BATALLA DE VALENCIA VV. 1106-1280
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A menos que haya batalla, esto no se ha de acabar.
Que los avisen a todos los que nos han de ayudar:
Los unos vayan a Jérica, y los otros a Olocau;
para Onda salgan algunos, y otros a Almenara irán.
Decid a los de Burriana que pronto vengan acá.
Con todos comenzaremos la que será lid campal.
Por Dios, yo confío que ellos nuestra fuerza crecerán.
Al cabo del tercer día todos juntos allí están.
El que en buen hora ha nacido así les comenzó a hablar:
—Oíd, mesnadas, que a todos salve el Creador de mal.
Después que salidos fuimos de la limpia Cristiandad
(y no salimos de grado, que no se pudo hacer más)
lo nuestro, gracias a Dios, no hizo sino aumentar.
Ahora los de Valencia nos han venido a cercar;
si en estas tierras nosotros queremos aquí quedar,
con una muy firme mano los hemos 'de escarmentar.
67 Dejad que pase la noche y que venga la mañana.
Tened todos preparados los caballos y las armas.
Iremos a ver qué pasa por donde su gente acampa.
Somos hombres desterrados, y estamos en tierra extraña.
Bien se verá en este caso quién se merece la paga.
68 Oíd lo que entonces dijo Alvar Fáñez el leal:
—Campeador, lo que os plazca harémoslo, sin dudar.
Dadme a mi cien caballeros, que no pido ni uno más;
vos con los otros que queden marchad delante a luchar.
Acometed con denuedo, hacedlo sin vacilar;
y yo con los otros ciento por la otra parte he de entrar.
Puesta en Dios la confianza, el campo nuestro será.
Tal como Alvar se lo ha dicho, al Cid complace en verdad.
Cuando vino la mañana se comenzaron a armar;
Cada uno de ellos bien sabe cómo se ha de comportar.
Con los primeros albores el Cid sale a batallar:
—¡En nombre del Creador, y por Santiago, luchad!
¡Al combate, caballeros, con la mejor voluntad,
que yo soy Rodrigo Díaz, soy el Cid, el de Vivar!
¡Cuántas cuerdas de las tiendas allí veríais cortar;
derríbanse las estacas, las tiendas al suelo van!
Los moros son en gran número, y se quieren recobrar.
Alvar Fáñez entra firme por la otra parte a luchar.
Aunque les pesa, o huyen o se tienen que entregar;
sólo a trote de caballo consigue alguno escapar.
Dos de los caudillos moros lograron allí matar
en la caza, que persiguen hasta Valencia alcanzar.
Grandes fueron las ganancias que allí pudo el Cid juntar;
saquearon todo el campo, y pronto acuerdan regresar.
Con las ganancias que llevan en Murviedro van a entrar.
Grande es el gozo que sienten y que va por el lugar.
Tomaron luego a Cebolla, y cuanto delante está.
Miedo tienen en Valencia, y no saben lo que harán.
Las nuevas de nuestro Cid, sabed que sonando van.
¡Sonando ya van sus nuevas, más allá del mar traspasan!
El Cid se sentía alegre, con él todas sus mesnadas,
que Dios ayuda le ha dado, y ha vencido en la batalla.
Salían sus caballeros, y por la noche atacaban.
Así llegan a Cullera, así llegan hasta Játiva,
y más abajo, allí donde de Denia estaban las casas.
junto al mar, tierra de moros, duramente la quebranta.
Ganaron Benicadell, y sus salidas y entradas.
Cuando de Benicadell el Campeador se apodera,
bien que en Játiva lo sienten, y también dentro en Cullera.
No es recatado dolor el que sienten en Valencia.
Cogiendo en tierra de moros, y las ganancias juntando,
y durmiendo por el día y por las noches, velando,
en tomar aquellas villas nuestro Cid pasó tres años.
Ya las gentes de Valencia escarmentadas están;
no se atreven a salir ni quieren irle a encontrar.
Las huertas se las talaba, y les hacía gran mal.
En estos años el Cid no les dejó cosechar.
Se quejan los de Valencia, y no saben lo que harán.
De parte alguna el sustento no les podía llegar.
El padre no ampara al hijo, ni éste a aquél socorro da,
pues ni amigos con amigos no se pueden consolar.
¡Un gran cuidado es, señores, el tener falta de pan,
y los hijos y mujeres ver que de hambre morirán!
Creciendo ven su dolor, no se pueden remediar.
Y cuando al rey de Marruecos ellos mandaron buscar,
con el de los Montes Claros les dice que en guerra está:
no les puede dar socorro, ni venirlos a ayudar.
Nuestro Cid supo estas nuevas, cordial contento le da.
Una noche, de Murviedro, salió de allí a cabalgar.
A nuestro Cid amanecióle en tierras de Monreal.
Por Navarra y Aragón este pregón mandó echar,
y por tierras de Castilla también sus mensajes van:
«Quien quiera dejar cuidados y enriquecer su caudal,
que se venga con el Cid, si gusta de cabalgar.
Para darla a los cristianos quiere a Valencia cercar.
Quien quiera venir conmigo para cercar a Valencia
(vengan todos por su gusto, ninguno lo haga por fuerza)
tres días lo esperaré aquí en el canal de Celia.»
Esto dijo nuestro Cid, [el Campeador leal.]
Fuese otra vez a Murviedro, que ganada tiene ya.
Los pregones se dijeron, sabed, en todo lugar.
Al sabor de la ganancia no se quieren retrasar;
muchas gentes se le acogen de la buena Cristiandad.
En riquezas va creciendo nuestro Cid, el de Vivar.
Cuando su hueste vio junta, empezóse a contentar.
El Cid, don Rodrigo Díaz, no lo quiso retrasar.
Dirigióse hacia Valencia, y sobre ella se va a echar;
bien la cerca nuestro Cid, ningún ardid vale allá:
impedíales salir sin dejar a nadie entrar.
¡Sonando ya van sus nuevas todas en todo lugar!
Más le vienen al Cid nuestro, sabed, que no se le van.
A Valencia da una tregua por si la van a ayudar.
Enteros los nueve meses, sabed que sobre ella está,
y cuando el décimo vino se la tuvieron que dar.
¡Sí que son grandes los gozos que van por aquel lugar,
cuando el Cid ganó a Valencia y se entró por la ciudad!
Los que iban a pie, los tienen como caballeros ya,
y el oro y la plata suyos ¿quién los podría contar?
Con esto quedaron ricos todos cuantos allí están,
y nuestro Cid don Rodrigo su quinto mandó apartar:
de riquezas en moneda, treinta mil marcos le dan,
y de las otras riquezas ¿quién las podría contar?
¡Qué alegre el Campeador y los que con él están
viendo en lo alto del alcázar la enseña del capitán!
Descansaba nuestro Cid y lo hacían sus mesnadas.
Al Rey que había en Sevilla un mensaje le llegaba:
que tomada fue Valencia sin que pudieran guardarla.
Entonces él acudió con treinta mil hombres de armas.
Allí cerca de las huertas tuvieron los dos batalla.
Desbaratólos el Cid, el de la crecida barba;
hasta allá, dentro de Játiva, la acometida alcanzaba.
Al pasar el río Júcar ved qué reñida batalla;
y los moros acosados sin querer beben el agua.
El Rey aquel [de Sevilla] con tres heridas escapa.
Desde allí se vuelve el Cid con las riquezas ganadas;
buen golpe fue el de Valencia al ser la ciudad tomada;
mucho más fue, y que se sepa, provechosa esta batalla.
A cada uno del común tocan cien marcos de plata.
¡Las nuevas del caballero ya veis adonde llegaban!
Hay una gran alegría entre todos los cristianos
que están con el Cid Ruy Díaz, el que nació afortunado.
¡Cómo crece al Cid la barba! ¡Cómo mira su cuidado!
Fue entonces cuando el Cid dijo, ¡y que lo dijo bien claro!:
—Por amor del Rey Alfonso, que de la tierra me ha echado,
no entrará en ella tijera ni un pelo será cortado.
Y que todos hablen de esto, los moros y los cristianos.
Nuestro Cid Rodrigo Díaz en Valencia se está holgando;
con él Minaya Alvar Fáñez que no se va de su lado.
Los que dejaron la tierra van de riqueza sobrados;
a todos les dio en Valencia [el Campeador nombrado]
bienes, casas y heredades, de que contentos quedaron.
De su amor el Cid Ruy Díaz buenas pruebas les va dando.
Los que después a él vinieron también su premio cobraron.
Pudo ver el Cid que algunos de los que ricos quedaron,
si pudiesen, volverían a su tierra de buen grado.
Y esto mandó nuestro Cid, el Minaya aconsejándolo:
que si alguno de sus hombres, [de los que bienes ganaron]
no se despidiese de él y no besase su mano,
si lo pudiesen prender, en donde fuese alcanzado,
que tomasen las riquezas y lo colgasen de un árbol.
He aquí que lo dispuesto ha quedado asegurado,
y con Minaya Alvar Fáñez él se sigue aconsejando:
—Si os parece bien, Minaya, quiero que sean contados
cuántos son los que aquí están y por mí bienes ganaron;
que los pongan por escrito y cuántos sean, sepamos.
Y el que a escondidas se fuere o si de menos lo hallamos,
sus riquezas volverá para estos, mis vasallos,
los que guardan a Valencia, y sus cercas van rondando.
Allí contestó el Minaya: —Eso está muy bien pensado.
A su corte mandó a todos que se vengan a juntar.
Cuando allí se reunieron, lista les hizo pasar:
tres mil seiscientos tenía nuestro Cid, el de Vivar.
Se le alegra el corazón y otra vez sonríe ya:
—Gracias a Dios y a su Madre, buen Minaya, hemos de dar.
Con muy pocos nos salimos de la casa de Vivar.
Ahora ya somos ricos, y aún hemos de tener más.
Si a vos os place, Minaya, y esto no os ha de pesar,
os quiero enviar a Castilla donde está nuestra heredad.
Al Rey Alfonso, que él es de mí señor natural,
de estas ganancias habidas en nuestros hechos de acá,
quiero darle cien caballos. Idselos vos a llevar.
Por mí besadle la mano, y firme se lo rogáis
para que a doña Jimena y a mis hijas, que allá están,
si así fuese su merced, que os las deje él sacar.
Enviaría por ellas, sabed vos mi voluntad:
Por mi mujer y mis hijas, niñas de tan poca edad,
de manera irán por ellas que con gran honra vendrán
[…]