SEGUNDA PARTE LA BATALLA DE RONCESVALLES
El grueso del ejército francés atraviesa los montes y llega hasta alcanzar Gascuña con la vista; y la retaguardia, mandada por Roldán, aún está en España, cuando Marsil reúne en Zaragoza un ejército de cuatrocientos mil hombres, mandado por doce pares sarracenos que proclaman sus bravatas contra Roldán y los franceses, a los que esperan atacar en Roncesvalles.
(…)
Altos son los montes y tenebrosos los valles, las rocas oscuras y los desfiladeros profundos. Los franceses pasaron aquel día con grandes esfuerzos; el estruendo se podía oír desde quince leguas. Así que llegaron a la Tierra de los Mayores vieron Gascuña, tierra de su señor; entonces se acordaron de los feudos y de las posesiones, de las doncellas y de las gentiles esposas: no hay ni uno que no llore de pena. Carlos es el más angustiado de todos ellos: ha dejado a su sobrino en los desfiladeros de España. Está muy apenado y no puede evitar el llanto.
Los doce pares han quedado en España, les acompañan veinte mil francos que no tienen miedo a la muerte. El emperador vuelve a Francia. Bajo su manto oculta el rostro. A su lado cabalga el duque Naimón y le dice al rey:
-¿De qué os apenáis?
Carlos contesta:
-Quien me lo pregunta hace mal. Tengo tan gran dolor que no puedo dejar de lamentarme: Francia será destruida por culpa de Ganelón. Anoche tuve la visión de un ángel: quien designó a mi sobrino para la retaguardia me quitaba de las manos mi lanza y la hacía pedazos. Y yo lo he dejado en una marca extranjera. ¡Dios mío, si le pierdo no tendré quien lo reemplace!
Carlomagno no puede contener el llanto; cien mil francos se compadecen por él y sienten temor por Roldán.
Mientras, los hombres de Marsil preparan la traición, varios guerreros se ofrecen para acabar con Roldán.
(…) Al otro lado estaba Chernublo de Monegros, los cabellos, le ondean hasta el suelo. Como apuesta, para divertirse, lleva un peso tan grande que no lo podrían acarrear siete mulos. Dicen que en aquella tierra donde él vive no brilla el sol ni crece el trigo, no llueve nunca y no cuaja el rocío, las piedras son negras y algunos dicen que los diablos viven allí.
-He ceñido mi buena espada —dijo Chernublo—, en Roncesvalles se volverá roja. Si se me cruza en el camino el noble Roldán y no le ataco nadie lo creerá y conquistaré Durandarte con la mía. Morirán los franceses y Francia será desgraciada.
(…)
DISPUTA ENTRE ROLDÁN Y OLIVEROS
Oliveros oye el estruendo, sube a una colina y ve a los sarracenos que se aproximan. Comprende que Ganelón los ha traicionado y pide a Roldán que haga sonar su olifante, o cuerno de guerra, para que lo oiga Carlomagno y acuda a socorrerlos. Roldán se niega a ello, porque sería una cobardía pedir socorro; y Oliveros, que insiste en la desproporción que hay entre sus fuerzas (veinte mil hombres) y las que se aprestan a atacarlos (cuatrocientos mil), no consigue convencerlo. Roldán prepara a los suyos para la batalla que se aproxima, los exhorta a resistir, y la retaguardia se interna en los angostos desfiladeros.
Los paganos se arman con lorigas sarracenas, la mayoría son de triple espesor. Enlazan sus buenos yelmos zaragozanos, ciñen las espadas de acero vianés; sus escudos son hermosos, las lanzas valencianas y los gonfalones blancos, azules y rojos. Dejan los mulos y todos los palafrenes21, montan en los corceles22 y empiezan a cabalgar apretadamente.
Claro era el día y el sol muy bello; no hay guarnimiento23 que no reluzca. Suenan mil clarines para que todo parezca más bello. Es tan grande el estruendo que los franceses lo oyeron. Dijo Oliveros:
-Señor compañero, creo que habrá batalla con los sarracenos.
Le responde Roldán:
-¡Y que Dios nos la conceda! Debemos permanecer aquí por nuestro rey; el vasallo debe soportar angustias por su señor y aguantar grandes calores y grandes fríos y debe estar dispuesto a dejar la piel y el cuero. Ahora que cada uno se preocupe en asestar grandes golpes para que no se cante de nosotros una mala canción. En los paganos está el error y en los cristianos la razón. Nunca daré mal ejemplo.
(…)
Oliveros ha subido a una colina. Desde allí ve muy bien el reino de España y a tantos sarracenos reunidos: brillan sus yelmos recubiertos de oro y sus escudos y lorigas azafranadas, y las lanzas con los gonfalones puestos. No podía contar el número de escuadrones: tantos hay allí que no sabe cuántos. Muy inquieto bajó de la colina lo más deprisa que pudo y se acercó a los francos para contarles todo.
Dijo Oliveros:
-He visto a los paganos, nunca nadie vio tantos. Los que van delante son cien mil con los escudos, atados los yelmos y vestidas las blancas lorigas; brillan las oscuras lanzas con las astas erguidas. Tendréis una batalla como jamás la hubo. ¡Señores franceses, recibid la fuerza de Dios! Permaneced en el campo para que no seamos vencidos.
Dicen los franceses:
-¡Maldito sea quien huya! Hasta la muerte ninguno ha de fallaros.
Dijo Oliveros:
-Los paganos tienen un gran ejército y parece que nuestros franceses son muy pocos. Compañero Roldán, tañed vuestro cuerno24, Carlos lo oirá y volverá la hueste (…)
Responde Roldán:
-No plazca a Dios Padre ni a María, su dulce madre, que a causa de los paganos pierda mi última fama. Por el contrarío golpearé con mi espada Durandarte que quedará ensangrentada hasta mis manos. En mala hora se reunieron los traidores paganos. Prefiero morir a que Francia sea deshonrada por ello.
-Compañero Roldán, ¡tañed el olifante25! lo oirá Carlos y hará que regrese la hueste; el rey y sus barones nos socorrerán.
Respondió Roldán:
-No quiera Dios que por mi causa sean afrentados mis parientes, ni que la dulce Francia caiga en la vileza. Por el contrario daré muchos golpes con Durandarte, mi buena espada que llevo ceñida al costado; veréis la hoja completamente ensangrentada. Para su desgracia se reunieron los traidores paganos; os juro que morirán.
-Compañero Roldán, ¡tañed vuestro olifante! Lo oirá Carlos que está atravesando los puertos; os aseguro que los francos regresarán.
-¡No quiera Dios que jamás nadie pueda decir que por los paganos hice sonar el cuerno! — le responde Roldán —; mis parientes no serán reprochados por ello. Cuando esté en la gran batalla asestaré mil setecientos golpes y veréis el acero ensangrentado de Durandarte. Los franceses son buenos guerreros y lucharán con valor, y los de España no tendrán quién los salve de la muerte.
Dijo Oliveros:
-No veo deshonra en ello. He visto a los sarracenos de España que han cubierto los valles, las montañas, las laderas y todas las llanuras. Son muchas las huestes de esta gente extraña y nuestra compañía es muy pequeña.
Responde Roldán:
-Aumentan mis bríos. No quiera Dios ni sus santos ni sus ángeles que por mi culpa Francia pierda su fama. Prefiero morir que vivir con deshonra: por luchar bien nos ama el emperador.
Roldán es valiente y Oliveros es sensato; ambos tienen extraordinario valor. Cuando están a caballo y con las armas no esquivan un combate por miedo a morir. Buenos son los condes y sus palabras de gran nobleza. Los traidores paganos cabalgan llenos de odio. Oliveros dice:
-¡Ved cuántos hay, Roldán! Están muy cerca de nosotros y Carlos demasiado lejos. No os dignasteis sonar vuestro olifante; si estuviera aquí el rey no sufriríamos daño alguno. Mirad hacia arriba, hacia los puertos de Aspre, podréis ver la desgraciada retaguardia; quien esté en ella no podrá estar en otra jamás.
Respondió Roldán:
-¡No digáis tal ultraje; maldito sea el corazón que se acobarda! Aguantaremos firmes en este lugar; nosotros recibiremos los golpes y los choques.
Cuando Roldán ve que había combate se vuelve más feroz que león o leopardo (…)
Convoca a los franceses y llama a Oliveros:
-Señor compañero, amigo, no habléis así: el emperador que nos ha dejado aquí, a los franceses, puso a un lado a veinte mil, sabiendo que no había ni uno que fuera cobarde. Por su señor el vasallo debe soportar grandes males y aguantar fuertes fríos y grandes calores; el vasallo debe perder su sangre y su carne. Atacad con la lanza y yo con Durandal, mi buena espada que me entregó el rey. Si muero, quien la tenga podrá decir: esta espada perteneció a un noble vasallo.
Al otro lado estaba el arzobispo Turpín. Picó espuelas al caballo y subió a un montecillo; llamó a los franceses y les dijo un sermón:
-Señores barones, Carlos nos ha dejado aquí, debemos morir por nuestro señor. ¡Ayudad a mantener la cristiandad!; sabed que habrá una batalla, pues tenéis a los sarracenos ante vuestros ojos. Proclamad vuestros pecados, pedid perdón a Dios. Os daré la absolución para salvar vuestras almas. Si morís, seréis santos mártires y tendréis un sitio en lo más alto del paraíso.
Los franceses desmontan y se ponen en tierra y el arzobispo les bendice en nombre de Dios; como penitencia les ordena atacar. Los franceses se ponen en pie; están absueltos, libres de sus pecados y el arzobispo les ha bendecido en nombre de Dios. Luego montan en sus veloces corceles; van armados como caballeros y todos están preparados para la batalla. El conde Roldán llama a Oliveros:
-Señor compañero; bien sabéis que Ganelón nos ha traicionado: tomó oro, bienes y dinero. El emperador debería vengarnos pues el rey Marsil ha hecho negocio, con nosotros; pero lo pagará con las espadas.
Roldán ha pasado los puertos de España montado en Veillantif su buen caballo veloz. Lleva sus armas que tan bien le sientan; el noble blande26 su lanza y dirige hacia el cielo la punta en la que lleva atado un gonfalón blanco, cuyas farpas27 de oro le tocan las manos. Noble es su porte, el rostro claro y alegre. Su compañero va siguiéndole y los de Francia le aclaman como su protector. Mira con altivez a los sarracenos y con humildad y dulzura a los franceses; y les dice cortésmente unas palabras:
-Señores barones, despacio, id al paso. Estos paganos van en busca de gran martirio. Hoy tendremos un botín grande y rico como ningún rey de Francia tuvo jamás tan valioso.
Después de estas palabras se van juntando las huestes.
Dijo Oliveros:
-No es mi intención hablar ahora. No os dignasteis sonar vuestro olifante por lo que no obtendréis nada de Carlos: el noble no tiene la culpa pues no tiene noticia de esto. Los que allí están no deben ser criticados. ¡Cabalgad tanto como podáis! ¡Señores barones, resistid en el campo! Os mego por Dios que estéis dispuestos a asestar golpes, a recibirlos y a devolverlos. No debemos olvidar la enseña de Carlos.
A estas palabras gritan los franceses. Quien oyera entonces gritar « ¡Monjoya!» podría recordar actos valerosos. ¡Dios, con qué ímpetu cabalgaron luego!; aguijan las espuelas para ir más deprisa, y van a atacar, pues ¿qué otra cosa podrían hacer?
Los sarracenos nunca los han temido: francos y paganos van a enfrentarse ahora.
Ataca el primer escuadrón sarraceno, y en combates singulares los pares de Francia matan a los pares sarracenos, menos a uno (Margariz). El rey Marsil se acerca luego con veinte escuadrones, que producen gran mortandad entre los guerreros de Francia. Roldán, entonces, hace sonar el olifante, y al reprochárselo Oliveros, le dice que lo hace para que llegue Carlomagno cuando todos hayan muerto y pueda admirar su heroísmo.
(…) Oliveros al oírlo(al hermano de Marsil) sintió gran ira; aguija el caballo con las espuelas doradas y va a acometerle a guisa de barón. Le rompe el escudo y le destroza la loriga, en el cuerpo le mete las colas del gonfalón y con el asta de plano le derriba del arzón. Mira a tierra y al ver al traidor caído le dice orgullosas palabras:
-¡No me importan tus amenazas, cobarde! ¡Francos, atacad!, les vamos a vencer fácilmente.
Grita « ¡Monjoya!», que es la enseña de Carlos.
Hay allí un rey llamado Corsablís, es de Berbería un país lejano; convoca así a los demás sarracenos:
-Podemos sostener esta batalla ya que los franceses son muy pocos. Debemos menospreciar a los que están aquí pues ninguno será salvado por Carlos; hoy es el día en que deben morir.
Bien lo ha oído el arzobispo Turpín; no hay hombre bajo el cielo a quien odie más. Aguija su caballo con las espuelas de oro puro y se lanza con gran ímpetu para atacarle. Le parte el escudo, le destroza la loriga y le atraviesa el cuerpo con su gran azcona; la hunde bien de modo que se la extrae muerto y con el asta de plano le derriba en el camino. Mira a tierra y al ver caído al miserable no deja de decirle estas palabras:
¡Traidor pagano, habéis mentido! Mi señor Carlos siempre nos protege; nuestros franceses no tienen intención de huir. Detendremos a vuestros compañeros: tendréis una muerte rápida. ¡Franceses, atacad, que a ninguno se le olvide! Gracias a Dios este primer golpe es nuestro.
Y grita « ¡Monjoya!» para conservar el campo. Y Gerín ataca a Malprimís de Brigal; su buen escudo no le vale un dinero: le rompe del todo la bloca de cristal y la mitad cae. Le rompe la loriga hasta llegar a la carne y le hunde su buena azcona dentro del cuerpo. El pagano cae derribado pesadamente; Satanás se lleva su alma. Y su compañero Gerers ataca al emir, le rompe el escudo y le desmalla la loriga; le mete su buena azcona en las entrañas, la hunde bien y le atraviesa por en medio del cuerpo; y con el asta de plano lo derriba en aquel lugar.
Dice Oliveros:
-¡Qué grande es nuestra batalla!
El duque Sansón va atacar al Almanzor; le rompe el escudo dorado y adornado con flores. La buena loriga no le protege lo suficiente pues le parte el corazón, el hígado y el pulmón: pese a quien pese lo derriba muerto.
Dice el arzobispo:
-¡Este golpe es de barón!
Y Anseís lanza su caballo y ataca a Turgís de Tortelosa; le rompe el escudo por debajo de la dorada bloca, le destroza el doble forro de la loriga y le mete en el cuerpo la punta de su buena azcona: la hunde bien y le atraviesa con el hierro, y con el asta de plano lo derriba muerto en el campo.
Dice Roldán:
-¡Este es un golpe digno de un valiente!
Y Engelier, el gascón de Burdeos, espolea su caballo y afloja las riendas para ir a atacar a Escremís de Val terna. Le parte y resquebraja el escudo que lleva al cuello, le rompe el almófar28 de la loriga y le atraviesa el pecho entre las dos clavículas; y con el asta de plano lo derriba muerto de la silla.
Luego le dice:
-¡Vas hacia tu perdición!
Y Otón ataca al pagano Estorgán en el borde delantero del escudo destrozando lo rojo y lo blanco; le rompe los faldones de la loriga y le mete en el cuerpo su buena azcona afilada derribándolo muerto de su veloz caballo. Luego dice:
-¡No tendréis quién os defienda!
Y Berenguer ataca a Estramarín: le rompe el escudo, le destroza la loriga y le mete en el cuerpo su buena azcona derribándolo muerto entre mil sarracenos. Diez de los doce pares han resultado muertos, sólo quedan vivos dos: Chernublo y el conde Margariz.
Margariz es un caballero muy valeroso, gentil, fuerte, rápido y ágil. Pica espuelas al caballo y ataca a Oliveros; le rompe el escudo bajo la bloca29 de oro puro y dirige su azcona hacia el costado. Dios le preservó pues no le ha dado en el cuerpo. Se parte el asta pero no es derribado. Se aleja de allí sin que nadie se lo impida y tañe el clarín para reunir a los suyos. La batalla es terrible para todos. El conde Roldán no se protege en ningún momento; ataca con la azcona mientras le dura el asta, pero con quince golpes la ha roto y perdido. Entonces desnuda su buena espada Durandarte y espoleando el caballo va atacar a Chernublo. Le rompe el yelmo y los brillantes carbunclos30, le parte la cabeza y la cabellera, la hunde en los ojos, en la cara y en la blanca loriga de menuda malla y por todo el cuerpo hasta la horcajadura. La hinca en la silla recubierta de panes de oro y la espada se detiene en el caballo: le parte el espinazo sin buscar las junturas y lo derriba muerto en el prado, sobre la blanda hierba.
Después le dice:
-¡Cobarde, en mala hora viniste! Ya no tendrás ayuda de Mahoma. Con tal canalla no será ganada hoy la batalla.
El conde Roldán cabalga por en medio del campo, sostiene Durandarte que corta y raja tan bien. Ha hecho grandes daños a los sarracenos. ¡Si le vierais lanzar un muerto sobre otro; y la sangre, tan clara, manar por las heridas! Tiene ensangrentados la loriga y los brazos y el cuello y el lomo de su buen caballo. Oliveros no es lento en combatir: ninguno de los doce pares serán criticados por ello pues los franceses atacan y golpean. Mueren los paganos y algunos se desvanecen.
Dice el arzobispo:
-¡Bien por nuestra nobleza!, y grita « ¡Monjoya!», que es la enseña de Carlos.
Y Oliveros cabalga entre la refriega; se le ha roto el asta, sólo le queda un trozo y ataca al pagano Malsarón: le rompe el escudo que es de oro y de flores, y de la cabeza le arranca los dos ojos y el seso cae a sus pies: lo derriba muerto junto a setecientos de los suyos. Luego mata a Turgís y a Esturgoz; ha roto el asta que se le astilla hasta las manos.
Dice entonces Roldán:
-¿Qué hacéis, compañero? No hace falta un bastón en esta batalla sino hierro y acero. ¿Dónde está vuestra espada Altaclara? Su arraz es de oro y el pomo de cristal.
-No la pude desenvainar —le responde Oliveros— porque estaba ocupado en atacar.
Don Oliveros desenvaina su buena espada, pues tanto le ha insistido su compañero, y se la enseña como caballero. Ataca al pagano Justino de Valferrera, le parte la cabeza por la mitad, le atraviesa el cuerpo y la loriga jalde, la fuerte silla recubierta de oro y le parte el espinazo al caballo: lo derriba muerto en el prado.
Dice Roldán:
-Os reconozco, hermano, por estos golpes nos ama el emperador.
Por todas partes se grita « ¡Monjoya!»
El conde Gerín monta en el caballo Sorel y su compañero Gerers en Pasaciervo. Aflojan las riendas, espolean con fuerza y atacan al pagano Timozel, el uno en el escudo y el otro en la loriga. Las dos azconas se han roto dentro de su cuerpo y le derriban muerto en un barbecho31. No oí decir, ni yo mismo lo sé, cuál de los dos fue el más rápido. Engelier de Burdeos mató a Esparveris, el hijo de Borel, y el arzobispo les mató a Siglorel, el encantador que había estado en el infierno: Júpiter se lo llevó allí por artimaña. Dice Turpín:
-¡Éste nos habría hecho daño!
Contestó Roldán:
-El cobarde ha sido vencido; Oliveros, hermano, ¡cómo me gustan estos golpes!
REGRESO DE CARLOMAGNO A FRANCIA
Mientras tanto la batalla se ha endurecido; francos y paganos se asestan terribles golpes. Unos atacan y los otros se defienden. Hay tantas astas rotas y ensangrentadas, tantos gonfalones y tantas enseñas rotas. Tantos buenos franceses que dejan allí su juventud; no volverán a ver a sus madres ni a sus mujeres, ni a los de Francia que les esperan en los puertos. Carlos, el magno, llora y se lamenta por ello. Pero, ¿de qué sirve esto? No tendrán socorro. Mal servicio les hizo Ganelón cuando en Zaragoza vendió a su mesnada32. Pero luego perdió la vida y los miembros; en el juicio de Aix fue condenado a ser colgado con treinta de sus parientes, que no esperaban morir.
La batalla es terrible y dura. Oliveros y Roldán atacan con valentía; el arzobispo asesta más de mil golpes, los doce pares no le van a la zaga y los franceses atacan en grupo. Mueren los paganos a cientos y a miles: el que no huye no se salva de la muerte; quiéralo o no, deja allí su vida. Los franceses pierden sus mejores protectores; no volverán a ver a sus padres ni a sus parientes ni a Carlomagno que les espera en los puertos. En Francia se ha desencadenado una gran tormenta con lluvia, truenos y vendaval, llueve y graniza desmesuradamente. Caen rayos sin parar y hay un verdadero terremoto. Desde San Miguel del Peligro hasta Sens, desde Besançon hasta el puerto de Wissant no hay recinto que no se le revienten los muros.
En pleno mediodía está todo en tinieblas, sólo hay luz cuando se rasga el cielo. Todos los que lo ven se llenan de pavor. Muchos dicen:
-Es el final, es el fin del mundo que nos ha llegado.
No saben de qué se trata y no dicen la verdad: es el gran duelo por la muerte de Roldán.
(…)
Roldán grita:
- ¡Cabalgad, señores! Ahora viene Marsil con cien mil caballeros.
Marsil avanza por el valle con la gran hueste que había reunido; el rey ha contado con veinte escuadrones. Brillan los yelmos gemados con piedras de oro y los escudos y las lorigas jaldes. Siete mil clarines suenan a cargar; es grande el estrépito por toda la comarca.
Dice Roldán:
-Oliveros, compañero y hermano, el traidor Ganelón ha jurado nuestra muerte; ya no puede ser ocultada la traición: el emperador se vengará por ello. Tendremos batalla terrible y dura: nunca se vio otra semejante. Atacaré con mi espada Durandarte y vos, compañero, atacaréis con Altaclara. ¡Las hemos llevado por tantos lugares! ¡Hemos acabado tantas batallas con ellas! No será cantada una mala canción.
Cuando vieron los franceses que tantos paganos llenaban todo el campo, imploraron repetidas veces a Oliveros, a Roldán y a los doce pares que les protegieran. Entonces el arzobispo les manifestó su opinión:
-Señores barones, no tengáis tales pensamientos. Os ruego por Dios que no huyáis, para que de ningún noble se cante con oprobio; es mejor que muramos combatiendo. Se nos ha prometido que entonces alcanzaremos el fin; no seguiremos vivos después del día de hoy. Pero os aseguro firmemente que tenéis abierto el santo paraíso y allí os sentaréis con los Inocentes.
Los francos se alegraron con estas palabras: no hay ni uno que no diga « ¡Monjoya!»
Marsil es un rey muy malvado; dijo a los paganos:
-Sois todos mis fieles. Roldán tiene extraordinario poder; quien le quiera vencer debe esforzarse mucho. En dos batallas no será vencido, eso creo; si no lo conseguimos, le daremos tres. Así perderá Carlos su poder y verá que Francia cae en gran vileza. El décimo escuadrón se quedará aquí conmigo, los otros diez combatirán a los franceses.
A Grandonio le entregó una enseña hecha con oro, haciéndole prometer que guiaría a los otros: él prometió la orden del rey. El rey Marsil se quedó en un monte y Grandonio desciende por un valle. Sujeta su gonfalón con tres hilos de oro: después grita:
-¡Cabalgad, barones!
Suenen mil clarines para que todo sea más bello. Dicen los franceses:
-¿Dios Padre, qué haremos? En mala hora vimos al conde Ganelón que nos vendió a Marsil para hacer la traición ¡Ayudadnos, doce compañeros!
El arzobispo contesta al punto:
-Buenos caballeros, hoy recibiréis honor. Dios os dará coronas y flores en el paraíso, entre los bienaventurados. Pero los cobardes no entrarán allí.
Responden los francos:
-¡Atacaremos conjuntamente! Por miedo a morir no seremos felones.
Aguijan hacia adelante con las espuelas doradas y atacan a los descreídos truhanes. El rey Marsil quiere reservarse diez escuadrones, y los otros diez cabalgan para atacar. Dicen los franceses:
-¡Dios, qué pérdida sufriremos aquí! ¿Qué ocurrirá con los doce barones?
Al punto responde el arzobispo Turpín:
-Buenos caballeros, Dios es muy amigo nuestro: hoy seréis coronados y floridos, y tendréis vida en el reino paraíso. Pero los cobardes allí no serán colocados.
Responden los franceses:
-No os debemos fallar. Si a Dios place no seremos superados y siempre guerrearemos a nuestros enemigos; tenemos poca gente, pero somos muy osados.
Aguijan hacia delante para acometer a los paganos y entonces se mezclan franceses y sarracenos.
Estaba allí un sarraceno de Zaragoza, la mitad de la ciudad es suya; se llama Climborín, y nunca huyó de ningún hombre. Había tomado la fianza del conde Ganelón y, como muestra de amistad le había besado en la boca y le había entregado su yelmo y su carbunclo. Dice que sumirá en la vergüenza a la Tierra de los Mayores y que arrebatará la corona al emperador. Monta el caballo que se llama Barbamosca, es más veloz que el gavilán o la golondrina; lo espolea con fuerza, afloja las riendas y se lanza a atacar a Engelier de Gascuña. No pueden protegerlo ni el escudo ni la cota; le mete en el cuerpo la punta de su azcona, y, hundiéndola con fuerza, le atraviesa con el hierro de parte a parte; con el asta de plano lo revuelca muerto en el campo. Luego grita:
-¡Bien se les puede exterminar! ¡Paganos, atacad, para deshacer el grupo!
Dicen los franceses:
-¡Dios, qué lástima de hombre tan valiente!
El conde Roldán llama a Oliveros:
-Señor compañero, ha muerto Engelier, no teníamos un caballero más valeroso.
Responde el conde:
-¡Que Dios me conceda vengarle!
Aguija su caballo con las espuelas de oro puro, sostiene Altaclara cuyo acero está ensangrentado; con gran fuerza va a atacar al pagano. Asesta el golpe y el sarraceno cae; los diablos se llevan su alma.
Luego mata al duque Alfayán, le parte la cabeza a Escababín y desarzona a siete árabes que ya no serán buenos para hacer la guerra. Dice Roldán:
-¡Qué enojado está mi compañero! Es mucho mejor que yo. Por tales golpes nos quiere tanto Carlos.
Y grita dando voces:
-¡Caballeros, atacad!
En el otro lado está el pagano Valdabrún; el que armó caballero al rey Marsil. Es señor en el mar de cuatrocientas galeazas33, no hay marinero que no se proclame suyo. Había conquistado Jerusalén a traición, violado el templo de Salomón y había matado al patriarca ante las aguas bautismales. Recibió la fianza del conde Ganelón y le dio su espada y mil mancusos. Monta el caballo Gramimón que es más veloz que un halcón; lo aguija bien con las agudas espuelas para ir a atacar al noble duque Sansón: le resquebraja el escudo, le rompe la loriga y le mete en el cuerpo las farpas del gonfalón; y con el asta de plano lo derriba muerto de los arzones34.
-¡Atacad, paganos, pues les venceremos fácilmente!
Dicen los franceses:
-¡Dios mío, qué lástima de noble!
Cuando el conde Roldán ve muerto al conde Sansón, sabed que tuvo gran dolor. Espolea su caballo para que corra con todas sus fuerzas y sostiene Durandarte, que vale más que el oro puro; y con todas sus fuerzas el noble va a atacarle, le parte la cabeza bajo el yelmo gemado de oro, la loriga y el cuerpo, la buena silla recubierta de oro y el caballo por la mitad. Mató a los dos, bien o mal le juzgaremos.
Dicen los paganos:
-¡Este golpe nos es muy duro!
Contesta Roldán:
-Os detesto, pues en vosotros está el orgullo y el error.
-¡Que Dios te maldiga! Te haré pagar muy caro haber matado a tal guerrero.
Aguija su caballo, que no tiene rival como corredor; venza quien venza, se encuentran.
Grandonio era bravo, valeroso, fuerte y gran guerrero combatiendo. En su camino topó con Roldán; antes de verlo lo reconoció con certeza por el rostro altivo, el cuerpo gallardo, la mirada y el continente; no puede evitar llevarse un gran susto. Quiere huir de él pero no puede, pues el conde le ataca con tal fuerza que le hiende el yelmo hasta el nasal, le parte la nariz, la boca y los dientes, el pecho y la loriga jacerina y los dos borrenes de plata de la silla dorada, y corta el caballo por la mitad: mató a los dos sin remisión. Los de España se lamentan de dolor.
(…)
La batalla es terrible y rápida; los franceses luchan con fuerza y con odio; cortan manos, costillas, espinazos y las vestiduras hasta la carne viva. Sobre la hierba verde corre la sangre clara. Dicen los paganos:
-¡No podemos soportarlo más! ¡Mahoma te maldiga, Tierra de los Mayores! Tu gente es la más valiente de todas.
No hay ni uno que no le grite a Marsil:
-¡Rey, cabalga, necesitamos ayuda!
(…)
El conde Roldán llama a Oliveros:
-Señor compañero, si estáis de acuerdo, el arzobispo es muy buen caballero, ni en la tierra ni en el cielo hay otro mejor. Sabe atacar muy bien con la lanza y la azcona.
Responde el conde:
-¡Vayamos a ayudarlo!
A estas palabras los francos vuelven a atacar. Los golpes son duros y los enfrentamientos terribles; gran dolor hay del lado de los cristianos. ¡Quién viera entonces a Roldán y a Oliveros atacar y luchar con sus espadas! El arzobispo acomete con su azcona. Bien se puede saber todos los que han muerto: dice la Gesta que está escrito en cartas y breves que fueron más de cuatro mil.
Durante cuatro asaltos les ha ido todo bien, pero el quinto es duro y terrible para ellos. Todos los caballeros franceses han muerto, sólo sesenta ha preservado Dios. Antes de morir lo harán pagar muy caro.
Durindal, Oliveros la empuña y combate con fuerza, y la sangre bermeja le salta hasta el brazo.
-¡Dios—dice Roldán—, como éste son los buenos vasallos y los gallardos condes, tan nobles y tan leales! Nuestra amistad se acaba hoy en este día, y hoy se separará con gran dolor. El emperador nunca nos recuperará ni la dulce Francia nunca tendrá dolor tal; los hombres francos rezarán por nosotros y harán oraciones en la santa iglesia. Es bien cieno que su alma irá al paraíso.
Oliveros aflojó las riendas, aguijó su caballo y se acercó a Roldán en la gran batalla. Dijo el uno al otro:
-Compañero, acercaos: si la muerte no me mata, yo no os fallaré.
ROLDÁN TAÑE EL OLIFANTE
Carlomagno, que ya estaba en Francia, oye el sonido del olifante de Roldán, comprende lo que está ocurriendo y se da cuenta de la traición de Ganelón. Lo hace prender y apalear, en espera de ser juzgado. Y toda la hueste francesa retrocede hacia Roncesvalles. Mientras tanto Roldán sigue combatiendo y mata a muchos sarracenos, lucha contra el rey Marsil, le corta la mano derecha y quita la vida a su hijo. Ataca un nuevo escuadrón sarraceno, mandado por el califa, tío de Marsil, llamado Marganices, el cual hiere mortalmente a Oliveros, que aún tiene ánimos para devolverle el golpe y matarlo y para seguir luchando, aunque pierde la vista y golpea a su amigo Roldán creyendo que es un enemigo. Roldán le habla afablemente; y poco después Oliveros muere, tras confesar sus pecados y pedir a Dios que bendiga a Carlomagno y a Roldán.
(…)
El conde Roldán ve la gran pérdida que hay entre los suyos y llama a su compañero Oliveros:
-Señor compañero, ¡por Dios! ¿qué os parece? Veo tantos buenos vasallo caídos en tierra. Francia, dulce y hermosa, bien podemos llorar a los buenos barones de los que quedáis desierta. ¡Rey amigo, no estáis aquí! Oliveros, hermano, ¿cómo lo haremos? ¿De qué manera le enviaremos noticias?
Dijo Oliveros:
-No sé cómo hacerlo. Prefiero morir a que se nos mencione con vergüenza.
Dice Roldán:
-Sonaré el olifante y Carlos lo oirá pues está pasando los puertos. Os aseguro que los francos regresarán.
Dice Oliveros:
-Esto será una gran vergüenza y será reprochado a todos vuestros parientes; la deshonra les durará mientras vivan. Cuando os lo dije no lo hicisteis; ahora no os lo apruebo. Si lo sonáis no será un acto de valentía: tenéis ya ambos brazos cubiertos de sangre.
(…)
MUERTE DE LOS PARES
Roldán contempla las montañas y las laderas; ve yacer muertos a tantos franceses que llora por ellos como noble caballero:
-Señores barones, Dios se apiade de vosotros y conceda el paraíso a vuestras almas y las coloque entre las santas flores. Jamás vi mejores vasallos que vosotros; me habéis servido durante mucho tiempo, y para Carlos habéis conquistado grandes países. ¡En mala hora os sustentó el emperador! Tierra de Francia, muy dulce país, hoy quedáis desierta por tan áspera ruina. Barones franceses, os morís por mi causa y no os puedo defender ni proteger. ¡Que Dios, que jamás mintió, os ayude! ¡Oliveros, hermano!, no debo abandonaros; si no me matan moriré de dolor. ¡Señor compañero, volvamos a atacar!
El conde Roldán llama a Oliveros y le ha dicho y recordado estas razones:
-Junto a los francos debemos morir, buen hermano; han entrado en España por nuestro amor.
Su rostro ha mudado de color y cuatro veces ha gritado “¡Monjoya!". Sujeta el olifante y tocan a cargar; pican espuelas con impetuosidad y atacan con sus afiladas espadas.
El conde Roldán regresa al campo de batalla, sostiene a Durandarte y ataca con valentía; parte por la mitad a Faldrón del Puy y a veinticuatro de los más famosos: no habrá otro hombre que quiera tomar más venganza. Como el ciervo que corre delante de los perros, así huyen los paganos delante de Roldán.
Dice el arzobispo:
-¡Lo hacéis muy bien! Éste es el valor que ha de tener un caballero que lleva armas y monta un buen caballo. En la batalla ha de ser duro y temible, de otro modo no vale cuatro dineros; más le valiera ser monje en un monasterio para rezar todo el día por nuestros pecados.
Responde Roldán:
-¡Atacad, no les perdonéis nada!
Con estas palabras los francos vuelven a atacar: pero hubo grandes pérdidas entre los cristianos.
(…)
Oliveros siente que la muerte le persigue de cerca; los ojos le dan vueltas, pierde el oído y la visión. Descabalga y se echa en tierra: a partir de ahora confiesa sus culpas con las manos juntas hacia el cielo y mega a Dios que le conceda el paraíso y que bendiga a Carlos y a la dulce Francia y a su compañero Roldán por encima de todos los hombres. El corazón le falla, el yelmo se le cae y da con todo su cuerpo en tierra: el conde ha muerto, no dura más. El noble Roldán llora y se lamenta: jamás oiréis en el mundo a un hombre que tanto se lamente. Cuando el conde Roldán ve que su amigo está muerto y que yace boca abajo, el rostro hundido en la tierra, con mucha ternura empieza a lamentarlo:
-¡Señor compañero, en mala hora fuisteis tan audaz! Hemos paso juntos años y días y nunca me hicisteis ningún mal, ni yo os lo hice. Es doloroso que yo viva, si morís.
A estas palabras el marqués se desvanece sobre su caballo Veillantif: está afirmado sobre los estribos y aunque vaya a cualquier parte no podrá caerse.
(…)
-Señores, dice (Carlomagno), muy mal nos va. Roldán, mi sobrino, va a dejarnos hoy mismo; oigo por el sonido del cuerno que no vivirá mucho. Quien quiera estar allí que cabalgue velozmente. Sonad vuestros clarines, todos los que haya en la hueste.
Sesenta mil suenan tan fuerte que resuenan los montes y responden los valles. Los oyen los paganos, no creen que sea una broma. Se dicen los unos a los otros:
-Pronto tendremos aquí a Carlos.
Se reúnen unos cuatrocientos con los yelmos puestos: son los mejores que quedan en el campo; le dan a Roldán un combate duro y terrible. Ahora ya sabe el conde lo que ha de hacer. Cuando el conde Roldán les ve llegar se hace más fuerte y feroz: mientras viva no cederá ante ellos. Monta el caballo Veillantif y lo aguija bien con las espuelas de oro puro para acometerlos a todos en la gran refriega. A su lado está el arzobispo Turpín. Se dicen el uno al otro:
-Acercaos amigo; hemos oído los cuernos de los de Francia: vuelve Carlos, el poderoso rey.
El conde Roldán jamás amó al cobarde, ni al orgulloso, ni al malvado de mal linaje, ni al caballero que no fuera buen guerrero. Llamó al arzobispo Turpín:
-Señor, vos vais a pie y yo a caballo; por vuestro amor me quedaré aquí y juntos soportaremos lo bueno y lo malo; no os abandonaré por ningún hombre de carne y hueso. En este asalto los paganos conocerán el nombre de Almacia y el de Durandarte.
Dijo el arzobispo:
¡Sea traidor quien no ataque! Carlos vuelve y nos vengará.
Dicen los paganos:
-¡En mala hora nacimos! ¡Mal día ha amanecido hoy para nosotros! Hemos perdido a nuestros señores y a nuestros pares; el noble Carlos regresa con su gran hueste. Ya oímos los claros clarines de los franceses, es grande el estruendo cuando gritan ¡Monjoya! El conde Roldán tiene tanta fuerza que ningún hombre le podrá vencer. Lancémonos contra él y luego le dejaremos estar.
Y así le lanzaron muchos dardos y venablos, azconas, lanzas y azagayas empeñoladas de modo que han partido y agujereado el escudo de Roldán y roto y desmallado su loriga; mas no le han alcanzado en el cuerpo. Han herido a Veillantif por treinta sitios y lo han derribado muerto bajo el conde. Los paganos huyen y lo dejan estar. El conde Roldán se ha quedado a pie.
MUERTE DE ROLDÁN
Roldán se ha desmayado de dolor por la muerte de Oliveros, y han muerto todos los franceses salvo el arzobispo Turpín y Gualter del Hum, que ha estado luchando separadamente en una posición elevada, donde ha perdido a todos sus hombres, y ahora acude a Roldán en demanda de socorro; y a pesar de estar gravemente herido lucha a su lado y al del arzobispo. Los atacan ahora mil sarracenos que matan a Gualter y hieren a Turpín, al que todavía quedan fuerzas para matar a más de cuatrocientos.
Roldán hace sonar de nuevo el olifante, y el esfuerzo le rompe las sienes. Carlomagno lo oye, se apresura y hace sonar los clarines de su hueste. Los sarracenos, al oírlo, dan un nuevo asalto a Roldán y a Turpín, y huyen precipitadamente por temor a la hueste francesa, que ya está muy cerca. Roldán acomoda al herido arzobispo sobre la hierba y va en busca de los cadáveres de los pares; los sitúa frente a Turpín, y éste les da su bendición y muere.
Viendo su muerte cercana, Roldán, ya ciego intenta romper su espada Durendal para que no caiga en poder del enemigo, pero su hierro es tan fuerte que se hiende la dura piedra contra la que quiere quebrarla. Hace un elogio de ella, se echa de bruces y la esconde bajo su cuerpo; y tras hacer su confesión, con el rostro vuelto hacia España, ofrece su guante a Dios, que recoge San Gabriel, y muere.
Siente Roldán que su muerte está cercana; por las orejas se le derraman los sesos. Ruega a Dios que acoja a sus pares y a él el ángel Gabriel. Para que nadie le vitupere coge el olifante y con la otra mano su espada Durandarte. Se dirige a un barbecho situado en dirección a España. Sube a una colina; debajo de dos grandes árboles hay cuatro gradas de mármol; cae boca arriba sobre la hierba verde y allí se desvanece porque tiene cerca la muerte.
Altos son los montes y muy altos los árboles; allí hay cuatro relucientes gradas de mármol. Sobre la verde hierba se desvanece el conde Roldán. Durante todo el camino un sarraceno le ha ido mirando; se finge muerto echado junto a los otros; se mancha de sangre el cuerpo y el rostro. Se pone en pie y se pone a correr. Es alto, fuerte y muy valiente, con gran orgullo se apodera de él rabia mortal. Coge el cuerno y la espada de Roldán y dice:
-¡El sobrino de Carlos vencido está! Me llevaré esta espada a Arabia.
Por el tirón el conde se apercibió de que algo sucedía. Siente Roldán que le quitan la espada; abre los ojos y le dice estas palabras:
-Que yo sepa no eres de los nuestros.
Agarra el olifante, pues no quiere perderlo, y le golpea con él en el yelmo gemado de oro. Le parte el acero, la cabeza y los huesos, le hace saltar los dos ojos de la cara y lo derriba muerto a sus pies. Luego dice:
-¡Cobarde!, ¿cómo has sido tan osado para tocarme, con derecho o sin él? Quien oiga esto te tendrá por un loco. Mi olifante se ha resquebrajado y se le han caído el cristal y el oro. Siento dolor y pesar por la espada; prefiero morir a que se quede entre los paganos. ¡Dios padre, no permitáis que Francia se envilezca!
Roldán golpea sobre una piedra oscura y la erosiona más de lo que os sabría decir. La espada
cruje pero no se mella ni rompe sino que rebota hacia el cielo. Cuando el conde se da cuenta de que no puede romperla, muy dulcemente lo lamenta consigo mismo:
-¡Ay! Durandarte, ¡qué hermosa y santísima eres! Hay muchas reliquias en tu pomo: el diente de San Pedro y sangre de San Basilio, cabellos de mi señor San Dionisio y un retal del vestido de Santa María; no es justo que los paganos te posean; debes ser servida por cristianos y que no os tenga un cobarde. Conquisté con vos las extensas tierras que tiene Carlos, el de la barba florida, y por ello el emperador es noble y poderoso.
Siente Roldán que la muerte se apodera de él, y que de la cabeza le desciende al corazón. Se ha ido corriendo bajo un pino, se echa de bruces sobre la verde hierba y coloca debajo la espada y el olifante. Vuelve la cabeza hacia donde están los paganos; lo ha hecho así porque quiere de veras que Carlos y toda su gente digan que el noble conde ha muerto venciendo. Confiesa sus culpas repetidamente y ofrece a Dios el guante por sus pecados. Siente Roldán que su tiempo se acaba. Está sobre un monte escarpado en dirección a España; y con la mano se golpea el pecho:
-Dios mío, ante tu poder confieso mis pecados, grandes y pequeños, que he cometido desde la hora en que nací hasta el día de hoy en que aquí he sido alcanzado.
(…)