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Leyendas épicas
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LEYENDAS DE BEOWULF

BEOWULF, EL MEJOR DE LOS GUERREROS

 

_____Desde los tiempos más remotos se transmite de generación en generación, en el pueblo que habita las orillas del mar del Norte, la misteriosa leyenda de un héroe que arribó a las playas siendo todavía un niño, traído por las aguas sobre un escudo que había sido rellenado con paja, a modo de cuna. Allí creció el muchacho, y con el tiempo llegó a ser un valiente guerrero, tan poderoso que fundó un reino que no tardó en superar en prosperidad y grandeza a todos los países del Norte.
____Nadie sabía de dónde procedía ni cuál era su nombre, pero a causa del extraño medio en que había sido traído por el mar, fue llamado Sceaf (haz de paja) o también Scyld (escudo).
Cuando murió, después de un largo reinado tan próspero como glorioso, obedecieron sus guerreros su último mandato, enviándole a su oscura patria, de nadie conocida. Colocaron su cadáver en un navío cargado con ricos tesoros. Encima de sus restos ondeaba un estandarte dorado.
____Las luminosas velas se hincharon al viento, y así como había llegado, de niño, tan misteriosamente, volvió a desaparecer de la vista de sus apenados súbditos.
El nieto de este enviado de los dioses, Halfdan, continuó la obra de su abuelo, gobernando con firmeza el país. Cuando murió este rey, le sucedió su hijo Rodgar, el cual, acompañado de multitud de valientes guerreros, asentó su corte en el país danés. Mandó construir un palacio soberbio, un edificio maravilloso, con resplandecientes almenas y una hermosa sala, ricamente adornada, como no se había visto igual en el mundo.
____Las gentes dieron al castillo el nombre de «Ciervo», pues tal parecía, desafiando a las tempestades con la cornamenta de sus almenas, no temiendo ni siquiera a los incendios, cuando la codicia despertada por tantas riquezas atraía a los enemigos. Allí reinaba, pues, en medio de su poderío y de sus bienes, el rey Rodgar, dichoso al poder procurar la felicidad de sus súbditos con abundantes dones. Y buena prueba de ello era que en la sala del «Ciervo» reinaba siempre la alegría.
----¡Quién iba a pensar que sobre estos seres tan dichosos se cernía la devastación y la tragedia!
----En las profundidades del pantano, escondido en el fondo de negras simas, en un lugar solitario y espantoso, vino a morar el más gigantesco y horroroso de los monstruos, Grindel, un superviviente de los tiempos prehistóricos. Con ansias pérfidas, había visto elevarse la esplendorosa morada de los héroes, y cuando le pareció llegado el momento, se acercó una noche al castillo.
----En la silenciosa sala los guerreros dormían, rendidos del alegre festín que acababa de celebrarse. En la oscuridad, unas enormes garras penetraron por la puerta, que, como de costumbre, estaba abierta, agarrando y aplastando a los dos más próximos durmientes y destrozando, en su furia, a ocho o diez más, todo ello acompañado de los gritos y lamentos de los desgraciados. Y después de haber sembrado la muerte en la estancia, regresó aún con alguno de ellos en sus garras y volvió a hundirse en el pantano.
----¡Qué distintas fueron las voces que resonaron a la mañana siguiente en la sala de las que tan alegres habían sido la noche anterior, cuando Rodgar llegó acompañado de sus barones! Habían dormido en una dependencia alejada de la sala en que se había desarrollado la tragedia. Entre hondos suspiros y lamentos de dolor, hizo que corrieran abundantes las lágrimas de los ojos del noble Rey durante todo el día. ¿De dónde había salido esa terrible furia?
----Llegó la noche. Los fíeles guerreros rogaron a su señor que se refugiase en las estancias más resguardadas, en el fondo del palacio, y ellos quedarían montando guardia en la sala. En las primeras horas velaron con todo celo, pero, como nada sucediera, el sueño acabó por rendirlos.
----Ya faltaba muy poco para que el sol iluminara los muros del palacio, cuando apareció el monstruo. Se lanzó contra los descuidados guerreros, y los que estaban más próximos fueron destrozados por las garras de Grindel. Y otra vez se llevó al tenebroso pantano a los últimos de los durmientes de la sala, para que le sirvieran de banquete.
Esto sucedió todas las noches del largo invierno, hasta dejar casi desierta la señorial morada. ----¡No resonaban ya los alegres cantos mientras crepitaba la carne sobre el fuego y el hidromiel espumeaba en los cuernos alzados en los brindis por los heroicos campeones! Y el solitario señor de la diezmada hueste, con el ánimo deshecho, desconfiando de la salvación, pues todas las llamadas de auxilio se habían perdido y ningún sacrificio había alcanzado la gracia de los dioses, meditaba su desventura, pues era demasiado orgulloso y demasiado noble para huir, y así permanecía hundido en la desesperación.
----De este modo, continuaba en silencio la en otros tiempos alegre y bulliciosa sala. El «Ciervo» había caído bajo el poder de Grindel, el más cruel cazador de hombres, y ya sólo esperaba dar el último golpe, el que señalaría el final de la estirpe. Una noche más y el jefe del palacio perecería.
Ya el sol apareció, anunciando el último día de la vida del noble guerrero. Pero entonces llegó la salvación.
----La nueva de los horrores que ocurrían en el palacio del «Ciervo» voló sobre tierras y mares, y llegó al país de los godos. Allí remaba Hugileik, de la estirpe del dios Danner. Su sobrino había sido educado en la corte y ya desde mozuelo demostró gran ardor en la lucha y un valor incomparable. Pasando los años, llegó a ser el mejor de los guerreros; su nombre era Beowulf. Éste oyó que uno de los que contaban las nuevas recibidas hablaba de los horribles crímenes de Grindel, y en aquel momento sintió deseos de abandonar la alegre corte y de marchar a probar su valor en empresa tan arriesgada como la de vencer al monstruo.
Fue a su tío Hugileik y le dijo:
— ¡Oh rey!, deseo partir a socorrer a la estirpe del «Ciervo». Un terrible monstruo devora a sus guerreros y amenaza destruir toda la raza. No quiero probar más mi brazo en fáciles encuentros y juegos. Te suplico que me des un barco en el cual marcharé a luchar contra ese monstruo.
----Hugileik le contestó que se haría su voluntad, y puso a su disposición lo que necesitaba.
Beowulf eligió entre todos los guerreros de la corte a aquellos de más probado valor, y reunió así a catorce hombres.
----Cuando hubieron hecho todos los preparativos, el ágil buque de madera voló sobre las aguas. Llegaron a una costa en cuyos acantilados las olas se rompían con gran estruendo. La nave había llegado a su destino. Los guerreros desembarcaron, después de haber echado el ancla. Cogieron sus armas, se ajustaron las corazas y se dirigieron al castillo.
Desde las altas torres, el centinela de Rodgar vio brillar los lucientes escudos y, montando a caballo, fue a su encuentro y les preguntó:
— ¿Quién sois vosotros que habéis llegado hasta estas tierras de dolor?
—Lo mejor es que te diga la verdad —contestó Beowulf—. Somos godos, de la corte de Hugileik, cuyo cuñado Egidio fue mi padre. Éste vivió lo suficiente para que todos los habitantes de la tierra le conozcan por sus hechos heroicos. Nosotros hemos venido aquí en son de amistad para ayudar a tu señor Rodgar contra el monstruo que diezma vuestras huestes. ¿No es cierto que un horrible monstruo os visita cada noche y comete horrendas matanzas? Tengo la intención de ayudar al noble Rodgar en la medida de mis fuerzas. Su soberbia y digna mansión no debe hundirse en el dolor. Si hay algún modo de acabar con sus desgracias, condúcenos hasta él, pues su salvación está aquí.
El centinela habló y dijo:
—Un héroe tan valeroso como tú obrará tan dignamente como ha hablado. ¡Sed bienvenidos, oh héroes! Seguidme, que yo enviaré a gente para que custodie vuestra nave hasta que regreséis.
----Y a toda prisa se dirigieron al castillo. Al llegar, los guerreros quedaron admirados ante la maravillosa edificación. Entraron, pues, los héroes en la ante-sala, donde esperaron ser recibidos y tomaron asiento hasta el momento de ser llamados.
Entró Wolfgar, un noble al servicio de Rodgar, el cual, parándose muy cortés en la puerta de la sala, les dijo:
— ¡Oh héroes que habéis venido cabalgando sobre los corceles de la mar! No he de anunciaros como implorantes. ¡Decidme quiénes sois, para que lo comunique a mi señor!
Le contestó el primero, que era Beowulf:
—Somos súbditos de Hugileik. Mi nombre es Beowulf. Explicaré al hijo de Halfdan lo que aquí me trae, si me otorga su saludo.
----Y Wolfgar regresó junto al trono de Rodgar, que se encontraba rodeado de los últimos de sus guerreros, y le comunicó lo que le habían dicho.
El castellano levantó la inclinada cabeza y habló así:
—De niño conocí al hijo de Egidio. Ha sido educado en un país amigo, y como amigo viene a mí. Por marinos que nos trajeron mercancías del país de los godos, he sabido de las fuerzas colosales que posee este héroe: en su puño tiene la fuerza de treinta hombres. Adivino que viene enviado por los dioses para socorrernos en nuestra gran desdicha. Ve y dales la bienvenida y ruégales que entren en mi sala, en donde estamos reunidos, para saludarles y darles las gracias.
A toda prisa volvió Wolfgar a la antesala y rogó a los guerreros, que esperaban impacientes, que le siguieran:
—Dejad los escudos y las lanzas aquí. Tenéis la paz de los huéspedes.
Una parte de los guerreros quedó guardando las armas. Los otros entraron con Beowulf al frente. Éste llevaba la cabeza cubierta con el casco, según la costumbre cortesana. Se dirigió al Rey y le dijo:
— ¡Salve, oh Rodgar! El sobrino de Hugileik te saluda como un amigo. Joven soy, pero grande es mi valor y grande mi osadía. Por eso me atrevo a ofrecerte mi ayuda, pues he probado mis fuerzas ya en otras ocasiones. Viajeros que llegaron a la corte de los godos me contaron que en la proximidad de tu palacio vive un horrible monstruo que ensangrienta esta hermosa mansión. Otras veces he luchado ya con seres de esa naturaleza, y por eso te ruego que me permitas intentar librarte de tan horrible ser. Sé que podré hacerlo con mis solas fuerzas. He oído decir que viene sin armas y que sólo lucha con sus garras y con la fuerza de sus deformes miembros. Pues bien: lo que él puede hacer, lo puedo hacer yo. No usaré lanza para atacar ni escudo para defenderme. Con mis brazos lucharé contra sus brazos, con mi cuerpo contra el suyo, y antes de que el sol alumbre con rojos colores las torres de la fortaleza, y la noche se hunda en la aguas del frío mar, demostraré cuál es el valor de la estirpe de Donnar, yo, Beowulf, el hijo de Egidio. Si el Destino está en mi contra y desciendo a las oscuras regiones de la muerte, ¡no tendrás mucho trabajo para mis funerales, ni gastarás tus monedas en mi túmulo! ¡Si el monstruo me destroza, no te regalará mi cuerpo, sino que le servirá a él de festín! Pero sólo te ruego, si eso sucede, que envíes a Hugies heredada por los hombres de mi estirpe. Esto es lo que te suplico que hagas, ¡oh Rodgar!
Desde su rico trono, el infeliz Monarca contestó:
— ¡Oh, amado Beowulf!, sin duda tú has de ser el que me salve de esta horrible situación. ¡Saludo en ti al hijo de tu padre!
Y recordó la amistad que le unía con el padre de Beowulf y exaltó el valor del héroe al venir a luchar en beneficio suyo.
—Siéntate y bebe con nosotros el hidromiel de la paz y de la hermandad indestructible —añadió el Rey—. ¡Yo brindo a tu salud!
Y alzó su copa, ricamente tallada.
----Los criados llenaron las copas. Un bardo cantó las hazañas de los hombres de las dos estirpes. La ronca voz del juglar subía hasta las negras vigas de la techumbre. El fuego, que atizaban dos criados, echando gruesos troncos de robles añejos, lanzaba chispas. La sala resonaba con voces alegres y todo pareció recobrar la vida, la suntuosidad y el regocijo de tiempos pasados. Nadie recordaba ya los ataques del horrible monstruo. Todos cantaban el valor de Beowulf, sus hazañas y su clara estirpe. Y estas alabanzas fueron tan insistentes, que uno de los guerreros de Beowulf se sintió molesto en su amor propio. Era Hunfred, hijo de Eckleif. Convencido de su valor y lleno de orgullo, se levantó de su silla y lanzó estas palabras al noble huésped:
— ¿Eres tú aquel Beowulf que contendió a ver quién era más fuerte y más ligero, nadando con Breka, hijo de Bonstein? ¡Sonada aventura! Consejos y advertencias de prudentes varones desdeñasteis; lleno de ardor y de entusiasmo, os lanzasteis a las frías y traidoras ondas del mar... Valiente fue el ánimo de los dos; pero fue Breka el que venció. Las olas lo llevaron hasta su reino, en donde aún gobierna. Y tú, Beowulf, fuiste vencido, luego de haber asegurado que saldrías victorioso. ¿No sucederá ahora como entonces? ¿No pasará esta noche de idéntica manera y todo tu valor no será más que palabras?
Tranquilamente le contestó el caudillo godo:
— ¡Querido Hunfred!, ¿qué estás diciendo? ¿Estás borracho del buen hidromiel de Rodgar? Nos estás alabando las fuerzas del valiente Breka, que, en verdad, no luchó mejor que yo entre las olas. Entonces éramos muchachuelos que no pensábamos en el peligro ni en la gloria. Nos jugábamos la vida, porque nos apetecía ejercer nuestras fuerzas y dominar el embate de las olas. Con la espada en mano nos defendíamos, nadando, de los feroces animales marinos. Siempre juntos, uno cerca del otro, durante cinco noches, hasta que una terrible corriente, en una tempestad deshecha, nos separó. En la noche invernal, entre remolinos y abismos que se abrían en el mar, me atacaron monstruos de las profundidades del océano y esta coraza me salvó. Uno de esos monstruos me arrastraba hacia abajo, agarrándome con sus garras codiciosas, y ya me sentía hundir bajo las rugientes olas; pero con mi espada conseguí herir al monstruo, que se hundió, y yo volví a la superficie. En aquel momento, el sol rasgaba con sus rayos las tinieblas y el resplandor dorado se extendía sobre las grises montañas de agua. Saludé con alegría al sol y a la luz. También Breka fue valiente. Mas, con todo, no hizo lo que yo aquella noche. Entonces, llegué al país de los fineses. Hoy llego a Dinamarca. Aquí os encuentro en la más terrible desesperación, a merced del monstruo Grindel, y por ningún lado aparece un héroe que os quiera salvar. Ni siquiera tú, Hunfred; si fueras tan fuerte como orgulloso te muestras, no se encontraría el gigante con tanta libertad para obrar. Esta noche recibirá el saludo gótico, y cuando mañana os despierte el sol, podéis dirigiros alegremente a la bebida de la mañana; os esperaré en medio de la sala.
----Así habló Beowulf, riendo, y todos se alegraron; hasta el mismo Rodgar se animó. Las arpas sonaron, los cantos prosiguieron y la alegría subió de punto. Alegres, sí, estaban los héroes iluminados por el rojo fuego, en la sala del palacio, mientras fuera las tinieblas se aproximaban y el sol rozaba las olas del tranquilo mar. Las primeras estrellas aparecían, y ya anunciaban la hora del peligro y de la muerte.
---Entonces entró en la sala Waldiwa, la esposa de Rodgar, resplandeciente de áureas joyas, y saludó con noble compostura a su huésped. Llenó la copa de su esposo y llevó la bebida de hospitalidad al héroe gótico y habló graciosamente del mayor deseo de su alma: de que hubiera aparecido el salvador de todos ellos. El huésped contestó cortésmente:
—En Gotlandia, cuando me embarcaba con mis compañeros en la nave que me había de traer hasta aquí, juré que salvaría a mis amigos daneses o moriría en su defensa.
----La dama sonrió al valiente guerrero y tomó asiento junto a su esposo. De nuevo, los bardos cantaron y corrió el hidromiel.
Fuera, el sol había desaparecido; sólo las estrellas estaban en el cielo; las tinieblas, sobre el mar. Rodgar se levantó para ir a descansar. Se despidieron y Rodgar dijo a Beowulf:
—Desde que llevo espada no he permitido a nadie, excepto a ti, ¡oh, héroe!, que custodie solo la sala principal de los daneses. Así, pues, custodia mi palacio y cuídate tú mismo del enemigo. No te negaré ningún deseo si cumples la hazaña y sales con vida.
----La sala se vio vacía de daneses. Sólo quedó el héroe con algunos pocos de sus compañeros. La estancia quedó en la oscuridad. Allá lejos, ya el monstruo había salido de su pantano, y por los caminos en tinieblas se arrastraba hacia el castillo.
Antes de ocupar su puesto, Beowulf dio el escudo, la espada y la coraza a uno de sus hombres, diciéndole:
—Por muy grande que sea la astucia de Grindel, no sabe luchar en combate con espada y lanza. Él viene con sus fuerzas, y yo le esperaré con las mías, apoyado en la protección de Donnar.
----Después de esto, se echó tranquilamente entre blandos cojines, y los cansados guerreros que le rodeaban no tardaron en caer dormidos, pensando si regresarían a la lejana tierra de los godos o si perecerían destrozados por el monstruo.
----Sólo Beowulf permaneció sin entregarse al reparador sueño, pues un héroe ha de esperar siempre al enemigo en pie, con sus ojos avizores. Y ya estaba cerca el peligro; ya se aproximaba lento, implacable, el enemigo.
----Entre las sombras de la noche, se acercaba Grindel, ignorante de que la sala en que diera muerte a tantos guerreros tenía un nuevo guardián, más valeroso que ningún otro hombre.
Se acercaba el monstruo, con las fauces babeantes, saboreando de antemano su presa, que estimaba segura. Su respiración jadeaba; impaciente por llegar, se esforzaba en adelantar su marcha.
----Llegó al palacio y de la primera manotada sacó al portalón de sus goznes y se dirigió con ojos centelleantes hacia la sala donde dormían los jóvenes godos. Sus garras se cerraron agarrando al primero de los guerreros, y en un momento le desgarró los miembros, ahogando sus gritos de dolor. Ya se dirigía hacia el segundo, cuando sintió que un brazo fuerte como el acero le rodeaba el cuello y que una mano le ahogaba. En ese momento, cayó en la cuenta de que había encontrado al vengador de sus víctimas. El monstruo tuvo miedo; ya quisiera encontrarse en aquel momento en su pantano y no haber salido de su lóbrega madriguera aquella noche. Pero la fuerza de los dedos no cede; el enemigo lo sujeta y lo retuerce, lo arroja a un lado y a otro y, cuando consigue levantarse, lo vuelve a tirar.
Así continuó la lucha, hasta que el monstruo, atenazado por los brazos de su poderoso dominador, siente que sus miembros se distienden con un terrible dolor.
----Gritó atronadoramente, y sus aullidos retumbaron en la sala. Los daneses escuchaban, atemorizados; los godos, en cambio, habían tomado las armas y, acercándose a su señor, golpeaban con las mazas y con las espadas al gigante. No sabían que Grindel era inmune al acero, porque le protegía un hechizo. Pero ya estaba vencido; por vez primera se vio obligado a huir con las manos vacías, con una herida tremenda, porque Beowulf le había arrancado el brazo. Consiguió alcanzar la puerta, y a través de la débil luz del amanecer pudo llegar al pantano, en donde presentía que iba a morir. Beowulf, en cambio, alegre por la victoria y por haber cumplido su palabra de luchar con el monstruo y liberar a los daneses y haber mantenido en alto la honra de los godos, cogió el brazo y el hombro que había desgarrado del cuerpo del coloso y lo clavó en la pared, en el lugar preferente de la sala, para que cuando llegaran por la mañana los daneses vieran enseguida lo que había ocurrido.
----¡Qué alegría la de los daneses! Siguieron las huellas sangrientas del monstruo hasta el mismo pantano, en el que se veían rojas burbujas subiendo de las profundidades, donde Grindel se había escondido. Nadie se compadeció del asesino de tantos héroes, sino que cantando alegremente, volvieron unos de ellos junto a Rodgar, pero otros marcharon a extenderlas noticias y a cantarlas hazañas de Beowulf por tierras y mares.
----Por la mañana, una alegre fiesta se celebraba en la sala. Acudieron todos los guerreros, vestidos con sus mejores galas. También acudió Waldiwa, la noble esposa de Rodgar, que llegó con sus doncellas y se colocó al lado de su marido. Ya en el umbral, Rodgar, mirando hacia el brazo del monstruo, que estaba clavado en la pared, exclamó:
— ¡Loor y gracias a los guardianes de la Walhalla, por este momento de felicidad! ¡Qué poco sospechaba yo, aun anoche, cuando la sala chorreaba sangre del crimen nocturno, que ya hoy habría sido remediado el dolor y la aflicción!
Y después, dirigiéndose a Beowulf, le prometió gratitud eterna por lo que había hecho por la estirpe de los daneses, y le ofreció concederle todo lo que pidiera. El hijo de Egidio contestó:
—Por mi propia voluntad, cumplí lo prometido. No me interesa que me pagues, pero me tortura que el monstruo haya huido sin que recibiera de mí la muerte. No pude impedir su huida; pero, créelo, no ha salido muy bien parado de la lucha. Su herida es mortal, y nunca más volverá a envanecerse de sus crímenes en este país.
----Así habló Beowulf; y Hunfred, el guerrero que le había insultado, permaneció en silencio, cubierto de vergüenza, mientras los demás combatientes contemplaban la garra de Grindel y exclamaban:
—Sí, en contra de éste nada podía espada alguna.
----Después de esto, muchas sirvientas limpiaron el suelo de la sangre y de todos los objetos rotos. La sala volvió a brillar en su antiguo esplendor y se empezó a celebrar el banquete.
Rodgar regaló a Beowulf un estandarte dorado, un casco y una coraza, y, sobre todo, la espada de la victoria. Nunca se vio más hermoso premio que aquello que es lo que más aprecia un héroe para luchar y para atacar al enemigo. También recibió el héroe en regalo ocho fogosos corceles con sus arneses. Tampoco olvidó el Rey a los compañeros del jefe godo y dio a cada uno lo que más deseaba. Y les entregó también oro, como compensación del desdichado que Grindel destrozara con sus garras. Entonces, Waldiwa llenó la copa de homenaje, de hidromiel; pero antes de ofrendársela al godo, se la ofreció a su marido, diciéndole:
—Has hecho muy bien en repartir tus tesoros entre estos valientes guerreros, pero no conviene que procedas igual con tus tierras. Me han dicho que tienes la intención de guardar al héroe junto a ti, como si fuera de tu misma sangre; acuérdate de que tienes hijos, y aunque murieras antes de que pudieran llevar la corona, Rodolfo, nuestro sobrino, es capaz de proteger a los legítimos poseedores del reino.
----Y habiendo dicho estas palabras, se dirigió a donde estaban sus hijos Roderico y Rodmundo, entre los que estaba sentado fraternalmente Beowulf. A éste le ofreció la copa con amables palabras. Le dio un brazalete con anillos dobles enlazados, y le dijo:
—Con este brazalete te uno a nosotros. ¡Oh héroe, cuya fama vuela sobre tierras y olas, conserva tu amor siempre a estos niños! Enséñales amistosamente tu saber heroico, tu ánimo noble. Aquí, en nuestro castillo, no existe hipocresía ni crimen. Bebed, pues, héroes —añadió, dirigiéndose a los demás—, y tú, Beowulf, concédeme lo que te he pedido.
----Volvió a su asiento, junto a su señor, y el banquete comenzó. ¡Qué alegre festín! ¡Quién podría suponer que de nuevo el horror iba a ensangrentar aquella sala! Cuando Rodgar se retiró a dormir, quedaron en la estancia, como otras veces, muchos guerreros. Apartaron los bancos y prepararon sus lechos. Colgaron las armas encima de sus cabezas y se echaron a dormir, confiados y alegres. ¡Ay, qué pronto algunos iban a pasar al sueño de la muerte!

----Grindel, el monstruo vencido por Beowulf, no era sino un vástago de la raza de los seres de los tiempos primitivos. En el mismo pantano vivía su madre, un monstruo aún más terrible que Grindel. Cuando volvió su hijo moribundo, se despertó en ella un terrible deseo de venganza. Y para cumplir ésta, en cuanto llegó la noche se puso en camino, guiándose por las huellas sangrientas de su hijo. Llegó a la sala donde dormían los guerreros y agarró al primero. ¡Qué espantoso fue el despertar de los daneses! Se contentó el monstruo con uno y huyó sin esperar a que apareciese Beowulf. Y la víctima no era sino Askher, el mejor compañero de Rodgar, su escudero y su más fiel amigo.
¿En dónde estaba, pues, Beowulf? Éste había sido conducido por sus hombres a un lugar apartado, para que reposase después de la lucha con Grindel. Cuando, a la mañana siguiente, entró saludando alegremente en la sala, ¿qué fue lo que vio? Desesperación, miseria y sangre. Y Rodgar habló así:
—Nos hablas de paz... ¡Aquí no hay paz! Askher ha muerto; mi buen Askher, el mejor de mis hombres... ¡Cuántas veces en la batalla estuvo junto a mí! ¡Cuántas veces su consejo me valió el triunfo! Le mató un nuevo monstruo, guiado por las huellas de Grindel. Sí, tú venciste a Grindel, le heriste de muerte, y aún así... ¡ha vuelto! No; creo que es verdad lo que me decían los guerreros: en el pantano vivían dos monstruos, una pareja de gigantes, el uno con aspecto de hombre, que era Grindel, y el otro, horriblemente formado, que es una mujer. Temo que esa mujer sea la que nos ha arrebatado a Askher. ¿Quién podrá vencer a la madre del infierno? Impetuosamente gritó Beowulf: — ¡Ah hijo de Halfdan!, ¿crees tú que si vencí al hombre lobo no seré capaz también de vencer a la loba? Hoy mismo salgo en busca de ella.
— ¡Oh Beowulf, grande es tu valor, pero guárdate! No conoces los peligros de esos tenebrosos lugares, ese nido de monstruos que es el pantano. No obstante, tú eres el único que podrías salvarnos y te premiaría aún más de lo que te he premiado si consiguieras dar muerte a la monstruosa madre de Grindel.
Beowulf juró no volver sin haber vencido al gigante.
----Emprendieron la marcha, y pasaron por bosques espesos, hasta que llegaron a un precipicio sobre el que se inclinaban los árboles. En el fondo las aguas se movían, ensangrentadas. Beowulf se detuvo, espantado: sobre una rama de uno de los árboles había visto la cabeza de Askher. Miraron abajo y vieron a los animales del pantano relamiéndose aún de la sangre del guerrero. Apenas salió uno de los monstruos a la superficie, le atravesó la jabalina de Beowulf, y en un momento fue traído a la orilla, ensartado en las lanzas. Los guerreros contemplaron el animal mientras Beowulf se armaba. Le faltaba la espada, y Hunfred le entregó la propia, que ya desde tiempos remotos había vencido a gigantes; esto fue la compensación de Hunfred por las burlas pasadas. Beowulf la aceptó y se despidió, preparándose a la lucha.
----De un salto, se precipitó el héroe en el abismo. El agua se lo tragó. Durante muy largo tiempo estuvo buceando. Pronto, la monstruosa hembra advirtió que el héroe venía a vengar la muerte de Askher, y salió a su encuentro, regodeándose de la nueva presa. Con sus garras rodeó el cuerpo de Beowulf; pero éste estaba protegido por la coraza. El monstruo sólo pudo arrastrarlo hasta su cueva. ¡Terrible peligro corría el héroe! ¡Inútil fuera su valor, porque tuvo que dejarse llevar por el gigante; inútil era su espada, la espada que diera la muerte a otros gigantes! Por el agua se precipitaban terribles anímales; serpientes y tiburones desgarraban sus vestidos, hasta que, de pronto, se encontró en una amplia sala, cuya techumbre la protegía del peso de las olas.
----Y como una luz en medio de las tinieblas, reconoce ante sí a la giganta. Entonces, se lanza y la golpea con todas sus fuerzas con la espada; pero, ¡ay!, el acero no la hiere y la mejor espada es frágil contra la madre de Grindel. La fiera derriba al héroe, y éste confía ya sólo en su denuedo. Como un héroe que no teme a la muerte, se resiste con todas sus fuerzas al empuje de la furiosa fiera. Agarra su brazo con mano poderosa, se lo retuerce y derriba al monstruo.
----¡Las rocas temblaron, como en un terremoto! Pero, de un salto, se vuelve a levantar la giganta, se lanza contra Beowulf y le aplasta contra el suelo.
----Beowulf vio cómo su enemigo sacaba un cuchillo y se lo ponía contra su pecho. Pero tropieza con las mallas de la coraza y por un instante se detiene. Y, en ese momento, Beowulf le arranca el cuchillo y se lo hunde con fuerza incontrastable en la garganta. El monstruo cae moribundo y ahógase en su propia sangre.
----Beowulf se levantó exhausto de la horrible lucha, miró alrededor y vio junto a un hogar que ardía en la roca una espada enorme, demasiado pesada para ser esgrimida en la lid, una obra magnífica de gigantes; mas él la cogió con las dos manos y siguió recorriendo la vasta sala.
----De repente, reconoció, tendido en un gran lecho, al herido Grindel. Blandió su espada contra él y le cortó la cabeza. Así vengó el héroe los crímenes cometidos contra los valientes daneses en tantas noches de terror. Pero la espada se había fundido, por el calor de la sangre del monstruo y la hoja había desaparecido.
----Arriba, en las orillas del pantano, esperaban, llenos de temor y ansiedad, los guerreros. De pronto, vieron, espantados, que el agua se teñía de rojo y que la sangre salía a borbotones a la superficie.
----Al cabo de un rato, como el héroe no aparecía, creyeron que la giganta lo había devorado. Y corrieron al palacio, a través de la niebla, para comunicar la triste noticia.
Solamente los fieles godos permanecieron, pues no podían creer que su señor hubiera sido derrotado en el combate. Y he aquí que después de muchas horas vieron formarse un remolino y aparecer, nadando vigorosamente, a Beowulf, con el semblante victorioso y arrastrando como botín la cabeza de Grindel y el puño de la espada gigantesca.
----Con gozo le recibieron sus guerreros, dando gracias a los dioses, y enseguida le ayudaron a quitarse la armadura, el casco y la coraza, y entonces fluyó el agua mezclada con la sangre. Después de esto, se dirigieron a buena marcha hacia el castillo, pero la cabeza del gigante tuvo que ser llevada por cuatro hombres, que la habían colgado de una barra de hierro. Así entraron los trece godos con Beowulf a la cabeza, en la sala de fiestas de Rodgar. Éste quedó asombrado, pues creía que el héroe había muerto.
----El rey Rodgar alabó, en un largo discurso, el valor de Beowulf. Después se celebró el banquete de despedida, hasta que el oscuro casco de la noche cubrió la cansada cabeza de la tierra. Entonces, se retiraron a dormir, por última vez, en el castillo, y Beowulf le devolvió a Hunfred la espada que le había prestado.
----Por la mañana marcharon los godos. De nuevo cambiaron palabras de amistad. Beowulf prometió al hospitalario Rodgar la ayuda de Hugileík en todo momento, y al joven Rodrik le instó a que visitara la corte en Gotlandia. Y los dos prometieron que sus naves surcarían con frecuencia los mares para llevarse presentes. Y, por último, Beowulf tomó el camino hacia la playa, con sus compañeros, conducidos por el mismo centinela que los había introducido. Cargaron el barco con todos los regalos y dones que habían recibido, con armas y con caballos.
----Las amarras fueron recogidas; se alzó el ancla; el barco zarpó de la costa, y, llevado por el viento favorable, fue cortando las olas a través de los mares, hasta que los acantilados de Gotlandia fueron saludados por los navegantes.
----Cayeron las anclas, la quilla reposó, y así terminó el feliz viaje de los osados guerreros.
El héroe fue recibido con gran alegría y su gloria aumentó hasta el punto que todos comprendieron que, después de la muerte del noble señor Hugileik, en dura lucha contra los frisios, debía obedecer el joven Hardrad y ser dirigido por Beowulf. Pero por mucho que deseasen los guerreros godos que el héroe llevase él mismo la corona, Beowulf no lo consintió y mantuvo su fidelidad al hijo del Rey, hasta que también para éste llegó la muerte muy temprana, ya que, habiendo recibido asilo en la corte goda ciertos fugitivos de Suecia y habiéndose negado el joven Rey a devolverlos, fue asesinado durante un banquete.

----Beowulf sucedió en el trono al desdichado joven y gobernó a los godos muchos años, alcanzando gran fama y completa felicidad y siendo honrado por todos. Cuando hubieron pasado cincuenta inviernos y su cabeza estaba cubierta de nieve, quiso el Destino que el héroe luchase en un nuevo combate, que había de ser el último de su vida. La leyenda cuenta lo que sigue:
----Cierto hombre que no era bien visto en la corte, y que se esforzaba en hacerse agradable a su señor, le ofreció un día una copa de oro adornada con piedras maravillosas. Interrogado severamente acerca de la procedencia de la copa, acabó por confesar el robo. La había sustraído de una cueva, en el bosque, en un lugar apartado, mientras el guardián dormía. El guardián era un enorme dragón. Éste fue una vez un retoño de una antigua raza de monstruos, un nieto de gigantes prehistóricos, el único que quedaba de la especie a los que en tiempos castigó Donnar. Solo, y temeroso de igual fin, recogió todas las riquezas, todo el tesoro de oro de los gigantes; lo amontonó y, por medio de un encanto, convirtióse en dragón y se ocultó en aquella cueva, de la que el ladrón había robado la copa. Y no fue eso lo único, sino que habiendo observado la hora en que dormía el guardián, volvió y de nuevo robó, y sólo mostró parte de su botín, pues el resto lo había escondido.
----Los guerreros que lo vieron instaban a su señor a que se apoderase de todo el tesoro. Pero a Beowulf no le importaban las riquezas, le repugnaba el robo, y castigó al ladrón.
Entretanto, el dragón había notado que el oro desaparecía y husmeando husmeando, advirtió que un extraño había entrado en la cueva mientras él dormía.
----El dragón, enfurecido, sintió que su pecho se enardecía, y lanzándose a través de campos y pueblos, esparció la muerte y la desolación por donde pasaba. Un gran clamor de lamentos se alzaba, una tremenda desgracia había caído sobre las tierras de los godos. Los súbditos acudían en tropel a quejarse a Beowulf y a rogarle que los librase del monstruo. Los guerreros temblaban, y Beowulf habló así:
—Ha llegado el momento de ir a la cueva a buscar al gigante; yo lucharé contra el guardián del tesoro.
Con doce hombres y con el ladrón como guía, dirigióse al lugar.
----Cuando hubieron llegado ya cerca, se sentó un momento el anciano héroe junto a la roca, con el ánimo entristecido. No era el temor lo que abatía al vencedor de Grindel, sino un lúgubre presentimiento que le sobrecogía y le advertía que la muerte estaba cercana y le murmuraba: «Despídete de tus fieles».
----Así, pues, se despidió de ellos, recordando los tiempos de su juventud: el día en que llegó a las costas asoladas por Grindel, los banquetes en el palacio de Rodgar, la lucha con el monstruo y la aventura del pantano.
—Mas ¡ay! —suspiró el héroe—, entonces yo era joven, y ahora mis brazos no son tan fuertes.
Y dijo a sus hombres que lo esperasen en ese lugar para ver el resultado de la lucha.
-----A poco, se levantó y se dirigió con paso rápido al muro de piedra en el que se abría la cueva. De las profundidades de la caverna salió una nube de fuego. Todo el monte pareció incendiarse. Beowulf sintió ardientes quemaduras, su pelo se chamuscó debajo del yelmo. Quedó cegado por las llamas; pero Beowulf no se arredró por ello, sino que llamó con voz fuerte al enemigo, provocándolo al combate. El dragón oyó la llamada y, envuelto en una nube de fuego, resoplando, salió de las profundidades de su guarida y golpeó con sus gigantescos miembros anillados el escudo del héroe, el cual resistió a pie firme el ataque con el hacha en alto, preparado para herir. Lanzó el golpe, pero el monstruo, retrocediendo, lo esquivó. Beowulf atacó de nuevo, y el gigante echó llamas por la boca y las arrojó contra el escudo, hasta que se puso al rojo y se fundió e incluso la misma coraza del héroe se enrojeció, hasta quemarle la piel.
----Mas el héroe da todavía un golpe con su hacha, que se escurre por la pata escamosa del dragón y le hiere levemente; ello írrita la furia del animal. Las llamas salen de sus fauces, saltan centellas; el aliento emponzoñado hierve. El viejo guerrero titubea; si su arma no le ayuda, está perdido.
----Mas he aquí que de un salto se coloca junto a él el valiente Wikleif, el hijo de Wigstein, su escudero fiel. Éste no había podido resistir más tiempo la espera y había gritado a sus compañeros:
— ¡Ayudemos a nuestro señor! Él siempre nos ha defendido; tenemos que corresponderle. Prefiero mil veces que me consuma el fuego a que muera mi señor.
Los demás vacilaron; pero Wikleif corrió junto a su amo, y a través del vapor y de las llamas atacó al dragón.
----El monstruo se había ensañado con la coraza de Beowulf y echó el aliento en el rostro de éste, no protegido por el yelmo, ya medio fundido. Así, está indefenso para el combate el guerrero y ofrece su flanco al ataque. Otro golpe en su costado, y cae vencido. Con un último esfuerzo, el anciano Beowulf parte con el hacha la cabeza del dragón. Éste se retuerce y muere. Pero también el héroe ha caído, cegado por el pestilente aliento del monstruo.
Wikleif se inclina sobre su dueño y le oye que susurra:
—Esto es el fin. El fuego me consume; refréscame. Dame agua, me desvanezco.
Rápidamente, el fiel y valeroso escudero buscó agua y roció la cara del héroe; le despojó de las armas.
— ¡Ah —suspiró Beowulf—, cómo desearía dejar estas armas a mi hijo! Ahora parto de este mundo al oscuro reino de las tinieblas, sin dejar sucesor. ¿Quién poseerá el reino que durante cincuenta años defendí del enemigo? ¡Pronto, corre a la cueva, tráeme los tesoros! Al héroe moribundo le consuela el brillo del botín... ¡Corre y tráeme el tesoro antes de que mis fuerzas desfallezcan, antes que me falte la luz!
----Wikleif partió a cumplir la última orden. Entró en la caverna y contempló con asombro los montones de oro, las enormes pilas de armas, corazas y yelmos; jarrones repletos de joyas, cofres hinchados de monedas y, además, un estandarte con flecos de oro: una obra maravillosa, que resplandecía por el oro y las piedras preciosas; igual que la cueva estaba llena de luz por el brillo de los tesoros. Cargó el escudo con espadas y cálices y lo llevó a donde yacía el Rey, ya sin fuerzas. Por última vez, se movieron los labios y el pecho del héroe moribundo, y un suspiro salió aún de su boca. Al contemplar tantas riquezas, susurró el anciano:
— ¡Esto es lo que gané para mis hombres! ¡La herencia de Beowulf!... Que les sirva para la felicidad, a ellos, los valientes leones godos. A mí elevadme un túmulo a la orilla del mar, en una colina que mire por encima de las olas, que sirva de guía a los navegantes y que lleve el nombre de «Monte de Beowulf».
Los ojos se le velaban. Alargó la mano hacia el cuello de su fiel amigo:
—Eres el último de nuestra estirpe; la muerte se los llevó a todos... Los nobles héroes...
Y su espíritu voló a la Walhalla.
Mientras Wikleif lloraba desconsolado junto al cuerpo inerte de Beowulf, los guerreros se fueron aproximando despacio. Grande fue su asombro cuando contemplaron al terrible monstruo y mayor el dolor cuando vieron inanimado a su Rey. Wikleif levantó la vista, se incorporó y les dijo:
—Ahora fácil es venir, pisando tímidamente, como doncellas o niños. Permanecisteis en espera, con el corazón temeroso y sin querer probar vuestras fuerzas contra el sanguinario guardián del tesoro. El dragón, muerto está; su sangre ha empapado la tierra y se ha juntado con la que corre de las heridas de nuestro señor. Muerto está el héroe, el vencedor de Grindel, el defensor de las tierras godas. Muerto está el dragón, y en tierra yace su vencedor. Los tesoros brillan en la oscura caverna, mas no ha de ser para vosotros el botín, sino para otros nobles que, de haber estado aquí, habrían luchado como hombres.
Los guerreros permanecían en silencio. El guía había corrido al castillo, a dar las noticias. Acudieron los nobles y contemplaron el tesoro. Wikleif les dijo:
—Todo este tesoro no vale lo que la vida de nuestro Rey. Por lo tanto, no pensemos en repartirlo, puesto que nos ha costado una gran desgracia. Lágrimas hemos de derramar y nuestras voces han de ser roncas, de duelo y no de júbilo. Que nadie posea las refulgentes joyas, los anillos, los yelmos y las ánforas repletas de oro. Enterremos el tesoro junto con las cenizas de nuestro señor. Él quiso hacernos felices dejándonos el tesoro como herencia. Pero nuestra alegría no puede nacer de la posesión de unas riquezas tan caramente compradas.
----Arrastraron al enorme dragón hasta el borde de un acantilado y lo arrojaron al mar. El tesoro lo cargaron en carros para llevarlo al castillo. Allí también llevaron el cuerpo de Beowulf, el héroe de los cabellos de plata, para que reposara después de la lucha, en su último descanso. Corrieron presurosos a preparar la hoguera en donde habían de arderlos despojos de Beowulf. Adornaron la pira con yelmos y corazas, con brillantes escudos, y encima tendieron el cuerpo del Rey. Dieron fuego a la leña. El humo salía negro; las llamas se elevaban, crepitaban y se retorcían como lamentos. En aquel instante, un viento tormentoso barrió la costa. Los lamentos resonaban como el ulular de la tempestad. Sólo se calmó el viento cuando los miembros del cadáver se hubieron consumido y las llamas hubieron penetrado hasta el corazón.
----Cavaron una fosa y sobre ella erigieron un túmulo muy alto y visible desde muy lejos, según los últimos deseos del Rey. Y en diez días acabaron la monumental obra, el mayor túmulo que se haya conocido en la Tierra. En él, enterraron también el tesoro, lo mismo que en otros tiempos, cuando el dragón lo guardaba. Rodearon después, en procesión fúnebre, los doce más nobles guerreros, a caballo, el monumento, entonando el De profundis en honor del Rey, y cantaron sus obras, alabando sus luchas contra héroes y gigantes, como correspondía a una muerte heroica como la suya.
Y todos los pueblos que supieron lo sucedido lloraron la muerte del héroe Beowulf.

Leyendas Nórdicas, Barcelona, Labor bolsillo juvenil, 1988.

 

 

 

 

COVADONGA

_____A los tres años del reinado de Vitiza, que al principio había sido muy bueno, comenzó a obrar mal y desterró de Toledo al infante Pelayo, que era hijo del duque de Cantabria, Favila, a quien Vitiza aborrecía lo mismo que a su padre, que había matado de un bastonazo. Otros dicen que le quiso sacar los ojos y que por eso don Pelayo, que era de su guardia, huyó y fue a refugiarse en Cantabria. Cuando supo don Pelayo que don Rodrigo había sido vencido y que los moros tenían ocupado lo más de España, cogió a una hermana que tenía y se fue a Asturias con la esperanza de organizar entre las asperezas de aquellos montes un centro dé resistencia al que se pudieran acoger los cristianos que aún combatían en Asturias, Vizcaya, Álava y Guipúzcoa y a lo largo de los Pirineos.
_____Por aquellos días había en Gijón un gobernador puesto por los moros, llamado Munusa, que, aunque cristiano, había hecho alianza con los musulmanes y estaba al servicio de ellos. Este Munusa se enamoró de la hermana de don Pelayo, que era muy hermosa, y fingiéndole amistad al infante, simuló que tenía que enviar un mensaje a Tariq, que estaba en Córdoba, hecha por los moros capital del reino, y le pidió que lo llevara. Mientras tanto Munusa se puso de acuerdo, por medio de un siervo, con la hermana de don Pelayo y se casó con ella. Al volver don Pelayo de Córdoba y ver lo sucedido, se disgustó mucho, y como era muy valiente y buen cristiano no quiso pasar por aquel casamiento tan poco honroso. Cogiendo a su hermana como si no le importase nada lo sucedido, se fue a las montañas lleno de furor y pensando cómo podría librar a los cristianos de tales afrentas. Munusa sintió mucho verse privado de tan hermosa mujer y, queriendo vengarse, mandó decir a Tariq que don Pelayo se había sublevado. Tariq se enojó mucho cuando lo supo y mandó desde Córdoba cien caballeros para que cogieran a don Pelayo y se lo llevasen encadenado. Los moros, al llegar a Asturias, quisieron apoderarse de él por sorpresa, pero un amigo le avisó y le dijo que, pues no tenía gentes ni armas para resistir, huyera con tiempo. Don Pelayo estaba entonces en una aldea llamada Breta. Montando a caballo pasó a nado el Pilona y se ocultó en un bosque. Los moros que le perseguían, al llegar al río y verlo tan crecido, no se atrevieron a cruzarlo.
_____Después de esto se vino don Pelayo al valle de Cangas, donde encontró a muchos cristianos que, con miedo de los moros, iban a sometérseles. Don Pelayo infundió a estos cristianos nuevos bríos y, haciéndoles concebir esperanzas en la ayuda de Dios, les dijo:
—Amigos: aunque Dios nos castigue por nuestros pecados, no querrá olvidarnos para siempre ni dejará de compadecerse un día de nosotros.
_____Aquellas gentes vieron cuánta razón tenía don Pelayo y cuan santas eran sus palabras y, perdiendo el miedo, se unieron a él y se fueron todos al monte Auseva. Entonces don Pelayo mandó emisarios por toda Asturias incitando a los cristianos a despertar de su profundo sueño y a salir de la modorra en que habían caído. De todos los rincones de Asturias venían gentes a él, como si don Pelayo hubiera sido un enviado de Dios 1
_____Después que todos los que combatían por las montañas estuvieron juntos, alzaron por rey a don Pelayo, quien comenzó a hacer mucho daño a los moros, yendo rápidamente de una parte a otra y alterando la paz y el sosiego en que vivían. Mucho esforzaba a todos los suyos, como buen caudillo. Los caballeros que Tariq había mandado para que le cogieran, cuando vieron esto, se volvieron a Córdoba y se lo contaron. Tariq, al saberlo, se puso furioso y envió contra él con mucha gente a un príncipe moro, compañero suyo, llamado Alqama, y a don Opas, hijo de Vitiza, que fue arzobispo de Sevilla. Le mandó Tariq con Alqama para convencer a Don Pelayo de que cesara en su resistencia, pues esperaba que por ser arzobispo y primado le creerían los cristianos y que quizás pudiera atraerlos y hacer que todos se hicieran moros y se sometieran. Dijo también Tariq a Alqama que si don Pelayo no quisiese hacer lo que el arzobispo le aconsejaría le combatiera con todas sus fuerzas, le cogiera y le llevara a Córdoba encadenado.
_____Cuando supo don Pelayo que un ejército tan poderoso venía contra él, se metió en una cueva que estaba en lo alto del monte donde nace el Auseva, cuyo nombre ha tomado el monte. Esta cueva está abierta en la roca viva y es de muy difícil acceso, por lo que no puede ser atacada con ninguna máquina de guerra; es lugar tan seguro como si Dios la hubiera hecho para refugio de don Pelayo, pero es muy pequeña y apenas caben en ella mil hombres. Don Pelayo eligió de sus gentes los mil que le parecieron ser los más fuertes y valerosos y los metió en la cueva consigo; a los demás los encomendó a Dios, mandándoles que se ocultaran por aquellos montes y que confiaran en su bondad. También don Pelayo y los que se quedaron con él no cesaban de pedir a Dios que les ayudara. Al llegar a Asturias Alqama y el arzobispo con sus peones, arqueros y honderos hicieron muchísimo daño por donde pasaron; por fin llegaron a la cueva en que estaban don Pelayo y los suyos, pusieron sus tiendas y la rodearon.
Un día se acercó a la cueva el arzobispo, montado en un mulo, y comenzó a decir a don Pelayo palabras blandas, pero engañosas, como si le doliera mucho la estrechez en que estaban los cristianos. Pensando engañarle, como había hecho con otros, le dijo así:
— ¡Ay, Pelayo! Bien sabes tú cuán grande fue el poder que en España tuvieron los godos, pues aunque lucharon con los romanos y con los bárbaros siempre vencieron; pero ahora, por voluntad de Dios, han sido vencidos y todo su poder ha sido aniquilado. Pues tú, ahora, Pelayo, ¿para qué combates? ¿Por qué te has metido en esa cueva con tan poca gente? Si el rey don Rodrigo con todo su ejército no pudo resistir a los árabes, ¿piensas tú hacerlo con tan escasas fuerzas en esa cueva? Acuérdate cómo nunca faltó en el reino de los godos mucho poder, mucha prudencia para el gobierno y mucho valor y cómo todo ello se ha terminado y convertido en polvo. Pues atiende a conservar tu vida y tus bienes y los de la gente que contigo están y no te empeñes en morir tú y en que mueran todos. Entrégate a Tariq, magnífico príncipe que jamás ha sido vencido, y seréis todos muy considerados y viviréis respetados y ricos lo que os quede de vida.
_____Respondió don Pelayo:
—Veo que, aunque eres arzobispo, no sabes que Dios castiga los pecados de los cristianos, pero que por eso no los desampara ni se olvida de ellos. Tú y tus hermanos despertasteis la cólera del Señor con el pacto que hicisteis con el conde don Julián, siervo de Satanás, y por ello Él ha permitido que la gente de los godos y hasta su misma Iglesia sea destruida. Ahora llora la Iglesia por sus hijos muertos y no podrá consolarse hasta que Él no se apiade de nosotros. Aunque nuestro quebranto dure aún algún tiempo, no querrá Dios que dure siempre y que los cristianos no se levanten. Yo confío en la misericordia de Jesucristo; por eso no temo al gran ejército que traes contigo, pues los cristianos tenemos por abogado ante Dios Padre a Cristo, en el que creemos y confiamos y en el que ponemos nuestra esperanza; también contamos con su Madre, la gloriosísima Virgen María, por cuyos ruegos nos libraremos de los musulmanes. Con ayuda de Ella, que es verdadera madre de misericordia, creo que estos pocos que aquí estamos acabaremos por reconquistar el reino de. los godos, del mismo modo que de pocos granos salen muchas mieses.
_____Después que el rey don Pelayo hubo dicho esto se metió en la cueva con los suyos, que estaban muy asustados de tamaño ejército. Todos pidieron fervorosamente a la Virgen María que los ayudase y que se apiadara de los cristianos.
_____Cuando vio don Opas que no adelantaba nada con sus prédicas, porque don Pelayo confiaba en Dios, se volvió a los moros y les dijo:
—Este hombre está decidido a luchar hasta el fin. No tenéis más remedio que atacarle. Id hasta la cueva y combatidle, pues solo por la fuerza se rendirá.
_____Alqama mandó entonces a los honderos, a los ballesteros y a los peones que atacaran la cueva. Ellos comenzaron a lanzar piedras, dardos y flechas, pero Dios, mostrándose misericordioso con los cristianos que en Él confiaban, hizo que las piedras y los dardos y flechas que lanzaban los moros se volvieran contra ellos y los mataran. A causa de este tan nuevo milagro murieron allí más de veinte mil moros. Los demás huyeron espantados. El rey don Pelayo, cuando vio esto, alabó mucho la bondad de Dios; cobrando luego con ayuda de Él nuevas fuerzas, salió con su gente de la cueva y atacó y mató a Alqama y a muchos moros.
_____Los moros que escaparon subieron hasta lo alto del monte Auseva. Entonces salieron de sus escondrijos aquellos cristianos que don Pelayo había dejado fuera de la cueva y mataron a muchos. El resto se vino huyendo al valle de Liébana, orillas del Deva, y, yendo a lo más alto para escapar por un monte, el monte cayó con ellos al fondo del río. Todos ellos murieron ahogados o aplastados por aquellas rocas. Este otro milagro hizo el Señor para librar a los cristianos de España del duro yugo de los musulmanes, como cuando ahogó a Faraón, rey de Egipto, y a todos los suyos, en el Mar Rojo para sacar del cautiverio a los israelitas. Dicen que cuando el Deva crece mucho en la época de las lluvias y sale de madre aparecen aún hoy restos de los huesos y de las armas de los sarracenos.

1 Según Sánchez Albornoz, la rebelión de don Pelayo, que no llegó a titularse rey, comenzó en el año 718. En la primavera del 722 obtendría su victoria contra los moros.

Leyendas épicas españolas, ed.de Rosa Castillo,  Madrid, Castalia, colección Odres nuevos, 1976.

 

 

LOS SIETE INFANTES DE SALAS

_____Reinando  en León don Ramiro III1, un caballero principal del alfoz 2 de Lara, llamado Ruy Velázquez, casó con doña Lambra, que era una dama de ilustre linaje, natural de la Bureba y prima hermana del conde Garci Fernández3.
_____Ruy Velázquez era señor de Vilvestre. Tenía una hermana cuyo nombre era doña Sancha, que era muy virtuosa y que estaba casada con Gonzalo Gustios el Bueno, señor de Salas. Tuvo este matrimonio siete hijos que fueron llamados los siete infantes de Salas. Crió a los siete un buen caballero, que los había adiestrado muy bien en todos los ejercicios caballerescos, de modo que pudieron los siete ser armados caballeros el mismo día por el conde Garci Fernández.
_____Cuando Ruy Velázquez celebró sus bodas con doña Lambra en la ciudad de Burgos convidó a todos sus amigos de Galicia, de León, de Portugal, de la frontera contra los moros, de Gascuña, de Aragón y de Navarra; también convidó a todos sus amigos de la Bureba y de las demás comarcas de Castilla. Vino a estas bodas Gonzalo Gustios con su mujer doña Sancha, sus siete hijos y don Nuño Salido, que era el caballero que los había criado. Vinieron también otras muchas gentes.
_____Duraron las fiestas cinco semanas. Hubo en ellas tablados4, bohordos 5, corridas de toros, juegos de ajedrez y muchos juglares. El conde Garcí Fernández y todos los grandes señores que allí se habían reunido repartieron muchos regalos y mucho dinero.
_____Una semana antes de acabar los festejos mandó Ruy Velázquez poner un tablado muy alto en el arenal, al lado del río, e hizo pregonar que daría un rico premio al que lo derribase. Acudieron los caballeros que más se preciaban de saberlo hacer, pero por más que se esforzaron ninguno de ellos consiguió dar en lo alto del tablado ni que su lanza llegara a él. Cuando esto vio un primo hermano de doña Lambra, llamado Alvar Sánchez, montó en su caballo y se fue al tablado; al llegar a él dio en las tablas tal golpe que se oyó en la ciudad. Doña Lambra se alegró mucho cuando supo que había sido su primo quien lo había dado y, llena de orgullo, dijo delante de doña Sancha y de sus siete hijos:
—Ya veis, amigos, cuan esforzado es don Alvar Sánchez: de los muchos caballeros que intentaron dar en lo alto del tablado él ha sido el único que lo ha conseguido. Más fuerte es él que todos los demás.
_____Doña Sancha y sus hijos lo tomaron a risa; pero éstos estaban tan entretenidos con una partida que habían comenzado que no prestaron mucha atención a las palabras de doña Lambra, excepto Gonzalvico, que era el menor de los siete infantes, y que, sin que sus hermanos se apercibieran, montó a caballo, cogió un bohordo y se fue sin otra compañía que la de un escudero que le llevaba un azor. En cuanto llegó al tablado le dio tal golpe que rompió una de las tablas. Doña Sancha y sus otros hijos, cuando lo oyeron se alegraron mucho; no así doña Lambra, a quien le pesó. Los demás infantes montaron entonces a caballo y se fueron donde estaba su hermano, porque temían que algún despechado promoviera un alboroto, como sucedió, ya que Alvar Sánchez empezó a decir tales cosas que Gonzalo González le respondió del siguiente modo:
—Tan bien manejáis vos la lanza y tanto gustáis a las damas que me parece que no hablan tanto de ningún otro caballero como de vos.
A lo cual contestó Alvar Sánchez:
—Si hablan de mí es con razón y porque comprenden que valgo más que los demás.
_____Al oír esto Gonzalo González se enfadó tanto que no se pudo contener y se lanzó sobre él con tal violencia que de la puñada que le dio le rompió los dientes y la mandíbula y le hizo caer muerto a los pies del caballo. Doña Lambra, cuando lo supo, empezó a llorar y a lamentarse, diciendo que ninguna mujer había sido tan ultrajada en sus bodas como ella lo era. Ruy Velázquez, al enterarse de esto, cogió una lanza, cabalgó a toda prisa y se dirigió adonde ellos estaban. Cuando llegó levantó la lanza y dio con ella un golpe tan fuerte en la cabeza de Gonzalo González que le hizo echar sangre por cinco sitios. Al verse Gonzalo tan mal herido dijo a Ruy Velázquez:
—Por Dios, tío, yo no merezco que me tratéis así; ruego a mis hermanos que si por ventura muriera de este golpe no quieran vengarse, y a vos os ruego que no me deis otro, porque no sé si entonces me podré contener.
_____Ruy Velázquez furioso alzó la lanza para darle otro golpe; Gonzalo desvió la cabeza, pero le alcanzó en el hombro con tanta fuerza que se rompió la lanza en dos pedazos. Viendo el infante que no tenía más remedio que defenderse, cogió el azor que tenía su escudero y le dio con él a su tío en la cara, hiriéndole y haciéndole echar sangre por las narices. Ruy Velázquez gritó:
— ¡A las armas!  ¡A las armas!
En un momento se juntaron con él todos sus caballeros. Los infantes, por su parte, al ver que aquello iba a acabar mal, si Dios no lo remediaba, se apartaron a un lado con toda su gente. Serían en total doscientos caballeros. Cuando el conde Garci Fernández y Gonzalo Gustios, padre de los infantes, se enteraron de esto, fueron donde estaban y los separaron; de este modo la cosa no solo no pasó adelante, sino que el conde y Gonzalo Gustios lograron también que se reconciliaran e hicieran amigos. Gonzalo Gustios dijo a su cuñado:
—Ruy Velázquez, vos necesitáis caballeros para hacer la guerra. Moros y cristianos os envidian y temen. A mí me gustaría, si os parece bien, que mis hijos os sirvieran y acompañaran para que vos, a cambio de ello, los favorezcáis. Son vuestros sobrinos y no han de hacer más que lo que vos queráis.
Ruy Velázquez dijo que le placía mucho.
_____Después de estar todos apaciguados, acabadas las bodas, el conde Garci Fernández salió de Burgos para andar por Castilla y se llevó consigo a Ruy Velázquez y a Gonzalo Gustios. Doña Lambra y su cuñada doña Sancha, los siete infantes y Nuño Salido, que se habían quedado en Burgos, salieron para Barbadillo. Los infantes, por congraciarse con su tía, se fueron a cazar con sus azores por las riberas del Arlanza. Después de haber cazado muchas aves se las ofrecieron a doña Lambra. Luego se entraron por una huerta, que estaba junto a las habitaciones de doña Lambra, para descansar mientras se preparaba la comida. Gonzalo González se puso entonces en ropas menores, cogió su azor y se fue a bañar. Al verle de este modo, doña Lambra se enfadó y dijo a sus doncellas:
—Amigas, ¿no veis cómo anda don Gonzalo? Yo creo que se ha puesto así para que nos enamoremos de él. Os aseguro que me he de vengar de semejante agravio.
Hizo entonces venir a un criado suyo y le dijo:
—Vete a la huerta, toma un cohombro 6 llénalo de sangre y échaselo en el pecho a Gonzalo González, que es el que tiene un azor en la mano. Luego vente a mí y no tengas miedo, que yo te defenderé. De este modo vengaré la muerte de mi primo Alvar Sánchez.
El criado hizo lo que doña Lambra le había mandado.
_____Al ver los infantes acercarse a aquel hombre creyeron que su tía les mandaba algo de comer porque la comida se retrasaba. Pensaban los infantes que su tía les quería, en lo que estaban muy equivocados. Cuando llegó aquel hombre alzó el cohombro y se lo tiró a Gonzalo González, como su señora le dijo que hiciera. Al verle lleno de sangre, huyó. Sus hermanos se rieron entonces sin saber qué hacer. Gonzalo les dijo:
—Hermanos, hacéis mal en reíros. Del mismo modo que me ha hecho esto me podía haber matado. También os digo que si a alguno de vosotros le pasara esto, no tardaría yo mucho en vengarle. Plega a Dios que os tengáis que arrepentir de haberos reído de lo que me han hecho.
Entonces dijo Diego González:
—Es necesario que resolvamos lo que hemos de hacer para no quedar así burlados con tanta mengua de nuestra honra. Yo creo que deberíamos irnos hacia ese hombre con las espadas bajo los mantos; si vemos que nos espera y que no nos teme, será señal de que ha sido una broma y le dejaremos; si huye hacia doña Lambra y ésta le protege será que lo ha hecho mandado por ella. En este caso debe morir, aunque ella lo defienda.
_____Cuando hubo dicho esto Diego González cogieron todos sus espadas y se fueron hacia la casa. Al verlos venir corrió el criado a ampararse bajo el manto de su señora. Los infantes le dijeron:
—Tía, no os empeñéis en defender a ese hombre.
—¿Por qué no —contestó doña Lambra—, si es mi vasallo? Si hizo algo malo le castigaré; pero no le hagáis nada mientras esté bajo mi protección.
_____Los infantes se dirigieron a ella, sacaron al criado de debajo del manto y le mataron allí delante. Su sangre manchó las tocas y el vestido de doña Lambra.
_____Hecho esto, montaron los infantes a caballo, diciendo a doña Sancha que también lo hiciera, y se fueron a Salas, a su casa y tierras. Cuando ya se habían ido mandó doña Lambra poner un catafalco en medio del patio, con paños negros como para un muerto, y lloró sobre él con sus doncellas durante tres días, rasgándose las vestiduras y lamentándose de no tener un marido que la vengara.
Ahora dejaremos a doña Lambra y hablaremos de Ruy Velázquez y Gonzalo Gustios.
_____Cuando el conde Garci Fernández se volvió a Burgos, después de haber recorrido Castilla, Ruy Velázquez y Gonzalo Gustios se despidieron de él para irse al alfoz de Lara, donde los dos tenían a sus mujeres. Por el camino se enteraron, de todo lo que había pasado. Se disgustaron tanto que no sabían qué partido tomar.
_____Al llegar a Barbadillo se separó don Gonzalo de Ruy Velázquez y se fue a Salas con su mujer y con sus siete hijos.
_____Cuando doña Lambra vio a su marido, salió a su encuentro arañándose el rostro, se echó a sus pies y le pidió por Dios que vengara la ofensa que había recibido de sus sobrinos. Díjole entonces su marido:
—Callad, doña Lambra, y no os aflijáis, que yo os prometo vengaros de modo que todo el mundo tenga que hablar de ello.
_____Entonces Ruy Velázquez mandó decir a Gonzalo Gustios que viniera a verle al día siguiente, porque tenía que hablar con él. Vino don Gonzalo con sus siete hijos, se encontraron entre Barbadillo y Salas y hablaron allí de la ofensa que doña Lambra había recibido. Hicieron las paces y los infantes pidieron a su tío que dijera quién tenía razón, mostrándose dispuestos a hacer lo que a él le pareciera más conveniente. Ruy Velázquez comenzó entonces a halagar a sus sobrinos con palabras falsas para que no recelaran de él.
_____A los pocos días envió de nuevo a decir Ruy Velázquez a don Gonzalo que viniera a verle, porque tenían que hablar de otras cosas. Al día siguiente, cuando se vieron, dijo Ruy Velázquez a Gonzalo Gustios:
—Cuñado, ya sabéis cuánto dinero gasté en mis bodas. El conde Garci Fernández no me ayudó tanto como yo esperaba. Vos sabéis que también Almanzor 7me prometió mandarme dinero. Si os parece bien, os agradecería que fuerais a Córdoba con cartas mías para Almanzor, le saludarais en mi nombre y le explicarais el mucho gasto que he tenido y lo necesitado que estoy de su ayuda. Yo sé que a él le agradará mucho conoceros y que os dará bastante dinero, que cuando volváis nos repartiremos entre los dos.
_____Don Gonzalo dijo que iría con mucho gusto. Ruy Velázquez, muy contento con esto, se volvió a su casa, donde se encerró con un moro letrado, al que mandó escribir en árabe una carta, que decía de este modo:
—A vos, Almanzor, Ruy Velázquez os desea salud, como a amigo a quien mucho quiere. Os hago saber que los hijos de don Gonzalo Gustios, señor de Salas, que lleva esta carta, nos han ultrajado a mi mujer y a mí. Como no me puedo vengar de ellos como yo quisiera en tierra de cristianos, os envío a su padre para que me hagáis el favor de mandarle matar. Hecho esto, sacaré yo mis huestes, llevando conmigo a los siete hijos de don Gonzalo, y acamparé en Almenar. Sacad vos también vuestro ejército y venid cuanto antes a ese mismo sitio. Traeréis con vos a Viara y a Galve, que son los dos muy amigos míos. A los siete infantes, mis sobrinos, los degollaréis: éstos son, entre los cristianos, los que peor os quieren. Muertos ellos, tendréis en vuestro poder toda Castilla, porque mis sobrinos son hoy el principal apoyo que tiene el conde Gara Fernández.
_____Escrita y sellada la carta, mandó Ruy Velázquez matar al moro para que no le descubriese. Después de lo cual montó a caballo y se fue para Salas. Al entrar en casa de su hermana doña Sancha, le dijo con hipocresía:
—Hermana mía, muy rico vendrá, Dios mediante, tu marido de Córdoba, adonde le envío. Espero que traiga tanto dinero que seamos ricos lo que todavía nos quede de vida.
Luego le dijo a don Gonzalo Gustios:
—Cuñado, puesto que habéis de partir, despedíos de doña Sancha y vayámonos juntos. Ya que Vilvestre os coge de camino dormiremos allí.
_____Despidióse don Gonzalo de su mujer, de sus hijos y de Nuño Salido, montó a caballo y se fue con Ruy Velázquez hacia Vilvestre. Hablaron aquella noche mucho los dos. Entonces le dio Ruy Velázquez la carta para Almanzor que había escrito el moro. Al día siguiente, muy de mañana, montó a caballo don Gonzalo, se despidió de Ruy Velázquez y de doña Lambra y siguió su camino.
Al llegar a Córdoba le fue a entregar la carta a Almanzor, diciéndole:
—Almanzor, vuestro amigo Ruy Velázquez os saluda y os ruega que le respondáis a lo que os dice en esta carta suya.
El moro abrió la carta y la leyó. Cuando vio la traición de Ruy Velázquez la rompió y le dijo:
—Gonzalo Gustios,  ¿qué carta es ésta que me traéis?
—No sé, señor —respondió don Gonzalo.
—Pues yo os lo diré —continuó Almanzor—. Ruy Velázquez me pide que os mate, pero yo, que os quiero bien, no lo pienso hacer, sino que me limitaré a poneros en prisión.
Así lo hizo el moro y encargó a una mora de ilustre linaje que le sirviese.
_____A los pocos días de estar en prisión, sirviéndole aquella mora, engendraron un hijo que había de llamarse Mudarra González y que vengaría a su padre y hermanos. Dejemos ahora esto y volvamos a hablar de Ruy Velázquez, quien después que hubo enviado a Gonzalo Gustios a Córdoba, habló con los siete infantes y les dijo:
—Sobrinos, voy a deciros lo que pienso hacer. Mientras vuestro padre vuelve de Córdoba haré una entrada por tierra de moros y llegaré hasta el campo de Almenar. Si queréis venir conmigo me alegraré mucho; si no queréis, quedaos aquí y guardadme la tierra.
—Tío —contestaron ellos—, no estaría bien que vos salierais a combatir y que nosotros, vuestros sobrinos, nos quedáramos como si fuésemos unos cobardes.
—Mucho me agrada lo que decís—, contestó Ruy Velázquez.
_____Mandó entonces pregonar Ruy Velázquez por toda Castilla que los que quisieran ir en su hueste en busca de botín se prepararan y se fuesen sin perder tiempo a juntarse con él. Las gentes, cuando lo supieron, se alegraron mucho, porque Ruy Velázquez había sido siempre muy afortunado en todas sus empresas. Por eso fueron muchos los que quisieron irse con él. Entonces mandó decir a sus sobrinos con un escudero que se pusieran en camino y que él les esperaba en la vega del Hebros. Al oír esto los infantes se despidieron de su madre y se fueron muy de prisa detrás de su tío.
_____Charlando los siete con don Ñuño Salido, llegaron a un pinar que había en el camino, a la entrada del cual oyeron unos pájaros chillar de un modo que era evidentemente mal agüero. Nuño Salido, que era muy entendido en materia de agüeros, se ensombreció al oír aquellos pájaros, se volvió a los infantes y les habló así:
—Hijos, os ruego que os volváis a Salas con vuestra madre, ya que no podéis seguir adelante con tales agüeros. Una vez que hayáis descansado en vuestra casa, comido y bebido, quizás los agüeros mejorarán.
_____Gonzalo González, el menor de los siete, le contestó: —Don Nuño Salido, no digáis eso, pues bien sabéis que aquí no vamos por nuestra cuenta, sino que es nuestro tío cabeza de la hueste y que los agüeros, buenos o malos, se refieren a él, que es el que manda a todos los demás. Vos que sois viejo, volveos a Salas, que nosotros queremos seguir adelante. Don Ñuño Salido le contestó:
-—Hijos, en verdad os digo que no me gusta que continuéis, porque los agüeros nos dan a entender que nunca volveremos a nuestras casas. Si queréis neutralizar tan malos agüeros, enviad a decir a vuestra madre que ponga siete catafalcos en medio del patio, los cubra con paños y os llore por muertos.
—Don Ñuño —replicó Gonzalo—, hacéis muy mal en decir tales cosas y os buscáis la muerte. Os aseguro que, si no fuerais mi ayo, como sois, os mataría ahora mismo. Os prohíbo que en adelante habléis de este modo, ya que de ninguna manera vamos a volvernos.
Nuño Salido respondió con tristeza:
—En mala hora os eduqué, puesto que no queréis hacerme ningún caso. Ya que es así, y yo me vuelvo, nos despediremos, porque sé muy bien que no nos volveremos a ver más.
_____Los infantes, tomando a broma lo que les decía, se despidieron de él y siguieron. Don Nuño Salido se volvió a Salas y yendo por el camino pensó que hacía mal en abandonar a aquellos mancebos, que con tanto esmero había educado, por miedo a la muerte, y que no estaba bien que él, que era viejo y estaba por tanto más cerca de ella, la temiera más que los jóvenes. Si ellos tenían en poco a la muerte, en mucho menos la debía él de tener. Fuera de esto, si los infantes morían en la guerra y Ruy Velázquez volvía sano y salvo, le perseguiría y aun le mataría. Todo el mundo entonces le criticaría por haberse vuelto y la gente creería que era él quien los había llevado a la muerte y que por su consejo se había hecho aquello; no sería poca desgracia el haber sido estimado de todos en la mocedad y en la vejez verse deshonrado. Por lo cual se volvió de nuevo con los infantes, quienes después de haberse separado de su ayo anduvieron tanto que aquel mismo día llegaron al Hebros. Al verlos su tío los salió a recibir, les dijo que ya hacía tres días que los esperaba y les preguntó por qué no venía don Ñuño Salido. Ellos le contaron lo sucedido y cómo se había vuelto amedrentado por los agüeros. Cuando Ruy Velázquez lo oyó, les dijo:
—Hijos, estos agüeros son muy favorables, porque dan a entender que ganaremos mucho botín y que no perderemos nada de lo nuestro. Muy mal ha hecho don Nuño Salido en no querer venir con vosotros. Quiera Dios que se arrepienta y que cuando quiera volverse no pueda.
Cuando estaban hablando llegó don Nuño. Los infantes, al verle, se alegraron mucho y le recibieron con mucho afecto, pero Ruy Velázquez le dijo:
—Don Nuño, siempre me habéis llevado la contra en todo. Mucho sentiría no vengarme de vos.
—Ruy Velázquez —replicó Ñuño Salido—, a quien quiera que afirme que los agüeros que tuvimos eran favorables le diré que miente y que prepara alguna traición.
Nuño Salido hablaba de este modo porque sabía lo que Ruy Velázquez había dicho antes. Oyéndolo éste, se tuvo por afrentado y empezó a decir a grandes voces:
—¡Ah, vasallos! En mala hora os recibí bajo mi protección, puesto que oís ultrajarme a don Nuño Salido y no me vengáis. Se diría que ello os tiene sin cuidado.
_____Un caballero llamado Gonzalo Sánchez sacó entonces su espada y se dirigió a don Nuño Salido, pero Gonzalvico le salió al encuentro y de un puñetazo le hizo caer muerto a los pies de Ruy Velázquez. Éste, furioso, mandó a los suyos que se armaran, porque quería vengarse de sus sobrinos. Los infantes y don Nuño Salido, comprendiendo que su tío quería matarlos, se apartaron de él con doscientos caballeros que traían consigo y se pusieron en línea de batalla frente a las huestes que mandaba su tío. Al ir a atacarse unos a los otros dijo Gonzalo González a Ruy Velázquez:
— ¿Qué es esto, tío? ¿Nos sacáis de nuestra casa para ir contra los moros y ahora queréis que nos matemos de esta manera? Si estáis quejoso porque hemos matado a ese caballero os pagaremos los quinientos sueldos que establece el fuero8 para que esto se termine aquí.
Como vio Ruy Velázquez que aún no era el momento de tomar la venganza que había proyectado y que si los infantes se volvían a su casa no podría vengarse, le dijo a Gonzalvico que tenía razón. Con esto se avinieron, levantaron las tiendas y siguieron su camino hacia la frontera.
_____Al día siguiente madrugaron mucho, y tanto anduvieron que por la tarde llegaron al campo de Almenar. Cuando Ruy Velázquez con todos los suyos se hubo ocultado en un bosque que allí había, mandó a sus sobrinos que fuesen a recorrer el campo para coger el botín que pudieran y volverse luego donde él estaba. Ya él había mandado decir a los moros que sacaran a pacer sus ganados y que saliesen ellos al campo para atraer a los infantes y lograr que avanzaran por tierras de moros.
Los infantes iban a hacer lo que su tío les había mandado, pero Nuño Salido les dijo:
—Hijos, no os esforcéis por coger botín, que no os será de ningún provecho; si esperáis un poco lo cogeréis mucho mayor y con menos peligro.
En esto vieron venir más de diez mil moros a caballo. Gonzalo González dijo a su tío:
— ¿Quiénes son los que vienen?
—Hijos —les respondió—, no tengáis ningún miedo; yo sé lo que es. Yo he recorrido esta zona tres veces, cogiendo mucho botín y sin encontrar ningún moro que me lo impidiera, a pesar de que muchos venían, como éstos vienen, para asustarme. Bien podéis ir sin miedo; si fuera necesario, yo saldría a ayudaros.
_____Entonces Ruy Velázquez se apartó de ellos y se fue a hablar con los moros. Nuño Salido le siguió para oír lo que les decía. Al llegar a los moros, dijo Ruy Velázquez a Viara y a Galve, que los mandaban:

—Amigos, ahora es el momento de que me venguéis de mis sobrinos, que no han traído más de doscientos caballeros consigo. Rodeadlos y matadlos. No podrán escapar, porque yo no pienso ayudarlos.
Al oír estas palabras, dijo don Nuño Salido:
— ¡Traidor! ¡Cómo has engañado a tus sobrinos! Mientras el mundo exista las gentes se acordarán de esta traición que has hecho.
Fuese entonces corriendo a decir a los infantes:
— ¡Armaos, hijos míos, que vuestro tío está de acuerdo con los moros para que os maten!
Todos se armaron y montaron a caballo sin perder tiempo. Los moros, que eran muchos más, formaron quince líneas y de este modo se dirigieron a los infantes. Nuño Salido les decía para animarlos:
—No temáis, hijos, que los agüeros que yo dije que eran contrarios, no lo eran, sino que nos daban a entender que venceríamos y cogeríamos mucho botín. Yo quiero pelear en la primera línea. Desde este momento os encomiendo a Dios.
_____Puso don Nuño espuelas a su caballo y atacó a los moros con tanto brío que derribó y mató a muchos de ellos, pero éstos le hicieron tantas heridas que le mataron. Fue tan violento el choque y se atacaron los unos a los otros tan ferozmente que al poco rato ya estaba el campo lleno de muertos. Tan bien pelearon los cristianos que, venciendo la resistencia que oponían los moros, rompieron las dos primeras líneas y llegaron a la tercera. Murieron allí más de mil moros; de los cristianos no quedaron más que los siete infantes. Cuando éstos vieron que no había más que vencer o morir, encomendándose a Dios y al Apóstol Santiago, arremetieron contra los moros con tanto ímpetu que mataron a muchos e infundieron temor a todos los demás, pero eran tantos los moros que no había manera de acabar con ellos. Dijo entonces Fernán. González a sus hermanos:
—Tenemos que pelear con todas nuestras fuerzas, porque no tenemos aquí más ayuda que la de Dios. Ya que hemos perdido a Nuño Salido y a los demás compañeros nuestros hemos de vengarlos o morir matando. Cuando nos cansemos de pelear subamos a esa colina que tenemos delante y descansemos allí en lo alto.
_____Con esto volvieron a pelear con renovado brío. Aunque mataban a muchos moros, éstos mataron a Fernán González, que era el mayor de los siete infantes. Cuando éstos se cansaron de pelear subieron al otero. Limpias las caras de polvo y sudor, buscaron a su hermano Fernán González; al no verle se dieron cuenta de que había muerto.
_____Hallándose los infantes del todo perdidos resolvieron pedir treguas a Viara y a Galve y socorro a su tío, por si acaso éste lo quería dar. Concedidas las treguas, fue Diego González a Ruy Velázquez y le dijo:
—Tío, hacednos el favor de socorrernos, porque los moros, que ya mataron a Fernán González, a Nuño Salido y a los doscientos caballeros que venían con nosotros, nos aprietan mucho.
Ruy Velázquez le contestó:
— ¿Cómo queréis que me olvide de la afrenta de Burgos, cuando matasteis a Alvar Sánchez, y de la que luego hicisteis a mi mujer al matar al criado que se amparaba bajo su manto y manchar de sangre sus mismas ropas? ¿Y el caballero que matasteis a orillas del Hebros? Valientes sois; defendeos y ayudaos los unos a los otros, porque yo no os pienso ayudar.
_____Diego González se fue a contar a sus hermanos lo que había dicho. Estando los infantes en esta aflicción, tocó Dios el corazón de unos cuantos cristianos de los que estaban con Ruy Velázquez y unos mil se separaron de él para ir a socorrerlos. Cuando ya marchaban se enteró Ruy Velázquez y se fue detrás de ellos diciéndoles:
—Amigos, dejad a mis sobrinos que peleen solos, para que veamos todo lo que valen; ya les socorreré yo cuando sea necesario.
_____Volviéronse los caballeros, bien a su pesar, porque veían que allí había traición. Vueltos a sus tiendas, los que se preciaban más de valientes se juntaron de tres en tres y de cuatro en cuatro y, sin que Ruy Velázquez se apercibiera, juraron que quedaría por traidor el que no fuera a ayudar a los infantes y que, si Ruy Velázquez los quería hacer volver, como había hecho antes, le matarían. Acordado esto por unos trescientos, se fueron a uña de caballo hacia los infantes. Cuando éstos los vieron, temieron que fuera su tío que venía contra ellos. Los caballeros, al acercarse, les decían a voces:
—Infantes, no temáis, que venimos en vuestra ayuda y hemos resuelto vivir o morir con vosotros, porque ya vemos que vuestro tío os ha traicionado.
Cuando llegaron a ellos añadieron:
—A cambio os pedimos que sí salimos con vida nos defendáis de él.
_____Los infantes les hicieron tales juramentos que ellos quedaron muy satisfechos, y se fueron todos a atacar a los moros, entablándose una .batalla tan reñida como no se había visto otra. Muy grande fue la mortandad que hicieron a los moros: antes de que muriese ninguno de los cristianos ya habían caído más de dos mil moros; pero éstos se rehicieron y, como eran muchos, mataron a los trescientos caballeros que habían venido a ayudar a los infantes, los cuales estaban ya tan cansados que no podían levantar los brazos para manejar las espadas. Viara y Galve, al verlos tan cansados y de nuevo solos, se apiadaron de ellos y los invitaron a ir a su tienda. Allí los hicieron desarmar y les dieron pan y vino. Cuando lo supo Ruy Velázquez se fue a Viara y a Galve y les dijo que hacían muy mal en dejar con vida a hombres como aquéllos y que él haría que les costara muy caro esto. Les dijo también que si los infantes escapaban con vida él no volvería a Castilla, sino que se iría a Córdoba para denunciarlos ante Almanzor y que les diera muerte. Al oír esto los moros se asustaron mucho. Gonzalo González dijo a su tío:
— ¡Ah traidor! Nos sacaste para combatir a los enemigos de la fe, ¿y ahora les dices a ellos que nos maten? Que Dios nunca te perdone esta felonía.
Viara y Galve dijeron entonces a los infantes:
—No sabemos qué hacer, porque si vuestro tío se va a Córdoba, como dice, se tornará moro y, como es amigo de Almanzor, nos podrá hacer mucho daño. Ya que no hay otro remedio, os sacaremos otra vez al campo y volveremos a combatir.
_____Los moros, puestos los infantes de nuevo en el campo y habiendo tocado sus atabales, vinieron sobre ellos tan apretados como las gotas de la lluvia, y empezó un combate tanto o más reñido que el anterior. Dicen que en poco rato los infantes mataron mil sesenta moros. Los seis infantes que aún quedaban, que eran muy valientes, lucharon muy bien y con mucho arrojo. Gonzalo González, que era el más pequeño, era el más esforzado de los siete hermanos... Los moros eran tantos que ya los infantes estaban cansados de herir y matar y no podían moverse ellos ni regir el caballo. Aunque estaban dispuestos a seguir peleando, no tenían espadas ni ninguna otra arma, porque las que llevaban se habían quebrado. Los moros, al verlos sin armas, les mataron los caballos y, ya en el suelo, cayeron sobre ellos, los apresaron y los degollaron uno por uno, en el mismo orden en que habían nacido, en presencia de su tío, el traidor Ruy Velázquez. Gonzalo González, cuando vio cortar las cabezas de sus hermanos, ciego de ira se lanzó sobre el moro que los degollaba y de un puñetazo dio con él en tierra, le quitó la espada y mató con ella más de veinte moros de los que estaban a su alrededor. Entonces los moros le rodearon y le degollaron. Muertos los siete infantes, como hemos contado, Ruy Velázquez se despidió de los moros y se volvió a Castilla. Los moros cogieron las cabezas de los infantes y de Ñuño Salido y se fueron con ellas a Córdoba.
_____Viara y Galve, al llegar a Córdoba, llevaron las ocho cabezas a Almanzor, quien, mostrando pesar por aquellas muertes, hechas a traición, mandó que las limpiaran con vino y que extendieran una sábana blanca en medio de la sala para poner encima las cabezas, en el mismo orden en que habían nacido, y al lado de ellas la de Nuño Salido. Hecho esto entró en la cárcel donde estaba preso Gonzalo Gustios, padre de los infantes, y le preguntó cómo se encontraba.
—Señor —le contestó el preso—, estoy muy bien, pues que venís a verme, lo que es señal de que me haréis merced y me mandaréis sacar pronto de aquí. Costumbre es de los grandes señores visitar al preso cuando le van a dar libertad.
Almanzor respondió:
—Eso precisamente es lo que voy a hacer y por eso he venido a verte, pero antes te diré una cosa: yo envié mis tropas a Castilla, donde han luchado con los cristianos en el campo de Almenar. De allí me han traído como trofeo ocho cabezas de caballeros: siete son de muchachos, la otra es de un viejo. Quiero sacarte para que las veas y me digas de quiénes son; me han dicho que son «rentes procedentes del alfoz de Lara.
—Si yo las viera—respondió don Gonzalo—, os diría quiénes son, pues no hay caballero ilustre en Castilla a quien yo no conozca.
_____Mandó entonces Almanzor que le libertasen. Hecho esto le llevó a donde tenía puestas las cabezas. Cuando Gonzalo Gustios las reconoció cayó en el suelo como muerto. Al volver en sí se puso a llorar, diciendo a Almanzor:
—Conozco muy bien estas cabezas: siete son de mis hijos, los infantes de Salas; la otra es de su ayo, don Nuño Salido.
_____Dicho esto lloraba con tanto sentimiento que los presentes no podían contener las lágrimas, y cogía las cabezas una por una, recordando las buenas cualidades de cada uno de sus hijos. Después de esto, ciego de ira, cogió una espada que encontró a mano y mató con ella a siete moros de los que estaban con Almanzor. Los otros moros le sujetaron y le impidieron que continuara; él entonces le pidió a Almanzor que le matase, pero éste, compadecido, mandó que nadie le hiciese daño.
Estando Gonzalo Gustios con aquella congoja llegó la mora que la había servido en la prisión y le dijo:
—Ánimo, don Gonzalo, no lloréis más, que yo también tuve doce hijos, muy buenos caballeros, y también los mataron a todos juntos en la misma batalla. No por ello me desesperé. Si yo, que soy mujer, no me dejé vencer por el dolor, cuánto más lo debe hacer un hombre. No por mucho llorar resucitaréis a vuestros hijos. Almanzor dijo entonces:
—Gonzalo Gustios, he sentido mucho tu desgracia; por eso he resuelto no solo ponerte en libertad, sino darte lo que necesites para tu partida. Coge las cabezas de tus hijos y vete a tu tierra, donde tu mujer, doña Sancha, te espera.
—Dios os pague el bien que me hacéis y vuestras palabras de consuelo —respondió don Gonzalo—. Quiera Él que llegue alguna vez el día en que os lo pueda corresponder. La mora entonces le apartó y le dijo:
—Don Gonzalo, yo espero muy pronto un hijo vuestro. ¿Qué queréis que haga con él cuando nazca?
—Si fuese varón —contestó el caballero—, ponedle dos amas que le críen bien, y, cuando llegue a edad en que pueda discernir lo bueno de lo malo, decidle que es hijo mío y enviádmelo a Salas.
Tomó entonces un anillo de oro que tenía, lo partió en dos, le dio a ella la mitad y le dijo:
—Guardad en mi recuerdo esta media sortija. Cuando el niño sea mayor y me lo enviéis, se la daréis para que me la lleve y yo por ella le conoceré.
Después de haber concertado esto con la mora y de haber recibido de Almanzor lo necesario para su partida, se despidió de él y  de los demás moros y se fue a Castilla.
_____A los pocos días la mora dio a luz un niño. Almanzor, al saber que era hijo de Gonzalo Gustios, se alegró y le mandó criar con dos amas, como su padre había mandado. Pusiéronle por nombre Mudarra González.
_____El año 968 cumplió Mudarra los diez años. Almanzor le quería mucho porque le veía, aunque tan niño, de muy buen juicio y de buenas costumbres. El mismo día que le armó caballero armó también a otros doscientos, que eran parientes de Mudarra González por parte de madre, para que le tuviesen por señor.
_____Cuando Mudarra llegó a la mayoría de edad era tan valiente y buen caballero que no había, fuera de Almanzor, otro mejor que él entre los moros. Cuando supo por Almanzor y por su propia madre la muerte de sus siete hermanos y cómo su padre había sido preso, les dijo un día a los doscientos caballeros que eran sus vasallos:
—Amigos, ya sabéis lo que pasó mi padre sin culpa alguna y cómo mis hermanos, los siete infantes, fueron muertos a traición. Ahora que tengo edad para ello he pensado ir a tierra de cristianos y vengarlos a todos. Decid qué os parece.
Ellos contestaron:
—Nuestro deber es acompañarte, servirte y obedecerte en todo lo que mandes.
_____Entonces se fue Mudarra a decirle a su madre que quería irse en busca de su padre para saber si vivía o había muerto y le pidió la señal que él le había dado para poderle reconocer. Su madre le dio la media sortija. Mudarra fue entonces a pedirle a Almanzor permiso para irse. Almanzor no solo se lo dio, sino que le dijo que se alegraba mucho de que fuera a hacer aquella buena acción. Le dio además más gente, armas y dinero. También le dio a algunos caballeros cristianos que tenía cautivos y a muchos otros cristianos que no eran nobles. Mudarra entonces se despidió de Almanzor y de los demás moros y emprendió su camino.
_____Al llegar a Salas se dirigieron a casa de Gonzalo Gustios. Éste, al verlos, les preguntó quiénes eran. Mudarra, apartándose con él le dijo que era de Córdoba y que su madre le había contado que era hijo suyo y que le había dado, en prueba de ello, media sortija que traía consigo, la cual le enseñó. Don Gonzalo Gustios al reconocerla abrazó a Mudarra con mucha alegría.
Después de haberse quedado Mudarra González con su padre unos cuantos días, le dijo:
—Don Gonzalo, yo he venido aquí para vengar la muerte de los siete infantes, mis hermanos; es menester que no lo demoremos.
_____Se fueron entonces los dos con trescientos caballeros en busca del conde Garci Fernández. Al entrar donde estaba encontraron allí a Ruy Velázquez, a quien Mudarra desafió, junto con todos los de su casa. Ruy Velázquez le contestó que no tenía en nada sus amenazas y que no debía mentir delante del conde. Mudarra, al oírlo, echó mano a la espada y se fue hacia él, pero el conde no lo permitió y les impuso tres días de tregua, que fue lo más que obtuvo de Mudarra. Luego se despidieron todos del conde y se fueron a sus tierras, menos Ruy Velázquez, que esperó a que fuera de noche por no atreverse a salir de día. Mudarra lo supo y se fue a ocultar en el camino por donde Ruy Velázquez tenía que pasar. Al llegar éste salió Mudarra y se fue hacia él, gritando:
— ¡Aquí morirás, alevoso traidor!
Diciendo esto le dio con la espada un golpe tan fuerte que le llegó hasta la cintura y le dejó muerto. Se dice que también mató allí Mudarra a treinta caballeros de los que iban con Ruy Velázquez.
Después de muerto Garci Fernández cogió Mudarra a doña Lambra, que era su parienta, y la hizo quemar.


1             Sucedió a su padre, don Sancho el Craso, bajo la tutela de su tía, la monja doña Elvira  el 966. En 984 fue desposeído por su primo Vermudo   III,   hijo,   quizás bastardo, de   Ordoño   III,   elegido  rey  dos  años antes por los condes gallegos, con quienes Ramiro se había enemistado.

2             Alfoz  es  lo  mismo  que  distrito  o  comarca.   Como   Salas  de   los Infantes, de donde Gonzalo Gustios era señor, se encontraba en el alfoz o distrito de Lara, población que era de Ruy Velázquez, los siete infantes, así llamados por ser hijos de familia noble, fueron posteriormente conocidos como infantes de Lara y no de Salas, que es como en realidad se denominarían.

3 El conde de Castilla Garci Fernández sucedió a  su padre Fernán González el 970. Vencido en varias ocasiones por los musulmanes y hecho prisionero el 19 de mayo del 995, sobrevivió muy pocos días a esta última derrota.

4             Armazón  o  castillete  muy  elevado,   contra   el   cual  los   caballeros lanzaban bohordos hasta desbaratarlo y echarlo al suelo.

5  Lanza  corta  arrojadiza,  que  se usaba en  los juegos  caballerescos.

6   Especie  de  pepino  largo  y  torcido.

7   Abu Amir Muhammad ben Abí Amir, llamado al-Mansur o Almanzor, que quiere decir el victorioso, gobernó la España musulmana como primer ministro del califa Hisham II desde el 978 hasta su muerte, en el 1008. Obtuvo muchas victorias sobre los cristianos. En diferentes campañas tomó y destruyó las ciudades de Barcelona (985), Coimbra (987), León y Zamora (988) y Santiago de Compostela (997). La dependencia de los reinos cristianos con respecto a los moros y la intervención de éstos en los asuntos interiores de aquéllos llegó en esta época al grado máximo.

8   El Fuero Viejo de Castilla establecía, siguiendo al Fuero Juzgo, que el que mataba a un hidalgo podía avenirse con sus familiares, si éstos querían, mediante el pago de una caloña de quinientos sueldos. De ello procede la frase hecha, que se lee mucho en las ejecutorias: «hidalgo de solar conocido y de devengar quinientos sueldos».

Leyendas épicas españolas, ed.de Rosa Castillo,  Madrid, Castalia, colección Odres nuevos, 1976.

LAS MOCEDADES DEL CID

En tiempos del rey don Fernando, llamado el Magno1, comenzó a adquirir fama un mancebo llamado Rodrigo de Vivar, que era muy esforzado, de buenas costumbres y muy bien quisto2 de todos por dedicarse a defender la tierra de los moros. Conviene que sepáis de quién descendía. Cuando murió el rey don Pelayo quedó Castilla sin señor, por lo cual eligieron dos jueces, el uno llamado Nuño Rasura y el otro Laín Calvo. De Nuño Rasura vino el emperador don Alfonso; de Laín Calvo, Rodrigo de Vivar. Laín Calvo casó con Elvira Núñez, que era hija de Nuño Rasura y que fue también llamada doña Vello, por ser muy vellosa. Tuvo de ella cuatro hijos, al mayor de los cuales llamaron Fernán Laínez; de éste, que pobló Faro, descendían el Cid Campeador y los de Vizcaya. Del segundo, llamado Laín Laínez, vienen los Mendoza. Del tercero, cuyo nombre era Ruy Laínez y que pobló Peñafiel, proceden los Castro. Del menor, Bermudo Laínez, descendía la madre del Cid Ruy Díaz.
Quiero que sepáis que Diego Laínez, trasbisnieto de Laín Calvo y padre del Cid, siendo aún soltero, un día de Santiago, en que iba a caballo, encontró a una villana que llevaba comida a su marido, que estaba en la era. Forzando a la villana, la dejó preñada.
Llegada a la era, su marido yogó con ella, aunque le contó lo que le había pasado con el caballero, y también la preñó. A la hora del parto nació primero el hijo de don Diego, que recibió el nombre de Fernando Díaz, el cual casó luego con una hija de Antón Antolínez el burgalés, de la que tuvo, andando los años, a Martín Antolínez, a Fernán Alfonso, a Pedro Bermúdez, a Alvar Salvadórez y a Ordoño el menor, que fueron los únicos sobrinos del Cid, quien no tuvo nunca otro hermano ni hermana.
Después del episodio de la villana, Diego Laínez casó con doña Teresa Núñez, hija del conde Nuño Álvarez de Amaya. De este matrimonio nació Rodrigo. Fue su padrino un clérigo llamado don Pedro Pringos. A este su padrino le pidió él un día le regalara un potro. El padrino le llevó adonde estaban muchas yeguas con muchos potros para que él eligiese el que prefería. El muchacho entró en el corral, del que hizo salir a todas las yeguas con sus potros, sin elegir ninguno de ellos. Al final salió una yegua con un potro muy feo y sarnoso. Dijo el muchacho:
—Éste quiero yo.
Su padrino le contestó entonces enfadado: —Babieca, qué mal has elegido. Replicóle Rodrigo:
—Éste será un caballo muy bueno y tendrá por nombre Babieca. Efectivamente así sucedió y con él ganó el Cid muchas batallas. Un día Rodrigo, andando por Castilla, se peleó con el conde don Gómez, señor de Gormaz, con el que tuvo un duelo, en el que le mató. Poco después entraron por Castilla cinco reyes moros. Pasaron más allá de Burgos, Montes de Oca, Carrión, Belorado, Santo Domingo de la Calzada, Logroño y Nájera y cogieron muchos cautivos y mucho ganado. Volviendo ellos con su botín, Rodrigo de Vivar, que había hecho que se armaran todos los cristianos, les salió al encuentro en Montes de Oca, los derrotó, les quitó el botín, hizo prisioneros a los cinco reyes y se fue con ellos donde estaba su madre. Allí repartió el botín y los moros cautivos entre los que participaran en la batalla. Todos quedaron muy contentos de él y le elogiaron mucho. Después de haber agradecido a Dios esta victoria, dijo Rodrigo que no estaba bien que los reyes moros quedaran cautivos y les permitió volver a sus tierras, lo que ellos hicieron colmándole de bendiciones. Al llegar a sus tierras le mandaron tributó y se reconocieron vasallos suyos.
Estando el rey don Fernando en León, sosegando este reino, le llegaron noticias de la victoria que había logrado Rodrigo contra los moros. Poco después se le presentó Jimena Gómez e hincados los hinojos ante él le dijo:
—Señor: yo soy la hija menor del conde don Gómez, que ha sido muerto por Rodrigo de Vivar. Os ruego que me lo deis por marido, para que tenga que ampararme el mismo que me quitó el amparo de mi padre. Con él estaré muy bien casada, pues estoy segura que ha de llegar más alto que ningún otro de vuestros vasallos. Mucho os agradeceré que hagáis lo que os pido, pues será servicio de Dios, ya que así podré perdonar a Rodrigo de Vivar el daño que me ha hecho.
Al rey le pareció que debía acceder a lo que doña Jimena solicitaba, por lo que escribió a Rodrigo, mandándole que viniese a Valencia para hablar con él de cosas que redundarían en servicio de Dios y en provecho suyo.
Rodrigo de Vivar, cuando leyó las cartas, se alegró mucho, y dijo a los mensajeros que quería hacer lo que el rey le mandaba e ir a Valencia. Para eso se proveyó de armas y de galas. Llevó consigo a cuatrocientos caballeros: unos vasallos suyos; otros vasallos de sus parientes y de sus amigos. Al llegar a Valencia el rey le salió a recibir y le agasajó mucho, lo que despertó la envidia de los ricoshombres. En cuanto el rey habló con él a solas le dijo que Jimena Gómez, hija del conde don Gómez de Gormaz, a quien él matara, le pedía por marido y que estaba dispuesta a perdonarle; por lo que él le rogaba se casara con ella y le prometía en este caso muchas mercedes. A Rodrigo agradó mucho lo que el rey le dijo. Contestóle que estaba dispuesto a obedecer en esto, como en todo lo demás que quisiera mandarle. El rey se lo agradeció mucho e hizo venir al obispo de Valencia, que los casó. Con este motivo le hizo el rey don Fernando muchos regalos y le dio más tierras de las que tenía. Mucho amaba a Rodrigo porque veía que era obediente y porque oía alabar mucho sus proezas. Rodrigo se despidió del rey y llevó a su esposa a casa de su madre, que la recibió muy bien y bajo cuyo amparo la dejó, después de haber jurado que no consumaría el matrimonio hasta haber vencido cinco batallas campales.
Pidió a su madre que amase a doña Jimena tanto como a él y que la agasajase mucho, por lo que él la querría y honraría aún más que antes. Su madre prometió hacerlo y él se fue entonces a la frontera de los moros.
El rey don Fernando tuvo una disputa con el rey don Ramiro de Aragón, su hermano, sobre la ciudad de Calahorra, que cada uno de ellos decía que era suya. Al rey de Aragón le aconsejaron que desafiara a su hermano para poder nombrar un campeón y que de este modo el pleito se resolviese en singular combate, ya que él contaba entre sus vasallos a Martín González, considerado como el mejor caballero de España y a quien muy bien podía confiar la defensa de su derecho. El rey don Fernando recibió el desafío y dijo que por él lidiaría Rodrigo, pero que, como en aquel momento no estaba allí, habría que esperar a que volviese. Nombrado Martín González campeón del rey don Ramiro, fijaron la fecha del desafío y resolvieron que el que venciera ganase Calahorra para su señor. Convenido esto, se volvieron los reyes a sus tierras.
El rey don Fernando envió en seguida por Rodrigo de Vivar y le dijo que tenía que lidiar en defensa de su derecho. Rodrigo, al oírlo, se alegró mucho y respondió que combatiría de muy buena gana, pero que mientras llegaba la fecha quería ir en peregrinación a Santiago en cumplimiento de una promesa. El rey le dio permiso, dinero y regalos. Rodrigo se puso en camino, acompañado por veinte caballeros.
Yendo para Santiago no dejaba Rodrigo de dar muchas limosnas a todos los pobres que se la pedían. Un día encontró a un leproso en un tremedal3, pidiendo a gritos que le sacasen por amor de Dios. Rodrigo descabalgó, le sacó del peligro, le hizo montar en su caballo y le llevó consigo a la posada donde se albergaron, lo que disgustó mucho a los caballeros que le acompañaban. Cuando la cena estuvo preparada, mandó sentar a sus caballeros, cogió de la mano al leproso, le sentó a su lado y le hizo comer en su mismo plato. Tan molestos estaban los caballeros con esto que, pareciéndoles que la lepra caía en el plato en que ellos comían, los dejaron solos en la posada. Rodrigo mandó preparar una cama, en la que se acostaron los dos. A media noche, durmiendo Rodrigo, le echó el leproso por la espalda un resuello tan recio que le sacudió el pecho. Rodrigo se despertó asustado y buscó al leproso. No encontrándole, empezó a llamarle, pero no respondió. Aún más asustado se levantó, pidió luz y le buscó con ella, aunque sin encontrarle. Volvióse a la cama con la luz encendida y empezó a pensar en lo sucedido. Estando mucho rato pensando en esto, se le apareció un hombre, vestido de blanco, que le dijo:
— ¿Duermes, Rodrigo?
Él respondió:
—No duermo. Pero ¿quién eres tú, que vienes envuelto en tal claridad y que exhalas tan suave olor?
Contestáronle entonces:
—Yo soy San Lázaro. Te hago saber que yo era el leproso con quien tú usaste de tanta caridad por amor de Dios. Por el bien que me has hecho, Dios te concede un don: que cuando sientas el resuello que antes sentiste emprendas sin temor lo que vayas a hacer. Lo mismo si se trata de batallas que de otras cosas las acabarás muy felizmente. Con esto tu fama crecerá de día en día y serás muy temido de los moros y de los cristianos. Nunca tus enemigos te podrán hacer daño y morirás en tu cama, lleno de gloria, pues siempre serás vencedor y jamás vencido. Queda en paz y obra siempre del mismo modo, que Dios te bendice.
Con esto desapareció la visión. Rodrigo se levantó, le pidió a la Virgen María, que es nuestra abogada, que rogase por él a su bendito Hijo para que librase su cuerpo de daño y su alma de pecado, y se quedó rezando hasta que amaneció. Al día siguiente siguió su camino para Santiago, haciendo mucho bien por amor de Dios y de la Virgen.
Cuando hubo llegado el día en que Rodrigo tenía que lidiar con Martín González para decidir de quién sería Calahorra, como él no viniese, Alvar Fáñez Minaya, su primo hermano, que había sido nombrado sustituto suyo, se empezó a armar. A último momento llegó Rodrigo, montó el caballo de su primo y entró en el palenque4. Lo mismo hizo Martín González. Cuando los jueces designados por ambas partes les hubieron partido el sol5, se atacaron el uno al otro con tanta furia que a los dos se les rompió la lanza y los dos quedaron heridos. Martín González quiso asustar a Rodrigo, diciéndole:
—Mucho debe ya pesaros, don Rodrigo, el haber venido a combatir conmigo, pues no volveréis a Castilla vivo ni consumaréis el matrimonio con doña Jimena, a quien tanto amáis.
Rodrigo replicó, muy molesto con estas palabras de Martín González:
—Don Martín: no es propio lo que habéis dicho de tan buen caballero como sois vos. Este pleito se ha de decidir por las armas y no a fuerza de palabras. Todo el poder es de Dios; que Él conceda la victoria a quien por bien tenga.
Muy enojado se fue Rodrigo contra él y le dio con la espada en el yelmo, haciéndole una herida en la cabeza, por la que empezó a perder mucha sangre. Don Martín González le dio a Rodrigo un golpe tan fuerte que le rompió el escudo, que al tirar de la espada se llevó consigo. Rodrigo entonces le hizo otra herida en la cara, por la que también perdió mucha sangre. Hiriéndose el uno al otro con mucha saña y sin piedad alguna, don Martín González perdió tanta sangre que ya no se pudo tener derecho y cayó del caballo. Rodrigo descabalgó y le mató. Hecho esto preguntó a los jueces si había algo más que hacer en defensa del derecho del rey don Fernando sobre Calahorra. Dijéronle que no. Don Fernando llegó donde estaba Rodrigo, bajó del caballo, le ayudó a desarmar y le dio un abrazo muy fuerte. Ya desarmado, salieron del campo, muy contentos todos los castellanos con esta victoria. Si grande fue la alegría del rey don Fernando y de su gente, no fue menor el pesar del rey don Ramiro y sus aragoneses, quienes cogieron el cuerpo de Martín González y lo llevaron a enterrar a su tierra. De esta manera quedó Calahorra por el rey don Fernando.
Viendo los ricoshombres castellanos cómo aumentaba la fama de Rodrigo, resolvieron proponer a los moros una batalla para el día de la Santa Cruz, en el mes de Mayo, a la que, de acuerdo con ellos, llevarían a Rodrigo para que le matasen. De este modo esperaban conservar su poder y vengarse de él. Hechas estas proposiciones a los reyes moros que Rodrigo había cautivado y libertado y que se habían declarado vasallos suyos, cuando éstos vieron la falsedad de los grandes señores, cogieron las cartas y se las mandaron a Rodrigo para que pudiera defenderse de ellos. Rodrigo, leídas las cartas y oídos los mensajeros, agradeció mucho su lealtad y llevó todo al rey don Fernando para que viese la maldad de los ricos-hombres y especialmente del conde don García, que luego fue llamado don García de Cabra y que era ya entonces su peor enemigo. Don Fernando, al saberlo, quedó espantado y resolvió desterrarlos a todos. Como él se iba en romería a Santiago, mandó a Rodrigo que los echara de la tierra. Rodrigo hizo lo que el rey le mandaba. Entonces vino a verle su hermana doña Elvira, que estaba casada con el conde don García y se puso de hinojos ante él. Rodrigo la cogió por la mano y la levantó, sin querer escucharla hasta que no lo hiciera. Puesta de pie, le dijo doña Elvira:
—Hermano: pues nos echáis de Castilla a mí y a mi marido, os ruego que nos deis cartas para alguno de los reyes moros, vasallos vuestros, pidiéndole que nos favorezca y nos dé un lugar en el que podamos vivir. Mucho os agradeceremos esta merced.
Entonces Rodrigo le dio una carta para el rey de Córdoba, quien recibió muy bien a don García y le dio, por consideración a Rodrigo y para que viviesen él y su mujer, la ciudad de Cabra. Luego fue muy ingrato el conde don García con el rey de Córdoba y le hizo la guerra.
Estando en Galicia el rey don Fernando entraron los moros por Castilla. Los cristianos de la frontera pidieron a Rodrigo que los ayudase. Al recibir el mensaje, Rodrigo reunió a sus parientes y a sus amigos y salió contra ellos. Los moros, que habían cogido muchos cautivos y mucho ganado, ya se volvían. Rodrigo los atacó entre San Esteban de Gormaz y Atienza. Fue esta batalla muy reñida. Venció Rodrigo, quien los persiguió durante siete leguas y les quitó toda su presa. Tanto botín hubo que el quinto fueron doscientos caballos, los que bien podrían valer cien mil maravedíes. Rodrigo lo repartió todo muy bien y sin codicia alguna y se volvió cubierto de gloria.
Deseando el rey don Fernando tomar Coimbra se fue a Santiago en romería, siguiendo el consejo de Rodrigo de Vivar, quien le aseguró que Dios le ayudaría. Le dijo también que quería que le armase caballero dentro de Coimbra. El rey, ansioso de tomarla y viendo que Rodrigo le aconsejaba bien, se fue a Santiago, dando muchas limosnas. En Santiago estuvo en oración tres días con sus noches, haciendo penitencia y pidiendo a Dios le concediese lo que le pedía. Con ayuda del Apóstol reunió su hueste, se fue contra Coimbra y la cercó, valiéndose de castillos de madera y de otras máquinas de guerra. Pero la ciudad era tan fuerte que resistió siete años. Por fin el rey don Fernando la tomó y pudo armar caballero a Rodrigo en la mezquita mayor, que fue consagrada a Santa María. Hízole caballero ciñéndole la espada y besándole en la boca, pero sin darle la pescozada6. Luego tomó Rodrigo la espada del altar y por orden del rey armó a otros nueve mancebos nobles. Mucho le honró el rey aquel día.
Estando en Zamora, el rey don Fernando con toda su gente llegaron allí los mensajeros de los reyes moros que eran vasallos de Ruy Díaz con mucho dinero que le mandaban como tributo. Quisiéronle besar la mano delante del rey. Rodrigo no les quiso dar la mano mientras no besasen la de don Fernando. Cuando lo hubieron hecho se hincaron de rodillas ante Ruy Díaz, le dieron el tributo y le llamaron Cid, que quiere decir en su lengua señor. Rodrigo recibió el dinero que le enviaban y pidió al rey que tomase el quinto, en reconocimiento de señorío. El rey se lo agradeció mucho, aunque no quiso quedarse con nada, y mandó que en adelante le llamasen Cid, ya que los moros así le llamaban.
En un concilio que el papa Urbano7 mandó celebrar, al que asistieron el emperador y muchos reyes cristianos y grandes señores, quejóse el emperador de que el rey de España no le reconociera señorío ni le pagara tributo, como los demás. El papa entonces mandó amonestar a don Fernando para que lo hiciera, amenazándole con predicar una cruzada e ir contra él. También el emperador, el rey de Francia y los otros reyes que con él estaban le enviaron decir que le desafiarían si no pagaba el mismo tributo que los demás reyes en reconocimiento de vasallaje. El rey don Fernando, al leer las cartas, se alarmó mucho, porque comprendió que podía resultar de esto mucho daño para los reinos de Castilla y León. Entonces resolvió pedir consejo a los ricoshombres y a los caballeros. Éstos no sabían qué aconsejarle, ya que por un lado veían lo poderoso que el papa era y por otro el daño y la mengua que sufrirían Castilla y León si se hacían tributarios. Al fin le aconsejaron que obedeciese. A esta reunión asistió el Cid, que hacía poco tiempo había consumado su matrimonio con doña Jimena y estaba con ella. Cuando volvió a la corte el rey le enseñó las cartas, le dijo lo que los demás le habían aconsejado y le pidió que le diera él también su consejo, como debe hacer todo buen vasallo. Al Cid disgustó mucho más el consejo que le habían dado todos los demás que el mensaje del papa, y le dijo al rey:
—Señor: bien podréis decir que en mal día nacisteis si en vuestro reinado España, que nunca ha pagado tributo a nadie lo empieza a pagar. Toda la honra que Dios os ha dado y todo el bien que Él os ha hecho se disiparán. El que os lo haya aconsejado vasallo ni desea vuestro bien. Yo os aconsejo, por el contrario, desafiéis a vuestros enemigos y que, pues os piden contestación, se la vayáis a dar en persona. Los reyes moros, vasallos vuestros, os podrán dar cinco mil caballeros. Yo seré vuestro aposentador e iré delante de la hueste a tomaros posada con mil los míos. Dios, señor, que os ama mucho, no permitirá que perdáis vuestra honra.
El rey se tuvo por bien aconsejado del Cid Ruy Díaz, se animó mucho y le agradeció el celo que mostraba por su servicio.
El rey don Fernando contestó al papa, diciéndole que no quisiese hacer una sinrazón tan grande como aquella, pues España había sido reconquistada, a fuerza de sangre, por los españoles, quienes por esta causa no habían sido nunca tributarios ni estaban dispuestos a serlo, aunque tuvieran que morir por ello. También mandó sus cartas al emperador y a los demás reyes, diciéndoles que bien sabían que lo que le pedían era deshonroso y además injusto por no estar fundado en derecho y carecer el carecer el emperador de jurisdicción sobre él y su reino; por lo cual les rogaba que le dejasen hacer la guerra a los enemigos de la fe, como venía haciendo. Si no querían dejarle, se declararía enemigo suyo y los desafiaría. En este caso ya les buscaría donde todos estaban.  Al mismo tiempo que respondía de este modo, mandó el rey a sus gentes que se prepararan, según le había aconsejado el Cid Campeador. En vista de que no le llegaba respuesta alguna, salió de España con mil novecientos caballeros, unos suyos y otros del Cid, que mandaba la vanguardia. Desde que pasaron los puertos de Aspa las gentes se les mostraban muy hostiles y no les querían vender nada, pero el Cid se puso entonces a saquear y a talar los campos de los que se negaban a aprovisionarlos y a tratar muy bien a los que lo hacían. De esta manera cuando llegaba el rey don Fernando tenían de todo, ya que las gentes se asustaban mucho al oír contar lo que iba haciendo el Cid Campeador.
El conde don Ramón, señor de Saboya, fue encargado por el rey de Francia de detener a don Fernando. Se vino el conde con veinte mil lanzas al sur de Tolosa, donde se encontró con Ruy Díaz el Cid, que venía abriéndole camino al rey. Hubo una batalla muy reñida y con muchos muertos y en la que el conde quedó preso con buena parte de su hueste. Entonces el conde le rogó al Cid que le soltase y se ofreció a darle una hija que tenía, que era muy hermosa. Pusiéronse de acuerdo, envió por su hija, se la dio y quedó libre. En esta hija del conde tuvo el rey don Fernando a su hijo bastardo, el que fue cardenal. Después de esto ganó el Cid otra nueva batalla contra la hueste del rey de Francia, sin que participara en ella don Fernando. Ya llegaban al concilio noticias del Cid y de sus victorias.  Como ni el emperador ni los reyes sabían qué hacer, pidieron al papa que le ordenara que se volviese y que le dijera que no quería ningún tributo del rey don Fernando. Estando éste al norte de Tolosa recibió las cartas. Pidió consejo al Cid y a los ricoshombres, quienes le dijeron que pidiera al papa que mandara a un cardenal con autorización para tratar con él de estos asuntos y declarar en su nombre que en el futuro nadie podría reclamar de España ningún tributo. También le aconsejaron  que  pidiese  vinieran  representantes   del  emperador  y  de los demás reyes con autorización para reconocer que él estaba libre de vasallaje, y que les dijera que mientras venían él seguiría allí, y que,  si  no lo  hacían, él iría  a buscarlos  donde ellos  estaban. Con esta embajada envió don Fernando al conde don Rodrigo, a Alvar Fáñez Minaya y a otros caballeros que sabían de derecho. Cuando los emisarios llegaron al papa y le dieron las cartas del rey don Fernando, el papa se alarmó mucho y reunió en consejo a todos los príncipes, prelados y ricoshombres que asistían al concilio. Todos le dijeron que debía hacerse lo que pedía el rey, ya que ninguno se atrevería a lidiar con él, vista la buena ventura de su vasallo el Cid Campeador. Entonces el papa envió con poderes a   Micer   Roberto,   cardenal   de   Santa Sabina, representantes del emperador y de los demás reyes. Todos declararon que nadie podría reclamar tributo a los reyes de España. Los pactos que se hicieron fueron firmados por el papa, el emperador y los otros reyes y sellados por todos. Mientras esto pasaba el rey don Fernando estuvo allí seis meses. El papa le pidió que devolviera a la hija del conde de Saboya, que estaba ya de cinco meses y medio, lo que hizo el rey don Fernando por consejo del Cid, no ocultando al papa la verdad y rogándole que la tuviese bajo su custodia hasta que diera a luz. Así lo hizo el papa. De ella nació el abad don Fernando, a quien el papa apadrino, educó muy bien y concedió dispensa para que pudiera acumular diversas dignidades. El rey don Fernando se volvió a su tierra vierto de gloria. Por esto fue llamado don Fernando el Magno, par de emperador8, y se dice de él que pasó los puertos de Aspa a pesar de los


 1  Ya se ha dicho en el prólogo que este poema carece del todo de realidad histórica y que puede ser en parte la respuesta de nuestros juglares a las pretensiones sobre España del papa, que determinaron la toma de Barbastro en 1064. Añadamos solo que el Cid histórico nació hacia el año 1043, lo que quiere decir que tendría 28 años al morir don Fernando I en 1065, y murió en el 1099. Su mujer, doña Jimena Díaz, con la que casó en 1074, era hija del conde de Oviedo don Diego Rodríguez y bisnieta del rey de León don Alfonso V.

2 Querido. Bien, mal quisto.

3 Terreno pantanoso, abundante en turba, cubierto de césped, y que por su escasa consistencia retiembla cuando se anda sobre él.

4Valla de madera o estacada que se hace para la defensa de un puesto, para cerrar el terreno en que se ha de hacer una fiesta pública o para otros fines.

 5  Poníase a los combatientes de tal manera que la situación del sol no beneficiara ni perjudicara a ninguno de ellos.

6 Bofetada que quien armaba caballero daba al caballero novel.

7  Debe referirse a Urbano II (1088-1099). Contemporáneos suyos fueron el emperador Enrique IV (1056-1106) y el rey de Francia Felipe I (1060-1108).

8     Par de emperador se llamaba al rey que por no ser vasallo del emperador  gozaba  en  su  reino  de  los  mismos  derechos que el emperador dentro del imperio.

Leyendas épicas españolas, ed.de Rosa Castillo,  Madrid, Castalia, colección Odres nuevos, 1976.

franceses.