Dos nombres, que en la aventura surrealista tendrán un peso determinante, presiden esta investigación: Marx y Freud. Marx como teórico de la libertad social; Freud como teórico de la libertad individual. A este respecto, al puntualizar las posiciones del surrealismo en una entrevista concedida en 1935, Bretón decía: «Nosotros proclamamos hace tiempo nuestra adhesión al materialismo dialéctico, todas cuyas tesis hacemos nuestras: primacía de la materia sobre el pensamiento, adopción de la dialéctica hegeliana como ciencia de las leyes generales del movimiento, tanto del mundo exterior como del pensamiento humano, concepción materialista de la historia..., necesidad de la revolución social como término del antagonismo que se declara, en una determinada etapa de su desarrollo, entre las fuerzas productivas materiales de la sociedad y las relaciones de producción existentes (lucha de clases). De la psicología contemporánea, el surrealismo considera esencialmente lo que tiende a dar una base científica a las investigaciones sobre el origen y las mutaciones de las imágenes ideológicas. En este sentido el surrealismo ha atribuido una particular importancia a la psicología del proceso del sueño, tal como Freud la ha explicado».
Estamos frente a las dos almas del surrealismo: es decir, el alma heredera de los más inquietos espíritus románticos y el alma que quiere acoger el mensaje de la revolución socialista. El surrealismo está muy lejos de ser un todo único teóricamente compacto, y el esfuerzo de Bretón por mantenerlo unido como movimiento no es nada tácil. Estas dos almas que constituyen los polos de la dialéctica surrealista, y que en el seno del mismo surrealismo continúan siendo el reflejo de la situación histórica real de fractura entre arte y vida, entre arte y sociedad, llevan a menudo a los surrealistas a soluciones unilaterales, o puramente literarias o puramente políticas. El punto de fusión de las dos almas se queda la mayoría de las veces en un estado de aguda nostalgia o de ansioso deseo: «El poeta futuro —escribirá Bretón— superará la idea deprimente del irreparable divorcio entre la acción y el sueño».
Las vanguardias artísticas del siglo XX, Mario de Micheli, Alianza Forma,1988. |