de las más escogidas virtudes, hermoso, diestro en la doma de potros. Cabeza de todos los reyes de los mortales, como el monarca de los dioses; y por encima, muy por encima, de todos levantado, en su esplendor, como el sol. Piadoso, profundamente versado en los Vedas, en Nishadha señor terrenal. Amador de los dados, de verdad inmaculada, caudillo de formidable hueste. Admiración de las mujeres nobles, generoso, con todos sus sentidos sojuzgados. Custodio del estado, el mejor de los arqueros, un presente Manú.

Vivía igualmente, en la alta Vidarbha, Bhima, terrible por su fuerza, con todas las virtudes bendito, pero sin hijos, que deseaba con grandes ansias.

He aquí que llegó a su corte un brahmin, llamado Damana el Adivino. Recibióle el cuitado Bhima, y, con su real consorte, le festejó en su palacio. Satisfecho el agradecido Damana, hizo un regalo a los esposos: una dulce niña, perla de las doncellas, y tres nobles y hermosos varones: Damayanti. Dama, Danta y el ilustre Damana.

Damayanti, la muchacha del esbelto talle, con su hermosura, con su gracia y lozanía, ganó fama incomparable en el mundo entero. Cuando hubo llegado a la flor de la belleza, un centenar de esclavos y un centenar de doncellas se sentaban a su alrededor, como en torno a la gran reina de Indra. Ni entre los dioses inmortales, ni entre los de la raza de Yaksha, ni entre los hombres, oyóse hablar o fue vista o nunca hubo doncella tan hechicera como aquella doncella que turbaba las almas de los dioses.

También Nala se alzaba sin rival sobre los hombres, entre los reyes tigre, cual Kandarpa en belleza, parecido a aquel dios de encarnación resplandeciente.

Los que rodeaban a la princesa de Vidarbha no se daban punto de reposo en ponderar gozosamente las excelencias de Nala. Y en torno al noble rey de Nishadha se elogiaba sin cesar a Damayanti. Conociendo así cada uno las virtudes del otro, sin haberse visto, comenzaron a amarse. De esta manera, ¡oh hijo de Kunti!, crecía en ambos la honda y silenciosa pasión.

Nala, impaciente de tener que llevar por más tiempo aquel profundo amor en su corazón, vagó en secreto hasta el bosquecillo, junto al patio más recóndito del palacio. Vio allí a los cisnes jugueteando, con sus alas salpicadas de oro. Deslizándose levemente a través del bosquecillo, cogió una de aquellas aves resplandecientes. Pero ésta, en lengua humana, habló así al atónito rey:

-No me mates, ¡oh gracioso monarca! Yo te serviré fielmente: en presencia de Damayanti ensalzaré al rey de Nishadha. Y la doncella no pensará jamás en hombre alguno sino en ti.

Así rogado, el monarca al momento dejó partir al ave de fulgentes alas. Remontáronse los cisnes llenos de júbilo, y volaron derechamente a la soberbia ciudad de Vidarbha. Allí, con fatigada pluma, descendieron todos a los pies de Damayanti, y ella, sentada en medio de sus doncellas, contempló la bandada, admirando aquellas formas tan graciosas. Las damiselas, alocadamente, comenzaron a espantar las aves. Volaron los cisnes ante ellas, dispersándose por el amable bosquecillo. Raudas corrían las ágiles doncellas, cada una en pos de su cisne. Mas el que Damayanti perseguía a través de la espesura, de improviso, en lengua humana, habló así a la princesa de Vidarbha:

-En Nishadha, Damayanti, vive Nala, ilustre monarca, inigualable entre los hombres, cual un Aswina en belleza. Si estuvieras casada con este héroe, ¡oh princesa sin par!, el noble nacimiento y la beldad perfecta no hubieran producido fruto indigno. Hemos visto dioses, Gandharvas, hombres, Rákshasas y Serpientes, mas nunca vimos el par del noble Nala. Perla eres tú entre las mujeres; Nala es el orgullo de los hombres. Si el único casa con la incomparable, bendita la unión será.

Cuando hubo oído al ave, la gentil Damayanti, asombrada, le respondió:

-Háblale a Nala igual.

-Así lo haré- contestó el nacido del huevo-, y voló, al punto, a Nishadha, y a Nala lo contó todo.

 Habla Vrihadaswa:

-Desde que oyó Damayanti las dulces razones del cisne, ya no vivió más en sí misma, sino que vivió en Nala con todo su ser. Permanecía sentada, abstraída y triste, con pálida mejilla, la mirada fija en el vacío, el semblante ansioso y demudado, entregando toda su alma a los suspiros anhelantes. Ni en la suave conversación, ni en los festines, podía hallar alivio. Ni de día ni de noche podía descansar en el sueño.

-¡Ay de mí! ¡Ay de mí, triste! ¡Triste de mí!- sollozaba.

Al ver las doncellas de Damayanti que su señora no era ya la misma, presentáronse al monarca de Vidarbha y le contaron cómo su hija gentil penaba por el soberano de los hombres. Después de oírlas, el augusto Bhima comenzó a meditar gravemente qué era lo mejor que por su niña cabía hacer.

Cuando el señor de la tierra vio a su hija sazonada en florida juventud, conoció que había llegado el momento para el Swayamvara de Damayanti. Al punto el señor de muchos vasallos convocó a todos los jefes de la tierra:

-¡Acudid al Swayamvara, vosotros todos, héroes del mundo!

Tan pronto como los reyes de los hombres oyeron el anuncio del Swayamvara de Damayanti, se encaminaron todos a la corte de Bhima. Resonando al paso de las comitivas, todo el país era un hormiguero de elefantes, corceles y carrozas. Todos con ricas y variadas guirnaldas, cada uno con su espléndido ejército, los rajaes de altísimo numen, recibidos con todos los honores por Bhima, ocuparon sus tronos.

En aquel mismo momento los más sabios de los sabios, los divinos, Nárada y Parvata, grandes en santidad y sabiduría, ascendían desde la tierra al mundo de Indra y entraban en el palacio del monarca de los dioses. Salúdalos el ajorador de nubes, y acerca de su perdurable bienestar y de cómo su bienestar invade los mundos, inquiere afable el señor inmortal.

Habló Nárada:

-Bien nos va a nosotros, Inmortal, y el mundo participa en nuestro bienestar. En el mundo, ¡oh ajorador de nubes!, bien les va a todos sus reyes.

Habla Vrihadaswa:

El que mató a Bali y Vritra, a Nárada preguntó de nuevo:

-Todos los justos y virtuosos gobernantes del mundo, los que en tan poco tienen sus vidas en la lucha, aquellos que reciben sin pestañear el descendente golpe mortal del dardo, suyo es este reino perdurable, al igual que Kamadhuk es mío. ¿Dónde están los héroes Kshatriya? ¿Por qué no veo aproximarse a todos los soberbios custodios de la tierra, a todos mis siempre honrados huéspedes?

 Así interrogado por el sagrado Sakra, Nárada replicó y dijo:

Habló Nárada:

-Óyeme ahora, ¡oh ajorador de nubes!, porque los reyes de la tierra no aparecen aquí. La hija del rey de Vidarbha, Damayanti, la nombrada, la más hechicera de las mujeres, trasciende su belleza por toda la tierra; pronto celebra su Swayamvara, pronto su señor escogerá a la doncella.

Hacia allí se apresuran todos los reyes, hacia allí todos los hijos de los reyes. Pretendientes de su mano, los rajaes todos, ¡oh tú omnipotente matador de gigantes!, se acercan unánimes a cortejarla.

Mientras hablaba, los protectores de la tierra, con el dios del fuego, se aproximaron. De entre todos los inmortales, los más excelsos se hallaban ahora ante el rey de los dioses. Después de permanecer silenciosos escuchando el majestuoso discurso de Nárada, exclamaron todos en súbito transporte:

-Nosotros también iremos.

 Y todos los inmortales al instante, con sus carros, con sus huestes, se apresuraron a descender hacia Vidarbha, donde estaban reunidos los reyes de la tierra.

También Nala, en cuanto supo de aquel concurso de los reyes, se puso en marcha, con el alma toda esperanzada, llena del amor de Damayanti.

Vieron los dioses al rey Nala de pie sobre la superficie de la tierra, irguiéndose en belleza trascendente, igual al dios del amor. Todos sus carros los celestes han parado en pleno vuelo. Descendiendo luego a través del aire azul hablan al rey de Nishadha:

-¡Eh, tú, detente, monarca de Nishadha, Nala, rey, nombrado por tu verdad! Cumple nuestro mandato, lleva nuestro mensaje, ¡oh tú el más excelente de los hombres!

Habla Vrihadaswa:

Hizo Nala su solemne promesa:

-Cumpliré cuanto me mandéis —y, con brazos cruzados adorando, inquirió humildemente  acerca del deseo de los dioses—:

-¿Quiénes sois? ¿Hacia quién debe ir Nala como  heraldo bienvenido? ¿Qué servicio me vais a encomendar? Decidme, ¡oh dioses poderosos!, la verdad.

 Entonces Indra respondió:

-Somos los Inmortales, que descendemos atraídos por el amor de Damayanti. Indra soy; aquél es Agni. El Rey de las Aguas y Yama, matador de cuerpos mortales, van con nosotros. Tú, ¡oh Nala!. para anunciar nuestra llegada dirás a Damayanti: "Los augustos custodios de la tierra, Indra, Agni, Varun, Yama, han venido a pretender tu mano. A uno de estos seres celestiales escoge, ¡oh doncella!, por señor."»

Nala, juntas las manos, respondió:

-Así, con unánime mandato, no me encomendéis esta misión. ¿Cómo puede un hombre, él mismo enamorado, defender la causa de otro? Dispensadme, pues, ¡oh dioses!, por piedad, este servicio importuno: dispensádmelo.

Hablaron los dioses:

-Cumpliré cuanto mandéis-así dijiste, rey de Nishadha; ¿quieres ahora desmentir tu promesa? Nala, ve; no tardes más.

Habla Vrihadaswa:

Tan severamente conminado por los dioses, el rey de Nishadha replicó así:

-Aquel palacio está rigurosamente guardado: ¿cómo podré entrar en él?

-Entrarás-, replicó Indra al remiso monarca. No bien hubo sonado esta palabra, el rey Nala se halló en la morada de Damayanti. Vio allí a la doncella de Vidarbha circundada de todas sus bandadas vírgenes; brillando en su encendida belleza, inigualable en su forma; cada miembro en proporción perfecta, esbelto talle y ojos hechiceros; incluso desdeñando, con los raudales de su luz, la suave claridad de la luna. Mientras la contemplaba se hizo más alta la llama de su amor hacia la muchacha, que sonreía dulcemente. No obstante, para ser fiel a su verdad, a su deber, contuvo toda su pasión. Al ver al rey de Nishadha, todas aquellas doncellas de hermosos miembros brincaron de sus asientos, maravilladas ante aquella forma sin rival. En su arrobo, llenas de admiración, tributaban homenaje al rey Nala. No osando, con todo, dirigirse a él, en el secreto de sus almas adoraban. Sin atreverse a balbucir una sola palabra, permanecían mudas y ruborosas ante su belleza. Sonriendo, primero, al soberano, mientras él le sonreía gentilmente, Damayanti habló a Nala:

-¿Quién eres tú, tan hermoso de forma; tú, que desvelas todo mi amor? ¿Vienes como un Inmortal? Quisiera conocerte, caudillo sin pecado. ¿Cómo has entrado en nuestro palacio? ¿Cómo has entrado sin que nadie te viera? Celosos y experimentados son nuestros centinelas, terminante la orden del rey.

Así interrogado por la doncella de Vidarbha, Nala respondió:

Habló Nala:

-Sábelo, ¡oh tú, la más hermosa!: yo soy Nala, aquí, mensajero de los dioses, de los dioses que desean poseerte. El señor de los cielos, Indra, junto a Agni, Varun, Yama. Elige a uno de éstos, princesa, por señor. Gracias a su poder sin límites, he entrado ocultamente. Mientras me dirigía a tu cámara nadie me ha visto, y nadie se hubiera podido oponer. Acabas de oír de mis labios, ¡oh noble princesa!, el mensaje de los dioses altísimos. Como gustes, ahora, decide.

Habla Vrihadaswa:

Rendido su homenaje a los dioses, ella sonrió y dijo a Nala:

-Prenda mía tu fe, ¡oh rajá!, ¿cómo podría corresponder a ella? Yo misma y todo lo que tengo en el mundo es tuyo. Tuyo es por plena entrega. ¡Oh, concédeme a tu vez tu amor, oh rey! Fue el enamorador lenguaje del cisne el que encendió toda mi alma. Sólo por tu causa, ¡oh héroe!, están reunidos los rajaes. Pero si tú desprecias mi homenaje, si me desprecias, ¡oh muy noble rey!, veneno por tu causa, fuego, agua, el vil dogal yo sufriré.

Al terminar la doncella de Vidarbha, Nala respondió así:

-Estando presentes los sublimes guardianes del mundo, ¿querrás tú elegir un esposo mortal? Comparados con los creadores del mundo, aparecemos más bajos que el polvo que ellos pisan. ¡Levanta hacia ellos tu pensamiento! El hombre que desagrada a los dioses se precipita hacia una muerte inevitable. ¡Oh hermosa doncella, de este hado presérvame, elige a los sublimes dioses! Vestiduras sin mancilla de polvo terreno, coronas de amarantinas flores, de todas y cada una de las glorias celestes, desposada con los dioses, gozarás. Aquel que, comprimiendo todo el orbe, con devoradora potencia lo consume, soberano de los dioses, Hutasa, ¿do está la que con él no casaría? Aquel que con su cetro sublime sobrecoge a todas las huestes de los hombres y les hace rendir eterno culto a la justicia, ¿do está la que con él no casaría? Aquel, supremamente justo y sabio, matador de la caterva infernal, monarca omnipotente de los dioses, ¿quién es la que con él no casaría? Ni dejes que temblorosa duda te detenga si a Varuna puedes escoger, entre los guardianes de la tierra. Oye el lenguaje de un amigo.

Damayanti habló al soberano de Nishadha, mientras sus ojos se anegaban en lágrimas: --A los dioses, a todos, mi homenaje, rey de la tierra, humildemente rindo. No obstante, yo no puedo elegir sino a ti, sólo a ti, esposo mío. ¡Sea éste mi voto!

Nala respondió a la temblorosa muchacha, mientras ésta permanecía con las manos juntas:

-Empeñado, por una sagrada promesa, con los dioses inmortales; así comprometido a abogar por otros, por mí mismo no puedo abogar. Éste es mi deber; sin embargo, en adelante hablaré en mi propio nombre: entonces defenderé con osadía mi propia causa. Pésalo, hermosa, en tu pensamiento.

Damayanti sonrió serenamente, y, con voz dificultada por las lágrimas, entrecortada y lenta, dijo a Nala:

-Veo, con todo, una salida; es una irreprochable salida, ¡oh rey!: en modo alguno podrás incurrir por ella en ningún pecado. Tú, ¡oh el más noble de los mortales!, y los dioses guiados por Indra venís y entráis juntos donde el Swayamvara se reúne; entonces yo, en presencia de los guardianes del mundo, te nombraré, ¡señor de hombres!, mi esposo, y así ninguna culpa nacerá para ti.

Con la última palabra de la doncella de Vidarbha, el rey Nala volvió a donde los dioses aguardaban impacientes. Viéronle, antes de que se acercara, los poderosos custodios de la tierra, y le ordenaron al instante que manifestara todas sus nuevas:

-¿Viste, ¡oh monarca!, a Damayanti de la dulce sonrisa? ¿Habló de todos nosotros? ¿Qué dijo? Di, ¡oh intachable señor de la tierra!

Habló Nala:

-Enviado, en vuestra embajada solemne, a la morada de Damayanti, traspuse el soberbio portal, vigilado por guardianes de avanzada edad. Ningún ojo mortal pudo verme cuando veloz entré allí. Ninguno, salvo, por vuestro supremo poder, aquella hermosa hija del rajá. Vi también a sus doncellas, y por ellas fui visto. Todas me contemplaron con mudo asombro mientras estuve en su presencia. Describí vuestra forma divina; mas la muchacha del bellido rostro, perdida la razón, me elige a mí, ¡oh el más excelente de los dioses! La virginal princesa habló de esta manera:

-Entren los dioses juntos, entren contigo, ¡oh rey de los mortales!, donde el Swayamvara se reúne. Allí, en su presencia, yo te elegiré, rajá, por señor. De este modo tú, ¡oh invencible guerrero!, no incurrirás en culpa alguna. Sucedió tal como os lo cuento, cabalmente, palabra por palabra. En cuanto a lo que queda por venir, a ti corresponde el fallo, ¡caudillo de los dioses!»

Habla Vrihadaswa:

Llegó el día de feliz augurio, día de luna propicia y el momento oportuno. Bhima convocó al Swayamvara a los señores de la tierra. Unánimes, al instante, alzáronse los enamorados señores de la tierra. Pretendientes de Damayanti, llegaron todos en su amorosa prisa. Por debajo del arco centelleante de la entrada, a través del patio, rico en áureas columnas, avanzaron, como en las montañas los leones, hacia el salón de las supremas ceremonias.

Allí estaban sentados los señores de la tierra, cada uno en su propio trono. Llevando todos fragantes guirnaldas, todos adornados con pendientes de fulgurantes gemas. Brazos vigorosos y fornidos cual la imponente maza de batalla; algunos, como serpientes de cinco cabezas, delicados de forma y matiz. Con brillantes bucles abundantes y undosos; con nariz, ojos, frente bellamente formados, lucían los rostros de los reyes cual astros radiantes en el cielo. Cual Bhogavati serpientes, la amplia sala rebosaba reyes. Cual tigres las cuevas de los montes, guerreros-tigres llenaban la sala.

Damayanti en su belleza entró en aquella majestuosa escena, fascinando con su luz deslumbrante todos los ojos y todas las almas. Sobre su deliciosa persona se deslizaron todas las miradas de aquellos altivos monarcas, y allí quedaron luego fijas, inmóviles.

Entonces, mientras se proclamaba a los rajaes (cada uno era proclamado por su nombre), la hija de Bhima vio, consternada, a cinco, en atuendos distintos, iguales en la forma. Al ir contemplando a aquellos personajes, cada uno de ellos le parecía su Nala. Reflexionando profundamente en lo secreto de su espíritu, pensó: « ¿En qué conoceré a los dioses? ¿Cómo descubriré al noble Nala?» Reflexionando así, la doncella de Vidarbha, en la angustia de su corazón, se esforzó por ver si distinguía los signos de los Inmortales. «Ahora que están ante mí, no puedo descubrir en ninguno de los seres celestes sus signos propios, tal como nuestros padres los describen.» Meditó así en silencio largamente y volvió a pensar lo mismo una y otra vez. En aquella hora de prueba recurrió a los dioses, su única esperanza.

Con su voz y con su espíritu rindió su humilde homenaje. Cruzando las manos, temblorosa, la doncella habló a los dioses:

-Ya que al oír la dulce voz del cisne escogí al rey de Nishadha, ¡oh dioses, por esta verdad os conjuro, reveladme a mi señor! Ya que ni de palabra ni de pensamiento me he desviado de mi fe, ¡oh dioses, por esta verdad os conjuro, reveladme a mi señor! Ya que los mismos dioses han decretado que el rey de Nishadha sea mi dueño, ¡oh dioses, por esta verdad os conjuro, reveladme a mi señor! Ya que el voto que me une a Nala debe ser santamente mantenido, ¡oh dioses, por esta verdad os conjuro, reveladme a mi señor! Que asuma cada uno de vosotros su forma divina, ¡oh protectores del mundo, poderosos señores!: así descubriré a mi Nala, así conoceré al rey de los hombres.

Mientras los dioses oyen a la triste Damayanti pronunciando su enternecedora plegaria, no saben qué admirar más: si su presencia de ánimo, firme veracidad y sabiduría, o la santidad del alma, amor ferviente y fidelidad a su señor. Mientras ella rezaba, los dioses obedientes manifestaron los signos de la divinidad: y de pronto vio a los Inmortales con piel no humedecida e inmóviles ojos. Sus frescos ramos no se inclinaban hacia el suelo, ni estaban manchados de polvo. Repetido por su sombra, sudoroso, cubierto de polvo, con lacias guirnaldas y ojos pestañeantes, quedó revelado el señor de Nishadha. Ella miró un instante a los dioses; luego, al rey de hombres. Y al ir a escoger por señor al monarca de Nishadha, la hija del rey Bhima acertó. Pudorosa y levemente, la muchacha de los ojos grandes puso sobre los hombros de Nala la brillante banda de radiantes flores. Así fue cómo aquella doncella de animoso corazón escogió a Nala por esposo.

Entonces resonaron ayes y lamentos en aquel cónclave de reyes; pero los dioses y los sabios prorrumpieron en aprobaciones. Todos, en extático asombro, glorificaban al rey de Nishadha.

Y el real hijo de Virasena, gozoso, dirigió a la doncella del esbelto talle estas palabras de consuelo:

-Ya que me has reconocido como tu esposo, en presencia de los dioses, tenme por consorte fiel, que se deleitará siempre en tus palabras. Mientras este espíritu llene este cuerpo, ¡oh doncella de la serena sonrisa!, yo soy tuyo, solamente tuyo: ésta es la solemne verdad que prometo.

Así alegró a Damayanti con la seguridad de su fe. Luego aquella bendita pareja, feliz en su unión, miró, rindiendo homenaje, a sus grandes protectores, los dioses, conducidos por Agni.

Así elegido el monarca de Nishadha, los excelsos guardianes del mundo, en su alegría, otorgaron a Nala ocho dones trascendentes. Para poder discernir, en el sacrificio, la visible deidad, el esposo de Sachí, Indra, dio a Nala un porte noble y firme. Agni concedió su propia brillante presencia, siempre que el monarca llamara. Hutasa, por su poder, dio todos los mundos impregnados de esplendor. Yama otorgó gusto sutil para catar manjares, y eminencia en la virtud. Varun concedió que el agua, obediente, acudiera al ser llamada. Donaron también guirnaldas de incomparable fragancia. Dio cada uno su doble bendición. Así concedidos sus graciosos favores, los dioses regresaron a los cielos.

Los rajaes, que, asombrados, vieron confirmado el enlace de Nala con la gentil Damayanti, tal como llegaran, partieron gozosos.

Bhima, lleno de orgullo y contento, solemnizó las magníficas bodas de la doncella y el rey.

Cuando juzgó que había llegado el momento de terminar su estancia allí, el rey de Nishadha, despidiéndose afable del rey Bhima, volvió a su ciudad natal.

Habiendo ganado la perla de las mujeres, el majestuoso señor de la tierra vivió tan venturoso como con su Sachí, aquel que mató a los viejos gigantes. El exultante monarca gobernó a sus súbditos con justa y equitativa mano. Ejecutó todos los sacrificios e hizo ricos presentes a los varones santos. Y a menudo en jardines floridos y deliciosas umbrías, el real Nala, como un dios, holgó con Damayanti. Y así Nala, el de alma heroica, engendró de Damayanti una hermosa niña, Indrasina, y un hermoso varón, Indrasín. Plugo de esta manera al rey de hombres dedicar su vida al sacrificio y al deleite mientras gobernaba la tierra rebosante en riquezas'.

1. Traducción de Daniel M. Brusés, Breviario de la novela de amor, Ediciones del Zodíaco, Barcelona, 1942.