LEYENDAS DE BEOWULF
BEOWULF, EL MEJOR DE LOS GUERREROS
_____Desde los tiempos más remotos se transmite de generación en generación, en el pueblo que habita las orillas del mar del Norte, la misteriosa leyenda de un héroe que arribó a las playas siendo todavía un niño, traído por las aguas sobre un escudo que había sido rellenado con paja, a modo de cuna. Allí creció el muchacho, y con el tiempo llegó a ser un valiente guerrero, tan poderoso que fundó un reino que no tardó en superar en prosperidad y grandeza a todos los países del Norte.
____Nadie sabía de dónde procedía ni cuál era su nombre, pero a causa del extraño medio en que había sido traído por el mar, fue llamado Sceaf (haz de paja) o también Scyld (escudo).
Cuando murió, después de un largo reinado tan próspero como glorioso, obedecieron sus guerreros su último mandato, enviándole a su oscura patria, de nadie conocida. Colocaron su cadáver en un navío cargado con ricos tesoros. Encima de sus restos ondeaba un estandarte dorado.
____Las luminosas velas se hincharon al viento, y así como había llegado, de niño, tan misteriosamente, volvió a desaparecer de la vista de sus apenados súbditos.
El nieto de este enviado de los dioses, Halfdan, continuó la obra de su abuelo, gobernando con firmeza el país. Cuando murió este rey, le sucedió su hijo Rodgar, el cual, acompañado de multitud de valientes guerreros, asentó su corte en el país danés. Mandó construir un palacio soberbio, un edificio maravilloso, con resplandecientes almenas y una hermosa sala, ricamente adornada, como no se había visto igual en el mundo.
____Las gentes dieron al castillo el nombre de «Ciervo», pues tal parecía, desafiando a las tempestades con la cornamenta de sus almenas, no temiendo ni siquiera a los incendios, cuando la codicia despertada por tantas riquezas atraía a los enemigos. Allí reinaba, pues, en medio de su poderío y de sus bienes, el rey Rodgar, dichoso al poder procurar la felicidad de sus súbditos con abundantes dones. Y buena prueba de ello era que en la sala del «Ciervo» reinaba siempre la alegría.
----¡Quién iba a pensar que sobre estos seres tan dichosos se cernía la devastación y la tragedia!
----En las profundidades del pantano, escondido en el fondo de negras simas, en un lugar solitario y espantoso, vino a morar el más gigantesco y horroroso de los monstruos, Grindel, un superviviente de los tiempos prehistóricos. Con ansias pérfidas, había visto elevarse la esplendorosa morada de los héroes, y cuando le pareció llegado el momento, se acercó una noche al castillo.
----En la silenciosa sala los guerreros dormían, rendidos del alegre festín que acababa de celebrarse. En la oscuridad, unas enormes garras penetraron por la puerta, que, como de costumbre, estaba abierta, agarrando y aplastando a los dos más próximos durmientes y destrozando, en su furia, a ocho o diez más, todo ello acompañado de los gritos y lamentos de los desgraciados. Y después de haber sembrado la muerte en la estancia, regresó aún con alguno de ellos en sus garras y volvió a hundirse en el pantano.
----¡Qué distintas fueron las voces que resonaron a la mañana siguiente en la sala de las que tan alegres habían sido la noche anterior, cuando Rodgar llegó acompañado de sus barones! Habían dormido en una dependencia alejada de la sala en que se había desarrollado la tragedia. Entre hondos suspiros y lamentos de dolor, hizo que corrieran abundantes las lágrimas de los ojos del noble Rey durante todo el día. ¿De dónde había salido esa terrible furia?
----Llegó la noche. Los fíeles guerreros rogaron a su señor que se refugiase en las estancias más resguardadas, en el fondo del palacio, y ellos quedarían montando guardia en la sala. En las primeras horas velaron con todo celo, pero, como nada sucediera, el sueño acabó por rendirlos.
----Ya faltaba muy poco para que el sol iluminara los muros del palacio, cuando apareció el monstruo. Se lanzó contra los descuidados guerreros, y los que estaban más próximos fueron destrozados por las garras de Grindel. Y otra vez se llevó al tenebroso pantano a los últimos de los durmientes de la sala, para que le sirvieran de banquete.
Esto sucedió todas las noches del largo invierno, hasta dejar casi desierta la señorial morada. ----¡No resonaban ya los alegres cantos mientras crepitaba la carne sobre el fuego y el hidromiel espumeaba en los cuernos alzados en los brindis por los heroicos campeones! Y el solitario señor de la diezmada hueste, con el ánimo deshecho, desconfiando de la salvación, pues todas las llamadas de auxilio se habían perdido y ningún sacrificio había alcanzado la gracia de los dioses, meditaba su desventura, pues era demasiado orgulloso y demasiado noble para huir, y así permanecía hundido en la desesperación.
----De este modo, continuaba en silencio la en otros tiempos alegre y bulliciosa sala. El «Ciervo» había caído bajo el poder de Grindel, el más cruel cazador de hombres, y ya sólo esperaba dar el último golpe, el que señalaría el final de la estirpe. Una noche más y el jefe del palacio perecería.
Ya el sol apareció, anunciando el último día de la vida del noble guerrero. Pero entonces llegó la salvación.
----La nueva de los horrores que ocurrían en el palacio del «Ciervo» voló sobre tierras y mares, y llegó al país de los godos. Allí remaba Hugileik, de la estirpe del dios Danner. Su sobrino había sido educado en la corte y ya desde mozuelo demostró gran ardor en la lucha y un valor incomparable. Pasando los años, llegó a ser el mejor de los guerreros; su nombre era Beowulf. Éste oyó que uno de los que contaban las nuevas recibidas hablaba de los horribles crímenes de Grindel, y en aquel momento sintió deseos de abandonar la alegre corte y de marchar a probar su valor en empresa tan arriesgada como la de vencer al monstruo.
Fue a su tío Hugileik y le dijo:
— ¡Oh rey!, deseo partir a socorrer a la estirpe del «Ciervo». Un terrible monstruo devora a sus guerreros y amenaza destruir toda la raza. No quiero probar más mi brazo en fáciles encuentros y juegos. Te suplico que me des un barco en el cual marcharé a luchar contra ese monstruo.
----Hugileik le contestó que se haría su voluntad, y puso a su disposición lo que necesitaba.
Beowulf eligió entre todos los guerreros de la corte a aquellos de más probado valor, y reunió así a catorce hombres.
----Cuando hubieron hecho todos los preparativos, el ágil buque de madera voló sobre las aguas. Llegaron a una costa en cuyos acantilados las olas se rompían con gran estruendo. La nave había llegado a su destino. Los guerreros desembarcaron, después de haber echado el ancla. Cogieron sus armas, se ajustaron las corazas y se dirigieron al castillo.
Desde las altas torres, el centinela de Rodgar vio brillar los lucientes escudos y, montando a caballo, fue a su encuentro y les preguntó:
— ¿Quién sois vosotros que habéis llegado hasta estas tierras de dolor?
—Lo mejor es que te diga la verdad —contestó Beowulf—. Somos godos, de la corte de Hugileik, cuyo cuñado Egidio fue mi padre. Éste vivió lo suficiente para que todos los habitantes de la tierra le conozcan por sus hechos heroicos. Nosotros hemos venido aquí en son de amistad para ayudar a tu señor Rodgar contra el monstruo que diezma vuestras huestes. ¿No es cierto que un horrible monstruo os visita cada noche y comete horrendas matanzas? Tengo la intención de ayudar al noble Rodgar en la medida de mis fuerzas. Su soberbia y digna mansión no debe hundirse en el dolor. Si hay algún modo de acabar con sus desgracias, condúcenos hasta él, pues su salvación está aquí.
El centinela habló y dijo:
—Un héroe tan valeroso como tú obrará tan dignamente como ha hablado. ¡Sed bienvenidos, oh héroes! Seguidme, que yo enviaré a gente para que custodie vuestra nave hasta que regreséis.
----Y a toda prisa se dirigieron al castillo. Al llegar, los guerreros quedaron admirados ante la maravillosa edificación. Entraron, pues, los héroes en la ante-sala, donde esperaron ser recibidos y tomaron asiento hasta el momento de ser llamados.
Entró Wolfgar, un noble al servicio de Rodgar, el cual, parándose muy cortés en la puerta de la sala, les dijo:
— ¡Oh héroes que habéis venido cabalgando sobre los corceles de la mar! No he de anunciaros como implorantes. ¡Decidme quiénes sois, para que lo comunique a mi señor!
Le contestó el primero, que era Beowulf:
—Somos súbditos de Hugileik. Mi nombre es Beowulf. Explicaré al hijo de Halfdan lo que aquí me trae, si me otorga su saludo.
----Y Wolfgar regresó junto al trono de Rodgar, que se encontraba rodeado de los últimos de sus guerreros, y le comunicó lo que le habían dicho.
El castellano levantó la inclinada cabeza y habló así:
—De niño conocí al hijo de Egidio. Ha sido educado en un país amigo, y como amigo viene a mí. Por marinos que nos trajeron mercancías del país de los godos, he sabido de las fuerzas colosales que posee este héroe: en su puño tiene la fuerza de treinta hombres. Adivino que viene enviado por los dioses para socorrernos en nuestra gran desdicha. Ve y dales la bienvenida y ruégales que entren en mi sala, en donde estamos reunidos, para saludarles y darles las gracias.
A toda prisa volvió Wolfgar a la antesala y rogó a los guerreros, que esperaban impacientes, que le siguieran:
—Dejad los escudos y las lanzas aquí. Tenéis la paz de los huéspedes.
Una parte de los guerreros quedó guardando las armas. Los otros entraron con Beowulf al frente. Éste llevaba la cabeza cubierta con el casco, según la costumbre cortesana. Se dirigió al Rey y le dijo:
— ¡Salve, oh Rodgar! El sobrino de Hugileik te saluda como un amigo. Joven soy, pero grande es mi valor y grande mi osadía. Por eso me atrevo a ofrecerte mi ayuda, pues he probado mis fuerzas ya en otras ocasiones. Viajeros que llegaron a la corte de los godos me contaron que en la proximidad de tu palacio vive un horrible monstruo que ensangrienta esta hermosa mansión. Otras veces he luchado ya con seres de esa naturaleza, y por eso te ruego que me permitas intentar librarte de tan horrible ser. Sé que podré hacerlo con mis solas fuerzas. He oído decir que viene sin armas y que sólo lucha con sus garras y con la fuerza de sus deformes miembros. Pues bien: lo que él puede hacer, lo puedo hacer yo. No usaré lanza para atacar ni escudo para defenderme. Con mis brazos lucharé contra sus brazos, con mi cuerpo contra el suyo, y antes de que el sol alumbre con rojos colores las torres de la fortaleza, y la noche se hunda en la aguas del frío mar, demostraré cuál es el valor de la estirpe de Donnar, yo, Beowulf, el hijo de Egidio. Si el Destino está en mi contra y desciendo a las oscuras regiones de la muerte, ¡no tendrás mucho trabajo para mis funerales, ni gastarás tus monedas en mi túmulo! ¡Si el monstruo me destroza, no te regalará mi cuerpo, sino que le servirá a él de festín! Pero sólo te ruego, si eso sucede, que envíes a Hugies heredada por los hombres de mi estirpe. Esto es lo que te suplico que hagas, ¡oh Rodgar!
Desde su rico trono, el infeliz Monarca contestó:
— ¡Oh, amado Beowulf!, sin duda tú has de ser el que me salve de esta horrible situación. ¡Saludo en ti al hijo de tu padre!
Y recordó la amistad que le unía con el padre de Beowulf y exaltó el valor del héroe al venir a luchar en beneficio suyo.
—Siéntate y bebe con nosotros el hidromiel de la paz y de la hermandad indestructible —añadió el Rey—. ¡Yo brindo a tu salud!
Y alzó su copa, ricamente tallada.
----Los criados llenaron las copas. Un bardo cantó las hazañas de los hombres de las dos estirpes. La ronca voz del juglar subía hasta las negras vigas de la techumbre. El fuego, que atizaban dos criados, echando gruesos troncos de robles añejos, lanzaba chispas. La sala resonaba con voces alegres y todo pareció recobrar la vida, la suntuosidad y el regocijo de tiempos pasados. Nadie recordaba ya los ataques del horrible monstruo. Todos cantaban el valor de Beowulf, sus hazañas y su clara estirpe. Y estas alabanzas fueron tan insistentes, que uno de los guerreros de Beowulf se sintió molesto en su amor propio. Era Hunfred, hijo de Eckleif. Convencido de su valor y lleno de orgullo, se levantó de su silla y lanzó estas palabras al noble huésped:
— ¿Eres tú aquel Beowulf que contendió a ver quién era más fuerte y más ligero, nadando con Breka, hijo de Bonstein? ¡Sonada aventura! Consejos y advertencias de prudentes varones desdeñasteis; lleno de ardor y de entusiasmo, os lanzasteis a las frías y traidoras ondas del mar... Valiente fue el ánimo de los dos; pero fue Breka el que venció. Las olas lo llevaron hasta su reino, en donde aún gobierna. Y tú, Beowulf, fuiste vencido, luego de haber asegurado que saldrías victorioso. ¿No sucederá ahora como entonces? ¿No pasará esta noche de idéntica manera y todo tu valor no será más que palabras?
Tranquilamente le contestó el caudillo godo:
— ¡Querido Hunfred!, ¿qué estás diciendo? ¿Estás borracho del buen hidromiel de Rodgar? Nos estás alabando las fuerzas del valiente Breka, que, en verdad, no luchó mejor que yo entre las olas. Entonces éramos muchachuelos que no pensábamos en el peligro ni en la gloria. Nos jugábamos la vida, porque nos apetecía ejercer nuestras fuerzas y dominar el embate de las olas. Con la espada en mano nos defendíamos, nadando, de los feroces animales marinos. Siempre juntos, uno cerca del otro, durante cinco noches, hasta que una terrible corriente, en una tempestad deshecha, nos separó. En la noche invernal, entre remolinos y abismos que se abrían en el mar, me atacaron monstruos de las profundidades del océano y esta coraza me salvó. Uno de esos monstruos me arrastraba hacia abajo, agarrándome con sus garras codiciosas, y ya me sentía hundir bajo las rugientes olas; pero con mi espada conseguí herir al monstruo, que se hundió, y yo volví a la superficie. En aquel momento, el sol rasgaba con sus rayos las tinieblas y el resplandor dorado se extendía sobre las grises montañas de agua. Saludé con alegría al sol y a la luz. También Breka fue valiente. Mas, con todo, no hizo lo que yo aquella noche. Entonces, llegué al país de los fineses. Hoy llego a Dinamarca. Aquí os encuentro en la más terrible desesperación, a merced del monstruo Grindel, y por ningún lado aparece un héroe que os quiera salvar. Ni siquiera tú, Hunfred; si fueras tan fuerte como orgulloso te muestras, no se encontraría el gigante con tanta libertad para obrar. Esta noche recibirá el saludo gótico, y cuando mañana os despierte el sol, podéis dirigiros alegremente a la bebida de la mañana; os esperaré en medio de la sala.
----Así habló Beowulf, riendo, y todos se alegraron; hasta el mismo Rodgar se animó. Las arpas sonaron, los cantos prosiguieron y la alegría subió de punto. Alegres, sí, estaban los héroes iluminados por el rojo fuego, en la sala del palacio, mientras fuera las tinieblas se aproximaban y el sol rozaba las olas del tranquilo mar. Las primeras estrellas aparecían, y ya anunciaban la hora del peligro y de la muerte.
---Entonces entró en la sala Waldiwa, la esposa de Rodgar, resplandeciente de áureas joyas, y saludó con noble compostura a su huésped. Llenó la copa de su esposo y llevó la bebida de hospitalidad al héroe gótico y habló graciosamente del mayor deseo de su alma: de que hubiera aparecido el salvador de todos ellos. El huésped contestó cortésmente:
—En Gotlandia, cuando me embarcaba con mis compañeros en la nave que me había de traer hasta aquí, juré que salvaría a mis amigos daneses o moriría en su defensa.
----La dama sonrió al valiente guerrero y tomó asiento junto a su esposo. De nuevo, los bardos cantaron y corrió el hidromiel.
Fuera, el sol había desaparecido; sólo las estrellas estaban en el cielo; las tinieblas, sobre el mar. Rodgar se levantó para ir a descansar. Se despidieron y Rodgar dijo a Beowulf:
—Desde que llevo espada no he permitido a nadie, excepto a ti, ¡oh, héroe!, que custodie solo la sala principal de los daneses. Así, pues, custodia mi palacio y cuídate tú mismo del enemigo. No te negaré ningún deseo si cumples la hazaña y sales con vida.
----La sala se vio vacía de daneses. Sólo quedó el héroe con algunos pocos de sus compañeros. La estancia quedó en la oscuridad. Allá lejos, ya el monstruo había salido de su pantano, y por los caminos en tinieblas se arrastraba hacia el castillo.
Antes de ocupar su puesto, Beowulf dio el escudo, la espada y la coraza a uno de sus hombres, diciéndole:
—Por muy grande que sea la astucia de Grindel, no sabe luchar en combate con espada y lanza. Él viene con sus fuerzas, y yo le esperaré con las mías, apoyado en la protección de Donnar.
----Después de esto, se echó tranquilamente entre blandos cojines, y los cansados guerreros que le rodeaban no tardaron en caer dormidos, pensando si regresarían a la lejana tierra de los godos o si perecerían destrozados por el monstruo.
----Sólo Beowulf permaneció sin entregarse al reparador sueño, pues un héroe ha de esperar siempre al enemigo en pie, con sus ojos avizores. Y ya estaba cerca el peligro; ya se aproximaba lento, implacable, el enemigo.
----Entre las sombras de la noche, se acercaba Grindel, ignorante de que la sala en que diera muerte a tantos guerreros tenía un nuevo guardián, más valeroso que ningún otro hombre.
Se acercaba el monstruo, con las fauces babeantes, saboreando de antemano su presa, que estimaba segura. Su respiración jadeaba; impaciente por llegar, se esforzaba en adelantar su marcha.
----Llegó al palacio y de la primera manotada sacó al portalón de sus goznes y se dirigió con ojos centelleantes hacia la sala donde dormían los jóvenes godos. Sus garras se cerraron agarrando al primero de los guerreros, y en un momento le desgarró los miembros, ahogando sus gritos de dolor. Ya se dirigía hacia el segundo, cuando sintió que un brazo fuerte como el acero le rodeaba el cuello y que una mano le ahogaba. En ese momento, cayó en la cuenta de que había encontrado al vengador de sus víctimas. El monstruo tuvo miedo; ya quisiera encontrarse en aquel momento en su pantano y no haber salido de su lóbrega madriguera aquella noche. Pero la fuerza de los dedos no cede; el enemigo lo sujeta y lo retuerce, lo arroja a un lado y a otro y, cuando consigue levantarse, lo vuelve a tirar.
Así continuó la lucha, hasta que el monstruo, atenazado por los brazos de su poderoso dominador, siente que sus miembros se distienden con un terrible dolor.
----Gritó atronadoramente, y sus aullidos retumbaron en la sala. Los daneses escuchaban, atemorizados; los godos, en cambio, habían tomado las armas y, acercándose a su señor, golpeaban con las mazas y con las espadas al gigante. No sabían que Grindel era inmune al acero, porque le protegía un hechizo. Pero ya estaba vencido; por vez primera se vio obligado a huir con las manos vacías, con una herida tremenda, porque Beowulf le había arrancado el brazo. Consiguió alcanzar la puerta, y a través de la débil luz del amanecer pudo llegar al pantano, en donde presentía que iba a morir. Beowulf, en cambio, alegre por la victoria y por haber cumplido su palabra de luchar con el monstruo y liberar a los daneses y haber mantenido en alto la honra de los godos, cogió el brazo y el hombro que había desgarrado del cuerpo del coloso y lo clavó en la pared, en el lugar preferente de la sala, para que cuando llegaran por la mañana los daneses vieran enseguida lo que había ocurrido.
----¡Qué alegría la de los daneses! Siguieron las huellas sangrientas del monstruo hasta el mismo pantano, en el que se veían rojas burbujas subiendo de las profundidades, donde Grindel se había escondido. Nadie se compadeció del asesino de tantos héroes, sino que cantando alegremente, volvieron unos de ellos junto a Rodgar, pero otros marcharon a extenderlas noticias y a cantarlas hazañas de Beowulf por tierras y mares.
----Por la mañana, una alegre fiesta se celebraba en la sala. Acudieron todos los guerreros, vestidos con sus mejores galas. También acudió Waldiwa, la noble esposa de Rodgar, que llegó con sus doncellas y se colocó al lado de su marido. Ya en el umbral, Rodgar, mirando hacia el brazo del monstruo, que estaba clavado en la pared, exclamó:
— ¡Loor y gracias a los guardianes de la Walhalla, por este momento de felicidad! ¡Qué poco sospechaba yo, aun anoche, cuando la sala chorreaba sangre del crimen nocturno, que ya hoy habría sido remediado el dolor y la aflicción!
Y después, dirigiéndose a Beowulf, le prometió gratitud eterna por lo que había hecho por la estirpe de los daneses, y le ofreció concederle todo lo que pidiera. El hijo de Egidio contestó:
—Por mi propia voluntad, cumplí lo prometido. No me interesa que me pagues, pero me tortura que el monstruo haya huido sin que recibiera de mí la muerte. No pude impedir su huida; pero, créelo, no ha salido muy bien parado de la lucha. Su herida es mortal, y nunca más volverá a envanecerse de sus crímenes en este país.
----Así habló Beowulf; y Hunfred, el guerrero que le había insultado, permaneció en silencio, cubierto de vergüenza, mientras los demás combatientes contemplaban la garra de Grindel y exclamaban:
—Sí, en contra de éste nada podía espada alguna.
----Después de esto, muchas sirvientas limpiaron el suelo de la sangre y de todos los objetos rotos. La sala volvió a brillar en su antiguo esplendor y se empezó a celebrar el banquete.
Rodgar regaló a Beowulf un estandarte dorado, un casco y una coraza, y, sobre todo, la espada de la victoria. Nunca se vio más hermoso premio que aquello que es lo que más aprecia un héroe para luchar y para atacar al enemigo. También recibió el héroe en regalo ocho fogosos corceles con sus arneses. Tampoco olvidó el Rey a los compañeros del jefe godo y dio a cada uno lo que más deseaba. Y les entregó también oro, como compensación del desdichado que Grindel destrozara con sus garras. Entonces, Waldiwa llenó la copa de homenaje, de hidromiel; pero antes de ofrendársela al godo, se la ofreció a su marido, diciéndole:
—Has hecho muy bien en repartir tus tesoros entre estos valientes guerreros, pero no conviene que procedas igual con tus tierras. Me han dicho que tienes la intención de guardar al héroe junto a ti, como si fuera de tu misma sangre; acuérdate de que tienes hijos, y aunque murieras antes de que pudieran llevar la corona, Rodolfo, nuestro sobrino, es capaz de proteger a los legítimos poseedores del reino.
----Y habiendo dicho estas palabras, se dirigió a donde estaban sus hijos Roderico y Rodmundo, entre los que estaba sentado fraternalmente Beowulf. A éste le ofreció la copa con amables palabras. Le dio un brazalete con anillos dobles enlazados, y le dijo:
—Con este brazalete te uno a nosotros. ¡Oh héroe, cuya fama vuela sobre tierras y olas, conserva tu amor siempre a estos niños! Enséñales amistosamente tu saber heroico, tu ánimo noble. Aquí, en nuestro castillo, no existe hipocresía ni crimen. Bebed, pues, héroes —añadió, dirigiéndose a los demás—, y tú, Beowulf, concédeme lo que te he pedido.
----Volvió a su asiento, junto a su señor, y el banquete comenzó. ¡Qué alegre festín! ¡Quién podría suponer que de nuevo el horror iba a ensangrentar aquella sala! Cuando Rodgar se retiró a dormir, quedaron en la estancia, como otras veces, muchos guerreros. Apartaron los bancos y prepararon sus lechos. Colgaron las armas encima de sus cabezas y se echaron a dormir, confiados y alegres. ¡Ay, qué pronto algunos iban a pasar al sueño de la muerte!
----Grindel, el monstruo vencido por Beowulf, no era sino un vástago de la raza de los seres de los tiempos primitivos. En el mismo pantano vivía su madre, un monstruo aún más terrible que Grindel. Cuando volvió su hijo moribundo, se despertó en ella un terrible deseo de venganza. Y para cumplir ésta, en cuanto llegó la noche se puso en camino, guiándose por las huellas sangrientas de su hijo. Llegó a la sala donde dormían los guerreros y agarró al primero. ¡Qué espantoso fue el despertar de los daneses! Se contentó el monstruo con uno y huyó sin esperar a que apareciese Beowulf. Y la víctima no era sino Askher, el mejor compañero de Rodgar, su escudero y su más fiel amigo.
¿En dónde estaba, pues, Beowulf? Éste había sido conducido por sus hombres a un lugar apartado, para que reposase después de la lucha con Grindel. Cuando, a la mañana siguiente, entró saludando alegremente en la sala, ¿qué fue lo que vio? Desesperación, miseria y sangre. Y Rodgar habló así:
—Nos hablas de paz... ¡Aquí no hay paz! Askher ha muerto; mi buen Askher, el mejor de mis hombres... ¡Cuántas veces en la batalla estuvo junto a mí! ¡Cuántas veces su consejo me valió el triunfo! Le mató un nuevo monstruo, guiado por las huellas de Grindel. Sí, tú venciste a Grindel, le heriste de muerte, y aún así... ¡ha vuelto! No; creo que es verdad lo que me decían los guerreros: en el pantano vivían dos monstruos, una pareja de gigantes, el uno con aspecto de hombre, que era Grindel, y el otro, horriblemente formado, que es una mujer. Temo que esa mujer sea la que nos ha arrebatado a Askher. ¿Quién podrá vencer a la madre del infierno? Impetuosamente gritó Beowulf: — ¡Ah hijo de Halfdan!, ¿crees tú que si vencí al hombre lobo no seré capaz también de vencer a la loba? Hoy mismo salgo en busca de ella.
— ¡Oh Beowulf, grande es tu valor, pero guárdate! No conoces los peligros de esos tenebrosos lugares, ese nido de monstruos que es el pantano. No obstante, tú eres el único que podrías salvarnos y te premiaría aún más de lo que te he premiado si consiguieras dar muerte a la monstruosa madre de Grindel.
Beowulf juró no volver sin haber vencido al gigante.
----Emprendieron la marcha, y pasaron por bosques espesos, hasta que llegaron a un precipicio sobre el que se inclinaban los árboles. En el fondo las aguas se movían, ensangrentadas. Beowulf se detuvo, espantado: sobre una rama de uno de los árboles había visto la cabeza de Askher. Miraron abajo y vieron a los animales del pantano relamiéndose aún de la sangre del guerrero. Apenas salió uno de los monstruos a la superficie, le atravesó la jabalina de Beowulf, y en un momento fue traído a la orilla, ensartado en las lanzas. Los guerreros contemplaron el animal mientras Beowulf se armaba. Le faltaba la espada, y Hunfred le entregó la propia, que ya desde tiempos remotos había vencido a gigantes; esto fue la compensación de Hunfred por las burlas pasadas. Beowulf la aceptó y se despidió, preparándose a la lucha.
----De un salto, se precipitó el héroe en el abismo. El agua se lo tragó. Durante muy largo tiempo estuvo buceando. Pronto, la monstruosa hembra advirtió que el héroe venía a vengar la muerte de Askher, y salió a su encuentro, regodeándose de la nueva presa. Con sus garras rodeó el cuerpo de Beowulf; pero éste estaba protegido por la coraza. El monstruo sólo pudo arrastrarlo hasta su cueva. ¡Terrible peligro corría el héroe! ¡Inútil fuera su valor, porque tuvo que dejarse llevar por el gigante; inútil era su espada, la espada que diera la muerte a otros gigantes! Por el agua se precipitaban terribles anímales; serpientes y tiburones desgarraban sus vestidos, hasta que, de pronto, se encontró en una amplia sala, cuya techumbre la protegía del peso de las olas.
----Y como una luz en medio de las tinieblas, reconoce ante sí a la giganta. Entonces, se lanza y la golpea con todas sus fuerzas con la espada; pero, ¡ay!, el acero no la hiere y la mejor espada es frágil contra la madre de Grindel. La fiera derriba al héroe, y éste confía ya sólo en su denuedo. Como un héroe que no teme a la muerte, se resiste con todas sus fuerzas al empuje de la furiosa fiera. Agarra su brazo con mano poderosa, se lo retuerce y derriba al monstruo.
----¡Las rocas temblaron, como en un terremoto! Pero, de un salto, se vuelve a levantar la giganta, se lanza contra Beowulf y le aplasta contra el suelo.
----Beowulf vio cómo su enemigo sacaba un cuchillo y se lo ponía contra su pecho. Pero tropieza con las mallas de la coraza y por un instante se detiene. Y, en ese momento, Beowulf le arranca el cuchillo y se lo hunde con fuerza incontrastable en la garganta. El monstruo cae moribundo y ahógase en su propia sangre.
----Beowulf se levantó exhausto de la horrible lucha, miró alrededor y vio junto a un hogar que ardía en la roca una espada enorme, demasiado pesada para ser esgrimida en la lid, una obra magnífica de gigantes; mas él la cogió con las dos manos y siguió recorriendo la vasta sala.
----De repente, reconoció, tendido en un gran lecho, al herido Grindel. Blandió su espada contra él y le cortó la cabeza. Así vengó el héroe los crímenes cometidos contra los valientes daneses en tantas noches de terror. Pero la espada se había fundido, por el calor de la sangre del monstruo y la hoja había desaparecido.
----Arriba, en las orillas del pantano, esperaban, llenos de temor y ansiedad, los guerreros. De pronto, vieron, espantados, que el agua se teñía de rojo y que la sangre salía a borbotones a la superficie.
----Al cabo de un rato, como el héroe no aparecía, creyeron que la giganta lo había devorado. Y corrieron al palacio, a través de la niebla, para comunicar la triste noticia.
Solamente los fieles godos permanecieron, pues no podían creer que su señor hubiera sido derrotado en el combate. Y he aquí que después de muchas horas vieron formarse un remolino y aparecer, nadando vigorosamente, a Beowulf, con el semblante victorioso y arrastrando como botín la cabeza de Grindel y el puño de la espada gigantesca.
----Con gozo le recibieron sus guerreros, dando gracias a los dioses, y enseguida le ayudaron a quitarse la armadura, el casco y la coraza, y entonces fluyó el agua mezclada con la sangre. Después de esto, se dirigieron a buena marcha hacia el castillo, pero la cabeza del gigante tuvo que ser llevada por cuatro hombres, que la habían colgado de una barra de hierro. Así entraron los trece godos con Beowulf a la cabeza, en la sala de fiestas de Rodgar. Éste quedó asombrado, pues creía que el héroe había muerto.
----El rey Rodgar alabó, en un largo discurso, el valor de Beowulf. Después se celebró el banquete de despedida, hasta que el oscuro casco de la noche cubrió la cansada cabeza de la tierra. Entonces, se retiraron a dormir, por última vez, en el castillo, y Beowulf le devolvió a Hunfred la espada que le había prestado.
----Por la mañana marcharon los godos. De nuevo cambiaron palabras de amistad. Beowulf prometió al hospitalario Rodgar la ayuda de Hugileík en todo momento, y al joven Rodrik le instó a que visitara la corte en Gotlandia. Y los dos prometieron que sus naves surcarían con frecuencia los mares para llevarse presentes. Y, por último, Beowulf tomó el camino hacia la playa, con sus compañeros, conducidos por el mismo centinela que los había introducido. Cargaron el barco con todos los regalos y dones que habían recibido, con armas y con caballos.
----Las amarras fueron recogidas; se alzó el ancla; el barco zarpó de la costa, y, llevado por el viento favorable, fue cortando las olas a través de los mares, hasta que los acantilados de Gotlandia fueron saludados por los navegantes.
----Cayeron las anclas, la quilla reposó, y así terminó el feliz viaje de los osados guerreros.
El héroe fue recibido con gran alegría y su gloria aumentó hasta el punto que todos comprendieron que, después de la muerte del noble señor Hugileik, en dura lucha contra los frisios, debía obedecer el joven Hardrad y ser dirigido por Beowulf. Pero por mucho que deseasen los guerreros godos que el héroe llevase él mismo la corona, Beowulf no lo consintió y mantuvo su fidelidad al hijo del Rey, hasta que también para éste llegó la muerte muy temprana, ya que, habiendo recibido asilo en la corte goda ciertos fugitivos de Suecia y habiéndose negado el joven Rey a devolverlos, fue asesinado durante un banquete.
----Beowulf sucedió en el trono al desdichado joven y gobernó a los godos muchos años, alcanzando gran fama y completa felicidad y siendo honrado por todos. Cuando hubieron pasado cincuenta inviernos y su cabeza estaba cubierta de nieve, quiso el Destino que el héroe luchase en un nuevo combate, que había de ser el último de su vida. La leyenda cuenta lo que sigue:
----Cierto hombre que no era bien visto en la corte, y que se esforzaba en hacerse agradable a su señor, le ofreció un día una copa de oro adornada con piedras maravillosas. Interrogado severamente acerca de la procedencia de la copa, acabó por confesar el robo. La había sustraído de una cueva, en el bosque, en un lugar apartado, mientras el guardián dormía. El guardián era un enorme dragón. Éste fue una vez un retoño de una antigua raza de monstruos, un nieto de gigantes prehistóricos, el único que quedaba de la especie a los que en tiempos castigó Donnar. Solo, y temeroso de igual fin, recogió todas las riquezas, todo el tesoro de oro de los gigantes; lo amontonó y, por medio de un encanto, convirtióse en dragón y se ocultó en aquella cueva, de la que el ladrón había robado la copa. Y no fue eso lo único, sino que habiendo observado la hora en que dormía el guardián, volvió y de nuevo robó, y sólo mostró parte de su botín, pues el resto lo había escondido.
----Los guerreros que lo vieron instaban a su señor a que se apoderase de todo el tesoro. Pero a Beowulf no le importaban las riquezas, le repugnaba el robo, y castigó al ladrón.
Entretanto, el dragón había notado que el oro desaparecía y husmeando husmeando, advirtió que un extraño había entrado en la cueva mientras él dormía.
----El dragón, enfurecido, sintió que su pecho se enardecía, y lanzándose a través de campos y pueblos, esparció la muerte y la desolación por donde pasaba. Un gran clamor de lamentos se alzaba, una tremenda desgracia había caído sobre las tierras de los godos. Los súbditos acudían en tropel a quejarse a Beowulf y a rogarle que los librase del monstruo. Los guerreros temblaban, y Beowulf habló así:
—Ha llegado el momento de ir a la cueva a buscar al gigante; yo lucharé contra el guardián del tesoro.
Con doce hombres y con el ladrón como guía, dirigióse al lugar.
----Cuando hubieron llegado ya cerca, se sentó un momento el anciano héroe junto a la roca, con el ánimo entristecido. No era el temor lo que abatía al vencedor de Grindel, sino un lúgubre presentimiento que le sobrecogía y le advertía que la muerte estaba cercana y le murmuraba: «Despídete de tus fieles».
----Así, pues, se despidió de ellos, recordando los tiempos de su juventud: el día en que llegó a las costas asoladas por Grindel, los banquetes en el palacio de Rodgar, la lucha con el monstruo y la aventura del pantano.
—Mas ¡ay! —suspiró el héroe—, entonces yo era joven, y ahora mis brazos no son tan fuertes.
Y dijo a sus hombres que lo esperasen en ese lugar para ver el resultado de la lucha.
-----A poco, se levantó y se dirigió con paso rápido al muro de piedra en el que se abría la cueva. De las profundidades de la caverna salió una nube de fuego. Todo el monte pareció incendiarse. Beowulf sintió ardientes quemaduras, su pelo se chamuscó debajo del yelmo. Quedó cegado por las llamas; pero Beowulf no se arredró por ello, sino que llamó con voz fuerte al enemigo, provocándolo al combate. El dragón oyó la llamada y, envuelto en una nube de fuego, resoplando, salió de las profundidades de su guarida y golpeó con sus gigantescos miembros anillados el escudo del héroe, el cual resistió a pie firme el ataque con el hacha en alto, preparado para herir. Lanzó el golpe, pero el monstruo, retrocediendo, lo esquivó. Beowulf atacó de nuevo, y el gigante echó llamas por la boca y las arrojó contra el escudo, hasta que se puso al rojo y se fundió e incluso la misma coraza del héroe se enrojeció, hasta quemarle la piel.
----Mas el héroe da todavía un golpe con su hacha, que se escurre por la pata escamosa del dragón y le hiere levemente; ello írrita la furia del animal. Las llamas salen de sus fauces, saltan centellas; el aliento emponzoñado hierve. El viejo guerrero titubea; si su arma no le ayuda, está perdido.
----Mas he aquí que de un salto se coloca junto a él el valiente Wikleif, el hijo de Wigstein, su escudero fiel. Éste no había podido resistir más tiempo la espera y había gritado a sus compañeros:
— ¡Ayudemos a nuestro señor! Él siempre nos ha defendido; tenemos que corresponderle. Prefiero mil veces que me consuma el fuego a que muera mi señor.
Los demás vacilaron; pero Wikleif corrió junto a su amo, y a través del vapor y de las llamas atacó al dragón.
----El monstruo se había ensañado con la coraza de Beowulf y echó el aliento en el rostro de éste, no protegido por el yelmo, ya medio fundido. Así, está indefenso para el combate el guerrero y ofrece su flanco al ataque. Otro golpe en su costado, y cae vencido. Con un último esfuerzo, el anciano Beowulf parte con el hacha la cabeza del dragón. Éste se retuerce y muere. Pero también el héroe ha caído, cegado por el pestilente aliento del monstruo.
Wikleif se inclina sobre su dueño y le oye que susurra:
—Esto es el fin. El fuego me consume; refréscame. Dame agua, me desvanezco.
Rápidamente, el fiel y valeroso escudero buscó agua y roció la cara del héroe; le despojó de las armas.
— ¡Ah —suspiró Beowulf—, cómo desearía dejar estas armas a mi hijo! Ahora parto de este mundo al oscuro reino de las tinieblas, sin dejar sucesor. ¿Quién poseerá el reino que durante cincuenta años defendí del enemigo? ¡Pronto, corre a la cueva, tráeme los tesoros! Al héroe moribundo le consuela el brillo del botín... ¡Corre y tráeme el tesoro antes de que mis fuerzas desfallezcan, antes que me falte la luz!
----Wikleif partió a cumplir la última orden. Entró en la caverna y contempló con asombro los montones de oro, las enormes pilas de armas, corazas y yelmos; jarrones repletos de joyas, cofres hinchados de monedas y, además, un estandarte con flecos de oro: una obra maravillosa, que resplandecía por el oro y las piedras preciosas; igual que la cueva estaba llena de luz por el brillo de los tesoros. Cargó el escudo con espadas y cálices y lo llevó a donde yacía el Rey, ya sin fuerzas. Por última vez, se movieron los labios y el pecho del héroe moribundo, y un suspiro salió aún de su boca. Al contemplar tantas riquezas, susurró el anciano:
— ¡Esto es lo que gané para mis hombres! ¡La herencia de Beowulf!... Que les sirva para la felicidad, a ellos, los valientes leones godos. A mí elevadme un túmulo a la orilla del mar, en una colina que mire por encima de las olas, que sirva de guía a los navegantes y que lleve el nombre de «Monte de Beowulf».
Los ojos se le velaban. Alargó la mano hacia el cuello de su fiel amigo:
—Eres el último de nuestra estirpe; la muerte se los llevó a todos... Los nobles héroes...
Y su espíritu voló a la Walhalla.
Mientras Wikleif lloraba desconsolado junto al cuerpo inerte de Beowulf, los guerreros se fueron aproximando despacio. Grande fue su asombro cuando contemplaron al terrible monstruo y mayor el dolor cuando vieron inanimado a su Rey. Wikleif levantó la vista, se incorporó y les dijo:
—Ahora fácil es venir, pisando tímidamente, como doncellas o niños. Permanecisteis en espera, con el corazón temeroso y sin querer probar vuestras fuerzas contra el sanguinario guardián del tesoro. El dragón, muerto está; su sangre ha empapado la tierra y se ha juntado con la que corre de las heridas de nuestro señor. Muerto está el héroe, el vencedor de Grindel, el defensor de las tierras godas. Muerto está el dragón, y en tierra yace su vencedor. Los tesoros brillan en la oscura caverna, mas no ha de ser para vosotros el botín, sino para otros nobles que, de haber estado aquí, habrían luchado como hombres.
Los guerreros permanecían en silencio. El guía había corrido al castillo, a dar las noticias. Acudieron los nobles y contemplaron el tesoro. Wikleif les dijo:
—Todo este tesoro no vale lo que la vida de nuestro Rey. Por lo tanto, no pensemos en repartirlo, puesto que nos ha costado una gran desgracia. Lágrimas hemos de derramar y nuestras voces han de ser roncas, de duelo y no de júbilo. Que nadie posea las refulgentes joyas, los anillos, los yelmos y las ánforas repletas de oro. Enterremos el tesoro junto con las cenizas de nuestro señor. Él quiso hacernos felices dejándonos el tesoro como herencia. Pero nuestra alegría no puede nacer de la posesión de unas riquezas tan caramente compradas.
----Arrastraron al enorme dragón hasta el borde de un acantilado y lo arrojaron al mar. El tesoro lo cargaron en carros para llevarlo al castillo. Allí también llevaron el cuerpo de Beowulf, el héroe de los cabellos de plata, para que reposara después de la lucha, en su último descanso. Corrieron presurosos a preparar la hoguera en donde habían de arderlos despojos de Beowulf. Adornaron la pira con yelmos y corazas, con brillantes escudos, y encima tendieron el cuerpo del Rey. Dieron fuego a la leña. El humo salía negro; las llamas se elevaban, crepitaban y se retorcían como lamentos. En aquel instante, un viento tormentoso barrió la costa. Los lamentos resonaban como el ulular de la tempestad. Sólo se calmó el viento cuando los miembros del cadáver se hubieron consumido y las llamas hubieron penetrado hasta el corazón.
----Cavaron una fosa y sobre ella erigieron un túmulo muy alto y visible desde muy lejos, según los últimos deseos del Rey. Y en diez días acabaron la monumental obra, el mayor túmulo que se haya conocido en la Tierra. En él, enterraron también el tesoro, lo mismo que en otros tiempos, cuando el dragón lo guardaba. Rodearon después, en procesión fúnebre, los doce más nobles guerreros, a caballo, el monumento, entonando el De profundis en honor del Rey, y cantaron sus obras, alabando sus luchas contra héroes y gigantes, como correspondía a una muerte heroica como la suya.
Y todos los pueblos que supieron lo sucedido lloraron la muerte del héroe Beowulf.
Leyendas Nórdicas, Barcelona, Labor bolsillo juvenil, 1988.